Stroud Nanashi
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
103
93
21
21
64
60
53
63
5
54
Habían pasado un par de días en alta mar. De momento, todo había salido exactamente como el ahora contramaestre (según se había enterado en una llamada de Den Den Mushi en pleno viaje) Stroud Redgrave había calculado, salvo por un pequeño temporal que los pilló desprevenidos y estuvo a punto de jugarles una mala pasada. Sin embargo, la situación no llegó a ser lo suficientemente crítica como para requerir el uso de una de las rutas de escape que el Marine había preparado con antelación, permitiendo que la nave y sus tripulantes saliesen indemnes. El joven Redgrave se levantó, cuando el alba aún no había empezado a despuntar, y salió a cubierta a examinar la situación, procurando no hacer ruido. Se situó en la proa y sacó su sextante, calibrando la posición del navío: todo en orden. El curso apenas se había desviado del trayecto anticipado. Sacó el pequeño catalejo de bronce y examinó el horizonte; contra el cielo que empezaba a clarear podía verse la silueta de su destino, el Reino de Samba. La silueta encajaba con los mapas topográficos y lo que había oído sobre la isla: más bien plana, con algo que parecía una gran masa selvática. No cabía duda.
"¡Tierra a la vista!," exclamó, subiendo el volumen pero manteniendo, como siempre, la monotonía de su voz, "¡Nos acercamos a Samba, muchachos! Preparaos para desembarcar." A paso firme, caminó sobre la cubierta y se situó tras el timón, ajustando el rumbo con pequeños giros, calibrando la posición del navío según el viento, que empezaba a cambiar a medida que se acercaban a la costa, mientras volvía a consultar su sextante. Corrió de nuevo a la bodega, mientras los demás tripulantes aún se despertaban, y verificó la carta náutica, cerciorándose de que no hubiese arrecifes peligrosos en el trayecto. Hizo un par de anotaciones más en su cuaderno de bitácora, aún sobre la mesa plegable, y corrió de vuelta a cubierta. Pasó una mano por el timón, concentrado en el contacto, sintiendo la vibración del casco al cortar la corriente. "Kibai, recoge media vela mayor, y deja el foque a medio viento. Bertram, cabo de timón fijo a babor, dos grados. Moja, ajusta la escota de estribor, tenemos que alinear con la corriente," ordenó, sus ojos fijos en el horizonte y sus manos sujetando el timón con fuerza férrea, comprobando su ángulo. A medida que se acostumbraba a navegar y coordinar, empezaba a percibir el navío como una extensión de sí mismo, y los procedimientos a seguir, las órdenes que dar, se volvían más naturales, casi intuitivas. Era aún un proceso mecánico y que requería de concentración, pero él mismo percibía cómo se ajustaba.
"Asegurad los barriles de costado" ordenó nuevamente, su voz llena de la serena autoridad de quien sabe lo que hace, "y encended los faroles de proa". Poco a poco, y bajo la luz del amanecer, que empezaba a despuntar, el mar cambiaba de color, pasando del azul oscuro del oceáno a un turquesa luminoso, bajo el que podían empezar a verse bancos de peces. Las corrientes de aire cálido procedentes de la isla traían una embriagadora mezcla de olores a frutas, sal y especias. A medida que se acercaban, proliferaban las voces de la isla, que iban volviéndose más notables, acompañadas de distintas músicas, de sonidos de tambores, flautas y guitarras. Era evidente que aquel lugar no descansaba, ni temprano por la mañana. Aquella isla, pese a las apariencias, traería consigo una prueba de fuego para los nuevos Marines. El Royal Quiver, cargando el enorme emblema de la Marina en sus velas como un gran faro de luz y justicia, desembarcaba en el Reino de Samba.
La División 84 de la Marina llega al Reino de Samba. El Royal Quiver consta de 1500 P.V.
