[Av T4 - Pr Rel] Casino Pegaso (Drum)
#1
Día 76 de Otoño, Año 16
Grand Line Paraiso, Corriente Rakusei, Isla de Drum
Reino Sakura, 11:00pm 


 
La noche se extiende sobre el Reino de Sakura, en la Isla Drum, como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas que brillan con una intensidad arrebatadora, su luz reflejándose en las aguas oscuras del puerto que mecen suavemente los cascos de docenas de embarcaciones ancladas de múltiples tamaños. Los cerezos en flor que bordean las calles de la capital liberan sus pétalos rosados al viento nocturno, creando pequeñas tormentas perfumadas que danzan entre las farolas de gas que iluminan el malecón con halos dorados y vacilantes. El contraste entre la nieve que corona las Drum Rockies en la distancia y la vegetación exuberante de las laderas inferiores crea un paisaje que parece sacado de un sueño febril, donde el invierno eterno y la primavera perpetua han decidido coexistir en armonía imposible.
 
El Casino Pegaso domina el puerto como un leviatán dormido que ha decidido descansar temporalmente de sus travesías por los mares del mundo. El galeón es una construcción que desafía toda lógica naval sensata, midiendo aproximadamente ciento veinte metros de eslora por cuarenta de manga, sus tres mástiles alzándose hacia el cielo nocturno como dedos acusadores. Las velas están recogidas, pero incluso plegadas muestran un tejido de calidad superior que brilla con hilos dorados entretejidos formando patrones de cartas de juego, dados y fichas de póker que capturan la luz de las lámparas del barco y la devuelven multiplicada. La estructura del casino mismo emerge del casco del galeón como un palacio que hubiera brotado de las entrañas de madera mediante algún tipo de alquimia arquitectónica prohibida. Ventanas de cristal emplomado se extienden por toda la cubierta principal y la superior, cada una iluminada desde el interior con luz cálida que promete confort, lujo y la posibilidad embriagadora de cambiar el destino con una simple tirada de dados o vuelta de carta. Las siluetas de los apostadores se mueven detrás de esos cristales como sombras danzantes en un teatro de sombras chinas, sus gestos exagerados por el alcohol y la emoción del juego revelando victorias explosivas y derrotas devastadoras en igual medida.
 
La pasarela principal que conecta el muelle con la cubierta del Pegaso mide tres metros de ancho y está alfombrada con terciopelo rojo oscuro impecable a pesar del tráfico constante de pies ansiosos que buscan probar su suerte contra la casa. Faroles de bronce pulido flanquean ambos lados de la pasarela a intervalos de dos metros, sus llamas protegidas por cristales tallados que proyectan patrones geométricos sobre la madera húmeda del muelle. Al final de la pasarela, donde la madera del puerto se encuentra con la madera del barco, dos guardias de seguridad mantienen su posición con la postura relajada de quienes han pasado demasiadas noches sin incidentes dignos de mención. El guardia de la izquierda es un hombre corpulento de unos cuarenta años cuya barriga prominente presiona contra los botones dorados de su uniforme azul marino con detalles en hilo de plata, su rostro rojizo sugiriendo una afición por probar las bebidas que se sirven dentro del establecimiento cuando cree que nadie está mirando. Su compañero es más joven, quizás veinticinco años, delgado hasta el punto de parecer desnutrido, con ojos que se mueven constantemente escaneando el muelle con una mezcla de aburrimiento profesional y esperanza secreta de que algo, cualquier cosa interesante, suceda durante su turno nocturno. Ambos llevan porras en sus cinturones, pero ninguna arma de fuego visible, sugiriendo que la política del casino favorece la intimidación discreta sobre la violencia explícita.
 
Una cola de aproximadamente quince personas se ha formado frente a la pasarela, cada apostador potencial esperando su turno para presentar su invitación o pagar la tarifa de entrada que permitirá acceso a las mesas doradas del paraíso del juego flotante. La composición de la fila es un mosaico fascinante de la sociedad: mercaderes con ropas finas pero no ostentosas, marineros que claramente acaban de cobrar después de meses en el mar y han decidido apostar todo en una noche de gloria potencial, mujeres enjoyadas del brazo de hombres que podrían ser sus esposos o sus clientes dependiendo de cuán cínicamente uno quiera interpretar sus sonrisas calculadas, e incluso un par de nobles menores reconocibles por la calidad superior de sus abrigos de piel y la forma en que mantienen la barbilla levantada como si el simple acto de hacer cola fuera un insulto personal a su linaje. El ambiente en el muelle vibra con una energía eléctrica que es palpable incluso desde varios metros de distancia. Conversaciones susurradas sobre grandes victorias pasadas y pérdidas devastadoras se mezclan con risas nerviosas de quienes están a punto de cruzar el umbral hacia el templo de la fortuna. El aroma del mar salado se combina con perfumes caros, tabaco de calidad y ese olor particular a desesperación disfrazada de confianza que solo se encuentra en lugares donde el dinero cambia de manos con la velocidad del relámpago.
 
A lo largo del muelle, otros barcos más modestos se mecen suavemente en sus amarres, sus tripulaciones ocupadas con labores nocturnas de mantenimiento o simplemente descansando en cubiertas iluminadas por faroles más humildes. Algunos marineros observan el Casino Pegaso con expresiones que oscilan entre la envidia y el desdén, como si no pudieran decidir si desean tener suficiente dinero para entrar o si deberían sentirse superiores por no caer en las garras de la adicción al juego que ha arruinado a tantos hombres de mar. Cerca del final de la cola, un incidente menor captura brevemente la atención de los guardias. Un hombre de mediana edad, claramente ya bajo la influencia de alguna sustancia embriagadora, tropieza y casi cae al agua entre el muelle y el casco de un pesquero cercano. Sus compañeros lo agarran justo a tiempo, sus risas estruendosas cortando el murmullo general de conversaciones mientras lo arrastran de vuelta a terreno seguro. Los guardias del Pegaso intercambian miradas conocedoras pero no intervienen, su atención regresando rápidamente a la fila que avanza lentamente hacia la pasarela. En un rincón menos iluminado del muelle, a unos treinta metros del Casino Pegaso, un grupo de trabajadores portuarios carga cajas de provisiones en una carreta de madera tirada por dos caballos robustos que resopla impacientes en el aire frío de la noche. Las cajas están marcadas con símbolos que indican contenido frágil, probablemente botellas de licores premium destinadas a reabastecer los bares del casino. Los trabajadores se mueven con la eficiencia mecánica de quienes han realizado esta tarea cientos de veces, sus conversaciones limitadas a gruñidos y órdenes cortas mientras apilan las cajas con cuidado profesional.
 
Más cerca del agua, donde el muelle se convierte en una zona de carga más industrial, una grúa de madera chirría rítmicamente mientras levanta barriles desde la bodega de un mercante recién llegado. El operador de la grúa, visible solo como una silueta contra la luz de su pequeña cabaña de control, trabaja con movimientos lentos y deliberados que sugieren que la jornada laboral está llegando a su fin y que no tiene prisa por acelerar el proceso. El cambio de guardia en el Casino Pegaso está programado para dentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos, un hecho que se hace evidente por la forma en que el guardia más corpulento revisa ocasionalmente un reloj de bolsillo que extrae de su uniforme con movimientos cada vez más frecuentes. Su lenguaje corporal transmite claramente que está contando los minutos para poder retirarse a donde sea que pase sus horas libres, probablemente alguna taberna cercana donde pueda gastar parte de su salario en el mismo tipo de vicios que se ofrecen dentro del establecimiento que protege. La arquitectura del Pegaso revela detalles adicionales bajo el escrutinio nocturno. La cubierta superior, visible desde el muelle, muestra balcones con barandillas de latón pulido donde ocasionalmente aparecen figuras que fuman cigarros caros mientras contemplan el puerto con la expresión distante de quienes han ganado o perdido sumas que cambiarían la vida de familias enteras. Una de estas figuras, un hombre calvo con un traje blanco que prácticamente brilla bajo las luces del barco, levanta una copa de vino hacia la luna en un brindis solitario antes de retirarse hacia el interior, dejando solo el humo de su cigarro flotando en el aire como un fantasma efímero.
 
En la entrada principal del casino, justo visible desde el ángulo del muelle, un portero adicional vestido con un uniforme aún más elaborado que los guardias de la pasarela abre y cierra las puertas dobles de caoba tallada para los apostadores que finalmente logran pasar el control inicial. Cada vez que las puertas se abren, una ráfaga de sonido escapa hacia la noche: el tintineo de fichas de póker, risas estridentes, música de piano en vivo interpretando melodías alegres que prometen que esta noche, esta noche específica, podría ser la noche donde todo cambia para mejor. A veinte metros a la izquierda de la pasarela principal, una escalera lateral de metal corroído desciende desde el muelle hacia el nivel del agua, probablemente utilizada por pescadores locales para acceder a botes pequeños amarrados en ese nivel inferior. Las escaleras crujen bajo el peso del viento nocturno, sus peldaños resbaladizos por el rocío marino y la falta de mantenimiento adecuado, creando una ruta alternativa hacia el agua que rodea el Pegaso aunque no está claro cómo eso podría ayudar a alguien a entrar al casino sin llamar atención no deseada. El flujo de personas en el muelle continúa con ritmo constante pero no abrumador. Cada varios minutos, alguien nuevo se une al final de la cola mientras que otro apostador sale del casino, algunos con expresiones de euforia triunfal que sugieren victorias significativas, otros con rostros pálidos y ojos vidriosos que hablan de derrotas que tomarán meses o años recuperar. Uno de estos perdedores, un hombre joven con ropa que alguna vez fue elegante pero que ahora muestra signos de maltrato por una noche difícil, se tambalea por la pasarela y se detiene al final del muelle, aferrándose a un poste de amarre mientras vomita discretamente en el agua oscura, su cuerpo sacudido por espasmos que podrían ser físicos o emocionales o ambos.
 
Las ventanas del casino revelan ocasionalmente escenas tentadoras del interior: mesas de blackjack donde las cartas se voltean con movimientos dramáticos de crupieres profesionales, ruletas que giran hipnóticamente lanzando bolas de marfil que deciden destinos con cada revolución, y lo que parece ser una mesa de póker privada en una sala lateral donde los apostadores usan máscaras ornamentadas que ocultan sus identidades pero no su tensión corporal mientras empujan montañas de fichas hacia el centro con gestos que pretenden confianza pero que tiemblan revelando nerviosismo subyacente. El personal de servicio del Pegaso es visible ocasionalmente moviéndose entre las sombras del muelle, transportando suministros desde carretas cercanas hacia una entrada lateral del barco que parece estar designada específicamente para logística. Estos trabajadores visten uniformes simples de color gris oscuro con el emblema del casino bordado en el pecho izquierdo: un pegaso alado sosteniendo cartas de juego en sus cascos delanteros, el diseño ejecutado con suficiente habilidad para resultar elegante pero no tan elaborado como para desviar atención de su función utilitaria. La temperatura nocturna ha descendido lo suficiente para que la respiración de las personas en la cola sea visible como pequeñas nubes de vapor, pero el frío no parece disuadir a nadie de mantener su posición en la fila. Si acaso, el clima gélido parece aumentar la anticipación del calor prometido dentro del casino, donde chimeneas y estufas mantienen una temperatura cómoda que se puede sentir como oleadas de aire tibio cada vez que las puertas principales se abren.
 
