Dongryong Lu Yan
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26-11-2025, 04:22 AM
(Última modificación: 27-11-2025, 06:51 AM por Dongryong Lu Yan.)
R U MINE?
post-llegada a isla Samba, Dia 23 de Otoño, año 16.
No había dormido durante la noche anterior. No obstante, quien observase con atención la comisura de mi boca podría percatarse sin dificultad como la expresión bastarda y arrogante era decorada apenas por unos hoyuelos, suelto a todo pesar, atento en cada detalle y tal vez esperando apareciesen problemas, más no parecía ser el caso y tan solo resultaba un deseo impulsivo de la sombra, del imprudente y grosero a quien todos podrían referirse, aunque claro para esta ocasión solo era capaz de suponer el pensar de a quienes consideraba bastardos sin filtro ni vergüenza pero, que también y encontraba cercanos, todo revoltosos, todos absurdos y a la vez muy queridos.
Habíamos marchado tras nuestra llegada en busca de refugio.
El diligente Cao insistía en comparar los cosos de las posadas,
Silencio y Larry iban uno encima de otro detrás de nosotros,
Y estaba seguro de que una de las chicas había traído comida.
Me preocupaba en cierta manera haberme acostumbrado, inevitablemente melancólico y dramático sobre todo después de habernos visto obligados a despedir en isla karate del joven gyojin con manos palmeadas amarillas. ¿Quién hubiera imaginado que sería el primero de nosotros en retractarse? farfulle desganado, recordando que este nos había presumido una mujer con quien casarse y regalado toda la basura que no creyó volver a necesitar, tema feliz y grato que me disgustaba desde lo profundo del ser y hace ya varios días porque me hacía pensar en la mujer con la cual me habían prometido y aquella amiga quien me tomaba a gusto cuando le venía el capricho.
A todo eso no acabe disfrutando de mi hamburguesa del todo.
Sin poder quitarme de la imaginación los pechos de la morena,
Más confortándome en silencio y pesar de la fuerza obtenida,
O del viaje y transformación que me hacían un mayor hombre.
No me quedaba otra. Por supuesto, acabe suspirando y una vez que el grupo había decidido en donde podríamos hospedarnos hice mi mejor esfuerzo para cargar lo que podía hasta llegar y devolverles sus mochilas a cada uno, entonces pedí apresuradamente las llaves y fui a mi habitación para tomar una ducha en la que inclusive después únicamente habría buscado en mi reflejo algo metafórico qué no había en la mirada y que me hacía sentir calma, “¿cuán lejos puedes llegar con vida?” me preguntaba, encontrándome así con un pensamiento desagradable que era distinguible y me sorprendería debido a lo distante y cobarde que me parecía, entonces empecé a reír solo.
No hice sino descartar por completo la nube de pensamiento.
Reposando ambos de mis codos sobre el lavado y del espejo,
Arqueando con orgullo el cuello hacia abajo tras reflexionar,
“¿qué mierda importa?” porque esa era la respuesta y verdad.
El sueño, la despedida y este deseo sexual insatisfecho me empezaban a jugar en contra todo a la vez y claro que aunque me disgustaba sabia la razón por la que, de manera que tras salir de la ducha intente tumbarme en cama, buscando reparar de alguna manera bruta mi desorden pero no era tan sencillo, y aunque la noche empezaba con la figura de la luna en horizonte mis pensares, mis sentires y mis deseos no resultaban demasiado distintos aún, razón por la que volví a suspirar, por la cual me coloque un pantalón y desprovisto de todo lo demás tome para mi disposición la barra de metal afilada en cada extremo sobre mis hombros mientras iba saliendo hasta el patio.
La madera tapizada seria concreto y polvo, pero sin desear ser interrumpido o ganar más atención de lo que era necesario seguí avanzando fuera de los limites de la posada hasta que entre finalmente en sus jardines cercanos, suficientemente lejos de la música salsera que empapaba cada esquina como para reconocer el ruido de las brisas sobre las hojas y ruedas de bicicletas u otros pequeños vehículos terrestres aparecerse, que y apenas lo hacían, entonces me detuve una vez que encontré un espacio lo suficientemente amplio entre las hojas de otoño como para recordarme un tatami y relaje mi postura, amplie las piernas y me deslice hacia adelante, un paso a la vez.
Era un solo movimiento, sencillo y amplio, un corte hacia arriba.
La hoja mas grande estaba de frente sostenida sobre mi diestra,
Y por el contrario apretaba el puño sobre la mitad con la zurda,
Buscando controlar la distancia apuñalando gentilmente al aire.
No había sido más que una acción, no una coreografía, un simple gesto, en donde buscaba alejarme del pensar y debajo del brillo blanco de la luna menguante o abrazado por el agradable frio de la oscuridad seguía mi camino.
Asherah Bel-Nadin
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26-11-2025, 01:00 PM
(Última modificación: 27-11-2025, 06:44 AM por Asherah Bel-Nadin.)
Well... am I yours?
