Dia 10 de Otoño, año 16
Ciudad de Pushkin, Reino de Roshwan.
La Taberna “Golden Lion” era uno de los establecimientos más grandes de toda la ciudad, un enorme complejo que olía a salitre, cera de velas y humo, compuesto de tres plantas circulares organizadas en galerías alrededor de un patio central, el cual servía las veces de escenario para la banda de música que inundaba el local con sus alegres melodías.
“Al menos estos tienen los instrumentos afinados…” pensó Kibai mientras subía por las viejas escaleras en dirección al segundo piso, escuchando el crujir de las viejas paredes oscurecidas por el humo con cada ráfaga de viento que venía del puerto y azotaba la puerta como si también quisiese entrar. Dentro del local, sin embargo, el ambiente era cálido y acogedor, y numerosos trabajadores, marineros y reclutas de la base compartían alegremente el poco tiempo de ocio que les permitía la dura vida de Roshwan.
El mink avanzó entre las mesas hasta sentarse en un lugar cerca de una de las lumbres repartidas a lo largo de las paredes, dejándose caer en una silla algo desvencijada con los pies estirados. Dando un trago a su propia jarra, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Tras una semana de instrucción, trabajos de limpieza y recados varios, amén de soportar los gritos de los oficiales, por fin podía sentarse a escuchar música sin pensar en órdenes ni maniobras.
“Oye, Kibai, ¿cómo no te animas a bailar?“ gritó una voz desde su derecha.
Alzando una oreja, Kibai observó de reojo hacia aquella dirección. En una mesa cercana su compañero Jeren, un recluta de la marina con el pelo de color del heno sobre el respaldo de la silla con una jarra en la mano.
“Tché, ni que fuese humano…“ respondió Kibai volviendo a cerrar los ojos, moviendo un pie al ritmo de la música.
El momento se rompió cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar un torbellino de nieve. Un hombre gordo, vestido con un atuendo de color azul oscuo y bastón coronado en un pequeño farolillo entró al local con paso decidido. Tras hablar con el cantinero, hizo un gesto a la banda de música para que hiciese una breve pausa, y tras el aluvión de silbidos, quejas y amenazas que aquel acto ocasionó, subió al escenario para dirigirse a todos los presentes.
“¡Atención, atención! ¡Os recordamos que mañana al amanecer da inicio la Gran Carrera Anual del Fin de la Cosecha!” bramó mientras giraba sobre sus talones para mirar hacia todas las galerías del local. “¡El registro para participar se cierra en una hora! ¡Es vuestra última oportunidad para participar y llevar la ofrenda al altar de la montaña! ¡El honor de la victoria y el éxito de la nueva añada dependen de ello!”
La taberna estalló en murmullos y risas. Algunos ciudadanos se levantaron de inmediato para apuntarse. Otros brindaban y gritaban, alentando a sus propios barrios o a compañeros de trabajo, que se levantaron de sus sillas para recibir los vítores con una sonrisa de orgullo.
Kibai levantó una oreja.
“¿Gran Carrera Anual?” murmuró.
Jeren se giró de nuevo hacia el mink con una sonrisa.
“Oh, es una tradición. Los corredores llevan una botella del primer sake que se fermenta del año a un altar en la montaña, para pedir suerte en la próxima cosecha."
“¿Y el premio?”
“Nada, salvo bebida gratis y fama por una semana.”
Otro recluta, Rolf, un tipo enorme y de piel oscura, soltó una carcajada.
"Y el derecho de fanfarronear hasta el año siguiente.”
Kibai sonrió con una mueca.
“Suena… interesante.”
El mink, se quedó en silencio, frotándose la barbilla. Era nuevo en la isla y, aunque lo trataban bien en el cuartel, seguía sintiéndose forastero. Tal vez participar en una tradición local le haría ganarse un poco de respeto.
“Vale, lo he decidido” dijo al fin, levantándose. “Pero si nos echan la bronca en el cuartel, la culpa será vuestra.”
Los tres cruzaron la taberna hasta la mesa del alguacil. Pagaron la cuota, firmaron sus nombres, y el hombre les entregó una botella sellada con cera roja.
“Cuidadla bien, muchacho” le dijo el alguacil a Kibai. “Si se rompe, quedas fuera.”
El mink observó la botella a contraluz: el sake era transparente y reflejaba la luz de las velas. Sonriendo, hizo un gesto de
agradecimiento con la cabeza y se retiró de vuelta a su asiento.
