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No hacía demasiado que había desembarcado de Samba, esa misma mañana sin ir mas lejos, pero no había tenido tiempo de visitar la isla, el tener que llevar las cosas al hostal donde nos hospedaríamos, acomodar a Larry con comida y agua en la zona de la cuadra, comer un poco con la tripulación y debatir cual sería nuestro siguiente paso a proceder. Nuestra visita a la Isla de Samba no era una simple casualidad, tampoco habíamos ido por mero ocio, allí nos esperaba lo que sería nuestro propio barco, un modesto velero que sería capaz de llevarnos de una isla a otra, al menos esa era la teoría.
Por suerte para la tarde, mas tirando a la noche, ya pude dar un paseo por las calles del reino, un lugar tranquilo a esas horas, pero aún quedaba algo de gente paseando por sus calles y algunos locales abiertos. Yo caminaba tranquilo y sin rumbo alguno, mirando de lado a lado la arquitectura distinta a mi isla patria, aunque con cierta similitud familiar, todo acompañando con hileras de farolillos encendidos, en los cristales que cubrían las pequeñas lámparas de aceite de dichos farolillos se apreciaban tintes, dando un paseo por las calle alegre y divertido, sin ser recargado, pero lo bastante como para que los colores se apreciasen con la luz de las llamas. -Parece un mundo de fantasía.- Afirmé para mi mismo mientras me daba cuenta de que también había músicos itinerantes endulzando la velada de los presentes con su melodía. Sonreí con gran ilusión y comencé a chasquear los dedos de la mano derecha mientras caminaba despreocupado. ¿El rumbo? Que la propia ciudad fuese quien me guiara, desde luego se había ganado mi interés y curiosidad.
Por lo visto quedaban pocos días para que saliesen barcos comerciales al Grand Line y aquí eso se celebraba, como ritual de despedida a los marineros que se embarcaban al gran peligro de aquellas aguas, una celebración para desear suerte a sus seres queridos, no había forma mas pura de mostrar amor por los tuyos, que todos pudieran disfrutarlo contigo. Tabernas hoy cerrarían tarde, intentando abastecer a todo marinero, ya fuera capitán o grumete, alimentando sus estómagos y saciando su seca garganta con ron o sake. -Hmm... Quizás debería ir a alguna de esas tabernas para cenar algo, quizás probar su famoso sake.- Caminé hacia la zona del bulevar de la aldea, encontrando varios establecimientos abiertos, todos bastante repletos de gente esperando a ser atendida, así que tuve que caminar un tiempo hasta estar cerca del puerto para encontrar un bar que, si bien no estaba vacío, los camareros tenían tiempo para respirar entre comanda y comanda. El lugar, todo hecho9 de madera, tenía decoraciones marítimas en sus paredes: redes, cañas, alguna red para peces grandes; claramente era un lugar para hacer sentir seguros a los marineros. Incluso las ventanas eran ojos de buey y los asientos tenían forma de timón acolchado circular. Me acerqué a la barra sin prisa alguna y, al llegar me senté en uno de esos taburetes. -Disculpe, tabernero.- Así esperé a ser atendido.
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(Última modificación: 29-11-2025, 10:40 AM por Alana Sahiba.)
El puerto de Samba tenía ese olor a madera húmeda, salitre y promesas viejas que siempre me hacía sentir algo en el pecho… un latido diferente, como si mis pies supieran que cada isla tiene su propia música antes incluso de oírla. Ah, no, no era un latido lo que sentía, si no las reverberaciones de la música atravesando todo mi cuerpo. Y, claro, yo seguía a esa música sin pensar demasiado. Mis pasos son diminutos, pero mi curiosidad es enorme, así que iba paseando por debajo de mesas, sorteando botas de marineros y piratas y saludando con la cabeza a quien me mirara dos veces.
Llevaba horas dando vueltas por el mercado nocturno, embobada con los farolillos de colores, con las telas en los puestos, con ese jaleo alegre que tienen los lugares donde la gente se prepara para despedidas importantes. ¿Cuántos días llevaba ya en Samba? Y aún no llegaba a agotarme del todo. Había algo en la atmósfera… como si todos estuvieran atrapando los recuerdos de esa noche para llevárselos en el barco. En unos días estaría navegando en el Crimson Stage y eso me tenía entusiasmada. Me quedé un rato escuchando a un par de músicos, moviendo las caderas sin darme cuenta, y cuando vi un puesto de bolitas de masa frita, fui a robar alguna y después continuar con mi camino relamiéndome los dedos.
Al final mis antenitas, que no tengo, pero a veces siento que sí, me guiaron hasta un bar de madera vieja que tenía pinta de haber aguantado mil mareas sin perder ni una tabla. Se veía cálido, ruidoso en el buen sentido, como un abrazo de ron y risas. Asomé la cabeza por la puerta primero, por pura costumbre, y cuando vi que no estaban borrachos como para pisarme sin querer, me colé por el hueco entre dos botas gigantes. ¿No fue allí donde tuve el honor de conocer a mi capitán?
