Todo tipo de servico, todo tipo de etiquetas [Pasad | Asherah Bel-Nadin | +18}
#1
Año 16 Otoño, en la tarde.

Karate la isla tropical, aun en sus épocas de transición. No es el tipo de isla en la que suele nevar pero si llueve. Desde el inicio del día se puede notar que el sol no brilla con la intensidad usual. Los marineros no se atreven a salir ya que ir de pesca y que te agarre la lluvia puede ser la premisa de muerte. Las actividades de cultivo de arroz no son las mejores y esto me desencanta ya que me había puesto la meta de hacerme con más dinero. 


Miré el cielo nubes desde temprano. —Es igual que en baquella, llueve demasiado en inverno.— Expresé maldiciendo el ambiente. Hace ya algún tiempo que estoy viviendo aquí y los inviernos me recuerdan que son una buena época para saber donde me puedo quedar y dónde puedo irme. Hasta ahora dos de los inviernos que he visto me dan razones para irme. No puedo quedarme atascado en el granero, sí todo está bien aquí no me caerá agua si llueve, pero no puedo seguir perdiendo los días aquí encerrado. 


Sabiendo que los homies están en la isla me gustaría volver a verlos. Creo que estaría bien que pase tiempo con ellos de vez en cuando. Al final de todo, creo que me agradan bastante, todos y cada uno de ellos. Nunca me había sentido con ganas de ver a alguien aquí en la isla Karate. Supongo que es algo así lo que siente cuando tratas con personas sin tener un interés más allá de su compañía. Qué extraña sensación, igual es el hambre que tengo en mi abdomen que me está haciendo alucinar. 


No dude más tiempo y me alisté. Mi Hakama púrpura, cortesía de la maestra en la Isla me había confeccionado algo con un poco más de estilo. Mis aretes, mi cabello bien atado en aquella cola alta. Me vi en un espejo que había encontrado gracias a los mismos muchachos. Me arreglé bien y de una salí, con la clara búsqueda de encontrar alguna buena comida y despejar bien mi mente que estaba un tanto inquieta al quedarme en casa. 


Los pueblos que no son costeros siempre son interesantes de visitar pues la vida no es la típica. Tienen esa cultura más orientada a las actividades cotidianas. Se pueden ver algunos cultos donde hay personas meditando con incienso, retirados. También hay las típicas mansiones con cercos que marcan prácticamente una calle y del lado opuesto puestos comerciales pequeños. Con algo de suerte me hice con un poco de dinero, de la misma manera decidí que hoy era día de darme un buen gusto y busqué el restaurante que tenía el mejor olor de la mejor comida. 


Un lugar impresionante. Adornado con rojo y dorado, colores de la realeza. Figuritas de gatos, ampliamente vacías. Con un menú que puedes ver desde la puerta que te hace entender que ese sitio tiene los precios un poco por fuera de lo que se puede permitir la facción más económica.  No más al entrar esperaba ser atendido, pero en el lugar de ello me encontré con que no había nadie que me quisiera atender. Los meseros parados en sus sectores ninguno se movió a darme una bienvenida. ¿Pero qué diablos? —Qupe mal servicio al cliente.—


No podía obligarlos a atenderme. Pero no me impedirían buscar una mesa amplia en la cual sentarme. Si quiero darme un gusto tienen que venir a atenderme.


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#2
El restaurante estaba tan silencioso que casi podía escuchar mi propio pulso, y eso que venía caminando con paso firme desde afuera. Rojo y dorado por todos lados, como si quisieran convencerte de que la elegancia es cuestión de saturación. Yo había reservado, claro. Desde que me fui de casa prefiero asegurar cada paso en tierra ajena: la incertidumbre ya la tengo gratis adentro del pecho, no hace falta sumarla en la entrada.

La Isla del Karate me venía resultando particular. Ese olor a arroz húmedo, a incienso de entrenamiento, a lluvia que todavía no cae… Una mezcla que me dejaba inquieta, pero lúcida. Cuando tengo la cabeza a mil, comer algo bueno suele centrarme un poco. Bah, un poco nomás, porque mi ansiedad siempre corre adelante de mí.

Apenas crucé la puerta, noté el detalle molesto: los meseros quietos, rígidos, dignos de un museo. Ni una reverencia, ni un “buenas tardes”, ni un mínimo gesto. Me acomodé la capa y respiré hondo, tratando de no fruncir el ceño; es todo un tema cuando el hambre empieza a opinar por mí.

Y ahí lo vi.

