[Autonarrada T3][Presente absoluto] (+18) Tu apellido atrae muerte
#1
Día 61 de Otoño. Año 16

Es de noche. Las temperaturas están bajo mínimos. La ventisca apenas deja ver con claridad más allá de un par de pasos por delante. La nieve se empieza a acumular en mitad del camino con más de un metro de grosor y dificulta el andar de cualquiera. Cae tanta nieve que ni siquiera el rastro de un ser enorme como yo se puede seguir pasado el par de minutos, porque la nevada lo ha vuelto a cubrir. Tengo los hombros y el pelo mojados por la misma razón, la puta tormenta glacial que me está cayendo encima. Siento el frío dentro de mí, filtrándose cada vez más profundamente. Los huesos están como un témpano de hielo y el mover cada músculo del cuerpo se siente como un millón de agujas clavándose a la vez. La piel cada vez la tengo más y más pálida, como la de un vampiro adolescente mariquita. Los labios morados, sin circulación y emitiendo constantemente una nube de calor casi como si estuviera fumando, como una maldita chimenea.
Pero hay algo que el invierno eterno fortalece. La voluntad. Una voluntad férrea que me obliga a avanzar pese a esta calamidad climatológica. La sensación de estar desafiando a la naturaleza en su propio juego. Sonriente. Venciendo aquello que mata a los más débiles. Sintiéndome como en casa. -Si algo se ha de detener...- me digo a mi mismo, mientras mantengo una mirada obstinada hacia el horizonte infinito. -...Que sea mi corazón y no mis piernas. No pienso frenar ahora. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- río con fuerza ante la adversidad.

-Hey Thomas... ¿estoy muy fumado, o hay algo que viene en esta dirección?- pregunta Tomás, que sí, va muy fumado.
-¿Qué cojones dices, Tomás? ¿No ves la que está cayendo? Nosotros tenemos fuego y calor, pero nada puede sobrevivir a esto.- responde Thomas, más elocuente. De entre todos los guaridas de la entrada Sur, es el más listo. Solo hay dos. También va fumado.
-No joder, ¡mira para allá! Es como una sombra gigante que cada vez está más cerca. ¿Crees que deberíamos tocar la corneta?- insiste Tomás. Se le ve francamente asustado. Pero el mismo es consciente de que quizás está siendo víctima de su propio canuto. 
-Deja de decir soplapo...- va a replicar Thomas, pero se enmudece. -Toca la corneta...- susurra aterrorizado.

Avanzo a paso lento, pero firme. Sigo un sendero completamente sepultado por la nieve. Este me conduce hasta un tumulto de luces en la ladera del valle. Parece que hay un poblado cerca y tengo ganas de descansar con un mínimo de dignidad. Me vendrá bien un poco de calor y cerrar los ojos en una noche tan cruda como esta. 
Se oye una melodía a varios kilómetros antes de alcanzar mi destino. Suena agudo, a instrumento metálico. Precisamente desde el pueblo a donde me dirijo. O estan de fiesta o se han percatado de mi presencia. Me es indiferente. Cuando llegue, más les vale no comportarse como idiotas y me dejen tranquilo. 
Bajo la ladera y paro frente a un portón enorme de madera tallada. Está adornada con chapa metálica, dibujando un toro o buey de acero de grandes cuernos. A los laterales del portón hay una pequeña muralla de roca sólida. Tendrá, más o menos, la mitad del tamaño de la puerta, unos cinco metros de alto. El muro escapa de mi visión por ambas direcciones, así que probablemente rodea por completo el poblado. Estará construido para defenderse de pequeñas amenazas y monstruos del bosque. Pero no creo que puedan protegerse de tipos como yo, porque ni siquiera me tapa la vista al interior. 
Frente a la puerta me reciben dos pequeños hombres. Van ataviados de pieles de animales, y aun así tiemblan de frío. Portan cascos militares con cuernos y blanden lanzas que les doblan en tamaño. Apuntan hacia mí. Sus caras reflejan el miedo. No dejan de mirarse el uno al otro, con sus ojos asustados y rojizos. No quieren estar aquí, se les nota. -¡Ba... Ba... Baja el arma, forastero!- se atreve a tartamudear uno. Yo sonrío frente a esta situación. -¡Primero de todo, buenas noches!- me jacto en tono burlesco. Luego alzo a Yggdrasil de mi hombro. Los diminutos guardias dan un paso atrás, acojonados. Yo me detengo al verlos. -¡Tranquilos hombrecitos... No vengo buscando pelea. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...- me río. Acto seguido, les lanzo el hacha en horizontal y sin fuerza. Un pase bombeado sobre ellos, quedándome desarmado, como pedían. El arma, enorme y maciza, los derriba y los aplasta, incapaces de levantarse o moverla de encima suyo. Pesa demasiado. Yo dejo los martillos en el suelo y avanzo sin hacer caso de que son incapaces de liberarse. -¡No me la perdáis, ehh! Es un recuerdo familiar.- remato en tono irónico, dejándolos atrás y derribando la puerta de madera con empujón con ambas manos.

