[Aventura T1] Orfandad en peligro
#1
Día 58 de Otoño del año 16


Ubicación: Reino de Samba, Distrito Ribereño.

El sol poniente sangra en tonos anaranjados y púrpuras sobre el Reino de Samba, tiñendo las aguas del kilométrico río que es la arteria vital y divisoria de esta tierra. Desde el agua, donde Krakatua nada en círculos perezosos, la dualidad de la isla es una herida abierta. Hacia el este, lejos del río, las siluetas de los adosados de piedra de los ricos se recortan contra el cielo, sus ventanas de azulejos brillando como joyas con las últimas luces. El aire que llega desde allí es dulce, perfumado por las plantas tropicales de jardines bien cuidados y el lejano tintineo del hielo en las copas.

Pero aquí, en el oeste, cercano a la orilla camina Tensui Marlin, el aire es denso y pegajoso. El olor dulzón y empalagoso de las refinerías de caña de azúcar cercanas se mezcla con el aroma terroso del barro del río y la nota agria de la pobreza. Las casas aquí no son de piedra, sino de tablones de madera irregulares y techos de palma, apiñadas unas contra otras como si buscaran consuelo en su miseria. Del Centro de Danza de Samba, un edificio de madera más grande que el resto, escapa una música rítmica y melancólica, una banda sonora de alegría forzada que lucha por ahogar el sonido de los estómagos vacíos. En la distancia, ondeando perezosamente sobre las torres de piedra del Palacio Real, se puede ver la bandera del Gobierno Mundial, una presencia silenciosa que lo envenena todo.

El gyojin de piel malva es una anomalía en este paisaje, una montaña de músculo y serenidad en medio del ajetreo desesperado del atardecer. Los niños descalzos dejan de jugar para observarlo con ojos muy abiertos, los comerciantes cierran sus puestos con miradas recelosas, los borrachos se apartan de su camino. Su presencia no inspira el miedo a un monstruo, sino el respeto silencioso reservado a las fuerzas de la naturaleza que es mejor no provocar. Sus pasos, calzados en pesadas botas de cuero, son lentos y deliberados sobre el embarrado camino, sus ojos analíticos detrás de las gafas negras registrando cada detalle, cada rostro cansado, cada tabla suelta.

Es entonces cuando una figura frágil pero decidida se interpone en su camino. Es una mujer humana, anciana, tan arrugada como una pasa pero con una espalda recta que se niega a doblegarse por completo. Se llama Mama Elara. Lleva un delantal remendado sobre un vestido descolorido, y sus nudillos están hinchados y enrojecidos por toda una vida de fregar suelos y lavar ropa ajena. Trabaja a tiempo parcial en el orfanato local, un edificio aún más destartalado que los que lo rodean. Su rostro es una máscara de agotamiento, pero sus ojos oscuros arden con la feroz llama de una desesperación que se niega a extinguirse.

Se detiene frente al imponente gyojin, teniendo que forzar el cuello para poder mirarlo a la cara. Su voz, cuando habla, es un susurro ronco pero sorprendentemente firme.

-Disculpe, señor... Sé que no es de por aquí. Su piel... es del color del mar profundo. Quizás... quizás usted sí escuche.-
Toma aire, reuniendo el coraje que le queda. Las lágrimas brillan en el borde de sus ojos, pero se niega a dejarlas caer.
-Se están llevando a nuestros niños. Del orfanato. Ha vuelto a pasar anoche. Se llevaron a la pequeña Lita... No hace ruido, no fuerza las cerraduras... Simplemente... desaparecen.

Su mano temblorosa se alza para señalar vagamente en dirección al distrito rico.

-Hemos ido a la Guardia Real. Una y otra vez. Nos dicen que son fugas. ¡Niños que huyen en busca de una vida mejor! ¡Lita apenas tiene seis años! ¡No huiría! Nadie nos cree... Nadie hace nada. Dicen que no tienen hombres, que están demasiado ocupados protegiendo las casas de piedra de los nobles.

En ese momento, como si hubieran sido invocados por sus palabras, dos miembros de la Guardia Real de Samba doblan la esquina. Su armadura de cuero pulido y sus cascos con plumas contrastan absurdamente con el entorno embarrado. Son jóvenes, arrogantes, y caminan con el pavoneo de quienes rara vez son desafiados. El que parece al mando, un sargento con una mandíbula cuadrada llamado Marco, se detiene al ver la escena. Su mirada pasa del gigante gyojin a la anciana con un desprecio apenas disimulado.

-¿Otra vez con lo mismo, Elara?- dice, su voz cargada de un aburrimiento condescendiente. -Ya le dijimos que abriremos una investigación cuando tengamos tiempo. Ahora deje de importunar a los... visitantes. No queremos que se lleven una mala impresión del Reino.

El otro guardia suelta una risita, observando a Tensui de arriba abajo.

-Además, ¿qué va a hacer él? ¿Asustar al fantasma con su cara de pescado?

El sargento Marco posa su mano sobre la empuñadura de su espada, un gesto más de postureo que de amenaza real.

-Váyase a casa, anciana. Y usted-dice, ahora dirigiéndose al imponente gyojin, -le aconsejo que no se meta en asuntos que no le conciernen. Las leyes de Samba las hacemos cumplir nosotros

Tras su advertencia, los dos guardias se alejan con una risa contenida, continuando su patrulla sin volver la vista atrás. Dejan a Mama Elara temblando, no de miedo, sino de una furia impotente. Vuelve a mirar a Tensui, sus ojos ahora suplicantes, una última y desesperada apuesta en el único ser que no la ha desestimado de inmediato.

-Por favor, señor del mar... Dicen que es un fantasma. Yo creo que es un monstruo... pero de los que visten ropas finas. Si alguien no hace nada... no quedará ningún niño al que proteger.