Un hombre alto para los estándares del resto… pero no del mío. Yo lo superaba por más de un metro, así que lo primero que me llamó la atención no fue su tamaño, sino la naturalidad con la que llevaba las alas desplegadas, oscuras y marcando un contorno elegante. Eso, en un lugar de alta alcurnia, me resultó curioso. No todos se muestran así, tan tranquilos, tan expuestos. Su porte era cuidado, su ropa ordenada, su cabello recogido con intención. Y aún así, nadie lo atendía. Lo ignoraban como si fuera parte del mobiliario.

Me acerqué lo justo, manteniendo la distancia habitual de quien no quiere invadir ni ser invadida.

— Raro, ¿no? — dije con una calma que me costó sostener — Ni con reserva logran mover un dedo. Deben estar practicando algún saludo ancestral que les dura horas.

Una sonrisa breve, apenas un destello. Humor para no mandarlos al diablo, básicamente.

— Si querés, podés sentarte en mi mesa mientras deciden recordar su trabajo. Yo, sinceramente, tengo un hambre que me está gritando desde hace rato, y no pienso esperar a que alguno despierte de su trance zen. Es todo un tema.

Hice un leve gesto hacia la mesa preparada para mí, al fondo, donde ya habían dispuesto té caliente y una carta lacada.

El aroma del arroz, del pescado glaseado y de las especias del wok flotaba en el aire como una promesa.

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#3
Luego de mirar con atención puedo leer que las personas si me están ignorando, pero la vista de todos no es sobre mi, hay algo o alguien que llama más la atención que yo. No puedo creerlo alguien está brillando más que el mismo Heras. Esto es más que personal, son todos. Mi vista aguda recorre el restaurante para toparse de frente bloqueado. No puedo negar que me sorprendí con su presencia, pero la verdad fue difícil de procesar. El tamaño, las curvas, la piel, LAS ALAS.  



Bajo la guardia, no físicamente, yo nunca alcé los brazos, pero una de mis manos va a mi cintura y otra muestra mi palma abierta. Tengo que ver hacia arriba y esto es una tarea un poco complicada, aunque ella conservó una distancia prudente de mi. Mi cara se inclina un poco de lado. —Si, es muy extraño.— Yo no tengo ni idea de que me está hablando ahora mismo, pero ahora ella tiene mi atención. Ah claro los meseros, los olvidé. 


—No creo que sea un saludo que dure horas, dudo que duren par de minutos.— Ahora ya entiendo sus nervios muchachos, si yo que soy la para de la para puedo captar, no imagino ustedes. Mi vista puesta en sus ojos, agudos, sobre mi siento la presión, ellos que son hormigas para ella. Siento su presencia que sin ejercer presión se siente como ver la cima de una montaña, un paisaje majestuoso. 


—Estaré encantado.— Sigo a tu mesa con pasos que ni se escuchan por la alfombra del suelo. Ciertamente el lugar elegante palidece cuando la clienta puede tener tanta aura a su alrededor. —Más que un trance son nervios. No creo que hubieran visto algo así en su vida. — Claro mi mirada hacia ella luego de ver la mesa señalada. Si a mi nunca me habían sacado una silla especial, por mis dimensiones, ver que para ella tienen un trono ya me dice mucho más de lo que podrían con palabras. Sonreí ligeramente, recordé cuando tuve que actuar de consorte para ciertas personas de la realeza, pasos ligeros, no apresurados voy hasta el puesto de la alteza y cómodo el asiento para ella. 


—Por favor, se que me invitó pero no por ello dejaré mis modales. — Claro en aquellas ocasiones actuaba así porque el cliente así lo deseaba, ahora lo hacía sin haber recibido ningún pago previo. De tomar asiento tras ella, como en el juego de mesa a su izquierda. Con un ademan a llevando la mano a mi pecho. —Me llamo Heras, para mi es un gusto. No puedo parar de notar…— Mis alas que no puede igualar su tamaño se mueven involuntarias, un aleteo pero no para mover el aire ni nada, solo para hacerse visibles. Un pavoneo sutil. —que tenemos cierto parecido. Yo creo que no he visto muchas otras personas con tantas similitudes. — Claro, mis ojos han visto tantas cosas, muchas de ellas de las que no voy a compartir con nadie. 


Esta vez es un cuadro que raya en lo angelical. Estiró el mantel de la mesa, no reposo los codos nunca. Toda su presencia y la tiara me hacen sentirme que estoy junto a una persona que no está en el mismo escalón de cualquiera. El aire, la fragancia de la cocina llega a nosotros, pero no es suficiente para apartarle la vista, aun cuando mi abdomen comienza a molestar pidiendo por alimento. 