Un grupo de músicos callejeros ha establecido posición a unos cincuenta metros del Casino Pegaso, tocando melodías populares con un violín, una flauta y un tambor pequeño. Su música añade una capa adicional a la atmósfera del puerto, las notas flotando sobre el agua y mezclándose con los sonidos del casino en una sinfonía improvisada de entretenimiento nocturno. Algunos transeúntes lanzan monedas en el sombrero volcado frente a los músicos, apreciando el entretenimiento gratuito o quizás buscando algo de karma positivo antes de entrar al templo de la fortuna donde la suerte será el único dios que importa. La noche en el puerto del Reino de Sakura continúa su danza eterna, indiferente a los dramas humanos que se desarrollan en su escenario, mientras el Casino Pegaso permanece anclado como un faro de tentación que promete riquezas imposibles a quienes se atrevan a desafiar las probabilidades matemáticas que siempre, siempre favorecen a la casa.
 
La cola avanza con la lentitud característica de situaciones donde cada persona debe ser inspeccionada individualmente antes de permitirle el acceso a un espacio donde grandes sumas de dinero cambiarán de manos antes del amanecer. El guardia corpulento revisa invitaciones con la flojera que habla de horas repetitivas realizando la misma tarea, mientras que su compañero más joven ocasionalmente intercepta a quienes intentan argumentar su entrada sin la documentación apropiada o el pago requerido. Las conversaciones son breves, sin drama innecesario que interrumpa el flujo constante de cuerpos moviéndose desde el muelle hacia las entrañas doradas del Casino Pegaso.
 
Aproximadamente a las once y media de la noche, el ritmo del puerto comienza a cambiar sutilmente. Los trabajadores que habían estado cargando provisiones en la carreta completan su tarea y comienzan a empujar el vehículo hacia la entrada lateral del Casino Pegaso donde el personal de servicio realiza entregas. Son cuatro hombres en total, todos vistiendo uniformes grises idénticos con el emblema del pegaso alado bordado en sus pechos, empujando una carreta que ahora transporta aproximadamente veinte cajas de diversos tamaños. Su conversación es casual y aburrida, quejándose del frío nocturno y especulando sobre cuántas entregas más tendrán que realizar antes de que su turno termine.
 
En la cola, un incidente menor captura la atención de varios espectadores cuando una pareja bien vestida alcanza la posición de los guardias y presenta sus invitaciones. El hombre, un mercader de unos cincuenta años con un abrigo de piel que probablemente costó más que el salario anual de un trabajador promedio, extrae dos tarjetas doradas de su bolsillo interior con un floreo dramático claramente diseñado para impresionar a su acompañante femenina. Las invitaciones brillan bajo la luz de los faroles, mostrando texto en relieve y un sello de cera roja que marca su autenticidad.
 
Los guardias de la entrada principal intercambian palabras breves que no son audibles desde la distancia pero cuyo contenido puede inferirse por sus expresiones de alivio anticipado. El corpulento revisa su reloj de bolsillo nuevamente, esta vez con una sonrisa que sugiere que el momento de su liberación se acerca rápidamente. Su compañero más joven estira los brazos sobre su cabeza con un bostezo que no se molesta en ocultar, claramente tan ansioso como su superior por que llegue el final de su turno.
 
Un grupo de tres nobles menores, reconocibles por la calidad superior de sus vestimentas y la forma en que el resto de la cola inconscientemente les concede un espacio respetuoso adicional, conversan en voz baja cerca del final de la fila. Sus ropas son impecables: trajes de seda con bordados intrincados, joyas que brillan incluso bajo la luz tenue de los faroles, y ese aire intangible de personas acostumbradas a que las puertas se abran automáticamente ante su presencia. Uno de ellos, el más alto, gesticula animadamente mientras cuenta alguna anécdota que hace reír a sus compañeros con risas que suenan educadas y contenidas, el tipo de risa que se aprende en salones de baile y cenas formales.
 
Cerca de la medianoche, uno de los guardias de la entrada principal finalmente saca una pequeña bolsa de cuero de su bolsillo y la agita ligeramente, produciendo un tintineo metálico de monedas que captura la atención de su compañero más joven. Intercambian palabras que terminan con una sonrisa cómplice del guardia corpulento, quien claramente está contando las ganancias de algún tipo de actividad secundaria que complementa su salario oficial. El joven guardia mira alrededor nerviosamente antes de asentir, su lenguaje corporal sugiriendo que está siendo iniciado en algún aspecto menos oficial de su trabajo.
 
El Casino Pegaso continúa su operación nocturna indiferente a las maquinaciones y consideraciones de quienes aún no han cruzado su umbral, las ventanas iluminadas prometiendo fortunas cambiantes mientras la luna llena observa desde lo alto como testigo silencioso de todas las decisiones que se toman bajo su luz plateada en este puerto donde los cerezos florecen eternamente y el invierno acecha siempre en las montañas distantes.



Resumen

Hides

OFF
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
#2
Día 76 de Otoño del año 16 
Outfit ---- Sigurd de Drum

El Casino Pegaso. Que obra de carpintería y arquitectura tan magnífica. Una verdadera ciudad flotante construida para el placer y el juego. Un coliseo donde mandan el dinero y el azar. Donde las trampas están condenadas con pena de muerte pero se encuentran en cada mesa de juego. Donde las mayores depravaciones y los más lujosos privilegios están al alcance de todo aquel que pueda costearlos. Un auténtico paraíso en la tierra. Bueno, en el mar para ser justos. Porque la mayor virtud de este lugar es que no es estático, sino un enorme navío móvil que junta en una misma mesa a ricos y pobres, a piratas y gobernantes. Las malas lenguas dicen que su propietario es un magnate hijo de dragones celestiales. Otros creen que tan solo es un afortunado que encontró un tesoro pirata. Los más crédulos dicen que le vendió su alma a un demonio. Sea cual sea la razón, lo que ha construido es una auténtica fantasía.
Que esté tipo de atracciones  pasen por tu isla, son cosas que pasan una vez en la vida. Toda la gente del Reino Sakura lo ha dejado todo para poder verlo, aunque sea desde lejos. Las familias más adineradas se atreven a atravesar sus puertas para jugarse las fortunas. Los más jóvenes observan fascinados desde los muelles y las cordilleras, alucinando con lo majestuoso de la embarcación. Los pobres envidian e insultan la pomposidad de la nobleza que se junta a los alrededores del casino y se dejan millonadas y propiedades a una simple tirada de dados o escogiendo un número o un color. Nosotros, Ubbe y yo, afortunados por estar en esta isla al mismo tiempo que el Casino Pegaso atraca en el puerto, no podemos perder la ocasión de amasar una fortuna... O liarla parda si lo perdemos todo ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!

Nos encontramos a varios metros de distancia de la inmensa fila que se ha formado para entrar. Todos los ojos están puestos en la entrada de acceso, pero no queremos llamar la atención en exceso. Y nosotros siempre destacamos allá donde vamos. Desde una posición elevada y alejada de todo el jolgorio, observamos. Estamos atentos a cada movimiento y detalle que sea de interés mientras "fingimos" tomar unas cervezas sentados en grandes barricas de madera. A simple vista, somos un par de marinos más. Colosales, sí, pero ajenos a todo el festival que hay montado en el puerto. También ayuda haber dejado a Yggdrasil en el barco antes de tomar este puesto de vigilancia improvisado. Andar con un hacha de tres metros y medio solo nos delataría más. Esta vez me toca ir menos armado a la aventura. -Lo que te digo... Hay que colarse ahí. Pero con tantos millones encima, hasta que no estemos dentro, no vamos a poder descansar...- hablamos mi compañero y yo. Ambos estamos de acuerdo en que hay que entrar como sea, pero si queremos disfrutar aunque sea un ratito, hemos de esquivar a los guardias de la entrada sin montar escándalo.
Observamos lo imponente del barco a detalle. Sus velas tejidas con sedas doradas que brillan incluso en la noche, el perfecto tallado de cada lámina de madera que refuerza la estructura del navío, cada balcón forjado con artesanía profesional y como se dibujan las sombras de los interiores. Todo es perfecto. Aunque en su grandilocuencia, han dejado muchas "aperturas". Ventanas superiores abiertas de par en par, escalinatas laterales con vigilancia mínima, puertas con accesos al interior sin seguridad. Ubbe, perspicaz, observa la cola de entrada. Ve la plataforma de acceso y se da cuenta de lo frágil y estrecha que resulta la pasarela. Podría ser una dificultad tener que andar por ahí. Yo le comento la imposibilidad de colarse por algún acceso adyacente. -Fijate macho, tanto allí como allá como ahí detrás.- y voy señalado con el dedo. -Si fuéramos pequeños como ratones podríamos pasar sin pagar. Pero con nuestras montañas de músculos, olvídate. Hay que encontrar una manera de cruzar por la puerta principal.-
Con la entrada identificada, ahora tenemos que buscar la forma de eludir la seguridad y que nos reconozcan tan temprano. Valoramos varias opciones por minutos, mirando de aquí para allá a ver si un milagro nos hace conectar el par de neuronas que nos quedan. Mi hermano de otra madre parece ensimismado con algo que sucede alejado del casino, metros más allá. Yo miro atento a los vigilantes. Los puedo matar sin dificultad, pero ese no es el camino, no esta vez. Me fijo en el movimiento del guardia más chaparro. Como mira el reloj constantemente. Se le nota con prisa. Parece no querer estar ahí e irse. Yo lo suelto. -Manin, el gordo quiere pirarse. No sé qué hora es, pero algo le corre prisa.- Entonces lo veo. Ubbe gira lentamente el rostro y parece más feliz que nunca. Creo que se le ha encendido la bombilla. -¿Qué?- pregunto con tono estúpido, sin pillar nada. Él me ordena que me levante y me dé prisa, que me lo cuentas por el camino.