Bertram Gaufrid
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
25
74
80
84
70
80
34
45
20
0
Esta vez la suerte parece abandonar ligeramente a los marines, pues en su viaje al lugar donde tendrán más información sobre su destino final y el modo de avanzar hacia el mismo, pues por lo que sabe el arquero no es algo tan sencillo como simplemente poner rumbo a la enorme montaña que separa los distintos Blues y llegar al Grand Line, siendo lo más conocido las historias de piratas cuyos viajes terminan precisamente en ese trayecto, al subestimar los riesgos y no ir preparado, terminando por hundirse. Durante ese trayecto el joven pelirrojo recibe un aviso por den den mushi de que le han ascendido a contramaestre por su trabajo y por lo bien que lidió con el problema del gigante entre otras cosas, siendo que es algo que le anima a seguir trabajando igual de duro o más. En el trayecto de isla Karate a Samba el barco pasa por una pequeña tormenta, pero entre todos bajo la precisa dirección del también contramaestre Stroud lograron superarla con relativa facilidad y seguir el viaje sin más contratiempos.
El joven arquero a pesar de la tormenta evita mantenerse en el interior del barco por diversos motivos, el primero es que está más a gusto en lo alto de los palos mayores, descansando como si durmiera en un árbol en un bosque. El segundo es por motivos de vigilancia, si alguien decidía atacarles podría dar la voz de alarma y que el resto se prepare para la pelea en lugar de ser emboscados. Y el tercero, alguien debe vigilar a Rasmussen, por lo que al ser su montura él toma esa responsabilidad. El barco sigue avanzando con el joven arquero en popa, rascándose tras la cabeza perezosamente mientras espera las nuevas indicaciones del navegante, bien por un imprevisto o por la llegada a nuestro destino final, donde seguramente han de reparar el barco antes de proseguir viaje, de lo contrario es posible que se rompa en el trayecto.
Habían pasado un par de días desde su marcha cuando de pronto la voz de Stroud inunda la pequeña embarcación gritando tierra a la vista, antes de dar indicaciones a cada uno de los integrantes. Bertram se mueve ágilmente por el barco siguiendo las indicaciones y una vez lo tiene todo listo grita
-Todo listo, sir. Cabo de timón 2 grados a babor, sir.-
Moja
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
53
38
30
30
50
35
33
43
8
60
Habían pasado dos días de viaje desde que el Royal Quiver zarpó del puerto. Días tranquilos, sin incidentes ni sobresaltos, en los que Moja había tenido poco tiempo y menos aún necesidad de conversar con sus nuevos compañeros. No por desinterés, sino por naturaleza, observaba más de lo que hablaba. Era una tripulación reducida, pero bastante eficiente a los ojos de Moja.
El sol comenzaba a descender lentamente cuando en el horizonte apareció una línea oscura sobre el mar. Moja, apoyado en la barandilla de estribor, la divisó antes de que Stroud diera la señal. La Isla Samba emergía entre la bruma marina como una mancha verde rodeada de playas claras. A medida que el Royal Quiver se acercaba, los detalles se definieron: palmeras altas inclinadas por el viento, colinas cubiertas de vegetación densa y un pequeño puerto de madera sobresaliendo como una lengua en el agua turquesa.
Ante las palabras del Sargento Stroud, Moja respondió al instante y se movió a su posición. Se dirigió a estribor, tomó la cuerda con firmeza y liberó la mordaza para corregir la tensión. El viento empujaba con fuerza lateral, y la vela respondió en cuanto la línea fue ajustada. La escota se tensó bajo sus manos, rugosa y húmeda. Con movimientos precisos, volvió a asegurarla, manteniendo el ángulo ideal para estabilizar el rumbo en la maniobra de entrada.
Moja regresó a su posición habitual en la cubierta. No necesitaba reconocimiento; la tarea estaba hecha, y el barco respondió como debía. Poco después Stroud ordenó asegurad los barriles de costado.
-¡Entendido, sargento!- respondió de inmediato.
Moja se dirigió a la sección de babor, donde varios barriles de provisiones y agua estaban alineados cerca de la borda, sujetos de forma provisional con cuerdas cruzadas. La maniobra de atraque y el cambio de viento los habían hecho vibrar ligeramente, amenazando con soltarse en cuanto el barco frenara del todo. Agachándose, revisó los nudos uno por uno, reforzándolos con movimientos metódicos. Las cuerdas crujían bajo la tensión nueva. Acomodó los barriles en un ángulo más cerrado y colocó cuñas de madera en la base para impedir cualquier deslizamiento.
