Eros Focalor
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Día 28 de Otoño del Año 16, 8:00 AM
Una mañana como cualquier otra Eros golpeaba la madera usando sus herramientas con la precisión que un cirujano ejercería en su trato con el paciente, tenía que respetar el Crimson Stage despues de todo. Cada martillazo que el joven efectuaba hacía eco a través de los pasillos del barco. Si bien la madera de aquel barco no parecía querer ceder fácilmente ante su tacto, la determinación de la Estrella de la Muerte no era moco de pavo. Con serenidad acarició las maderas del barco: se mecía, su madera era más o menos firme en distintos lugares, el sepulturero podría decir que inclusive tenía su propia personalidad. Con cada golpecito que iba dando a los clavos, Eros trataba de darle toda su atención, manteniendo la postura correcta, respirando con calma y llevando a cabo su labor con la mayor dedicación posible así fuesen simples tareas de mantenimiento. El sudor le recorría la frente en pequeñas gotitas cristalinas, pero los brazos no titubeaban en los más mínimo, no podía detenerse despues de todo. Cada milímetro del Crimson Stage debía ser firme, y él era quien debía asegurarse de ello: No era una tarea menor.
Tras unos momentos lijando la madera, pasó lo peor. El aserrín que se levantó llegó a su nariz, su nariz picó en un momento y casi como si una fracción de segundo fuese suficiente para la desgracia su mano izquierda resbaló martillándose con fuerza contra el clavo. Tal fue su fuerza, que cuando removió la mano el clavo no estaba. Lo buscó en el suelo con ahínco agachándose para ello, revisó la pequeña hendidura en la tabla pero no había nada. Dejó con con cuidado el martillo en su cinturón de herramientas cuando sintió un ligero goteo. Tac, tac, tac. Cuando observó su mano izquierda pudo notar sus nudillos heridos por el golpe del martillo y, al girar su palma, contempló el clavo profundamente clavado por el cabezal enterrado en su palma. Ladeó su cabeza casi maravillado por el trabajo que él mismo había efectuado ¿Con cuanta fuerza le estaba dando al martillo? Pensó en removerse el clavo así sin más, pero bien sabía que si uno liberaba a ciegas y tontas una herida sangrante había posibilidad de empeorarlo.
Suspiró, dispuesto a seguir trabajando. Pero más allá del dolor que intentaba ignorar, su mano temblequeaba un poco. Negó con la cabeza, dándose un puñetazo en la mejilla con la mano sana como reprimenda por cometer un error tonto, un error de novato que no se debería permitir llegados a esas instancias.
— Creo que lo más responsable será que tenga la atención médica adecuada ¿No? —Se preguntó a si mismo antes de asentir con la cabeza. — Sí, creo que tengo razón... Mira que ponerme a perder el tiempo y holgazanear para ir a la enfermería... —Se regañó a si mismo tirándose un mechón de cabello con la mano sana a medida que sus zancadas iban hasta la enfermería derrotado como un alma en pena para finalmente golpear tímidamente la puerta de la misma. — Señorita Alana... Disculpe que la inoportune en éste momento, seguramente esté ocupada con cosas más serias pero me he atravesado la mano con un clavo, y está impidiendo que me concentre en mis labores... Perdón —No espero a que la médica contestase, en cambio hablando a través de la puerta. Avergonzado, tímido y charlatán por su nerviosismo. Podía sentir el calor de sus nervios recorriendo su cuerpo, y la sangre seguía brotando, ésta vez dejando un rastro a través del barco que delataba su origen.
Alana Sahiba
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La enfermería olía a alcohol y a madera pulida, ese aroma entre limpio y cálido que tanto me gustaba. El barco se mecía con suavidad, y yo aprovechaba la calma de la mañana para ordenar las vendas y revisar los frascos del botiquín grande. ¿Cuánto tiempo quedaría para hacer nuestro primer gran viaje? No lo sabía a ciencia cierta pero sí sabía que teníamos que estar preparados para todo, y como médico oficial del barco, tener una enfermería acondicionada para cualquier tipo de incidente era primordial, pues atracar en medio de la travesía no siempre sería factible. En mis ratos libres me dedicaba a hacer de mi pequeño gran espacio, un lugar en el que poder sanar a mis compañeros y aliados.
Tenía la bata desabrochada, el cabello recogido a medias y una taza de té frío olvidada junto a la camilla. El sonido de los martillazos me llegaba a ratos desde cubierta, un ritmo que se mezclaba con el vaivén del mar. No me molestaba; de hecho, le resultaba casi reconfortante cuando se mezclaba con la brisa del mar. Hasta que el golpe cambió de tono. Primero fue un ruido seco, distinto, y luego un silencio breve. Me detuve un instante, con una venda entre los dedos, escuchando. La dejé sobre la mesa. Tuve una intuición, femenina o médica, llamadlo como queráis. Después llegaron los pasos, la respiración contenida… y la voz de Eros llamándome. Me resultó imposible no sonreír ante su tono, o quizás era por el hecho de saber que vendría incluso antes de que él mismo lo supiese, aunque lo cierto era que no sabía que se trataba de Eros concretamente. Tan solo esperaba a alguien.
