Una velada en Samba [T3, P.A.]
#1
[Selva Anozama, Reino de Samba,
92 de otoño,
año 16]


OST

Cuando Iggy Rock despertó, apenas pudo reconocer el lugar que lo rodeaba. Su pelo, hecho un desastre; su aliento, fétido. Un hilillo de baba colgaba aún de su boca. De forma absolutamente increíble, se había quedado sobado sobre un taburete, sin necesidad de apoyar la espalda sobre nada. Su cabeza, sin embargo, colgaba hacia atrás, coqueteando con la dislocación o la lesión cervical. Supo que aquello le pasaría factura. En su bolsillo seguía pesando el Corazón, como Pran había llamado a aquel octaedro rosa, aquella gema que había costado una veintena de vidas en el New Piano días atrás. No supo qué hacía allí, ni qué hora era, ¡ni siquiera tenía claro qué día! El lugar carecía de ventanas, y el ambiente hubiera resultado enormemente opresivo de no ser por la rítmica música que salía de un Den Den Mushi sobre un estante. El suelo era muy oscuro, y casi costaba distinguir si se trataba de piedra o de una madera enormemente pulida y desgastada; las paredes, en cambio, mezclaban madera ricamente tallada con patrones geométricos dorados y negros, en mosaicos que en otra época se hubiesen llamado art deco. El lugar era pequeño, pero pulcro, con un algo clásico, y el resto de la clientela parecía enormemente distinguida; el bar estaba a medio llenar, y todos llevaban prendas de lo más elegantes. A los lados de lo que debía de ser la puerta, dos mujeres altísimas, cada una con un sable al cinturón, hacían guardia. Evidentemente, en aquel lugar alguien como Iggy llamaba la atención aún más que de costumbre.

Nadie parecía echar demasiada cuenta a Iggy, a excepción del camarero, de bigote finísimo, ataviado con un elegante chaleco negro y ligas en las mangas de la camisa, que se acercó al pelimorado. "Buenos días, ¿el señor querrá algo de beber?," inquirió mientras agitaba una coctelera. En una de las mesas, un mink cerdo, vestido con refinada sobriedad y un traje negro de seda, lanzó un par de dados sobre una mesa. Cuando los dados dejaron de rodar, el corrillo a su alrededor estalló en un pequeño jolgorio en el fulgor de la partida. Inmediatamente, y con una sonrisa, un tipo de unos tres metros, que casi se daba con el techo del local, le llenó la copa de champán espumoso. Una elegante mujer de piel morena y pelo azulado emergió del grupo y se aproximó a la barra, a tan solo un par de metros de Iggy, si bien no le dirigió la mirada en ningún momento. Pidió una copa de Pinot Noir y, dando un sorbito, escribió algo con letra impecable sobre un pedazo de papel, que se guardó en el bolso inmediatamente, antes de girarse y volver por donde había venido, copa de vino en mano. Tres tipos, que hasta entonces habían estado bebiendo y fumando con tranquilidad en torno a una mesita alta, salieron por una pequeña puerta lateral, introduciéndose en lo que debían de ser los privados del local. Al otro lado del bar, un joven de prominentes patillas con un traje verde oscuro mostraba con teatralidad una daga enjoyada a un grupito entusiasta. Junto a él, un gyojin lanzón picudo con una cicatriz en el pómulo permanecía de brazos cruzados, dando constantes caladas a un enorme puro y haciendo comentarios sarcásticos sobre la cuestionable calidad del arma. En el Berryelder, que así se llamaba aquel sofisticado local, el ambiente era, además de indiscutiblemente elegante, distendido y relajado.

"¡Veintisiete y dos cuartos!," exclamó repentinamente el mink cerdo, chasqueando sus dedos, justo cuando una tontatta con sombrero de copa, de pie sobre la mesa, iba a lanzar otro par de dados ante la expectante multitud. Los presentes estallaron en risa y vítores, sin dejar de observar con atención cómo los dados rodaban sobre la madera. Las dos mujeres apostadas en la puerta continuaban su vigilancia en silencio, imperturbables, contemplando a la variopinta clientela con discreción desde sus gafas de cristales ahumados. Quién sabe en qué estarían pensando. Alrededor de Iggy, el extraño y oscuro bar, en el que todo se hacía a la luz de pequeñas lámparas de aceite que colgaban del techo y las paredes, y que a duras penas eran suficiente para iluminar las caras de los presentes, parecía continuar con su rutina, en la que el pelimorado se había visto envuelto de alguna forma.

Off
#2
Poco a poco fui abriendo los ojos, acostumbrándome a la luz artificial de aquel local. Mi espalda crujió al reincorporarme sobre mi mismo, giré los hombros para calentar los músculos un poco y me puse a dar vueltas en el taburete de asiento giratorio sorprendido del local en el que había acabado esta vez. Otro día que no volvía a acordarme de nada. “Otro día la misma mierda.” Pensé mientras deducía un poco la situación, ya que me parecía extraña. El local, la gente, el ambiente… Era completamente alejado de lo que era yo. ¿Enserio había entrado a este bar de pijos por cuenta propia? Además con mis pintas que pese a no ser las peores que lhabía llevado en samba dejaba mucho que desear, pues comparado con los trajes caros y de diseño del resto de clientes yo calzaba mi clásico chaleco rojo sin mangas y con el cuello cubierto de pelo, sin camisa y con pantalones de cuero y botas de plataforma.

Me limpié la comisura de mis labios que aún sentía espesa por mis babas de recién levantado con la muñeca, y en ese instante escuché la voz del camarero ofreciéndome una copa. Si un par de vueltas de nuevo en mi asiento hasta mirarle a la cara. Me quedé ensimismado por unos segundos, como si no hubiese entendido la pregunta, ¿Enserio tengo tanta pinta de borracho que nada más me ofrecen una copa nada más despertar? Que rápido me la cala la gente. -Si pero… Antes que nada señor bigote prepuberto. ¿Dónde coño… -Mis palabras se trabaron en cuanto una mujer despampanante apareció de la nada para ponerse a mi lado y pedir una copa de vino. Mi expresión me delataba, era obvio que su físico me había impresionado, al menos lo suficiente para detener mi verborrea constante de idioteces que suelo soltar por mi boca.

