14-10-2025, 06:39 PM
Yo la observé desde abajo, desde su hombro, inclinando la cabeza hacia un lado, con esa mezcla de ternura y tristeza que me nace siempre que alguien promete algo grande, algo que está lejos de sus manos pero que ansía poder alcanzarlo—. Entonces déjame ser yo ese alguien —le respondí, acercándome lo suficiente como para tocar la tela de su venda de ojos—. Tengo buena memoria, ya verás, y si olvidas algo, te lo recordaré —alcé las manos para acariciar en esta ocasión su mejilla.
El viaje sobre sus hombros era cómodo. Desde mi posición veía como las plantas eran aplastadas por sus pies, como muchas quedaban atrás sobreviviendo al paso de la gigante; reí por lo bajo al encontrar cierta similitud entre aquellos seres vivos y yo—. Es verdad, supongo que está bien necesitar a los demás ¿no? Así no hay razones para estar solos por el mundo —añadí después, intentando proyectar una voz casi tan serena como la ajena, tan serena que casi parecía rezar—. No está mal necesitar, Gwendolyn —susurré—. Lo malo es fingir que no lo hacemos. Todos necesitamos a alguien, aunque sea para que nos escuche cuando hablamos con el corazón.
Preguntó entonces, con esa duda que parecía venir de muy lejos. No poder ver tenía que ser un gran impedimento, desde luego, ¿pero tanto como para sentir exceso de curiosidad por el mundo que la rodea, casi como si no hubiese conocido nada de él? Sentía que en cualquier momento me preguntaría por el cantar de los pájaros, como si no supiese qué son los pájaros—. Lo es —respondí enseguida, refiriéndome a la perfecta flor—, pero no porque no tenga defectos, sino porque vive aunque la pisen, como tú, como yo… —me encogí de hombros, con un brillo travieso en la mirada—, y porque huele bien, claro.
Mi risa fue suave, un tintineo que se mezcló con el rumor del agua. En medio de todo el trayecto habría ligeras indicaciones, tales como “delante hay un tronco, gira a la derecha para bordearlo” o “sigue recto” o incluso “creo que vamos bien”, de vez en cuando palabras de calma como “solo camina despacio y no temas, que si te tropiezas, te aviso antes de que caigas”. Así avanzamos entre hojas mojadas, el sonido del río creciendo a cada paso, y sentí cómo ella respiraba tranquila, como si la oscuridad ya no pesara tanto.
— ¿Y quién dice que no somos nosotras heroínas? —le contesté, riendo con dulzura—. Tal vez los héroes no son los que salvan, sino los que siguen caminando aunque no vean el camino —el bastón golpeaba el suelo rítmicamente, y su voz volvió a romper el silencio. Ambas cosas se habían vuelto casi música para mis oídos, similar al canto de los pájaros. Desde su hombro seguí guiando, señalando hacia adelante, matizando indicaciones. Podía sentir como la humedad en mi piel poco a poco era menos agobiante. ¿Era esa la indicación de que por fin estábamos llegando al final de la selva?
Y entonces llegó la pregunta, suave pero cargada de una duda que dolía más que cualquier caída. Me quedé callada un segundo, observando cómo el agua del río reflejaba destellos de luz sobre su rostro—. Malo sería no querer nada —le respondí al fin, en voz bajita—. Aunque los corazones grandes también se rompan a veces —me incliné hacia su cuello, apoyando una manita sobre su piel húmeda—. Y si te hace sentir viva, no puede ser malo.
El viaje sobre sus hombros era cómodo. Desde mi posición veía como las plantas eran aplastadas por sus pies, como muchas quedaban atrás sobreviviendo al paso de la gigante; reí por lo bajo al encontrar cierta similitud entre aquellos seres vivos y yo—. Es verdad, supongo que está bien necesitar a los demás ¿no? Así no hay razones para estar solos por el mundo —añadí después, intentando proyectar una voz casi tan serena como la ajena, tan serena que casi parecía rezar—. No está mal necesitar, Gwendolyn —susurré—. Lo malo es fingir que no lo hacemos. Todos necesitamos a alguien, aunque sea para que nos escuche cuando hablamos con el corazón.
Preguntó entonces, con esa duda que parecía venir de muy lejos. No poder ver tenía que ser un gran impedimento, desde luego, ¿pero tanto como para sentir exceso de curiosidad por el mundo que la rodea, casi como si no hubiese conocido nada de él? Sentía que en cualquier momento me preguntaría por el cantar de los pájaros, como si no supiese qué son los pájaros—. Lo es —respondí enseguida, refiriéndome a la perfecta flor—, pero no porque no tenga defectos, sino porque vive aunque la pisen, como tú, como yo… —me encogí de hombros, con un brillo travieso en la mirada—, y porque huele bien, claro.
Mi risa fue suave, un tintineo que se mezcló con el rumor del agua. En medio de todo el trayecto habría ligeras indicaciones, tales como “delante hay un tronco, gira a la derecha para bordearlo” o “sigue recto” o incluso “creo que vamos bien”, de vez en cuando palabras de calma como “solo camina despacio y no temas, que si te tropiezas, te aviso antes de que caigas”. Así avanzamos entre hojas mojadas, el sonido del río creciendo a cada paso, y sentí cómo ella respiraba tranquila, como si la oscuridad ya no pesara tanto.
— ¿Y quién dice que no somos nosotras heroínas? —le contesté, riendo con dulzura—. Tal vez los héroes no son los que salvan, sino los que siguen caminando aunque no vean el camino —el bastón golpeaba el suelo rítmicamente, y su voz volvió a romper el silencio. Ambas cosas se habían vuelto casi música para mis oídos, similar al canto de los pájaros. Desde su hombro seguí guiando, señalando hacia adelante, matizando indicaciones. Podía sentir como la humedad en mi piel poco a poco era menos agobiante. ¿Era esa la indicación de que por fin estábamos llegando al final de la selva?
Y entonces llegó la pregunta, suave pero cargada de una duda que dolía más que cualquier caída. Me quedé callada un segundo, observando cómo el agua del río reflejaba destellos de luz sobre su rostro—. Malo sería no querer nada —le respondí al fin, en voz bajita—. Aunque los corazones grandes también se rompan a veces —me incliné hacia su cuello, apoyando una manita sobre su piel húmeda—. Y si te hace sentir viva, no puede ser malo.