Dentro reconocí rápido una espalda humana que no era de aquí, ni de los barcos mercantes, ni de la gente que había visto en la plaza. Ese tipo de cosas las huelo desde lejos. No tenía del todo claro de qué le conocía pero no por ello iba a mantenerme lejos. Caminé hacia él, saltando de un taburete a otro hasta subirme a uno libre al lado suyo. Me acomodé recogiendo las piernas y dejé mi bolsa de medicinas a un lado, inclinándome un poquito para mirarlo desde abajo, como quien espía sin mala intención. Tenía los ojos brillantes, como quien está disfrutando cada detalle del lugar… y eso a mí siempre me gana.
— Bonita noche para perderse un poco, ¿no? —murmuré, con una sonrisa tranquila, apoyando los codos en la barra. Le lancé una mirada curiosa, ladeando la cabeza. Ese cabello negro… me resultaba familiar—. Y para encontrarse también, si se da el caso.
Y antes de que dijera nada levanté la mano al tabernero, señalando con la barbilla el vaso que él estaba pidiendo. ¡Vaso! ¡Copón! Claro. Mi querido ten fe—. ¿Es tu primera vez en Samba o ya te han liado en alguna de sus fiestas antes? ¿Cómo te llamabas, por cierto?
— Lo mismo que pida él para mí también, por favor, pero en pequeño, por favor. No quiero salir rodando —bromeé, dejando escapar una risa suave, no era la primera vez que pasaba por aquella taberna, así que por lo menos el tabernero no se sorprendió con mi presencia. Luego, mis ojos volvieron a él—. ¿Llegué siquiera a presentarme la vez anterior? Me llamo Alana, por cierto.
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En el tiempo que el tabernero llegaba comencé a oír una voz que no sabía de donde provenía, sin embargo me resultaba harto familiar "Esta voz me recuerda a..." Por desgracia mi memoria no era la mejor, no lograba recordar donde la había escuchado. Miré a los lados curioso hasta que entendí que ese sonido no venía de arriba a de alguien a mi altura, pues al llegar, el barman miró al asiendo de al lado, Cuando observé con atención pude apreciar en el mullido sillín del taburete a una pequeña persona con cola y afilada nariz. -Diantres Alana, no esperaba verte por aquí.- Al ver su rostro la reconocí al instante, era esa pequeña mujer a la que ayudé tan gentilmente en Sobert, parecía interesada por hablar conmigo mientras comíamos. -La verdad es que es la primera vez que visito estos parajes. Tu pareces familiarizada con el entorno de Samba.- Le dije algo curioso mientras me agachaba para subirle el sillín y pudiese estar a la altura de la barra.
El tabernero, alto, ancho de espaldas, calvo y con una cicatriz en su mejilla derecha se cruzó de brazos, impaciente porque pidiésemos una comanda. -Bueno ¿Qué va a ser? No tengo todo el día.- Su voz era áspera y maltratada por el tiempo y la vida no era demasiado simpática, parecía molesto, o tal vez él era así. Lo miré algo apurado y puse mis manos en la barra.-Disculpe caballero. Quería probar un buen tazón de ramen de pato gambas. Además, me gustaría beber algo de sake, por favor tráiganos una botella a mi amiguita y a mi.- El hombre hizo un mal gesto con el rostro y masculló algo mientras se daba la vuelta e iba a dar la comanda a la cocina. Yo acerqué mi rostro hacia la pequeña acompañante y con un tono de susurro le hable. -Alguien se levantó con el pie izquierdo.- Le dije en tono cómplice mientras el señor estaba de espaldas.
Mientras tanto la gente comenzaba a animarse a medida se adentraba la noche en el cielo, entrando mas marineros de aguas lejanas, creando ruido y algo de griterío, los camareros empezaban a moverse con mayor velocidad, aquella noche sería movidita para ellos y, aunque aún no lo sabíamos, también lo sería para Alana y para mi. -Vaya, parece que la cosa empieza a animarse, ¿no crees?.- Pregunté mientras me erguía de nuevo y miraba a nuestro alrededor. La verdad es que no parecían las mejores compañías, pero no era algo que me preocupase, no era mi intención meterme en problemas, mucho menos con tanta gente implicada, no era especialmente un buen luchador.
Al poco tiempo el tabernero volvió con nuestro pedido, casi dejándolo caer a la barra con desgana y dejando unos palillos al lado de cada cuenco, que eran de distinto tamaño. Miré el plato, que, si bien su presentación no era la mejor, su olor era una sinfonía placentera en la nariz. -Hhmm... Huele que alimenta.- Cogí los palillos y con soltura los volteé entre mis dedos hasta colocarlos en la postura adecuada. -Al ataque.- Sin miramientos di el primer bocado, masticando con parsimonia mientras me deleitaba con los sabores en mi paladar mientras el guardián de la barra ponía dos pequeños vasos y una botella de sake para ambos.