Corremos a toda pastilla en la dirección que estaba observando él. Va más adelantado que yo, es mucho más rápido. A su lado parece que esté pisando huevos. Dando mi Do de pecho y sudando la gota gorda, le sigo el ritmo a duras penas. Por el camino me cuenta su plan. Habla de un cargamento alejado, pero que fijo es de mercancías que van al casino, pues no hay nada tan lujoso en esta isla. Habla de eliminar a los trabajadores y fingir ser ellos con sus ropas, y que una vez dentro, ya nos cambiaríamos. Su plan es más detallado, con lo que ha de cargar cada uno, con guardar la ropa dentro de la mercancía original... A mí solo me interesa matar a los currelas y después pasar para dentro. Solo hay algo que me escama. -Grandullón, me mola tu plan, pero...- cojo aire. Correr me cansa. -¿acaso eso no es mentir? Las mentiras son para los débiles. Yo soy honesto.- Él esclarece mis dudas. No pretende mentir. Él odia mentir tanto como yo. Lo que vamos es a robar el trabajo de los obreros y cumplir con su labor. Y una vez terminada, ya estaremos dentro. -Coño... No veo fallas en tu lógica.- Puede que sea el cansancio, la idiotez heredada o las ganas de entrar. Pero yo veo crimen y robo, no falsedad.
Y eso hacemos. Cuando llegamos, el suelo tiembla ante nuestras pisadas. Ubbe, como buena máquina de matar, se abalanza contra los trabajadores a la velocidad del rayo. Es formidable como una mole de puro músculo se puede mover a esa velocidad. Yo no pierdo el tiempo y encaro el carruaje de caballos como un toro bravo, de frente y al choque. Con ambos brazos, freno la embestida de los equinos asustados y rodeando los cuellos con mis brazos, los empiezo a estrangular mientras permanecen inmovilizados. No hay gritos épicos y hazañas de fuerza descomunales. Sino muertes rápidas y trabajo profesional. Cuando está todo despejado y no hay testigos que puedan delatarlos, Ubbe guarda los cadáveres en un cajón, a pedazos, y carga la más grande de las cajas de mercancía con nuestras ropas y varias cantidades del producto original por encima. Para disimular y cumplir. Yo desato a los caballos muertos y los cargo a horcajadas sobre mis hombros, como si fueran sacos de patatas. -¡Vamos!- digo en tono imperativo , metiendo prisa. -No perdamos tiempo, hemos de alcanzar al guardia con prisa antes de que se marche.- Una vez vestidos con los uniformes de la empresa y con la carga lista, marchamos a la puerta.
Sigurd, amazon de caballos

Es ahora o nunca, el momento de la verdad. Ambos disfrazados pero cumpliendo con la labor real que deberíamos desempeñar al vestir estos atuendos. Acercándonos por el lateral de la cola. Yo voy por detrás, dejando que Ubbe tome el control, pues el plan es suyo y será más elocuente. Todos se giran al vernos llegar. No es que seamos muy guapos, pero el ser tan enormes y cargar tanto peso llama la atención de todo el mundo. -¡Con permiso, abran paso!- voy gritando mientras la gente se aparta asustada. La dignidad queda de lado cuando siete metros de Buccaneer pasan por tu lado levantando a peso dos caballos de carga. Es apartarse o ser atropellado. Los guardas paran a Ubbe, pero este les cuenta, breve y escueto que tan solo queremos dejar esto dentro, y que no podemos acceder por otra zona. Dice la verdad. Parece que los guardias no confían mucho, pero antes de que puedan decir nada, los interrumpo con mi oratoria imperturbable. -Chicos, tenemos prisa. Queremos dejar esto y seguir con nuestras movidas.- y ataco al punto débil del segurata. -Mirad que horas son. No me apetece trabajar más. Aparcamos esto y se acabó.-
No hay que darle más vueltas y no podemos perder tiempo en la plataforma o caeremos. Hemos sido sinceros en todo momento. Si logramos hacer empatizar al guardia y eludimos los registros, estaremos dentro. No pararemos hasta dejar la mercancía y nos gozaremos la noche. Si el mamón nos empieza a interrogar o nos impide la entrada, no nos quedará más remedio que darle matarile. Y arderán. Ya te digo yo que quien me prohíbe el juego y el alcohol, arde para siempre en el puto infierno de mis puños en su boca.

En efecto, cajita feliz
#3
El Pegaso atracado frente a nosotros era una locura, un monstruo de madera y oro que pedía a gritos que alguien como nosotros le diera uso. Sigurd hablaba, emocionado como un crío, diciendo que no podíamos perder la oportunidad de amasar una fortuna o, como mínimo, liarla parda si la suerte nos daba la espalda. Yo me limité a soltar una carcajada baja mientras daba un trago largo a mi jarra, mirando el barco con la calma de quien ya sabe que va a acabar dentro. Desde las barricas donde nos habíamos sentado, fingiendo ser dos marineros matando el tiempo, observábamos la entrada y la fila interminable de gente. Habíamos dejado a Yggdrasil en el barco, porque solo faltaba pasearse con eso para que nos señalaran. Sigurd decía que había que colarse, y tenía razón; pero a mí me hacía más gracia pensar cómo lo íbamos a hacer sin montar escándalo, porque si algo se nos daba mal… era pasar desapercibidos.

Ubbe se echó un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras observaba el barco con una media sonrisa. El Pegaso era un espectáculo, sí… pero también un queso lleno de agujeros.
-Mira eso, bro -dijo señalando chasqueando los dedos hacia la tablilla de la entrada principal- Tan fina que con nuestro peso la partimos por la mitad -Sigurd comentó que sería imposible colarse por las ventanas y aperturas, pues dos moles como nosotros no cabían ni de coña.
El viento del puerto le movía el chaleco, y los faroles del muelle daban saltitos de luz sobre el agua. Todo olía a mar, madera y dinero fácil. Se rascó la nuca, pensativo, mientras Sigurd analizaba a los guardias.
Entonces lo vio. Un grupo de hombres descargando cajas más lejos, en la zona de carga lateral del puerto. Las mismas cajas que seguro iban a parar al interior del Pegaso.
Ubbe se levantó de golpe, como si la idea le hubiese mordido la cabeza. Le dio un golpecito seco en el hombro a Sigurd, con esa urgencia que solo tiene cuando ya ha decidido algo.
-Venga, bro, let's go! -gruñó con una sonrisa que ya anunciaba problemas- No te quedes ahí empanado, que te lo cuento por el camino.
Sin esperar respuesta, echó a andar a paso rápido, bajando del barril y metiéndose entre las sombras del muelle. Su voz sonaba entre risas bajas y el eco del puerto.
-He visto un cargamento detrás, seguro va pa’l casino. Si reventamos a los currantes y nos quedamos con sus ropas, entramos sin que nadie diga ni mu. ¡Ah! ¡Hay que meter nuestra ropa en las cajas, así luego nos cambiamos!, Luego llevamos las cajas como si fuéramos los de la empresa, y una vez dentro… ya vemos qué cae primero, si el oro o las cartas, baby.
Sigurd en ese momento encontró pegas al plan, ya que él no veía bien mentir, pues es un hombre de honor. Y en eso Ubbe tampoco se queda atrás. Ubbe le dio un codazo y sonrió: -No es mentir, bro, es aprovechar que ellos han dejado el trabajo a medias. Nosotros solo lo acabamos por ellos ¡GAHAHA!

El suelo del muelle crujió bajo sus pasos cuando llegaron. Los trabajadores estaban distraídos, ocupados con su rutina. Demasiado tranquilos para darse cuenta de lo que se les venía encima. Ubbe no esperó ninguna señal, apretó los puños y se lanzó hacia el primero con la fuerza de un martillo. Un golpe seco en el estómago otro al mentón, y cayó redondo sin un ruido. El segundo apenas tuvo tiempo de levantar una mano antes de que una patada en el pecho lo mandara de espaldas contra las tablas del muelle. Y así con todo el grupo de trabajadores. Cuando el silencio volvió, solo se oía el leve vaivén del mar. Sigurd, a unos pasos, había terminado con los caballos que tiraban del carro, sujetándolos por los el cuello hasta que dejaron de moverse. Ambos se miraron brevemente, sin necesidad de palabras.
Ubbe se agachó, revisó a los hombres tirados y empezó a despojarles de los uniformes. Eran simples, con el emblema del Casino Pegaso bordado en el pecho. Les arrancó las chaquetas y las lanzó a los pies de Sigurd. -Tamaño grande, te queda perfecto -murmuró con media sonrisa mientras se ponía el suyo; un chaleco como los que solía llevar, y una gorra con el logotipo. 
Ubbe el currante

Luego apartó los cuerpos fuera de la vista, despedazándolos para que cupieran en una de las cajas. 
Con el trabajo ya medio hecho, levantó una de las cajas de provisiones, la más grande, y la echó al hombro sin esfuerzo. Miró de reojo a Sigurd, esperando que le siguiera el ritmo. Y juntos, disfrazados de obreros, comenzaron a avanzar hacia la pasarela del Casino Pegaso, listos para mezclarse con el lujo más sucio del mar.

El bullicio se partió en dos cuando Ubbe apareció cargando más mierda de la que parecía humana aguantar. La gente se apartó instintivamente, probablemente temían que si no se apartaban, acabarían arrollados. Él avanzó como quien atraviesa una calle estrecha, con una roca en el hombro, los músculos tensos, la caja balanceándose sin esfuerzo.
Los guardias se plantaron en su camino, pero Ubbe ni pestañeó. Les miró de arriba abajo, corto y natural: 
-Solo venimos a dejar esto dentro, no hay otra puerta- La voz le salió grave y simple; no intentó encandilarlos. Antes de que los guardias pudieran interferir, Sigurd habló desde atrás.
Tras el intercambio de palabras, Ubbe se quedó tenso, mirando al frente, esperando la respuesta de los guardias. Esperando que fuera una respuesta positiva, porque si no, entrarían al casino, pero a la malas. 

INFO
#4
El grupo de trabajadores portuarios se detiene momentáneamente cerca de un almacén lateral, a unos quince metros del Casino Pegaso, mientras uno de ellos ajusta las correas que aseguran las cajas en la carreta. Durante este breve descanso, dos de los trabajadores se alejan para fumar, apoyándose contra la pared del almacén con sus uniformes colgando ligeramente sueltos sobre sus cuerpos fatigados. En ese momento, la zona de carga lateral del puerto se transforma en escenario de violencia cuando Ubbe y Sigurd materializan desde las sombras aprovechando la oportunidad. El suelo tiembla bajo el impacto de sus pisadas mientras Ubbe se lanza sobre los trabajadores desprevenidos con una velocidad que contradice su masa colosal, sus puños conectando contra estómagos y mentones en una secuencia brutal que termina con cuatro cuerpos desplomándose silenciosamente sobre la madera húmeda del muelle antes de que puedan siquiera gritar pidiendo ayuda. Simultáneamente, Sigurd intercepta a los caballos asustados que intentan huir del carruaje, sus brazos envolviendo los cuellos equinos con la fuerza de un titan, estrangulando a los animales hasta que dejan de forcejear y se desploman convertidos en peso muerto que aún conserva el calor de la vida recién extinguida. La limpieza posterior de Ubbe les permitirá pasar desapercibidos por el resto de la noche.
 