I guess what I'm tryin' to say is I need the deep end
El ambiente selvático respiraba hondo, como si el calor del día hubiese quedado atrapado entre sus hojas enormes y ahora, en la madrugada, exhalara lento… casi maternal. Yo venía caminando desde la orilla del río, donde las casas de madera crujían con esa nostalgia tan vieja como mis propias manos. Volver después de tantos años —y hacerlo sola, con el corazón marcado, con la historia encima— tenía un filo dulce.
Samba había sido la primera isla que me hizo sentir que el mundo era más grande y amable de lo que creía, cuando era chica y mi papá me traía escondida entre las cajas de mercancía, haciéndome prometer que no iba a contarle a nadie que me dejaban entrar al mercado como si fuera un ayudante más.
Hoy había pasado el día recorriendo todo eso que creí olvidado.
Me había perdido entre las calles de piedra de la zona alta, admirando los azulejos que parecían espejos de luz; después bajé hasta la ribera, donde un grupo me agarró desprevenida y me arrastraron a palmear el ritmo mientras ensayaban. Traté de seguirles, torpe pero feliz, y terminé riéndome sola, con los tobillos llenos de tierra.
Más tarde compré fruta, un pan dulce de caña, miré el río hasta que oscureció y, fiel a mi mala costumbre, escuché un par de conversaciones ajenas que no me concernían pero igual me tentaron. Pasó de todo y no pasó nada. Un día redondito, tibio, simple.
Y ahora… ahora buscaba cama.
El hotel que apunté era uno de esos de fachada modesta pero de interior fresco, con patio interno y olor a jazmín. Me gustó apenas lo vi. Caminé hacia la entrada arrastrando el cansancio en los hombros y ajustándome la tiara con un gesto tan natural como respirar. Ya me imaginaba tirándome panza arriba, acomodando las pulseras y agradeciendo a quien quisiera escuchar.
Pero la noche me tenía otra cosa preparada.
Al doblar la esquina, un sonido metálico cortó el aire húmedo. No era agresivo: era limpio, medido… hermoso en su precisión. Me frené automáticamente. Mis sentidos no son los mejores —el olfato lo tengo medio dormido— pero el oído me funciona como un reloj. Y ahí estaba: un silbido contenido, seguido por un golpe sordo en la tierra.
Seguí el ruido hasta los jardines que rodeaban el hotel. La música salsera del centro del reino quedaba lejos, apenas un rumor. Las hojas se movían con una brisa fresca que agradecí en silencio.
Y entonces lo vi.
Una figura solitaria moviéndose bajo la luna menguante.
Desnudo de todo salvo un pantalón oscuro y su propia determinación.
El metal danzaba para luego elevarse con un gesto amplio, elegante, preciso como una aguja de cirujano.
El hombre avanzaba en silencio, cada músculo marcado por la luz: brazos venosos, abdomen tensado, piernas firmes que sostenían un equilibrio casi antinatural. Su espalda… su espalda era un mapa perfecto de líneas y sombras, y las alas negras —esas alas de fuego ancestral— se plegaban y abrían apenas, como si también ellas respiraran con él.
Era una imagen hermosa. Y peligrosa. Y triste.
Me quedé mirando, con esa mezcla de respeto y pudor que me agarra cuando siento que estoy espiando algo íntimo.
Y ahí lo supe.
El latido me dio un salto que casi me desacomoda la respiración.
Ese perfil afilado.
Ese pelo blanco desprolijo que caía como un vendaval detenido aunque estuviese recortado.
Y esos ojos, aunque no los viera de frente, ya los conocía: ese amarillo pálido que podía confundirse con la luna misma.
Dongryong Lü Yán.
El nombre me atravesó como un rayo tibio. No dolía —no, eso hacía rato que había quedado atrás— pero sí me abrió un hueco en el pecho, ese hueco suave que dejan las cosas que casi fueron y, por suerte, no terminaron en guerra. Él había sido el primero en mostrarme que se podía salir del nido sin pedir permiso, que el mundo no esperaba a nadie. Yo le copié la idea, la libertad… y en algún punto también la valentía. Así que verlo ahí no era una herida: era un llamado antiguo, una vibración conocida.
Me humedecí los labios sin pensarlo y dejé escapar un murmullo cortito, escondido entre mis dientes, apenas un puñado de palabras que me acomodaron el alma antes de mover un pie adelante — No puede ser... La vida es cortita... pero jodida... es todo un tema...
La madrugada de Samba parecía observarnos.
Los jardines respiraban.
El filo se movió otra vez.
Y yo empecé a caminar hacia él.
Me acerqué lo suficiente como para que la luz lunar me tocara el rostro pero no invadiera el espacio donde él practicaba. No quería romper su equilibrio; solo quería existir a una distancia que pudiera alcanzarlo sin interrumpir su respiración. Pero también sabía —sentía— que si me quedaba quieta me iba a arrepentir. No había miedo, ni rencor, ni nada áspero entre nosotros. Solo historia. De esa que, lejos de envenenar, deja un perfume raro.
— Lü… — susurré primero.
El nombre chiquito, el que me salía natural, el que me había quedado pegado a la lengua incluso después de que cada uno siguiera su rumbo.
