[Pasado] Fantasmas en karate | Social
#1

La Isla Karate, un territorio cargado de historia, conocimiento marcial y vastos cultivos de arroz que se extendían por sus amplios valles. Muchos aventureros ponían rumbo a estas tierras con el propósito de entrenar sus almas y cuerpos, forjando estilos de combate únicos, esculpidos con el sudor de su esfuerzo y la disciplina de su espíritu.

En el corazón de la isla se alzaba una imponente montaña, surcada por riscos peligrosos y adornada con bonsáis que crecían entre sus rocas. A lo largo de sus empinadas laderas podían distinguirse, desde la distancia, diminutos edificios que, al acercarse, revelaban su verdadera magnitud: majestuosos dojos donde el esfuerzo constante de los estudiantes reflejaba el temple y la determinación con que cada uno se forjaba en la búsqueda de la verdadera fuerza.

En las faldas de la montaña, cerca de los extensos arrozales, existían diversos poblados que llenaban de vida la isla. Algunos tenían un carácter más comercial que otros, ofreciendo a viajeros y turistas cómodas estancias, sabrosas comidas e incluso el júbilo del juego o la calidez de la compañía.

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Dia 26 – Otoño – Año 16

Mañana


En uno de aquellos poblados, uno de los más comerciales y frecuentados por los viajeros que recién arribaban a la isla, se desarrollaba un predicamento poco convencional. Frente a un restaurante, en plena calle donde los transeúntes seguían su camino absortos en sus propios asuntos, un joven de cabello castaño, mirada color miel y atuendo deportivo discutía acaloradamente con un hombre de tez morena, 2 metros y de cabeza rapada, cuyas vestiduras tradicionales reflejaban el característico estilo oriental de la isla.

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“¡Te lo estoy diciendo, bro!, ¡los fantasmas no existen!, ¡Son solo una mezcla de casualidades que te hacen pensar así!”

Las manos de Ryota se alzaban por el aire completamente exasperadas con el sujeto que tenía enfrente. No parecía que fueran a iniciar un pleito físico, pero sí se veían bastante alterados.

“¡Claro que sí existen! ¡Si no existen! ¡¿quién carajos crees que me hizo esto en el viejo dojo de mi padre?!” Fue la respuesta del hombre de tez morena, quien levantó de repente su kimono para mostrar parte del trasero, donde se apreciaba una herida superflua, pequeña y poco peligrosa que parecía más un pequeño mordisco de cualquier animal salvaje.

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“Am…, ¿un perro?, ¿pulgas?, ¿mala higiene?”

Tras haberse alejado después de la revelación, la expresión de los presentes no pudo ser más escéptica, todos ya comenzaban a ver al pobre hombre como un lunático.

“¡Claro que no! ¡miren!” Continuó el hombre del kimono acercando su trasero tanto a Ryota como a los transeúntes que se había detenido a observar. Claramente, todos prefirieron dar un paso atrás en repulsión ante un hombre que les enseñaba el trasero. 

“Bro, por favor, nadie quiere verte las nalgas…” Opinó Ryota desviando su expresión a un costado con desagrado, como si ya no le interesase en lo más mínimo hacerlo entrar en razón.

“¡¿Que?! ¡No! ¡Nada de eso! ¡miren!” En ese momento, sacó una caja dental de sus bolsillos y la acercó a su parte posterior, donde tenía la pequeña herida, mostrando que efectivamente la herida correspondía a la caja dental que poseía. “¡Esta es la caja dental de mi padre! ¡Él murió hace 3 años y su fantasma, seguro me atacó por haber intentado quebrar su dojo en busca del tesoro que guardaba allí!”  Al decir eso último, reconsidero sus palabras para volver a hablar. “Quiero decir, ¡porque es un tesoro aprender sus técnicas!”

Los transeúntes comenzaron a dispersarse, convencidos de que solo se trataba de un loco, pero Ryota no hizo lo mismo. En lugar de continuar su camino, se acercó al hombre y le posó la diestra sobre el hombro, intrigado tras escuchar la palabra “tesoro” y notar el patético intento de este por encubrirla.

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“Tienes toda la maldita razón bro, los fantasmas son fuking reales, dime donde esta ese dojo.”

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#2
Hacía poco tiempo que había llegado a aquel lugar. Aún se estaba acomodando a su clima, a su gente, a sus costumbres e incluso a sus ropajes. Intentaba adquirir todo el conocimiento posible de aquella isla para poder mimetizarse con el entorno, hacerse una más de South Blue y obtener de aquel espacio todo lo que pudiera, ya fuese conocimiento, armas, dinero... ¿Y quizás algo más interesante? Las leyendas corrían como una neblina que no tardaron demasiado en alcanzarla, despertando en ella una curiosidad que tenía que saciar y es que toda leyenda, tiene su parte de verdad.