Se acercaba el momento del atraque, todo estaba preparado para llegar a la isla.
Kibai
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
30
20
50
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22
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15
20
12
45
Kibai, acostado en su ya habitual puesto sobre el bauprés, contempló como la en un prinicpio borrosa línea de la Isla de Samba se iba haciendo cada vez más extensa y detallada. Tras dos días de viaje, por fin llegaban a su destino. El mink se puso en pie de un salto y comenzó a trepar por la jarcia de babor hacia el palo mayor, deseoso de contemplar la isla desde un punto de vista más elevado. Mientras subía, el hormigueo que había ido notando desde hacía un día le hizo rascarse usando la cola. Maldición, aquella fruta que se había comido el día anterior debía de estar en peor estado de lo que parecía a juzgar por el mal sabor...
Al llegar arriba, Kibai se giró para observar el horizonte. La isla de Samba se iba definiendo cada vez más a medida que se acercaban, dejando ver un paisaje plagado de densas junglas a ambos lados de un río que, como una cinta de reluciente color azul verdoso parecía dividir la isla por la mitad. A ambos lados del río se erigían cosntruccones de diversas alturas y colores, aunque el mink se percató que las estructuras más altas y de colores más vivos parecían acumularse en uno de los lados del río, mientras que las edificaciones del otro conformaban una maralla homogénea de diversos tonos de marrón.
Mientras el Royal Quiver proseguía su acercamiento a la isla, Kibai frunció el ceño al contemplar la gran cantidad de barcos que parecían acumularse en los puertos. Afinando la vista, observó muchas banderas desconocidas así como otras que pertenecían a transportes oficiales desde las diversas islas del South Blue. Rascándose el antebrazo vigorosamente para tratar de atenuar aquel condenado hormigueo, el mink se apoyó contra el mástil, usando la cola para mantenerse en equilibrio con los vaivenes de la nave.
"Kibai, recoge media vela mayor, y deja el foque a medio viento"
La voz del sargento Redgrave llegó hasta suposición amortiguada por el viento, pero Kibai ya se había acostumbrado durante aquellos dos días a afinar el óido cuando la percibía. Haciendo un gesto de confirmidad hacia la secicón del timón bajo sus pies, recogió los cabos de los stays de la vela mayor, y usando esta a modo de contrapeso, se dejó caer desde lo alto del mástil, aterrizando suavemente sobre los tablonesde cubierta, antes de dejar correr parte del cabo para dejar un par de metros de loneta extendidos y atar el resto a las bitas. Acto seguido, se desplazó hacia la zona de proa, caminando por el bauprés para jalar el estay del foque y reducir la superficie expuesta al viento a la mitad.
"Encended los faroles de proa"
Sonriendo, Kibai se acercó a los dos farolillos que colgaban del frente del barco, se descolgó de cubierta por el lado de estribor, usando su cola como un quinto miembro prensil y, valiéndose de un pequeño pedernal, envió una lluvia de chispas contra la mecha empapada en aceite, que prendió sin mayores problemas. Tras repetir el mismo sistema en el otro farol, se encaramó de nuevo a cubierta, y recordando lo que había visto en la cima del mástil, se dirigió a donde se encontraban sus compañeros.
"Hay una buena cantidad de barcos en la isal, y creo que no todos son precisamente gente de buena reputación. Es posible que tengamos trabajo antes de lo que pensábamos.."
Stroud Nanashi
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
103
93
21
21
64
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5
54
14-10-2025, 12:58 AM
(Última modificación: 14-10-2025, 01:03 AM por Stroud Nanashi.)