Esperé un poco a por reacción, y di un paso más, uno lento, firme, que hizo crujir las hojas caídas.
— Dongryong Lü Yán… — dije entonces, dejándole caer el nombre entero, despacito, como si lo ofreciera entre las manos.
El silencio se abrió entre los dos, no incómodo sino expectante, como un telón a punto de levantarse. Se respiraba el olor a tierra tibia y a hoja cortada, con la sensación paradójica de estar encontrando algo que nunca había perdido del todo.
La luna menguante iluminaba apenas su perfil.
Las alas plegadas parecían un manto oscuro.
Y yo… yo sentí que el futuro, por un instante, se apoyaba en ese pedacito de madrugada para tomar envión.
Esperé.
Con el peso dulce de saber que, esta vez, no éramos pasado: éramos dos caminos que se cruzaban en silencio para ver qué hacían con el encuentro.
Y lo miré.
Porque a veces eso es todo lo que hace falta para empezar algo nuevo.
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Habiendo mecido con el sostén de mis brazos del lado con mayor filo dispuse todo peso hacia arriba y adelante sin prisa ni brusquedad mientras que inevitablemente mis abdominales se tensaban, mi mirada seguía el corte, mis pies intentaban mantener su firmeza y mi cadera se giraba buscando una posición solida que me regresara estabilidad por inercia mientras trataba de inclinar nuevamente la barra desde su mayor filo haciendo un arco, dibujando con belleza efímera de un corte hecho de aire y tenue brillo de la luna que descendía por mi costado buscando una línea casi horizontal o tal vez diagonal mientras mi postura cambiaba, rotando completamente.
Más todavía de espaldas no concebí oportunidad alguna de percatarme de su figura o de su voz por lo menos hasta que había sido pronunciado mi nombre completo y debí cesar cualquier gesto innecesario con mi arma, reposando la hoja curva sobre la tierra mientras que todavía con una mano sujeta en la barra de metal habría actuado instintivamente hacia su voz buscando mi nombre y queriendo mirar incluso siquiera antes de notar, perspicaz o incrédulo en cierta medida, buscando de reojo desde mi espalda, casi seguro de que habría podido escuchar la misma voz alguna vez en el pasado y a su vez descartando como absurdo y tonterías y sin sentido.
Lo más seguro es que había escuchado mi nombre de mis compañeros y ni siquiera había dicho “Dongryong” sino que inclusive para mi resultaba complicado diferenciar de “Dongbin” ese reemplazo casi idéntico al pasado. -Disculpa ¿qué mierda acabas de decir?: creo que estabas llamándome.- cuestione, saludándola de espaldas casi por completo mientras que alcanzaba a observar detrás de mis negras alas la figura oscura de muslos gruesos, tal vez únicamente preguntando incluso después de haber ignorado la posibilidad de que hubiera dicho aquel nombre porque había algo en mí que no podía quitarse el tono de su voz, o la imagen de sus piernas de cerca.
No había alcanzado a escuchar su primer dialogo. Por supuesto, había estado demasiado ensimismado en la nada o entrenando como para conectar la idea de sus impresiones de la vida corta sobre lo que parecía querer decirme, entonces me decidí en clavar la hoja sobre la tierra por mientras me giraba hacia ella, incapaz de avanzar incluso un paso mientras cruzaba ambas piernas e inclinaba mi peso sobre esta misma barra de metal mientras detallaba, buscando en el rostro oscuro de la mujer, en sus ojos celestes y en su hermoso par de alas, tal y como sí siguiera creyendo que habría algo que ignoraba mientras sabia que aquella lunarian era sin lugar a dudas muy hermosa.
-Mierda. Eres tan caliente, chica; lástima que tu rostro me recuerda a mi ex.- bromearía ¿era sobre aquel fuego? ¿sobre lo que deseaba de ella? ¿o tal vez..? en todo caso, lo único cierto es que no la podía ver con su pasado, incapaz de imaginar a la joven de hace unos tantos atrás con la figura mas crecida y también más reveladora que aunque una parte de su cerebro le remarcara que era evidente, otra sencillamente se hartaba de pensar del ayer, entonces tal vez y sí la recordaba pero quería creer que no era ella mientras mantenía una sonrisa sarcástica y floja que ni siquiera sabia que estaba pensando, naturalmente sincera mientras mantenía curiosidad sobre ella.
Asherah Bel-Nadin
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27-11-2025, 03:10 PM
(Última modificación: 27-11-2025, 03:27 PM por Asherah Bel-Nadin.)
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La hoja besando la tierra vibró apenas, como si hubiera retenido el último aliento del movimiento que la había guiado. Distinguí su espalda todavía tensa, las alas plegadas con una torpeza orgullosa, la mirada afilada intentando resolver quién era yo sin admitir que ya lo sabía.
Su voz —siempre un filo envainado en mala educación— llegó primero.