El rugir de su tripa se hizo más que presente, arrastrándola lejos de sus pensamientos. Abrió la bolsita con suma delicadeza y tomó de esta uno de los caramelos —limón... —susurró mientras observaba el dulce. Con dedos ágiles lo liberó de su envoltorio y lo llevó a sus labios, introduciéndolo en su boca. Al instante, sintió el ácido frutal adueñarse de sus papilas gustativas, ¿algún día se cansaría de ese sabor? Seguramente no.

Quizás tomarse un caramelo no era el mejor de los remedios a aliviar su hambre, pero era lo único que tenía cerca en ese instante, además, no tenía demasiado dinero en ese momento como para darse el lujo de ir a algún restaurante, a no ser que...

Se separó de la pared en la que su espalda estaba apoyada y comenzó a caminar. A medida que iba avanzando iba escuchando unas voces agitadas, elevándose cada vez más y ocasionando que a su alrededor la multitud comenzara a rodearles con evidentes ojos curiosos. Una ligera sonrisa se esbozó en sus labios, ¿no era esa la ocasión perfecta? Con absoluta discreción se fue acercando, ajena completamente a lo que se estaba diciendo puesto que no era de su interés. Ella estaba ahí por una misión y el resto, le daba igual.

Se aproximó con sigilo a los transeúntes y con absoluta discreción coló la mano en el bolsillo de su primera víctima. Con dos de sus dedos sostuvo la cartera y la deslizó rápidamente hacia su propio bolso entreabierto. Llevó la mirada hacia los demás presentes pese a que fingía prestar atención a lo que estaba ocurriendo y fue pasando de víctima a víctima robando todo lo que podía. Carteras, joyas, relojes... todo lo que podía terminaba encontrando un lugar en su bolso.

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Pero poco a poco la gente se estaba dispersando. Ella se mantenía oculta detrás de algún rezagado con la intención de seguir su labor, hasta que de repente sus sentidos se vieron atraídos por algo que llevaba un rato retumbando en su cabeza, algo que estaba ignorando en beneficio de sus hurtos —esa voz... —susurró. La reconocía, ¡por supuesto que lo hacía! ¿Cómo iba a olvidarla? Con sutileza apartó al hombre que la separaba de ver al propietario de su recuerdo y cuando estuvo en su rango de visión, se aproximó a él —así que tú eres el dueño de este escándalo... ¿por qué ni siquiera me sorprende, querido?~ —canturreó con cierta sorna mientras se aproximaba a él por un costado, aprovechando el espacio para palmearle suavemente la espalda. Tras eso, se puso de puntillas para acercar su rostro al ajeno, sosteniéndose de su hombro para asegurarse de no caer —. ¿Me ha parecido escuchar, "tesoro"? —susurró en el oído ajeno, lejos de escuchas indiscretas. Tras un par de segundos en los que le dio el tiempo de procesar lo que acababa de ocurrir, se separó un poco y le observó con una pequeña sonrisa en los labios.

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—No me digas que no vas a invitar a tu vieja amiga a acompañarte —le observaba fijamente con su único ojo visible y para ese entonces, el caramelo ya se había desvanecido de su boca, dejando en esta el suave aroma del dulce —a fin de cuentas, hay mucho por lo que ponernos al día —dirigió la mirada hacia el hombre y sonrió con aparente dulzura —no le importará que les acompañe, ¿cierto? Se me da bien cazar fantasmas —inclinó la cabeza a un costado, fingiendo inocencia mientras en un simulado acto de timidez sostenía sus propias manos en su regazo.

Y pensar que ella solo quería algo de comida...

— [ Outfit ] ❜ ༗
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#3
El nerviosismo se apoderó del rostro del sujeto de piel morena cuando Ryota se le acercó. De inmediato dio un paso atrás, apartando la mano del hombro con aparente preocupación.

En ese momento, una tercera voz interrumpió la conversación de ambos. Como una sutil brisa que acaricia la piel, el toque de la recién llegada se posó sobre la espalda del castaño, haciendo que desviara la mirada hacia un costado justo cuando una segunda caricia rozó su hombro.

A su lado se encontraba una hermosa mujer de cabello turquesa, ojos profundos y labios carnosos, envuelta en una elegancia natural. Se alzaba de puntillas para alcanzar su oído, un gesto tierno que contrastaba con la sofisticación que irradiaba su figura.

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“¿Liora?”

Parpadeo un par de veces, observando con sorpresa el rostro ajeno. “¡Liora!” De inmediato su atención fue robada por la joven de menor estatura y sin dudarlo, se giró hacia ella para darle un cálido abrazo por tan grato reencuentro. “Kekeke siempre es bueno verte.” expresó, apretándola con afecto antes de dejarla libre, atento ahora a sus palabras y al motivo que la había llevado hasta él.

“Igual de hermosa y rápida. Sabes perfectamente que no me negaría jamás a tu desinteresada compañía.” Añadió Ryota con un dejo de complicidad y coqueteo tras escucharla. Disfrutaba de aquel juego sutil con el que Liora, sin duda, intentaba ganarse una parte del tesoro para sí y jamás rechazaría la idea de pasar el tiempo con tan maravillosa compañía.