Stroud continuó llevando el barco hasta el puerto con ayuda de toda la División. Asintió con la cabeza cuando Bertram le dio su indicación. Mientras se concentraba en llevar el timón, sus ojos de un gris oscuro comprobaron cómo Moja cumplía con su cometido, y luego Kibai. Asintió distraídamente al comentario del leopardo sobre los barcos presentes en Samba, aunque no había prestado demasiada atención a lo que había dicho, su cerebro fijo en la trayectoria del navío. Estaba satisfecho con la forma en que los demás tripulantes lograban coordinarse para mantener el Royal Quiver en perfecto funcionamiento, funcionando como una sola entidad para moverlo a través del oleaje. En general, ninguno se quedaba atrás, y sus órdenes como navegante eran cumplidas con presteza, en un ejercicio de disciplina absolutamente digna del cuerpo al que pertenecían. El agua cambiaba de color, los olores provenientes de la isla se hacían más fuertes, y los sonidos, más intensos. Gaviotas de plumaje beige planeaban en círculo sobre ellos. Stroud leyó la tensión en el cabo del foque, calculando las distancias, y comprobó la plomada de sonda rápidamente. "Todos a sus puestos, listos para desembarcar," afirmó, "si el viento cae un par de grados al este, ajusta sin esperar orden," indicó a Moja, haciéndole un ademán con la cabeza. "Recoged la mayor."
Al cabo de apenas unos minutos, Stroud detenía el timón justo antes de que se notase la tensión en los cabos, tras una última corrección de rumbo con un movimiento de muñeca que alineó la quilla con el reflejo del faro del puerto. El barco se detuvo con un crujido satisfactorio al inmovilizarse por completo, al tiempo que Stroud echaba el ancla en un movimiento que requirió de toda su fuerza física y un poco más. "Bienvenidos a Samba," concluyó, al tiempo que bajaba a la bodega para hacer un último apunte en su cuaderno de bitácora para, a los pocos instantes, bajar del barco y pisar, por fin, tierra firme. No pasarían demasiado tiempo en el Reino de Samba, pero más valía aprovecharlo. Y, para qué negarlo, era placentero estar en tierra después de tantos días de viaje continuo, desde que abandonasen Roshwan hacía casi una semana, o esa impresión le daba.
Por el puerto de Samba corrían carretas pintadas de colores que a Stroud jamás se le hubieran ocurrido. Mientras una le pasaba por el lado, no atropellándolo por los pelos, alzó una ceja haciendo un ademán a los miembros de la División más cercanos: "Vamos a tener que darle un buen repaso al pobre Quiver, que con tanto viaje..." dijo, echando un ojo al casco de la castigada goleta. El navío había aguantado bien, pero, si pretendían llevárselo a Cabos Gemelos en aquellas condiciones, acabarían todos en el cofre de Davy Jones más temprano que tarde. "Yo me ocupo de buscar a alguien que nos lo repare, no os preocupéis. La reparación saldrá de mi bolsillo esta vez, para la próxima ya nos repartimos el pastel," afirmó, quitándole importancia con un ademán. Algunos Marines presentes en el lugar se cuadraron con firmeza ante la llegada de la División 84, en un extraño contraste con los niños que, por aquí y allá, jugaban a lanzar piedras al agua. Stroud observó el entorno, su rostro tan impertérrito como de costumbre, e hizo algunas anotaciones mentales sobre el lugar: "Buena piedra caliza, sin grietas. Mantenimiento aceptable, diría," pensó para sí, mientras empezaba a buscar entre los carpinteros del puerto a quien pudiera poner al Royal Quiver a punto para su siguiente travesía. Sus ojos examinaron el horizonte, preguntándose qué les depararía en el Reino de Samba y, pronto, más allá.
Kibai
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
30
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Kibai, al escuchar la orden del Sargento Redgrave, se apresuró a desatar los cabos que retenían la vela mayor a media extensión y, con las venas de los brazos hinchadas por el esfuerzo, comenzó a jalar de ellos, recogiendo la vela hasta que estuvo completamente pegada a la verga del mástil. Una vez hubo asegurado de nuevo ambos cabos a sus bitas, el mink trepó por la jarcia de babor hasta llegar a la altura de los aparejos del palo mayor, dónde se aseguró de acabar de recoger la vela para que no se enrollase sobre si misma con el viento.