Me mordí un costado del labio para no sonreír. Qué tipo. Podía atravesar un tronco de un tajo, pero enfrentarse a un nombre dicho con cariño lo dejaba descolocado como un nene. Lo miré en silencio unos segundos, dejándole ese espacio que necesitaba para acomodarse en su propia incredulidad. Él buscaba mi rostro desde atrás de sus alas, como si estuviera espiando una memoria que no quería admitir.
— Sí — respondí al fin, con la simpleza que corta mejor que cualquier espada — Te estaba llamando. Y lo dije bien, no te hagas el dolobu. Dongryong Lü Yán.
Lo vi tensarse. No de miedo; de reconocimiento. Ese tipo de reconocimiento que se te mete por el estómago y te deja sin lugar donde poner las manos.
Él clavó más firme la barra en la tierra, cruzó las piernas, se apoyó, se sostuvo. Cada gesto suyo parecía un intento de decidir si daba un paso hacia adelante o si retrocedía al pasado donde me tenía acomodada. Lo dejé hacer. Después de todo, siempre había necesitado un poquito más de proceso que yo.
Cuando por fin habló otra vez, lo hizo con esa mezcla insoportable de humor bruto y verdad a medias que era puro él.
La risa se me escapó como un chispazo. No era dulce, no era liviana; era esa risa que sale cuando ya no duele nada.
— Hhh-heh-hhh ¿Caliente, eh…? — repetí bajito, casi saboreando la palabra, como si la estuviera pesando entre los dientes.
Mi mirada trepó por su torso, por el filo apoyado en la tierra, por la curva exacta donde su respiración hacía sombra — Mirá qué desfachatez… ¿y antes también pensabas lo mismo de mí, Lü? — pregunté con un filo suave, uno que brillaba más por sinceridad que por maldad.
Di un paso hacia él. No uno tímido: uno entero, firme, de esos que no piden permiso porque saben que el cuerpo adelante entiende el idioma sin traducciones.
Seguía sin invadirle el espacio, pero ya lo estaba tocando con otra cosa. Con intención. Con memoria.
— Porque… — seguí, ladeando apenas la cabeza, dejando que la luz me recortara el perfil — …habrán pasado algunos años, pero no fueron tantos como para que yo me haya convertido en otra persona... es todo un tema.
Lo dejé flotando un instante. Un segundo de silencio digno, como para que solito se diera cuenta sin afirmarlo yo misma, que si, que yo era esa ex a quien se había referido.
— ¿O es que sí ves cambios? — mis cejas se alzaron, curiosas, casi divertidas. — ¿O será que me estás mirando con otros ojos? No los protocolares… no los que te obligaban cuando teníamos aquel arreglo familiar colgando del cuello. — Y ahí me salió una risa cortita — Hhh-heh-hhh... Porque vos y yo… nunca fuimos protocolo. Jamás nos salió.
El brillo de la luna se filtró entre las alas negras que lo escoltaban, y lo usé: avancé un último paso, pequeño pero decidido, lo suficiente para que, si alzaba la vista, el reflejo de mis ojos celestes le llenara el campo de visión.
— Mirame, Lü. — El diminutivo salió natural, casi afectuoso, casi burlón — Si te animás — dejé caer la frase con un ritmo lento, resbaloso — …podes conocerme de verdad esta vez.
Mi ala derecha se plegó un poco saliendo totalmente del escondite entre mis ropas, obediente al instinto que siempre me delataba cuando estaba expectante. No era seducción; era naturaleza. Era la marca de mi linaje latiendo bajo la piel.
Lo observé ahí, apoyado en su filo, con esa mezcla de soberbia y desconcierto tan suya. Y una chispa se me encendió en los ojos, ligera como una brasa bien cuidada.
— Después de todo, Lū… — murmuré con humor apenas inclinado, acomodando mis pulseras sobre las muñecas, luego la tiara sobre mi frente y al final tirando los breteles de la blusa, haciendo que mi busto se meciera con cadencia sumida — …si me vas a comparar con alguien, que sea con la versión mía que nunca te dejé ver.
Honestamente… el futuro estaba oliendo a electricidad linda. Y yo no tenía ningún problema en entrarle primero.
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A inicios me negaba a ver la verdad, indiferente ante su mirada cálida y profunda que sin distancia ni vergüenza me alcanzaba cariñosamente buscando un entendimiento intimo tan personal y del cual estaba desacostumbrado, ¿cuándo había sido la última vez que ella me observaba con tanta dulzura? era diferente, distinguible y no sabia por lo menos en principio reconocer ni su rostro ni la intención que aparecía repentina y lentamente de la nada, aunque inevitablemente sentiría aprecio bajo el peso de su mirada, por lo cual frunciría con tristeza mi entrecejo, ¿debía según la etiqueta social hacer una expresión confundida? de ser así, fui grosero, incapaz de apartarme del brillo de sus ojos que observe intrigado, melancólico, distinguiendo y aceptando el debido recuerdo a su nombre.