“Ah, no, o sea, no es lo que creen, yo solo… es decir…” Los balbuceos del hombre oriundo de aquella isla mostraron su claro nerviosismo, el cual pareció aumentar con la llegada de la hermosa señorita, pues no podría verla directamente sin evitar descender su mirada por escasos segundos.

“Vamos, amigo, suena a una prueba de valor, ¿no hacen esto también en esta isla?” Exclamó Ryota, acercándose nuevamente al sujeto, para hablarle al oído cubriendo sus labios para que Liora no lo escuchara. “Compartamos el tesoro entre los tres. De otra forma, volverías a salir corriendo del susto”, dijo con una sonrisa. “Piensa en los puntos que podrías ganar si te haces el valiente frente a mi hermosa amiga. Quizás tengas suerte… después de todo, ella tiene debilidad por los hombres valientes y ricos.” Finalmente retiró la mano y se apartó del sujeto, regresando junto a Liora. Le dedicó una sonrisa a ella y le guiñó el ojo en señal de complicidad.

“Bueno…” El rubor que se encendió en las mejillas del sujeto fue el mejor augurio para la pareja, pues Ryota parecía haberlo convencido. “Está bien, digo… soy un hombre generoso, generoso, valiente y… y rico, muy rico.” Informo orgulloso, viendo directamente a Liora para luego buscar la aprobación del chico de ojos miel.

“Wow, qué sorpresa, ¿verdad que ese es tu tipo de hombre Liora?” Mencionó con una sonrisa cargada de picardía, como si supiera perfectamente que su amiga le seguiría el juego para quedarse con el dinero.

Una vez Liora respondió a la pregunta del castaño, la atención de todos los presentes fue robada por un sonido reconocible. El rugido de un estómago hambriento y el propietario de dicho órgano era Ryota.

Antes de verse envuelto en aquella trifulca con los fantasmas, tenía planeado ir al restaurante a comer. Sin embargo, su propio rugido no fue el único en hacerse notar; el cuerpo de Liora también la traicionó, revelando el hambre que llevaba por dentro.

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“Oh bueno, menos mal que nuestro bro, aquí presente es muy rico ¿no Liora? Kekeke ¿No te será molestia invitarnos a comer verdad?”

La mente sagaz del navegante no tardó en aprovechar la situación a su favor, nuevamente. “No se pueden cazar fantasmas con el estómago lleno y ningún caballero dejaría que una hermosa dama pasara hambre.” Continuó hablando para poner más presión sobre el pobre hombre, quien terminó aceptando a regañadientes. En un abrir y cerrar de ojos, Liora y Ryota ya estaban sentados en el restaurante, pidiendo sus órdenes: extra grandes, extra carne, extra todo.

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“¿Hace cuánto estás en la isla Liora? ¿También viniste por el festival del arroz?”
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#4
No sabía definir con exactitud el por qué, pero se complementaba bastante bien con Ryota, quizás demasiado. Del mismo modo que algunas veces quería matarle, también la ayudaba a sentirse tranquila, a devolverla a un lugar seguro, a su zona de confort. Algo en su carácter la estabilizaba y desestabilizaba a partes iguales.

Cuando el joven la rodeó con sus brazos, la de cabellos aqua no dudó en hacer lo mismo, alzando los brazos para pasarlos sobre los hombros ajenos, estrechándole con aprecio—ya me conoces, es hablar de tesoros y aparezco —comentó entre ligeras risas. ¿Bendición o maldición? Tenía el don de emerger cuando se hablaba de cualquier tipo de recompensa.

Su amigo se dirigió hacia el hombre y ella mantuvo su posición. ¿Qué actitud debía adoptar? ¿Qué necesitaría para convencer a aquel hombre de dejarla quedarse con ellos? Necesitaba observar, obtener información para mimetizarse con el entorno, encontrar sus gustos y adaptarse a ellos. Como un camaleón que busca perderse en una rama.

Finalmente Ryota volvió a dirigirse a ella y ese guiño que le lanzó le indicó todo lo que necesitaba. Tenía una conexión con él como la tenía con pocos, quizás por su capacidad de observación, por su atención a los detalles, o porque ambos pensaban similar en algunas ocasiones, quién sabe. El caso era que entendió el juego que su compañero le proponía y no dudó en adaptarse a él—. Oh, por supuesto, adoro los hombres así —deslizó los dedos por la correa del bolso, subiendo y bajando en esta mientras un ligero rubor se posaba en sus mejillas, todo era parte de su papel, por el momento seguiría por el camino de la timidez y dulzura. Eso solía gustarle a los hombres ¿no? Una joven a la que poder cuidar, proteger... una persona débil para demostrar su valía y hombría.