-Sírveme lo mismo que a ella. -Respondí finalmente cuando volvió con su copa a perderse entre la multitud que se agolpaba tirando los daditos. -Y te apuesto cien berries a que me hago a ese pibón antes de que termine el día o noche… Bueno no sé qué hora es pero que más da. Antes de que se vaya. -Mientras me servía contemplé al resto de personas, a los tipos que se dirigían a una zona más tranquila a hablar de asuntos privados y otros contemplando una daga que a simple vista parecía bastante valiosa. Desde luego nadie en pasaba desapercibido, cada quien destacaba a su manera. Por supuesto deduje al no ver q mi pajarraco por ninguna parte que en este sitio no dejarían la entrada a animales por lo que Travis seguramente estuviera fuera esperando a que un servidor saliera.

Una vez me sirvió la copa me levanté de mi asiento y caminé lentamente hacia la multitud que contemplaba el juego de azar, pero antes de llegar asentí en señal de respeto a las dos chicas que vigilaban la puerta, para que iba a mentir, me daban mal rollo su altura y semblantes de seriedad, como si no tuviesen alma alguna, me producían escalofríos, si había vigilancia debía no liarla, al menos no demasiado.

Finalmente llegué hasta el resto de personas que se aglomeraban alrededor de la mesa que presidia el mink gorrino. Me situé al lado de la señorita la cual me había llamado la atención en la barra. -¿En qué consiste? -Le pregunté como si nada, denotando algo de pasividad en mis palabras, dando un pequeño sorbo al vino, tratando de entender las reglas de aquel juego de suerte.

Cositas
#3
OST

El camarero no pareció inmutarse ante la faltada de Iggy, ni ante lo inusitado de su pregunta. Hubiese cabido esperar que, sea cual fuera el tiempo que Iggy llevase allí, el elegante camarero hubiera estado al tanto. Tampoco pareció tener nada que comentar sobre el, como siempre, estrafalario aspecto del joven. Continuó agitando la coctelera con firmeza, con la maña de quien conoce bien el oficio. "Está en el Berryelder, claro," afirmó, asintiendo con la cabeza ante la exigencia del pelimorado y esbozando una sonrisa. No era la primera vez que le decía exactamente eso, pero el joven, claro, no lo recordaba. Mientras Iggy afirmaba apostarse cien berries a que se ligaba a la mujer, el camarero sonrió profesionalmente y asintió con la cabeza. Con parsimonia, terminó de agitar el cóctel que estaba preparando y lo sirvió en un vasito con hielo. Mientras seguía escuchando a Iggy y asintiendo con la cabeza, sirvió una segunda copa de Pinot Noir y la colocó delante del joven, deslizándola con un movimiento controlado sobre la madera pulida. "No soy jugador," aclaró, poniendo ambas manos sobre la barra y bajando el tono, como si estuviera confesando algo íntimo, "pero, si lo fuera, le doblaría la apuesta a que no," afirmó, con una sonrisa cómplice, antes de volver a su labor.

A su alrededor, la vida en el Berryelder seguía como si nada. Aquel minúsculo bar era un mundo demasiado grande, con demasiada entidad, como para agitarse con su despertar. Tras una pared, se oyó cómo algo caía al suelo, pero nadie pareció darle importancia, el sonido quedando ahogado por el mobiliario, la charla y la música. El gyojin de la cicatriz, sujetando su puro con la mano derecha y usándolo para gesticular, hizo algún tipo de chiste de mal gusto a costa de la daga que el hombre del traje verde mostraba a la multitud, levantando ácidas carcajadas entre los pesentes. "¡... si te oyera Batale, desgraciado!," respondió el joven de las patillas, apenas pudiendo contener una carcajada. El aire, frío pese a todo, estaba impregnado del olor de la tierra, del vino, de diversos tipos de licores y de la madera barnizada. El mink cerdo y el tontatta, que parecían ser las auténticas estrellas del juego en aquel lugar, continuaban su partida, provocando vítores y bullicio entre sus muchos espectadores.

Cuando Iggy hizo un gesto hacia las dos guardias apostadas junto a la puerta del establecimiento, le fue imposible saber qué pensaron, o siquiera si lo habían visto. Tras las gafas de cristales ahumados, las dos mujeres parecían más bien dos pálidas estatuas, altas, espigadas, pálidas, vestidas de gris, sin apenas moverse o gesticular. De hecho, Iggy no vio a nadie más dirigirles siquiera una mirada; para los demás presentes, aquellas dos eran casi como una decoración más. O eso, o los demás también sentían ciertos escalofríos ante su presencia. Tuvo que pasar entre varias personas, recibiendo algún codazo disimulado, escuchando mil conversaciones ajenas que se negaban a ser interrumpidas por su paso: "-ro es más de lo mismo," "lo del New Piano ha si...," "... ayer a las ocho," "el tío le pegó una buena," "tú haces una gira por S...," "-ran tiene al jefe muy cabreado," "-tá pensando en jubilarse." Teniendo que apartar a la fuerza a algún que otro tipo, para llegar a situarse junto a la mujer de pelo azul, pero finalmente lo logró.

La mujer de pelo azul, que le sacaba un par de cabezas, tardó en percatarse de su presencia. Instintivamente, o tal vez por costumbre, se tapó la boca con su mano enguantada para responder: "Es el vingt-et-set. Tiran dados y sacan carta. Gana el que más se acerque al veintisiete. Y si se pasan, lo pierden todo," afirmó, dirigiendo una mirada a Iggy. "Retzer ya ha ganado cuatro veces, le ha sacado hasta el barco, y ya te puedes imaginar cómo se va a poner Tell," aseguró con una sonrisa, afirmando elegantemente con la cabeza, antes de devolver su atención al juego. El bullicio los rodeaba, y su voz casi quedaba sepultada por el constante entusiasmo de la masa. Iggy pudo notar en su nuca cómo varias miradas silenciosas a su alrededor se clavaban en él. "¿Qué tal anoche?," inquirió la mujer repentinamente, sin levantar la vista de los dados, que seguían rodando sobre la mesa de aquí para allá. Por encima de los dados, el mink cerdo, que gustaba de medir la temperatura de su público, echó una mirada a Iggy. "¡Adelante, amigo!," jaleó repentinamente el mink, ante las risas del jugador tontatta. La mujer de pelo azul le hizo un ademán hacia la mesa, como para que se animase. Repentinamente, todas las miradas alrededor de la mesa estaban puestas en él. ¿Aceptaría el reto?

