02-12-2025, 03:29 AM
Día 33 de invierno/año 16
Algún lugar perdido de la selva.
Había normalizado demasiado rápido el hecho de poder volar en galletas mágicas gigantes. Surcaba el cielo de samba junto a mi águila, montado en uno de estos dulces como si fuera un skate haciendo vez en cuando hacía piruetas y carambolas en el aire. El hecho de poder volar era espectacular, respiraba e inhalaba una sensación abrumadora de libertad. Estiré los brazos sintiéndome como un ave, incliné mi torso levemente para ganar aerodinámica y de golpe caí en picado hacia la selva. Mi pájaro me siguió detrás de mí y haciendo un aterrizaje perfecto en un pequeño claro, salté hacia el suelo haciendo crujir las ramas se as bajo mis pies.
-Pausita para descansar. -Solté a la par que mi mano se movía veloz hacia el bolsillo de mi chaleco sacando la petaca que me regaló mi padre para darle un enorme sorbo al ron que contenía. Sonreí al sentir el ardor del licor en mi garganta y miré alrededor. El sitio era tranquilo, alejado del ruido y la música de ciudad. Posiblemente era la primera persona que lo pisaba en mucho tiempo. Fui a subir de nuevo a mi vehículo pero a echar otro vistazo algo llamó mi atención. El claro estaba rodeado por árboles en todas direcciones salvo en dirección norte, pues este estaba interrumpido por una enorme pared rocosa que medía posiblemente entre quince veinte y treinta metros de altura, y en medio de esta cubierta por lianas y hierbas se as un enorme agujero perforaba la piedra.
Miré a mi mascota y me encogí de hombros, me senté con las piernas cruzadas y me elevé unos metros en el aire pues este no estaba a ras de suelo, sino más bien a unos cinco metros de la superficie. Aparté la vegetación para no ver más que oscuridad. Travis el cual cansado de volar se había posado sobre la galleta picoteando un poco de esta. -¿Entramos? -Le pregunté, sin estar seguro a dónde conducía, pero por experiencia sabía que la selva escondía miles de tesoros ocultos por revelar y quién sabe, a lo mejor este era el lugar de uno de ellos.
Sin pensármelo mucho decidí entrar, pese a la oscuridad, era bastante intuitivo, solamente continuaba en línea recta. Me dio la sensación de que aquel túnel era obra de alguien pues las cuevas naturales tenían muchas más irregularidades que esta. Según la luz de la entrada se desvanecía, el sonido del agua filtrándose por las paredes se mezclaba con otro más antinatural. Tambores, en la lejanía se escuchaba un ritmo incesante, lento pero constante.
Cada vez se escuchaban más fuerte, y de nuevo la cueva volvía a estar iluminada pero no por el sol. Al final del túnel la luz naranja e intermitente de alguna hoguera iluminaba una cámara más amplia que se hallaba a uno metros frente a mí. No estaba solo, la percusión se entrelazaba con el latido de mi corazón como si fuesen una única melodía, sonreí, pues si había gente significaba que podría robarles lo que tuvieran.
Finalmente la galleta llegó al borde del túnel. El cual conectaba con un amplio lugar mucho más grande de lo que podría haber imaginado en un inicio. Una decena más de galerías conectaban con este lugar dando la sensación de que todo esto era un hormiguero enorme, del cual esta era su sala principal, pues un enorme campamento rudimentario, con tiendas de diminuto tamaño situadas en círculos concéntricos, las paredes estaban pintadas con motivos de caza y recolección en algún tipo de pintura roja y una población entera de tontattas hacían labores cotidianas del día a día.
No parecieron percatarse de mi presencia pues la galería por la que había entrado se hallaba a varios metros del suelo, además de que traté de ser lo más sigiloso que pude. Todos vestían indumentarias arcaicas, pieles y huesos de pequeños animales cubriendo sus cabezas, y muchos de ellos llevaban tatuajes por toda su piel. Me fijé que los que tocaban los tambores estaban algo apartados del resto, acompañados de dos bailarinas haciendo algún tipo de ritual. Eran monísimos, me quedaría observándoles durante horas, pero era hora de que les enseñara un poco de modernidad.
