[Presente Relativo - T1] - The Karate Kid
#1
Dia 76 de Otoño - Algún lugar alejado de la Isla Karate


El sol del medio dia bañaba el pueblo con un brillo amable, de esos que calientan la piel sin llegar a molestar. Las calles del poblado Kinami eran tranquilas, los mercaderes voceaban sus frutas frescas, y el aire olía a madera, arroz y entrenamiento. En las afueras del poblado, entre un cinturón de árboles espesos, se alzaba un dojo sencillo, de techo oscuro y muros de bambú, desde donde llegaban a veces ecos rítmicos de golpes y gritos marciales.
El Dojo Sudowoodo, orgullo local. Pero esa mañana, algo había roto la calma.

Una pareja de curiosos extranjeros se aproximaba a dicho poblado, una Kuja, y un Hombre de aspecto aparentemente normal, ambos bastante jóvenes. Por magia del destino habian acabado acercándose a un pueblo que estaba pasando por una tragedia, y estaban a punto de descubrirlo. 

Junto al viejo pozo de piedra, en el centro del pueblito, una mujer sollozaba arrodillada, el rostro oculto entre las manos. A su lado, un cartel improvisado y arrugado temblaba con cada bocanada de aire. Las letras torcidas, pintadas a prisa con tinta negra, eran difíciles de no leer:
“MI HIJO HA DESAPARECIDO. OFREZCO 20.000 BERRIES A QUIEN LO ENCUENTRE.”
Al verla, estos dos curiosos personajes se acercaron. La mujer levantó el rostro, húmedo y cansado, con la mirada de quien lleva horas repitiendo la misma súplica.
El cartel en la mano, la voz rota.
-Mi hijo… Haru, tiene doce años -logró decir, intercalando respiraciones cortas- Es karateka, muy bueno, entrena en el dojo Sudowoodo desde pequeño. Ayer no volvió a casa.
Mi marido, Renji, fue a buscarlo esta mañana, pero… -se interrumpió, tragando saliva- aún no ha regresado tampoco...
El murmullo del pueblo se volvió un susurro incómodo. Algunos desviaron la mirada. Otros fingieron no haber escuchado. Un viejo a unos metros masculló, solo audible para quienes tuvieran el oído adecuado, algo sobre “entrenamientos privados” y siguió su camino con prisa.
La mujer se limpió las lágrimas con la manga, alzando el cartel.
-No sé a quién más pedir ayuda… No tengo mucho, solo… esto -sus dedos temblaron sosteniendo el papel, mientras su voz se deshacía- Pero si alguien puede traerlos de vuelta, por favor… por favor, que lo haga... - Terminó la frase señalando la dirección donde se encontraba el misterioso dojo, esperando que los personajes fueran lo suficientemente amables para ayudar. 
El silencio cayó como una manta.
Solo el crujir de las hojas en el camino al bosque interrumpía el aire inmóvil.
Los aldeanos evitaban acercarse, aunque todos sabían, en el fondo, a qué lugar se refería la mujer cuando habló del dojo.
No hacía falta decirlo. El rumor ya estaba en el aire. Y el cartel, aún en sus manos, seguía ofreciendo una recompensa suficiente para tentar a cualquiera con hambre… o con conciencia.

INFORMACIÓN DE LA AVENTURA


OFF
#2
Atributos Personaje


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La bomba de chicle se inflaba y reventaba una y otra vez frente a los suaves labios del joven de cabellos castaños. Ryota caminaba plácidamente bajo la caricia del sol matutino, observando con curiosidad los puestos callejeros del poblado de Kinami. Era un buscador de ofertas al que le fascinaba conocer lugares nuevos, probar la comida local y, por qué no, hacer amistades femeninas oriundas de cada poblado en la isla.

Aunque todo parecía indicar que ese día la diosa de la suerte no estaba de su lado, pues lo acompañaba Runin, una mujer de una belleza tan deslumbrante que acaparaba todas las miradas y, de paso, ahuyentaba el interés de las señoritas. “¿Buscas algo en particular?” Opino risueño con un tono juguetón. “Es raro que quisieras acompañarme a ver poblados. ¿Acaso buscas una cita?” Inquirió en apreciación al gusto particular de la femina. A él no le incomodaba estar junto a ella, era todo lo contrario, le agradaba, pues compartían un lazo, sin importar que eso significara que las señoritas los vieran como pareja y perdieran el interés.

Quizás aquella tarde solo disfrutarían de una buena comida, bebida y terminarían reuniéndose con sus compañeros. Pero cualquiera que hubiesen sido sus intenciones, todo cambió en el instante en que ambos detuvieron su andar al oír los sollozos de una mujer junto al viejo pozo de piedra en medio del poblado.


El primero en acercarse fue Ryota, con su burbuja de chicle marcando el ritmo de sus pasos hasta detenerse frente a la mujer. Bastaba una sola mirada para comprender su preocupación: su semblante lucía frágil, abatido, y la angustia parecía consumirle el ánimo poco a poco.