En principio habría esperado cualquier otra emoción, persiguiendo la comisura de sus labios sobre aquel curioso instante incierto forjado en pena por naturaleza y del cual no podía sino también acercarme buscando su rostro, ¿cuánto había pasado desde que había abandonado nuestro matrimonio? que vergüenza, pero siempre había sido un hombre descarado por lo cual incluso si había vivido una vida alegre sin mí no pude resistirme en su dulzura, disponiendo la palma de mi brazo izquierdo por debajo de su mentón mientras también introducía en las hebras de cabello en su nuca la caricia y sostén de dos de mis dedos presionando con el pulgar la comisura de sus labios.
-Dime: ¿cómo es la vida de una mujer casada? ¿él te hace feliz? ¿lo amas?- interrumpiría, habiendo aceptado esa era quien hubiera sido mi mujer y reconociendo también que habían pasado suficientes años para ser la de otro, tal vez habiendo querido preguntar sino en cambio sí estaba perdiendo mis sentidos en un delirio autoinducido en donde imaginaba todavía nuestra cercanía incluso cuando de más de jóvenes no había sido más que cortesía, entonces fruncí la comisura de mis labios hacia atrás insatisfecho, entristecido y apreciando con sorpresa haber podido ver nuevamente a esta quien seguramente para este punto de la vida había formado una hermosa familia.
No obstante, la mitad de la comisura de mis labios se alzó en una sonrisa caprichosa ante su segunda pregunta aquella que no iba a poder ignorar tan fácilmente mientras parecía regañarme por apuntar no haber cambiado, entonces asentí dos veces para ella: -Pero, aun así, primera vez que te veo vistiendo algo ajustado: luces bien.- remarque como sí hubiera sido tan sencillo y evidente que no necesitaba ser mencionado de una manera directa, evitando pronunciar su nombre bajo el mismo sentido en que ambos sabíamos ahora y obedeciendo a su orden donde solicitaba más atención, una fijación o una mirada directa, mientras ella expresaba también sus pensares.
-Mujer tonta: ¿acaso de verdad crees que nunca me sentí atraído hacia ti o que no podía ver toda tu belleza?- regañe con torpeza en un tono gentil, frunciendo la mirada con una molestia fingida mientras que rechistaba y negaba repitiendo un gentil movimiento de cabeza para hacer énfasis, porque claro que era una mujer hermosa, entonces dispuse mi mano zurda alrededor de su cintura cubriéndola con mi brazo incluso aunque imaginaba mis palabras consiguieran su molestia, su tristeza o sentimientos enterrados que vendrían de la duda por qué, porque era cierto que nunca me había explicado, -Decidi convertirme en pirata con el pesar de abandonarte: porque me gustabas pero era un compromiso no tú decisión ¿y mi decisión?, bueno, quería conocer mundo.-
Así sin más volvería a regañar a la mujer quien debía de regañarme a mi.
Disponiendo mi frente encima de la suya mientras esta iba acomodandose.
Esperando que procesara mis palabras luego de haber ignorado su oferta,
Aunque a medias, mientras no le apartaba ni le besaba ni nombraba, aún.
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Su toque me cayó encima como un recuerdo que no pedí permiso para revivir: firme bajo el mentón, cálido en la nuca, insolente en la comisura de los labios. Ahí estaba —ese descaro suave que solo él sabía manejar— poniéndome entre sus manos como si el tiempo no hubiera pasado ni un minuto.
Lo dejé hacer.
No porque lo necesitara… sino porque me gustó. La electricidad que antes sentía en el ambiente ahora se palpaba en la superficie de las sensaciones de mi piel, encrispándola.
— Ay, Lü… — solté en un susurro que tembló apenas, más por memoria que por pudor.
Sus preguntas me atravesaron una tras otra, sin anestesia: ¿marido?, ¿feliz?, ¿amor ajeno?
Por un latido me quedé quieta, no sorprendida… sino con esa picardía lenta que aparece cuando una sabe algo que el otro todavía no procesó.
Me reí bajito, con esa risa mía que nace del pecho y se escurre hacia la garganta.
— Hhh-heh-hhh ¿Marido? — repetí, casi saboreando la palabra como si fuera una fruta demasiado madura — ¿A mí me ves casada? Dale, Lü… ni que no me conocieras. Yo no pertenezco a nadie.
Mi mano subió sola, suave, y le tomó la muñeca que seguía en mi nuca; no para apartarla… sino para ajustarla un poquito más. Un gesto chico, íntimo, casi descarado.
— No hay otro. No hubo otro. Y si lo hubiera, no estaríamos así — murmuré, dejando que una exhalación rozara su mentón — porque yo no hago estas cosas a medias.
Mis alas se plegaron detrás, acompasando la respiración como si el cuerpo supiera algo antes que la mente. La piel me latía con un calor sutil, ese calor que una reconoce cuando una puerta vieja está por abrirse otra vez.
Él dijo que me veía bien.
Que era la primera vez que me veía ajustada.
Que siempre había visto mi belleza.
Me mordí el labio, ahora sí sin disimulo, y una chispa juguetona me encendió los ojos.
— Ah, pero mirá vos… así que sí me mirabas. — La frase quiso salir como un un cantito ligero, burlón, íntimo — Y yo que pensé que te hacías el estoico por deporte.