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(Última modificación: 30-11-2025, 12:46 PM por Alana Sahiba.)
En cuanto escuché mi nombre, o más bien, la manera tan peculiar en que lo pronunció, levanté la vista del borde del taburete como si me hubiesen tirado de las orejas. Parecía casi tan sorprendido como si me hubiera materializado ahí de golpe. Una parte de mí creía que se habría olvidado de mi existencia (no le culparía por ello) aunque ¿cómo olvidarse de alguien de mi estatura? Si no has conocido a algún Tontatta antes de mí. Por supuesto.
— ¿Yo, familiarizada? —bufé, moviendo la cola con un pequeño latigazo—. Lo único con lo que estoy familiarizada es con goteras asesinas y gente gritándome “ladrona” en iglesias —chisté a modo de broma; una sonrisa de oreja a oreja apareció en mi rostro al mentar el recuerdo, aquel primer encuentro—. Sí, llevo ya un tiempo en Samba con unos amigos —por no decir las palabras pirata y tripulación.
Aun así, me dejé acomodar en el sillín, porque oye, una cosa no quita la otra: que él fuese un desastre social no significaba que yo rechazara un taburete bien puesto. Subí las piernas cruzándolas encima, apoyé los codos en la barra y respiré el olor del sitio. Aceite, madera vieja, sake barato, sudor de marinero… sí, tenía ese encanto desagradable que, por algún motivo, siempre me gustaba en los bares de Samba. Hasta que el tabernero apareció como un bloque de cemento con brazos, un hombre con cara de pocos amigos y muchas menos dotes de gente que el propio Han.
— Pues cómprese un reloj y gestione bien su tiempo...—susurré entre dientes, pero bajito, por si acaso acababa yo metida en un cuenco hirviendo. Por el momento le tengo cierto aprecio a mi vida.
Han pidió su ramen, su sake, su todo, con la aparente alegría de quien no ha descubierto aún que los camareros malhumorados pueden lanzar cosas; yo lo aprendí a las malas y al grito de "¡una rata!". Cuando el hombre se marchó, Han se inclinó hacia mí con esa complicidad suya medio adorable, medio torpe.
— ¿Con un pie tan solo? Con los dos, diría yo —respondí igual de bajito—. Tiene la misma energía que una puerta cerrándose con mala leche.
El ambiente empezó a llenarse. Gente entrando, risas de borracho, vasos chocando, conversaciones que parecían peleas y peleas que parecían conversaciones. Todo muy del estilo marinero promedio. Yo me giré un poco, observando desde mi altura de minúsculo ser un mundo entero de piernas, botas enfangadas, espadas colgantes y chaquetas empapadas. Tan normal para ellos. Tan incómodo para mí.
— Sí, animado… —murmuré—. El tipo de animado del que luego alguien sale volando por una ventana. O por la puerta. O por los dos lados a la vez.
Pero no estaba de mal humor… bueno, no demasiado. Algo en aquella situación tenía su encanto. El ruido, el movimiento, la promesa de comida caliente… después del desastre en Sobert, un cuenco de ramen casi parecía un abrazo. El tabernero volvió sin alma ni ganas de vivir, dejó los cuencos con un ruido seco y los palillos chocaron al caer. El aroma subió rápido, fuerte, reconfortante. Noté la barriga haciéndome un ruido absolutamente indecoroso.
— Vale, esto huele increíble —admití, acercándome al borde del cuenco que era casi del tamaño de una bañera para mí. Ni siquiera una petición tan sencilla como algo de mi tamaño era capaz de cumplir. Por lo menos cumplía con el requisito de ser apetitoso—. Si me caigo dentro, Han, no me saques. Déjame morir en paz entre fideos.
Me coloqué al borde del cuenco, cogí unos enormes palillos que a duras penas podía manejar y acerqué un fideo con precisión. El sabor me explotó en la boca—. Uff… —cerré los ojos un segundo—. Esto está buenísimo. ¡Come, come! ¡Y sirve sake!
— Y oye, Han… —lo miré de lado, como si la confesión me picara por dentro—. Me alegra encontrarte por aquí. No me esperaba compañía… y menos una que no me dé ganas de tirarle el cuenco a la cabeza.
En referencia al camarero; aunque en medio de todo el caos de Samba era complicado encontrar a gente que fuese de mi agrado. Ver una cara conocida siempre era un plato de buen gusto, aunque no tanto como el ramen. Por ahora, tenía comida. Tenía sake. Y tenía compañía.