El cartel en sus manos lo decía todo, pero el castaño guardó silencio, limitándose a escucharla. No mostró preocupación ni el más mínimo atisbo de empatía; simplemente la observó, con su habitual expresión.
Una a una, las palabras de la mujer fueron dando forma a su angustiante situación. Debía de estar desesperada para pedir ayuda a un par de visitantes que bien podrían no hacer nada por ella. Su angustia era tal que terminó inclinando la cabeza ante aquellos dos forasteros, mientras el resto del poblado se limitaba a murmurar a la distancia, ignorándola.

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La expresión del chico se afiló ligeramente al captar uno de los susurros entre la multitud, gracias a su fino oído: “Entrenamiento especial”. Aquello no le decía mucho, pero bastó para entender que todos estaban al tanto de lo ocurrido… y, aun así, preferían desentenderse del tema, producto del miedo o de la más pura hipocresía.

Para el joven de cabellos castaños no hizo falta ver el importante número en el cartel de recompensa para tomar una decisión. Si bien no entendía del todo lo que ocurría, ni sabía si la familia de esa mujer merecía tales desgracias.

“Runin, ¿dice la verdad?” Pregunto a la joven a su lado, sorprendiendo quizás a la mujer o a quienes lo escucharan. No fue hasta que vio la expresión afirmativa de la chica que rompió su silencio con la madre preocupada.

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“No somos caza recompensas, señora, en realidad, somos piratas.”

Su sonrisa se afiló tomando delicadamente el rostro de la mujer con su diestra para limpiar sus lágrimas. “Si nos paga por rescatar a su hijo, eso sería como un trabajo y sinceramente odio trabajar bro.” Una vez limpiar las lágrimas de la mujer, se apartó caminando en la dirección que ella había apuntado anteriormente. “Traiga su dinero en manos en un par de horas.” Ordenó con tono jovial mientras se distanciaba, elevando el tono para ser escuchado. “Vendremos a robarla cuando secuestremos a su hijo de ese dojo y se lo devolvamos a usted, solo porque nos dio la gana Kekekeke.”

Sin cruzar otra palabra con la mujer, Ryota avanzaría en dirección al dojo Sudowoodo, recorriendo el camino que lo llevaría hasta allí en compañía de la hermosa morena. “Parece que una cita tendrá que esperar, ¿no?” Dijo a Runin.


Resumen

Karmas
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#3
¿Una cita?

La mirada chocolate se entrecierra en un deje de sospecha, diversión e incredulidad. La comisura de los labios se eleva en una sonrisa queda que ostenta una pequeña gota de vino que no tarde en relamer. —¿Cómo lo supiste, cariño? Mi corazón no dejaba de latir cuando pensé en tener algo de tiempo a solas, en un ambiente tan romántico. —La melosa voz esconde ligeros rasgos de comedia cuando, sin decoro aparente, se sostuvo del brazo derecho del ajeno, pegándose completamente contra él.

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—Además, es divertido ver cómo pierdes intentos de conquista. Fufufufufu.

Al fin la risa termina por escapar. —A veces realmente me gusta pasar tiempo contigo, Ryota. —Se sincera alejándose un poco, tan solo para vaciar entre sus labios el contenido de un pequeño vaso que ha conseguido algunas cuadras atrás, es una exhibición de nuevos productos. Un poco de vino fresco, de esos poco añejos que saben a dulce de uvas y alcohol simple. Con la mirada busca algun contenedor de basura, demora más en tirar el vaso que en darse cuenta que Ryota se aleja.

El entrecejo se frunce y los pasos se vuelven más sonoros de lo normal. ¿Qué le pasa? Los brazos se cruzan, cuidadosa de no hacer caer el arco que lleva en su espalda. ¿Eh? ¿Un desaparecido? Mira de lado a lado. ¿No debería haber algún marine haciéndose cargo del asunto? Ya que están entrometidos en todo. Runin llega junto a Ryota, meciendo un poco la cabeza para leer el cartel y prestar atención. ¿12 años? ¿Se considera aún un niño o un adolescente cualquiera? La fémina eleva tan solo un centímetro los hombros antes de relajarse.

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—No parece que mienta, cariño.

Asiente. En algún momento ha dejado de cruzar los brazos para pasar sus dedos sobre el brazalete en su bicep. —En nuestra vida seríamos cazarrecompensas, qué asco. —Pronuncia en un intento de susurro que ha escapado demasiado alto. Un suspiro largo escapa al notar la intención del castaño, este es rápidamente desplazado por una sonrisa queda.

—Solo responderé por tu hijo si parece un niño. Si tiene cara de anciano o si tiene músculos, estás perdida, guapa. —Menea una de sus manos a modo de restarle importancia antes de alejarse junto a su compañero. —¡Ah! Tu esposo no sé si está dentro del trato. —Inquiere antes de proferir una risa excéntrica propio de ella. —Cuando nuestros intentos de citas dejen de convertirse en aventuras estrafalarias, me avisas, cariño. — Bromea chocando el hombro del castaño contra el propio. Bueno, siempre se puede hacer cosas divertidas en un dojo. ¿No? Hasta podría pedirle algún obsequio a modo de compensación.