Mi mano libre se deslizó por su pecho, lenta, como tanteando un territorio que ya había sido mío en otra vida. No apuré nada: apenas lo rozaba, apenas lo marcaba… pero dejaba claro que aceptaba cada centímetro de cercanía que él proponía.
Su mano en mi cintura me agarró bien desprevenida.
No por el gesto —que me gustó más de lo que admití en ese primer segundo— sino porque la piel ahí estaba completamente expuesta. No había tela que amortiguara nada: solo mi calor y el de él chocando directo, piel contra palma.
Y ahí se me escapó un pensamiento tonto, rápido, pero tan mío que me dio risa interna: “Menos mal que no viajo con bolsos grandes…” Porque si no fuera por esos dos bolsitos sujetos firmes a mis muslos y la riñonera que cruzaba mis caderas como un cinturón disfrazado, Lü habría chocado con medio equipaje antes de tocarme así. Pero los tenía bien acomodados, con la parte del bolso escondida hacia la espalda entre alas y tela.
No estorbaban.
No interrumpían nada.
Y por cómo me apretó, menos mal.
Mi respiración se encendió justo donde su brazo me marcaba, y la piel me vibró como si reconociera un mapa viejo. No me aparté. No podía. Sería como negar que ese contacto me acomodaba algo que no sabía que tenía desordenado.
Su confesión —pirata por decisión, no por huida de mí— cayó como una piedra en el agua. No dolió. No ahora. Solo hizo ondas.
— No te culpo — susurré, apañada por la cercanía — Si me hubieran prometido el mar a los veinte, capaz yo también salía corriendo. Pero… — y lo miré con esa sinceridad que le guardaba en un rincón privado — …que te gustara y te callaras todo… eso sí que fue una picardía tuya, eh. Es todo un tema.
El aire entre nosotros se apretó cuando él apoyó la frente y no se movió más, abriendo una grieta dulce en el aire. Pude sentir su respiración mezclarse con la mía y, por un instante, el mundo se volvió tan chiquito que entraba entero en el espacio entre nuestras narices.
Yo completé lo que faltaba.
Elevé el mentón, apenas lo suficiente para que la distancia se volviera un hilo tensado a punto de romper:
— Decí mi nombre, Lü… — el tono me salió bajo, casi ronroneado — …quiero escucharte.
Mi mano abandonó su pecho y con el índice acaricié su labio inferior con una delicadeza que contrastaba con el filo de mis palabras.
— Y si lo decís… capaz te gane de mano — sonreí con esa mezcla de ternura insolente que siempre fue nuestra — …y te bese yo primero.
El mundo alrededor quedó suspendido, sosteniendo la chispa.
Yo ya estaba lista.
No para el pasado.
Para él.
Para lo que viniera después del nombre.
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Habría sonreído a su confesión. Pero, conseguí sobre sumo esfuerzo cerrar mi boca frunciendo tal vez sin éxito mayores pistas de mi agrado que la mueca desigual risueña, desvariando y relamiendo de la comisura del labio, torpemente incapaz de ocultar mi agrado mientras que mi mirada resaltaba mi contento alzándose con orgullo igual qué si hubiera dicho en su soledad que había esperado y fuese algún caballero mítico de cuentos antiguos, ¿cómo resistir la casualidad de volver a encontrar tras tanto creer haberle perdido o negar cualquier sensación de causalidad sobre nuestra cercanía? titubee, inseguro e ilusionado, incluso mientras me negaba en aceptarlo.
-Por supuesto, una vez me había escapado no deje de preguntarme que había sido de ti pero también imaginaba que me había convertido en la última persona que hubieras querido te enviara alguna carta.- confesaría a pesar, incapaz de permitir que permaneciera cualquier equivocada idea mientras reforzaba mi sorpresa a su presencia en donde había imaginado por años haber encontrado mejor compañero con alguno de mis hermanos mayores, incapaz de preguntar que tanto había ocurrido hasta que finalmente fue liberada o se hizo libre del compromiso buscando disfrutar su compañía tan simple y sin caos como habría sido alguna vez cuando éramos más jóvenes.
-Pff ¿estas intentando seducirme ahora?: nunca te guste en primer lugar solo te ordenaron casarte conmigo.- replique con gracia a su aseveración, incapaz de creer completamente que nunca hubiera otro ni mucho menos nunca hubiera imaginado un amor incluso por más falso que fuera, razón por la cual decidí molestarle un poco, manteniendo la madurez de un viejo compañero, pero también incapaz de abandonar por completo mi descaro robando de sus labios un gentil toque durante lo que ella buscaba exhalar, buscando un espacio premeditado, encajando mi nariz sobre la suya, interrumpiendo un casi beso mientras musitaba mi contento con una risita.