Entonces la voz de un mesero, valiente, tembló como un cachorro recién bañado. Curioso es un Mink canino. —Buenas, bienvenida. ¿Ya está lista para ordenar?— Mi vista afilada, cambió al mesero como la de una marioneta en una historia de posesiones y espantos. Sentí que mi presencia no había sido notada en absoluto, incluso había sido ignorada por completo. No me molestó, pero si picó bajo mi tersa y obsidiana piel. —Ya escuchaste mileidi. ¿Deseas ordenar? — Al final vinimos a comer ahora mismo. 


El mesero después de que yo hablo nota mi presencia. Ve mi torso, fisico bien hecho, marcado con ciertas tintas en mis brazos y en uno de mis hombros. —Rastrero. ¿Cómo pudo entrar? Tengo que pedirle que se vaya. Es una norma de etiqueta usar ropas acorde.— Nadie dijo nada cuando entré, eso me ha caído como un balde de agua fría. No se si es su trabajo o si solo es grosero ahora mismo. La violencia nunca es mi camino inicial. 


—Pero no dice en ninguna parte que no se pueda. ¿Podría hacer una excepción esta vez?— Hice el esfuerzo de bajar la cabeza, junté mis manos esperando que él entendiera mi petición. Quiero mantenerme cordial con la compañía. No resultó. —Asco no. Váyase de aquí.— Chale, ahora si se está comenzando a ganar mi desencanto, entonces comencé a ponerme de pie, si no podía comer aquí podría buscar otro lugar más acorde.
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#4
Al caminar hice sonar mis pulseras conforme elevaba las manos y acomodaba mi tiara para mitigar los nervios, de esos que se me pegan cuando la injusticia me roza, y finalizaba jalando la tela de mi polera sobre el busto de llegada a la mesa. Él se movía con una ligereza que llamaba la atención; yo iba atenta a no arrastrar nada con la capa. La alfombra tragaba cada paso como si quisiera comerse el silencio que quedaba entre nosotros.

— Nervios o no — murmuré mientras me sentaba en ese asiento adaptado que parecía más un trono que una silla — igual podrían avisar que atienden cuando se alinean los astros. Digo… una señal mínima. Un guiño. Algo. Es todo un tema.

Mi nuevo compañero de mesa se acomodó a mi izquierda con un respeto que no esperaba. No solemos ser muy ceremoniales entre los nuestros —la caída te quita varios gustos— pero él tenía ese aire ordenado, casi refinado, como alguien que aprendió a sobrevivir sin perder la compostura.

Cuando se presentó, levanté con gracilidad la mirada tomando el menú entre las manos.

—Asherah — respondí— Un gusto también.

Y ahí soltó la observación que estuvo colgando en el aire desde el primer momento en su mirada: el parecido. Sus alas hicieron ese pequeño aleteo orgulloso, como un gesto automático. Las mías —plegadas, escondidas bajo la capa— se tensaron por reflejo.

— Parecido tenemos, claro, somos de la misma raza… — dije con un tono que buscó ser liviano, aunque la obviedad me pinchó por dentro — Pero los demás en su mayoría nos miran creyendo que somos mitos o señales de mal agüero. O de buena suerte, según el idiota que toque dependiendo el día, hhh-heh-hhh. — Mi risa fue breve, casi seca, pero no mala. Simplemente honesta.

Y entonces llegó el mesero.

El pobre Mink temblaba más que una lámpara en tormenta, pero aun así logró dirigir la voz hacia mí, obviando por completo la existencia de Heras. Pensaba ordenar algo suave —arroz al vapor, pescado al té, nada que me pusiera el estómago en guerra— pero el intercambio que siguió me heló la sangre.

Tomé aire como si el té caliente de la mesa pudiera entrar directo a mis pulmones y calmarme. No funcionó, pero al menos me dio un segundo para ordenar la avalancha que se venía. Heras acababa de recibir un “asco no, váyase” en un restaurante que, sinceramente, no estaba a la altura de tanto rojo, tanto dorado ni tanta soberbia. Y de golpe hizo ademán de levantarse.

NO.

Ni loca dejaba que lo echaran así delante mío. Era todo un tema, pero había líneas que no se cruzaban… al menos no sin tropezarse conmigo primero.

Extendí la mano hacia él —sin tocarlo, sólo una indicación clara— y me incorporé un poco, enderezando la espalda. Mis alas siguieron el movimiento con un leve temblor metálico al descubrirse, ese que a veces aparece cuando mi balanza interior se mueve un poquito hacia un alineamiento punzante. No siempre lo controlo, pero tampoco me molesta usarlo cuando corresponde.

— Sentate — murmuré, con una firmeza suave pero imposible de discutir — Todavía no terminamos acá.