Resume

Karmas Activos
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#4
El camino hacia el dojo Sudowoodo se volvía más estrecho a medida que los dos piratas avanzaban entre los altos tallos de bambú. El silencio que dominaba el bosque no era natural; era un silencio tenso, espeso, como si la misma vegetación advirtiera que algo dentro del dojo había dejado de ser lo que debía. La luz del mediodía apenas conseguía colarse hasta el suelo, y el aire, a pesar de estar tibio, arrastraba una inquietud difícil de ignorar.
Cuando las puertas del dojo aparecieron finalmente entre los árboles, quedó claro que algo había ocurrido allí. Una de las puertas corredizas estaba torcida, como golpeada con violencia, y la otra mostraba marcas irregulares, casi como arañazos. El interior se veía más oscuro de lo normal, pese a que la luz solar debería iluminar el tatami en esa hora del día. No se escuchaba ninguna voz, ningún golpe marcial, ni un solo rastro de actividad.

Y justo cuando Ryota y Runin dieron los primeros pasos hacia la entrada, un silbido cortante rasgó el aire. Tres shurikens cruzaron el espacio frente a ellos y se clavaron en el suelo con una precisión quirúrgica, alineados como si marcasen una frontera invisible. No era un ataque fallido. Era una advertencia directa: no avancéis.
Una figura surgió entonces desde entre los bambúes del flanco derecho, moviéndose con una rapidez inquietante. Cayó en el porche de madera del dojo con un golpe seco del bō que llevaba en la mano, enderezándose con una postura recta, tensa y perfectamente entrenada. 
Era el maestro del dojo… o lo que quedaba de él. 
Maestro

Su rostro estaba surcado por ojeras profundas, el cabello desordenado, la ropa desgarrada y manchada. Sus ojos tenían un brillo febril, desenfocado, como si la cordura hubiese abandonado ese cuerpo hacía tiempo.
-Así que habéis venido a por ellos -dijo con la voz ronca, entrecortada, mirando a los dos forasteros con una mezcla de hostilidad y fanatismo- A por el chico. A por su potencial. A por lo que es mío.
Golpeó el suelo con el bō, marcando un ritmo que no coincidía con ninguna técnica conocida, un gesto que hablaba de tensión, obsesión y un delirio apenas contenido.
-Ese niño es un prodigio. Un diamante puro. ¡Con él ganaré todas las peleas clandestinas que haga falta! ¡Me sacará de la miseria! -La sonrisa que se extendió en su rostro era demasiado amplia, demasiado tensa, más una herida que una expresión humana- Su padre se negó… pero todo el mundo aprende cuándo dejar de resistirse. Algunos… más rápido que otros.
Sus dedos giraron otro shuriken con un temblor irregular, mientras adoptaba una guardia impecable con el bō en la mano contraria.
-No voy a dejar que nadie me quite lo que me pertenece. Ni vosotros. Ni nadie. Si dais un paso más… -sus ojos se encendieron con una locura punzante- os romperé los huesos aquí mismo HAHAHAHAHAH
Acabó con una risa macabra, fruto de la locura que había consumido a ese hombre. 
El dojo quedó en un silencio absoluto, solo roto por el leve temblor del bambú alrededor.
El maestro no estaba negociando.
No estaba pidiendo explicación alguna.
Estaba listo para atacar.

INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
#5

“Al menos, no podrás decir que soy un chico aburrido, ¿No?” Contesto a Runin con un dejo de picardía mientras avanzamos por aquel bosque de bambú.

A cada paso, los altos tallos se elevan hacia el cielo, formando un pasillo angosto que había sido marcado por las decenas de estudiantes que alguna vez pasaron por allí. En cualquier otro día, la cercanía con su compañera habría sido motivo de coqueteo, pero esta vez el silencio se mantuvo firme entre ambos hasta llegar al final del sendero. Allí, en frente del dojo, una punzada de inquietud recorrió el cuerpo del varón.

Los ojos de Ryota inspeccionaron el lugar con suma atención mientras inflaba una burbuja de chicle frente a sus labios. Con rapidez captó indicios de un forcejeo: objetos fuera de lugar, marcas en la puerta… señales que bien podrían haber sido provocadas por los familiares de aquella pobre mujer que lloraba junto al pozo del poblado.

(POP) La burbuja estalló.

“No alcanzo a escuchar nada desde aquí… será mejor que entremos y echemos un vis…” Antes de terminar la frase o de acercarse con sus pasos hacia el dojo, un agudo silbido cortó el aire, seguido del golpe seco del metal contra el suelo. Tres shurikens quedaron clavados frente a la pareja, advirtiéndoles con claridad que dar un paso más sería un error.