El pueblo se ve sencillo en el interior de sus muros, aunque es bastante amplio y extenso, cosa que me sorprende. Hay una gran calle principal, que parece recorrerlo todo de un extremo al otro. La vía está pavimentada con roca pulida, a diferencia de todas las calles hermanas, que son de tierra sin tratar. Sabes que es un camino porque hay el espacio suficiente para pasar entre dos edificios. Y a veces ni eso. Lo que si comparten todas las calles, tanto la principal como sus ramificaciones, es que todas están cubiertas de nieve hasta el punto de que cuesta reconocerlas. 
Las casas son simples. Cuentan con un solo piso. Alguna, con suerte, de un par. Son circulares, de ladrillos rojos y tejados puntiagudos de tejas verdes. Un contraste de color que le da un tono único y distintivo sin perder lo rústico. 
Las calles están vacías. Es normal. Entre las horas que son, que está cayendo una nevada del carajo y que hace frío, es normal que nadie quiera salir. Gracias a las farolas puedo ver. Postes de metal con fuego atrapado en su interior. Hay una de estas en cada esquina. Se siente la calidez al estar cerca de una.

Podría decir que estoy en un pueblo fantasma si no fuera por el recibimiento que me están dando. Al otro lado del portón derribado, hay una docena de guardias más, todos apuntando con sus lanzas con intenciones hostiles. Mala suerte para ellos el que, con suerte y usando todas sus fuerzas, capaz logran pincharme hasta la altura de la rodilla. Y que el miedo se les nota en el cuerpo. No parecen estar acostumbrados a ver a tipos tan grandes como yo. -Chicos, ¿dónde está la posada más cercana?- suelto en tono amistoso, sin tener en cuenta que voy desarmado y ellos me están acorralando con lanzas. -Tengo sed y sueño. Me apetece descansar en este lugar. Así que, con permiso.- sigo de frente, a consciencia de que no van a poder frenarme. Se nota un poco de burla en mis palabras, de picardía. Uno de los guardias parece lo suficiente valiente e insensato para plantearme cara y no salir del camino. Pero otro le retiene del pecho y le niega con la cabeza. -No toca... Mejor llamarlo a él...- y todos los guardias se echan a un lado.
Me recorro gran parte del pueblo. Aunque la ventisca sigue, el calor humeante que desprenden las casas y las farolas es reconfortante. El haberme quitado por un rato el peso de las armas también ayuda a sentirme más cómodo y ligero. Cada vez que me acerco a una casa y algún curioso abre la ventana para entender porque el suelo tiembla, se desprende un aroma de alimento casero que me fortalece el espíritu. Y bueno... No es que sea presumido, pero ver cómo la gente que asoma la cabeza queda estupefacta al verme pasar, sienta como picha al culo.
Sin embargo, no doy con el lugar que estoy buscando. Sí, he dado con dos o tres tabernas y posadas cruzando de lado a lado la calle principal. Incluso algún bar de mala muerte en algún callejón estrecho que me permitía pasar. Pero todo es diminuto aquí, de tamaño humano. No hay sitio donde pueda descansar las piernas o tomar un trago. Tan solo un edificio. Un edificio que en comparación al resto parece un rascacielos. Es una enorme casa de mármol blanca. Tiene dos pisos de más de 9 metros. La entrada y las ventanas están adaptadas para un bicho de mis características. Parece perfecta para mí. Pero cuando llego, no hay nadie. Ni luces ni un letrero. Está a las afueras del pueblo más apartada del resto. Pierdo el interés rápido y sigo en busca de algún lugar donde al menos llenarme el estómago con algo caliente.