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Aquella vez Alana parecía mas amistosa que la última vez que nos encontramos, parecía una persona distinta: amable, simpática; incluso hacia bromas a mi costa, riéndose de la abrupta situación que nos aconteció en Sobert. Negué con la cabeza. -Bueno, al menos de confundieron con una deidad.- Le miré con la misma sonrisa que me dedicaba ella. -De verdad, que difícil es contentarte.- Solté una risa no demasiado estridente, el ambiente general del bar ya estaba bastante animado como para que yo aportase mas ruido.
Ambos teníamos la misma opinión sobre los modales del tabernero, pero era demasiado grande y teníamos demasiada hambre como para responderle nada en un tono que él escuchase. Además, nos había traído una comida deliciosa, lo supe cuando Alana me lo indicó, pero lo confirmé tras el primer bocado. -Hhmmm... Es como encontrar agua en el desierto. Que rico esta.- Comencé a comer sin mesura con el cuenco en la barra, usando mi zurda para sujetar los palillos mientras, con mi diestra, servía sake a los vasos de ambos, no recordaba ya lo que era disfrutar de una comida en compañía, la comida sabe mejor. La pequeña tontatta también se alegraba de verme, me lo hizo saber con una voz dulce. -La verdad... Es que me alegra haberme encontrado contigo, siempre es bueno encontrarse con viejas amistades.- Realmente no llevábamos tanto tiempo conociéndonos, apenas unos meses, pero el tiempo era un concepto que se percibe de manera subjetiva, lo que para ella podía ser un suspiro, para mi podía ser una eternidad, por no contar que mi mala memoria solía alejar los acontecimientos de mi pasado en la linea temporal de los recuerdos.
Alana y yo comimos, hablamos, reímos, realmente estábamos haciendo buenas migas mientras la fiesta se intensificaba en el local, cada vez había mas gente y cada vez mas ebria, resultaba impresionante lo que un hombre de mar podía llegar e beber en una sola noche. Aquel jolgorio acabaría pasándonos factura a nosotros, la falta de espacio y el poco cuidado de un marinero provocó que se vertiese cerveza sobre Alana, y no hablamos de dos gotas, que ya para ella podía ser una ducha, hablamos de media jarra de amarillento liquido, son un fuerte olor a malta. Quizás era maleducado sin mas, o tal vez no se dio cuenta el hombre, peo no se disculpó, siguió con sus risotadas y contando batallitas de lobo de mar con sus compañeros de tripulación. Ese tipo, de nariz ancha y sonrojada por el alcoholismo, de panza prominente y brazos musculosos, debía medir como un metro ochenta, mas o menos mi altura, además era calvo y con barba profusa y negra-
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Entre bocado y bocado, con el sake ya dejando entrever sus efectos y aflojándome un poco tanto la cabeza como la lengua, me encontraba sorprendentemente cómoda. No era normal en mí relajarme tanto en sitios como aquel, donde cada voz sonaba como un martillazo y cada carcajada podía confundirse con el preludio de una pelea. Pero con Han… no sé, había algo agradable en la manera en que se tomaba las cosas, casi como si no tuviera prisa por nada, con pachorra, como si la vida fuese algo que se digiere igual que aquel ramen: despacio, con gusto, disfrutando de los trocitos buenos mientras ignoras los que están demasiado duros. Y el sake… bueno. El sake ayudaba.
— ¿Viejas amistades, dices…? —repetí imitando su voz un poco, quizás demasiado—. Qué poético te pones cuando comes algo rico, ¿eh? —me reí, llevándome la palma a la mejilla, que ya la sentía un poco caliente—. Si llego a saber que eras tan simpático, en Sobert te habría pedido que me llevaras en brazos en vez de gruñirte.
Por un momento estuve tan relajada que me permitió olvidar el caos del bar. Solo éramos él, yo, y el vaho del ramen subiendo entre los dos—. La verdad es que está bien —admití, dejando caer la barbilla en el enorme cuenco—. Comer con alguien sin tener que revisar cada cinco segundos si alguien te va a pisar.
Tomé otro sorbo de sake. Me lamí los labios, respiré hondo y observé cómo el bar se iba llenando más y más. Voces elevadas. Botas golpeando. Una botella rodando por el suelo. Todo el mundo más borracho que vivo.
— Han… —sonreí con los ojos entrecerrados—. Si en algún momento empiezo a ver dos taberneros, tú me dices cuál es el real para no gritarle al imaginario, ¿vale?
Estaba contenta. Un poco mareadita, sí, pero cómoda. Tal vez demasiado porque entonces… SPLASH. El baño alcohólico me cayó encima sin previo aviso. Como si alguien hubiese decidido ver si una Tontatta flota mejor en cerveza que en agua. Mi cola pegada, mi ropa goteando, mis piernas chorreando. Todo se detuvo en mi cabeza. Han dejó de existir un segundo. El bar entero dejó de existir. Solo existía yo, ligeramente bebida, empapada, y con un temperamento que nunca necesitó mucho para saltar.