Acomodándome la guitarra, me puse de pie sobre la galleta y comencé a descender tocando un solo de guitarra que acompañaba perfectamente a la percusión. Al verme todos los enanos empezaron a enloquecer, corriendo de un lado a otro, algunos ocultándose en sus hogares y otros disparándome pequeños dados de cerbatana, los cuales detenía con el propio dulce según iba descendido. -¡Eh, cabronazos, no me disparéis o hago que el pájaro ps devore uno a uno! Que yo vengo en son de paz joder. -Dije de golpe saltando al suelo de tierra haciendo retumbar todo el poblado y mi águila comenzó a volar en círculos por encima de sus cabezas. Me volví a colocar la guitarra a la espalda, poniéndome de rodillas para hablar con los pocos que se quedaron cerca de mí, con caras de entre terror y sorpresa. -¿Donde está vuestro jefe? He venido a negociar, ¿veis la cosa que he creado? -Le di un puñetazo a la galleta partiéndola en pequeños pedazos y se los ofrecí a aquellos tontattas que me rodeaban. -Es comida, puedo daros mucha si a cambio me dais oro.
-No tenemos aquello que buscas forastero. -Una voz de pito surgió de entre la multitud, la cual ya había comenzado a probar de los trozos de galleta que les había ofrecido. Un hombre corpulento, moreno mucho más anciano que el resto pues a pesar de tener la cara cubierta por un cráneo de roedor decorado con pequeñas plumas rojas, una larga y frondosa barba caía desde su mandíbula. -Nosotros no buscamos riquezas, solo buscamos sobrevivir en esta inhóspita jungla así que te agradecemos tu obsequio pero ya puedes irte.
Su tono era serio pero al tener un timbre tan agudo y su aspecto de carcamal comencé a descojonarme en su cara descontroladamente ante la mirada de molestia del parte del resto de la tribu. -Vaya voz de mierda viejales, parece como si me estuviera hablando una niña de ocho años. -Continué riéndome, casi ahogándome en el proceso, alguno de los allí presentes hizo el ademán de ir a lanzarme un dardo, pero con un gesto sutil, el anciano tranquilizó al resto de su pueblo.
Una vez me fui calmando sequé las lágrimas de mis ojos con el reverso de mis manos y tomando grandes bocanadas de aire, tratando de volver a recuperar el aliento solté. -Joder vaya mierda entonces… Sois solo unos pobretones de mierda como yo. Muchas galletas y pocos berries. -Dije aplaudiendo, creando otra para subirme sobre ella, no sin antes quitarle la máscara a uno de los habitantes de aquel lugar para quedármela, pues me parecían bastante monas.
-Espera… ¿Las galletas las creas tú de la nada? ¿No las controlas con ningun truco? -Pude ver como sus ojos brillaban detrás de su máscara. -Si, ¿Por? -Dije elevándome de nuevo hacia el techo de la cámara, para observar con mas detalles las pinturas que había sobre las paredes de esta, sacando mi neceser de maquillaje y comenzando a pintar sobre estas una polla sin respeto alguno por el arte primitivo, ignorando lo que me fuesen a decir.
Pero en lugar de escuchar críticas comenzaron a cantar a unísono entre todo el poblando. -Es un espíritu del cielo, es un mago, los dioses nos han bendecido. -Miré con sorpresa hacia abajo, viendo como la gente que se había ocultado tras mi llegada comenzaban a salir y a reunirse junto en el centro de la cámara alzando sus manos hacia mi, con miradas de júbilo y adoración.
-Espera, espera… -Terminé de dibujar vello púbico en mi obra de arte, antes de descender un poco, tratando de calmarles, pues yo era el primero que me encantaba que me halagaran de esta forma, pero la responsabilidad de ser un dios para esta gente era demasiado alta. -Vale que soy muy guapo, inteligente, fuerte, como un miura, cuido de los animales y… ¿Ya he dicho que soy guapo? Pero no soy vuestro dios, además no tenéis oro que ofrecerme. -El viejo fue el primero en pronunciarse, sumado al jolgorio que se había montado alrededor mía, los tambores comenzaron a rugir de nuevo con furia, todos bailaban, en frenesí y júbilo, algunos trataban de hacer escaleras humanas para llegar a mí. -No tenemos oro pero podemos sacrificar una virgen en tu honor.