Y cuando estoy a punto de rendirme, de entender que este pueblo a estas altas horas de la noche no tiene nada más que ofrecer, escucho una voz a mi espalda. Es una voz familiar, grave, arrugada por el paso del tiempo. -¡Haakon! ¿Quién te ha dado permiso para entrar en mi pueblo?- Yo me quedo paralizado por un segundo. Mi semblante se vuelve serio al recordar y reconocer quien tiene santos cojones de decirme nada. Con paso lento, giro sobre mi eje para plantarle cara. -Alastor Cawl, el limpia letrinas.- respondo, mencionando su nombre y el título que le daban cuando formaba parte de la tripulación de mi padre. Se nota el menosprecio por mi parte, aunque sigo serio. Molesto. Es un Buccaner tan grande como yo. Lleva consigo un casco de guerrero, adornado con dos cuernos laterales. Viste también una capa de piel ancha y densa, que le debe cubrir de las temperaturas más extremas. Y por desgracia para él, arrastra mi hacha, Yggdrasil. No la lleva sobre su hombro, como lo hago yo y como lo hacía su antiguo propietario y mentor de ambos. Es capaz de moverla por el suelo y cargar con ella a duras penas, pero no lo veo capaz de blandir sus filos. Tampoco es que sea digno. -Ya nadie me llama así. Ahora soy Alastor Cawl, protector de Bighorn- suena con un resquemor petulante. -He dado aviso a la Marina.- mi rostro se ensombrece. -Te dejaré escapar por la lástima que dabas de crío. Pero...- y mira el hacha con deseo fervoroso, como si fuera un tesoro codiciado. Por muy débil e indigno que sea, es consciente de lo que representa ser su propietario. Yo avanzo hacia él, enfurecido. -... Me quedaré con esto, como recuerdo de...- no consigue acabar la frase.
Mientras se pavonea y fantasea con la idea de ser digno de llevar un arma de reyes, le suelto un zurdazo a máxima potencia. Cargando exageradamente el brazo para atrás y descargando como si fuera un cañonazo contra sus dientes. Estos saltan de su boca y rebotan contra el suelo como canicas. Los pocos testigos que hay, algún guardia rezagado y un par de curiosos desde las ventanas y esquinas, son conscientes de que su campeón no tiene nada que hacer. Alastor se arrodilla, angustiado y lleno de dolor, mientras se cubre la boca con las manos. De sus dedos se filtra la sangre de sus labios abiertos y el mentón quebrado. Sin mirarle, recojo a Yggdrasil del suelo, cagandola con ambas manos sin dificultad. Mientras él sigue llorando en el suelo, humillado, voy dando pasos cortos, rodeándolo hasta alcanzar su lateral derecho. -Has abandonado los valores de tu raza... Y los de tu nación. Dejar la vida pirata es un derecho. Pero chivarse al Gobierno y la Marina es traición.- le recrimino, solemne y serio. Como quien pregona unos votos. Despacio, levanto a Yggdrasil para sentenciar la jugada. Alastor, sabiendo que implorar es una vergüenza, aprovecha sus ultimas palabras para amenazarme. -Tu apellido solo trae muerte, Sigurd. Y tarde o temprano darán contigo...- yo me limito a sonreír mientras imagino la serie de desafíos que se me vienen encima. -Los estaré esperando, no deseo nada más en la vida.¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- El hacha cede ante el cuello del Buccaner, vergonzoso Buccaner, Alastor Cawl. 

Nadie dice nada. Todos asumen que ya nada puede detenerme hasta la llegada de la Marina. Y lo mejor que pueden hacer es rezar por qué mis palabras de paz no cambien ante semejante recibimiento poco hospitalario. Sin pensar mucho en la jugada, recojo el casco de Alastor y su capa. Me quedan de locos. Ahora ya no hay un Bucanero protector, sino un carnicero. Uno con muy mala leche. 
Me acerco a la gran casa de mármol. La única que puede acogerme y entiendo que la del campeón caído en desgracia. Pico a la puerta y aparece una mujer. Es morena, alta, norteña. Me gusta. Abre la puerta con una sonrisa, hasta que me encuentra a mi en vez de a mi antiguo compañero de pillaje. Si cara es sinónimo del miedo. No grita. Solo cae de culo hacia atrás. Yo no hablo. Solo entro, sonriente. Sobran las palabras. Cierro la puerta en silencio tras de mi. Ha sido una noche muy larga. Estoy cansado y quiero dormir. Tengo hambre y quiero comer. Me siento solo y un poco de compañía no me viene mal. Ya mañana será otro día. Esta noche lo paso bien gratis.
Continuará...
outfit ---- Sigurd de Drum


Datos de interés
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#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 17

— Reputación: 30 + 15 karmas

— Berries: 60k

— Atributos: 2

STAFF DE NAKAMA NO MI
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