Bajo la luz suave del amanecer, el pequeño barco mercante avanzaba despacio hacia la Costa del Albatros, un muelle viejo que apenas merecía el nombre de puerto. La bruma matinal aún cubría todo el litoral del norte de Sorbet como un velo blanco que hacía desaparecer los colores, volviendo el mundo un dibujo húmedo y desvaído. Las velas del barco, empapadas del rocío nocturno, crujían con un sonido lento y perezoso. El viajero que llega allí por primera vez podría pensar que el sitio está abandonado. Y, sin embargo, al aproximarse, los detalles empiezan a revelarse uno por uno: mujeres descargando cajones de fruta tropical desde carretas destartaladas; dos pescadores remendando redes con movimientos repetitivos; un viejo que bosteza mientras arrastra un barril vacío; y el ritmo constante de la marea rompiendo contra la madera del muelle, como un suspiro más de los habitantes de la zona.
En un extremo, dos pequeñas embarcaciones están semihundidas, apoyadas contra rocas húmedas, como animales muertos que nadie se ha molestado en mover. El aire huele a sal mezclada con papaya demasiado madura.
Allí atraca el mercante.
La madera rechina cuando la quilla toca el borde del muelle. Los marineros empiezan a arrojar cuerdas, a tensarlas, a asegurar la nave en silencio. Y entre ellos bajan los dos revolucionarios mezclándose con la rutina de la mañana. Nadie los mira dos veces. Nadie espera nada de ellos. Y eso ya es una primera victoria.
El puerto despierta. Y entonces ocurre algo muy sutil.
A medida que avanzan por el muelle, un joven delgado, demasiado delgado para un estibador, demasiado atento para un campesino, se acerca fingiendo llevar una cuerda enrollada. Sus pasos son ligeros, casi silenciosos sobre la madera húmeda.
Habla sin levantar la vista.
-¿Vienen… del sur?- pregunta sin énfasis, como si fuera la frase más ordinaria del mundo.
El código inicial.
Una simple pregunta que solo adquiere importancia cuando sus dedos, casi ocultos por la cuerda, tamborilean dos veces, pausa, una vez. La señal pactada.
Si los revolucionarios responden la frase convenida, una respuesta trivial a oídos ajenos, el muchacho asiente muy levemente, y en un gesto tan fluido que parece parte de su rutina, deja caer una pequeña cajita de madera dentro del saco que uno de ellos lleva colgado al hombro.
-Revisión rutinaria de carga- murmura para cualquiera que esté escuchando. Pero en voz más baja, apenas un suspiro -De parte de los harapientos. Buen viento.-
Luego se marcha sin esperar reacción, perdiéndose entre los estibadores que ponen en orden cajas marcadas con frutas dibujadas a mano. Más adelante, cuando los revolucionarios se apartan del muelle y alcanzan una zona menos transitada, pueden abrir la caja. Dentro hay un mapa dibujado deprisa, con líneas temblorosas y notas garabateadas. Y bajo él, una hoja doblada tres veces:
“Movimientos extraños anoche en el almacén este. Carga con sello del Gobierno. El oficial a cargo no es marine. Patrullas cada 20 minutos. Actuad rápido.”
Debajo, otra frase, escrita por una mano más segura, más dura:
“Si las cosas se tuercen, buscad la linterna rota. El pastor sabrá qué hacer.”
No hay firma. Nunca la hay.
Desde el puerto, el camino comienza a subir hacia la costa. Pasando las carretas, los botes semihundidos, las cajas apiladas con prisas. El sendero se estrecha y serpentea junto al mar, elevándose poco a poco. Desde allí se distingue la silueta de la base naval más adelante: recta, nítida, demasiado ordenada en contraste con el caos humilde del puerto.
Ese contraste lo dice todo.
No habrá peleas. No habrá ruido. Solo pasos silenciosos, miradas rápidas… y la determinación de descubrir qué es lo que el Gobierno está ocultando en esta isla tan aparentemente tranquila.
OFFROLL
Buenas, bienvenidos a esta pequeña aventura. Podéis narrar como llegáis al puerto y lo que queráis, en cuanto bajéis del barco el tipo os abordará, podéis inventaros la señal que queráis para decir que sois vosotros. Cualquier seña o gesto valdrá. Luego en cuanto os alejéis un poco podréis abrir la caja, tened cuidado de que nadie os vea. La nota la tenéis arriba y el mapa lo encontrareis en el spoiler de más abajo. Lo que viene a decir es que hay mercancía extraña que ha llegado al almacén de la base naval, debéis averiguar de que se trata. Si os encuentran husmeando por el lugar, como consejo deberíais huir, aunque siempre podréis plantarles cara los marines. Lo dejo a vuestra elección. Espero que disfrutéis de la pequeña aventura.
*Ling Guang junto con su compañero Klein llegan junto con la considerable cantidad de gente que hace tumulto en aquel barco mercante , una ruta siempre confiable por lo fácil que es confundirse entre tanta gente , siempre que lleves la ropa adecuada y no llames la atención , cosa que a ambos se les dejo claro que debían evitar mientras fuera posible , el lugar es como varios otros que no son favorecidos por el gobierno , poco acaudalado en riquezas , poco mantenido, pero que se mantiene a flote , algo que todos nos gustaría cambiar*
*tras bajar en el medio de la gente caminan esperando a aquel que debería darles una información importante, a quien encuentran y tranquilamente asiente al momento de su pregunta primera*
“sí , venimos a entregar”
*dice para luego mirar los dedos del joven , notando el código , para toser 3 veces , dejándole en claro quienes éramos y abriendo levemente el bolso , dejándole más fácil la entrega del paquete*
“ todo parece en orden …”
*sonríe ante el susurro y asiente, para seguir avanzando junto a su compañero , perdiéndose entre el grupo de gente del mercado a la entrada del Muelle , para pasar por el pueblo hasta un pasaje donde ambos miran el paquete en un lugar donde nadie mas mira*
"bien … tenemos una ventana existente … 20 minutos , te parecen suficiente? … deberíamos quemarlo antes de entrar alli”
*pregunta mientras mira atentamente el pequeño dibujo que le hicieron estos informantes confiables, mirando bien las posibles rutas para moverse sin ser vistos*
*tras tener aquello visto se dirige hacia el lado contrario en la isla , el lugar donde el dinero se cumula y la fuerza de la marina esta mucho mas presente , pues como siempre no les importa apenas la gente común , solo los adinerados y poderosos que les dan parte de ese poder a ellos, una forma de hacer las cosas que no es agradable para Ling en lo más mínimo , puesto que no entiende el sentido de hacer las cosas dejando de lado a la mayoría*
24-11-2025, 05:29 AM (Última modificación: 24-11-2025, 05:31 AM por Klein Moretti.)
Los primeros rayos del alba dejaban caer su cálida luz sobre el rostro de los marineros, que, viendo tierra próxima, subían las velas y daban voces de que nuestro destino yacía frente a nosotros. El cálculo de aquel capitán fue bastante preciso, pues, así como lo había vaticinado, nuestro barco << si así podíamos llamarlo>> arribaba a las costas del Reino de Sorbet, mientras que las olas golpeaban con fuerza la embarcación - Alístense, en quince estaremos en el puerto -
Para Klein esta isla era el epitome de la desfachatez gubernamental. Dividida entre dos realidades opuestas, Sorbet se erigía como un baluarte de la desigualdad que había por todo el mundo, palacios levantados con la arquitectura más moderna, que se hallaban distanciados de la mayoría de suburbios hechos con madera y lastre. El pobre trabajando la tierra mientras que el rico, cómo no, defecaba en ella…
Llegado el momento, el barco fue detenido junto al muelle. Klein, vestido para la ocasión, parecía uno más del lugar. Tomo sus cosas y bajo, marcando un paso lento que le permitiera observar el lugar. Pescadores, marineros, todo parecía normal, empero de uno de los sujetos, quien cruzaría miradas con él. seguro sería este el contacto, pensó.