Off
#4
Según apartaba escuché las conversaciones de las personas de ese lugar, y varios nombres aparecieron en mi mente, New Piano, así era como se llamaba ese bar donde mi palanca se tiñó de rojo con la sangre de una veintena de personas. La gente de aquí parecía saber algo de lo que sucedió allí y tal vez si tenía suerte y preguntaba a la persona correcta sabría lo que es la gema que llevaba en el bolsillo del pantalón. 

Al llegar al lado de la esplendorosa mujer escuché sus palabras con atención, reí cuando mencionó lo del barco. Podría ser yo perfectamente si tuviese barco. Me tapé la boca al igual que lo hacía ella, no por precaución sino porque me pareció gracioso imitarle. -No sé quienes son Retzer y Tell pero nadie puede tener tan buena racha, llevo jugando a esta clase de partidas demasiado tiempo y sé que si alguien gana tantas veces es porque está haciendo trampas, y te lo dice un experto en ello. -Sonreí levemente al observar como a pesar de hablar conmigo su mirada seguía absorta en el juego. Realmente era preciosa, como su pelo azul varía por su rostro, tapando la mitad de este dándole un halo de misterio además de su porte y clase que derrochaba fuerza y elegancia. 

Estuve a punto de continuar con alguna parida hasta que escuché esa pregunta salir de sus labios, la cual se sintió como una flecha cargada de incertidumbre. "¿Qué tal anoche?” ¿Por qué? ¿Que había hecho yo anoche? Mi cara no pudo esconder mi incertidumbre por unos segundos pero rápidamente sacudí la cabeza y traté de recuperar un poco la compostura. Sonreí y cerré los ojos con confianza. -¿Anoche? Sinceramente no lo recuerdo, pero sí la hubiese pasado a su lado me acordaría de cada mínimo detalle, pues su belleza es tan deslumbrante que sería un pecado que cayera en el olvido. -“Joder Iggy que poeta estás hecho cuando te lo curras.” Pensaba para mí mismo mientras sonreía como un tonto sin disimular demasiado. 

La voz del cerdo fue lo siguiente que escuché invitándome a unirme al juego. No me quedaba mucho dinero pero tampoco perdía nada por intentarlo. -Si me disculpa… -Dije cediéndole mi copa a la mujer con la que estaba conversando hace unos instantes. -¿Podrías sujetármela un momento? Y la copa también. -Solté guiñando un ojo hacia detrás según daba un paso adelante para probar mi suerte. 

Toda magia tiene un truco, pero lo cierto es que más que para jugar, acepté para llamar la atención de los presentes, tomé ambos dados con mis manos y miré directamente al mink. -Vamos a ver si me acompaña la suerte esta noche. -Al terminar la frase los dados corrieron a lo largo de la mesa y tras ello comencé a a pedir cartas, agarré el borde de la mesa con fuerza y comencé a hablar. -Señoras, señores, cabrones de mierda… No penséis que no os he escuchado. -Mi tono era mucho más amenazante que de normal, pero sin perder ese aire de sarcasmo que tanto caracterizaba a mi voz. Mis ojos no se apartaban del tablero de juego según iba pidiendo cartas pues salían números bastante bajos. -Yo no os conozco a la mayoría de vosotros pero parece que algunos sí me conocéis a mí, pues os he podido observar mirándome disimuladamente. Así que decidme, que sabéis sobre Pran, New piano y lo más importante de todo… ¿a alguien le suba la palabra… Corazón? -Hice una pausa dramática hasta que mi apuesta se detuvo en veintitrés. Mi mirada denotaba que iba enserio pero la sonrisa burlona no se borraba de mi cara.

Me había pasado los últimos días tratando de conseguir respuestas y por una vez parecía estar cerca de conseguir alguna pista algo más esclarecedora de lo que ya sabía. -Porque si alguien sabe algo no me importaría compartir una copa con esa persona y compartir lo que yo sé de lo que sucedió en ese lugar. -Cncluí finalmente mientras el juego terminaba esperando que alguien estuviera más enterado que yo.

Karmas

Tiradas
#5
La mujer alzó una ceja cuando Iggy afirmó no conocer a Retzer y Tell, en un movimiento de perplejidad sutil, pero que se fue acentuando a medida que el muchacho continuaba con su explicación, afirmando que alguien debía de estar haciendo trampas en aquel juego. Se limitó a asentir con la cabeza, dando un traguito a su copa de Pinot Noir, mientras continuaba atenta al juego que transcurría en la mesa frente a ellos. Todo el mundo sabía que en el Berryelder no se hacía trampas, bajo ningún concepto. La mujer parecía haber dado por esencialmente terminada la conversación, pero Iggy volvió a la carga, esta vez con uno de los intentos de ligue más abismales que el Berryelder había avistado en sus años de existencia, y eso no era decir cualquier cosa. Si quedó impresionada por aquello, no resultó perceptible. Permaneció absolutamente impávida ante la exhibición poética de Iggy, aunque su expresión se torció significativamente ante la broma de sujetarle la copa. La tomó y, con su delicadeza habitual, la colocó rápidamente sobre la primera repisa que vio a su alrededor, mientras nuestro protagonista se dirigía a la mesa de juego. Nada, sin embargo, hubiera preparado a los presentes para la intervención que Iggy se disponía a hacer.