La tarde muere. Las luces de aceite comienzan a parpadear en las ventanas de las humildes casas. La música del Centro de Danza se vuelve más fuerte, un intento desesperado de traer vida a una calle donde la esperanza acaba de hacer su última súplica. El aire es denso con promesas incumplidas y la pregunta silenciosa de una anciana, una pregunta que ahora flota, pesada e ineludible, frente a Tensui Marlin.
#2
Hoy era uno de esos días en los que no me quedaba más remedio que caminar sobre tierra firme. Nadar, ni pensarlo; ni en el mar ni en ningún sitio. Samba tiene su propio ritmo, su propio caos, y yo solo soy un espectador más. No me meto en los problemas de esta isla porque no me pertenecen, y sinceramente, no me interesa hacerlo. Prefiero moverme en silencio, dejar que el mundo siga girando sin mí.
 
Los niños que corren descalzos por las calles me miran como si estuvieran viendo un fantasma. Sus risas se apagan apenas paso, y se quedan observándome con esa mezcla de curiosidad y miedo que solo los humanos saben tener. Los vendedores hacen lo mismo: bajan la mirada, cierran sus puestos o simplemente me ignoran, como si mi presencia fuera un mal augurio. Tal vez lo sea.
 
Así es Samba. Durante el día, te señala y te mide con los ojos; pero cuando cae la noche y las luces se encienden, el mismo pueblo que te rechaza te invita a beber, a bailar, a olvidar. Es un lugar de máscaras, donde el juicio y la aceptación dependen de la hora del sol y yo solo camino entre ambos mundos, sin pertenecer del todo a ninguno.
 
Iba perdido entre mis propios pensamientos cuando una anciana se me acercó. Era humana, frágil, de esas que caminan como si cada paso pudiera ser el último. Su piel temblaba con el viento y sus ojos, aunque cansados, brillaban con una fuerza que no correspondía a su cuerpo. Me detuve por respeto, inclinando apenas la cabeza. —Ha observado bien, madresita —le respondí con calma — Soy un gyojin, nacido en el fondo del mar. — Nunca he sido de los que faltan el respeto a los mayores; no podría. Cada palabra que le decía me recordaba a mi hija, y a cómo jamás habría soportado verla tratarme con desdén.
 
Sus labios se movieron con lentitud, pero sus palabras fueron más frías que cualquier corriente abisal. Niños desapareciendo del orfanato. La frase se me clavó como un arpón en el pecho. Sentí la sangre detenerse, y por un momento, hasta el aire pareció pesar más. Mencionó un nombre, Lita. Tan pequeño, tan lleno de vida, y tan ausente. Una gota de sudor bajó por mi frente, no por el calor de Samba, sino por la sensación amarga de saber lo que significaba perder a un niño.
 
—¿Y los adultos del orfanato? —le pregunté, tratando de mantener la voz firme. Ella me miró como si hubiera estado esperando esa pregunta toda su vida, como si en mis palabras hubiera encontrado un atisbo de esperanza y aunque no lo dije en voz alta, ya lo sabía, no podría ignorarlo, no esta vez, no si hay niños de por medio.
 
Y como casi siempre pasa, la madresita me explicó lo que ya había intentado hacer una y otra vez. Habían ido con la guardia real, insistido, suplicado incluso, pero las respuestas siempre eran las mismas: “los niños se escapan, buscan una vida mejor.” Una excusa barata para justificar la indiferencia. ¿Quién podría creer que una niña de seis años escaparía sola? Nadie con corazón, al menos. Y justo cuando lo pensaba, el destino decidió burlarse de mí: dos guardias aparecieron caminando por la calle, con ese aire de autoridad que solo tienen los que no hacen nada.
 
Hablaron con la anciana, por ellos supe que se llamaba Alara y repitieron su discurso vacío delante de mí, prometiendo una investigación “cuando tuvieran tiempo”. Uno de ellos, con voz seca, le pidió que dejara de molestar a los visitantes como yo. Lo que no sabían era que no soy un visitante, ni un turista, ni alguien que mira para otro lado cuando un niño desaparece. Pero no era el momento para discutirlo, guardé silencio, observando cómo la autoridad se alejaba sin siquiera mirar atrás.
 
Cuando los guardias estuvieron lo bastante lejos, me agaché frente a la anciana. Había algo en sus ojos, una mezcla de fe y resignación que dolía ver. —Cuénteme más, madresita —le dije con suavidad —Haré lo que pueda por ayudarle. Yo también perdí una hija, pero la mía ahora nada entre las estrellas. — Mi voz se quebró apenas al final, lo suficiente para que ella entendiera que hablaba en serio.
#3
Las últimas palabras de Tensui —"la mía ahora nada entre las estrellas”— colgaron en el aire denso y húmedo entre ellos, no como una declaración, sino como un puente. Un puente construido con los materiales más fuertes y dolorosos que existen: la pérdida compartida. Por primera vez esa tarde, el temblor en las manos de Mama Elara cesó. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaron por las profundas arrugas de sus mejillas, pero ya no eran lágrimas de desesperación, sino de una abrumadora y catártica conexión. Extendió su mano nudosa y la posó sobre la enorme mano del gyojin que descansaba sobre su rodilla. Era como una polilla aterrizando sobre una piedra.

-Que las estrellas cuiden bien de ella, hijo...-susurró, su voz ahora cargada con la solemnidad de un rito sagrado. -Y que el mar te dé fuerzas para encontrar a las nuestras.

Se secó las lágrimas con el reverso de la otra mano, la pena momentáneamente reemplazada por una feroz determinación. Se puso en pie, su pequeña figura de repente llena de una autoridad que los guardias reales jamás podrían soñar con poseer.

-No hay tiempo que perder. Venga conmigo. No aquí, en la calle, cualquiera podría estar escuchando. Le llevaré al único lugar que es seguro.