Parpadeé de sorpresa, no sabiendo si se refería a que me iban a ofrecer una virgen para que me complaciera o si la iban a sacrificar, en plan matarla y eso para mí disfrute. Siendo sinceros, no quería quedarme para averiguarlo. Con una mirada furtiva a mi pájaro le dije. -Pirémonos Travis. -Conduje rápido la galleta voladora al túnel por el cual había usado de entrada en un inicio, pues al ser recto volví a salir al exterior enseguida.
No miré atrás, no quería saber nada más de esos pequeños psicopatas devotos. Finalmente crucé las enredaderas saliendo de nuevo al exterior, respirando aire puro y aliviado. El águila me sigió detrás mía hasta volver a apoyarse sobre mi cabeza. -A la siguiente debería mostrar esto de crear galletas enormes a un grupo de chicas preciosas en bikini, te apuesto una mariscada a que también me comienzan a adorar como a un dios al igual que estos mierdecillas. -El ave batió sus alas además de asentir con la cabeza por lo que lo tomé como un si. Sonreí y puse en marcha rumbo a la ciudad, dispuesto a probar a ver si funcionaba.
Algún lugar perdido de la selva.
Había normalizado demasiado rápido el hecho de poder volar en galletas mágicas gigantes. Surcaba el cielo de samba junto a mi águila, montado en uno de estos dulces como si fuera un skate haciendo vez en cuando hacía piruetas y carambolas en el aire. El hecho de poder volar era espectacular, respiraba e inhalaba una sensación abrumadora de libertad. Estiré los brazos sintiéndome como un ave, incliné mi torso levemente para ganar aerodinámica y de golpe caí en picado hacia la selva. Mi pájaro me siguió detrás de mí y haciendo un aterrizaje perfecto en un pequeño claro, salté hacia el suelo haciendo crujir las ramas se as bajo mis pies.
-Pausita para descansar. -Solté a la par que mi mano se movía veloz hacia el bolsillo de mi chaleco sacando la petaca que me regaló mi padre para darle un enorme sorbo al ron que contenía. Sonreí al sentir el ardor del licor en mi garganta y miré alrededor. El sitio era tranquilo, alejado del ruido y la música de ciudad. Posiblemente era la primera persona que lo pisaba en mucho tiempo. Fui a subir de nuevo a mi vehículo pero a echar otro vistazo algo llamó mi atención. El claro estaba rodeado por árboles en todas direcciones salvo en dirección norte, pues este estaba interrumpido por una enorme pared rocosa que medía posiblemente entre quince veinte y treinta metros de altura, y en medio de esta cubierta por lianas y hierbas se as un enorme agujero perforaba la piedra.
Miré a mi mascota y me encogí de hombros, me senté con las piernas cruzadas y me elevé unos metros en el aire pues este no estaba a ras de suelo, sino más bien a unos cinco metros de la superficie. Aparté la vegetación para no ver más que oscuridad. Travis el cual cansado de volar se había posado sobre la galleta picoteando un poco de esta. -¿Entramos? -Le pregunté, sin estar seguro a dónde conducía, pero por experiencia sabía que la selva escondía miles de tesoros ocultos por revelar y quién sabe, a lo mejor este era el lugar de uno de ellos.
Sin pensármelo mucho decidí entrar, pese a la oscuridad, era bastante intuitivo, solamente continuaba en línea recta. Me dio la sensación de que aquel túnel era obra de alguien pues las cuevas naturales tenían muchas más irregularidades que esta. Según la luz de la entrada se desvanecía, el sonido del agua filtrándose por las paredes se mezclaba con otro más antinatural. Tambores, en la lejanía se escuchaba un ritmo incesante, lento pero constante.
Cada vez se escuchaban más fuerte, y de nuevo la cueva volvía a estar iluminada pero no por el sol. Al final del túnel la luz naranja e intermitente de alguna hoguera iluminaba una cámara más amplia que se hallaba a uno metros frente a mí. No estaba solo, la percusión se entrelazaba con el latido de mi corazón como si fuesen una única melodía, sonreí, pues si había gente significaba que podría robarles lo que tuvieran.
Finalmente la galleta llegó al borde del túnel. El cual conectaba con un amplio lugar mucho más grande de lo que podría haber imaginado en un inicio. Una decena más de galerías conectaban con este lugar dando la sensación de que todo esto era un hormiguero enorme, del cual esta era su sala principal, pues un enorme campamento rudimentario, con tiendas de diminuto tamaño situadas en círculos concéntricos, las paredes estaban pintadas con motivos de caza y recolección en algún tipo de pintura roja y una población entera de tontattas hacían labores cotidianas del día a día.