Iggy se acercó al borde de la mesa y lanzó los pesados dados de marfil, que empezaron a rodar sobre el tapete. Pese a que cada vez había más gente en el diminuto espacio, el bullicio alrededor de la mesa empezó a disiparse a medida que Iggy empezaba a captar su atención, proyectando su voz hacia el público que allí se había formado. El tontatta, haciendo gala de una enorme profesionalidad, continuó, sacando (no sin esfuerzo) un naipe de la baraja y colocándolo boca arriba delante de Iggy, para que todos pudiesen verlo. Los espectadores, que en su mayoría habían quedado en silencio sepulcral, comenzaron a intercambiar miradas perplejas ante las preguntas que lanzó el sonriente y confiado Iggy. ¿Pran, New Piano, Corazón? El mink cerdo, si lo oyó, no lo mostró, y, con enorme seriedad, se limitó a jugar su turno. Tomó los plúmbeos dados y los lanzó, sin perder detalle de cómo rodaban por la superficie. Mientras, Iggy continuaba hablando, ofreciendo una copa a quien supiese algo de lo que había tenido lugar días atrás en la terraza del New Piano, tal vez con el fin de aliviar tensiones. El público continuaba mudo. Los dados se detuvieron: uno y tres. El cerdo pidió carta: un quince. Se podía cortar la tensión con un cuchillo. Si se quedaba ahí, perdería la ronda, pero pedir otra carta era aún más arriesgado. La penalización por pasarse era mayor que por quedarse corto. Tragó saliva, y golpeó con sus nudillos sobre el borde de la mesa, confirmando que tomaría otra carta. El tontatta, con la sobriedad que requería el momento, sacó una carta más de la baraja. La puso boca arriba sobre la mesa. Providencial. "¡Veinticuatro!," exclamó repentinamente el crupier. El cerdo sonrió, el público estalló en vítores: otra victoria más para la estrella de la velada.

Sin embargo, todo el mundo enmudeció nuevamente cuando el mink colocó sus ojos sobre Iggy. Todas las miradas estaban puestas sobre ambos. "Un millón de berries," indicó, extendiendo la palma de su mano hacia el pelimorado, "o el Corazón, claro."

Pese a las sospechas de Iggy, y si bien los presentes eran el tipo de persona que hubiera estado normalmente encantada de esconderse alguna carta o usar algún dado de más, todos eran conscientes de que no era el lugar. Cada victoria sobre la mesa de juegos debía ganarse a pulso, a puro talento y suerte, sin trampa ni cartón. Y cada juego, a su vez, era una mano en la que uno se jugaba algo importante. Al fin y al cabo, aquel era el punto de reunión de la crème de la crème de los piratas, revolucionarios y otra chusma que pasaba por Samba. El elegante bar, cuya existencia solo era conocida por algunos miembros de los bajos fondos, era el speakeasy donde los corsarios más ricos y los mafiosos más elegantes iban a socializar entre iguales, a hacer negocios o a formar alianzas pacíficamente. En el Berryelder se tejían las relaciones que sostenían el bajo mundo de Samba, y de algún sitio más. Iggy pudo notar cómo el público de la partida se tensaba, esperando a que pagase su deuda. ¿Jugaría otra mano?

Off

Contenido Oculto
Contenido Oculto
#6
Comencé a reír descontroladamente, mis carcajadas llenaron todo el espacio de aquel peculiar local. ¿Era un l momento adecuado para tomárselo a broma? Probablemente no, pero no pude evitarlo. Realmente sentía esto como una emboscada, como si desde el minuto uno el plan de este cerdo y el de la gente de este local hubiese sido recuperar la gema que conseguí hace unos días. ¿Pero acaso se pensaba que iba a darlo tan fácilmente? Si era así estaba muy equivocado. Tras terminar la norma miré con un semblante serio al mink que se hallaba frente a mí, justo en el otro extremos de la mesa. -Mira, no sé cómo te has enterado que yo tengo esa cosa y si te soy sincero yo te la daría encantado pues no quiero cenar hamburguesa de cerdo esta noche ya que me estoy poniendo a dieta. -Lancé con desdén un par de monedas a la mesa la cual sumaban la cifra irrisoria de doscientos berries. -Eso es todo lo que llevo encima pues, soy un ladrón pero no soy imbécil. ¿Enserio me crees tan gilipollas para llevar todo lo que robo encima? 

Suspiré profundamente y guardé una de mis manos en el bolsillo izquierdo del pantalón de forma casual para resguardarla y que ningún ratero trate de sustraerla sin que me de cuenta. La otra sin parecer amenazante se dirigió a mi arma, no para usarla sino para estar preparado para cualquier cosa, pues notaba como el ambiente se tensaba.

-Por lo que por perder la partida, te puedo ofrecer ese dinero pues es lo único que llevo encima, además de una actuación gratuita del gran Iggy en exclusiva en el Berryelder. Pero si no estás de acuerdo, podemos salir fuera un momento y aclarar nuestras diferencias. Pues ninguno de los dos quiere llamar la atención más de la cuenta… ¿verdad? ¿O quieres se repita en este lugar lo que pasó en New piano?

El tono de mi voz nunca dejó de ser amenazante, casi invitaba a tomar la opción de salir fuera y aclarar todo por la fuerza. ¿Por qué la gente buscaba con tantas ansias el objeto que guardaba en mis pantalones? Di un salto hacia atrás para salir de la multitud. -Así que dime cerdito… ¿Prefieres paz o guerra? ¿Merece la pena jugarse la vida por un objeto que no tengo ni aquí? Además si acabáis conmigo, solo yo sé dónde está escondida. -Vacilé un poco más sacando la palanca de mi cinturón y haciendo un par de filigranas con ella, haciéndola girar como si fuera un maestro de artes marciales, esperando la respuesta del crupier y atento también a las reacciones del resto de clientes.

Off
#7
OST


El ambiente del Berryelder pareció helarse incluso antes de que Iggy estallase, por algún motivo, en carcajadas. El Den Den Mushi seguía reproduciendo música, el tipo de clásicos que le sentaban como un guante a noches como aquela, pero las risas y el bullicio habían cesado por completo. Solo se oyeron tintinear un par de copas, algún taburete girándose. De fondo, el camarero continuaba su labor, atareado, tras la barra. Todas las miradas del distinguido local, del speakeasy del submundo de Samba, estaban clavadas en él como frías astillas, con una multitud que parecía esperar a ver cuál era su siguiente paso. Más que estupor, entre los presentes predominaba la actitud de quien está más que acostumbrado a lidiar con jugadores problemáticos y malos perdedores. No era la primera vez que las pulidas paredes del Berryelder veían cómo alguien, simplemente, se negaba a pagar lo que debía tras perder una mano que no debería haber jugado. Era complicado para Iggy determinar si aquello había sido, de hecho, una emboscada, o si simplemente las cosas habían salido así de catastróficamente mal, dado que ni siquiera podía recordar cómo había llegado a entrar en aquel exclusivo club. Fuera como fuere, aquella era la situación en la que estaba envuelto ahora.