La piel de nuestro vientre se rozaba. Yo, debido a que no traía ninguna camisa luego de abrazar a su cintura y claro ella por vestir con una especie de crop top el cual facilitaba en gran medida la medición termo-calorífica. Hubiera creído sentir su respiración, su pesar o alivio a nuestro tacto y aunque no estaba del todo seguro aún todavía persistía mi brazo sobre su cintura como un gesto firme que untaba nuestra distancia sobre la cercanía, permitiéndome sentir el aroma cálido en su piel oscura y aprovecharme del momento en donde hubiera creído adecuado arrastrar mis dedos en su nuca sobre su cabellera plateada, peinándole hacia atrás mientras le miraba.
-Tal vez nunca hubiera escapado sí hubiera tenido el descaro para tomarte en las noches que visitabas la casa.- bromee con picardía, sin hablar complemente en serio mientras que sin ser completamente consciente de ello apenas a un gesto de tomar sus labios, regrese mi cuello hacia atrás sin completar el beso pero claro excitado, manteniendo mi mano zurda sobre su cadera y presumiendo mi naturaleza mientras que me tomaba el gusto acérrimo de respirar, palpitar y engrosar mi calma mi mirada buscando sobre la punta de mi lengua lo simple, ¿por qué importaba pronunciar su nombre? no lo sabia, no realmente pero imaginaba que creía que lo olvide.
-Esta bien. Te preguntare entonces: ¿qué perfume usas? Porque huele a qué serás mía Asherah Bel-Nadin.- bromee nuevamente, haciendo un comentario sin sentido y un piropo lleno de egocentrismo hasta acabar complaciendo la solicitud hacia su nombre completo, como si no hubiera habido un dia en que lo olvidara.
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Su nombre en mi boca era una promesa; el mío en la suya, un peligro.
Y cuando lo dijo —cuando lo dejó caer con ese orgullo puerco y hermoso que siempre lo traicionó— sentí algo en el vientre apretarse, no de nostalgia sino de puro presente.
Porque no era el pasado el que me llamaba.
Era él.
Su voz ronca, su vanidad absurda, ese perfume salado que le nació de mar y pecado.
Me reí bajito, con una alegría que no buscó permiso.
Porque me había ganado.
Porque lo consiguió sin darse cuenta.
— ¿Así que ahora sabés pronunciarlo sin que te tiemble la lengua, ah? — musité, cerca, demasiado cerca, con esa ironía mansa que siempre fue mi escudo y mi ternura — Qué rápido aprendés cuando querés poseer algo.
No dije “a alguien”.
Dije “algo”.
Porque nos gustaba lo feo.
Lo crudo.
Lo honesto.
Él podía ser pirata, mercenario, sobreviviente del mar y de sí mismo… pero en el fondo seguía siendo ese chico que se relamía la boca para esconder sonrisas que le salían más grandes que el orgullo.
— No te hubieras convertido en la última persona — murmuré — solo hubieras sido la primera que no sabría qué hacer conmigo.
No lo dije como reproche, sino como verdad desnuda: él huyó al océano porque era más fácil navegar tormentas que quedarse a aprender mi idioma.
Su broma vino como un latigazo suave, buscando refugio en la picardía para no quedarse desnudo ante la confesión.
— ¿Que nunca me gustaste? — repetí, sin indignación, solo con ese humor cruel que se vuelve azúcar en voz baja — Si no me hubieras gustado, no estaríamos así ahora mismo.
Y lo señalé sin tocarlo: no con palabras, sino con el lugar exacto donde la tela del pantalón fallaba en esconderle la verdad.
Oh, sí. Estaba así.
Y cada pulso suyo lo delataba con entusiasmo.
Cuando robó ese roce de labios —preso de una audacia vieja, recuperada— no lo esquivé. Pero tampoco lo completé. Fue una colisión breve, húmeda y en fuga, que dejó hambre en los dos.
Yo exhalé, pero esa exhalación chocó contra su captura, dispersándose contra el borde de su boca y abriéndome un escalofrío en la columna.
La piel de los vientres chocó como dos animales reconociéndose.
Su calor me llenó.
Mi calor lo empujó.
Y mi cuerpo, con lujo de crueldad femenina en su diseño caprichoso y generoso, marcó el límite natural entre ambos: mis pechos presionaron contra su torso descubierto, no para alejarlo… sino para gobernar el ritmo.
Los sentí moldearse, suaves pero firmes, presionando su esternón musculado, dictando cuánto podía avanzar y cuánto debía esperar, lo suficiente para que rozaran su piel en un vaivén mínimo, húmedo, deliberado.
Levanté la mirada con malicia satisfecha, porque sentía que cada roce mio lo desmoronaba un poco.
El aire nos traicionó con un gemido ahogado que no supe si salió de él o de mí.
— Qué lástima, Lü… — canturreé contra su boca, sin rozarla — …no tuviste ese descaro cuando me tenías todas las noches cerca.
Su confesión fue otra:
Hubiera tomado.
Hubiera robado.
Hubiera hecho.
Dejé que mi aliento le lamiera la piel antes que mi voz.
— Te juro que me encanta cuando te creés dueño de algo que no tocaste nunca — susurré, suave, caliente — porque ahora querés recuperar tiempo, y puede que te salga mal.
Mi boca rozó la parte posterior de su mandíbula, sin llegar a beso.