Horas más tarde…
El amanecer llegó a la ciudad de Pushin con un cielo pálido y un viento helado que barría la plaza central de la ciudad. Alrededor de medio centenar de corredores se habían reunido frente al arco de salida. Algunos eran ciudadanos venidos de todo Roshwan; otros, viajeros o comerciantes. Kibai, sin su capa por una vez para poder correr más cómodamente, ajustó la red de cuerda en la que llevaba su botella. Sus dos compañeros reclutas, equipados igualmente con las mismas redes a la espalda, hacían ejercicios de calentamiento a unos metros de él.
De repente, el mink captó un movimiento extraño por el rabillo del ojo y miró hacia abajo, sorprendido. Le había parecido ver una botella moviéndose sola… hasta que distinguió a un ser de apenas un palmo de altura: un tontatta. El hombrecillo llevaba un abrigo en miniatura con una abertura para dejar salir su cola y un gorro con una pluma azul.
“Vaya, vas a poder correr con eso?”
El tontatta se giró hacia él, ajustando mejor la botella a su espalda.
“Tranquilo, estoy acostumbrado. Me llamo Fillo, y este año voy a ganar.”
“¿Con ese tamaño?” preguntó Kibai, divertido.
“Con este tamaño no tengo que esquivar piernas” replicó el tontatta, hinchando el pecho con orgullo.
Antes de que siguieran, una voz joven gritó:
“¡Eh, cuidado! ¡No lo vayas a pisar!"
Era un chico humano, de unos dieciséis años, con bufanda roja al cuello y sonrisa confiada. Llevaba su botella bien envuelta en tela y se cubría con la gorra habitual de los estibadores del puerto.
“Me llamo Joss” dijo, saludando con la mano a Kibai. “Este año los del puerto vamos a ganar, lo juro.”
“Todos parecéis muy seguros. Ya veremos que pasa…” respondió el mink, crujiéndose los nudillos.
Un rugido grave los interrumpió.
“No me hagáis reír… NInguno de vosotros tiene ninguna oportunidad.”
Era un gyojin, enorme, de piel rosada y dientes afilados. A cada respiración soltaba una nube de vapor.
“Aún en tierra, soy mucho más rápido que cualquier humano” dijo, golpeándose el pecho. “Os habré dejado atrás antes del primer kilómetro.”
“Perfecto” replicó Kibai, afilando la sonrisa. “Me encanta el pescado con sake…”
Antes de que el gyojin pudiese replicar, el alguacil subió a su barril y levantó una trompeta.
“¡Recordad, competidores, hay una sola regla! ¡Quien pierda o rompa su botella, queda fuera! ¡A sus marcas… listos… ya!"
El tronar de la trompeta desató el caos.
Las calles de Roshwan se llenaron de gritos y carreras. Los corredores salieron disparados por las avenidas cubiertas de nieve, chocando, resbalando y gritando. Algunos tropezaron antes del primer giro; otros ya rodaban sobre los adoquines tratando de proteger las delicadas botellas con sus propios cuerpos.
Kibai avanzaba con pasos largos y precisos, esquivando barriles y saltando sobre charcos helados. Detrás de él, Joss lo seguía riendo.
“¡Vaya, eres rápido!" gritó.
“¡Deja de hablar o vas a quedarte muy rezagado!” respondió Kibai sin mirar atrás.
El tontatta Fillo, mientras tanto, se deslizaba entre botas y faldones, aprovechando su tamaño para avanzar sin ser visto. A ratos se enganchaba en la ropa de los demás y salía volando como un proyectil. Por el rabillo del ojo captó cómo el gyojin, fiel a su palabra, iba arrollando a quien se cruzara, mientras los espectadores vitoreaban y animaban a sus favoritos. Los corredores cruzaron la plaza del mercado, donde los comerciantes madrugadores gritaban y apartaban cajas de pescado. Uno de ellos tropezó con un puesto de manzanas y estuvo a punto de perder su botella.
“¡Cuidado con el puesto, idiota!” rugió una mujer mientras las frutas rodaban por la calle.
Kibai, sin detenerse, saltó sobre el mostrador, pasó corriendo por el tejado de una carreta y siguió sin perder ritmo. A su derecha, su compañero Rolf que había conseguido ganar puestos trató de imitarlo, aunque cayó aparatosamente al aterrizar y un agudo sonido de cristal indicó que su participación en la carrera había terminado.
De pronto, una voz chillona le hizo alzar la mirada:
“¡Os veo en el altar, lentorros!”