De inmediato, una figura emergió de entre los bambús del flanco derecho. Su velocidad y la manera en que había logrado mantenerse oculto hicieron que, al principio, Ryota apenas pudiera distinguirlo. No fue sino hasta que se plantó frente a ellos, sobre el porche del dojo con una soltura digna de elogio, que su presencia se reveló del todo como un posible enemigo.

Un hombre de edad avanzada, postura firme y entrenada, apareció frente a ellos. Portaba un bo y algunos shurikens, presentándose como un maestro que, por su apariencia y expresión, parecía haber perdido el rumbo… o quizá incluso el propósito de su propio camino marcial.

Ryota guardó silencio escuchando las palabras del anciano, por lo que expresaba parecía tener en gran estima al hijo de la mujer. En realidad, tanta era la estima u obsesión que, tras un amenazante impacto de su arma contra el suelo, lo denominaba un genio, uno capaz de ganar peleas clandestinas para sacarlo a él y a su dojo de la miseria. 

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“¿Peleas clandestinas? ¿Sacar de la miseria? ¿Dinero?”

Pensó con rapidez.

La situación se mostraba caótica, era un anciano cuya cordura había quedado en sus mejores años e incluso confesaba haberle hecho “entrar en razón” o algo así al padre del chico. Sin lugar a dudas era quien tenía cautivos a esos dos y sería de quien ambos tenían que encargarse para conseguir liberarlos.

A no ser…

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“Oye bro, ¿de cuánto dinero estamos hablando en esas peleas clandestinas? ¿es mucho?”

El interés del castaño quedó atrapado por aquellas palabras. “¿Se puede apostar en esas peleas?” preguntó con curiosidad. No había olvidado al chico que debían rescatar para llevarlo con su madre, pero desconocía por completo ese mundillo de combates en la Isla Karate, y la revelación había conseguido despertar por completo su atención porque hasta el momento creía que eran solo unos aburridos que entrenaban o plantaban arroz.

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“Oiga bro, que le parece si deja ir a ese niño y a su padre, tengo un amigo que mide como tres metros, tiene alas y es más fuerte que un foking oso de la montaña.”

El espíritu de negociador y más importante de avaricia de Ryota había conseguido ser despierto por las inquietantes palabras del anciano. Podía ser un viejo loco, pero tenía la cordura suficiente para querer llevar al chico a dichas peleas después de quizás algunos entrenamientos, por lo tanto, su capacidad de negociación podría seguir intacta en su psique.

“Es también un prodigio y no tiene que entrenarlo, de hecho, no tendría que esperar a que crezca, podemos inscribirlo a las peleas de inmediato kekeke, ¿Qué me dice? ¿quiere que seamos socios?” Su espíritu de la avaricia y adicción a las apuestas era el que estaba hablando. Si quería regresarle al chico a su madre, pero primero quiso tratar un asunto más importante, al menos para su bolsillo y haría gala de su pico de oro para conseguirlo.

“Incluso si el grandote no quiere pelear, yo soy mucho más fuerte que un niño kekeke” Reía con confianza al verse superior a un infante, al menos en esa etapa de su vida.  “Inscríbame en esas peleas y ganemos un buen dinero. Solo debe dejar ir al chico y nos vamos a donde se hagan esas peleas, le apuesto diez mil berrys a que cumpliré mi palabra Kekeke.” Terminó con una expresión risueña y ambiciosa, no tenía ninguna mala intención, realmente le estaba proponiendo aquel descabellado plan al viejo loco.

Aunque aquel anciano pudiera resultar un tirano, Ryota no tenía ningún interés en jugar al héroe. Su objetivo seguía siendo rescatar al chico… pero si, de paso, podía ganarse un socio que lo introdujera a esas “peleas callejeras”, no pensaba desaprovechar la oportunidad. Al fin y al cabo, siendo un apostador compulsivo, ese tipo de negocio le resultaba demasiado tentador como para dejarlo pasar.

Off Rol
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#6
Atributos Personaje


Lo que una vez impregnaba el ambiente con cálidos rayos solares y joviales trinos de aves autóctonas; ahora se tiñe de sombras, opacidad y el más anormal y obstruido silencio. La mirada chocolate divaga entre la estrechez del bambú, la mullida tierra húmeda, la esfera rosa creada por el chicle de su acompañante y la manera en la que su respiración se pausa durante fracciones de incómodos segundos antes de recordar que es una función inconsciente de su sistema.

Durante el trayecto, Runin no ha hecho más que imaginar escenarios recurrentes. Sus dedos se aprietan entre sí, intentando sostener algo que no existe entre ellos. Es como si estuviera escondida en medio del bosque, a la espera de una presa atrayente que empieza a transformarse en un cazador al cual temer. Si no fuese así, el primer animal o el primer humano, ya habrían hecho aparición. ¿No? Lo que emerge ante el escrutinio de sus orbes no es más que el dojo al que se han estado dirigiendo.