Apenas alcancé a escuchar el resto antes de abrir la puerta con gesto preocupado—. ¿“Inoportune”? ¿Y con esa cara me hablas de inoportunidad, cariño? —dije enseguida, tomando el bajo de su pantalón sana con firmeza para obligarle a acompañarme dentro, en su caso hasta la camilla. Subí la mirada a la palma atravesada y solté un suave suspiro, mezcla de sorpresa y algo de horror. ¿Con cuánto ahínco estaría golpeando aquel clavo?—. Ay, cielo bendito… , ¿en qué clase de madera estabas intentando clavarlo para hacer semejante estropicio con tanta fuerza?
— Ah, y no me tutees, no hay tanta diferencia de edad entre tú y yo, querido —sin darle espacio para protestar pero tampoco sin darle mayor importancia a que se centre demasiado en su mano, me subí a la silla de un brinco y le hice un gesto para que se sentase, o si lo prefería, tenía espacio suficiente para tumbarse. La sangre goteaba, pero mi tono era tranquilo, cálido, como si estuviera acostumbrada a recomponer desastres peores; sabía que alarmarme no ayudaría en nada a aquel gigante. Y que entre mis compañeros no haya nadie de mi estatura… Disipé aquel pensamiento para centrarme en mi labor—. Siéntate. Ah, y pon la cabeza sobre la camilla mejor, y la almohada bajo los pies para elevarlos, queremos que fluya la sangre —le dije, mientras acomodaba antiséptico y vendas en un primer momento—. Respira conmigo, ¿vale? Porque esto te va a doler —me lavé las manos, me puse guantes, preparé una bandeja metálica con objetos perfectos para poder suturar aquel desastre.
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Eros en un principio se limitó a sonreír íncomodo ante la mirada de la doctora, haciendo que el dolor físico que atravesaba su mano palpitante y punzante no fuese más que una brisa en comparación a lo que verdaderamente le competía: Su nerviosismo. Cuando Alana lo hizo pasar, regañándolo por su formalidad con un tono jovial el muchacho no pudo hacer más que dejar escapar un tímido "Teheehee" Entre labios, desviando la mirada de sus ojos ambarinos hacia otro punto de la enfermería buscando que su timidez no fuese un problema para responder.
— Lo lamento, me he distraído y... Soy bastante torpe cuando me distraigo, defecto de carácter —explicó con un tono casi sumiso a la Tontatta suspirando tras su enunciado en ese característico tono funesto que lo acompaña de aquí para allá. — Cuando trabajo tiendo a dejarme llevar, a veces me cuesta medir mi fuerza —Casi como una excusa añadiría finalmente.
No opuso ningún tipo de resistencia cuando la joven lo escoltó a través de la enfermería, estaba en el terreno donde ella era la máxima autoridad y por molesta que le resultase la herida él sabía bien respetar los rangos de cada uno. Pese al dolor que su cuerpo estaba sintiendo, había algo en la calma de las formas de actuar de la médica que le suscitaba paz. Quizás podía confiar en ella, pero era tan dificil siendo él poco más que un tímido sepulturero.
Sin chistar obedeció sentándose en la camilla, con su mano hábil se quitó el cinturón de herramientas para dejarlo a un costado mientras procuraba mantener en alto su mano herida en pos de no seguir manchando nada más con sangre.
—L-Lo lamento, tiendo a tratar de usted a todos. Así me enseñaron en casa, n-no era mi intención faltarle el respeto —Rascándose con nerviosismo la frente con la diestra por su tic intentó respirar, respirar profundo como ella le había dicho aunque el proceso aun ni había empezado. Era la interacción social entre ambos lo que más contra las cuerdas lo tenía despues de todo. Si tan solo la vida pudiese volver los procesos entre personas algo automatico, y estructurado, todo sería más sencillo. Con un guion que cumplir, o instrucciones claras para cada ser.
Cabeza apoyada contra la almohada y mirando para el techo, pies elevados lo suficiente para que la sangre circulase, respiración constante. Intentó usar la misma cadencia que usaba para cavar las fosas cuando era un niño, y sus manos encallecidas dolían. Uno, dos, tres, libero. Inhalo uno, dos, tres. Cuatro, cinco, seis suelto. Su mirada dorada era curiosa, inquisitiva, observando cada cosa que la médica hacía como si quisiese empaparse en sus conocimientos.