No esperó una respuesta. Confió. Dio media vuelta y comenzó a caminar, sus pasos ahora firmes y decididos, guiando al gigante a través del laberinto de callejones del Distrito Ribereño. La gente que antes se apartaba del gyojin, ahora se apartaba de la pequeña anciana que lo lideraba, intuyendo la inamovible voluntad en su caminar. Lo llevó lejos de la música estridente del Centro de Danza, pasando por casas de madera cuyas ventanas mostraban los rostros curiosos de las familias. El olor a pescado frito y caña fermentada dio paso al olor a incienso barato y ropa recién lavada.

Finalmente, llegaron a un edificio que, aunque igual de humilde que el resto, parecía tener un aura diferente. Era el Orfanato del Río Sereno. Estaba construido con los mismos tablones de madera irregulares, pero las contraventanas estaban pintadas con colores vivos —ahora desconchados— y alguien había plantado pequeñas pero resistentes flores en viejas latas oxidadas cerca de la entrada. Un lugar de pobreza, sí, pero también un lugar donde el amor luchaba una batalla diaria contra la desesperanza.

Dentro, la escena era un retrato de una crisis silenciosa. Una única sala grande servía como dormitorio común, comedor y sala de juegos. Unas doce camas estaban ordenadas pulcramente, pero en el centro de la habitación había dos visiblemente vacías, con las mantas dobladas como si esperaran un regreso que quizás nunca llegaría. Un puñado de niños, los que quedaban, estaban sentados en silencio alrededor de una mesa, dibujando en trozos de papel de estraza, sus movimientos apagados, la habitual algarabía de la infancia ausente. Al fondo, junto a un fuego moribundo, se encontraba la otra alma que mantenía ese lugar a flote.

Era Hermano Sael, un hombre en la mitad de su vida, con una sotana de un gris tan desvaído como el cielo de Roshwan. Su cabeza estaba calva en la coronilla, pero tenía una barba desordenada y salpicada de canas. Tenía la constitución de un oso, con hombros anchos y manos grandes acostumbradas a reparar techos y acarrear agua. Sus ojos, sin embargo, estaban hundidos y rodeados de ojeras tan oscuras que parecían moretones, el resultado de muchas noches sin dormir. Era un hombre bueno cuya fe estaba siendo pulverizada por la cruel indiferencia del mundo.

Cuando vio a Tensui agachándose para entrar por la puerta, su primera reacción fue de un sobresalto temeroso, pero la presencia tranquilizadora de Mama Elara lo calmó.

-Es él, Sael-dijo Elara con firmeza. -Ha venido a ayudar.

Hermano Sael miró a Tensui, su mirada viajando desde sus aletas hasta su imponente tatuaje y sus ojos serenos. Parecía estar sopesando al gyojin, no con desconfianza, sino con el agotamiento de alguien que ya no sabe en qué creer.

-¿Otro curioso? ¿O quizás alguien enviado por algún noble para 'investigar' discretamente?- Su voz era profunda y cansada, con un borde de cinismo afilado por la frustración. Se frotó la cara con una mano grande. -Perdone mi tono. Ya no sé ni a quién le hablo. Dicen que es un fantasma... Yo creo que es el diablo.

Elara le hizo un gesto a Tensui para que se sentara en un robusto banco de madera, que crujió audiblemente bajo su peso. Colocó una taza de té de algas caliente, que había estado preparando, frente a él.

-Ha pasado dos veces-Continuó Sael, decidiendo confiar en el juicio de Elara. -Hace una semana, se llevaron a Tomo. Anoche, a Lita. No hay fuerza en la entrada, la puerta estaba cerrada por dentro esta mañana, como siempre. Las ventanas, atrancadas. Los otros niños... dicen que no oyeron nada. Es como si... se los tragara el aire.

Su mirada se volvió hacia uno de los rincones oscuros de la habitación. -Pero encontramos algo esta mañana. Algo que dejaron atrás, no se si fue adrede.

De una pequeña caja de madera, Sael sacó un objeto envuelto en un paño. Lo colocó sobre la mesa frente a Tensui. Era una pequeña y exquisita flor de caña de azúcar, tallada con una maestría increíble en un trozo de cristal de color rojizo. Era demasiado hermosa, demasiado delicada, demasiado costosa para pertenecer a cualquiera en este distrito. Parecía casi brillar con una luz propia.

-Estaba en la almohada de Lita. Donde debería haber estado su cabeza.-La voz de Sael se quebró. -No es de aquí eso está claro, con ello podríamos pagar la comida de un año por lo menos. Este tipo de artesanía... solo se ve en un lugar. En los talleres que trabajan exclusivamente para el Palacio Real.

Un pesado silencio cayó sobre la habitación, roto solo por el crepitar del fuego. La prueba apuntaba hacia arriba, hacia la opulencia y el poder que residían al otro lado del río, muy por encima de las leyes que gobernaban a los hombres y mujeres del Distrito Ribereño. Una anciana valiente y un sacerdote cuya fe pendía de un hilo ahora miraban al gigante del mar, esperando. Su siguiente movimiento podría salvar a los niños que quedaban... o sentenciar el orfanato a desaparecer junto con ellos.


Un silencio denso y pesado, cargado de miedo y sospecha, cayó sobre la humilde sala del orfanato. Hermano Sael y Mama Elara permanecieron de pie, sus miradas fijas en el coloso sentado ante la mesa. Los pocos niños que quedaban, agrupados en un rincón, observaban la escena con unos ojos demasiado viejos para sus años, sabiendo instintivamente que las conversaciones silenciosas de los adultos decidían si habría un mañana.


Sobre la tosca madera de la mesa, la prueba yacía como una blasfemia, un lujo insultante en un lugar de tanta necesidad.
El Colgante del Pétalo de Azúcar. No es solo una flor tallada. Es una pieza de arte tan exquisita como cruel en este contexto.


Información Off-rol para Tensui


Sael, con un gesto tembloroso, deslizó la pequeña joya por la mesa hasta detenerla justo frente a Tensui.-Esto no se vende en los mercados- Continuó el sacerdote, su voz apenas un susurro cargado de amargura.-Esto... se regala. Se intercambia. Como un favor. Como una marca.