Acto seguido, se apoyó contra el mástil, cruzándose de brazos mientras desde su privilegiada posición contemplaba el animado puerto de la Isla de Samba a medida que el Royal Quiver, ya amarrado, cesaba casi por completo el balanceo al que ya se había acostumbrado la División 84.
Si el puerto de Roshwan era frenético pero organizado, y el de la Isla Kárate más amplio y hasta cierto punto acogedor, el de la Isla Samba era un caos de color, gritos y trasiegos. Carretas de vivos colores se movían a toda velocidad por el puerto, mientras un poco más allá los habituales primeros puestos de mercancías anunciaban sus productos a viva voz. Ansioso por comprobar por si mismo toda aquella algarabía, Kibai se descolgó del mástil, descendiendo rapidamente por la jarcia de babor, saltando los últimos metros hacia cubierta. Recogiendo su capa de Marine, se ciñó a Raimei al cinto y se dispuso a bajar a tierra.
Sin embargo, justo cuando sus pies iban a pisar el tablón de madera tendido entre el puerto y la nave en un momento de divertida picardía, y tras observar a su alrededor decidió hacer una entrada un poco más extraoficial. Echándose unos metros hacia atrás, Kibai tomó carrerilla y empezó a correr. Al llegar al otro extremo de la cubierta, alzó una pierna, impulsándose en la baradilla del Royal Quiver, y recorrió la distancia que separaba la nave del apeadero en un salto de gracia felina, aterrizando suavemente a la vez que calaba un poco más la gorra sobre sus ojos. Como queriendo animarle, la Isla de Samba le envió una súbita ráfaga de viento que hizo agitarse los vuelos de su capa, con los caracteres de JUSTICIA impresos en un brillante tono negro.
Dos de los chiquillos que jugaban por allí cerca, que se habían sobresaltado al ver al mink volar por encima de sus cabezas, lo miraban con la boca semiabierta, mientras que un una anciana humana le dirigió una mirada de exasperación y se marchó negando con la cabeza, murmurando entre dientes.
Riendo suavemente para si, Kibai guiñó un ojo a los chiquillos antes de dirigirse hacia el sargento, que examinaba en aquel momento la nave. Al parecer, los daños que habían tenido en el viaje a la Isla Kárate no habían hecho más que agravarse, y el Royal Quiver se hallaba ahora en un bastante urgente estado de necesidad de reparación. El mink, manteniendo aún la sonrisa, dio un par de toques en la madera.
"Eh, ha demostrado que puede aguantar el tipo, con algunos cuidados, estará como nuevo y nos llevará al Grand Line, eso seguro."
Cuando Redgrave se hubo marchado en busca de carpinteros para la nave, Kibai saludó a los soldados que había en el puerto y tras cumplir con los protocolos habituales, decidió darse una vuelta por el puerto, siempre manteniendo un ojo en la nave por si acaso, aunque ya se había ocupado de notifcar a sus compañeros la posesión del Den Den Mushi. Desde varios puntos del puerto surgia una animada música, cosa que parecía ser la tónica habitual de la isla y Kibai, después de tantos días de la profesional taciturnidad a bordo del Royal Quiver, se sorepndió a sí mismo dirigiéndose animadamente en dirección en la que sonaban aquellas notas.
Bertram Gaufrid
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
25
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14-10-2025, 01:56 AM
(Última modificación: 14-10-2025, 01:57 AM por Bertram Gaufrid.)
La pobre goleta comprada por el contramaestre Gaufrid estaba de pie, sí, pero con tanto ajetreo y sin descanso la pobre ha cumplido bastante bien su papel, pero al llegar habrá que revisar que esté todo en orden y sino buscar alguien que la repare y deje a punto para el viaje que espera a la división marine prácticamente recién formada y con apenas una misión a sus espaldas, siendo una misión que cumplieron con éxito a la vez que demostraron que no son del tipo que solo sirven para peleas y conflictos, sino que también son capaces de lidiar con situaciones delicadas que requieren más bien tacto y delicadeza en lugar de fuerza bruta. Cada uno de los miembros de la división aportan su grano de arena a la hora de ayudar en el viaje y que el barco mantenga el rumbo sin hundirse. Finalmente el barco va tomando rumbo al muelle el navegante de la división da las últimas indicaciones pertinentes para que el barco atraque de forma segura por lo que cada cual hace su papel para que lleguemos a salvo a tierra.