Caminaron hasta encontrarse y entonces, lo oyó. -¿Vienen… del sur?- Musito en un tono suficientemente bajo para que nadie más lo escuchara. Klein poso sus ojos sobre sus manos buscando la señal, allí estaba, era él. - sí , venimos a entregar – Se realizaría entonces la entrega del paquete esperado y sin muchas dilataciones, aquel mensajero se perdería entre la muchedumbre del puerto. Klein guardaba silencio. Siguieron adentrándose por las calles de sorbet, y ni bien entraron al pueblo, cruzaron hacia un callejón, alejándose de miradas indeseadas, allí abrieron el paquete. Un mapa pobremente dibujado y un mensaje que rezaba lo siguiente:
Cita:Movimientos extraños anoche en el almacén este. Carga con sello del Gobierno. El oficial a cargo no es marine. Patrullas cada 20 minutos. Actuad rápido
Si las cosas se tuercen, buscad la linterna rota. El pastor sabrá qué hacer.
-bien, tenemos una ventana existente. 20 minutos , ¿te parecen suficiente? … deberíamos quemarlo antes de entrar allí - Exclamo su compañero.
A Klein le parecía animoso, capaz mucho para una misión de infiltración. -¿Ling era tu nombre, no? - Exclamó, Klein, buscando detener su caminar y captar su atención – piensa un poco, ¿Qué es tan importante para ser escondido en una base Marine, pero al mismo tiempo que quién este a cargo no lo sea? - Continuo – puede ser peligroso, hay algo que el gobierno quiere esconder, incluso de altos rangos militares. si podemos hacernos con dos uniformes, nuestro éxito estará garantizado, entramos, vemos y nos vamos. Necesitamos información. - Teníamos que esperar a la noche, y utilizar el día para preparar la infiltración, Klein sabía que ir de día a la base seria suicidio por lo que persuadió a su compañero para ir por una cerveza. Saco su pistola, la cargo y la volvió a esconder. – Vayamos al bar a ver que escuchamos. – Los rumores, en este tipo de casos eran sin duda, su mejor opción. – Separémonos, nos vemos allá. - Exclamo, mientras que se adelantaba, tomando las notas por última vez y guardándolas entre sus ropajes.
La revolución estaba en el Reino de Sorbet.
OFF
Creo que necesitamos más información respecto a la linterna rota para no rolear una locura si llegase a ser necesario
Al haberos ocultado con la precisión y la calma de quienes ya han vivido más de una misión peligrosa, el momento de abrir el paquete pasa completamente desapercibido. La bruma del puerto, aún espesa y perezosa a esas horas de la mañana, se convierte en vuestra aliada silenciosa; envuelve vuestros movimientos, borra vuestros contornos y difumina cualquier gesto que pudiera levantar sospechas.
Nadie repara en vosotros.
Los estibadores siguen con sus tareas rutinarias, levantando cajas marcadas con dibujos de frutas, discutiendo por precios, bostezando sin vergüenza. Los marineros descargan cuerdas y redes sin mirar más allá de sus propios pies. Un par de guardias reales, apoyados en una barandilla astillada, conversan entre sí sin mostrar el menor interés por lo que ocurre alrededor. El mundo sigue su curso, ajeno a lo que realmente está pasando entre vuestras manos.
Os habéis refugiado en un rincón discreto, entre dos pilas de cajones mal colocados que huelen a mango y sal, un sitio donde la luz apenas alcanza y las sombras parecen hechas a medida para quienes desean ser ignorados. Vuestros movimientos son breves, precisos, casi invisibles: un giro de muñeca, un crujido suave de madera, la tapa del paquete que se abre sin revelar sonido alguno.
Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, el secreto queda al descubierto… pero solo para vosotros.
Nadie levanta la vista.
Nadie baja la voz.
Nadie sospecha.
El puerto respira, se mueve, vive… sin darse cuenta de que una misión entera acaba de ponerse en marcha justo a unos metros de ellos.
La discreción ha sido perfecta.
Y ese primer éxito es un buen augurio para lo que viene.
Ling, si finalmente decides ir a echar un vistazo, antes de ir al bar, al camino secreto esto es lo que encontrarás.
El sendero oculto no aparece en ningún mapa oficial, ni siquiera en los croquis burdos que los marines usan para orientarse entre los suministros. Es un camino creado por los pasos silenciosos de quienes prefieren no ser vistos, un rastro discreto que serpentea entre la vegetación como un susurro hecho tierra.
Todo comienza justo detrás del Puerto Costa del Albatros, donde la mirada de los guardias rara vez se posa. Allí, entre dos peñascos cubiertos de líquenes, se abre una entrada natural apenas perceptible: un hueco estrecho entre arbustos altos que se inclinan sobre sí mismos, como si intentaran ocultar el acceso con sus propias hojas.
El primer tramo es una pequeña bajada, suave pero resbaladiza, formada por tierra suelta y piedras que crujen si no se pisa con cuidado. El olor del mar aún se siente aquí, mezclado con el aroma dulzón de la vegetación costera. La luz del sol apenas entra entre las ramas, creando sombras que se mueven al compás del viento y dan la sensación de que alguien, o algo, merodea entre los matorrales.
Pronto el sendero se vuelve más claro, aunque sigue casi invisible para un ojo no entrenado. Es apenas un túnel vegetal: helechos, arbustos, ramas de árboles jóvenes que forman un corredor natural. El sonido del puerto comienza a desvanecerse detrás, sustituido por el crujir de las hojas, el zumbido de insectos tempranos y el lejano rumor del oleaje golpeando el acantilado.
A mitad de camino, el terreno se eleva.
Allí aparece la ladera rocosa, esa que en el mapa fue representada con unas simples líneas, pero que en persona se revela como una cuesta irregular, marcada por grietas y pequeños salientes. No es peligrosa, pero sí exige equilibrio: un pie mal colocado puede hacer rodar un puñado de piedras colina abajo, alertando a cualquiera con buen oído en las cercanías.
Desde esta altura, si uno se atreve a asomarse entre dos rocas, puede ver fugazmente la silueta de la base naval alzándose más adelante. Los muros, rectos y limpios; la torre de vigilancia, sobresaliendo como un dedo acusador; y el tejado del almacén este, donde tantos rumores apuntan.
Pero el camino secreto continúa un poco más.
La vegetación se abre de repente a un pequeño descanso natural: una depresión en la tierra donde antiguamente corría un riachuelo hoy seco. El suelo es mullido, cubierto por una capa gruesa de hierba que ahoga cualquier pisada. Este es el tramo más seguro; incluso si alguien pasara cerca, no podría oír nada.
Finalmente, el sendero desemboca en una zona donde el muro de la base naval se aproxima de forma oblicua. El alambrado está viejo, oxidado y doblado hacia un lado: una abertura irregular, apenas del tamaño suficiente para permitir pasar a una persona agachada. El metal oxidado tiene marcas de roce, prueba de que otros han usado este camino antes… y no hace mucho.
Al cruzarlo, uno ya está dentro del perímetro.
El camino secreto no es cómodo, ni bonito. Pero es perfecto para lo que se necesita: entrar en silencio a un lugar donde el ruido equivale a una sentencia.
Finalmente, lo que encontráis al llegar al bar del puerto, este se llama “La linterna Rota”
La Linterna Rota es el tipo de lugar que nadie recuerda con claridad, pero al que todos acaban volviendo. No destaca por su limpieza, ni por su comida, ni por su música: destaca porque es uno de esos refugios humildes donde los problemas del mundo se quedan en la puerta… al menos, para quienes tienen derecho a entrar sin hacer preguntas.
El edificio está levantado con tablones de madera viejos, ligeramente combados por la humedad constante del mar. El letrero, clavado torcido sobre la entrada, muestra una linterna con el cristal astillado; el dibujo está desgastado hasta casi desaparecer, como si el propio bar estuviera cansado de presentarse. Dentro, el ambiente es cálido en contraste con la brisa marina. Hay un olor permanente a ron mezclado con fruta fermentada, a suelo húmedo, a calcetines secándose demasiado cerca del fuego. Las vigas del techo crujen cada vez que alguien camina, aunque nadie sabe si se debe al viento, a las ratas que viven entre ellas, o a la edad del edificio.
La clientela es variopinta: pescadores de manos gigantes, jornaleros silenciosos, algún comerciante venido a menos… y, en días como este, un par de cadetes de la base naval que buscan escapar de la disciplina militar por una hora o dos. Detrás de la barra está Bram, el tabernero. Un hombre de unos 50 años, ancho de hombros, con una barba de tonos grisáceos y ojos que miran siempre como si supiera más de lo que dice. Y lo sabe. Lleva más de veinte años escuchando secretos en ese rincón del mundo.