Elara asintió, su rostro una máscara de dolorosa comprensión, y se acercó un poco más, bajando la voz como si temiera que las propias paredes pudieran escucharla.

-Los susurros... los rumores en el muelle y en la cocina... siempre terminan apuntando en la misma dirección- dijo, con la renuencia de quien teme pronunciar el nombre de un demonio. -A la colina. Al distrito de los nobles.


Hizo una pausa, mirando a su alrededor antes de continuar.

-Hay un hombre allí. Un familiar lejano del Rey, así que hace y deshace a su antojo. El Conde Voldimore.

Información Off-rol para Tensui


Hermano Sael tomó la palabra, su voz grave y cargada de una historia que nunca se atrevería a contar a la guardia.-El año pasado, una chica del Centro de Danza desapareció. Era la bailarina más talentosa, decían. Justo después de una actuación privada para el Conde. Su familia armó un escándalo... pero a la semana siguiente, su padre, que era pescador, consiguió un puesto de capitán en uno de los barcos mercantes más grandes de la isla. Y la familia se mudó. Nadie volvió a preguntar por ella.

Elara añadió su propia pieza al sombrío mosaico.


-Y no solo eso. El cocinero del Conde... es un hombre pequeño y asustadizo. Viene al mercado a primera hora, antes de que salga el sol. Mi sobrina lo escuchó una vez, hablando consigo mismo mientras compraba. Murmuraba sobre tener que cocinar porciones cada vez más pequeñas. ‘Comida para pájaros’, decía. ‘Comida para mantener vivas las flores en las jaulas’. La gente piensa que está loco.


El silencio volvió a caer. No eran acusaciones directas, sino un camino de rumores y coincidencias aterradoras. Un patrón de desapariciones de jóvenes talentosos o vulnerables, un historial de comprar el silencio, y un objeto imposible que conectaba directamente con el único círculo capaz de poseerlo.

Elara miró a Tensui, su ruego ahora más enfocado, más desesperado.

-No podemos acusarlo directamente, señor gyojin. Hacerlo sería nuestra sentencia de muerte. ¿Pero una joya de los nobles en la cama de un niño huérfano? ¿Los rumores? ¿Un Conde conocido por sus ‘colecciones’? Es el único lugar por donde empezar. Le pedimos que vaya allí. No que luche contra un ejército. Solo... que observe. Que vea si nuestros miedos son ciertos.


Sael asintió, su esperanza depositada en el imponente extraño.

-No tenemos nada con qué pagarle. Solo nuestra gratitud y la oportunidad de que esos niños vuelvan a ver el sol. Su mansión está en la colina más alta, al este, no puede perderse. Siempre está iluminada, como si la noche nunca se atreviera a tocarla. Se dice que sus guardias son los más crueles, pero también los más descuidados por la noche, borrachos con el alcohol que él mismo les da.


-Por favor...-finalizó Elara, su voz a punto de romperse. -Solo... vaya a la colina y vea qué secretos oculta esa casa.

La petición ahora estaba sobre la mesa, más como un mapa trazado en susurros que como una orden. La flor de cristal era el punto de partida. Los rumores eran la brújula. La mansión en la colina, el misterioso "Punto X". El camino estaba trazado, y llevaba directamente a la oscuridad que se escondía tras los muros iluminados del Conde Voldimore.
#4
—Gracias, madrecita —alcancé a decirle, bajando la cabeza con respeto. Era un hombre hecho y derecho, sí, pero sus palabras atravesaron mi coraza más fácil de lo que esperaba. Recordar a mi hija siempre ha sido una herida abierta; cada vez que su imagen se forma en mi mente, el resto del mundo se vuelve borroso. El corazón me pesa, la respiración se me corta y todo lo demás deja de importar.
 
Pero esta vez no tuve ni el lujo de hundirme en esa tristeza, la anciana, con la determinación que solo dan los años y el dolor, me pidió que la acompañara. No esperó respuesta, simplemente giró sobre sus talones y comenzó a caminar con paso firme, arrastrando sus pies mas que caminando.
 
No dudé en seguirla. Había algo en su andar que me recordaba a las corrientes profundas: lentas, pero seguras. Sabía que me estaba llevando a un lugar donde las respuestas no serían agradables, pero ya había tomado una decisión. Si una niña estaba desaparecida, si nadie más quería buscarla, entonces lo haría yo. Aunque tuviera que remover cada grano de tierra de esta isla.
 
Finalmente llegamos a un edificio que, aunque tan humilde como el resto del barrio, tenía algo distinto. No sabría decir si era el aire, el silencio o la forma en que el viento parecía evitar golpearlo con fuerza, pero aquel sitio tenía un aura propia. Sobre la puerta, un letrero medio descolorido anunciaba su nombre, Orfanato del Río Sereno.
 
Las paredes estaban hechas de tablones torcidos y viejos, como si cada uno hubiera sido colocado con manos cansadas pero con intención. Las contraventanas, pintadas alguna vez con colores vivos, ahora se pelaban y dejaban entrever la madera desnuda. Aun así, alguien había tenido el detalle de colocar flores en latas oxidadas frente a la entrada; flores pequeñas, resistentes, obstinadas en seguir vivas pese a todo. Me detuve unos segundos antes de entrar. No hacía falta ser médico para sentir el peso de ese lugar, pobreza, abandono… pero también algo más. Allí dentro habitaba una lucha silenciosa, una especie de amor testarudo que no se rendía, incluso cuando el mundo parecía haberlo olvidado. Y sin saber por qué, sentí que estaba a punto de sumergirme en algo mucho más profundo que la tierra.
 
Dentro, el aire tenía un peso distinto, casi denso, como si cada respiración costara un poco más. La sala era una mezcla de todo: dormitorio, comedor y sala de juegos, todo contenido en un mismo espacio que intentaba parecer más grande de lo que realmente era. Doce camas alineadas con orden impecable, demasiada disciplina para ser obra de niños. Pero dos de ellas… dos permanecían vacías. Las mantas dobladas con cuidado, como si en cualquier momento sus dueños fueran a regresar. Esa clase de esperanza duele más que la pérdida.
 