El mesero pegó un respingo, como si recién se diera cuenta de que yo no era una estatua gigante apoyada en la silla. Pobre. La ignorancia es liviana hasta que te cae encima desde cuatro metros de altura.

— Disculpá — dije, girando la cabeza apenas hacia él, con esa sonrisa que no es sonrisa, la que uso para negociar piezas valiosas y para desactivar idiotas — Creo que hay un malentendido. Él es mi invitado. Y vos estás levantándole la voz a una clienta con reservación… algo inusual, ¿no?

Lo miré a los ojos. Sin parpadear. Sin dejar que se escondiera en ningún rincón del salón.

— No me interesa la etiqueta de este local — continué, suave como sedas caras, firme como un serrucho — Me interesa comer. Y si él no cumple su estándar de vestimenta, entonces ajusten el estándar, porque dudo que alguien aquí pueda pedirle a un Lunarian que se disfrace para encajar en una posible noche de lluvia.

Un segundo de silencio. Tenso.

Otro.

El mesero abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir como si buscara oxígeno. Tal vez lo estaba. O tal vez estaba pensando cuánto podría costarle desafiar a una mujer que, por tamaño y porte, podría sentarse tranquilamente en el trono ese del Rey del Kárate y nadie se animaría a pedirle pruebas de identidad... bueno, quizás exageraba, pero las primeras impresiones hacen mella.

— Si todavía es un problema — añadí — llamá al gerente. Pero no quiero volver a escuchar “asco” en referencia a ningún cliente. Ni hoy, ni nunca.

El mink bajó la cabeza. Murmuró algo parecido a un “disculpe” y retrocedió un paso. Todavía temblaba, pero al menos no insistió.

Lo dejé irse y recién ahí me giré hacia Heras — Sentate — repetí por si todavía no lo habia hecho o incluso para bajarlo a tierra, esta vez con un tono más cálido — No pienso comer sola y mucho menos dejar que alguien te trate como si fueras un trapo. Si necesitan adaptarse a vos, que se adapten. No sos vos el problema.

Me acomodé en mi silla y dejé caer un mechón rebelde detrás de la oreja. La tensión del momento se me escurrió en un suspiro largo.

— Además — agregué mientras le alcanzaba la carta lacada para que la viera también — vine a comer bien. Y algo me dice que si te vas, el gusto se me arruina. Y ya tuve suficiente mal gusto últimamente.
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#5
Palabras acompañadas de un carácter fuerte, su mano casi me impidió hacer cualquier actividad. Ciertamente en mi cuerpo entró cierta incertidumbre y quede en pleno movimiento de ponerme de pie y de sentarme, no sabía con precisión qué hacer. Irme, quedarme, era un poco vergonzoso para el mesero, la voz de Ashera invariable dejaba en claro que no iba a dejar la situación avanzar. 


No solo detuvo la situación si no que parecía una mascota castigada. El tono como un claro regaño y terminó por retirar a verse prácticamente destruida su persona con aquellas palabras tajantes. Mi mirada puesta en ella por completo, verla expresarse, usar esa manera, sujeté su mano y le miré esos ojos tan brillantes.  Busqué sus delicadas manos que tienen uñas pintadas de color acuamarina la agarré con ambas de mis manos. —Beibi, yo por ti, sería el señor de la noche, el mitad hombre mitad animal.— Ciertamente para mi que una mujer me defendiera de esa manera. Eso hizo que en mi pecho comenzara a sonar un tambor, ya que pocas veces había tenido ese trato con tanto respeto, con tanta elegancia. 


—Yo me quedaré aquí contigo, para que comas con todo gusto. Hablame de ti Asherah, Olvidemos a ese mesero desagradable. — Agarré su mano y la acaricié, no solo era un encuentro curioso ya que ella es una mujer parecida a mi, me trataba con un aprecio. Aquella caricia pasó de su mano a su muñeca y de su muñeca a su antebrazo. Mi sonrisa a ella que se acomodaba su tiara, es toda una reina, la reina de las alas negras. 


—Una mujer tan atractiva, tan elegante, tan amable tiene que contarme sobre usted. ¿De qué tan lejos viene? ¿Hace cuanto llegaste a la isla? Yo me ofrezco a ser tu compañía mientras estés aquí después de tal defensa. — Me acomodé en mi asiento de una manera tan tranquila. Solté sus manos y le miré con una sonrisa mucho más confiada de que era su nueva abogada personal. Sin darme cuenta que tocaría sus pies de esa manera pícara. 