— No se... Te... Preocupes por el dolor. Siempre fui alguien que le sabe poner el cuerpo a los problemas —Su característica risita escapó de entre sus labios nuevamente. — Más me duele el orgullo, supongo... No debo parecer un carpintero muy hábil si entre tabla, y tabla me agarro la mano... ¿Verdad? —Su mirada serena buscó ahora refugio en el techo nuevamente, ¿Así era como planeaba alcanzar sus objetivos? Su padre siempre le dijo que todos cometían errores, como cuando su madre los abandonó por otro hombre y otra vida, era tan solo un error del cual aprender. Eros nunca había entendido quien cometió el error, pero poco importaba ahora que los años habían pasado.
Alana Sahiba
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Nunca dejaría de resultarme llamativo cómo, a pesar de mi diminuta altura (incluso para aquellos de mi propia especie), era capaz de imponer cierto respeto. Tal vez era tan solo dentro del territorio de mi enfermería, aquel que era mi especialidad. Fuera como fuese, me resultaba adulador, pues o bien me respetaban como oficial de la medicina o bien me respetaban como persona; ambos conceptos eran más de lo que el propio Ashwin me había hecho creer hacía bastante tiempo. Aquel chico, Eros, me hizo sonreír al aliviar aquellas heridas abiertas de mi pasado, aquellas que Ashwin había abierto y dejado en carne viva sin miramientos—. No te preocupes por la formalidad —, murmuré— aquí somos todos gente rara, algunos cantan, y hay otros que reparan tablas rotas. Yo, como médico, intento que todos los fallos queden en un punto y aparte y podáis continuar con lo vuestro.
Acerqué la bandeja metálica a la camilla, alzándola por encima de mis hombros, pues era un tanto más grande que yo. Lo más complicado era mantener el equilibrio y que ningún objeto deslizase hacia el suelo desde la propia bandeja. Ya en la camilla, dejé el gran objeto sobre ella, cerca del cuerpo del chico. Empecé por coger las pinzas y acercarlas a su mano—. Te recomiendo que no mires —le aconsejé, había quienes se desvanecían ante tanta sangre. No les juzgaba, una herida así impresionaba bastante, sobre todo fuera del furor de la batalla, cuando no había adrenalina que te mantuviese en pie—. Uno —inspiré—, dos —expiré y coloqué las pinzas alrededor del clavo—, tres —y tiré para sacarlo. Lo siguiente fue rápido. Cogí las gasas que estaban en la bandeja inicial y apreté tan fuerte como pude contra su mano para evitar el sangrado. Pañuelos, tiritas, desinfectante para la herida, algún “no te muevas” en medio de todo el actuar, cómplice pero mandón a la vez, no queríamos que perdiese la movilidad en la mano. Lo siguiente fueron un par de punzadas en la piel con gran precisión, con la precisión que solo un curandero de asfalto y barco conoce, y luego la envoltura para evitar la infección de la herida con cualquier suciedad posterior que hubiese en el exterior, un vendaje firme pero apretado, porque si había algo que respetar es que el dolor no se curase con más dolor.
— Listo. Ha sido más rápido de lo imaginado, ¿eh? —quizás no, quizás desde su perspectiva había sido excesivamente lento. No le juzgaría si lo había apreciado así. Desde la perspectiva de aquel que está siendo azotado por el dolor, no resultaba fácil ni cómodo de tolerar; cinco minutos podían aparentar ser una hora—. Ahora mantén la mano elevada y no la uses… quince minutos, ¿vale? —le guiñé un ojo mientras empezaba a recoger absolutamente todo, empezando por tirar las vendas y gasas manchadas con la sangre ajena —. Aún no te incorpores. Has perdido bastante sangre. Podrías desmayarte aunque te notes bien; importante: aunque te notes bien —parecía tener bastante aguante, eso era un punto fuerte para él pero mi deber como médico no era poner a prueba las capacidades de mis pacientes, sino mantenerlas en pleno uso—. Si te pica, no te rasques o te corto la otra mano; y si consigues no utilizar la mano durante unos días, mejor. Poco a poco ve haciendo ejercicios de movilidad —mientras hablaba, no paraba quieta, desinfectando los objetos utilizados, reponiendo otros por si ocurrían imprevistos como este que necesitasen de velocidad y precisión. En la enfermería todo estaba dispuesto de tal forma que de un salto pudiera alcanzarlo todo. Era enana pero tenía facilidad de desplazamiento y fuerza para agarrarlo todo, por lo que moverme en un mundo de gigantes, aunque fuese difícil y peligroso, no era imposible, mucho menos en mi territorio.