— … —parpadeé. Una. Dos veces. Ni respiraba.
La cerveza resbaló por mi nariz.
— ¿Sabes qué? —dije con una vocecita fina, a punto de quebrarse entre la risa y el homicidio—. Juro que si hoy no mato a alguien… será un milagro —y ahí comenzó lo que yo denominaría después como el milagro solo por la ironía.
Y me di la vuelta. Despacio. Muy despacio. Me giré como quien está a punto de impartir justicia divina. Localicé la torre humana responsable del derrame: el calvo, nariz roja, panza de ballena en ayunas, carcajada de ogro borracho. Ni se había dignado a mirar abajo. Ni un “uy”. Ni un “perdón”. Nada.
— ¡EH! —solté con toda la potencia que me permitía mi tamaño, que no era mucha, pero el tono era tan afilado que más de uno giró la cabeza—. ¡CALVITO! ¡SÍ, TÚ! EL DE LA BARRIGA QUE PARECE QUE TE TRAGASTE UNA BOLSA DE PAPAS ENTERA.
La mitad de la mesa del borracho dejó de reír. El calvo parpadeó, buscando la procedencia del insulto como si un duende furioso acabara de manifestarse. Al inicio encontró a Han—. ¿NO TIENES ALGO QUE DECIRME? —continué, avanzando unos pasos por la barra, empapando el madero con mis pisaditas mojadas—. ¿O TU MADRE NO TE ENSEÑÓ QUE SI LE BAÑAS A ALGUIEN EN CERVEZA, LO MÍNIMO ES PEDIR DISCULPAS? ¡AQUÍ ABAJO!
El murmullo de alrededor subió. Algún marinero soltó un “¡uhhhh!”. Otro se carcajeó. El calvo tragó saliva y se incorporó un poco, confundido, señalándose a sí mismo.
— ¡SÍ, TÚ! —insistí, abriendo los brazos empapados. Por fin me localizó, lo que le provocó un respingo un poco brusco que hizo que golpease la mesa con su propia tripa—. QUE NO ES TAN DIFÍCIL BAJAR LA CABEZA Y PEDIR PERDÓN. ¿O NECESITO SUBIR YO A PONÉRTELO MÁS A MANO? —él, que iba casi tan ebrio como yo, incluso peor, se agachó en dirección a la barra para verme mejor, hasta chocar la frente contra el borde. No pude evitar reírme mientras que él se ponía rojo de vergüenza y furia. Apretaba sus puños con fuerza pero había duda en sus acciones.
— ¡Eh, hablas muy alto pa’ lo pequeñita que eres! —escupe por fin, intentando recobrar la compostura tras el pequeño accidente, que no parecía haberle mermado la ira, más bien todo lo contrario.
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Me quedé mirándola un instante, sorprendido, me llevé la mano zurda a la cabeza con el pensamiento de “¡qué carajos hace esa enana!”. Quizás no esperaba que una cosa tan pequeña pudiera montar semejante escándalo… o que tuviera semejante voz cuando se enfadaba. El marinero calvo lo había dejado quieto unos segundos, a medio movimiento, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, como si estuviera intentando entender qué demonios estaba pasando. El tipo parpadeó un par de veces, miró su jarra vacía, luego miró a Alana, intentó destensar sus músculos del cuerpo y la cara… y soltó una carcajada bronca, de esas que hacen temblar la mesa.
Pero yo no reí en lo absoluto.
Mis músculos que se habían tensado hacía tiempo viendo el peligro inminente y poniendo en duda que una persona tan pequeña tuviera tanta fuerza en sus manos como en sus palabras. Di un paso adelante, despacio pero con determinación, y me coloqué entre la Tontatta y el marinero, sin perder la calma, tal vez un poco suicida por mi parte la idea, pero tampoco con esa torpeza habitual.
-Oiga…- Mi voz sonó más seria de lo habitual. En momentos serios, actitudes serias. -Le ha tirado una jarra a mi amiga. Lo mínimo que podría hacer es disculparse.
El calvo me miró por encima del hombro, como si fuera otro insecto más en el bar. Chasqueó la lengua y dio un trago imaginario a la jarra vacía, con esa actitud de “no tengo tiempo para mierdas”. -¿Y qué?- Escupió el marinero, arrastrando la voz por el alcohol. -Es… enana. Ni que fuese pa’ tanto.
Respiré por la nariz, con los brazos tensándose apenas bajo la ropa. -Lo es.- Admití, sin alzar la voz. -Y por eso debería tener el doble de cuidado. Y pedir disculpas no cuesta nada.- ¿Tan difícil es soltar un "perdón, ha sido un accidente"?
El calvo bufó, quería apartarme con un empujón, pero yo me moví justo lo suficiente como para que su mano chocara con el aire. No se puso en guardia (por el momento), no levantó los puños, no hizo nada de eso… pero tampoco dio un paso atrás.