El guardia corpulento y su compañero más joven observan la aproximación de Ubbe y Sigurd con incredulidad absoluta. No es simplemente que dos hombres estén transportando cargas impresionantes, es que estos dos hombres son montañas vivientes de músculo y hueso que hacen que el uniforme gris del Casino Pegaso parezca diseñado para muñecos en comparación con los cuerpos colosales que intentan contener. El emblema del pegaso alado bordado en sus pechos se estira hasta la deformación, amenazando con desprenderse de la tela en cualquier momento. La multitud en la cola se parte como el Mar Rojo ante Moisés cuando Sigurd avanza gritando que abran paso, su voz resonando por todo el muelle con una autoridad que no admite discusión. Los apostadores elegantes se apresuran a apartarse, algunos tropezando con sus propios pies en su prisa por evitar ser arrollados por siete metros de Buccaneer que transporta dos caballos muertos sobre sus hombros como si fueran sacos de plumas. Ubbe alcanza primero la posición de los guardias, su caja de provisiones balanceándose ligeramente sobre su hombro, pero sin mostrar ningún signo de esfuerzo físico a pesar del peso obvio del contenido. El guardia más joven retrocede medio paso instintivamente, su mano moviéndose hacia la porra en su cinturón antes de darse cuenta de lo absolutamente inútil que sería ese gesto contra alguien del tamaño del gigante que tiene frente a él. El guardia corpulento, por su parte, simplemente se queda mirando con la boca ligeramente abierta, su cerebro claramente luchando por procesar la información visual que sus ojos le están transmitiendo. El guardia corpulento abre la boca para responder a Ubbe pero se congela cuando Sigurd llega detrás de su compañero, los dos caballos colgando de sus hombros como trofeos macabros de alguna cacería mitológica. La imagen es tan surrealista que durante varios segundos el pobre hombre simplemente no puede formular palabras coherentes, su cerebro atascado en un bucle que no termina de resolverse.
 
Tras las palabras de Sigurd, que suenan más que convincentes, el guardia corpulento, sacado de su estupor por la mención del tiempo, automáticamente saca su reloj de bolsillo y lo revisa. Las once y cuarenta y siete. Trece minutos para el final de su turno. Trece malditos minutos que separan su trasero de una silla en una taberna donde puede gastarse parte de su salario y las propinas extra que ha recaudado esta noche en cerveza barata y compañía femenina más barata aún. Mira a su compañero más joven, quien le devuelve una expresión que claramente dice “tú decides, yo no me meto en esto”. Luego mira nuevamente a Ubbe y Sigurd, estos titanes que técnicamente visten los uniformes correctos y técnicamente están realizando una labor legítima de entrega de provisiones y técnicamente no han hecho nada que justifique detenerlos más allá de ser imposiblemente grandes y estar transportando caballos de una manera que debería ser físicamente imposible. Un mercader en la cola, claramente borracho y sin el filtro social que normalmente impediría tales comentarios, grita al ver a los caballos sobre los hombros de Sigurd– “¡A lo mejor es el especial del menú de esta noche!” – su comentario desencadena risas de varios espectadores, el humor negro proporcionando un alivio a la tensión que se ha acumulado. El guardia corpulento se masajea el puente de la nariz, una expresión universal de “no me pagan lo suficiente para lidiar con esta mierda”. Puede rechazarlos, exigir explicaciones, llamar a supervisores, iniciar procedimientos de verificación que tomarían treinta minutos como mínimo y que garantizarían que su turno se extendería más allá de medianoche. O puede simplemente dejarlos pasar, asumir que alguien más arriba en la cadena de mando ordenó esta entrega extraña, y lavarse las manos de todo el asunto para poder llegar a esa taberna mientras aún sirven el tipo de whisky que borra los recuerdos de turnos absurdos – “Está bien, adelante, supongo que ya conocen el camino” – gruñe finalmente, agitando una mano en gesto de rendición que parece dirigido más al universo en general que a Ubbe y Sigurd específicamente.
 
La pasarela de tres metros de ancho cruje ominosamente cuando Ubbe y Sigurd dan su primer paso sobre ella. El terciopelo rojo que alfombra la pasarela se hunde un centímetro bajo sus pies como si fuera fango. La pasarela aguanta, aunque protesta con cada paso, y Ubbe alcanza la cubierta del Pegaso seguido de cerca por Sigurd. Las sombras de las estructuras superiores del casino los envuelven como una bienvenida oscura mientras el sonido del interior del establecimiento se hace más fuerte: voces, risas, el tintineo distintivo de las fichas de póker chocando, y música de piano que promete que esta noche, de alguna manera, será memorable. El portero de la entrada principal, un hombre con un uniforme aún más elaborado que los guardias de la pasarela, observa la llegada de Ubbe y Sigurd con una expresión que sugiere que ha visto muchas cosas extrañas en su carrera pero que esto definitivamente entra en el top cinco. Abre la boca como si fuera a decir algo, luego la cierra, luego la abre nuevamente, el proceso repitiéndose tres veces antes de que finalmente decida que su salud mental vale más que satisfacer su curiosidad – “Zona de carga” – murmura finalmente, señalando con un dedo hacia las escaleras – “Abajo y a la derecha” – no añade nada más, simplemente se aparta lo máximo que su posición le permite, presionando su espalda contra la pared de caoba como si quisiera fundirse con ella y desaparecer de esta situación incómoda. Las escaleras que descienden hacia la cubierta inferior están a la izquierda, talladas en la misma madera noble que el resto del barco. La iluminación en la zona de carga es más tenue que en las zonas públicas, faroles más simples espaciados a intervalos mayores. La escalera que conduce hasta la zona de carga termina en un pasillo largo con varias puertas marcadas con “Solo Personal”. Al abrirla se revela un almacén que mide aproximadamente diez metros cuadrados, las paredes forradas con estanterías que albergan cajas similares a las que transportan Ubbe y Sigurd, barriles de lo que probablemente es alcohol de calidad variable, y sacos de ingredientes secos apilados con el tipo de organización que sugiere que alguien realmente se toma en serio la gestión de inventario.
 
No hay nadie en el almacén en este momento, el personal de servicio probablemente ocupado arriba atendiendo las demandas constantes de los apostadores que requieren bebidas, comida, y ocasionalmente consuelo después de pérdidas devastadoras. La puerta del almacén que da al interior del casino está en la pared opuesta, otra entrada sin adornos marcada simplemente como “Cocina/Bar”, y a través de ella se pueden escuchar los sonidos de la cocina: cuchillos golpeando tablas de cortar, órdenes gritadas en la jerga específica de cocinas profesionales, y el siseo constante de alimentos siendo preparados en sartenes calientes. El código de vestimenta, según pudieron observar los Buccaneer durante su caminata por el puerto y tras pasar por dentro del barco, se puede simplificar en una palabra: berries. En este casino daba igual si asistías completamente desnudo o con un traje de gala como para conocer a la realeza de Drum. En el Casino Pegaso lo único que manda por sobre todo lo demás es el dinero.
 
Una noche de desenfreno y locura les espera a Sigurd y Ubbe.
 
Resumen

Hides

Casino Pegaso

OFF
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
#5
El plan de Ubbe se resuelve sin ningún contratiempo ni complicación. Es una jugada maestra. Asaltar a los trabajadores, quitarles la mercancía y hacernos pasar por repartidores. Lo más complicado es convencer a los vigilantes para que nos dejaran acceder al recinto. Nos saltamos la cola con la excusa de que venimos a descargar cargas extremadamente pesadas, aunque la gente colabora fácilmente viendo el tamaño que gastamos y los kilos que sostenemos sin dificultad. Puedo sentir el crujir de la plataforma que nos sostiene antes de plantarnos frente a la vigilancia, en el control de acceso. Esa tensión me da un impulso extra para forzar nuestra entrada a cualquier precio.
Los guardias parecen asustados. Son conscientes de que a la fuerza no nos van a poder frenar y que enfrentarse a nosotros es un suicidio. Sin embargo, para nosotros la única manera de disfrutar de los lujos del interior es generar una situación pacífica. Ubbe inicia la conversación y yo la refuerzo con el argumento de los tiempos, cosa que se acrecenta al estar con tantos kilos en un estrecho tan endeble. Y quizás es por esta misma razón por la que los seguratas no oponen resistencia. Aunque extrañados, valoran más la retirada a tiempo y pasarle el marrón a otro que encargarse personalmente de tratar el tema como es debido, y con unas indicaciones pobres, conseguimos pasar.

Cruzamos y estamos a una puerta de llegar al interior, donde nos espera la madre de las fiestas. Pero antes hay que superar a otro portero y deshacernos de estos pesos y estos trajes. El gorila con uniforme se paraliza al vernos llegar, pasando de ser una bestia musculosa a verse como una mosca indefensa. Atónito, pero sin caer en la locura, nos indica la dirección donde supuestamente dejaríamos la mercancía. Me mantengo en silencio, con el rostro serio e impasible, aunque por dentro me estoy descojonando vivo. Mi compañero camina frente a mi, aunque conociéndolo, fijo que está igual. Ya es un milagro que sepamos mantener la compostura en momentos así. 
Bajo las escaleras con cautela. Siento el temblor de cada escalón bajo mis pies, como si cada paso fuera a reventar la estructura. Apenas entro. Mi envergadura es tan masiva que cada pasillo se me hace estrecho. Y cargar con dos caballos no facilita la misión. Una vez abajo, hay un pasillo largo que seguir y una puerta de almacén. Seguimos las indicaciones y entramos. Como bien decían los trabajadores de aquí, es el lugar donde tenemos que dejar la mercancía. Un sitio donde todas las cajas y alimentos reposan ordenadamente entre estanterías y espacios pensados para tenerlo todo a mano. Se entiende, ya que la puerta de la cocina está a mano. Descargo los caballos en un rincón, junto a pedazos de carne embutida. -Madre mía, cabronazo, ¡Lo hemos conseguido!- me giro mirando a Ubbe, emocionado y feliz. -Tu plan ha salido de huevos-. Se le ve tan contento y con ganas de quemar la noche como a mí. 