— ¿Te traigo algo de comer? —como bien había dicho, ha perdido bastante sangre, y algo de comida le podía venir bastante bien. ¡Oh! Entonces se encendió una bombilla en mi cabeza. Había dejado apartada una manzana para comer un cuarto de ella a media mañana. Lo bueno de ser tan pequeña, es que tampoco necesitaba una gran cantidad de comida para llenarme. Con todo recogido y limpio, a excepción de la sábana que se encontraba tendida sobre la camilla y bajo Eros (de eso me encargaría cuando él saliese por la puerta), de un salto abrí el armarito con provisiones y de ahí saqué la susodicha manzana. Algo fácil de digerir después de tremendo disgusto para su cuerpo, pues aunque él no lo notase, es estrés que resiente a uno—. ¿Quieres?
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Mientras escuchaba las indicaciones de la tontatta no podía hacer más que seguirlas al pie de la letra con la mayor de sus capacidades, una serie de indiscretas cuestiones rumiaban por su cabeza mientras ésta preparaba la pinza para actuar. No le molestaba nada de lo relativo al cuerpo, anatomía viva era anatomía en si mismo ¿Verdad?
— No se... te... preocupes, no soy alguien que se impresione fácilmente Mi familia se ha dedicado durante generaciones a la tanatopraxia, sucesivos entierros y resguardo de la isla en la que nací... —Explicó mientras observaba el procedimiento con más interés que otra cosa. Era en parte una cuestión de reconocer su cuerpo como poco más que un vehículo que transportaba su sistema nervioso central quizás, o por el hecho de estar acostumbrado verdaderamente a ser herido ¿Cada cuanto peleaba Eros? Poco sabrían que el día de mañana ya estaría a los golpes nuevamente.
Su mirada pensativa viró hasta el techo por unos momentos, con un parpadeo sereno finalmente disipando el velo de la timidez que le impedía esbozar palabra, quizás con un preámbulo antes de expresar la duda podría hablar sin golpearse. — No obstante tengo una duda que está dando vueltas en mi cabeza, y me parece hasta que más relevante que la herida de mi mano —Aclaró el muchacho a medida que era desinfectado, evitando moverse para no entorpecer el vendaje de su mano. La fuerza de la médica era sorprendente, no porque le estuviese haciendo doler, sino porque notando la firmeza, y la diligencia, con la que la complexión de sus manos se encargaban del vendaje podía darse cuenta que la muchacha era físicamente tanto o más fuerte que él. — ¿Es médica porque se preocupa por la gente, o se preocupa por la gente porque es médica? —Creía tener una respuesta a la duda.
Se incorporó, lentamente para no romper las reglas que ella le estaba presentando, entonces observó la manzana. Solo ahí pudo notar la escala comparativa del tamaño de Alana con el mundo que los rodeaba, verdaderamente no estaba adecuado para ella ¿Verdad? Aunque en retrospectiva el también era más pequeño que el resto de los humanos, los había de hasta 4 metros de alto y los había visto de 6 ¿Que quedaba para él con su humilde metro setenta?
— ¿Segura que no puedo usar la mano? —Decidió chequear dos veces, Alana podría notar la decepción en el rostro de Eros, o quizás la preocupación. La idea de no poder trabajar lo sacaba de quicio, pocas cosas lo molestaban más que no estar cumpliendo una labor o una función despues de todo. Con su mano sana rascó nervioso su nuca, era uno de los tic que aparecían cuando se ponía nervioso pues no tardaría en arrancarse de cuajo un mechón de cabello. — Tengo que dejar todo listo para dentro de unos días... Si el Crimson Stage no aguanta los embates del mar, va a ser mi culpa —La explicación del muchacho podría perfectamente ser la de un niño penitente, o preocupado por el regaño de sus padres, pero la figura de autoridad que punitivo resguardaba los rincones de su mente no era que otro que él mismo.
Suspiró, debía ir paso por paso como siempre decía su padre. Contempló la manzana, y asintió con la cabeza. — Comeré, pero solo si usted también come conmigo —Para revisar que no esté envenenado todo servía, o quizás para manejar la culpa que le daría que le regalasen algo cuando él aun no le había regalado nada a la joven. — ¿Puedo preguntar qué la ha impulsado a ser médica? —Quería entender el porqué de las decisiones de vida de quienes llamaban su atención, despues de todo. Gwen cantaba porque era su forma de relacionarse con el mundo, por ejemplo, y lo hacía divinamente; él por su parte creía que el deber le daba propósito más allá de la violencia que habitaba en su alma, amansaba el espíritu y forjaba su carácter ¿Pero cual sería la motivación de la médica?
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— ¿Por qué soy médica, eh? Curiosa pregunta —repetí, como si la pregunta me hubiese pillado en medio de un pensamiento lejano. En realidad necesitaba bastante tiempo para responder, pues necesitaba tiempo para poner en orden todas las ideas y la marea de pensamientos que me subió hasta la cabeza. Le pasé la manzana en un inicio, con cierta calma, en un tiro directo hacia la mano buena. Solo esperaba que recordase bien lo que le había dicho: no mover la mano, sobre todo en los próximos minutos, al menos hasta que el sangrado parase—. Supongo que por lo mismo que un carpintero repara una mesa rota. Porque no soporto ver algo que podría funcionar, roto —era una respuesta bastante directa, certera dentro de una similitud que él pudiera llegar a entender, aunque no abarcaba toda la verdad—; así que digamos que soy médica porque me preocupo por la gente. Aunque supongo que va más allá: no es que me preocupe por la gente porque sea médica. Es que si no me preocupara, tampoco sabría bien quién soy yo.