El bosque mental desaparece, el recuerdo de la familiaridad se diluye, la sensación de apretar algo y contener el aliento se hace añicos. El sol logra colarse de nueva cuenta, recordándola que las malas sensaciones son solo eso, lo demás está en mano de la realidad. ¿Los hechos actuales? Evidente destrucción. No la apreciativa procedente del paso del tiempo, sino aquella premeditada que instiga hacia la búsqueda de la verdad.

Asiente al escuchar las palabras de su compañero. Los pasos se detienen abruptamente ante la intervención del metal y la llegada de la bestia. ¿Aquél es la presa que en su mente se convierte en cazador? El escrutinio dura poco, lo suficiente como para esclarecer una expresión de aversión en la fémina. La mirada del anciano hombre evidencia desquicio, las vestimentas revelan vivencias y acciones pasadas. ¿Tierra? ¿Sangre? Runin se centra en la postura.

La demencia instiga a la deshonestidad, el desatino y el descuido. Algunas cosas concuerdan pero ¿Su postura? Pulcra, experimentada, amenazante. ¿No son armas que originalmente no van demasiado de la mano? La fémina arquea una de sus cejas cuando las palabras escapan de los labios del hombre, bueno, al menos puede hablar, aunque sus gestos hostiles dicen otra cosa.

“Algunos… más rápido que otros”

Runin frunce su expresión de nueva cuenta. ¿Un padre se ha doblegado ante la debilidad de su propio ser? ¿El anciano le habrá roto los huesos como amenaza o el frenesí le ha llevado a arrebatar una vida? ¿Hasta qué punto el dinero puede trastornar a aquellos que lo necesitan? ¿Ella podría terminar trastornada si un día ve en los berries la posibilidad de encontrar su objetivo en la vida? Cuestiones, desagrado, opciones. Está a nada de dar un paso hacia el frente cuando Ryota interviene y ella se detiene abruptamente.

¡Bien!

¡Es momento de entrar en acción!

No por el hombre que posiblemente ha sido acallado en el interior de aquel dojo, sino por un niño secuestrado y utilizado para el beneficio de un hombre que ha perdido los estribos y… Qué grandísimo hijo de puta.

El rostro de Runin se gira en dirección al castaño antes de voltear rápidamente la mirada hacia el anciano. ¡¿Piensa vender también al niño por algo de dinero?! ¿Por peleas clandestinas? La sangre hierve, la molestia se vuelve notoria y las manos buscan desesperadamente el arco aunque no alcanza a tomarlo.

“Oiga bro, que le parece si deja ir a ese niño y a su padre, tengo un amigo que mide como tres metros, tiene alas y es más fuerte que un foking oso de la montaña.”


El aire vuelve a los pulmones de la fémina. Las propuestas escapan de los labios de su compañero, la elocuencia se convierte en honestidad y en vender a Heras. Runin expande una sonrisa ladeada porque sabe que el moreno alto puede defenderse a sí mismo. ¿Estaría de acuerdo en seguir a Ryota en ello? Probablemente no, pero quizá si la llegue a escuchar.

—Mi amigo tiene razón. —Menciona con cierta calma premeditada, la sonrisa se vuelve amable. Los labios se relamen con apremia, demostrando características propias de la fémina. Asiente con convicción, con sinceridad, convencida de tetras que están a punto de desbordarse de esos labios que extrañan el sabor del buen vino, de embaucar hombres, de burlarse internamente de ellos. ¿Por fuera? Ni un solo gesto se atreverá a escapar para estropear sus planes. 

Ansía observar las necesitadas miradas de los hombres, esperanzados por obtener atención, dulces palabras, deseos y objetivos obtenidos en vajilla de plata. Nada más que vanas ilusiones. —Conocemos a alguien que es absurdamente fuerte, es capaz de contener a un oso de más de cuatro metros de altura por sí mismo. Lo hubiera vencido rápidamente, pero mi amigo aquí presente terminó por darle el golpe de gracia. —Apunta con educación hacia Ryota. 

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—¿No has escuchado las últimas noticias de la isla, cariño?

Una expresión de genuina curiosidad aparece en el rostro de la fémina. ¿Un hombre tan a fin con su locura sería capaz de acudir a un festival? Irreal. Un hombre con ese aspecto, esa mirada, ese temple agresivo, no, ha estado algo aislado aunque ni siquiera el bambú es tan denso como para que las palabras y la curiosidad de un niño de 12 años no hicieran mella en ellos.

—Sobre el festival que hubo. Nosotros nos encargamos del desastre. ¿No te parece eso más interesante que un diamante en bruto? Somos verdaderas armas, no prototipos. —La mirada parece penetrar en el hombre. Runin eleva el mentón, en un gesto tan altivo como encantador. La sonrisa ahora es más pícara.

—Además, si te ven llegar con un niño podrían pensar lo peor de tí. ¿Lo puedes imaginar, cariño? Todos esos rivales que se burlarán por hacer competir a un mocoso antes que verte a ti o a alguien mayor en acción. ¿No suena mejor verte llegar con los salvadores del festival? ¿Agarrado del brazo con alguna belleza?