Nos cambiamos tan rápido como podemos, dejando las prendas en cajas y estás en fondos de estanterías, inaccesibles si vas con prisa y quieres coger algo, a sabiendas de que para acceder a ellas, has de consumir tres o cuatro cajas antes del producto. Nos dará tiempo suficiente para estar bien lejos antes de que se den cuenta. Una vez con la capa y el casco puesto, saco de mis bolsillos todo el capital que llevo encima, unos 776.650 berrys. -Yo llevo esto.- comento a la espera de saber cuanto se piensa gastar él. -Me sobran un millón en el barco, pero esos se guardan para futuros gastos.- 
No hay tiempo que perder. Nos dirigimos a la sala de juegos con la ilusión de quien entra en un parque de atracciones. Al final, no deja de ser eso, un divertimento para el placer adulto. Mi hermano Buccaneer me cuenta cual es su noche ideal, como piensa hacer pasta y quemar la noche. Entre risas, le respondo de la misma forma. -Para mi lo primero es una buena cerveza y una mujer de categoría, que me haga compañía toda la noche.- le doy unos toques jugones con el hombro, con picardía. -Y cuando tenga eso, pienso apostarlo todo al rojo, ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- nos descojonamos mientras entramos al paraíso del juego. No hay fracasos esta noche. O ganamos una fortuna o tiramos el mayor casino de la Gran Line al fondo del mar. Esta noche rebosa de fama Buccaner.
Outfit ---- Sigurd de Drum



En efecto, cajita feliz
#6
El almacén queda sumido en un silencio denso cuando la puerta se cierra tras ellos. El olor a madera húmeda, especias y carne fresca flota en el aire, mezclándose con el sonido lejano de la cocina. Sigurd deja caer los caballos en un rincón como si fueran costales sin valor, y Ubbe deja su caja en un rincón. Tras esto se dispone a cambiarse, se arranca el uniforme prestado, que le cruje por todas partes antes de caer al suelo hecho jirones. Se pone de nuevo su ropa, el chaleco acolchado queda abierto sobre su torso enorme. Se incorpora con una sonrisa amplia.
- GAHAHAHA… ¡Lo hemos clavao, baby!
Chasquea los dedos señalando a su compañero, el tic sonando seco dentro del almacén. Rebusca un momento entre los bolsillos interiores y saca un fajo grueso y doblado de billetes, respondiendo a la cuantía de Sigurd. Lo mira por encima, calculando a ojo.
- Yo... como 800.00 creo, ¡vamos a darle caña!
Al escuchar a Sigurd, Ubbe deja caer el peso del cuerpo contra una estantería que protesta bajo los cuatro metros de gigante. La idea de su hermano Buccaneer de empezar con cerveza, una mujer guapa y apostarlo todo al rojo le arranca una carcajada grave, tras eso se queda pensativo. 
- Joder… no venía pensando en ligar hoy -admite, rascándose la barbilla y sonriendo de lado- Pero ahora que lo dices…
Le da un golpe con el hombro, esta vez de celebración pura, casi infantil.
- Mira, yo voy a empezar con una Cola Zero bien fría. Una de esas que te bajan por el pecho como si te pasaran hielo por dentro. ¡Después… voy a buscar una tía de las que me molan, y nos vemos en la ruleta!
Ubbe recoge lo que queda de los uniformes, los meten entre cajas profundas a toda prisa y, sin mirar atrás, avanza hacia la puerta. Cada paso hace temblar el suelo, como si el Pegaso se quejara de lo que está a punto de dejar entrar en su vientre de luces y música.
- ¡Vamos, hermano, esta noche va a ser EPICA!
Empuja la puerta del pasillo que guía a la sala principal del casino, con su ropa habitual, y el dinero en las manos. Y la noche, por fin, comienza.

INFO
#7
El interior del Casino Pegaso se revela ante los ojos de Sigurd y Ubbe como un lugar de indecencia y despilfarro donde cada metro cuadrado ha sido diseñado para facilitar el flujo constante de dinero desde los bolsillos de los apostadores hacia las arcas de la casa. La iluminación está compuesta por lámparas de araña con cristales que refractan la luz en mil direcciones diferentes colgando del techo creando un ambiente dorado y soñador que dificulta calcular el paso del tiempo, mientras que faroles de aceite con pantallas de vidrio tintado en tonos ámbar y rojo proyectan sombras que ocultan tanto como revelan, creando rincones de intimidad artificial donde las transacciones menos legales pueden ocurrir sin atraer atención no deseada. Meseros vestidos con uniformes impecables de chalecos negros y camisas blancas se mueven entre las mesas y los apostadores, sus bandejas plateadas cargadas con tapas infinitas que desaparecen casi instantáneamente cuando se acercan a grupos hambrientos que han perdido toda noción de cuándo fue su última comida real. Gambas al ajillo, croquetas doradas que prometen centros cremosos, pinchos de carne que gotean jugos sabrosos, aceitunas rellenas que brillan bajo la luz como pequeñas joyas comestibles, y docenas de otras delicias pequeñas circulan constantemente por el salón en un ballet culinario que nunca se detiene. Las bebidas fluyen con igual abundancia. Copas de vino tinto y blanco, jarras de cerveza espumosa, cócteles coloridos decorados con frutas y sombrillas diminutas que parecen más arte que alcohol, y vasos de licores oscuros para aquellos que prefieren sus vicios sin adornos. Los meseros navegan entre apostadores con precisión casi sobrenatural, anticipando necesidades antes de que sean vocalizadas, reemplazando vasos vacíos con llenos como si fueran magos realizando trucos de prestidigitación, y ocasionalmente susurrando al oído de clientes particularmente gastadores sobre servicios adicionales disponibles en pisos superiores para aquellos con dinero suficiente y discreción apropiada.
 
La barra principal del casino se extiende como una serpiente pulida de caoba y latón por casi ocho metros de longitud, su superficie brillando bajo las luces que hacen que cada botella en las estanterías detrás del barman parezca joyas reales. El barman es un hombre delgado de unos cuarenta años con cabello castaño alborotado bajo un gorro rojo, vistiendo un chaleco verde sobre camisa amarilla y moviendo sus manos con la gracia de un ilusionista mientras mezcla cócteles que son tanto espectáculo visual como experiencia gustativa. Las botellas giran en el aire antes de verter medidas exactas sin necesidad de medidores, cocteleras danzando entre sus manos como extensiones naturales de sus brazos, y guarniciones siendo añadidas que transforma cada bebida en una pequeña obra de arte. Una fila de taburetes tapizados en terciopelo rojo oscuro se alinea frente a la barra, actualmente ocupados por aproximadamente seis apostadores en varios estados de intoxicación y fortuna. Algunos celebrando victorias recientes con brindis ruidosos que salpican alcohol sobre la madera pulida, otros ahogando derrotas devastadoras en vasos que vacían tan rápido como el barman puede rellenarlos, y uno en particular simplemente mirando fijamente su reflejo distorsionado en el fondo de su copa como si allí pudiera encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera puede formular coherentemente.
 
Las mesas de juego ocupan la mayor parte del espacio central del casino, dispuestas estratégicamente para maximizar el flujo de tráfico mientras crean pequeñas islas de concentración donde fortunas cambian de manos con cada carta volteada, cada dado lanzado, cada bola de ruleta deteniéndose en su número final. Hay una mesa de blackjack, visible desde la entrada principal, rodeada por tres jugadores cuyas posturas revelan sus estados emocionales. Uno inclinado hacia adelante con intensidad casi violenta, otro recostado con fingida indiferencia que no logra ocultar completamente el nerviosismo en sus dedos tamborileando contra el fieltro verde, y el tercero completamente inmóvil como estatua mientras procesa la magnitud de lo que acaba de ganar o perder. El crupier que maneja esta mesa es un profesional entrenado vistiendo un uniforme elegante que consisten en un chaleco dorado sobre camisa negra, sus movimientos al barajar y repartir cartas los ejecuta con eficiencia mecánica que habla de miles de horas de práctica. Una mesa de ruleta domina el centro del salón principal, su rueda giratoria hipnotizando a los espectadores que se acumulan alrededor, algunos con fichas en manos listas para apostar en el siguiente giro, otros simplemente observando el espectáculo mientras deciden si la fortuna les sonreirá lo suficiente como para justificar arriesgar su dinero. La mesa de dados se encuentra al frente del piano que adorna el casino, donde los apostadores gritan con cada lanzamiento, celebrando números ganadores con abrazos y palmadas en espaldas mientras maldicen números perdedores.
 
La mesa de billar se encuentra en un área ligeramente elevada cerca de la pared posterior, separada de las mesas de juego principales por una barandilla de latón pulido que marca una zona de entretenimiento alternativo para aquellos que prefieren competencia de habilidad sobre pura suerte. La mesa es una pieza magnífica de artesanía: madera de roble oscuro tallada con diseños intrincados en las patas, fieltro verde perfectamente tensado sobre la superficie de pizarra, y troneras forradas con cuero que reciben las bolas con sonidos satisfactorios que resuenan como pequeñas campanadas. Un hombre de joven edad y una mujer un par de años más vieja que el hombre, ambos vistiendo trajes que sugieren riqueza mercantil sin alcanzar el nivel de nobleza auténtica, circulan alrededor de la mesa con tacos en manos, mientras calculan ángulos y fuerzas necesarias para ejecutar tiros que demuestren su superioridad no solo en billar sino en todo aspecto de sus vidas competitivas. Varios vasos de whisky descansan en pequeñas mesas auxiliares cercanas, condensación goteando por los cristales mientras los jugadores alternan entre tragar alcohol y ejecutar tiros, su coordinación disminuyendo gradualmente con cada ronda completada pero su confianza aumentando proporcionalmente gracias a la magia del licor destilado. Las habitaciones VIP ocupan alcobas privadas distribuidas estratégicamente alrededor del perímetro del salón principal, separadas del área común por cortinas de terciopelo rojo oscuro que pueden correrse para crear ilusión de privacidad mientras aún permiten que sonidos de victoria y derrota escapen hacia el espacio general como publicidad involuntaria de las apuestas serias que ocurren en estos santuarios exclusivos. Cada alcoba contiene una mesa de juego más pequeña e íntima, generalmente de póker o blackjack de altas apuestas, donde los límites mínimos son suficientemente elevados como para excluir a apostadores casuales y garantizar que solo aquellos con fortunas sustanciales o disposición suicida hacia el riesgo financiero puedan participar. Una de estas habitaciones actualmente alberga una partida de póker particularmente intensa donde tres jugadores enmascarados empujan fichas hacia el centro con gestos que intentan proyectar confianza pero que ocasionalmente tiemblan revelando nerviosismo subyacente ante las sumas involucradas. Otra de las habitaciones está vacía, y la última se encuentra ocupado por una única persona buscando privacidad.
 
El piano ocupa una plataforma elevada cerca del centro del salón, posicionado para que su música pueda llenar todo el espacio sin dominar las conversaciones en las mesas más cercanas. El instrumento es una obra maestra de ebanistería. un piano de cola negro como medianoche, su superficie pulida hasta reflejar las luces del casino como espejo líquido, las teclas de marfil y ébano bailando bajo los dedos de quien actualmente las domina con maestría contagiosa. Sentado ante este instrumento está Maximilian Pegasus, el dueño y arquitecto de este imperio flotante de indulgencia. Es un hombre de cabello plateado largo cayendo hasta sus hombros como cascada metálica, rostro que podría tener cualquier edad entre treinta y cincuenta dependiendo del ángulo de observación y la luz que lo ilumina, vistiendo un traje rojo profundo que parece más apropiado para una persona excéntrica que para el propietario de casino. Sus dedos atacan las teclas con energía eléctrica mientras interpreta un jazz movido que hace que varios pies en el salón golpeen el suelo inconscientemente siguiendo el ritmo sincopado. Ocasionalmente levanta la vista del piano para escanear su dominio con ojos que brillan con satisfacción de creador observando su obra funcionando exactamente como fue diseñada, una sonrisa pequeña y enigmática jugando en las comisuras de sus labios mientras sus manos nunca pierden el ritmo que mantiene al salón entero vibrando con energía contenida que amenaza con explotar en cualquier momento.
 