Yo cual Pigmalio y tu ahora mi Galatea, no pude dejar de observarte con cierta admiración. No por lo físico, si no encantado. —¿De donde tu vienes hay muchas personas como nosotros? ¿Todos son tan altos cómo tu? Pienso que ahora que te admiro su porte, soy un poco bajito. — Me abrí un poco mi manera de pensar ante ella, que es como una mujer divina que se compadece de las prostitutas cómo yo, aunque ahora que estoy en postura del pensador en mi cabeza cruza la idea de que si ella supiese a lo que me dedicaba seguramente me juzgaría. 


Creo que sería la primera vez que lo que pudiera pensar otra persona de mí me invadía. Solo de pensar que una persona que metió su mano en el fuego por mi podría sentir una decepción. Me encantaba demasiado su compañía. Tomé un poco de distancia y deje de tocar su pantorrilla. —Si en ese lugar existen otros, no me queda duda que usted debe ser la más sublime.— Muchos piropos en tan poco tiempo en cualquier momento podría llegar el cocinero y de seguro el si hablamos con formalidades.
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#6
Apenas él me tomó la mano, sentí cómo me subía por el brazo un cosquilleo que no era ni agradable ni ofensivo… era alerta. De esas que se encienden cuando alguien cruza la línea sin medir el paso. Y cuando pasó de mis dedos a mi muñeca… y luego a mi antebrazo… la alerta dejó de ser sugerencia y pasó a ser frontera.

Me acomodé la tiara despacio —clic suave de metal contra metal— y dejé que mis pulseras sonaran al bajar la mano con toda la intención del mundo. Ese sonido, fino y frío, fue mi campanita de “hasta acá”. Enderecé la espalda en la silla, imponente sin esfuerzo, y retiré mi brazo con una naturalidad firme que no dejaba lugar a dudas.

— Cortala — dije, seca pero no brusca — Con las manos, no. No somos tan amigos como para eso.

Bajé apenas la mirada hacia sus dedos, luego volví a sus ojos con una expresión imposible de malinterpretar.

— No confundas lo de recién. Te defendí porque correspondía, porque tengo reglas, porque respeto a quien tengo al lado… no porque esté buscando otra cosa. Si mezclás eso, yo misma te acompaño a la puerta. — Mi voz no subió, pero sí se afiló — Sé poner límites, y los pongo ahora.

Solté un suspiro breve tomando mi taza de té y dándole un sorbo lento; ese que uso cuando necesito bajar la tensión sin romperla.

Fue entonces cuando noté el roce bajo la mesa: un toque fugaz en mi pantorrilla, tibio y mal calculado. No comenté nada; bastaba mi postura para que entendiera que lo había sentido. Y que no lo repitiera.

Esperé a que al fin tomara la carta, que la sostuviera como alguien que vuelve a su eje. Cuando lo hizo, retomé:

— Bien. Hiciste un festival de preguntas… dejame ordenarlas, porque fueron tantas que casi pido un anotador... es todo un tema — murmuré con humor seco, pero sin mala intención.

Señalé con un dedo, marcando cada punto:

— De dónde vengo: de mi casa.
Cuándo llegué: ayer.
Si hay muchos como nosotros: depende de dónde mires.
Si todos son tan altos como yo: no. Tengo mis particularidades.


Lo observé directo, serena, firme como quien sostiene una puerta enorme con dos dedos.

— Y lo de “beibi”… — una sonrisa leve me cruzó, fugaz, sincera — admito que me causó gracia. Pero no lo repitas. No te queda bien y yo no soy tu criatura mitológica personal.

La sonrisa se desvaneció despacio, dejando el terreno nivelado.

— Ahora… lo de ofrecerte como compañía — continué — se puede hablar. Pero desde un lugar más claro. Si querés que esta charla funcione, necesitás bajar un par de cambios: menos manos, menos intensidad súbita, más conversación real.

Tomé otro sorbo de té, dejando que el gesto marcara el ritmo nuevo.

— Probemos algo distinto. En vez de tirarme veinte piropos seguidos o querer adivinarme el origen, haceme una pregunta a la vez. Escuchá. Respondé. Y seguimos. Un ida y vuelta. Sin invadirme, sin correr antes de caminar.

Señalé la carta con un gesto ya relajado, casi casual.

— Pedí lo que quieras y hablame mientras tanto. Pero bien. Tranquilo. Sin adornos innecesarios ni dramatismos prestados. Si vas por ese camino, la charla va a ser más agradable para los dos.

Una sonrisa ladeada, apenas un filo de humor:

— Y si me querés impresionar, intentá con preguntas inteligentes. No con caricias furtivas.

Me recosté en la silla, cómoda en el territorio recién trazado.