Las palabras parecen atragantarse, la expresión se vuelve más pensativa, suave, casi lastimera. Palabras tintinean entre sus carnosos labios. ¿Debería decirlo o no? ¿Aventurarse a una negativa? El nerviosismo se mezcla con la coquetería, podría intentarlo.

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—Aunque… No sé si me permitirías ser esa belleza para ti… ¿o si?

OFF ROL
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#7
El anciano permaneció inmóvil durante unos segundos que se hicieron densos como el aire antes de una tormenta. Sus ojos, profundamente hundidos, se movían entre Ryota y Runin con un brillo inquietante, como si intentara seguir varias conversaciones invisibles al mismo tiempo. Algunas veces parecía a punto de reír, otras a punto de llorar, y en un par de momentos incluso susurró algo para sí mismo, como si discutiera con alguien que solo él podía escuchar.
Las palabras sobre dinero, peleas clandestinas, fuerza, el festival, las promesas…
Le removieron algo por dentro, lo rompieron un poco más.
Finalmente apretó el bo, y el crujido de la madera en sus manos fue como un disparo silencioso.
Su postura cambió por completo.
Los pies se anclaron, el centro bajó, los músculos tensos bajo la piel curtida.
Una postura tan perfecta que resultaba incompatible con la mirada desquiciada que llevaba.
-El niño… -susurró con un temblor retorcido en la boca- Él es mi diamante. Él entiende. Él obedece. Él sirve. Y vosotros… venís aquí… a hablarme… a tentarme… a quitarme lo único que funciona…
Una risa rota escapó de su garganta.
Breve y seca, completamente fuera de lugar.
-Si queréis su sitio… si queréis mis contactos… si queréis entrar en mis peleas… entonces demostradlo -Sus ojos se abrieron demasiado, como si el brillo de la locura los expandiera- Demostrad que valéis MÁS que él. Que valéis más que su inútil padre.
Demostrad que no sois ruido… sino fuerza.
No hubo aviso.
El maestro se lanzó hacia adelante con una velocidad increíble para su edad, moviéndose como un resorte humano al borde de estallar. El bo surcó el aire en un arco horizontal, rápido, limpio, preciso… y completamente decidido, buscando al chico que tenía delante. No fue un golpe mortal, pero sí uno que buscaba quebrar guardias, medir reflejos y forzar una respuesta inmediata.
Un juicio.
Un examen.
Un castigo.
-¡DEMOSTRADLO! -bramó con un temblor en la voz que resonó como si fueran dos voces superpuestas—.
¡Demostrad que merecéis RESPIRAR en mi dojo!
El bo descendió, y el combate comenzó bajo las sombras del bambú.

INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
#8

Las palabras en apoyo por parte de Runnin avivaron todavía más la confianza reflejada en el semblante de Ryota; nunca estaba de más contar con un respaldo atractivo y femenino para persuadir a los enemigos, que podrían terminar convirtiéndose en futuros socios.

Por desgracia, la cordura del anciano parecía estar de vacaciones… más incluso de lo que ya había demostrado.

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“Chale, está bien loquito este wey… ¿si existirá ese lugar de peleas?”

Pensó el castaño mientras observaba al maestro meditar la conversación, como si estuviera dialogando con sus demonios internos… o con algún amigo imaginario. “Me pregunto qué tanto pensara… si fuera él estaría viendo el escote de Runin, pero no más desvaría…” Continúo divagando entre pensamientos. “Son grandes, pero no exageradas, es decir, son lindas… estéticas, muchos dirían que artísticas.” Ahora eran los dos, Ryota y el anciano, quienes parecían estar teniendo conversaciones introspectivas.

De repente, el suave sonido de la madera crujiendo regresó al castaño a la realidad. El anciano ahora mostraba una postura hostil hacia ellos, parecía haber tomado una resolución no muy agradable para los planes financieros del pirata. Sus palabras rompieron el silencio y dejaron claras sus intenciones; no sería el negociador más lucido, pero definitivamente no iba a comprar la mercancía antes de probarla.

Ryota no era ningún imbécil, así que apenas vio eso y entendió para dónde giraban las tuercas, se puso sus guantes rápidamente.

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“Hey bro es…”

Sin tiempo para terminar de explicarse el combate, inició, fruto del primer paso rápido del anciano.

FlashBack


En ese instante, el flujo del tiempo pareció volverse un poco más lento. Los orbes ambarinos, atentos a cada detalle, enviaron la información percibida al cuerpo, cuyos reflejos reaccionaron con una velocidad muy superior a la del anciano.

El bo trazó un arco horizontal (—) buscando impactar el costado derecho del pirata a la altura del ombligo, mas solo rasgo el aire sin alcanzar ningún objetivo. Para cuando el anciano comprendió lo que estaba ocurriendo, el puño cerrado del castaño se encontraba impactando un furioso uppercut en su barbilla. El golpe emitió un sonido seco que hizo que la mirada del viejo se deslizara directamente hacia el cielo.