Los pequeños que aún quedaban estaban reunidos en torno a una mesa, dibujando con trozos de carbón sobre pedazos de papel de estraza. No hablaban. Solo se escuchaba el roce del carbón, el crujir de las sillas y el crepitar leve de un fuego que ya apenas sobrevivía. La niñez, aquí, parecía haber sido reemplazada por una quietud demasiado adulta. Al fondo, junto al fuego moribundo, estaba e, un hombre de rostro agotado pero con la mirada firme, la otra alma que sostenía aquel lugar con lo poco que tenía. Sus manos estaban manchadas de hollín, y aun así seguían trabajando, removiendo el fuego con una vara para mantenerlo vivo. Era evidente que cargaba más peso del que podía soportar, y sin embargo seguía en pie.
 
No dije nada al principio, ni siquiera cuando escuché el tono desconfiado con el que me habló. No lo culpaba. Cuando se vive entre la pobreza y el engaño constante, uno aprende a protegerse con palabras duras y miradas frías; ya no se sabe en quién creer, ni qué promesas valen algo. —No se preocupe —le respondí con voz tranquila, levantando apenas las manos—no tiene que disculparse. — No era la primera vez que me miraban como si fuera un monstruo salido del mar, y probablemente no sería la última, pero no vine aquí buscando comprensión. No soy un demonio. Mi empatía no está en la superficie, ni en las caras que me juzgan al pasar; está aquí, en este lugar herido, en estas personas que luchan sin fuerzas, en esos niños que desaparecen mientras el mundo se queda callado. Si algo puedo hacer, aunque sea mínimo, lo haré, porque si algo aprendí del océano, es que incluso una gota puede cambiar el curso de la corriente.
 
Escuché en silencio cada palabra del hermano Sael, su voz temblaba como si cada frase le costara respirar. Dos niños. Dos en menos de una semana. El primero, un chico llamado Tomo, desaparecido sin rastro hace siete días. La segunda, anoche, Lita, la niña del nombre que ya me pesaba en el pecho. No había señales de fuerza, ni cerraduras rotas, ni huellas en las ventanas. Todo intacto, como si los pequeños se hubieran desvanecido en el aire.
 
Mientras él hablaba, mi mente comenzó a unir las piezas. Nadie podía entrar o salir sin dejar rastro. Nadie, excepto alguien con una habilidad muy específica, mi mandíbula se tensó sin quererlo. No era posible o tal vez sí. El pensamiento me heló por dentro, a menos que pudieran nadar en tierra, como yo.
 
—Esta joya no parece algo común —le dije, tomando con cuidado el pequeño objeto entre mis dedos. No era de esta isla, eso era evidente, y aunque no conocía mucho sobre sus costumbres o artesanías, bastó una mirada para notar que aquello no pertenecía a un lugar humilde como el Orfanato del Río Sereno.
 
Era una flor de caña de azúcar, delicada, casi perfecta, tallada con una precisión que solo alguien con manos expertas y mucho tiempo podía lograr. El cristal rojizo brillaba débilmente con la luz del fuego, como si guardara algo dentro, una historia o una advertencia. El hermano Sael me explicó que la habían encontrado sobre la almohada de Lita la mañana después de su desaparición. No necesité escuchar más. Aquello no era un simple adorno, era un mensaje. Pero, ¿de quién? ¿Quién querría hacerle daño a un lugar como este? Un orfanato olvidado, sostenido apenas por la fe y la voluntad de dos personas y lo más inquietante de todo ¿por qué dejar algo tan hermoso en medio de algo tan cruel?
 
Escuché con atención cada palabra, dejando que los detalles se ordenaran en mi mente como piezas de un mapa: el conde, su manía por coleccionar “trofeos”, la desaparición de la niña, el cocinero nervioso que evitaba hablar del tema, para mi todo encajaba. No necesitaba más para entender que el lujo del conde se sostenía sobre el sufrimiento de otros y si eso era cierto, entonces ya tenía un nuevo rumbo que seguir.
 
—No tienen que pagarme nada —respondí con voz firme, aunque sin dureza —Lo que hago, lo hago por mi hija. No puedo traerla de la muerte, pero sí puedo evitar que otros niños compartan su destino. —Me incorporé lentamente, la sombra de mi cuerpo cubriendo a los dos humanos frente a mí. Sus miradas reflejaban miedo, sí, pero también esperanza, una mezcla que conocía bien.
 
Los observé un instante más antes de tomar una decisión. —Me retiraré a mi manera —añadí con calma —No es bueno que me vean salir de aquí. Si algo llega a pasar, no podrán vincularme con ustedes, y así estarán a salvo. —Sin esperar respuesta, apoyé una mano en el suelo y dejé que la Sui Sui no Mi hiciera su trabajo. Mi cuerpo comenzó a hundirse lentamente en la tierra hasta que el suelo me tragó por completo.

Sentí la presión del terreno cerrándose a mi alrededor, fría y densa, y nadé bajo el orfanato con la misma naturalidad con la que antes cruzaba las corrientes marinas. Me deslicé en silencio, a la profundidad justa para no dañar la estructura. Arriba, el mundo seguía girando pero bajo la tierra, ya había comenzado la caza.
 
Y poco despues salí detrás de un arbol, a unos metros del orfanato, quizas me hayan visto entrar, pero nadie me habria visto salir, y era un avance en mi nueva misión, ahora tocaba caminar hacia el lugar indicado, sigiloso, sin problemas, al menos no al principio, si esos niños estaban vivos, los rescataria a como de lugar.