— Así que… empecemos de nuevo. Preguntá una sola cosa. La que de verdad quieras saber. Y yo decido si te sigo el paso.
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#7
Las cosas se salieron un poco de control y mi pierna se recogió inmediatamente tras escuchar cada una de sus palabras. Ciertamente no tendría idea de que era esa persona con la que estaba tratando. Mientras más la escuchaba más presentía esa sensación no tan agradable. Cuando sus caricias, sus adulaciones, sus preguntas no son bien recibidas, que puede hacer alguien como yo que está acostumbrado a recibir de eso intercambio. Ya no era esa persona de la mala vida pero era el único lenguaje que sabía. Antes había dicho que quería su compañía, ahora rechazaba todo lo que su compañía puede ofrecer. 



Igual avancé demasiado rápido, igual ella no entiende, igual no buscamos lo mismo. Confundido, saturado, hizo un poco el lado opuesto a ella su asiento. Marcó la distancia de manera física a lo que sus palabras hacían. No sabía ni que decir ni que hacer ya que ella deseaba tener alguien inteligente a su lado. No obstante, su manera de jugar se sentía aún más como una burla hacia él. Igual puede que su sentido del humor estuviera desorientado al estar en medio de dos señalamientos negativos. 


¿Debería irme? Eso sería demasiado grosero e iba en contra de lo que ella le acababa de pedir. Le estaba pidiendo quedarse para hacer otro tipo de malos tratos. Su cabeza se sentía caliente, como si tuviera fiebre. Estaba con una expresión de sorpresa y un evidente silencio. Cada una de sus palabras emitidas parecían tener un mensaje entre líneas, uno de rechazo, un mensaje no labial que percibe ya que es lo que puede interpretar de aquella situación. El momento de silencio se estiró sin saber si podía ser o si debía rendirse. 


Pasó más tiempo y solo pudo hacer una negativa. Su estómago que pedía por comida se sintió como una bola de plomo llegaba a él. No la puede digerir, no la puede disfrutar, tampoco le quita el hambre, solo pesa. —Cuéntame lo que tu quieras hablar. Si no, no pasa nada. — No me incluí, tampoco dije más nada, ya que decir más cosas se sentía inapropiado. Tampoco se disculpo, pues no había hecho nada que fuera contra lo que és, una prostituta, igual está deshumanizando, pero ciertamente se había dejado llevar por lo impresionante que había actuado hace un momento. 


Su designio, su dominio sería cumplido y mirada baja y esquiva. Se sentó en correctos modales y esperó a que se le hablara directamente o que se concibiera el permiso de hablar. Hace tanto tiempo que no había tratado con una persona así que solo pudo reaccionar. 


Un cocinero llegó, con mangas recogidas, uniforme blanco. Llego a la mesa y ni le importó la situación. —Me dicen que hay un problema en esta mesa.— Al toque al ver a Asherah dió su atención. —Disculpe usted, lamento lo de los meseros. Dígame que quiere ordenar, así puede prepararle algo bueno y que esta situación pueda quedar en el pasado.  — 


Heras ni tuvo la intención de ordenar absolutamente nada, abstraído de las tantas cosas que estaban pasando dentro de su cabeza. Sin expresar felicidad o molestia, solo la cara de alguien que está viendo un problema de matemáticas que no puede resolver. Su cabeza buscaba si había algo realmente inteligente que pudiera decir o hacer en algún momento.
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#8
La reacción de Heras fue un pequeño derrumbe silencioso, uno de esos que no hacen ruido pero levantan polvo. El modo en que se encogió, en que buscó distancia física como si yo fuera un farol muy brillante para su noche… fue claro. Y aunque no me sorprendió, sí me tocó un poco esa fibra que tengo guardada para quienes no saben leer el mundo sin que los lastime.

No retiré la mirada. La dejé serena, pareja, cargada de esa firmeza que no es castigo, sino guía.

— Ey, tranquilo — murmuré, apenas un hilo de voz más blando que antes — No te estoy pegando un portazo en la cara. Te estoy diciendo por dónde caminar para que no te tropieces conmigo.

Bajé la taza y entrelacé los dedos sobre la mesa, acercándome un poco hacia él, lo justo para marcar presencia sin invadir.

— No sé si lo que hiciste es lo que solés hacer o si te salió por impulso. Pero no pensé que ibas a… desarmarte así de golpe.

Le toqué la mesa con dos dedos, un gesto paciente.

— No confundas poner límites con rechazo. No te eché. No te dije que no me interesara escucharte. Lo único que hice fue moverte de un terreno donde te ibas a lastimar solo… y de paso, me ibas a complicar a mí.