La bóveda del casino está oculta detrás de una puerta de metal reforzado en la pared posterior del salón principal, su ubicación obvia pero su acceso claramente prohibido mediante una combinación de señalización amenazante y presencia física intimidante. La puerta es una pieza impresionante de ingeniería defensiva. Acero de tres pulgadas de espesor con remaches del tamaño de puños humanos, cerradura de combinación compleja que requiere conocimiento de al menos diez números en secuencia específica, y bisagras reforzadas que podrían soportar intentos de entrada forzada por parte de cualquiera menos los más determinados y equipados ladrones. Guardando esta puerta está un mercenario gyojin, una criatura que parece haber sido diseñada por pesadillas para aterrorizar a quienes consideran el robo como opción viable. Su piel tiene el tono amarillo mostaza y su estructura corporal es lo que realmente captura atención pues es extremadamente alto, midiendo siete metros y medio, con constitución que sugiere fuerza bruta capaz de doblar barras de acero como si fueran ramitas secas. Lo más distintivo es su cabeza, que parece haber sido moldeada siguiendo la estética de alguna criatura mítica prohibida, con placas óseas formando patrones geométricos que recuerdan vagamente a armadura natural, ojos que brillan con inteligencia fría que evalúa amenazas con precisión calculadora, y postura que transmite disposición inmediata para violencia si la situación lo requiere. Sus brazos cruzados sobre pecho masivo completan la imagen de guardián inamovible, mientras que su mirada recorre constantemente el salón buscando cualquier comportamiento sospechoso que pudiera indicar que alguien está considerando ideas muy estúpidas sobre lo que podría haber detrás de esa puerta de acero.
 
Los eventos que se desarrollan simultáneamente en cada zona del casino crean una sinfonía de actividad humana que continúa independientemente de la presencia que está a punto de materializarse desde las zonas de servicio. En la mesa de blackjack más cercana a la entrada, una mujer de unos treinta años acaba de recibir un blackjack natural que le gana el equivalente a seis meses de salario de un trabajador promedio, sus gritos de alegría atrayendo miradas envidiosas de mesas vecinas mientras el crupier paga su apuesta con la expresión neutral de quien ha visto mil victorias similares y sabe que estadísticamente la mayoría de estos ganadores temporales devolverán todo ese dinero y más antes de que termine la noche. En la ruleta central, la bola acaba de detenerse en el número trece negro, causando que un anciano que había apostado todo su dinero restante en rojo maldiga al destino con voz quebrada antes de levantarse tambaleándose y dirigirse hacia la salida, su noche de diversión transformada en pesadilla financiera que probablemente afectará su vida durante meses venideros. La mesa de dados está experimentando una racha ganadora improbable donde el lanzador ha conseguido siete tiradas consecutivas favorables, la multitud alrededor creciendo con cada éxito mientras apostadores que normalmente no tocarían los dados están siendo seducidos por la ilusión de que la suerte está fluyendo tan generosamente esta noche que cualquiera puede capturar un poco si simplemente participa. Las personas en la mesa de billar acaban de completar su partida con victoria estrecha para la chica, quien celebra con un trago dramático de whisky y oferta de otra ronda que su oponente acepta con sonrisa tensa que oculta mal su irritación por haber perdido ante alguien que claramente considera inferior en todos los aspectos excepto esta habilidad específica con tacos y bolas de marfil. En una de las habitaciones VIP, la partida de póker enmascarada ha alcanzado un punto crítico donde dos jugadores están en all-in con montañas de fichas que representan sumas suficientes para comprar propiedades pequeñas, las cartas comunitarias revelando posibilidades que hacen que ambos jugadores suden visiblemente bajo sus máscaras mientras esperan el river que decidirá si salen de aquí ricos o arruinados. El mercenario gyojin frente a la bóveda ha notado a un grupo de tres hombres que han estado circulando cerca de su posición durante los últimos quince minutos, fingiendo interés en las mesas de juego cercanas, pero lanzando miradas demasiado frecuentes hacia la puerta de acero, su lenguaje corporal gritando intenciones criminales que cualquier guardia de seguridad competente puede leer como libro abierto. Su postura se ha endurecido imperceptiblemente, músculos tensándose bajo su piel azul oscura mientras prepara respuestas apropiadas si estos idiotas deciden que sus probabilidades de éxito son mejores de lo que objetivamente son.
 
Es en este momento de actividad coordinada y caótica cuando Ubbe y Sigurd emergen finalmente desde los pasillos de servicio, habiendo dejado atrás sus cargas en el almacén y sus uniformes robados de trabajadores. Los billetes en sus manos brillan bajo las luces del casino, y sus figuras colosales capturan inmediatamente la atención de todos los presentes creando ese momento de silencio suspendido que ocurre cuando algo inesperado irrumpe en un espacio que creía haber visto todo. Dos okamas materializan desde posiciones estratégicas cerca de la entrada del salón principal como si hubieran estado esperando específicamente la llegada de estos gigantes, sus movimientos fluidos y exagerados mientras se aproximan con sonrisas que son simultáneamente acogedoras y calculadas. El primero es alto y delgado, vistiendo un vestido verde esmeralda que se ajusta a su figura como segunda piel, maquillaje aplicado con precisión profesional que transforma su rostro en obra de arte andrógina, y peluca rubia rizada que se balancea hipnóticamente con cada paso de sus tacones imposiblemente altos. El segundo es más bajo, pero igualmente dramático, envuelto en un kimono modificado de color púrpura con estampados florales dorados, pestañas postizas tan largas que parecen poder generar brisa cuando parpadea, y voz que emerge como miel mezclada con terciopelo cuando habla – “Oh honey, honey, honey,” – ronronea el okama del vestido verde mientras rodea a Sigurd con sus dedos con uñas pintadas de rojo brillante rozando ligeramente el brazo del buccaneer como si estuviera probando la calidad de la mercancía – “qué especímenes tan magníficos nos han bendecido con su presencia esta noche.” – Su voz sube y baja en escalas que desafían categorización de género, cada palabra cargada con insinuación que podría interpretarse como inocente o completamente obscena dependiendo de la perspectiva del oyente. El okama del kimono púrpura se ha posicionado frente a Ubbe, bloqueando su camino hacia las mesas de juego con una sonrisa que revela dientes perfectamente blancos que podrían ser naturales o resultado de trabajo dental excepcional – “Honey, puedo sentir que esta noche va a ser especial para ustedes” – dice mientras agita un abanico decorado con cerezos en flor – “pero todos sabemos que la suerte necesita un pequeño empujón, ¿verdad? Y nosotras, bueno, nosotras tenemos exactamente el tipo de suerte que hombres grandes y fuertes como ustedes necesitan.” – Sus manos, decoradas con anillos que capturan la luz se mueven con gestos elaborados añadiendo drama visual a su discurso – “Por solo un poquito de su compañía” – continúa el del kimono – “nosotras les aseguramos que las cartas caerán a su favor, que los dados rodarán con sus números, que la rueda se detendrá exactamente donde ustedes necesitan que se detenga. Es un trato justo, honey, su encantadora presencia a cambio de fortuna garantizada.” – El okama del vestido verde ha completado su circunvalación de Sigurd y ahora está prácticamente pegado a su costado – “Y si después de ganar todas esas riquezas desean celebrar de maneras más... privadas” – susurra lo suficientemente alto para que Ubbe también pueda escuchar – “bueno, este establecimiento ofrece toda clase de entretenimientos para aquellos con gustos sofisticados y billeteras generosas.”
 
Ambos okamas esperan la respuesta de los buccaneer, sus cuerpos posicionados de manera que bloquean parcialmente el acceso directo a las mesas de juego, creando una barrera social que técnicamente puede ser ignorada pero que hacerlo requeriría rechazar abiertamente su oferta frente a todos los apostadores que ahora observan esta interacción con curiosidad apenas disimulada, algunos claramente divertidos por el espectáculo mientras que otros parecen genuinamente interesados en ver si estos dos titanes aceptarán la compañía ofrecida o si optarán por navegar las aguas del casino sin los supuestos beneficios de tener acompañantes que prometen suerte mediante mecanismos que ninguna persona racional debería creer pero que en un lugar dedicado al azar y la superstición parecen casi plausibles.
 

 
Resumen

Hides

Dinamicas Casino

Dueño Casino Pegaso

Mapa del Casino Pegaso
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
#8
Por fin estamos en el Gran Salón principal del prestigioso casino Pegaso. Sin duda, hace honor a su fama. Nada más entrar, con un vistazo simple, se siente el lujo y el privilegio en cada rincón. No hay ni un solo metro cuadrado que no esté medido al detalle y a la perfección. La luz auspiciosa de las lámparas de araña que cuelgan del techo, el suelo aterciopelado a juego con la iluminación y la estética adinerada de la sala, el sonido del dinero en movimiento acompañado con música en directo y armonizado con el cantar de las victorias y derrotas de los invitados. Todo es de primera categoría. Puede que demasiado opulento para un guerrero pirata como yo al que le encanta mancharse la manos de sangre y vísceras. Aunque como artesano, valoro mucho la atención al detalle y una arquitectura tan impecable.

No obstante, este lugar desentona tanto conmigo como yo en él. Y lo noto tan rápido que apenas he entrado y ya soy asaltado por la curiosidad ajena. Puedo sentir la mirada de la gente ante la incredulidad de nuestros tamaños y músculos perfectos, desde la admiración hasta el miedo. De nuestras formas de vestir y ser. Y aunque todo el mundo intenta seguir a lo suyo, pues aparentemente una sala de juegos debería de ser una sala libre de cualquier tipo de discriminación, siempre está quién se pasa de la ralla, quien bebe de más o mi favorito, quien peca de preguntón.
Dos personas, de aspecto andrógeno ambas, se acercan a nosotros con ganas de fiesta y desenfreno. Sus cuerpos me generan rechazo, aunque admiro su valentia y arrojo. No hay nada más honorable que ser uno mismo y no esconderse tras ninguna mascara. Pero por desgracia, escogen terriblemente sus palabras. Además, se toman demasiadas confianzas y el tono de voz... Ese tono de voz me genera escozor anal... -Mira, no tengo nada en contra tuya, criatura diminuta.- digo con carácter sosegado, sin mirar directamente al okama de verde. Me resulta más interesante el servir del bartender tras la barra. -Pero como me vuelvas a llamar "Joni" o algo del estilo con ese tono de voz irritante, te juro por mis ancestros que te partiré el cuello.- empiezo a caminar de frente, sin siquiera prestar atención a si se aparta o chica contra mí. Ya se moverá si no quiere ser aplastada. Una vez he avanzado un par de pasos, que aún me escuchan, farfullo. -Y por cierto... No necesitamos la suerte de nadie, y menos de dos moscardones como vosotras. Nosotros moldeamos nuestro propio destino y nuestra suerte... ¿No es así, hermano?- y busco la aprobación de mi pana con un toque de hombro jugón, que es un profesional a la hora de cerrar discursos épicos, con ese estilo tan propio.