Volví al borde de la camilla. Estaba preparada para todo tipo de alturas, así que a mí se me hacía casi como un campo de combate. Dejé las piernas colgando en el aire. Me quedé a la altura de su codo, más o menos, con el cuerpo ligeramente ladeado en dirección a su cabeza, y entonces sonreí tras todo el proceso de curación, de esas que uno esboza cuando sabe que la vida lo ha golpeado demasiado como para fingir inocencia—. Aunque esto me hace tener a mí una cuestión para ti: si tu familia se dedica a la tanatopraxia, ¿cómo es que no has acabado dedicándote a algún campo de la medicina? Algo más… biológico. Sin tener que ser específicamente tanatopraxia o medicina —pues incluso podría llegar a ser más un cirujano, curandero, toxicólogo tal vez. Al fin y al cabo todos esos campos, de alguna forma, estaban relacionados con los de su familia. Un tanatopractor, según sabía, no se limitaba a las ceremonias, sino también al mantenimiento de un cuerpo post mortem y eso, a mi juicio, era un procedimiento incluso más complejo que el de un médico. Mantener con vida a un cuerpo vivo, era sencillo. Que un cuerpo muerto parezca con vida… no suena sencillo.
— Ah, y no uses la mano —añadí con un tono travieso, como quien recuerda un castigo leve pero firme. Se le estaban viendo las intenciones tan solo con las preguntas—. Si te atreves a tocar una herramientas antes de que tu mano te lo permita, iré a buscarte, aunque tengas que enfrentarte a una tontatta furiosa con un bisturí en la mano. Créeme, no quieres ver eso —reí a carcajada limpia, pues en medio del regaño, había una profunda broma, así que tras eso me limité a aclararle ciertos aspectos—. Utiliza la mano contraria: obtendrás más fuerza en el brazo contrario. Hablaré con el capitán para que mande a alguien a ayudarte, incluso si soy yo misma la encargada de ello —pues en este caso había una prioridad clara: salvar la movilidad de su mano. Por fortuna en el Crimson Stage somos un equipo y ante el llamado de uno, el resto acude para socorrer.
No tenía claro si era el aburrimiento o la desesperación de tener que estar sin mover la mano lo que le impulsaba a hacer tantas cuestiones sobre mi vida, sobre todo preguntas tan estrictamente filosóficas. Extendí ambas manos, como pidiendo un trozo de manzana como ellas. La siguiente pregunta era tan fácil como difícil—. ¿Qué me ha impulsado? Esa es nueva. Mi abuelo fue médico de guerra. Mi madre es curandera. He crecido escuchando las historias de uno y viendo el trabajo de la otra. ¿Cómo no iba a impulsarme algo así, una labor tan impresionante? —expliqué, bajando un poco la mirada ante el recuerdo de mi familia. Tantos años sin saber de ellos… en el fondo deseaba volver a verlos pero no sin ser antes una médica de renombre—. Me gustaba la idea de arreglar lo que otros rompían, una forma de sentir que puedo compensar el daño y equilibrar la balanza. Pero con el tiempo, la medicina dejó de ser una forma de salvar a otros y se convirtió en una forma de salvarme a mí misma —lo dije sin dramatismo, con esa calma que nace del que ya ha llorado bastante. Ashwin. Luego alcé la vista hacia él, volviendo a sonreír—. Pero no me malinterpretes, también me gusta mi oficio. Curar es lo único que tiene sentido cuando la esperanza desaparece cuando la muerte acecha.
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Tras unos segundos de contemplación, Eros parecía absorto en las palabras de la médica hasta que finalmente — Teheehee —Dejó escapar una risa divertida cuando sus preguntas fueron respondidas con una de igual calibre, era una duda válida pero la primera vez que alguien se la había planteado. Por un momento su mirada se alejó hasta el pequeño pueblo en las afueras de Baterilla, recordó tanto las enseñanzas de su padre como las de su madre. Algunas noches fueron más duras que otras, más nunca se paró a preguntarse si el ambiente de reclusión y hermetismo en el que se había criado era lo más racional para un joven de su edad. Pudiendo ver la vida desde otra perspectiva por primera vez a sus casi treinta años, Eros entendía que había muchas más variables en la fórmula de su vida de la que siquiera se podría haber planteado meses atrás, simplemente negando con la cabeza. — Cómo usted mi padre aprendió de su padre, y él de mi bisabuelo... No recuerdo mucho de mi madre, pero a mi solo se me enseñó a desempeñar la labor que correspondía a la familia. Recibir a los difuntos, prepararlos, preparar sus ataúdes, sus nichos, panteones y tumbas, darles la última sepultura y finalmente cuidar su descanso —Explicó paso por paso sin darle mayor relevancia en su tono casi tan fúnebre como los rituales que su familia realizaban, no obstante pese a su inmóvil mano izquierda en alto y su clara inexpresividad había jovialidad en su tono.