OFF
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 544 + 0 = 544
Energia: 539 - 30 = 509
Espiritu: 45 + 0 = 45
#5
La Noche Cae sobre Samba

La tierra se sella sobre sí misma, dejando apenas un murmullo de tierra desplazada como única evidencia del extraordinario evento. Dentro del Orfanato del Río Sereno, Mama Elara y Hermano Sael se quedan boquiabiertos, intercambiando una mirada de terror y una esperanza tan frágil como un cristal. El gigante del mar no era solo un guerrero; era algo más, una fuerza de la propia naturaleza que se movía según reglas que ellos no podían comprender.

Mientras tanto, a unos metros de distancia, la noche de Samba comienza a desplegar su verdadera naturaleza. El viaje desde el Distrito Ribereño hacia la colina de los nobles es una ascensión a través de las castas de la isla, un ascenso tan social como geográfico.

Los embarrados y desordenados callejones dan paso gradualmente a caminos de adoquines desiguales. Las débiles y parpadeantes luces de las lámparas de aceite son reemplazadas por la luz más fría y constante de las farolas de gas, cuyo siseo parece burlarse del silencio de los barrios más pobres. El olor a pescado podrido y agua estancada es suplantado por el aroma del pan recién horneado de las panaderías de la clase media y el humo metálico de las herrerías.

A mitad de camino, se encuentra la primera barrera real: el Puesto de Control del Puente de Piedra. Es aquí donde el Reino de Samba traza su línea. El puente, un arco de piedra blanca pulida, cruza un profundo canal de drenaje que separa el mundo de los trabajadores del dominio de la élite. Y custodiando el acceso, hay un pequeño cuartel de la Guardia Real. No son los dos guardias arrogantes y perezosos de antes. Estos son los guardianes de la riqueza, mejor equipados, más alertas, y con una crueldad forjada por el aburrimiento y el desprecio.

Mientras la figura de Tensui se aproxima, oculta en las sombras de un almacén de cañas, se desarrolla una escena que ilustra perfectamente las leyes no escritas de este lugar. Una anciana, vestida con un kimono de viaje gastado pero limpio, intenta cruzar. Lleva a la espalda un shamisen envuelto en tela.

El guardia al mando, un hombre corpulento con una barba pelirroja y el rostro enrojecido por el alcohol, conocido como Areys, la detiene con una mano en el pecho.

-Alto ahí, abuela. ¿A dónde crees que vas con ese ruidajo?- su voz es áspera, untada de una autoridad barata.

La mujer, una música llamada Rea, se inclina respetuosamente.

-Señor, tengo un pase. Toco para el banquete del Barón Alva. Mi nombre está en la lista.- muestra un pergamino con un sello.


Kael lo mira sin tomarlo, entrecerrando los ojos.

-Este sello parece un poco desvaído. Y hueles a pescado. El Barón Alva odia el olor a pescado. Va a arruinar el apetito de los invitados.


-Pero... yo vivo en el puerto, señor. Soy música, no una duquesa.- la desesperación tiñe su voz.

-Pues ese es tu problema. Hoy no pasas. Inténtalo mañana, después de darte un buen baño... con perfume.- se ríe, y el otro guardia se une a él.

Rea se queda allí un momento, humillada, antes de dar media vuelta, con los hombros caídos. La música de esta noche en la fiesta del Barón será un poco menos auténtica, un poco menos sentida.

Tras despedir a la música, Areys y su compañero vuelven a su puesto. No parecen especialmente vigilantes. Hablan en voz baja, compartiendo una petaca de licor de caña que brilla bajo la luz de gas.


El camino hacia la mansión del Conde Voldimore está al otro lado de este puente. Cruzarlo parece imposible para alguien del tamaño y la raza de Tensui sin provocar una alarma inmediata. La pregunta es: ¿cómo?, tu fruta te abre un camino sencillo una vez logres pasar, sin embargo el alto del puente es tan fino que podría verse tu brazo o pierna al ir nadando.


INFORMACIÓN OFF-ROL PARA TENSUI


La noche de Samba se ha tragado a la anciana música. Los guardias beben a la luz de las farolas de gas, y el puente de piedra se extiende como un hueso blanco y desafiante en la oscuridad. El camino hacia la mansión está bloqueado. La caza requiere ahora no solo fuerza, sino astucia. La elección de cómo proceder, por arriba, por abajo o a través de las sombras de la sociedad, recae enteramente en Tensui Marlin.
#6
Mientras avanzaba, mis pasos dejaban huellas húmedas sobre el lodo, un rastro torcido entre callejones que olían a sal, sudor y miseria. El lado pobre de Samba tenía su propio ritmo, uno que conocía bien, el del cansancio. Mujeres remendando redes frente a puertas medio rotas, hombres dormidos sobre barriles vacíos, niños que jugaban con una cuerda deshilachada y me observaban con una mezcla de curiosidad y miedo. Nadie hablaba, pero todos miraban. Era el tipo de silencio que solo se da en los lugares donde la esperanza ya aprendió a caminar descalza.

Sin embargo, conforme seguí avanzando, el terreno comenzó a transformarse. El suelo de barro dio paso a adoquines desiguales, húmedos, resbaladizos, como si el mismo suelo me dijera que estaba cruzando una frontera invisible. Las sombras se hicieron más limpias, más ordenadas, y las luces vacilantes de las lámparas de aceite fueron reemplazadas por la luz fría y constante de las farolas de gas, que brillaban con un orgullo que solo los ricos pueden darse el lujo de tener.

El aire también cambió. Ya no olía a pescado podrido ni a sal seca, sino a perfume barato y comida recién horneada. Un contraste violento, una línea invisible entre los que viven con lo justo y los que viven creyendo que el hambre no existe. Y ahí estaba yo, caminando entre ambos mundos, un gyojin con la mirada fija, siguiendo las corrientes que ya no eran de agua, sino de poder y silencio.