El silencio que llevaba arrastrando se sentía espeso, como si pudiera partirse con un cuchillo. Antes de poder aflojarlo, llegó el cocinero. Su intervención tuvo el timing perfecto para cortar la tensión, y lo recibí con una sonrisa educada.

— No te preocupes — le dije al chef, con un tono amable que no necesitaba ser exagerado — Quiero algo caliente. Algo que sea fácil de hacer ahora. Sopas no — agregué, porque nunca fueron lo mío — lo que tenga de carne y que salga rápido, me va bien.

Cuando él asintió y se retiró, la mesa volvió a ser nuestra, y el silencio volvió a quedarse sentado entre los dos.

Ahí lo miré otra vez a Heras, ya sin dureza, sin filo, con ese tono que uso cuando la otra persona parece más perdida que culpable.

— No me sirve que te quedes mudo — dije suave, pero decidida — porque eso también es una forma de esconderte. Y no viniste a esconderte. Viniste a acompañar.

Incliné la cabeza apenas, curiosa.

— No hace falta que seas intelectual. No te pedí eso. Te pedí claridad. Una sola pregunta sincera, una sola… la que de verdad te importe al menos en estos momentos.

Hice un gesto hacia él, como invitándolo a levantar la vista.

— No me ofendiste. No me molestaste. Solo te fuiste por un carril que no te pertenece. Y yo te frené. Eso no es tragedia. Es corrección de ruta.

Me acomodé mejor en la silla, relajando los hombros, dejando que el aire de la escena bajara un poco.

— Si querés hablar, hablá. Si querés preguntar, preguntá. Pero no te minimices. Yo no necesito verte chiquito para escucharte.

Luego añadí, con una chispa de humor rápido, apenas un destello en mi expresión:

— Y mirá que midiendo cuatro metros no me da ganas de coleccionar gente chiquita, ¿eh? No es mi hobby.

Una pausa breve, cálida:

— Así que empecemos por algo simple, pero honesto — señalé con suavidad, casi como si arropara la pregunta — ¿Qué fue exactamente lo que quisiste lograr conmigo cuando me tocaste así?

Otro segundo de aire, invitándolo a volver a la mesa.

— Dale. Tu turno.
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#9
Un tono de voz muy difícil de leer, con un mensaje un tanto confuso. Solo podría dejar que ella llevara el paso doble. Alce la vista ha ella pues es lo que le pedían y encontrarse de nuevo con esos ojos angelicales. No es que me sintiera intimidado aunque eso es lo que se pudiera leer, solo. —Es complicado. — Por mucho que ella actuara bajando la guardia ahora el que le cuesta lidiar es a mi. —-Dejaste mi mente un poco en blanco.— No tengo que ocultar lo que es más que evidente. 


Suspiré muy profundamente un par de veces, inhalando todos esos pensamientos negativos y exhalando lentamente para que se fueran borrando de mi cabeza. Primero esos pensamientos de rechazo, no me minimizo ante nadie. Me mido, mi mirada no titubea. —Me gustaría, más que hablar, por hablar, me gustaría escucharte. Hablame de ti. Cuentame la historia de Asherah. No la historia corta, concisa, aburrida, quiero la historia que te hizo salir de donde estabas, que hizo pasar por aquí en Karate, que te hizo salir al mundo. Yo no sé de donde eres, pero creo que hay una gran historia detrás. —


Igual y no es la mejor manera de pedirlo. Mi expresión se fue relajando luego de cada palabra que digo. —Sabes, no es porque tienes alas como las mías, pero todo tu no pareces la típica mujer, me emocioné un poco. Lo lamento.— No es como que hiciera una confesión importante. Me estaba midiendo mucho, aun cuando se fue el cocinero no pedí nada para mi. Había perdido por completo la petición de hambre que tenía hace unos momentos. Ahora en mí había otro tipo de ambición. La de conocer aquello que estaba oculto, aquello que ella aun no hablaba.


Relami mis labios estaban secos y aun después de eso siguen un poco resecos. Los meseros que ahora no hablan solo traen una jarra con agua y unas copas cristalinas con detalles escritos en algún color dorado. Sirvieron ambas y yo no esperé mucho por ella para dar un trago a la mía. Tenía algunas ruedas de limón y está fría, es refrescante aunque no tiene mucho sabor, salvo por un ligero amargo cuando la bebida pasa por tu garganta.  


Mi mirada un poco perdida vuelve a la mesa, a los demás paredes, todas las miradas finalmente terminan en ti aun en lo lejos. Yo solo esperé, ciertamente mi espera no fue tan paciente cómo la primera vez. Volví a mi postura del pensador mientras la miraba fijamente. Una mirada curiosa, aunque pudiera tener una tentación atractiva que pudiera distraerme, no es lo que quiero ver ahora mismo. No pienso demasiado, ya que tengo que ir un paso a la vez. 