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Por un momento iba a reírse al escuchar el estómago de su amigo rugir reclamando alimento, pero antes siquiera de que pudiera hacerlo, su estómago decidió contestarle con el mismo sonido, casi como si tuvieran una conversación entre ellos. Llevó una de sus manos al plano abdomen y lo masajeó en círculos con suavidad, intentando acallar a la bestia que era ahora su estómago. Complementando las palabras del castaño se acercó al hombre, colocando el índice en el esternón ajeno—de verdad que estoy hambrienta... —a medida que las palabras se iban deslizando por su lengua también lo hacía su dedo, bajando suavemente por su torso hasta terminar el camino en el bajo vientre, deteniendo ahí su recorrido—... prometo que no se arrepentirá, soy muy agradecida con quienes me ayudan, querido~ —canturreó con cierto toque de sensualidad y ni corta ni perezosa, se alzó de puntillas otra vez, pero en esta ocasión para depositar un sutil beso en la mejilla ajena. Con ese coqueteo sería más que suficiente ¿no? Ese tipo de hombres acostumbraban a ceder ante cualquier apego femenino. Una vez cedió sonrió victoriosa—. Qué amable es usted.

Una vez en el restaurante se sentó al lado de Ryota, dejando el bolso apoyado en uno de los laterales de la silla para que este no cayera. Mientras esperaba pacientemente los pedidos extra grandes de comida que habían solicitado, se inclinó sobre la mesa, apoyando los antebrazos en esta mientras observaba a su amigo.


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—A veces pienso que me conoces demasiado bien... —comentó con una pequeña risa—. Pero sí, ya sabes que me gusta probar comida nueva —se relamió los labios, casi como si ya estuviera saboreando de los manjares que podría llegar a degustar con su exquisito paladar—¿y tú qué? ¿Seguro que estás aquí por el festival? O quizás... ¿alguna nueva víctima de tus conquistas? —bromeó. Aunque quizás no era tanta broma. Conocía bastante bien a Ryota y sabía que una mujer podría ser motivo más que suficiente para llevarle a aquella isla y más en un evento de aquel calibre, donde seguro estaría plagado de preciosas mujeres.

Finalmente la comida llegó a las mesas y con el simple olor ya empezaba a salivar de más—. Aaaah... Qué buena pinta tiene —se apartó ligeramente para permitirle al camarero servir los platos. Su estómago rugió con fuerza una vez más, anhelando ser llenado. Y como quien intenta calmar una fiera, se palmeó la tripa—¡que aproveche! —sin siquiera dudarlo, comenzó a devorar los manjares que decoraban la mesa. No iba a dejar un solo plato lleno.


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Devoró la comida como si su vida dependiera de ello, degustando cada sabor, cada textura, cada nuevo ingrediente y tomando nota para futuras recetas. Cuando ya estuvo satisfecha y llena se inclinó hacia atrás, apoyando la espalda en la silla mientras llevaba ambas manos a su hinchado abdomen—afúh... ya me llené —exhaló un ligero suspiro antes de observar a Ryota, acto seguido desvió la mirada al hombre que estaba frente a ellos, anonadado por las ingentes cantidades de comida que se habían metido entre pecho y espalda—querido... ¿por qué no vas a pagar la cuenta? —esperó a que se levantara para apoyar su antebrazo en el hombro de su amigo. Sus pendientes reflejaron la luz del entorno, destellando por el movimiento—¿qué tesoro crees que tenga...? —se mordisqueó suavemente la uña del pulgar pero sin llegar a romperla, simplemente ejerciendo una ligera presión en ella—antes no escuché demasiado bien, ¿tienes algo de información relevante? —a penas habían pasado unos pocos minutos cuando vio al hombre acercarse de nuevo a ellos, haciendo que chasqueara la lengua y se apartara ligeramente.

Se levantó y cogió el bolso, colgándolo de nuevo en su hombro—vamos querido, llévanos a ese dojo. —Pese a que antes no había estado demasiado atenta a la conversación, había conseguido quedarse con la información de la ubicación del tesoro.

Cuando finalmente llegaron, paseó la mirada por el establecimiento. Estaba un tanto destartalado, parecía antiguo y quizás no tan cuidado como el resto de locales... definitivamente necesitaba un buen repaso y mantenimiento. El olor que desprendía era a viejo, a polvo y a cerrado—querido... —se agarró del brazo del señor—¿por qué no nos esperas fuera? Puede ser peligroso... —se alzó de nuevo, quedando de puntillas para alcanzar el oído ajeno—y no quisiera que algo malo le pasara a mi hombre —sus palabras eran casi un canto de sirena. Bastaba con la entonación correcta, un poco de contacto físico y decirles lo que les gusta oír para que cayeran en sus encantos. El pensamiento fue inevitable. «Patético.»


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—¿Vamos, querido? —se acercó a Ryota de nuevo, pasando los dedos por la muñeca ajena mientras avanzaba hacia el interior del dojo, invitándole a acceder junto a ella.
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#5
Le era innegable la sorprendente manera en que ambos se compenetraban. No necesitaba explicar lo que quería, sus intenciones o su ambición en ese momento; ella lo leía como un libro abierto y actuaba en consecuencia.