Delante de mí, a pocos metros, se levantaba el puesto de control del puente de piedra, esa frontera que dividía a los que tenían derecho a soñar de los que solo podían mirar desde lejos. El cuartel de la guardia real de Samba estaba justo al lado: una pequeña construcción de madera reforzada, con el emblema del sol azul pintado en su fachada. Pero no eran los mismos hombres torpes que había visto en los barrios bajos; estos dos eran distintos. Se movían con una disciplina que no era común aquí, las armaduras bien ajustadas, las lanzas limpias, los ojos atentos. Se notaba que estaban acostumbrados a mandar o a golpear hasta que alguien obedeciera.

Observé la escena sin intervenir, aún. Una anciana del puerto, la reconocí por su ropa humilde, intentaba cruzar. En sus manos arrugadas sostenía un pequeño papel con sello dorado; parecía un pase legítimo, aunque algo viejo. Los guardias la hicieron esperar, revisaron el papel, lo miraron con desprecio y se lo devolvieron, ni siquiera llegué a escuchar lo que decian, pero la mujer se dió la vuelta y volvía por el mismo camino que me encontraba. 

No pude pasar esto por alto, ademas, no habia una forma logica de pasar por ahi sin ser detectado, y quizas la anciana tiene alguna información relevante para poder pasar, asi que aprovecho la situación, sus hombros caidos, y aquel semblante de derrota para acercame a ella con calma sin pretender asustarla. — Madrecita, madrecita. — Le susurro para que solo ella pueda escucharme. 

—¿Que pasó madrecita, por que no pudo pasar por el puente? — Mi intriga era real, pues no llegué a escuchar la conversación, aun asi queria saber el motivo y como es que obtuvo ese pergamino para pasar. —¿Es usted musica?— Volví a preguntar esperando una respuesta de la señora, esperando que al menos mi intriga le subiera un poco los animos. 
#7
La anciana, Rea, se aleja del puente, una silueta frágil y derrotada engullida por las sombras de un estrecho callejón lateral. Cada paso parece un esfuerzo, el peso de su shamisen envuelto en tela un eco del peso de la humillación que carga sobre sus hombros. El aire aquí es más frío, estancado, huele a agua de lluvia acumulada y a las hojas podridas que se amontonan en los rincones. El siseo de las lámparas de gas del puente apenas llega, dejando el callejón sumido en una penumbra opresiva, salpicada solo por el débil resplandor que se filtra desde una ventana lejana.

Es en este nido de sombras y silencio donde la imponente figura de Tensui Marlin emerge. Sus pasos, por muy deliberados que sean, son los de un coloso. El agua desplazada por sus botas salpica suavemente contra las paredes de ladrillo. Su sombra se derrama por el callejón, una mancha de oscuridad aún más profunda que precede su llegada, y por un instante, borra a la anciana de la vista.

Su voz, cuando habla, es un susurro. Para él, un acto de gentileza, una modulación cuidadosa para no asustar. Pero en la acústica muerta del callejón, para una mujer perdida en su propia amargura y con los nervios a flor de piel, no suena como un susurro. Suena como el retumbar bajo y gutural de una bestia de las profundidades, una vibración que parece nacer del propio suelo.

— Madrecita, madrecita. 

El efecto es instantáneo, visceral y catastrófico.
Rea, que caminaba con la mirada clavada en los adoquines resbaladizos, se congela. Un zarcillo de miedo helado le recorre la espina dorsal. No ha oído pasos. Solo ha sentido una presencia, una oscuridad que se cierne, y ahora, esa voz. Gira sobre sus talones, su cabeza se alza de golpe, y sus ojos se abren de par en par, desmesuradamente, al encontrarse no con una persona, sino con una montaña de carne y músculo malva que ha materializado el callejón, bloqueando la única salida. Ve una silueta titánica, unas gafas que atrapan un débil reflejo de luz, y la aleta dorsal recortada contra el cielo nocturno.

Su mente, ya golpeada por el desprecio de los guardias, no procesa la escena. No ve a un gyojin, ni a un individuo. Ve a la encarnación de la pesadilla, a un monstruo salido de las historias de terror que los pescadores cuentan sobre lo que acecha bajo las olas.

Antes de que Tensui pueda formular su siguiente pregunta, Rea abre la boca y de su garganta brota un grito. No es un grito de sorpresa. Es un alarido agudo, desgarrado y quebradizo, el sonido del puro terror, un sonido que corta la noche de Samba como un cuchillo.

En su pánico, sus manos se abren. El shamisen, su compañero y sustento, envuelto en su tela protectora, se le escapa de los dedos. Cae. No con un simple ruido sordo. El cuello de madera golpea el borde de un escalón de piedra, y el impacto produce un ¡TWANG! agudo y discordante, seguido del crujido sordo y nauseabundo de la madera al astillarse. El instrumento yace en el suelo húmedo, profanado, su voz rota antes de que pudiera ser escuchada.
Por un instante, un silencio tenso y vibrante cae sobre el callejón, el eco del grito aún rebotando en las paredes de ladrillo. Pero la noche ya ha sido despertada.

Primero, una solitaria luz rectangular se enciende en una ventana del segundo piso de un edificio cercano. Un cuadrado de luz amarilla que recorta una silueta somnolienta. Luego otra, y una más. Cabezas curiosas y asustadas se asoman, atraídas por el sonido de la angustia.

Desde el puente, se oye un juramento ahogado —¡Por el Rey!— seguido del sonido inequívoco de una botella de cristal rompiéndose contra la piedra. El parloteo de los guardias cesa abruptamente. Luego, el ruido metálico de las botas blindadas golpeando los adoquines, un CLANG-CLANG-CLANG que se acerca a una velocidad alarmante.
La anciana Rea, ahora tropezando hacia atrás, lejos del gigante, levanta un dedo tembloroso, su rostro una máscara de pánico ciego.

-¡AYUDA! ¡UN MONSTRUO! ¡Me... me ha atacado!-Balbucea, sus palabras un torrente incoherente de terror.