Fillo, el tontatta, corría por los tejados a su izquierda, saltando de uno a otro como si fuese una pluma llevada por el viento.
Kibai fijó la vista en los edificos de su izquierda y soltó un gruñido.
“¿Ah, sí?”
Flexionando las piernas, saltó hacia una fachada, usando garras de manos y pies para llegar rápidamente al tejado, aterrizando sobre un techo cubierto de escarcha antes de seguir corriendo. Los espectadores aplaudieron al verlos correr uno al lado del otro, el minúsculo tontatta y el ágil mink, saltando de edificio en edificio. Fillo gritaba y reía mientras le dirigía pequeñas burlas en cada salto al siguiente tejado, que sólo hacian apretar el paso a Kibai.
En un momento, el tontatta le lanzó una bola de nieve al rostro.
“EH! ¡Eso es trampa!” gruñó Kibai, limpiándose el hocico.
“¡Todo vale mientras la botella siga entera!” le respondió Fillo entre carcajadas.
Más abajo, Joss corría por las calles, aprovechando los callejones estrechos para ganar terreno. Un grupo de niños vestidos con harapos le abrió paso vitoreando.
“¡Vamos, Joss! ¡Enséñales cómo se corre en el muelle!”
El tramo urbano llegó de repente a su fin. Kibai y Fillo saltaron del último tejado de las afueras de la ciudad, enfilando el camino que se dirigía hacia el bosque.Echando la vista atrás, el mink calculó que a esas alturas, más de dos docenas de competidores habían quedado eliminados, ya fuese por botellas rotas, caídas, o simple agotamiento.
El bosque de Roshwan era un laberinto blanco y marrón. Los árboles estaban cubiertos de hielo y el suelo crujía bajo sus pies a medida que los corredores se internaban en el camino hacia la montaña..
Kibai respiraba con calma, adaptando el paso al terreno. Su cuerpo felino le daba ventaja para saltar entre raíces y troncos. Jeren, que había conseguido alcanzarle tras salir algo rezagado del tramo de ciudad, lo seguía de cerca, resbalando de vez en cuando.
“Maldita sea. ¿Cómo puedes moverte tan rápido en este frío?” preguntó mientras esquivaba por poco una rama.
“!Todo mink que se precie se maneja bien en el bosque!” le gritó Kibai.
Y no mentía, aquella carrera le recordaba demasiado a su niñez, con el resto de minks de su generación en Zou. Usando a veces tanto garras como pies, se movía con presteza entre la vegetación, observando por encima del hombro de vez en cuando a los participantes que venían más atrás.
El gyojin venía unos cuantos metros por detrás, abriéndose paso a empujones y levantando montones de nieve con cada zancada. Cuando alcanzó a un grupo de aldeanos, los mandó a rodar cuesta abajo.
“¡Fuera de mi camino, humanos!” bramó.
Sin embargo, una rama apareció de repente en su camino, haciéndole tropezar y dando con sus huesos en tierra. Y apoyándose sobre su espalda para pegar un salto, Joss saltó riendo a carcajadas.
“Deberías volver al mar, amigo, ¡este es mi terreno!”
El bosque se abrió dando paso a una ladera. Más arriba se divisaba la montaña, envuelta en nubes. La nieve era más espesa y el viento rugía con fuerza. Kibai echó la mirada atrás para ver a sus perseguidores. Fillo, que había cambiado las copas de los árboles por el suelo, corría ahora por la nieve, deslizándose a toda velocidad apenas a un par de palmos detrás de él. Joss y Jeren pugnaban uno al lado del otro, sin que ninguno cediese ni un segundo en su esfuerzo. A Kibai se le escapó una sonrisa salvaje, aquello ya no se trataba solo de ganar; había orgullo en juego.
El ascenso era brutal. La pendiente se volvía resbaladiza, y cada paso costaba el doble. Las rocas estaban cubiertas de hielo. Por encima de ellos, se escuchaban los tintineos de las campanas que adornaban el altar que aguardaba en la cima.
Llegados a un punto, el camino se terminó, y debían detener su carrera para escalar algunos metros de roca, buscando la mejor ruta para ascender. Kibai avanzaba con decisión, clavando las garras en las grietas de la roca para impulsarse poco a poco hacía arriba. A un par de metros a su derecha, Fillo se sujetaba con uñas y dientes a las grietas, mientras que Joss, quien había conseguido dejar atrás a Jeren en la subida, jadeaba por el esfuerzo pero no se rendía.