Un amague.
Un aviso.
La crueldad dulce de quien sabe el efecto que causa.
Mi cuerpo respondió automático: alas plegándose, abdomen tensándose, caderas acercándose apenas un milímetro más, lo suficiente para que él sintiera mi hambre, sin necesidad de verla.
Cuando deslizó su mano por mi nuca, peinándome hacia atrás, un suspiro escapó de mis labios, traicionero, femenino, insoportablemente honesto.
Ahí.
En esa grieta suave.
— Pareciera que sabés dónde tocar — admití, con una chispa entre adoración y amenaza — aunque te hagas el boludo.
Esa última provocación sobre el perfume me arrancó una carcajada baja, caliente, peligrosa.
Me acerqué tanto que mis labios rozaron su comisura sin llegar a besarla.
Mi aliento se metió entre sus dientes cuando hablé.
— Se llama "te voy a hacer perder el juicio si no decidís rápido".
No lo besé.
Lo amagué.
Y me acerqué hasta su oído, tan cerca que el borde de mi labio rozó su piel cuando hablé:
— Ahora decime… ¿te hospedaste ahí atrás?
Giré la cabeza apenas, indicando el hotel sin alejarme de su cuerpo.
— Porque si querés llevarme… — mi voz bajó, ronroneante, peligrosa — …es ahora.
Mi mano descendió por su abdomen, rozando el punto justo antes del borde del pantalón, sin tocar más, pero dejando constancia de la oferta.
— Si no, vas a tener que vivir con la idea de que esta vez sí te hice falta.
Me separé lo mínimo para que el próximo movimiento dependiera de él.
Pero mi mirada, oscura y brillante, ya había decidido por los dos.
Dongryong Lu Yan
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
100
127
151
33
73
125
109
97
24
60
De pronto, sin siquiera haberme podido dar el gusto de comprenderlo estaba alrededor de muchos pudieses que tal vez y sí fueran de corazón, pero lejos de creer ciegamente a sus palabras escuchaba con atención a su cuerpo, sopesando con intriga la delicada piel oscura de su quijada de manera que extendería mi palma abierta sobre su nuca y mitad de cuello para poder permitirme brindar una caricia constante entre las hebras blancas de cabello, apartando con un gesto sutil escondido mientras la dejaba reclamarme a gusto ser mucha mujer para cualquier pirata como en quien me había convertido ¿cómo no sentirme a gusto con aquel desprecio que igual y esperaba?
No había manera de que llegara a quejarme. Pero, también encontré con tristeza su confesión(escondida) todavía sobre acusaciones siendo que incluso aunque no había dicho nada en principio sería difícil ignorar ser el primero, porque era cierto, el tiempo sucedió y únicamente podía revelar sobre la comisura de mis labios un gusto sincero no solo hacia su franqueza sino también hacia lo que imaginaba, sobretodo porque aceptaba nuestras diferencias, entonces incline mi postura buscando un poco de comodidad mientras reforce la posesión de mi mano sobre su quijada apartando hebras de cabello suelto, permitiéndome observar con detalle y desnudar apenas a su hombro.
-¿Sabes? qué todavía estes enamorada de un chico que te abandono para irse de aventuras...- resalte, burlándome cruelmente mientras presionaba su quijada con los dedos de mi mano obligándola a fijar su celeste con mis ojos, tal vez buscando mentiras, incapaz de creerlo por entero, para entonces presionar de sus mejillas sin delicadeza y siendo el pirata no el niño quien desvergonzado tomaría de su boca introduciendo su lengua contra la de ella, inclinando ambas cabezas, irguiendo su postura sobre ella y a pesar de la presión de sus cuerpos uno contra otro tomando algo de espacio con su brazo que antes estaba sobre su cintura, deslizándose con atención hasta abajo.
Los dedos de su mano izquierda bajaban jugueteando como si fingieran caminar en la parte baja de su columna para entonces rodear el lado también izquierdo del trasero de ella, apretando su glúteo y presionando pa arriba. Por supuesto, quería que se sintiera mía aunque fuera por aquel breve instante mientras le quitaba la boca con gusto y alejándome no sin antes morder su labio inferior, mantuve el agarre en su carne sin querer apartarme, entonces incline a esta hacia atrás mientras erguía mi postura sobre ella para poder permitirme con deslizar de mi tabique en su cuello mientras inevitablemente mis labios rosaban por debajo de la quijada hasta su clavícula.
Besando ocasionalmente a su piel con ternura. Pero, entonces deteniéndome justo por encima de la clavícula en donde todavía podíamos considerar que había cuello para empezar con lo egoísta, buscando hacerle un chupón, permitiéndole hablar sobre quien me creía o incluso tentado a contestar su pregunta por un momento en cual llegue a detenerme y casi ver hacia “atrás”, casi apuntando, casi afirmando, pero generar el chupón era primero, incluso diría prioritario, razón por la que deje a su imaginación la respuesta a su pregunta mientras jugaba a ser aquel pirata por el cual me había nombrado por lo menos hasta que con su propia voz pensara en darme un alto.
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