Lo que cuenta el tabernero si se le pregunta
Bram no suelta información a cualquiera, pero si los revolucionarios lo abordan con inteligencia o mencionan discretamente a Pastor Aldren, su actitud cambia. Habla en voz baja, mientras limpia un vaso que lleva demasiado tiempo limpio.
Lo que puede contar:
1. Movimientos extraños en la base
-“Desde hace una semana traen suministros por la noche. No por el puerto, no… por el muelle militar. Cajas grandes. Ninguno de los marines de aquí sabe qué llevan.”-
Bram mira hacia la puerta cada vez que lo menciona, como si temiera que alguien escuchara.
2. La presencia de un hombre del Gobierno
-“Un tipo vestido de negro. No lleva uniforme, no saluda, no bebe. Solo observa. Llegó en un barco pequeño, sin insignias.”-
Su voz baja incluso más al hablar de él.
3. Rumores sobre jóvenes desaparecidos
-“Tres chicos del sur no han vuelto a casa. La Marina dice que es 'reclutamiento voluntario', pero ya sabes…”-
El tabernero frunce el ceño como si quisiera decir más, pero se contuviera.
4. Conexión con el Pastor
-“Aldren me dijo que, si venían visitantes especiales, debía ayudarles. No sé quiénes sois… pero si él confía en vosotros, yo también.”-
La oportunidad perfecta
En un rincón del bar, cerca de la chimenea, hay una cuerda atada entre dos columnas de madera donde suelen secarse prendas húmedas. Bram la llama la “línea de favores”: a veces pescadores dejan allí jerséis, otras veces jornaleros dejan botas… y últimamente, cadetes de la base naval dejan parte de sus uniformes para limpiarlos.
Actualmente, la cuerda tiene: dos camisas de cadete ligeramente manchada de grasa, dos pantalones azules doblado con cuidado, dos pañuelos con el sello de la base, y una chaqueta de abrigo militar, recién lavada y aún húmeda.
Los cadetes que los dejaron están en una mesa del fondo, discutiendo entre sí, medio borrachos. No los vigilan. No los recuerdan. Y definitivamente no los echarían en falta hasta dentro de un buen rato.
Bram, viendo hacia dónde se dirigen las miradas de los revolucionarios, simplemente comenta en voz baja:
-“Si desaparece algo de esa cuerda, yo no he visto nada. Y ellos tampoco… no con la cantidad de ron que llevan encima.”-
Hace un gesto con la cabeza, como quien señala una puerta invisible.
Es una invitación.
Una oportunidad.
Un disfraz listo para ser tomado.
El camino hacia la infiltración acaba de aparecer, colgando de una cuerda en un bar olvidado, mientras el sonido del mar se mezcla con el murmullo ronco de los clientes y el crepitar del fuego.
*el camino se siente levemente nostálgico para Ling , un lugar rural a la orilla del mar , con caminos llenos de vida , un raro parentesco con su anterior vida , raro pero agradable a la vez, mientras sigue caminando con cautela de no hacer ruido en absoluto suelta una leve risa por lo bajo , mientras pasan por aquellos acantilados se acerca para dar una vista y contiene las ganas de silbar a la distancia hacia abajo , pasando con cuidado de no mover más piedras de las necesarias, hasta poder finalmente avistar con claridad esa base objetivo , donde sabe que se acaba la poca calma que tenían hasta ahora*
*al llegar a la reja oxidada y bastante gastada usaría las fundas de sus Katanas para poder extender un poco más el agujero , dejando algo de espacio a su cuerpo algo más grande de lo normal*
*una vez acercándose a la taberna entra junto con su compañero sin hacer ruido de más , sin llamar la atención , simplemente acercándose a la barra a pedir una bebida , además de decir por lo bajo algo al dueño*
“el pastor cree que deberíamos hablar con usted …”
*diría con una leve sonrisa antes de escuchar todo aquello que este hombre tenia que decir , pues como siempre los cantineros , dueños de posadas y meseros suelen escuchar mucho mas de lo que cualquiera creería*
“ bueno señor … entonces … es bueno que tenga un plan para asegurar que no los extrañen más todavía … me da unas jarras de cerveza? , Klein , toma las ropas mientras yo les llevo las bebidas , no te notaran”
*diría para tomar las jarras apenas se las entregaron , llevándolas con paso firme hacia los marines borrachos*
“ Hey , chicos , estas son para ustedes , yo invito , después de todo los cuidadores de la gente se mereces una recompensa de vez en cuando no?”
*diría con un falso tono amable , tratando de que su sarcasmo no fuera notado , pero aprovechando su leve borrachera y estas palabras bonitas para hacerlos caer en tomar mas de la bebida , mientras aprovecha para cubrir la vista de las ropas de ellos con su propio cuerpo , para darle a su compañero tiempo mas que de sobra para que ambos no vean nada ni por accidente*
Los dos cadetes estaban sentados en la mesa más apartada de La Linterna Rota, justo donde la luz de las lámparas apenas llegaba. Llevaban el uniforme desabrochado hasta el pecho, como si con ese gesto pudieran librarse un poco del peso de la disciplina que los oprimía desde la mañana hasta la noche. El cansancio se les marcaba en las ojeras, pero la juventud les daba una arrogancia torpe que intentaban ocultar tras la copa.
Uno de ellos, el pelirrojo, agitaba la jarra vacía como si fuera el trofeo de algún torneo absurdo que solo existía en su imaginación.
-¡Bram!- vociferó con voz ronca. -¿Dónde está ese ron que prometiste?-
El tabernero, acostumbrado a sus excesos, les lanzó una mirada cansada… y luego ladeó ligeramente los ojos hacia los dos revolucionarios, que habían entrado hacía poco y se habían sentado en la barra. Un gesto sutil, casi casual… pero suficiente.
Los cadetes reaccionaron como si les hubieran ofrecido un ascenso.
-¡¿Invitarnos?!- el pelirrojo se golpeó el pecho, orgulloso. -¡Eso sí que es respeto a la Marina del Reino!-
Su compañero, un muchacho más delgado y con nariz aguileña, sonrió de oreja a oreja.
-Pues claro que aceptamos- dijo, arrastrando una silla. -¡Sentaos, sentaos! Siempre hay sitio para amigos generosos.-
Las jarras llegaron espumeantes, llenas hasta el borde. Bram las dejó sobre la mesa con un susurro de complicidad:
-Cortesía de la casa… y de vuestros nuevos admiradores.-
Los cadetes levantaron sus bebidas y chocaron con una fuerza exagerada, derramando un poco sobre la mesa.
-¡Por Sorbet y por su gloriosa Marina!- bramó el pelirrojo.
-¡Y por el descanso!- añadió el otro, ya casi riendo de más.
La primera ronda bajó rápido. La segunda aún más. La tercera… ya no deberían haberla tomado, pero insistieron con entusiasmo adolescente.
La conversación derivó pronto en balbuceos sobre superiores estrictos, guardias aburridas y lo difícil que era mantener el uniforme limpio en una base cerca del mar. Uno de ellos incluso lloriqueó porque la sal del aire le estropeaba las botas. La lengua se les hizo espesa. Los ojos, brillantes y húmedos. El pelirrojo trató de levantarse para ir al baño, pero apenas pudo ponerse de pie. Se tambaleó, dio un paso torpe hacia la izquierda, luego hacia la derecha…
…y cayó sentado otra vez, riéndose como un idiota.
-Creo que… creo que el suelo se mueve- balbuceó.
-No, eres tú- contestó su compañero, justo antes de desplomarse hacia adelante y golpear con la frente la mesa, quedando dormido al instante.
El pelirrojo intentó despertarlo, pero al inclinarse sobre él se deslizó de la silla y terminó en el suelo, abrazado a su propia jarra como si fuera un peluche. Un silencio breve invadió el bar.
Luego Bram suspiró.
-Malditos críos…- murmuró, mientras sacudía la cabeza.
Pero sus ojos brillaron un segundo, mirando de reojo a los revolucionarios. Sabía perfectamente que esa “rendición” etílica no había sido casual. Ahora, con los cadetes completamente fuera de combate y sus uniformes secándose al calor de la chimenea… la oportunidad estaba servida. Un regalo envuelto en alcohol.