A varios metros más abajo, el enorme gyojin, que a fuerza de quitarse competidores de delante estaba a punto de alcanzarlos, seguía subiendo, furioso, con la mirada fija en ellos.
“¡Ya sois míos, no escaparéis!”
Intentó acelerar la escalada, pero el hielo volvió a traicionarlo. Resbaló, rodó unos metros y desapareció entre la nieve con un estruendo. No se lo volvió a ver.
Los tres restantes seguían escalando con el máximo esfuerzo, con el altar cada vez más cerca.
“¡Ahí está!” gritó Joss, señalando la plataforma de piedra que cubría la cima de la montaña...
Pero el destino tenía otros planes. La caída del gyojin había debilitado la pared de roca por la que escalaban. Un crujido profundo resonó bajo sus pies y el suelo helado se quebró como si fuese vidrio, haciendo que los tres cayeran por un terraplén cubierto de nieve, rodando entre ramas, piedras y hielo hasta quedar tendidos en un claro.
Kibai luchó por recuperar el aire de sus pulmones, antes de incorporarse con un gemido.
“¿Estáis todos vivos?”
“Ouch… Creo…creo que sí…” dijo Joss, sacudiéndose unas cuantas hojas del rostro. A su lado, Fillo emergió cómicamente de un montón de nieve, tambaleándose.
“Au… Eso ha dolido. ¿Y las botellas?” preguntó el tontatta con voz tensa.
Los tres buscaron alrededor. Entre la nieve, una sola botella seguía intacta, reluciente bajo la luz gris. Los ojos Kibai se estrecharon a medida que se agazapaba sobre el suelo.
“Debe ser la mía.”
“¡Ni hablar! La mía también tenía cuerda roja” replicó Joss.
“Podría ser la mía, el color se ve igual desde aquí” añadió Fillo, dando un paso al frente.
Durante unos segundos, se quedaron mirándose, inmóviles, como depredadores frente a una presa, antes de abalanzarse a la vez sobre la botella. Rodaron por la nieve, forcejeando y maldiciendo. Joss tiraba del cuello de Kibai, mientras intentaba quitarse a manotazos a Fillo que se habia colgado de la gorra del humano y le mordía la oreja. La botella rodaba de mano en mano, a punto de romperse varias veces.
“¡Suelta, maldito gato!”
“¡No es tuya, quitateme de encima!”
"¡Fillo la vio primero!”
El forcejeo terminó cuando un sonido lejano llegó desde la montaña: un estallido de vítores y campanas. Los tres se detuvieron, respirando con dificultad. Cruzaron las miradas, comprendiendo al instante.
“Alguien ya ha llegado a la cima” murmuró Kibai.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Luego, el mink soltó un suspiro, tomó la botella y la sostuvo frente a sí.
“Supongo que ya da igual de quién sea.”
Rompió el sello con una garra y bebió un trago. El líquido cálido le recorrió la garganta, calentando su pecho de un modo agradable. Limpiándose la boca con el dorso, se la lanzó a Joss.
“Lo reconozco, está bueno.”
Joss sonrió débilmente y bebió también, relamiendose.
“¡Vaya que si!”
Fillo extendió las manos hacia la botella.
“Eh, no os olvidéis de mí.”
Joss se agachó y le alargó la botella. El tontatta la agarró con ambas manos y bebió, soltando un eructo y una risa eufórica.
Durante un rato, los tres permanecieron allí, riendo de su mala suerte, comentando la carrera y las caídas. Joss contó que se había inscrito solo para impresionar a una chica del puerto. Fillo confesó que su clan le había apostado que no llegaría ni a la primera curva. Kibai los escuchaba con una sonrisa, sintiendo que, pese a todo, había valido la pena.
El viento trajo de nuevo los sonidos de la celebración desde la cima: tambores, risas, campanas. Joss se levantó tambaleándose un poco por la bebida.
“Bueno, ya que hemos perdido… ¿vamos a la taberna? Seguro que hay más sake. Y comida caliente.”
Kibai asintió, riendo.
“Eso suena mucho mejor que seguir congelándonos aquí.”
Fillo subió al hombro del mink y alzó el puño diminuto.
“¡Al Golden Lion! ¡La segunda ronda nos espera!”
Kibai echó a andar, mirando una última vez hacia arriba. Entre la neblina, la estatua del altar apenas se distinguía, pero el brillo dorado del sol de mediodía parecía bendecir toda la montaña.
“Supongo que las cosechas ya están aseguradas” murmuró.
Los tres abandonaron el bosque a paso relajado, y los ecos de sus risas se perdieron entre la nieve.