Las monedas tintinearon tristemente sobre la mesa, cayendo y rodando junto a los dados que acababan de sentenciar su suerte. Nadie pareció siquiera la irresponsabilidad, la rastrera falta de respeto del gesto que acababa de perpetrar. En la puerta del Berryelder, las dos enormes mujeres-estatua contemplaban directamente a Iggy. Podía sentir sus penetrantes miradas analizando cada uno de sus gestos, incluso tras los cristales oscuros de sus gafas. Ambas se habían limitado a colocar una mano en la empuñadura de su sable, contemplando la situación en silencio. Cuando Iggy metió la mano en el bolsillo, sin embargo, pudo percibir que allí no había nada. El bolsillo en que antaño reposaba el Corazón estaba ahora aún más vacío que el de las monedas. Cuando afirmó que ni siquiera tenía la gema allí, realmente dijo, sin haberlo anticipado, la verdad.

Cuando Iggy amenazó con que se repitiese lo del New Piano, seguido aquellas particulares florituras con la palanca de hierro, la multitud continuó muda, perpleja. La barra hizo silbar el aire a medida que el pelimorado realizaba un molinillo, como queriendo dar más peso a la amenaza que acababa de efectuar. El mink cerdo, que había quedado tan enmudecido como quienes los rodeaban, rompió el silencio con un lento aplauso. "Bravo. ¡Bravo, bravo, bravo, bravo!" clamó, sonriente, dando rítmicas palmadas. El estupor impregnó el ambiente, que se llenó de cejas arqueándose, miradas cruzándose, codazos y discretos cuchicheos. El cerdo se ajustó el cuello de la chaqueta con elegancia, haciendo un ademán con su otra mano hacia Iggy. "¡He aquí al autor de la masacre de New Piano!," exclamó, como presentándolo ante los parroquianos. Dio un par de pasos, caminando alrededor de la mesa. El tontatta crupier, que permanecía sobre la mesa, giró sobre sí mismo, siguiendo con la mirada al cerdo, que se aproximó algunos pasos hacia Iggy. "Resulta que el artista, el virtuoso, la leyenda, la estrella que se ha pasado todo el día durmiendo la mona en un taburete, delante de nuestras narices... ¡es el artífice de lo ocurrido el otro día!," explicó al público, por el que empezaban a correr murmullos y risotadas. Su tono de voz, la forma en que la proyectaba, cambió repentinamente tras decir aquello. "Y el muy hijo de la gran puta tiene las narices de venir a nuestro local... ¡a nuestra isla!," dijo, bajando la voz y colocando una mano sobre el borde de la mesa, "¡e intentar estafar al gran Retz en un juego de dados! ¡Y todo ello, haciéndose el héroe, tómandonos a todos por gilipollas!". Su expresión se había tornado sombría, y el público murmuraba con desaprobación. "¡Todo el mundo cree que este es un tugurio peligroso, que somos todos unos malandrines, gente mala que roba a los demás... y no le falta razón al que lo piense, ciertamente!," afirmó, con un timing comédico perfecto. El público se partió de risa. "Pero el Berryelder es una institución prestigiosa, en la que las puertas están abiertas a todo el que tenga algo que contar, a todo el que quiera trabajar, ¡a todo el que necesite una oportunidad!" exclamó, abriendo los brazos y buscando la aprobación del público, asintiendo con la cabeza. La muchedumbre le dio la razón. "Y así nos lo pagan," afirmó, haciendo un ademán con su dedo pulgar hacia Iggy. "Viniendo aquí a estafarnos, a robarnos, a meterse en los negocios del Sindicato, ¡pero también en los de todos los demás! Decidme, ¿creéis que eso está bien?," inquirió, pasando una mano por el hombro de Iggy con familiaridad y alzando una ceja. "Y encima nos amenaza... ¡Amenaza a toda la distinguida clientela de nuestro querido Berryelder! ¡A todos los que venimos aquí a charlar, a echarnos unas partidas, a disfrutar!" afirmó. "No, eso no está bien," se respondió a sí mismo, bajando la voz.

Lo siguiente fue un puñetazo en la mandíbula de Iggy, que le propinó con la misma mano con que había estado gesticulando hacia el público. Los dientes del pelimorado crujieron audiblemente bajo los anillos de oro del cerdo, que ni siquiera se dignó a mirarlo. Nadie en la audiencia pareció sorprenderse cuando ocurrió aquello, aunque más de uno se giró para ver cómo una de las dos enormes guardias de la puerta había empezado a caminar hacia la muchedumbre, en silencio, empezando a desenvainar el sable que colgaba de su cintura. Enfurecido, y habiéndose arremangado los puños de su camisa, Retz se disponía a continuar la tunda, aproximándose a Iggy tras el puñetazo. Agarró al pelimorado por las solapas de su chaleco rojo, e Iggy pudo percibir, tras el embriagador perfume de la colonia que llevaba, el furioso aliento que brotaba desde aquella boca de dientes puntiagudos y toscos. La muchedumbre empezaba a volverse más ruidosa, más revoltosa. Los nervios comenzaban a aflorar. Se olía en el ambiente que venía una pelea, una oportunidad que muchos de los allí presentes no estaban dispuestos a desperdiciar. Algunos empezaron a abrir paso, aterrorizados, ante la llegada de la guardiana, que caminaba en sepulcran silencio hacia Iggy y Retz. Su mano, blanca y de dedos alargados, sujetó la empuñadura del sable, que comenzó a salir de su vaina, silbando al rascar el brocal. Retz alzó el puño, mientras todos los músculos se su cuerpo se tensaban visiblemente.

"Suficiente."