Me dirijo a la barra donde sirven copas, atravesando la inmensa sala de juegos del casino. Es tan grande que incluso yo me siento pequeño. Puedo moverme libremente e incluso podría esquivar a la gente si me diera la gana del espacio que hay. No lo hago porque soy el más chulo y me gusta que las personas se aparten de mi camino, pero por poder, podría ser yo. Casino Pegaso, de mis lugares favoritos.
Ver la danza de los camareros sirviendo por las mesas y llevando aperitivos de un lado a otro es casi tan hipnótico como ver el movimiento ágil de las cartas y los dados en cada juego de azar. Revolotean a mi alrededor al ritmo de la música y cada vez que uno se aproxima lo suficiente, le meto mano al plato que lleva para meterme entre pecho y espalda cualquier picoteo. Todos me saben a mierda, pero hay tanta variedad y son tan raros que no me puedo resistir a coger uno tras otro. La música, de hecho, la toca un elegante pianista de pelos plateados y traje carmesí. No soy entendido en música, pero cada nota que sale del instrumento marca el compás de todos los trabajadores como si fueran bailarines profesionales y él, el director de orquesta.
Cerca de mi destino, la barra, me quedo embelesado por una ruleta de apuestas. El lanzamiento perfecto del croupier que hace girar la pelotita por los bordes de la mesa, el rebotar del marfil contra los separadores metálicos de los números, como la casilla verde se queda con la victoria y tumba la fortuna de todos los presentes... He de saborear la gloria ahí o morir en el intento, las copas pueden esperar. Engancho al camarero más cercano, uno joven que lleva la bandeja vacía y se dispone a recargar. -Oye camarero, disculpa...- Levanto el dedo índice para llamar su atención. Cerca, le hablo casi al susurro, con un rollo agradable, aunque imperativo. -Necesito dos cosas, colega. Urgente. La jarra de cerveza que le servirás al más picante de los Onis, al más grande de los gigantes y al más orgulloso de los Buccaneers, que soy yo. Eso lo primero.- cuando veo que se lo apunta en una libreta, sigo. -Y ahora y sin que apuntes, búscame a dos pivas de compañía bien majestuosas. Las mejores que tengas, que me gusta presumir. Dos Kuja o dos de lo que tengáis que me hagan compañía toda la noche.- le extiendo 20.000 berrys de forma descarada, enseñado que tengo cientos de miles. -Convence con esto y quédate con el cambio, campeón.- le doy un toque en la espalda con firmeza, en confianza.
Feliz y contento, no tarda en traerme lo que pido. La mejor bebida y la mejor compañía para el mejor pirata. Si destacaba por mi presencia, ahora destaco al completo, con un piquete galáctico. La gente me tomaría en serio no por mis músculos, sino por el dinero y por la facha que manejo. Hace tiempo que he perdido a Ubbe de vista. A saber cómo se las gasta ese. Capaz lo ha perdido todo, está siendo el más capo de la fiesta en algún juego o puede que esté hasta follando en algún baño. Me la suda, es hora de jugar.

Pasados unos minutos 

-¿¿¡¡CÓMO!!??- grito furioso pasados un par de minutos. Le grito al que dirige el juego en la propia ruleta. Doy un golpe en la mesa que lanza a volar todas las fichas de aquellos que comparten espacio conmigo. Algunos se asustan, otros admiran mi gallardía, hay de todo. Las mujeres que me ha traído el muchacho reposan sobre mis hombros y mis brazos, mientras que la jarra ya está acabada por completo. Me vuelvo a encarar al dealer. -¡Apuesta mínima 5.000 berrys mis cojones! ¿Me ves cara de crío, puto imbécil?- lanzo los más de 700.000 berrys en billetes sobre la mesa, como si fueran calderilla, en señal dominante. -¡¡MI PUTA CABEZA YA VALE 200 MILLONES!!- me delato como buscado, lo hago consciencia y orgulloso. Lo mismo de antes con los que juegan cinmigo, algunos temen, a otros les fascina. -¡¡Llama ahora mismo a tu jefe, porque me niego a jugar con cobardes que tienen miedo a perder dinero!!- le ordeno. -¡¡CONFÍO EN EL CORAZÓN DE LAS CARTAS Y BUSCO UN DUELO DE VERDAD!!- 

En efecto, cajita feliz
#9
El Casino Pegaso era una tormenta de luz, ruido y exceso que casi hacía cosquillas en los sentidos. Ubbe entró junto a Sigurd como si el lugar estuviera construido para ellos, y durante unos segundos simplemente dejó que el calor del ambiente, el olor a comida y a perfume caro, y el ritmo del piano se hundieran en sus huesos.
No tardaron en aparecer los primeros depredadores sociales; dos okamas envueltos en brillo, tacones imposibles y sonrisas afiladas como navajas de oro, diciendo que tendrían más suerte si pasaban la noche con su compañía. 
-GAHAHAHA… sois majas, baby, pero pa’ mi gusto os faltan un par de cositas grandes por aquí delante. Si tuvierais unas buenas torres… entonces hablamos, ¿eh? - Dijo mientras se señalaba los pectorales.
Ambos okamas se llevaron la mano al pecho, teatralísimos, ofendidos de broma, le lanzaron un beso cada uno y se apartaron, permitiéndole avanzar con libertad.
Ubbe siguió su camino entre mesas y bandejas como un gigante atravesando un mercado exótico. Le robó a un camarero un pincho sin siquiera mirarlo, saludó al pianista con una inclinación de barbilla, el flow de ese tipo era absurdo, y disfrutó cada segundo del mareo visual que ofrecía el Pegaso.
Fue entonces cuando la vio.
Una mesa de dados en la zona lateral, rodeada de murmullos y miradas.
Y a un lado, como reina natural del caos, estaba ella:
Una semioni de cuatro metros, bien armada, en todos los sentidos, tal y como le gustaban al Buccaneer. 
En ese momento no estaba tirando; al contrario, estaba recogiendo ganancias anteriores. Sus brazos fuertes y definidos guardaban fichas en una bolsa de cuero, y su vestido rojo resaltaba cada curva como si estuviera diseñado para reclamar atención.
Ubbe tragó saliva.
Literalmente.
Antes de acercarse, pasó por la barra.
-Dos Colas Zero, bien frías, man -ordenó.
El barman las sirvió con profesionalidad, dos vasos de cristal llenos de esa bebida de color oscuro, bien de hielo, haciendo sudar los propios vasos de la condensación. 
-¿Para usted y…?
Ubbe movió la barbilla hacia Ravena.
El barman sonrió.
-Ravena. Buena suerte con esa... - Ubbe rio brevemente, como si fuera una risa para oírla solo ellos dos, y le guiñó el ojo con confianza. -La suerte la pongo yo, baby.
Con las latas en mano, se acercó a la mesa de dados. Ravena levantó la mirada justo cuando él dejó una de las Colas Zero delante de ella.
Ella arqueó una ceja.
-No se me suelen acercar así, impongo demasiado respeto a los hombres normales -dijo, con tono que mezclaba interés y evaluación.
-¡Exacto baby! Este Buccaneer no es normal, yo solo doy frío a quien lo calienta todo, baby -respondió Ubbe, inclinando ligeramente la cabeza.
La sonrisa de Ravena fue lenta, ladeada, peligrosa. La aceptó, bebió, y él tomó asiento a su lado, sintiendo un cosquilleo extraño en la nuca. No de miedo, sino de anticipación.
Hablaban con una naturalidad que sorprendía incluso al propio Ubbe.
Guerras, cicatrices, anécdotas ridículas, entrenamientos extremos. Cada frase alimentaba la química.
Cada gesto movía el hilo de tensión.
Y entonces, sin romper el ritmo, Ubbe decidió que era el momento perfecto para acompañar la charla con espectáculo.
Depositó 5.000 berries en el tapete verde.
Las fichas resonaron con un sonido redondo, casi ceremonial.
Ravena se cruzó de brazos, elevando aún más su imponente figura.
-¿Intentando impresionarme? -preguntó con una sonrisa que prometía problemas maravillosos.
Ubbe solo sonrió, sobraba cualquier palabra.
Tomó los dados con su enorme mano. Los levantó, los sintió vibrar.
Los agitó con un movimiento seguro, casi artístico, y los lanzó con fuerza justa.
Se deslizaron, chocaron, giraron, bailaron en la mesa…
Cayó un dado... 4, el otro fue detrás... 3
Un 7
- ¡GAHAHAHA! - Ube rió por la tensión, pero antes de que el resultado importara, un rugido familiar atravesó todo el salón.
La ruleta estalló en gritos, fichas por los aires, mujeres abrazando a Sigurd y el gigante exigiendo duelo al croupier como si fuera una guerra ancestral.
Ubbe soltó una carcajada monumental que hizo temblar la mesa.
Ravena también rió, llevando una mano a su cadera.
-Tu amigo… es un huracán.
Ubbe chasqueó los dedos, recogiendo su bebida y saldando con el crupier de la mesa el resultado del juego, fuera cual fuera, a Ubbe no le importaba una mierda con ese monumento a su lado, y con su hermano montando follón por otro lado.
-Baby… eso no es un huracán, ¡eso es un Buccaneer en el día más tranquilo!
Ubbe le ofreció el brazo a la mujer.
Ella lo tomó asintiendo.
Y juntos caminaron hacia la ruleta, mientras el Pegaso entero giraba a su alrededor como un teatro montado solo para ellos.

INFO
#10
Los okamas intercambian miradas rápidas que dicen todo sin necesidad de palabras, sus expresiones pasando de la seducción a algo más genuino que podría ser respeto o quizás simple reconocimiento de que estos dos gigantes no son el tipo de clientela que responde bien a sus técnicas habituales. El okama del vestido verde retrocede medio paso cuando Sigurd avanza sin siquiera mirarlo, sus tacones imposiblemente altos cliqueando contra el suelo aterciopelado mientras realiza una pequeña reverencia que es mitad disculpa mitad teatro, claramente eligiendo la supervivencia sobre la insistencia – “Oh sweetheart, entendemos perfectamente” – dice con voz que ha perdido toda la melaza anterior – “no todos aprecian nuestro tipo especial de compañía, y eso está completamente bien.” – Se gira hacia su compañero del kimono púrpura con un movimiento que hace que su vestido verde gire como campana – “Vamos, dejemos que estos caballeros disfruten del casino a su manera.” – El okama del kimono púrpura asiente mientras observa a Ubbe con expresión que mezcla diversión y algo que podría ser decepción genuina ante el rechazo – “Una pena, darling” – dice con sonrisa que sigue siendo cálida a pesar del rechazo – “pero respetamos la honestidad. Disfruten de la noche, y si cambian de opinión” – hace un gesto con su abanico tapando la mitad de su rostro – “estaremos por aquí, siempre disponibles para aquellos con mentes abiertas.” – Ambos okamas se retiran hacia los márgenes del salón donde otros apostadores están más receptivos a sus ofertas de suerte comprada mediante compañía cuestionable, sus figuras desapareciendo entre la multitud.
 