Dos figuras blindadas irrumpen en la boca del callejón. Areys y su compañero. Desenvainan sus espadas cortas, el acero brillando con frialdad bajo la luz de las farolas. Su mirada pasa de la mujer sollozante en el suelo, al instrumento roto, y finalmente se alza, y sigue alzándose, hasta encontrarse con la imponente, oscura, silenciosa y ahora terriblemente incriminada figura de Tensui Marlin, a pesar de ser irreconocible en la oscuridad del callejón, el contorno de su altura se aprecia.

-¡Quieto ahí!- brama Areys, su arrogancia reemplazada por una mezcla de ira y una pizca de miedo muy bien disimulado. -¡Manos donde pueda verlas! ¡Estás arrestado por agredir a una ciudadana del Reino de Samba!

En lo alto de un edificio de apartamentos de ladrillo rojizo que linda con el callejón, una contraventana de madera se abre con un chirrido quejumbroso en el segundo piso. Una luz cálida y anaranjada de una lámpara de queroseno se derrama hacia la calle. Se perfila la silueta de una mujer corpulenta con el pelo recogido en un pañuelo de dormir. Entrecierra los ojos, intentando discernir el origen del caos en la oscuridad de abajo.

Un piso más arriba, en la misma fachada, una ventana de guillotina es empujada hacia arriba con un ruido sordo. Un hombre flaco, en camisola, asoma la cabeza calva. "¿Qué diablos es todo ese escándalo a estas horas?", se le oye mascullar, su voz impregnada del mal humor de alguien a quien le han interrumpido el primer sueño.
Del otro lado del callejón, sobre el tejado de un almacén de cañas de azúcar, se ve un movimiento diferente. La pequeña ventana abuhardillada de un ático se ilumina, pero nadie se asoma. Solo se puede distinguir el temblor de la cortina, apartada discretamente por una mano invisible. Alguien está observando, pero no quiere ser visto.

Mientras Areys se intenta centrar en la imponente amenaza que no llega a ver o identificar bien, su compañero, un guardia recién ascendido más joven y nervioso, se da cuenta del creciente público. Con la punta de su espada, hace un gesto amenazador hacia las ventanas iluminadas.

-¡Vuelvan adentro! ¡No hay nada que ver aquí! ¡Es un asunto de la Guardia Real! ¡Cierren esas ventanas o serán los siguientes en la lista de interrogatorios de mañana!-

Su voz, menos segura que la de su superior, está impregnada de un pánico autoritario. Funciona. Una a una, las cabezas curiosas se retiran. La mujer corpulenta cierra su contraventana con un golpe seco. El hombre calvo baja su ventana con un murmullo de resignación. La cortina del ático vuelve a su sitio. Las luces no se apagan del todo, pero los testigos han desaparecido de la vista, convirtiéndose en oídos anónimos tras la seguridad de sus muros.

El callejón vuelve a ser un espacio privado, un escenario aislado. Ahora, solo están los cuatro: dos guardias, una víctima aterrorizada, y el enorme individuo silencioso en la oscuridad del callejón que, sin haber movido un músculo, ha sido juzgado y sentenciado. El olor a ozono antes de una tormenta llena el aire, y las dos espadas que apuntan a Tensui brillan con una promesa de violencia inminente.

Aclaraciones para Tensui
#8
No entendía ni por asomo por qué la vieja pegó aquel salto como si le hubiera mordido el alma. ¿Asustarse solo porque le hablé? Vamos, que no soy un monstruo marino salido a devorar aldeanos, soy un gyojin, sí, pero no es como si fuera la primera vez que ven uno y aun así, la doña tuvo el descaro, el absoluto atrevimiento, de soltar un alarido pidiendo ayuda, diciendo que yo la había atacado.

Me quedé ahí, mirándola con una ceja levantada, sintiendo cómo la falta de respeto me hervía bajo la piel como si me estuvieran echando agua caliente en las agallas, qué manera tan ridícula de pagar un gesto amable. —Tch… ¿en serio? —bufé entre dientes, más fastidiado que otra cosa. Si quería ponerse dramática, allá ella. Yo no pienso cargar la culpa de un crimen imaginario solo porque una anciana decide inventarse que soy su verdugo. 

Cuando me giré para largarme de ahí y dejar a la dramática con su teatro, ya tenía a los guardias encima. Perfecto… justo lo que me faltaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Pelear? Por supuesto que no. No por esto. No iba a desperdiciar energía en un malentendido provocado por alguien con más imaginación que sentido común. Así que levanté las manos como me ordenaron, sin prisas, sin tensión, solo resignación. Miré a los guardias con ese gesto cansado que pongo cuando la gente decide complicarme la vida por deporte.

—No he golpeado a la señora en ningún momento —dije, claro y firme, dejando que la verdad se encargara del resto—Pueden revisarla y revisarme. — Si algo tenía seguro, era que estos al menos no iban a gritar como si hubieran visto un fantasma azul con dientes, con un poco de suerte, usarían la cabeza.

Aunque, siendo sincero, dejar que me revisaran tampoco era precisamente la jugada maestra. Claro que llevo un arma encima. ¿Quién, con dos dedos de frente, camina por este barrio sin una? Y ya me imaginaba la escena: encuentran el arma, se miran entre ellos, uno frunce el ceño, el otro aprieta la lanza… y de repente soy “el sospechoso que claramente iba a atacar a la pobre ancianita”.

Suspiré por dentro. A veces la vida simplemente decide reírse de uno, aun así, mantuve las manos arriba, sin moverme ni un milímetro. —Pueden llevarme bajo arresto —dije, sin levantar la voz, sin perder la calma —Pero realmente no le hice nada a la anciana. — Que lo entendieran o no ya era otra historia, pero yo, al menos, no tenía nada más que ofrecer que la verdad y una paciencia que, para variar, aún no se había gastado.
#9
✓
Aventura T1: Completada
RECOMPENSAS:

— Recompensas Narrador (Develio Torum)

 

— Berries:15k

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10


— Recompensas Participante (Tensui Marlin)

 

— Berries:10k

— Puntos Mugiwara: 10

— Reputación: 10

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