Una voz calmada y ronca emergió de entre la muchedumbre, una voz llena de gravedad, de firmeza, de autoridad, incluso entre aquel hatajo de bandidos y maleantes; una voz abisal. Aquella palabra fue suficiente para que todo se congelase. Incluso la gélida guardiana gris se paralizó, permitiendo que el sable volviese a entrar en su vaina, sin inmutarse. Retz se detuvo en seco, alzando sus cejas y mirando en la dirección de la voz. El gentío se abrió, dando paso a un enorme gyojin de casi tres metros de altura, cuyas espinas casi rozaban las vigas del techo, vestido con una simple camisa blanca arremangada, un chaleco negro y pantalones oscuros a medida. Junto a él estaba la mujer de pelo azul. Su figura era sólida, pesada, y se parecía más a una masa viva de roca que a cualquier pez que Iggy hubiera visto. Su piel, grisácea y con parches irregulares verdosos y ocres, era rugosa, escarpada, con múltiples espinas, protuberancias y grietas que se asemejaban a formaciones rocosas. Según el ángulo, se le podría haber confundido con un trozo de coral. Su frente era ancha y aplastada, con hendiduras que parecían fracturas en la piedra. Sus ojos, apenas visibles, eran amarillos pero intensos, de gran expresividad. Su boca, grande y de labios gruesos aunque ligeramente caídos hacia las comisuras, le daba un aire de juicio constante.

La mujer de pelo azul, que se encontraba a su lado, abrió su bolso y extrajo una pequeña funda de cuero y una cajita de cerillas, entregando ambas al gyojin. En silencio y con apabullante calma, ante la gélida mirada de todos los presentes, este tomó la funda, sacó un enorme puro y empezó a encendérselo. Una calada, y otra, mientras prendía el extremo. La llama del fósforo iluminó su cara por breves instantes. Exhaló varias bocanadas de humo consecutivas antes de agitar la cerilla para apagarla, tendiéndosela de vuelta a la mujer. Fumó un poco más, asegurándose de que hubiera prendido correcta y regularmente, antes de volver a sujetarlo con su enorme mano. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo ruido. Nadie se movió. El silencio era total: solo se oía la música de fondo, y el crepitar apagado del puro, consumiéndose en la mano del gyojin como si todo el mundo contuviese la respiración a su alrededor. Retz, aún agarrando a Iggy por las solapas, tragó saliva.

El gyojin dio un solo paso hacia ellos, y el suelo pareció tensarse bajo su peso. "Retz, suéltalo."

El cerdo obedeció de inmediato, dejando caer a Iggy como si hubiese estado sosteniendo dinamita. El gyojin inspiró despacio, soltando una larga exhalación de humo. "Hace años que mantengo este sitio en paz. No voy a permitir que un asunto..." sus ojos, dos rendijas amarillas, se clavaron en Iggy, "ajeno convierta mi club en un matadero. Nadie sale de aquí hasta que encontremos lo que falta," sentenció, haciendo un lento ademán con la cabeza hacia las guardianas, que volvieron a sus puestos junto a la puerta.

Off
#8
Al no notar el corazón en mi bolsillo lancé una mirada fulminante al resto de personas que había reunidos allí alrededor de la mesa de juego. Mierda debí estar atento antes, pero no había levantado sospechas aún, ¿Cómo era posible que alguien supiera que lo tenía ahí? Eché un vistazo rápido sobre el público tratando de discernir alguien que me pareciera más sospechoso que el resto pero antes que pudiera fijarme el mini cerdo comenzó a hablar.

Me crucé de brazos esperando a que terminara. ¿Quién coño se creía increpándome así? Tratando de ningunearme frente al público y lo que es peor, delante de la señorita de pelo azul. Escuché todo lo que tenía que decir, pese a que no me parecía más que basura y chorradas. Según el monólogo continuaba yo hacía gestos con la mano moviéndola como una boca para denotar que estaba hablando demasiado, además de poner los ojos en blanco. Parecía que iba a tomar el camino de la violencia. Pero cuánto me mentalicé de salir un puñetazo voló a mi cara. Fue más rápido de lo que esperaba, eso p iba de
Adiado borracho para poder reaccionar. 

-!¿PERO QUÉ COÑO HACES SUBNORMAL DE MIERDA?! -Me agarró del chaleco mientras mis ojos se inyectaban en sangre y apretaba los dientes para contener mi rabia. Mi puño se aferró con más fuerza a mi arma, viendo como una de las mujeres que custodiaban la puerta se dirigía hacia nosotros. -!TE HE DICHO QUE SALGAMOS FUERA POR ALGO GILIPOLLAS! ¡¿ACASO NO TE LLEGA EL RIEGO BIEN AL CEREBRO O NO HAS VISTO A LAS DOS BELLEZAS QUE CUSTODIAN LA PUERTA?!

-Bramé viendo como una de ellas  se acercaba hacia nosotros desenvainado parcialmente su sable, pero no sin aprovechar para lanzarle un atrevido guiño seductor. -Siempre he soñado morir por una bella señorita pero hoy no quiero convertirme en sashimi de rockero así que si me sueltas y salimos un momento te puedo enseñar por qué has tomado la decisión equivocada. -Sonreí mostrándole mi sonrisa, con mis dientes teñidos de rojo tras el puñetazo.

-Porque si te soy sincero, pegas como una niña. -Vacilé escupiéndole a la cara, esparciendo sobre ella un colgajo de saliva y sangre. Quería provocarle a ver si me pegaba y podía disfrutar en directo como me troceaban una chuleta de lomo pero en cuanto parecía que iba a continuar escalando una voz se alzó sobre el resto.

De la nada un Gyojin enorme quiso hacer denotar su presencia. Imponía pues parecía un maldito armario empotrado, pude contemplar como a su lado estaba la mujer con la que había estado hablado hace unos instantes. Vi como esta le cedió unas cajetillas de su propio bolso. Espera no me jodas que son pareja, he estado intentando ligarme a la chica de ese grandullón. Casi se me escapa una carcajada en el momento más incómodo, a la vez que el se encendía un puro. 