Offrol
Hasta aquí es lo que pasa cuando invitas a los marines, puedes narrar como te llevas el uniforme, si es que quieres hacerlo. Después de esto tienes 2 opciones, puede intentar entrar de día o esperar a la oscuridad de la noche. En los siguientes spoilers tienes lo que verías o sucedería en cada caso.
Opción Infiltrarse de Día
La luz del amanecer apenas empieza a teñir el cielo con tonos rosados cuando la base naval de Sorbet despierta. No lo hace de golpe, sino como un animal grande y cansado que se estira después de una noche de guardia. Desde el exterior, la estructura parece austera, disciplinada: muros de piedra gris clara, reforzados con vigas metálicas, y una torre baja que sirve de puesto de vigilancia. La brisa marina arrastra el olor a sal y humedad directamente hacia las puertas secundarias, donde siempre se acumula una fina capa de rocío.
La entrada lateral utilizada por los cadetes y el personal de baja categoría está abierta, aunque nunca desatendida. Un único guardia permanece sentado en un taburete improvisado, más preocupado por mantenerse despierto que por recordar a quienes deben o no deben entrar. Se frota los ojos, bosteza, y vuelve a clavar la mirada en el pequeño libro donde registra accesos, casi por rutina. A un lado, la puerta metálica, vieja pero sólida, se balancea con suavidad con cada golpe de viento, produciendo un tintineo casi rítmico.
Al cruzar el umbral, se accede al patio secundario de la base: un espacio rectangular con suelo de tierra apisonada mezclada con grava. Hay marcas de pisadas recientes, tal vez de los cadetes que salieron apresurados antes del amanecer para correr su circuito matutino. En el centro del patio, un mástil atado con sogas luce una bandera del Gobierno Mundial medio descolorida por el sol del sur. Más allá, varios barracones modestos se alinean en perfecta simetría, cada uno con pequeñas ventanas rectangulares y puertas pesadas con cerraduras reforzadas.
A esa hora de la mañana, el ambiente todavía está tranquilo. Las voces se escuchan apagadas: órdenes cortas repartidas por algún suboficial, el rumor lejano de los marineros que cargan barriles en el muelle militar, el rozar metálico de armas siendo limpiadas. En una de las esquinas del patio, tres cadetes conversan bajo un arcón abierto lleno de utensilios de mantenimiento; parecen más concentrados en ocultar su pereza que en trabajar realmente.
El edificio administrativo, ubicado al fondo del patio, ya tiene sus lámparas encendidas. Por las ventanas puede verse a un puñado de escribientes revisando informes, frotándose las manos para entrar en calor a pesar del clima templado. La pared norte del edificio está adornada con un cartel donde se enumeran las órdenes del día: patrullas internas, rondas del muelle, inventario de suministros y un misterioso “reporte especial” que se ha escrito sin detalles.
A la derecha, el almacén principal domina la zona. Su puerta doble, fabricada con tablones gruesos reforzados con hierro, está entreabierta. Dentro se escuchan golpes rítmicos, como si alguien estuviera moviendo cajas o apilando barriles. Un oficial regordete, con uniforme impecable y gesto permanentemente cansado, supervisa la actividad desde una silla plegable. Lleva un libro de registros sobre las rodillas, donde anota cada entrada y salida de mercancía.
Más cerca del muro oeste, una hilera de cuerdas de secado ondea al viento. Algunas prendas aún cuelgan de ellas: camisetas blancas, toallas ásperas, y un par de chaquetas ligeras que aún no han sido recogidas por sus dueños. El olor a jabón barato y humedad se mezcla con el aroma más fuerte del mar y del metal oxidado.
La torre de vigilancia, la estructura más alta del conjunto es visible desde cualquier punto del patio. Un marine somnoliento se apoya en la barandilla superior, dejando caer las piernas fuera del parapeto mientras observa el horizonte sin demasiada atención. Su silueta recortada contra el cielo ofrece una sensación constante de vigilancia… aunque su actitud sugiere que nadie lo vigila a él.
En general, la base transmite una mezcla de rutina y dejadez. La disciplina está presente, pero la familiaridad del lugar y la falta de incidentes recientes han suavizado los bordes de la tensión militar. Si alguien entrara caminando con paso firme, con aspecto de cadete o ayudante, difícilmente despertaría sospecha en un entorno donde todos parecen demasiado ocupados, demasiado cansados o distraídos para prestar verdadera atención.
La vida dentro de la base sigue, organizada pero relajada. Las oportunidades para moverse entre sombras, mezclarse con el flujo de actividad o escabullirse hacia los edificios clave están ahí, escondidas entre la monotonía de una mañana más en Sorbet.
Y en esa monotonía… se esconde la puerta perfecta para la infiltración.
Opción Infiltrarse de Noche
La noche cae sobre Sorbet como un manto denso y húmedo. El viento marino sopla desde el sur, cargado de sal y un leve olor a vegetación nocturna. A lo lejos, las luces del puerto parpadean como luciérnagas cansadas, pero en la zona de los acantilados el mundo parece quedar reducido al sonido del mar golpeando la roca y al susurro del viento deslizándose entre los arbustos.
El camino secreto que serpentea desde el viejo muelle hasta la base naval se vuelve otra cosa completamente distinta durante la noche: más oscuro, más cerrado, más silencioso… más peligroso. La vegetación se arquea sobre el sendero formando un túnel natural donde apenas entra la luz de la luna, y las sombras de las ramas parecen moverse con vida propia cada vez que el viento sopla con fuerza.
A mitad del sendero, la ladera se abre hacia un tramo rocoso donde la piedra húmeda brilla bajo los destellos azules del cielo. Las olas chocan abajo, tan fuerte que el estruendo parece subir por la montaña como un rugido lejano. La superficie es irregular: grietas antiguas, protuberancias duras, musgo resbaladizo. Es un lugar por donde ningún marine patrulla porque nadie sensato caminaría allí de noche… o eso creen.
Más arriba, donde empieza la zona de vigilancia de la base, el terreno se nivela. Allí, oculto tras un grupo de espinos y matorrales densos, se levanta el viejo tramo del muro oeste. La piedra, erosionada por décadas de viento y sal, muestra colores apagados: grises azulados, trazas blancas donde la sal se ha incrustado, manchas oscuras donde el moho ha ganado terreno. A simple vista, el muro parece impenetrable; pero un observador atento puede detectar una sección más débil donde un metal oxidado y doblado se separa ligeramente de la piedra.
El ambiente alrededor del muro está impregnado por el sonido continuo de maquinaria interna de la base. Un zumbido bajo y constante proviene de los generadores que funcionan toda la noche. Se mezcla con murmullos ocasionales, pasos perdidos de guardias que no patrullan el perímetro por fuera, sino la pasarela interna que bordea el recinto. Sus siluetas se desplazan recortadas contra la luz tenue de los faroles de aceite, proyectando sombras largas y tambaleantes sobre los muros.
La torre de vigilancia norte domina el área. Su luz oscila con lentitud, iluminando partes del muro en intervalos irregulares. La rotación de la lámpara no es completamente precisa: se detiene por momentos, luego acelera, luego vuelve a su ritmo lento. Es evidente que el mecanismo necesita mantenimiento, pero nadie parece prestarle atención. Arriba, el centinela somnoliento con la capa mal puesta lucha contra el sueño, apoyado en la barandilla, dejando escapar bostezos que se pierden en el viento.
En la parte baja del muro, justo donde el drenaje antiguo desemboca hacia el acantilado, fluye un hilo de agua negra y silenciosa. El canal está cubierto por una rejilla oxidada y torcida, con barro seco acumulado en sus bordes. A través de él sopla un aire frío, húmedo, y un olor metálico que proviene de las entrañas de la base. El drenaje conecta con un pasillo estrecho de mantenimiento: un largo corredor de piedra vieja donde resuenan los ecos de maquinaria interna y las vibraciones de tuberías calientes.
En el interior del pasillo, faroles mágicos de baja intensidad emiten una luz verdosa parpadeante. El techo es bajo, las paredes húmedas, y el suelo irregular por acumulaciones de polvo, moho y gotas de agua que caen desde tuberías agrietadas. El ruido de los generadores, más intenso aquí, hace que todo el aire vibre con un zumbido grave e incesante.