Ryota solo podía pensar en lo fácil y divertido que resultaba confabular con la joven de cabellos turquesas mientras dirigía la tetra y observaba cómo ella ofrecía su mejor interpretación para que el pobre hombre, oriundo de la isla, cayera completamente engatusado por la increíble belleza que poseía.

Una ligera risa escapó de sus labios cuando incluso sus estómagos parecieron sincronizarse al exigir comida. Y mayor todavía fue la necesidad de reír cuando notó la sorprendente agudeza con la que ella convertía al aparente artista marcial en un completo esclavo con el simple y delicado toque de sus labios.

“Las mujeres si que asustan…” Pensó, en apreciación por el increíble poder que tenían sobre los hombres. 

Una vez estuvieron sentados a la mesa, Liora se acomodó junto a Ryota, dejando al pobre enamorado en el extremo opuesto para no entorpecer el paso de las camareras, que debían circular por allí para tomar y llevar las órdenes. Casi podía verse en los ojos del artista marcial un pequeño ápice de decepción por no poder sentarse junto a su amada.

“Kekeke… ¿víctima?” preguntó divertido ante el comentario. “¿Tan malo suena estar conmigo?” Rió por lo bajo antes de recostarse suavemente en el hombro de su compañera. Era un gesto de genuino afecto mientras mantenía los ojos fijos en el hermoso orbe escarlata de Liora.

“También vine por el festival,” compartió con una sonrisa. “Me enteré por los lugareños que las sacerdotisas más hermosas de la isla descienden de los templos para bendecir el sake y acompañar la cosecha.” Añadió aquello con la emoción de un niño; solo imaginar aquel suceso parecía despertar en èl una curiosidad inocente, como si se lo imaginara como un grupo de diosas bajando de las alturas para mezclarse con los simples mortales por una noche cada cierto tiempo. 

“Oh sí, el festival es muy famoso en esta isl—”

Cuando por fin había tomado la palabra, el lamentable patrocinador del banquete fue abruptamente interrumpido por la camarera, que llegó cargada con los diversos platos que la pareja había ordenado.

“Aquí tienen su pedido, extra grande, extra delicioso, extra carne.” Rió mientras dejaba la mayoría de los platos frente a la pareja, y al lado contrario solo un sencillo ramen de cerdo con té de hierbas.

“¡Buen provecho!” 

Ambos reaccionaron casi al mismo tiempo y, con los cubiertos en mano, comenzaron a devorar la comida como si fuera el último banquete antes de la guerra más importante de sus vidas. Tal fue la ferocidad con la que morfaban que el hombre que los había invitado pareció llenarse solo con ver aquellos temibles apetitos desatados.

“Ñom, ñom, ñom… Uh, bro, ¿te vas a comer eso?” preguntó el castaño con la boca llena. Recibien en respuesta una negativa del hombre, aún sorprendido por la escena. “Oh, entonces te ayudo, kekeke. Para eso están los socios.” Sin siquiera cuestionar la repentina falta de hambre de su anfitrión, Ryota tomó el ramen y lo devoró como un tiburón lanzándose sobre un cardumen.

Los dos amigos quedaron finalmente satisfechos, recostados en sus sillas con el abdomen hinchado y rostros de completa felicidad.

La primera en romper el silencio fue Liora, que no tardó en ordenar a su “cita” que fuera a pagar el banquete, obviamente con una dulzura sutil que haría a cualquiera seguir sus órdenes. 

“Gracias, bro, eres un grande” añadió Ryota, levantando el pulgar en señal de gratitud, luciendo como un noble regordete que acababa de aprovecharse de sus empleados. 

Cuando el sujeto se levantó para ir a pagar la cuenta, Liora demostró su experiencia en ese tipo de situaciones, ya que aprovechó de inmediato la privacidad del momento para preguntar por la naturaleza del tesoro. Ryota, entonces, dejó ver una expresión más seria, muy alejada de su habitual sonrisa burlona.

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“No tengo la más mínima idea…”

Su seriedad se desvaneció al instante, reemplazada por un tono más relajado
.
“Parece que su padre era un maestro de la isla que dejó el tesoro en su antiguo dojo. Quizás sean los berrys que ahorró durante toda su vida enseñando artes marciales” dedujo el castaño, más como una idea improvisada que como algo concreto o útil.

Antes de que pudieran ahondar en sus conjeturas, el descendiente de aquel maestro regresó, notablemente más deprimido que al principio. Tal parecía que incluso el amor flaqueaba ante los problemas del dinero, aunque él hacía un esfuerzo por mantener la compostura para no dar una mala impresión a su amada.

“Ah… sí, claro, vamos” respondió el hombre ante la petición de Liora, casi con prisa. Daba la sensación de que, si se quedaban un minuto más y seguían comiendo, ni siquiera el tesoro de su padre alcanzaría para pagar lo gastado.