-Vamos…- Le insté a calmarse, antes de que la pelea fuese a más. Aún no había ningún golpe formal, solo provocación. -No somos nadie aquí. Solo un par de viajeros comiendo. No hace falta… hacer más grande este lío.
El calvo volvió a reír, un sonido ronco, desagradable. Resoplé con evidente cansancio. Nuestro alrededor, los espectadores, estaban en silencio, esperando a ver cómo se desarrollaba todo. El marinero, con la jarra en la mano aún, giró el brazo como si fuese a apartarme, gruñendo algo ininteligible, más cerveza que palabras intuí. Y yo no me eché para atrás: atrapé la muñeca del marinero en el aire y la retorcí contra la barra, haciendo que el hombre soltara un alarido y soltando la jarra, dejándola caer al suelo, antes de intentar encararse a golpes. El resto de su grupo se tensó, en posición de ataque, dispuestos a proteger a su amigo. "No serán tan tontos... ¿no?" pensé. -¿Estáis seguros? Aún estáis a tiempo de dar pedir disculpas y seguir con esta estupenda velada…
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El calvo aún estaba soltando su quejido grave, supuse que mitad dolor mitad indignación, cuando su grupo dio un paso hacia adelante, como una ola de piernas, brazos y olor a ron rancio. Puaj. Varios apoyaron sus manos en las empuñaduras de sus armas; otros simplemente cerraron los puños como si quisieran convertir el bar entero en un ring improvisado.
Y ahí, justo cuando la tensión estaba a punto de estallar, Han se movió en movimiento limpio, seco, inesperado. Él apresó al calvo, sujetándolo del antebrazo. El calvo ya no estaba en posición de atacar. Estaba… bueno, digamos que contra la barra, con Han empujándolo. Descrito así, suena a una situación sumamente erótica, aunque para nada lo era.
Los amigos del calvo dieron un paso más, pero yo, con la respiración acelerada y la mirada tensa, me lancé sobre la cabeza de Han, sobre su cabello negro, y alcé la voz:— ¡Uno más que se mueva y le rompe el brazo a este, ¿entendido?! —hablé en nombre de Han. Tal vez él no tenía para nada tal intención pero todo fuese con tal de que esa pelea no fuese a mayores. Sobre su cabeza, desde aquella altura que sentía que me daba poder, me crucé de brazos.
El tabernero dejó una jarra a medio colocar. Un borracho dejó de cantar. Incluso alguien soltó un “oh” al fondo, como si estuviera viendo una obra de teatro. Yo, desde mi posición, miré a Han (o más bien sus cabellos), aún sorprendida por la rapidez, por la contundencia…—. ¡¿Pero qué hacéis pegando a los clientes?! —gritó el tabernero desde el otro lado, pero ni él se acercó. Nadie se acercaba. La escena estaba clara: Han, sujetando al calvo. Yo, encima de Han, empapada en cerveza. Ah, ¿estaría mojando el cabello de Han? Mierda.
Pero por fin uno de los compañeros del calvo con los dientes amarillentos soltó un gruñido y se lanzó hacia Han con el puño en alto. ¿Tal vez iba a por mí, dada la altura de su brazo?—. ¡Te voy a enseñar a no tocar a mi hermano, desgraciao’! —Y ahí se rompió la aparente calma. El hombre cargó torpe pero rápido, derribando un taburete y mandándolo a rodar. Mientras tanto, otro calvo se incorporó, aunque parecía mareado, y me buscó con la vista. Di un salto a la nariz ajena. Pequeño salto, sí, pero certero: le metí la punta del talón directamente en el puente nasal.
Otro de los marineros, uno más joven, quiso agarrar del brazo a Han, supuse que por ser el objetivo más grande y fácil de golpear a la vez—. ¡NI SE OS OCURRA TOCARLE! —gritó, buscando defender a su compañero. Gritos, risas nerviosas, gente apostando desde las mesas.
Otro se lanzó a por mí. Grande. Muy grande. Já. A más grande, más lento se movería desde mi perspectiva. Así fue: me deslicé entre sus piernas, pegué un pequeño brinco, le enganché el tobillo con la cola y brazos y tiré con toda la fuerza que tuve. El tío cayó de bruces, estampando la cara contra una mesa y… la partió. Joder. Grande y pesado, todo en proporción. ¿Todo? Cerré los ojos y moví la cabeza de lado a lado, ambas cosas con fuerza, intentando quitarme de la cabeza aquella repulsiva idea. Pude escuchar al tabernero detrás de la barra masajearse el tabique nasal, molesto por el desastre. Si cuando comenzó la noche ya tenía cara de pocos amigos, probablemente después de esto no mejoraría ni un ápice, y en esta ocasión no le reprocharía absolutamente nada. Pero en contraposición también escuché el sonido de alguien siseando un “uuuuuf” en el fondo del local.