Hacia la izquierda, una escalera metálica estrecha asciende hasta una compuerta que da a la parte trasera del patio de suministros. Más adelante, una puerta sin candado —probablemente olvidada por algún técnico— comunica con el interior del almacén. Y aún más al fondo, una trampilla conducente a una sala pequeña donde se guardan herramientas de mantenimiento y, a través de una placa de metal suelta, puede verse la luz cálida de la oficina administrativa cercana.
Es en este ambiente donde los uniformes robados cobran un valor inesperado. Aunque nadie racional esperaría ver cadetes saliendo del drenaje o rondando estas zonas prohibidas, la visión de un uniforme marino en ciertos puntos del interior podría resultar, al menos en apariencia, coherente. En la base, hay un hábito peligroso pero útil: no todos los marines hacen preguntas. La presencia de personal de rango inferior es tan común y rutinaria que algunos guardias apenas levantan la vista cuando alguien pasa, siempre que lleve los colores correctos.
Las sombras, los ruidos mecánicos, la mala iluminación, la despreocupación del personal durante la noche y la natural confianza en los uniformes crean un caldo perfecto para mezclarse con la rutina nocturna sin levantar sospechas… siempre que nadie esté lo suficientemente sobrio o atento como para cuestionar lo que ve.
La noche en la base naval de Sorbet es oscura, húmeda y engañosamente quieta. Justo el tipo de noche donde algo podría ocurrir… sin que nadie lo note hasta que ya sea demasiado tarde.
*tras dejar a ambos soldados de la marina tirados él sonríe y se va tomando sus uniformes, sabiendo que para levantar muy pocas sospechas, será necesario uno de estos, aprovechando el momento que todavía seguía oscuro se acercaría a la base, pues todavía tenia que asegurarse de encontrar una entrada que le diera tiempo suficiente para el cambio que le habían dicho en la nota, poco tiempo es, pero es una ventana que no debería desaprovechar*
*Ling aprovecharia el movimiento de las sombras para mantenerse bien oculto fuera de la posibilidad de ser visto, acercandose a aquel drenaje que parece la forma mas efectiva para adentrarse, sin embargo todavia debia asegurarse de que el momento fuera el correcto, pues si algun otro lo veia emerger desde ahí sin motivo , podria complicar todo, por ello se adentro en el drenaje, mirando atentamente todo pasaje que pudiera permitirle moverse mas lejos de la linea de vision , hasta que encontrando una rejilla metalica en el patio se detiene , esperando con paciencia al cambio de turnos , donde deberia darle tiempo de sobra para salir y dejar la rejilla en su lugar antes de ser visto*
*justo en aquella brecha cuando los guardias se alejaron y las luces de las linternas no estaban cerca , el salio haciendo el minimo de ruido posible , para luego erguirse y pegarse a la pared , tratando ver con atencion el siguiente grupo de marines que se acerca, huyendo de la linea de vision de ellos se acerco lo mas posible a aquel lugar que era su objetivo, el almacen , buscando alguna ventana desde la cual poder observar con atencion hacia adentro si hay alguie o algo asi*
*ademas se acercaria a ver hacia la puerta , buscando la existencia de algun cerrojo o algo que hiciera mas dificil su entrada o salida , pues una vez dentro , tendria que salir y en caso de que aquel cargamento sea grande , debera aprovechar la apertura de tiempo al maximo*
*sus opciones eran limitadas y no planeaba armar una pelea en este lugar , en ese momento , pero de ser necesario , las opciones mas razonables estaban en un escape rapido que es mejor opcion que una captura riesgoza*
Has conseguido llegar has el almacén sin que nadie te detectara, pero dentro del almacén ocurre algo que no esperas.
El almacén principal de la base naval por la noche es un lugar distinto al bullicio del día. Las lámparas de aceite, colgadas en soportes de hierro, proyectan una luz naranja débil que apenas alcanza a iluminar los pasillos formados por cajas, barriles y lonas apiladas. El silencio domina el ambiente, roto solo por el goteo insistente de una tubería en la esquina y el sonido apagado de la maquinaria lejana que mantiene la base activa.
La puerta lateral del almacén cruje al abrirse, el sonido se mezcla con el murmullo del viento nocturno que se cuela por las rendijas de las ventanas altas. Al otro lado del umbral, en un pasillo estrecho entre dos columnas de cajas, alguien está apoyado contra un barril.
Es un marine joven, quizá de veinte años, con el uniforme un tanto descuidado y el gorro ladeado. Tiene ojeras marcadas y se masajea la nuca como quien lucha contra el sueño. Una lámpara pequeña descansa sobre una mesa improvisada a su lado, iluminando un pergamino lleno de anotaciones torcidas: el registro del turno nocturno.
Al escuchar la puerta, el marine levanta la vista casi al instante. Sus ojos, cansados pero atentos por costumbre, observan la silueta que entra. La lámpara, detrás de él, crea una sombra alargada que recorre el suelo hacia el recién llegado. El joven se endereza de golpe, intentando adoptar una postura más profesional. Inspirando hondo, estira la espalda y ajusta rápidamente el cinturón del uniforme. Su expresión cambia del sueño a un alivio inmediato, como quien ve la solución a una larga noche eterna.
-Por fin llegas…- murmura, soltando un suspiro que había estado conteniendo durante horas. Su voz se mezcla con el eco suave del almacén.
El marine deja caer los hombros, cansado pero satisfecho. Da un par de pasos hacia adelante, recogiendo de la mesa un pergamino y un lápiz gastado. Su mano tiembla ligeramente por la fatiga acumulada.
-No te imaginas el día que he tenido. Pensaba que iba a tocarme quedarme otra hora más.-
Se acerca un poco más, mirando con agradecimiento al recién llegado. No parece sospechar nada. No examina demasiado el uniforme, no busca insignias ni pregunta nombres. La confianza automática de la rutina nocturna se impone: si alguien entra por esa puerta con un uniforme de la Marina… debe ser el relevo.
El joven marine se frota los ojos, dejando que el cansancio lo domine por primera vez en toda la noche. Los párpados le pesan. La voz le vibra con la mezcla de sueño y alivio.
-Te lo juro… si me hubieran hecho quedarme un minuto más, me habría desmayado encima de esas cajas.-
Señala una de las pilas de cajas del fondo, donde las sombras se alargan como dedos deformes.
Luego da un paso hacia la salida, estirando los brazos como quien se prepara para marcar el final de su jornada.
-Todo tuyo. Solo queda revisar aquel registro de allí y asegurarte de que nadie entra sin permiso.-
Mientras pasa junto al recién llegado, el marine mueve la cabeza en un gesto automático de despedida, sin sospechar que la persona a la que entrega su turno… no pertenece a la base.
Sale por el mismo corredor por el que entró, arrastrando ligeramente los pies, con la respiración pesada y el uniforme desordenado. Su silueta se pierde poco a poco en el pasillo hasta desaparecer, y el almacén queda otra vez en silencio, iluminado únicamente por la luz tenue de las lámparas.
La puerta se cierra con un suave clic.
La tranquilidad vuelve… pero ahora, alguien que no debería estar ahí tiene la noche entera por delante.
Al cerrar la puerta tras de sí, la quietud del almacén se vuelve casi palpable. El aire huele a madera húmeda, a cuerda vieja y a sal acumulada durante años en las cajas que llegan desde todos los rincones del mar. Una hilera de lámparas de aceite parpadea en lo alto, proyectando sombras temblorosas que parecen reptar entre los pasillos estrechos.
El interior está dividido en secciones improvisadas, marcadas por pizarras colgadas con clavos torcidos o por simples etiquetas de papel sujetas con cordel. A pesar de ser un almacén militar, el orden brilla por su ausencia: todo está organizado “a la manera de la Marina”, es decir, con eficiencia solo entendible por quienes llevan meses trabajando allí.
1. La Zona de Suministros Comunes
A la derecha, lo primero que destaca son los barriles apilados en torres inestables. Algunos están marcados con pinturas descoloridas:
AGUA POTABLE
GALLETAS DURAS - LOTE 7
RON (USO RESTRINGIDO)
El olor dulzón del ron derramado impregna el suelo. Uno de los barriles tiene la tapa medio salida, y por la hendidura se ve la superficie oscura del líquido moviéndose levemente.