Después de caminar hasta el final de aquel pequeño poblado, el trío de jóvenes se encontró con un dojo olvidado, castigado por el paso del tiempo y el desgaste del ambiente. Había moho en la madera de los cimientos, telarañas en cada esquina, algunas tablas rotas y signos evidentes de humedad, siendo esos solo algunos de los muchos defectos que se notaban a simple vista

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“Wow… ¿tu padre fue maestro cuándo? ¿Hace cien años?”

Preguntó Ryota sin demasiada delicadeza, ganándose de inmediato una mirada agresiva del hombre atormentado por fantasmas.

“Claro que no. Este es el estado en el que caen los dojos sin maestro. Cuando mi padre murió, lamentablemente ninguno de sus discípulos pudo heredar su legado porque no habían dominado el arte marcial” explicó con cierto aire de soberbia. “Yo preferí centrarme en mis estudios para volverme un hombre rico, así que tampoco dominé su arte. Por eso el dojo cayó en decadencia. Al final, decidimos olvidarlo… hasta que encontré un pergamino de mi difunto padre entre sus cosas”

Dicho detalle llamo la atención de Ryota, por lo que espero a que esté continuará. 

“Decía que, el día en que ya no estuviera con nosotros, guardaría su mayor tesoro en este dojo. Así que vine a intentar recuperarlo, pero su fantasma me atacó…”culminó su relato con un breve escalofrío, quizá producto del trauma vivido.

Fue entonces cuando Liora volvió a usar sus encantos para dejar fuera del asunto al heredero de tal fortuna. Pero nadie sería tan tonto como para caer en algo así. Es decir, cualquier hombre tendría un mínimo de amor propio… ¿no? Incluso si no lo tuviera, debería conservar suficiente orgullo como para no dejar que su mujer fuera sola, ¿verdad?

“¡Claro que sí, mi… mi mujer! Tú, chico castaño, ¡cuídala y te recompensará bien con mi dinero!” ordenó con la autoridad de un emperador.

“A…” Musitó el castaño sorprendido al ver la verdadera personalidad del sujeto. 

Antes de poder decir algo más, su mano fue suavemente tomada por la de Liora. El suave roce entre sus pieles llamo su atención y lo motivo a avanzar correspondiendo al dulce toque de la señorita. “Si, vamos.” Expreso, temiendo que si podía jugar tan fácil con cualquier hombre, sin lugar a dudas el no era la excepción. 

“En definitiva, las mujeres si que dan miedo.” 

Pensó risueño, avanzando junto con Liora al interior del dojo.

Una vez dentro, la mano de Ryota no se apartó de la de Liora; de hecho, entrelazó sus dedos con los de ella mientras se abrían paso por entre los deteriorados maderos del suelo. El interior mostraba un escenario de madera húmeda, tablones que rechinaban, cuartos con puertas corredizas de arquitectura oriental, telarañas y muebles viejos que parecían haberse rendido ante la humedad.

“No me sueltes,” expresó Ryota, con un leve rubor en las mejillas. “Quizás la madera del suelo se rompa y me caiga al subsuelo con alguna araña por ahí… así que agárrame fuerte.” Reveló así su verdadera intención de mantener el contacto, pues la simple idea de ver una araña ( o peor, sentirla sobre su piel) le producía un profundo repelús.

En ese momento, mientras avanzaban por el pasillo de entrada, un sonido aterrador irrumpió en la quietud del lugar. Era como un lamento añejo, un quejido gutural que parecía surgir desde el mismísimo averno, proveniente del área de entrenamiento más adelante.

“Qué mier… ¿Tú también lo escuchas?” preguntó Ryota a su compañera, con un tono atemorizado que revelaba su sorpresa ante lo escuchado. “Crees que si sea un fantasma?” La duda era razonable, y más cuando ambos continuaban avanzando hacia esa dirección con pasos casi inaudibles para inexpertos. 

Con cuidado, Ryota avanzó hasta la puerta desde donde provenían aquellos extraños sonidos. Aprovechando su altura, se posicionó sobre Liora y abrió ligeramente la puerta corrediza, asomando su orbe ámbar por la parte superior mientras ella hacía lo propio por la inferior.

Sus cuerpos se juntaron ofreciendo un roce entre ellos debido a la inclinación, y juntos observaron la habitación contigua.

Era un espacio amplio, con el suelo de madera recién colocado… o por lo menos, intacto. Justo en medio, una figura delgada, decrepita, demacrada y fantasmagórica emitía aquellos sonidos tan espeluznantes.

“Bueno… ni modo, los fantasmas sí existen. Qué cosas… mejor nos vamos, ¿no?” murmuró Ryota, ofreciéndole a su compañera una salida amigable a la situación.

Sin embargo, al intentar alejarse un poco (y por puro infortunio) desvió la mirada hacia el lado contrario… solo para encontrar una diminuta araña descendiendo frente a su rostro, suspendida por un hilo desde el techo.

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“AHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!”