En cuanto este comentó al mink que me soltase este lo hizo sin ningún inconveniente. Me ajusté las solapas de mi chaleco, lanzándole una mirada de odio y desagrado a Rentz. -Si quieres luego terminamos esto FUERA. -Elevé el tono de voz cuando dije el lugar con un tono más lento por si acaso no lo había entendido.

Si un paso hasta colocarme al lado del hombre pez. -Gracias por eso… No tenía intención de liarla realmente aquí dentro. Como he dicho iba de farol. -Le di un par de palmaditas en el pecho amistosas, sorprendiéndome de la dureza del pectoral de este. -Joder estás más fuerte que un boquerón en vinagre merluzo. Normal que com esos músculos te hayas ligado a una señorita tan perfecta como ella. -Le dije da dile un par de codazos amistosos en el costado mientras señalaba a su acompañante. Tras ello di un par de vueltecitas hasta colocarme de nuevo delante de él. -Mi nombre es Iggy, Iggy Rock, artista afamado y reconocido allá a dándole voy por mis canciones de como insultar de mil formas para meterse con el tío que se robó a tu novia. -Realicé una pequeña referencia, a la vez que vaciaba mis bolsillos para que viera que no llevo absolutamente nada.

-Y ahora enserio. -Me llevé una mano a la coronilla con una sonrisa nerviosa. -Es cierto que yo soy el tío que mató a veinte tíos en New Piano, pero te juro que fue por accidente yo creía que me querían arrancar el corazón pues el cara lenteja les dijo justo eso. -Según hablaba iba gesticulando efusivamente tratando de explicarme. -¡PERO LA VERDAD ES QUE YA ESTOY HASTA LOS COJONES! Literalmente me está dando más problemas que yo que sé he entrado con él al local pero me lo han robado y no sé quién lo tiene. ¿Pero podrías explicarme por qué es tan importante ese pedazo de piedra? Porque todos aquí parecéis saber qué es menos yo y ya me está tocando si las bolas.

Mi vista estaba puesta desafiante en la del bicho acuático, apoyé mi palanca sobre mi hombro y esperé a ver si este tipo podía aclararme en qué lío me había visto envuelto sin querer por “tomar prestado” aquel objeto de “New Piano”

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1739 - 260 = 1479
Energia: 1319 + 0 = 1319
Espiritu: 225 + 0 = 225
#9
En el preciso instante en que Iggy dio un paso hacia el enorme gyojin, la multitud a su alrededor pareció estremecerse. Todos se habían asegurado, en todo momento, de mantener una prudencial distancia con el hombre pez, alrededor del cual la silenciosa multitud mantenía, al menos, un par de metros de distancia. La única que se mantenía a su lado era la mujer de pelo azul, que recogió la cerilla que acababa de prender el gyojin y dispuso de ella en su bolso, guardándola con elegancia, mientras él disfrutaba del puro. Sin embargo, cuando Iggy, imprudente de él, se dispuso a tocar el pecho del gyojin, ella sujetó su muñeca en un ademán firme pero delicado, de forma que no llegase a tocarlo directamente. Negó con la cabeza. El gyojin, en cambio, no se inmutó. No pareció extrañarle, ni siquiera hizo un comentario al respecto. Alzó una pedregosa ceja, sin embargo, cuando Iggy dio la vuelta a sus bolsillos, las comisuras de sus enormes labios hundiéndose más que de costumbre en un gesto de desaprobación, que no hizo más que acentuarse a medida que el pelimorado hablaba de su hazaña en el New Piano y de cómo esta se había debido a un malentendido bastante estúpido. El hombre de las patillas y el traje verde, situado cerca de la barra, apartó rápidamente algo antes de guardárselo bajo la chaqueta. Entretanto, algunos de los presentes, con disimulo, decidieron que ya habían tenido suficiente y se acercaron a la puerta del local, solo para que las guardias de la puerta les denegasen la salida. En efecto, nadie salía ni entraba hasta que se encontrase el dichoso Corazón.

La mujer de pelo azul alzó una ceja con incredulidad cuando Iggy aseguró no saber de qué iba el asunto, y pareció ir a decir algo. Retz, el mink cerdo, que se había cruzado de brazos y apoyaba su espalda baja contra la mesa de los dados, soltó un chasquido de exasperación. "Tanto rollo, ¿y no sabes ni qué es? ¿No se te ocurrió preguntarles a los veinte tíos que mataste antes de hundirles una palanca en el cráneo?" increpó, frotándose los nudillos y colocándose correctamente sus anillos mientras miraba a Iggy. "El Corazón del Hanu. ¿No has oído que últimamente todas las perlas del río salen defectuosas? Es porque el Cor...-", dijo Retz, antes de que el enorme gyojin hiciese un simple ademán con la mano con la que sujetaba el puro, indicándole que ya había hablado suficiente. "Los detalles no importan," dijo la mujer de pelo azul, sin moverse del sitio. El gyojin exhaló una enorme cantidad de humo, inundando toda la estancia de un barniz grisáceo. "Creo que no hace falta que os recuerde que en el Berryelder el robo se paga con la vida", afirmó con su voz cavernosa. "Si el culpable no sale voluntariamente, no solo él será ejecutado," se limitó a aclarar. Iggy, dado su finísimo oído, escuchó un susurro apagado y perdido entre la multitud: "Le dije que no lo trajera," musitó alguien.

Todos los presentes se empezaron a mirar unos a otros. Muchos se palparon los bolsillos de forma casi instintiva; otros se separaron de sus acompañantes, como si pudiesen ser delatados. Un señor con traje blanco se quitó el sombrero y empezó a abanicarse, gotas de sudor recorriendo su frente. El mink cerdo chasqueó la lengua, visiblemente irritado: "Estupendo," murmuró. "Ahora, por culpa del artista este, todos en el punto de mira. Si de verdad no sabes qué tienes entre manos, has tenido más suerte que cerebro," comentó, inclinando ligeramente la cabeza hacia Iggy. El gyojin observó a los dos sin expresión alguna (aunque era, en general, difícil leer cualquier expresión en aquella cara), como evaluando cuánto de verdad y cuánto de estupidez había en cuanto decían. La mujer de pelo azul dio un paso hacia delante, lo justo para quedar a medio camino entre Iggy y la muchedumbre. Entre el gentío, Iggy pudo escuchar otro susurro cuyo origen no logró identificar: "Si no han sido los Bossa Nova, ¿ha sido uno de los nuestros?". Hubo un movimiento rápido cerca de una de las puertas en los laterales: una pequeña sombra retrocedió entre dos mesas, si bien resultaba distinguirla entre las patas de los taburetes. El silencio reinaba en el Berryelder.