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“¡TE DIGO QUE ESPERES PEDAZO DE IDIOTA! ¡RECAPACITA QUE PARECES UN LOCO!”

Gritó enfurecido con el puño izquierdo extendido hacia el cielo, mientras el derecho se retraía a la altura del rostro y la pierna derecha se encontraba por delante de la izquierda. Era una postura de boxeo perfecta, la clase de posición que dejaba en evidencia el movimiento que acababa de ejecutar.

Solo quienes observaban la escena desde fuera pudieron comprender lo que ocurrió. En el instante exacto en que el bō se disparó, Ryota inclinó el torso hacia adelante a una velocidad absurda, flexionando las piernas mientras avanzaba un paso; la madera pasó tan cerca que apenas rozó sus cabellos. Y cuando el arma siguió de largo, liberó de golpe la tensión acumulada, estirando las piernas para impulsarse y ejecutar el uppercut con una soltura impecable.

¿Acaso el chico se había decidido en su pasado por el boxeo? No. En realidad, nunca se decidió por nada: solo practicaba surf, jugaba básquet y coqueteaba con chicas. Aquello no fue técnica ni formación; fue instinto puro. Sus reflejos tomaron el control y ofrecieron la mejor respuesta ofensiva para ese momento. Ryota no era un luchador entrenado, no sabía de distancias, ni de biomecánica, ni de tácticas de combate.
Era, sencillamente, un prodigio.

¿Había gente más fuerte que él? Por supuesto.

Pero Ryota no necesitaba entrenamiento para ser fuerte más allá de lo que su cuerpo ya le permitía. Para él, bastaban cien flexiones, cien sentadillas, cien abdominales y diez kilómetros diarios.

INFO
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#9
Atributos Personaje



¿La imagen frente a ellos rememora el verdadero significado de perder la cordura? ¿De ahogarse en el mar de la indecisión, incertidumbre y la insania? Las expresiones se transfiguran en intervalos de tiempo imprecisos, las palabras se diluyen antes de siquiera aflorar, la postura denota memoria muscular. El enajenado hombre demuestra que una mente corrupta es incluso más peligrosa si gobierna un cuerpo entrenado a un cuerpo carente de experiencias.

Los labios de la fémina se separan, la cizañosa lengua roza la comisura derecha ante la idea de continuar con la teatral obra, al menos es así hasta que el anciano decide volver a entablar ¿Conversación? No, es algo más unilateral, algo personal, irracional y… desquiciado.

“El niño”

Pronuncia, y esa palabra es suficiente para que el entrecejo de la fémina sucumba en la más irritada y colérica expresión.

“Mi”

“Él. Él. Él. Él.”

Repite una y otra vez como si de un disco rayado se tratase. Las manos se tensan en puños que rápidamente se relajan para poder tomar sus armas. La mirada se enciende sin ápice de compasión ante el colapso mental del perturbado maestro. No se trata de contactos, de valía u orgullo, no, ha ido más allá de eso. Los dedos actúan por inercia cuando entre ellos ahora se encuentra una flecha, el arco se alza y se prepara para atacar, no es estúpida, el anciano no quiere ni puede entablar diálogo, la lógica no ha hecho mella en él, al contrario, ha resquebrajado aún más su capacidad de análisis.

A diferencia de Ryota que tiene una personalidad más perspicaz, paciente y desenfadada; Runin es  más radical, menos tolerante y absurdamente tajante e iracunda. Una parte de ella desea atravesar la cabeza del anciano con una de sus flechas, la otra parte anhela correr hacia el dojo en la búsqueda del tan nombrado niño. ¿Por qué aferrarse a lo desconocido cuando podría simplemente continuar con su camino? ¿Cuál es la necesidad de sentir el pecho arder y que la mandíbula ejerza presión proponérselo? ¿Es necesario agarrar el arco con tanta fuerza y preparar la flecha como si estuviera a punto de matar a alguien?

Repentinamente el maníaco se desplaza hacia ellos, en específico, hacia su compañero y, fuera de sentir un ápice de inquietud, siente sosiego. Sin perder tiempo y de manera inmediata, Runin salta un par de metros hacia el costado derecho para tomar distancia. Aunque en un principio no logra ver el movimiento del bō por su velocidad, la fémina entiende perfectamente que no hay necesidad de preocuparse por Ryota, no, él sabe lo que hace y solo bastó ver por el rabillo del ojo, la expresión en su rostro, para saber que no se quedaría de brazos cruzados.

Y no lo hace.

El contraataque se percibe tan limpio desde la posición de la fémina que esta no puede evitar contener el hálito. El golpe se torna sonoro y seco hasta que una ligera idea hace mella en la amazona, algo que la vuelve a activar. Si desea información no puede disparar a zonas comprometedoras, no hasta saber el estado del niño, el cómo y en qué zona del dojo se encuentra.