Sobre una mesa cercana hay varias cajas pequeñas abiertas con provisiones: paquetes de arroz, latas de salazones, frascos de especias, aunque muchos parecen ya revendidos o intercambiados por los propios marines para “mejorar sus cenas”.
2. El Rincón del Armamento Viejo
Más al fondo, la luz se vuelve más pobre. Allí, sobre estantes de metal que han sido remendados varias veces, descansan armas antiguas y mal cuidadas:
Mosquetes con la madera astillada
Sables mellados
Bayonetas envueltas en trapos grasientos
Cajas de munición etiquetadas con años que parecen demasiado lejanos
Un candado pobremente colocado pretende asegurar el conjunto. La cadena que lo acompaña está oxidada y tiene eslabones que podrían romperse con un tirón serio.
Un registro sobre un atril indica que casi nada de ese material se usa ya, pero algunas piezas faltan… probablemente “prestadas” por marineros con pocas ganas de pedir permiso.
3. Material Logístico y Herramientas
En el centro del almacén hay un caos de herramientas navales:
Juegos de cuerdas nuevas junto a otras completamente deshilachadas
Poleas gigantescas apoyadas en el suelo
Redes para pesca militar
Martillos, sierras y llaves enormes repartidas sin demasiado cuidado
Un olor a aceite de maquinaria domina esta zona. Las sombras aquí son más densas, y el eco de cualquier movimiento parece multiplicarse.
4. El Área Restringida
En el lado opuesto, una sección está separada del resto por una simple barandilla de madera y una cuerda roja. Sobre una pizarra se lee:
“ACCESO SOLO A PERSONAL AUTORIZADO – INVENTARIO DE VALORES Y DOCUMENTOS”
Dentro, aunque pequeño, el espacio contiene:
Dos cofres cerrados con doble candado, marcado con el numero 17.
Un escritorio con papeles sellados
Mapas marítimos enrollados
Una carpeta con el símbolo del Gobierno Mundial en la portada
La lámpara de esa zona está casi apagada, lo que hace que el área parezca más misteriosa de lo que seguramente es.
5. El Espacio del Relevo Nocturno
Cerca de la entrada hay una pequeña mesa donde el marine anterior estaba sentado. Allí se encuentran:
El registro de turno, lleno de anotaciones torpes y borrosas
Un plato vacío con restos de galleta dura
Una taza de café frío
Una pequeña llave marcada con el número 17
Una silla coja que protesta con cada movimiento
Al lado, apoyado en la pared, hay un perchero con una capa de lluvia de repuesto, todavía húmeda.
6. Una Puerta Trasera Sospechosa
Al fondo del todo, casi escondida detrás de un montón de cajas, hay una puerta de servicio con un cartel:
“NO UTILIZAR — DAÑADA”
Sin embargo, está entreabierta.
Una corriente fría entra desde allí, moviendo las sombras y el polvo del suelo.
Parece llevar a una a la parte de atrás del almacén, con un poco de fuerza se podría abrir lo suficiente para que escapara una persona.
Contenido de los Cofres
Cofre 1
Al abrir el primer cofre, una bocanada de olor químico, frío y ligeramente dulce invade el aire. En su interior, el interior acolchado revela:
Finas cajas de vidrio, cada una conteniendo ampollas esféricas, selladas herméticamente. El líquido en su interior es de un azul eléctrico, casi luminiscente en la penumbra. Un sello del Gobierno Mundial marcado sobre cada etiqueta: “PROTOCOLO 77-LOOP”. Junto a ellas, un pequeño manual plegado explica lo mínimo necesario para un uso “controlado”:
“LOOP: Compuesto experimental destinado a el control psicológico y pacificación temporal de individuos hostiles o conflictivos.
Advertencia:
Induce una dependencia inmediata tras una primera dosis.
La exposición prolongada genera sumisión total, docilidad y pérdida de juicio crítico.
Evitar su uso sin supervisión.
Solo para personal autorizado.
Sin embargo, la forma en la que están organizadas —con varias ampollas vacías retiradas del conjunto— sugiere que su uso no está siendo supervisado. Y todavía peor: alguien está consumiéndolas en la isla.
Cofre 2
El segundo cofre tiene un contenido aún más comprometedor. Dentro hay:
1. Ingredientes en bruto
Frascos con polvos cristalinos blanquecinos.
Envases de compuestos químicos de origen vegetal provenientes de Baterilla y Samba.
Una caja con hojas de una planta tropical llamada Brillo Azul, originaria del sur de Sorbet, usada tradicionalmente para teñir telas… pero que, procesada con ciertos catalizadores, produce efectos psicoactivos.
Junto a todo esto, un cuaderno de notas con letra nerviosa. Algunas páginas destacan:
“La mezcla final necesita el Catalizador 3 para obtener la reacción pasiva.
Los de la nobleza quieren más potencia. Piden un lote semanal.”
“La Marina no debe enterarse… aunque algunos oficiales ya lo saben.”
“No quedará ni rastro: si alguien habla, una dosis más fuerte y listo.”
2. Registros de distribución
Más papeles están ordenados en sobres sellados. En ellos hay:
Listados de nombres de nobles del norte de Sorbet.
Cantidades exactas entregadas cada semana.
Localizaciones discretas usadas para entregar la mercancía.
Iniciales de un intermediario misterioso: “L.R.”
Cada paquete está etiquetado como artículos medicinales para la realeza, perfectamente camuflados entre exportaciones y entregas oficiales.
Documentos del área Restringida
La carpeta marcada con el símbolo del Gobierno Mundial es aún más reveladora. En su interior, los documentos están organizados en tres secciones:
Sección A: Informes Científicos
Son reportes fríos, escritos por investigadores anónimos:
“Loop suprime la voluntad del sujeto entre un 60% y un 85%.”
“Los efectos secundarios incluyen pérdida de memoria, somnolencia permanente y tendencia a obedecer órdenes simples.”
“El compuesto fue prohibido en varias islas del North Blue por causar incidentes irreversibles.”
En márgenes y anotaciones, alguien ha escrito:
“Sorbet: territorio ideal para pruebas a pequeña escala.”
Sección B: Permisos y Sobornos
Aquí se revela el lado corrupto:
Firmas falsas de oficiales justificando el transporte.
Autorizaciones de “seguridad sanitaria” inexistentes.
Notas de pagos a capitanes de barcos para que desvíen rutas.
Documentos donde ciertos nobles del norte solicitan “muestras adicionales”.
Uno de los documentos más incriminatorios dice:
“Los campesinos del sur no sospecharán. Úsenlos como prueba de dependencia.”
Sección C: Órdenes Encubiertas
La última parte contiene cartas selladas. Una de ellas destaca:
“Operación Dormina – Secreto extremo.”
Expansión de Loop entre la población marginal.
Control social mediante sumisión inducida.
Convertir Sorbet en un modelo de pacificación para ser replicado en otros reinos afiliados.
Neutralización inmediata de quien descubra la existencia del compuesto.
La firma, en la parte inferior, no es de un científico. Ni de un noble. Ni de un capitán de la Marina. Es el sello de un Cipher Pol inferior, prueba de que el Gobierno Mundial está detrás.
Offrol
Buenas, solo un par de comentarios:
Podrías haber descrito más detalladamente como les robas los uniformes.
Una transición de como esperas a la noche hubiera ayudado a entender mejor que es lo que vas a hacer.
Puedes usar mis descripciones para narrar como llegas o por donde pasas, ayúdate de ellas, no hay ningún problema si te inventas algún detalle, si veo que te sales mucho de lo que hacer te lo diré en mi siguiente post, no te preocupes de ello.
Si quieres ponerme en un spoiler que hace algo o deja de hacer algo o indicarme algún detalle hazlo sin problema, para eso están los spoilers.