Karmas
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#6
La temperatura descendió, de golpe, sin siquiera pedir permiso. La frialdad acariciaba su piel descubierta y en un intento de hallar algo más de calidez se aproximó a quien estaba a su lado, apretó ligeramente el agarre de su mano y rozó más de lo esperado su cuerpo con el contrario. Una corriente se deslizó por su espina dorsal hasta su nuca, erizando ligeramente sus cabellos en esta. Pese a que le agradaban los climas frescos era bastante sensible a ellos.

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Escuchó al castaño y soltó una ligera risa ante su evidente temor—. Oh... —Le observó de reojo, altiva, rostro y mentón elevados—. Así que tienes miedo... —Eliminó cualquier mínimo espacio que pudiese habitar entre ellos, acercando peligrosamente su rostro al ajeno, elevando los talones del suelo para alcanzarlo—. ¿Te imaginas que hubiese una araña gigante? El final boss esperando a un noble caballero dispuesto a enfrentarla. —Alzó su zurda y con sus uñas, trepó por el brazo del contrario aprovechando que lo tenía apresado, dio ligeros pasitos con ellas, simulando el andar de los arácnidos hasta terminar en su cuello. Era tan divertido asustarle y ponerle nervioso.

Ella estaba acostumbrada a explorar espacios abandonados, corroídos por las termitas, devorados por el óxido, casi casi se podría decir que era su hábitat natural. Y pese a que no eran santo de su devoción no le asustaban los insectos, ni los arácnidos, ni ningún pequeño ser que pudiera hallarse en esos lares. Quizás por eso le parecía tan divertido jugar con él, un tira y afloja con sus nervios.

Tras ese momento que alivió la tensión de su cuerpo decidió tomar la delantera. Sabía cómo y dónde moverse para evitar que el suelo se abriera bajo sus pies, si existía o no dicho jefe final prefería evitar descubrirlo. Temía más al miedo de una fractura o rotura por una caída que un simple insecto.

—Pisa donde yo lo haga. —Colocó su propia mano en la espalda baja, apoyando el dorso en sí misma sin soltar la extremidad ajena. Se deslizó hacia un lateral, siguiendo la pared. Siempre era mejor evitar los espacios demasiados amplios, podrían ceder fácil bajo el peso. Las esquinas siempre eran más sólidas, más consistentes—. Y procura no tocar nada. —Advirtió. Quién sabía el tiempo que aquel lugar llevaba sin limpiarse. Un simple gancho suelto, un hierro saliente... Cualquier cosa podía resultar en una herida aparentemente inofensiva y que podía acarrear un destino cruel.


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—¿Qué tan grande es este lugar...? —susurró con apenas un hilo de voz. Más como un pensamiento fugado que como un diálogo que esperaba respuesta. Había algo en el ambiente que crispaba sus nervios. No sabía identificar qué era exactamente. Quizás la oscuridad, el crujir de la endeble madera ante cada un de las pisadas, la falta de corriente, la baja temperatura... O quizás el cúmulo de todas ellas.

Y entonces lo escuchó. Un lamento. Lejano, frío, espectral, lo sintió rebotar en su cerebro desde todas las direcciones.

Sus músculos tensándose por completo, dedos aferrándose más a la mano ajena, piel erizada, vello en punta. Detuvo su andar y sintió cómo el contrario se golpeaba contra su espalda, apresando el enlace en el que estaban sus extremidades. Alzó el rostro, lo volteó. Inspeccionó todo su alrededor, intentando hallar el origen de tal sonido.

—Oh vamos... ¿Ahora crees en eso? —Rodó los ojos, tenía que haber un motivo lógico tras ese sonido, se negaba a creer en entes del mas allá, en seres que habían quedado atrapados entre planos, entre dos mundos. Eso no sucedía en la vida real—. Sigamos. Creo que vino desde ahí. —Con su mano libre señaló una de las puertas. Sucia, vieja, corroída por el pasar del tiempo y sin embargo, era la que mejor aspecto tenía. No podía ser casualidad.

En esa ocasión quien se adelantó fue Ryota y por primera vez desde que las juntaron, soltó su mano. Se inclinó, aprovechando la pequeña ranura que había creado su amigo para poder observar el interior con su único ojo capaz de ver.

Su rostro palideció. Una corriente eléctrica se deslizó por su columna, estremeciéndola por completo.


[Imagen: Trauma.png]

—N-no... Claro que no, no puede... —De repente su boca se secó, desprovista de saliva tragó con dificultad. Alzó el rostro, buscando la mirada del castaño—. Esto no es cierto, ¿verdad? —Su voz tembló. La valentía y orgullo que habían regentado su andar desde que se habían adentrado en el dojo empezaba a caer como una pirámide de naipes. Se hizo a un costado y se irguió—. Tiene que haber una explicación, los fantasmas no... —Antes de que pudiera terminar de hablar, el grito a su lado la hizo dar un brinco.

Inmediatamente cubrió los labios ajenos con su mano, evitando así que hiciera más escándalo y le chistó—. ¡Ssshh! —Dirigió la mirada al pequeño ser que había ocasionado tal escándalo. Si por eso la figura tomaba algún tipo de represalia contra ellos, Liora se convertiría en su siguiente pesadilla.