El calvo, al que golpeé en la nariz, acabó sangrando de ahí a causa de la patada anterior que le di, aún así intentó volver a levantarse pero fue un intento tan patético como el primero de sus compañeros, el que tuvo la desfachatez de tirarme la bebida encima y no disculparse, cuando él solo se dejó en evidencia al golpearse contra la barra. Chisté al recordarlo—. ¡Han! ¡¿Cómo vas por ahí?! —chillé pues le había dejado solo con parte del caos de la pelea; no podía evitar sentirme culpable por haberle metido en todo ese caos tan solo por no haber recibido una disculpa.
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Debía ser el tipo con peor suerte del mundo ¿Cómo era posible que los conflictos escalasen tan rápido cuando salía con mis conocidos? Aunque... A decir verdad había dos denominadores comunes en esta ecuación, mis amistades. Parecía que todos ellos tenían un poderoso amor por el conflicto y los problemas. No solo Kay era problemática, había descubierto que Alana tampoco se desenvolvía en delicadeza, bastó un poco de néctar de cebada para molestarle al punto de generar una pelea.
Ahí estaba yo, inmovilizando a un tipo por la muñeca mientras lloriqueaba como un bebé "Diantres, yo pensaba que iba a ser mas fuerte" Pensé mientras Alana me utilizaba como arma intimidatoria, yo, el tipo menos amenazante del planeta... Por lo menos de Samba. Esta mujer debió de confundirme con un auténtico pirata, sabe Dios por qué. Le miré con sorpresa y algo de preocupación "No... Otra vez van a pegarme..." Pensé mientras los que acompañaban a ese tipo que tenía agarrado se levantaban con caras de pocos amigos, obviamente iba a tocar pelear. -Aaaiiss...- Dije cansado de encontrarme constantemente con esta situación y agarrando la nuca del hombre quejicoso. No iba a romperle el brazo, pero antes de que su compañero viniese hasta mi, le estampé la cara contra la barra, saltándole un diente y dejándolo noqueado de un solo golpe, quizás no es que él fuese débil... Parecía que este viaje, y estas terribles tesituras, habían fortalecido mi cuerpo ¿Hasta donde llegaría con un entrenamiento medianamente serio? Ya comprobé que tenía bastante agilidad cuando entrené con Lan en aquel bosque de bambú, un ardiente combate.
Entonces el otro hombre llegó, torpe a la par que envalentonado, agarrando mi brazo e intentando tirar de este para desequilibrarme. Por suerte ya tenía experiencia en este tipo de combates, solían ser personas que aprovechaban su corpulencia para someter al oponente, pero no era mi primer rodeo, nada mas sentir su mano sobre mi, levanté la pierna con velocidad, decisión y fuerza, conectando una poderosa patada en su zona pudenda. -ZASKA.- Grité mientras sentía como sus testículos se encogían con velocidad para esconderse en su zona del bajo vientre, aunque... Tal vez con la fuerza se los subí hasta el gaznate. El tipo empezó a soltar espuma por la boca mientras los ojos se le ponían en blanco. Vale... A lo mejor me he pasado un poco."
Alana, por su parte, parecía bastante habituada a estas peleas de bar, aprovechaba su reducido tamaño para saltar de cabeza en cabeza, golpeando con potentes puntapié y coletazos, parecía una peonza que no paraba de rebotar entre calvas, era impresionante. Era cierto que mi tripulación era poderosa y alucinante, pero había gente en estos mares que podían ser igual de únicos e increíbles. Era cierto que era de reducido tamaño, pero su talento para repartir a diestra y siniestra era impresionante y bastante danzarín. Para mi desgracia, fijarme en su danza mortal y sus piruetas me costó bien caro, otro hombre, de un tamaño digno de un gorila se acercó a mi con una navaja. No llegué a ver como sucedió, pero si sentí una fatídica punzada en mi costado, visto desde fuera era obvio qué había pasado, pero yo, que no miraba donde debía era mas ignorante. Abrí los ojos de par en par al ser apuñalado, pero no grité, es cierto que dolía, pero era un dolor ya conocido, miré a mi lateral, visualizando el cuchillo atravesando mi costado y, siguiendo el brazo que la empuñaba, terminé dando con la mirada del personaje, que me miraba tan atónito como yo lo miraba a él. -Joder... Este tío no grita.- Lo agarré por el antebrazo y tiré de él hacia mi, encontrando su tabique nasal contra mi testa, cayendo acto seguido al suelo mientras se agarraba la nariz para intentar recolocársela.
Desde luego Alana y yo estábamos ganando la batalla, pero los idiotas tienen la capacidad de seguir levantándose para intentar ganar una pelea insalvable. El primero que había estampado contra la barra comenzaba a levantarse mientras meneaba la cabeza de un lado a otro para dejar de ver doble, seguramente buscaría venganza. Y por si eso era poco, otros marineros y beodos se unían a la fiesta, comenzando a levantarse y pegarse entre ellos, algunos se tiraban de las sillas, otros se estampaban contra las mesas... Se estaba montando un altercado bien entretenido del cual, el único cuerdo parecía el barman, que miraba tras la barra sin comprender lo que estaba pasando.