*Ling asiente ante el reconocimiento del marine en el lugar, entrando con paso tranquilo como si su lugar fuera ahí mismo*
“si, me acaban de mandar aquí , el otro tipo esta borracho … descansa, ahora me encargo yo”
*dice mientras le deja irse para tomar el lugar que debería corresponderle y se espera unos momentos en la soledad del almacén, esperando que ningún ruido de pasos sea audible , antes de acercarse a revisar las cosas del mismo almacén*
“suministros normales … Ron abierto … irresponsables … armas mal mantenidas … en desuso espero … hmm … pesca … esto podría serme útil… si pudiera causar un alboroto y causar daño a los suministros … hacerlo pasar por piratas sin nombre …. Me gusta la idea …”
*susurra para si entre las vistas a cada artículo que hay en el mismo , haciéndose una nota mental de que hay y que no , mirando las lámparas antiguas como varias otras cosas en el almacén sin cuidado apropiado, muy seguramente cerca de Arruinarse del todo por la falta de mantenimiento , para su suerte estos grupos siempre son así , confiados y descuidados con los detalles que podrían causar “accidentes”*
“ … uhhh… confidencial… me gusta …”
*dice mientras se adentra en la zona restringida con algo de cuidado de no mover mucho las cosas*
“… bien … esto me sirve … esto también…”
*diría mientras mira los mapas y guarda cualquiera con información útil , además de mirar aquella carpeta del gobierno mundial , sabiendo que seguro será interesante*
“… hmmm … Loop… un suero de la verdad … pero mas monstruoso …”
*mientras mira los documentos cada pocos minutos se detiene y escucha con atención los alrededores , asegurándose que nadie se acerque, una vez está seguro de seguir solo , reanuda*
“… hmmm… Sorbet siendo usado como territorio de pruebas … cabrones … sep … esta operación saldrá a flote … así que tocara hacerle agujeros al barco … me imagino que tienen esa droga ahí en esos cofres … ojala este la llave …”
*dice mientras vuelve a la mesa donde estaba el otro y sonríe ampliamente al ver el numero 17*
“Jackpot…”
*dice mientras la toma y vuelve hasta los cofres cerrados para abrirlos con aquella llave*
“ sep , exactamente lo que esperaba … varias de estas cosas … el cofre no es grande … pero es un peso innecesario… podría llevarlo todo …”
*dice mientras mira su bolso de momento lleno con un par de raciones y papeles , aunque todavía tiene espacio de sobra para unas ampollas como estas*
“a la bolsa …”
*dice mientras las guarda con tranquilidad al igual que el instructivo , para luego abrir el segundo cofre*
“ … veamos … ja … doble Jackpot … esto si me gusta …”
*dice mientras ojea los documentos, notando sus conexiones con los nobles de este lado de la isla , sabiendo que seria de utilidad lo mete a su bolso*
“… L.R. , tu quien eres?”
*revisa si existe alguna descripción , pero lo tenga o no , lo guarda también, para luego dejar ambos cofres cerrados con llave y acercarse a la puerta trasera , primero abriéndola levemente para tratar de ver que hay detrás de la misma*
Off
Si existe una salida por ahi, Ling esta mas que interesado en prederle fuego al almacen mientras sale, ademas, el almacen esta lejos del muro?, porque de no ser el caso , tiene plan de salir usando una cuerda por la parte de arriba del muro , ya que esta zona parece poco vigilada en general
Dentro del almacén, el aire es espeso, cargado del olor dulzón del ron evaporado y del penetrante aroma químico de los compuestos que rebosan de los cofres y de las cajas abiertas. Cada superficie parece estar impregnada de aceite o alcohol; incluso la madera cruje como si estuviera empapada en sustancias inflamables.
La mesa con herramientas metálicas está cubierta de restos de cuerda, astillas y polvo químico. El más leve movimiento provoca que algunas herramientas choquen entre sí, produciendo destellos diminutos que apenas se distinguen… pero que existen. Uno de esos destellos rebota en el aire, sin hacer ruido, apagándose al instante como si el almacén hubiera contenido la respiración esperando el siguiente.
En la esquina derecha, los barriles de ron están apilados de forma inestable. Uno tiene una grieta, y del borde brota un hilo oscuro que cae al suelo en un goteo constante. Cada gota se mezcla con otras manchas de aceite, formando pequeños charcos que se extienden como lenguas líquidas entre las cajas.
Cerca de los cofres con Loop, el ambiente es aún más volátil. Algunos frascos parecen haber cristalizado mal; su superficie tiene pequeñas rajaduras que dejan escapar un vapor tenue, casi invisible, que serpentea por el suelo antes de dispersarse. El efecto combinado del alcohol, los aceites y los compuestos químicos crea una atmósfera casi irreal, brillante, cargada de electricidad estática.
En una estantería cercana, una antorcha de repuesto, apagada pero impregnada de combustible, descansa mal colocada, inclinada hacia una caja de paja de embalaje. La mecha seca está a centímetros de las fibras más frágiles, y la caja tiene marcas de humedad y golpes, como si no necesitara mucho para desmoronarse.
Solo sería necesario que alguien encendiera es lampara y la lanzara contra la mesa de herramientas para hacer que todo el lugar saltara por los aires, dándole escasos segundos al que lo hiciera para escapar.
Explosión del lugar
Al principio, la noche es tranquila.
Demasiado tranquila para un complejo militar acostumbrado a ruidos de pasos, gruñidos de cadetes somnolientos y el chasquido ocasional de botas marchando en ronda.
Solo el murmullo del mar, el canto de algún insecto y un viento suave que serpentea entre los edificios.
Y entonces, ocurre.
Primero llega un destello, apenas un parpadeo anaranjado que ilumina las rendijas del almacén como si hubiera nacido un pequeño sol dentro de él.
Un segundo después, un rugido profundo, grave, que hace temblar los cristales y vibrar el suelo como si algo gigantesco hubiera despertado bajo tierra.
La explosión estalla hacia afuera con una furia instantánea.
Los barriles de ron estallan como si estuvieran llenos de pólvora. La madera se astilla en fragmentos que salen disparados por las rendijas, y las cajas más cercanas saltan por los aires envueltas en llamas.
La puerta principal del almacén se abre de golpe, arrancada de sus bisagras, volando varios metros antes de caer contra el suelo entre brasas y humo.
Una columna de fuego asciende desde el interior del edificio, retorciéndose, expandiéndose, devorando el techo como si fuera papel.
El cielo nocturno se tiñe de un naranja furioso, visible desde todo Sorbet Sur e incluso desde algunas ventanas de la nobleza en Sorbet Norte.
El ruido es ensordecedor.
El resplandor, cegador.
El calor, abrasador incluso a distancia.
Después del primer estruendo llega el segundo:
los cofres químicos reaccionan.
El aire se vuelve espeso, el humo cambia de color, volviéndose gris azulado, casi metálico al reflejar las llamas.
Hay un chasquido, un latido ardiente, y otra explosión más concentrada rompe ventanas y hace vibrar las torres de vigilancia.
LA BASE ENTRA EN CAOS
Los marines tardan unos segundos en reaccionar, paralizados por la magnitud del desastre. Pero cuando lo hacen, el caos se desata. Los cadetes desde las barracas salen como una estampida desorganizada: algunos aún tirándose la chaqueta por encima, otros descalzos, la mayoría gritando sin entender qué está ocurriendo.
Los ojos muy abiertos, la boca seca, el miedo pintado en cada expresión.
Los oficiales tratan de imponer orden, pero sus voces se pierden entre: el crepitar de las llamas, el silbido de los materiales químicos ardiendo, y el sonido de cajas colapsando dentro del almacén derrumbado.
Uno toca la campana de alarma con desesperación.
TAN–TAN–TAN–TAN-TAN-TAN
El sonido metálico se mezcla con los gritos.
Los vigías
Desde la torre principal, los centinelas enfocan el área con prismáticos, pero la humareda es tan espesa que apenas se ve el suelo. Uno de ellos casi se cae al intentar girar la luz del reflector para iluminar el incendio.
-¡INCENDIO EN EL BLOQUE DE SUMINISTROS!- -¡TODOS LOS DISPONIBLES A LA ZONA ESTE!-
La orden se repite como un eco frenético.
Los marines más experimentados
Corren hacia la entrada principal del almacén con cubos, mantas mojadas y todo lo que pueden cargar. Nadie se fija en el pasillo trasero. Nadie recuerda que existe. Nadie escucha la madera de la puerta dañada vibrar por la onda de choque.
Todo el personal, absolutamente todos, se agrupan al frente, intentando: apagar las llamas, rescatar lo que puedan y evitar que el fuego alcance otros depósitos.
Las llamas suben más alto, iluminando el uniforme de cada marinero con un brillo rojizo que hace parecer a toda la base un infierno ordenado por filas.