Una vez atracados Stroud da la bienvenida a Samba a los que llegaron con él, y baja a la bodega a por algo y luego bajar del barco, siendo que el pelirrojo se acerca a comprobar el estado de Rasmussen antes de bajar, pero en ese momento ve como Kibai decide saltar del barco como un atleta en una competición, al contrario que el arquero que desciende de la embarcación con la calma que le caracteriza hasta colocarse junto a sus compañeros de división y escuchando las palabras de Stroud a la vez que ve como casi lo atropellan, quien dice que habrá que darle un repaso a la pobre Quiver que con tanto ajetreo está bastante tocada. Antes de que Bertram pueda decidir encargarse de ello por su cuenta, el joven contramaestre dice que se encarga del esta reparación, pero para las futuras será un gasto común, como debería ser. Al mismo tiempo un grupo de reclutas llegan a saludar a la División 84, recién llegada para su última parada antes de partir hacia el Grand Line, siendo que el arquero responde al saludo con formalidad y respeto, no es de los que ven a los reclutas como quienes han de mostrar respeto sin recibirlo, deben seguir las órdenes, pero nunca se les debe faltar al respeto. Mientras Kibai y Stroud se retiran cada uno a una zona distinta, el joven arquero simplemente se coloca a un lado, subiéndose a un árbol que encontró a recostarse y descansar tal y cómo lo hacía cuando estaba en mitad de una cacería larga, no sin antes de que se vayan ambos decir -Este barco ha demostrado ser tan tenaz como nosotros, seguro aguanta otra tanda si le damos un repaso sir.-
Moja
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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Moja mantiene la vista fija en las velas, atento a cualquier variación. La orden de Stroud es clara y sencilla: no esperar, actuar. El viento, hasta entonces constante, da un leve giro apenas perceptible… salvo para quien lo observa con disciplina. Moja nota cómo la tela se infla desde un ángulo diferente, el sonido cambia ligeramente, y la escota pierde un poco de tensión. Sin pensarlo dos veces, avanza hasta la mordaza, libera la línea con firmeza, y corrige el ángulo de la vela. Sus movimientos son precisos, sin titubeos ni desperdicio de energía. Vuelve a asegurar la cuerda, dándole un último tirón para comprobar que todo está en su sitio. El Royal Quiver responde al instante, realineándose con suavidad hacia el muelle.
Con la corrección hecha, Moja se toma un breve instante para inspeccionar toda la cubierta. Recorre la borda, revisa cada cuerda, cada defensa, asegurándose de que ningún barril esté suelto y que las provisiones se mantengan firmes en su sitio. Pasa la mano por una de las amarras, notando la tensión justa, y asiente para sí. Todo está en orden. A unos metros, escucha a Stroud dar instrucciones generales con su tono seco habitual. Luego, anuncia que él mismo se encargará de dejar el barco perfectamente reparado tras el viaje. Moja no dice nada, simplemente se cuadra brevemente en reconocimiento y se dirige hacia la pasarela.
El barco se ha estabilizado al contacto con el muelle. Al poner el pie en tierra firme, Moja nota el cambio inmediato: la madera está seca y caliente bajo sus botas, el aire es más espeso, cargado de humedad y sonidos. El cansancio acumulado de los dos días de viaje se hace sentir en los hombros y en las piernas. No ha sido un trayecto difícil, pero sí constante: maniobras, guardias, atención a los detalles y pocas pausas. Una fatiga silenciosa, más mental que física, que se vuelve evidente ahora que ha bajado la tensión de la travesía.
Moja ajusta su cinturón, se acomoda la capa sobre el hombro y mira hacia las calles cercanas al puerto. La isla bulle con actividad: comerciantes descargando, marineros riendo, músicos tocando sin cesar. Sin dudar, decide su siguiente paso. Reconocer el terreno. Encontrar un lugar donde descansar. Pues, en los días venideros comenzará de verdad la aventura hacia el Grand Line.
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