"Podemos estar toda la noche mirándonos como idiotas," dijo la mujer, con una calma que contrastaba con la contudencia de sus palabras, "o podemos empezar por lo obvio. Tú hablarás primero, y luego iremos con los demás. Iggy, ¿cuándo perdiste el Corazón?" inquirió. "Respira hondo y piénsatelo aquí. A partir de aquí, cada detalle cuenta." Múltiples presentes apartaron la mirada, desviándola, como si aquella pregunta les resultase incómoda.

El gyojin dio otra calada, y la brasa del puro iluminó su cara de un rojo intenso por un momento, antes de convertirse en una densa nube de humo que cayó como una cortina. Alguien había hecho ya su jugada, y ahora era el turno de Iggy. Mientras el silencio volvía a asentarse como una losa, Iggy pudo sentir cómo decenas de miradas convergían en él, cada una con distintas proporciones de sospecha, irritación o simple deseo de que aquello terminase pronto. Las guardianas de la puerta permanecían inmóviles, bloqueando cualquier vía de escape. El tontatta crupier se había desvanecido de la mesa. La multitud había formado un círculo irregular, en cuyo centro se hallaban él, el gyojin, la mujer de pelo azul y Retz, a un lado de la mesa de los dados.

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#10
El ambiente se notaba tenso, más de lo que yo podía intuir. Por los gestos de la gente o el ademán de la chica de pelo azul de apartarme la mano del pecho del gyojin entendí que el tipo era importante y que tenía que tener cuidado con él o al menos mostrarle un mínimo de respeto. Por desgracia para mí, esa palabra no constaba en mi diccionario, por lo que iba a seguir comportándome como un gilipollas.

Escuché como el Retz tomó la palabra, su discurso me pareció extraño pues daba a entender que el corazón y el decive en la calidad de las perlas estaba relacionado. Arqueé una ceja buscando alguna explicación de cómo una gema y unos seres vivos como las ostras estaban relacionados. Pero por desgracia fue interrumpido por el enorme hombre pez el cual indicó que el robo en este local se pagaba con la vida. Irónico pues podía deducir que en cuanto encontraran el corazón se lo iban a quedar y no me lo iban a devolver.

Me crucé de brazos mientras la conversación continuaba, iba soltando miradas fugaces al resto de personas buscando gestos o actitudes que pudieran delatar al culpable y en ese momento, no se si en un arrebato por desconectar de la conversación escuché como alguien logró decir las palabras “Le dije que no lo trajera.” ¿Alguien me dijo que no trajera el corazón a este sitio? Maldito alcohol, tenía que dejar de beber para no olvidarme de las cosas en cuanto despertaba. Me dije a mí mismo pero como acto reflejo agarré mi petaca del bolsillo interior de mi chaleco y le di un trago amargo al ron barato que contenía.

En cuanto el mink comenzó a decir que yo tenía la culpa fruncí el ceño y volví a increparle. -Mira torrezno con patas, no me hinches las pelotas o esta noche ceno barbacoa. -Volví a amenazarle y mi atención volvió a dirigirse a mi acuático amigo, el cual me preguntó si había entrado aquí con la gema. 

-Pues creo que sí, la verdad es que no recuerdo cuando he entrado aquí pero cuando me he despertado en el taburete lo tenía. Lo único que tenemos claro es que yo no lo tengo, y que de aquí no ha salido. -Quería sacar tajada de todo esto pero no tenía demasiado con lo que poder tirar aún, antes cuando he mirado a la gente había podido ver como un hombre se guardaba un objeto de forma sospechosa y a otro abanicándose mientras sudaba más de la cuenta, no obstante esos eran detalles que no quería revelar aún. Era difícil actuar con las miradas puestas en mi por lo que decidí salir de foco. -Como te he dicho me importa una mierda lo que haces con el corazón de tu puta madre. ¿Pero puedo pedirte un favor? Antes has dicho que el robo en el Berryelder se paga con la vida. ¿Me dejarías ser yo quien me encargue del culpable? Pues mi honor como ladrón se ha visto comprometido y no quiero que la gente piense que se me puede robar e irse de rositas. -Sonreí mirando con determinación, demostrando que no lo decía de broma y estaba dispuesto a hacerlo si me daba el permiso. 

Tras el numerito volví a guardar mi palanca en mi cinturón, caminé hacia donde había escuchado las palabras que llamaron mi atención para ver todo un poco desde una mejor perspectiva. El problema no iba ni me venía pero una vez que empiezo una partida no me gusta perderla incluso si tengo malas cartas siempre puedo tirarme un farol. Me senté sobre la propia barra listo para entretenerme con una sarta de interrogatorios y caos. Me coloqué bien la guitarra y comencé a tocar para darle mejor ambiente que ese den den mushi que emitía música anticuada. 

Rolita que comienzo a tocar


No todo estaba perdido, aquel que me ha robado ahora tiene que estar desesperado, no iba a salir a la luz tan fácil pues lo que le espera si lo hace es la muerte y salir de aquí no es tan fácil con las dos guardianas custodiando la puerta, sin ventanas y sin otro lugar por donde desaparecer. Ahora mismo la persona que tiene el corazón tiene pocas opciones. Por lo que si supiera quién es me gustaría aliarme con él y ayudarle en todo esto por un módico precio. Pero para ello tenía que averiguar quién lo tenía antes que el gyojin lo hiciera. 

Eché un vistazo general a todo el mundo y siendo sinceros el local parecía esto un nido de ratas, gente con sed de ambición y poder, pero si quería salir de aquí más rico de lo que he entrado iba a necesitar hacer alguna alianza, por lo que traté de fijarme en las mejores opciones para ello, pues ya alejado de la escena principal era hora de mover los hilos tras el escenario.

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