La pequeña luchadora preguntaba entre la multitud como me iba, yo me quité el cuchillo del cuerpo y sané la herida, viendo el percal y como otro tío se me acercaba corriendo, parecía que quería arrollarme, pero pude esquivarlo a tiempo, golpeándose por accidente contra la barra, bueno, por accidente y con una zancadilla que le hice. -No voy del todo mal, pero no creo que vaya a poder seguir el ritmo eternamente ¿Tu qué tal?.- Pregunté durante unos breves instantes de asueto, al comenzar a pelear todo el bar ya no éramos los objetivos principales, el caos reinaba y yo dejaba de ser el centro de atención.
Alana Sahiba
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
115
70
40
40
100
100
75
95
0
12
El bar ya no era un bar, parecía más un animal vivo, un monstruo sudoroso hecho de gritos, madera astillada y cuerpos chocando sin dirección. En referencia a un pintor, podríamos decir que esto no es un bar. Seguí moviéndome porque pararse era morir. Salté sobre una mesa justo cuando dos tipos se empujaban contra ella desde lados opuestos; la tabla cedió con un crujido y ambos cayeron al suelo enredados, más ocupados en morderse que en darse cuenta de que yo les había pasado por encima. Aterricé mal, resbalé en algo pegajoso que no sé si quería saber qué era. ¿Cerveza?, ¿salsa?, ¿sangre? Y usé la cola para impulsarme contra una pared, girando sobre mí misma como si el caos tuviera ritmo.
En realidad me había hecho demasiada gracia la escena de aquellos dos cayendo al suelo. Pero el hecho de que hubiera gente pegándose sin saber por qué; uno golpeó a otro que no era de su grupo; ese otro respondió. Un tercero se metió pensando que defendía a alguien. Un cuarto aprovechó para robar una botella. Una silla voló. Un taburete se partió contra una espalda equivocada. Un tipo intentó morder a otro en la oreja y acabó con la boca llena de pelo ajeno.
— Joder… —murmuré, con cierta pereza y a la vez asombro—. Esto ya no es personal. Más bien son tontos peleándose por ver quién es más tonto…
Le di una patada corta a una rodilla que venía directa hacia mí. No fuerte. Eficiente. El tipo cayó chillando y alguien más lo pisó sin querer. Ni siquiera me miró. Nadie miraba ya a nadie. Sonreí, conteniendo una carcajada. El barman seguía detrás de la barra, inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo arder su casa por dentro. Salté de nuevo, esta vez sobre la espalda de un marinero enorme que estaba estrangulando a otro contra una columna. Le clavé el talón entre cuello y clavícula, donde el músculo no protege bien, y el agarre se rompió con un ruido seco. El que estaba siendo estrangulado cayó de rodillas, tosiendo, y me miró como si yo fuera una aparición divina. No me quedé a comprobarlo.
Fue entonces cuando lo vi: dos tipos del mismo grupo dándose de hostias entre ellos, uno gritándole al otro algo sobre una deuda, sobre una mujer, sobre una botella que no era suya. Sangre en la boca, ojos inyectados, ninguno recordando ya por qué había empezado todo. Esto iba a ir a peor. Mucho peor.
Y entonces pensé en Han. Giré la cabeza, buscándole. Lo encontré. Apreté los dientes. Me abrí paso hacia él usando empujones cortos, golpes rápidos, la cola marcando espacio. No para ganar. Para llegar. Un tipo intentó agarrarme del brazo, supuse, pero no lo logró, yo era demasiado pequeña y él iba demasiado ebrio como para acertar.
Cuando por fin estuve lo bastante cerca, me colgué de Han; tenía unos momentos de relax—. Han —dije rápido, pegada a él para que solo me oyera—. Esto se está yendo de madre.
Como si él no lo supiera. No hacía falta ni mirar, tan solo escuchar el caos que había. Miré alrededor mientras hablaba, señalando con la barbilla, sin dejar de moverme. Evidencia—. ¿Serán conscientes de porqué empezó la pelea? —dos más rodando por el suelo, uno intentando ahogar al otro con cerveza derramada—. En cuanto alguien saque algo peor que una navaja… esto se convierte en carnicería, y yo ya no tengo hambre.
Una mesa volvió a romperse. Alguien gritó desde el fondo. Vidrio estallando. Le apoyé una mano breve en el costado sano, firme, anclándolo un segundo—. Yo creo que esta es nuestra oportunidad para huir. ¿Tienes fe? —le devolví de alguna manera aquella frase que se me había quedado clavada antaño como una espina.
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