Suelta la flecha con violencia contra el dorso de la mano izquierda del hombre, la misma que sostiene el bo, para dañar el agarre del arma. Una zona delicada que al romperse o contraerse no solo causa dolor, sino también dificultad para cerrar la mano, en especial si se tiene algo entre ella, como el arma del anciano. Como el cazar de un animal, saber en qué zona golpear significaba evitar que continuaran moviéndose, atacando, que se convirtieran en la presa, en alimento para la semana de un par de hambrientos niños.

[Imagen: 3izRzoA.png]

—Dime dónde está el niño o la próxima flecha irá en tu garganta.

La voz se escuchó gélida, como una ira silenciosa que provoca profundas respiraciones. Saca otra flecha y la vuelve a preparar, esta vez apuntando realmente hacia el cuello del hombre. —Nos vas a decir todo lo que sabes o me aseguraré que no vuelvas a decir una sola palabra en la vida, ca-ri-ño. —Es un tema sensible para alguien que transforma la sensibilidad en brutalidad.


OFF ROL
[Imagen: MQT49Lq.png]
#10
El impacto combinado fue demasiado.

El uppercut de Ryota, seco y perfectamente encajado, le levantó la cabeza al anciano como si le hubieran arrancado un resorte interno. La flecha de Runin, precisa y cruel, atravesó la mano que sostenía el bō, arrancándole un alarido desgarrado. Sus piernas fallaron, el arma cayó rodando por el porche y, tras un segundo tambaleante, el cuerpo del maestro se precipitó hacia adelante.

Golpeó el suelo de madera con un estruendo hueco.
Y no se movió más.

Había quedado completamente inconsciente.

Solo entonces, desde la puerta entreabierta del dojo, se escuchó un sollozo reprimido.
Un hombre salió tambaleándose, con ropa desgarrada, la cara amoratada, un hombro vendado de mala manera y las muñecas aún marcadas por cuerdas.

Era el padre.

Sus ojos estaban húmedos, pero abiertos de par en par mientras miraba a los dos jóvenes.

-L-Lo vi… todo… -murmuró, con voz temblorosa- Estuve ahí dentro… atado… escuchándolo perderse cada vez más.
Hizo una reverencia torpe, dolorosa, pero cargada de sinceridad.
-Gracias… gracias por salvarnos a mí y a mi hijo. No sé qué habría pasado si no llegáis.

Se limpió la sangre seca de la frente y respiró hondo, intentando recomponerse.

-Mi hijo está dentro… solo está asustado. No le hizo daño, no… no físicamente. Pero quería… -apretó los dientes- quería convertirlo en una herramienta. Un arma para esas malditas peleas.

Tragó saliva con dificultad.

-No es un secreto… pero tampoco es algo de lo que la isla hable abiertamente. En los arrozales del lado este… -señaló hacia un sendero estrecho entre bambú y tierra húmeda- hay un complejo viejo, abandonado hace años. Un secadero enorme donde antes se procesaba el arroz.
Bajó la mirada, como si incluso nombrarlo fuera peligroso.
-Ahora lo usan como arena clandestina.

Se frotó las manos nervioso.

-Peleas ilegales. Apuestas astronómicas. Combates sin reglas. Nadie de la Marina patrulla ahí. Nadie quiere meterse. Los que lo organizan… tienen contactos, dinero y un montón de luchadores dispuestos a matar por unas monedas.

Respiró hondo, temblando.

-El maestro quería llevar allí a mi hijo. Decía que “un diamante así podía volver rico al dojo”. Que “los niños dan más espectáculo porque nadie espera que vivan”.
Se estremeció.
-Intenté detenerlo, y… bueno… ya os podéis imaginar cómo acabé.

Caminó hacia el interior del dojo y, tras un momento, regresó con un pequeño saco de tela. Lo abrió y dentro había un puñado de billetes arrugados, escondidos anteriormente por el maestro entre tablones de su dojo. 

-Esto es lo único de valor que encontré aquí dentro. -Se lo extendió a Ryota y Runin- No es mucho… pero es lo que puedo daros yo. Lo demás… lo dará mi mujer. Os juró veinte mil… pues bien, os lo pagará. Y no dejaremos que os vayáis sin vuestra recompensa.

Dio un paso atrás, mirando al anciano tirado en el suelo con cara de decepción y asco. 

-Si de verdad queréis saber más sobre esas peleas… yo puedo guiaros hasta la zona de los arrozales. Pero os advierto… -sus ojos se endurecieron- una cosa es pelear en un dojo… otra, muy distinta, enfrentarse a los monstruos que combaten allí por diversión y dinero.

Miró hacia el bosque, hacia el sendero que llevaba al pueblo.

-Ahora… vamos. Mi esposa estará esperando. Y mi hijo… quiero que descanse...

Detrás de él, desde el interior del dojo, una vocecita temblorosa llamó:

-¿P-papá…?

El hombre corrió hacia dentro sin pensarlo dos veces.

La aventura en el dojo había terminado.

Pero la de los arrozales…
Esa acababa de empezar.

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