Con suavidad devolvió la manzana tras unos bocados, pues la condición era compartir. — Nunca he sentido el fervor por la vida, o mejor dicho, siempre he naturalizado bastante la muerte como un proceso natural de la existencia de las especies... Entiendo que la vida se debe cuidar, preservar y proteger por una cuestión moral más nunca he sentido más apego a la vida que a la muerte. Para mi son iguales, el descanso eterno también debe ser cuidado, preservado y protegido pues solo a través del olvido yace la verdadera desaparición de la existencia... Con la perdida del recuerdo, del ser y su historia es que verdaderamente morimos —Aclaró con convicción.
— Siempre me ha costado memorizar las palabras y testamentos, soy demasiado tonto para todo lo teoríco pero siempre me especialicé en la construcción de ataúdes y la protección de las criptas. Desde joven he tenido que medirme con cuanto oportunista busca profanar las tumbas, es lo que se me da bien, usar las manos —Su mirada no obstante se posaría sobre su mano herida, suspirando. Debía ser obediente y dejarla quieta, como si no la tuviese. — Por eso también me llevo bien con el barco, entiendo su madera y sus formas... Es fácil poner hacerle el mantenimiento aun sin ser yo un experto sobre navegar —Se encogió de hombros suavemente al terminar de hablar, entendiendo que si él estuviese en la posición de Alana sería más vidas las que se perderían que las que salvaría.
Le sorprendió la última oración de la tontatta, ladeando su cabeza suavemente. — Espero que cuando yo me rompa, usted pueda arreglarme siempre y que cuando me muera, no llore por mi —Lo que para muchos eran palabras de ultratumba, no lo eran para él, dibujándose una sonrisa serena y honesta en su rostro. Podía ver que Alana era una profesional de vocación, y respetaba la vocación de salvar vidas. Ella era una protectora de los vivos como él lo era de los muertos. — ¿Todos necesitamos un propósito? —Añadió a la charla filosófica todavía dándole vueltas al concepto de Alana salvándose a sí misma a través de la medicina.
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Por un instante, el silencio se adueñó de la enfermería tras la voz grave del chico irrumpiendo cada rincón. El sonido del mar al otro lado del casco era un murmullo constante, casi hipnótico, y el leve balanceo del barco acompañaba la respiración de ambos. Recordé fugazmente las primeras veces que tuve que coser heridas en un barco; uno pensaría que es lo mismo pero la nula estabilidad lo complica todo para un novato como yo lo fui en su día. Observé la mano vendada de Eros, tan grande en comparación con la mía, tan tosca y curtida que parecía una herramienta en sí misma. Me pregunté cuántas veces esas manos habrían cargado cuerpos fríos, cerrado párpados ajenos, tallado madera para los que ya no la sentirían jamás. Era extraño cómo el oficio podía definir tanto a una persona. Eros era la representación gráfica de ello y me cuestioné si yo también lo era, a mi manera.
— Tus palabras me suscitan era cuestión: ¿por qué no has continuado con el legado de tu padre? ¿Por qué estás aquí, esperando a navegar en alta mar? —en mi psique, no resultaba sencilla la idea de tener que enfrentar todos los días a la muerte, verla cara a cara, pero cuando la normalizas hasta los niveles en los que Eros lo había hecho, tan solo podía normalizarlo yo también, tanto como arreglar una mano herida—. No me gustaría arreglarte, Eros —dije finalmente, rompiendo el silencio con voz tranquila, tras ver cierta “suciedad” en los objetos utilizados, por lo que me puse en pie una vez más para limpiar las últimas gotas de desinfectante que habían quedado sobre la bandeja metálica—. No porque no quiera, sino porque eso significaría que te has roto y no me gustaría verte roto, aunque tenga que hacerlo algún día —mi tono fue más serio de lo que pretendía, así que sonreí para suavizarlo, aunque mis ojos no terminaron de seguir el gesto.