Esperó un segundo, dos... Completamente tensa, sus dedos rígido sobre los labios ajenos, su respiración agitada, rápidos golpes en el pecho, su orbe clavado en la figura, inmóvil, impasible. Lentamente deslizó la mano hasta bajarla y tomó el arácnido con la misma.

—No vuelvas a acercarte, pequeño demonio. —Se alejó un poco y la encerró en una sala colindante con la esperanza de que se quedara ahí y no volviera a acercarse a Ryota, quien parecía haber quedado en un estado de shock. Mientras se acercaba a él, exhaló un suspiro.

Le ayudó a sentarse, apoyándole la espalda contra la puerta corredera, aún entreabierta. Se acuclilló frente a él y comenzó a abanicarle con la mano, agitándola suavemente frente a él para darle un poco de aire. Su otra extremidad la reposó en sus propias rodillas, ¿en qué momento había acabado así?

—Respira tranquilo, querido, ya se fue... —Susurró con casi dulzura. Sabía bien lo que era encontrarte el terror de cara y aunque antes hubiese bromeado con la situación, era consciente de cuánto podía llegar a afectar. Por ello sus sentidos estaban todos enfocados en ayudar a su amigo a recuperar el aliento. Abrió el bolso, descolgándolo primero de su hombro y sacó de este una botella de agua pequeña. La desenroscó y se la ofreció—. Ten, bebe un poco. —Tan centrada estaba que su alrededor se esfumó, se difuminó como bruma.

O al menos, así era hasta que sonó.


¡PUM!

Un golpe seco que la hizo levantarse de golpe. Su diestra se deslizó por su muslo, subiendo su falda para sacar la daga que se sujetaba con la ayuda de un liguero. Desenvainó por instinto. La oscuridad se aferraba a ella y aunque su ojo se había acostumbrado ya, sentía las sombras danzar a su alrededor. Chasqueó la lengua y miró de nuevo a través de la rendija al no sentir nada cerca de ellos.

La figura que regentaba la sala, ahora un bulto deshecho en el suelo. Llevó la mano libre a la puerta contraria en la que estaba Ryota. Dudó y le lanzó una mirada rápida a su amigo antes de abrir de golpe. El mango sostenido y la hoja deslizándose a la altura de su muñeca. Alzó el brazo frente a su pecho y se acercó a la figura que permanecía en el suelo.

Su corazón golpeaba veloz, furioso. Un tambor de guerra que amenazaba con destrozarle la caja torácica. A medida que se iba acercando la figura comenzaba a tomar forma. Tragó saliva.

No era un fantasma, ni siquiera un juego de luces, ni una ilusión óptica. Era real, tan vivo como Ryota o ella misma. Tragó saliva y se arrodilló. Aún no guardó el arma, por seguridad, por precaución. Hasta que lo sintió. Una mano que se aferró a una de sus piernas, acto seguido notó los dientes abrirse paso en su carne.


[Imagen: Jhmm.png]

Ahogó un grito en su garganta y contuvo clavarle la daga en la espalda. Le apartó el rostro con un movimiento ágil y seco para que la soltara. Aquel ser la observó, la mirada perdida, con un deje lastimero... y ella se fijó en su tez. Pálida, completamente. Manchas oscuras sosteniendo sus ojos. Pómulos marcados, mejillas hundidas. Se mordió el labio inferior y guardó el arma. Aquel hombre necesitaba ayuda, estaba evidentemente desnutrido, famélico. La carne, escasa. Era, mayormente, una amalgama de músculos y huesos. Quizás hasta estaba en un delirio en el que ella era una apetecible comida.

Rápidamente agarró la extremidad que sostenía su pierna y buscó su pulso. Aunque débil, era constante, insistente. No moriría, no si podía evitarlo. Con facilidad le ayudó a incorporarse, aquel hombre no pesaba demasiado, estaba débil, delgado, e incluso alguien como ella, con su fuerza, podía manejarlo cómodamente.

Se dirigió de vuelta al bolso, junto a Ryota y tras escudriñar en él, sacó varias casi esferas de papel de plata para volver al centro de la sala. No tenía tiempo para hacerle preguntas, eso podía esperar. Desenvolvió la primera, revelando una bola de arroz con una lámina de alga. Sí, en el restaurante se había guardado algunas pieza de comida, nunca se sabe cuándo puede darte hambre entre horas, y le salieron gratis.

Se la acercó con ambas manos.


[Imagen: Secuestro.png]

—Come, tengo algunas más. No es mucho, pero algo hará. —Su voz suave, contenida. No quería asustarlo, no quería reprocharle. Pese a haber sido mordida quería ayudarle, aunque no podía evitar darse cuenta de lo surrealista de la situación. Un desconocido hambriento pretendiendo devorarla -literalmente-, un amigo paniqueado por un pequeño arácnido... y ella teniendo que cuidar de ambos.

Y pensar que solo quería unos pocos berries...
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