—Quería acortar la distancia entre nosotros. Por mucho que podamos ser parecidos cualquiera se daría cuenta que, entre tu y yo hay un mundo de diferencia. Solo me emocioné y pensé que podríamos estar más cerca.— Esperaba que ella entendiera a qué me refería en más de una manera se podría notar que ese acercamiento era una ligera técnica para iniciar un cortejo. —No lo malinterpretes. Eres, bueno, lo que yo pueda decir se queda corto, pero cualquier artista debe referirse Asherah cuando hablan de una musa. Yo volé muy cerca del sol, no me puedes culpar por eso.— 


No me quise excusar en su atractivo. —Mea culpa.— Fui débil. Solo regalame cuanto tiempo puedas.
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#10
— “Complicado” no es un idioma — dije sin dureza, solo con un dejo de sonrisa que no necesitaba dientes — pero entiendo que es lo primero que sale cuando algo te desarma.

Lo observé mientras hablaba, mientras forzaba la respiración para organizarse, mientras intentaba recuperar centro y dignidad. Esa dignidad, por cierto, que yo no quería quitarle.

Tomé la taza nuevamente, probé lo que quedaba. Apenas un gesto, apenas una pausa para dejarlo terminar.

— Hablarte de mí — repetí, con un brillo curioso — como si yo fuera un libro que podés abrir cuando te dé la gana. Audaz. Me gusta... es todo un tema.

Apoyé la taza otra vez sobre la mesa, haciendo que la porcelana cantara leve.

— Pero no funciona así. No porque yo sea misteriosa o porque mi historia sea un tesoro escondido, sino porque… — me señalé el pecho, con un movimiento breve, casi perezoso — esto no sale gratis.

No lo dije como amenaza. Lo dije como verdad.

— ¿Querés saber por qué salí de donde estaba? — incliné un poco el cuerpo hacia adelante, como si compartiera algo conspiracional — Porque me cansé de que otros decidieran qué era y qué valía. Eso fue todo. No hubo tragedia shakesperiana, ni destino épico. Solo un día me desperté y dije “no más”. Y caminaron mis pies antes que mi cabeza.

Me recosté de nuevo en la silla, dejando que los hombros volvieran a su eje.

— No vine a Karate persiguiendo gloria, ni venganza, ni iluminación — añadí — vine porque quería probar algo simple: si podía existir fuera de la jaula sin romperme. Por eso estoy acá. No por aventura. Por ensayo.

Lo dejé reposar un segundo antes de mirar sus manos, su postura rígida, el ansia apagada que había desplazado al hambre física.

— Y sí, sé que te emocionaste — dije con naturalidad, sin juicio — Pero no confundas fascinación con conexión. La fascinación es rápida, táctil, brillante. La conexión es lenta, incómoda, paciente. Vos fuiste por la primera sin saber si existía la segunda.

Tomé un sorbo más, esta vez más largo, y apoyé la taza con suavidad.

— No te culpo por volar cerca del sol — murmuré, con humor tenue — es una tragedia clásica, y un cumplido disfrazado. Pero la diferencia entre un personaje místico de epopeya y alguien que llega a destino es que el segundo aprende a volar sin quemarse.

Le señalé la mesa, no a él, no a sus alas, sino al espacio intermedio.

— Si querés acercarte, hacelo sin prisa. No por impulso. No por hambre. Porque yo no estoy acá para alimentar urgencias ajenas.

Mi mirada volvió a encontrar la suya, limpia, directa.

— Y no te voy a contar mi vida entera porque me lo pidas. Pero puedo darte fragmentos, si sabés pedirlos.

Hubo una leve sonrisa, ladeada, casi un reto.

— Empezaste bien al no sobreactuar tu deseo. Sorprendentemente bien.

Luego intenté bajar el tono, apenas más íntimo:

— Y sobre tu pregunta velada: sí, somos distintos. Mucho. Pero no hace falta achicar la distancia de golpe. A veces, llegar caminando tiene más sentido que saltar.

Me incliné hacia atrás, relajada, práctica, sin dramatismo. La comida seguramente demoraría un poquito más: por lo que pasó, se esmerarían desde la cocina en hacer un plato ornamentoso únicamente para tapar su proceder.

— Así que ahora te devuelvo algo mitad respuesta, mitad pregunta: ¿Querés conocerme porque yo te intrigo… o porque te gustaría que yo te eligiera?

Lo dije con calma, con honestidad, sin malicia.

— Son dos caminos distintos. Y antes de seguir, me gustaría saber en cuál estás parado.
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