Guardé los utensilios uno a uno, con el orden maniático de quien necesita tenerlo todo bajo control para no pensar demasiado—. Y tampoco lloraría —continué, encogiéndome de hombros—. No porque no lo merezcas, sino porque prefiero guardar las lágrimas para los que todavía pueden escuchar mis regaños —mi sonrisa se ensanchó levemente al girar mi rostro en su dirección—. Ya sabes: “no te muevas, que te voy a coser eso”, “mantén la mano en alto”, “come algo o te desmayas” —solté una risa ligera, casi un soplido que se escapó entre mis labios. Di un pequeño salto para subirme a la camilla una vez más y sentarme frente a él, con las piernas cruzadas, balanceando los pies en el aire mientras lo observaba con la cabeza ladeada. Era curioso cómo aquel con antepasados sepultureros lograba hacerme pensar en la vida, no tanto en la muerte.
— Yo opino que todos necesitamos un propósito, aunque a veces no lo elijamos. A mí me lo impusieron antes de entender qué significaba curar. Y cuando por fin pude decidir… ya no supe vivir sin hacerlo —murmuré, bajando la vista por un momento. Mis dedos jugaron con la manzana que él había devuelto, dándole vueltas lentamente—. No lo hago por bondad, o al menos no solo por eso —continué—. Lo hago porque, si no lo hiciera, me derrumbaría. Curar a otros es la forma que encontré de no romperme del todo —lo miré entonces, directamente a los ojos—. Pero creo que la diferencia está en si dejamos que ese propósito nos consuma o tan solo nos acompaña en nuestra vida.
El barco crujió bajo nuestros pies, recordándome que estábamos vivos, y que ese temblor era, en sí, una prueba de resistencia. Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, con las alas de la falda balanceándose sobre el borde de la camilla—. Y tú, con todo ese respeto que le tienes a la muerte… —dije con tono más bajo, casi un susurro—. Creo que en el fondo lo que haces es proteger la memoria. No los cuerpos. Los recuerdos. Esa es la verdadera labor de un tanatopractor: mantener viva la memoria del difunto aunque la muerte haya llegado a él. Y eso también es una forma de curar, ¿no crees? Solo que tú lo haces cuando los médicos hemos fallado.
Dejé escapar el aire con una sonrisa cansada, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía bajar la guardia—. Tienes razón, no hay que temer a la muerte pero precisamente porque es el descanso eterno —añadí con un guiño—, ¿por qué no alargar un poco más la vida? Dado que esa sí tiene fecha de caducidad —alcé la manzana y le di otro mordisco, con un gesto tranquilo, como si la conversación no hubiese tocado un tema tabú como la muerte—. Y por cierto —dije, con una sonrisa más juguetona—, si algún día te rompes, prométeme que me dejarás arreglarte, aunque sea un poco, para que aún no tengas que descansar tanto tiempo como lo es la eternidad.
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Con suavidad nuevamente una risa sorprendida escapó de sus labios. — Es la primer persona que puede entender el motivo de nuestro oficio sin sorprenderse, juzgar o decirme que soy raro... tétrico, tonto... —Enumeró la lista de apodos que se habían acuñado últimamente para él, pues todavía no había conocido a nadie que le llamase Post Mortem: Eso sucedería mañana. — Pero sí, mi deseo es tratar de recordarlo todo y a todos; de esa forma mientras yo viva el recuerdo de todas las personas que conozco seguirán viviendo en mi, por eso no tengo espacio en mi cabeza para teorías complejas, investigaciones o cosas que quizás personas más listas estudiarían
En cierto modo le parecía sorprendente como la médica parecía entender a la perfección la síntesis narrativa de sus palabras aunque torpes y rebuscadas, era un alivio para él quien tanto batallaba contra la ansiedad social, los problemas de comunicación y la autopercepción. Si se ponía a pensarlo detenidamente, se había golpeado desde que llegó a la enfermería y eso ayudaba a cimentar su opinión de Alana: Era una médica dedicada, honesta y con empatía. — Durante casi toda mi vida lo hice, mi padre murió hace un par de años terminando formalmente mi entrenamiento con eso y mi madre nos dejó cuando yo era joven así que quede a cargo del legado de mi familia —Enumeró los dos factores fundamentales que lo impelían a seguir ejerciendo la labor de sepulturero, aunque no tardó en reparar entonces en la segunda parte de la pregunta, la verdadera interrogante que salió de las palabras de Eros.
Su cuerpo se tensó por unos momentos, su mano sana se cerró en un puño con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos por la falta de circulación yendo hacia ellos: Estaba enojado, furioso. Su mirada serena aunque perdida en lo alto del techo ardía con la ferviente necesidad de retribución.
Suspiró, debía calmar su ira. — Hace no mucho las tumbas que cuidaba fueron profanadas cuando me descuidé, tuve fiebre y no tenia a nadie trabajando conmigo... Una noche, todas las tumbas fueron saqueadas. Si te hablo de cantidades no serán muchas, vengo de un pueblo en Baterilla que no tiene más de doscientas personas —Finalmente se levantó de la camilla lentamente, había dispuesto que quizás ya estaba fuerte para pararse. Siguió la indicación de la velocidad, no quería que le bajase la presión despues de todo y terminar seco en el suelo pues solo tenía una mano para detener la caída.