Sigurd atraviesa el salón principal con la confianza de conquistador que nunca ha conocido territorio que no pueda reclamar como propio, su masa corporal haciendo que apostadores y meseros se aparten instintivamente creando un camino despejado hacia la barra. Los camareros que revolotean por el salón con sus bandejas cargadas de tapas infinitas parecen orbitar alrededor del gigante como satélites alrededor de planeta masivo, y cada vez que uno pasa suficientemente cerca, la mano de Sigurd intercepta el plato con movimiento casual que roba gambas, croquetas, pinchos y aceitunas sin siquiera interrumpir su caminata. El barman observa la aproximación de Sigurd con la expresión neutral de profesional que ha servido a toda clase de clientela y que ya nada lo sorprende, sus manos continuando su danza automática preparando cócteles para otros clientes mientras espera que el gigante alcance la barra y declare sus intenciones. Cuando Sigurd finalmente llega e intercepta a un camarero joven cuya bandeja vacía sugiere que está en camino a reabastecerse, la transacción es rápida y eficiente: palabras susurradas, billetes cambiando de manos con discreción que contrasta con el tamaño imposible del gigante, y un asentimiento de comprensión del joven que claramente ha recibido solicitudes similares suficientes veces como para no necesitar elaboración adicional. El camarero desaparece entre las sombras del salón con prisa que sugiere que cumplir esta solicitud rápidamente resultará en propina generosa, mientras que el barman finalmente recibe la atención completa de Sigurd cuando el gigante se acomoda en uno de los taburetes que protesta audiblemente bajo su peso pero aguanta gracias a ingeniería que anticipó clientes de todos los tamaños. La jarra que llena el barman es una pieza impresionante de cristal tallado, su capacidad de aproximadamente dos litros creando una montaña de espuma dorada que se desborda ligeramente por los lados mientras el barman la desliza hacia Sigurd con movimiento practicado que evita derramar una sola gota adicional.
 
Ubbe, mientras tanto, ha navegado el salón con sus propios propósitos en mente, su solicitud al barman de dos Colas Zero ejecutada antes de que sus ojos capturen algo que hace que su trayectoria cambie. La mesa de dados en la zona lateral está rodeada por apostadores cuyas expresiones varían entre esperanza desesperada y resignación fatalista, pero lo que realmente captura la atención del gigante es la figura que domina ese espacio como reina en trono invisible. Ravena es una semioni de cuatro metros que hace que incluso Ubbe tenga que ajustar su perspectiva habitual sobre lo que constituye presencia imponente. Su vestido rojo se ajusta a su figura como segunda piel diseñada por artista que comprende exactamente cómo acentuar curvas que podrían iniciar guerras si se mostraran en contextos menos civilizados, sus brazos definidos brillando bajo las luces del casino mientras recoge fichas ganadas en rondas anteriores y las guarda en bolsa de cuero que parece pequeña en sus manos pero que probablemente contiene suficiente dinero como para comprar varias propiedades. Su cabello cae en ondas oscuras sobre hombros mientras que sus ojos escanean el salón. La aproximación de Ubbe con las dos Colas Zero se lleva a cabo con confianza, y cuando deja una de las bebidas frente a Ravena, la interacción inicial establece inmediatamente que ambos reconocen en el otro a alguien que opera en frecuencia similar. Cuando Ubbe finalmente decide que el momento es apropiado para añadir espectáculo a la química creciente, deposita cinco mil berries en el tapete verde de la mesa de dados con movimiento que hace que las fichas resuenen al chocar entre ellas. Ravena se cruza de brazos elevando aún más sus grandes tetas, una sonrisa jugando en sus labios que promete que esta noche va a ser memorable de maneras que ninguno de los dos puede anticipar completamente todavía. Ubbe responde solo con sonrisa que dice más que mil palabras mientras toma los dados con su mano enorme, sintiéndolos vibrar con potencial de cambiar fortunas o al menos crear momentos dignos de recordarse durante años. Los agita con movimiento que es mitad ritual mitad performance, y los lanza con fuerza justa que los envía deslizándose por el tapete verde donde chocan, giran, bailan ejecutando su coreografía caótica hasta finalmente detenerse revelando sus caras superiores. Cuatro. Tres. Siete.
 
El crupier que maneja la mesa de dados es un hombre de mediana edad con expresión que ha visto suficientes lanzamientos como para no emocionarse por ningún resultado particular. Los dados salen de su mano con giro perfecto que habla de décadas de práctica, y cuando finalmente se detienen, sus caras superiores revelan números que hacen que varios apostadores alrededor de la mesa susurren entre ellos. Cinco. Cuatro. Nueve – “La casa gana” – declara el crupier con voz neutral que no contiene ni satisfacción ni lástima, simplemente hecho declarado mientras sus manos recogen las fichas de Ubbe. Los cinco mil berries desaparecen hacia las arcas del casino como agua absorbida por arena, la primera pérdida de la noche para el gigante pero difícilmente la última si continúa apostando con la casualidad de quien considera el dinero como recurso renovable. Ubbe apenas registra la pérdida, su atención dividida entre Ravena cuya sonrisa ha crecido ante la demostración de que este hombre apuesta con la despreocupación de quien no teme las consecuencias, y el rugido que de repente atraviesa todo el salón desde la dirección de la ruleta donde Sigurd ha decidido aparentemente que las reglas del establecimiento son sugerencias opcionales en lugar de mandatos absolutos.
 
El grito de Sigurd corta todas las conversaciones, su voz cargada con indignación que hace vibrar los cristales de las lámparas de araña. El golpe que da sobre la mesa de ruleta lanza fichas volando en todas direcciones como pequeños proyectiles coloridos, algunos aterrizando en bebidas de apostadores cercanos mientras que otros ruedan por el suelo aterciopelado donde serán eventualmente recogidos por personal de limpieza. Los apostadores que comparten la mesa reaccionan algunos retrocediendo con miedo, otros se inclinan hacia adelante con fascinación, y un par simplemente continúan bebiendo como si erupciones de gigantes furiosos fueran parte regular de su experiencia nocturna. Las dos mujeres que el camarero joven ha conseguido para Sigurd están colgadas sobre sus hombros y brazos como accesorios vivientes, las tetas de ambas mozas divididas por aquellos bíceps inmensos del buccaneer, sus vestidos ajustados y maquillaje identificándolas como el tipo de compañía que se alquila por horas y que sabe exactamente cuándo hablar y cuándo simplemente lucir decorativa. No se apartan ante la furia de su cliente temporal, habiendo visto suficientes explosiones emocionales en sus carreras como para reconocer la diferencia entre enojo dirigido hacia ellas y enojo dirigido hacia circunstancias externas. Sigurd lanza más de setecientos mil berries en billetes sobre la mesa con gesto que es simultáneamente dominante y completamente carente de respeto hacia el dinero que representa meses de trabajo para personas ordinarias. Los billetes caen como lluvia verde sobre el tapete de la ruleta, algunos flotando momentáneamente en el aire antes de asentarse en montones desordenados que el crupier observa con expresión que ha pasado de neutral profesional a ligeramente alarmada. La revelación de que Sigurd es un criminal buscado con recompensa que excede el producto interno bruto de islas en pobreza extrema crea onda de murmullos que se expande por todo el salón como un virus.
 
La música de jazz que había estado llenando el salón se detiene abruptamente cuando los dedos de Maximilian Pegasus se levantan de las teclas del piano, el silencio resultante tan completo que el sonido de fichas cayendo en mesas distantes se escucha con claridad cristalina. El dueño del casino se levanta de su banco con movimientos que son fluidos y deliberados, su traje rojo profundo brillando bajo las luces como si estuviera hecho de sangre mientras desciende de su plataforma elevada con pasos que no tienen prisa porque sabe que todos los ojos están ahora fijos en él esperando ver cómo manejará esta situación que amenaza con desestabilizar la atmósfera cuidadosamente cultivada de su establecimiento. Maximilian atraviesa el salón con presencia que hace que apostadores se aparten automáticamente creando camino despejado, su cabello plateado capturando la luz de manera que parece brillar mientras sus ojos evalúan la escena en la mesa de ruleta con expresión que no revela nada de sus pensamientos internos. Cuando finalmente alcanza la posición donde Sigurd está parado rodeado por fichas voladas y billetes desparramados, se detiene a distancia que es lo suficientemente cerca para conversación pero lo suficientemente lejos para evitar parecer una confrontación contra el buccaneer – “Caballero” – dice Maximilian con voz que es suave como seda pero que lleva autoridad innegable de quien nunca ha necesitado gritar para ser obedecido – “bienvenido a mi casino” – sus manos se extienden junto con sus brazos de par en par – “comprendo tu frustración con las limitaciones que hemos establecido en nuestras mesas públicas. Sin embargo” – hace un gesto elegante con su mano que abarca todo el salón – “estas reglas existen para garantizar que todos nuestros huéspedes puedan disfrutar del juego sin sentirse intimidados por apuestas que exceden sus capacidades financieras.” – sus ojos, que parecen cambiar de color dependiendo del ángulo de la luz, se fijan en los billetes esparcidos sobre la mesa antes de retornar a Sigurd con algo que podría ser diversión genuina mezclada con curiosidad profesional – “Hablas del corazón de las cartas como si fuera algo más que superstición” – dice con voz que lleva un toque de desafío envuelto en terciopelo – “y proclamas buscar un duelo de verdad. Muy bien, permíteme ofrecerte exactamente eso.” – Maximilian hace un gesto elegante hacia las mesas de juego que rodean el salón, sus dedos moviéndose como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible – “Demuéstrame que esa convicción tuya tiene sustancia. Gana cinco juegos consecutivos contra la casa, en cualquier juego que elijas, y te consideraré digno de nuestras salas VIP donde las apuestas no tienen los límites que tanto te ofenden.” – Su sonrisa se ensancha ligeramente, revelando dientes perfectamente blancos – “Pero deben ser cinco victorias seguidas, sin interrupciones. Una sola derrota y comenzarás desde cero. Si realmente EL CORAZÓN DE LAS CARTAS te sonríe como proclamas, esto debería ser trivial para alguien de tu calibre. ¿Aceptas el desafío, o tus palabras son más grandes que tu fortuna?”
 

 
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