LA NOCHE CAMBIA
El humo asciende como una señal visible desde toda la costa.
El viento sopla hacia el mar, arrastrando cenizas y papeles quemados que flotan como luciérnagas tristes.
Un olor químico se mezcla con el aroma a madera ardiendo.
La base, por primera vez en años, queda ciega, sorda y concentrada en un único punto: el almacén en llamas.
Detrás, en la puerta trasera, nadie mira. Nadie sospecha. Nadie imagina lo que falta por descubrir.
La Puerta Trasera
El pasillo tras la puerta trasera no recibe a nadie de forma amable ni luminosa; al atravesarlo, la sensación es la de entrar en las entrañas húmedas y olvidadas de la base, un espacio que no fue construido para ser transitado, sino para existir como un respiro arquitectónico, un hueco entre muros, un lugar que la Marina jamás incluyó en sus rondas y que por eso mismo ha logrado sobrevivir en secreto. La madera de la puerta dañada cruje con un lamento viejo que se pierde en la oscuridad, y al cerrarse, el estrépito del incendio, los gritos, el caos y el descontrol de la explosión quedan amortiguados como si hubieran sido envueltos en un paño grueso.
El aire que invade el corredor es completamente distinto al del almacén: húmedo, salado, impregnado del olor mineral de las piedras erosionadas y del musgo que cubre zonas enteras del muro. La luz que entra por las rendijas superiores apenas alcanza para definir la forma del espacio, una especie de túnel estrecho donde el techo bajo parece presionar hacia abajo y las paredes, cubiertas de líquenes, se estrechan de manera irregular, obligando a avanzar con pasos medidos y el cuerpo ligeramente inclinado. La humedad resbala por la piedra en pequeñas gotas que caen desde arriba con un ritmo constante, como un reloj silencioso que marca el tiempo en que el pasadizo ha permanecido en pie, ignorado por todos.
A medida que se avanza, el sonido del incendio se convierte en un murmullo distante, un ronroneo apagado que se mezcla con el eco cavernoso del agua goteando en alguna parte invisible. La piedra del suelo es irregular, áspera, y tiene tramos donde parece haberse hundido con el tiempo, formando pequeñas depresiones llenas de charcos helados que reflejan, en un temblor casi mágico, el tenue brillo rojizo que todavía se cuela desde la entrada. La oscuridad se vuelve más espesa conforme se avanza, obligando a forzar la vista en busca de las pequeñas vetas de luz que aparecen aquí y allá entre las grietas del muro, como hilos plateados que guían el avance.
Más adelante, el corredor se curva de manera abrupta hacia la izquierda, como si se tratara de las raíces de un árbol gigantesco que hubieran decidido cambiar abruptamente de dirección para evitar algún obstáculo subterráneo. En este punto, el aire se vuelve más frío y también más móvil, señal de que una abertura cercana respira la brisa del exterior. El túnel deja atrás el olor a madera quemada y a químicos para dar paso al aroma casi metálico del mar nocturno, ese olor que mezcla sal, algas y la promesa de un horizonte abierto más allá del alcance de cualquier vigilancia.
El camino continúa descendiendo, no en una pendiente pronunciada, sino en una suave inclinación que se siente principalmente en la tensión de los músculos al caminar. La pared derecha está completamente cubierta por un tapiz de musgo oscuro, esponjoso y frío, que absorbe la humedad del ambiente y mantiene el pasadizo en un estado perpetuo de penumbra diáfana. A la izquierda, la roca se vuelve más rugosa, como si hubiera sido trabajada hacía décadas con herramientas torpes, apenas lo suficiente para permitir el paso, pero no tanto como para darle un acabado civilizado.
Finalmente, una ráfaga de aire fresco llega desde adelante, golpeando como un susurro lleno de libertad. El pasillo desemboca en una cavidad más amplia, una especie de salida natural enmarcada por raíces gruesas que bajan desde la tierra superior, enredándose entre sí como barrotes orgánicos que, sin embargo, no llegan a cerrar por completo el paso. Justo más allá, un saliente rocoso se abre al exterior, oculto tras una masa de arbustos densos que crecen salvaje e indiferentemente hacia el mar.
Al asomarse a través de la vegetación, la noche revela un paisaje apenas iluminado por la luna: un pequeño tramo de costa encajado entre acantilados, protegido por sombras profundas donde difícilmente podría distinguirse el movimiento de alguien que descendiera por él. El ruido del incendio se escucha ahora como un trueno lejano, difuminado por el rugido constante de las olas que chocan contra las piedras inferiores. Es un refugio perfecto para desaparecer sin rastro, un punto donde la base pierde su autoridad y donde la noche se convierte en una aliada silenciosa.
El viento marino sopla desde abajo, haciendo que las hojas se agiten con un murmullo suave, casi acogedor. Y así, envuelta en la mezcla de brisa nocturna, olor a sal y las últimas brasas de un caos lejano, la salida trasera se presenta como un sendero que no aparece en mapas ni informes, un corredor reservado únicamente para quienes no pueden permitirse ser vistos.
La ayuda de la revolución
Al final del pasadizo, cuando la brisa marina se vuelve más intensa y el rumor de las olas adquiere esa profundidad vibrante que solo tiene cuando se escucha desde un rincón oculto de la costa, la penumbra comienza a retorcerse suavemente, como si la noche misma estuviera reorganizando sus sombras. A medida que la salida se abre paso entre las raíces colgantes y la maraña de arbustos, una figura emerge con una lentitud medida, sin sobresaltos, como si formara parte del paisaje desde siempre y solo ahora decidiera materializarse.
Bram no aparece de golpe, ni con estridencias; su presencia se insinúa primero como un contorno inmóvil recortado contra la tenue luz lunar que se derrama desde el acantilado superior. Los pliegues de su abrigo oscuro se confunden con la vegetación que lo rodea, y durante un instante parece una escultura erosionada por la sal y el viento, una forma desdibujada que custodia la salida del túnel desde tiempos olvidados.
Pero luego, con un movimiento lento y lleno de propósito, se adelanta un paso, dejando que la luz plateada descubra detalles: el rostro marcado por la vigilia, los ojos que brillan con una mezcla difícil de descifrar entre urgencia, alivio y una prudencia casi instintiva, las manos tensas pero controladas, como si cada fibra de su cuerpo hubiera estado esperando exactamente ese momento para moverse.
No levanta la voz ni hace aspavientos; simplemente abre con discreción la palma de la mano y la mueve en un gesto amplio, cargado de una urgencia silenciosa que transmite más que cualquier palabra. Indica hacia un recoveco natural entre dos grandes bloques de roca cubiertos de vegetación marina seca, un escondrijo apenas visible incluso a pocos pasos, oculto bajo la sombra proyectada por el perfil del acantilado. Es un refugio que no figura en planos ni sería detectado por una mirada superficial, un hueco que parece haber sido tallado por la marea y el tiempo para servir justo en ese instante como santuario improvisado.
El gesto de Bram, aunque contenido, está impregnado de una intensidad palpable: la manera en que inclina ligeramente la cabeza, como si escuchara en la distancia señales que los demás aún no perciben; el modo en que su mirada se desplaza fugazmente hacia el sendero estrecho que asciende por la ladera, vigilando cualquier destello de linterna o escolta que pudiera acercarse; la forma en que sus labios se tensan apenas, como si estuviera conteniendo una advertencia que no necesita pronunciarse.
El mar ruge bajo ellos, oculto por la oscuridad pero siempre presente como un recordatorio del peligro y la oportunidad. Bram, firme en medio de ese contraste entre luz lunar y sombra profunda, entre ruido de oleaje y silencio conspirador, se convierte en un faro discreto, un guía que no necesita hablar para imponer la urgencia de su mensaje. Y allí, bajo el techo de raíces y piedras, su figura se transforma en la bisagra entre el caos que acaba de estallar en la base y el refugio precario que la noche ofrece a quienes necesitan desaparecer sin dejar un solo rastro.
Offrol
Buenas, la explosión puedes provocarla como te he dicho o prendiéndole fuego a cualquier cosa, estos marines son muy descuidados con la mercancía inflamable. Te dejo preparado la escapatoria, lo que encuentras tras aquella puerta y lo que aparece al salir del lugar.