— Viajando por el South Blue en busca de las tumbas profanadas conocí a Gwendolyn, que me presentó a Rosse y él me ofrecio una mano a cambio de ocuparme de la carpintería... Seguramente me quede por un rato, no se me dan bien los grupos de personas vivas pero aquí hay mucha gente amable —Sonrió con sinceridad, era extraño no solo tener que cuidar muertos ya, sino tambien vivos.
Alana Sahiba
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
105
62
36
36
90
90
55
90
0
12
Lo observé con atención desde el momento en que empezó a hablar. No interrumpí, ni siquiera cuando mencionó las burlas, los juicios, los apodos que otros le habían lanzado como piedras. Las personas, en ocasiones, son crueles. Es irónico que en la vida uno pueda llegar a encontrar más crueldad que en la muerte.. Simplemente lo miré, como si mi propia mirada buscara decirle “no estás solo, ya no”. Mi pie seguía balanceándose en el aire, aunque más despacio, como si acompañara el ritmo de su voz. Cuando dijo eso de “recordarlo todo y a todos”, sentí que algo en mí se ablandaba. Una sonrisa pequeña, apenas un temblor en mis labios, se escapó sin querer. Había algo profundamente bello, y terriblemente triste a la vez, en esa forma suya de ver la vida y la muerte. “Mientras yo viva, seguirán viviendo en mí", repetí en mi cabeza, y me pareció una definición perfecta del amor: uno hecho de memoria y silencio—. No creo que haya nada de raro en eso —murmuré, dejando que mi voz se volviera más cálida—. Me parece… una forma de cuidar y sanar. Solo que la tuya está hecha de recuerdos —añadí, apoyando el mentón sobre mi mano que a su vez se apoyaba en mi muslo, observándolo con ternura—. Además, siendo tu trabajo una pequeña parte del mío, ¿por qué iba a sorprenderme? Si acaso pediría tus conocimientos y enseñanzas para expandir mi saber.
Pero todo cambió cuando habló de las tumbas profanadas. Lo noté incluso antes de que lo dijera. Su cuerpo parecía tensarse, al igual que los nudillos, apretados, debían estar cobrando un tono más blanquecino, y su mirada… ¿perdida tal vez?, como si allí estuvieran los fantasmas de los que hablaba. Me bajé de la camilla sin pensarlo; aproveché para tirar la manzana a la papelera. No era solo instinto médico; era empatía pura.
— Eros… —susurré su nombre, sin querer romper el hilo de su confesión. Lo dejé hablar. Su enojo tenía peso, una raíz que no se curaba con vendas, y esas son las heridas más difíciles de curar: las del alma. Cuando terminó, di un salto a la mesa que había frente a la camilla, grande (para mí), visto que estaba dispuesto a levantarse, le dejé espacio suficiente para que lo hiciera con calma—. No sé si tú mismo lo sabes, no te conozco lo suficiente, así que por si acaso: no fue culpa tuya —le dije, con la seguridad de quien ha cargado con culpas que no le pertenecían—. Las fiebres no se eligen, ni las desgracias tampoco. A veces, por mucho que queramos, el mundo se ensucia un poco igual —busqué su mirada y añadí, más suave—. Pero elegiste volver. Seguir cuidando. Y eso… dice mucho más de ti que cualquier error.
De haber sido más grande, le hubiese extendido la mano para ayudarle y sostenerlo al levantarse, pero todo se quedó en una mera fantasía. Al verlo mantenerse firme, esbocé una sonrisa ligera—. ¿Mareado? —pregunté con tono profesional, aunque se me escapó una risita nerviosa después—. No abuses de la suerte, ¿eh? Que el suelo no tiene compasión, ya lo has comprobado hace poco —añadí con un gesto divertido, intentando disipar el ambiente tenso.
Lo escuché hablar de Gwendolyn, de Rosse, del barco, de su nueva vida, y asentí, despacio—. Así que no solo cuidas muertos como dices —dije al fin, cruzando los brazos y mirándolo de abajo arriba—. También empiezas a cuidar vivos, aunque te dé miedo admitirlo —le sonreí—. Puede que no te sientas cómodo entre la gente, pero la bondad no se esconde, Eros. Se nota, aunque no digas nada.
Por un momento bajé la mirada, jugando con los dedos, antes de volver a levantarla hacia él. Quise volver un momento al tema inicial—. A veces pienso que los que tratamos con la muerte terminamos entendiendo mejor la vida. Tú la recuerdas. Yo intento mantenerla. Al final… —dejé escapar un suspiro con una sonrisa leve— no somos tan distintos, ¿no? —el barco volvió a crujir bajo mis pies, y por primera vez en mucho tiempo, aquel sonido me pareció un poco menos solitario.
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