No parecieron percatarse de mi presencia pues la galería por la que había entrado se hallaba a varios metros del suelo, además de que traté de ser lo más sigiloso que pude. Todos vestían indumentarias arcaicas, pieles y huesos de pequeños animales cubriendo sus cabezas, y muchos de ellos llevaban tatuajes por toda su piel. Me fijé que los que tocaban los tambores estaban algo apartados del resto, acompañados de dos bailarinas haciendo algún tipo de ritual. Eran monísimos, me quedaría observándoles durante horas, pero era hora de que les enseñara un poco de modernidad.
Acomodándome la guitarra, me puse de pie sobre la galleta y comencé a descender tocando un solo de guitarra que acompañaba perfectamente a la percusión. Al verme todos los enanos empezaron a enloquecer, corriendo de un lado a otro, algunos ocultándose en sus hogares y otros disparándome pequeños dados de cerbatana, los cuales detenía con el propio dulce según iba descendido. -¡Eh, cabronazos, no me disparéis o hago que el pájaro ps devore uno a uno! Que yo vengo en son de paz joder. -Dije de golpe saltando al suelo de tierra haciendo retumbar todo el poblado y mi águila comenzó a volar en círculos por encima de sus cabezas. Me volví a colocar la guitarra a la espalda, poniéndome de rodillas para hablar con los pocos que se quedaron cerca de mí, con caras de entre terror y sorpresa. -¿Donde está vuestro jefe? He venido a negociar, ¿veis la cosa que he creado? -Le di un puñetazo a la galleta partiéndola en pequeños pedazos y se los ofrecí a aquellos tontattas que me rodeaban. -Es comida, puedo daros mucha si a cambio me dais oro.
-No tenemos aquello que buscas forastero. -Una voz de pito surgió de entre la multitud, la cual ya había comenzado a probar de los trozos de galleta que les había ofrecido. Un hombre corpulento, moreno mucho más anciano que el resto pues a pesar de tener la cara cubierta por un cráneo de roedor decorado con pequeñas plumas rojas, una larga y frondosa barba caía desde su mandíbula. -Nosotros no buscamos riquezas, solo buscamos sobrevivir en esta inhóspita jungla así que te agradecemos tu obsequio pero ya puedes irte.
Su tono era serio pero al tener un timbre tan agudo y su aspecto de carcamal comencé a descojonarme en su cara descontroladamente ante la mirada de molestia del parte del resto de la tribu. -Vaya voz de mierda viejales, parece como si me estuviera hablando una niña de ocho años. -Continué riéndome, casi ahogándome en el proceso, alguno de los allí presentes hizo el ademán de ir a lanzarme un dardo, pero con un gesto sutil, el anciano tranquilizó al resto de su pueblo.
Una vez me fui calmando sequé las lágrimas de mis ojos con el reverso de mis manos y tomando grandes bocanadas de aire, tratando de volver a recuperar el aliento solté. -Joder vaya mierda entonces… Sois solo unos pobretones de mierda como yo. Muchas galletas y pocos berries. -Dije aplaudiendo, creando otra para subirme sobre ella, no sin antes quitarle la máscara a uno de los habitantes de aquel lugar para quedármela, pues me parecían bastante monas.
-Espera… ¿Las galletas las creas tú de la nada? ¿No las controlas con ningun truco? -Pude ver como sus ojos brillaban detrás de su máscara. -Si, ¿Por? -Dije elevándome de nuevo hacia el techo de la cámara, para observar con mas detalles las pinturas que había sobre las paredes de esta, sacando mi neceser de maquillaje y comenzando a pintar sobre estas una polla sin respeto alguno por el arte primitivo, ignorando lo que me fuesen a decir.
Pero en lugar de escuchar críticas comenzaron a cantar a unísono entre todo el poblando. -Es un espíritu del cielo, es un mago, los dioses nos han bendecido. -Miré con sorpresa hacia abajo, viendo como la gente que se había ocultado tras mi llegada comenzaban a salir y a reunirse junto en el centro de la cámara alzando sus manos hacia mi, con miradas de júbilo y adoración.
-Espera, espera… -Terminé de dibujar vello púbico en mi obra de arte, antes de descender un poco, tratando de calmarles, pues yo era el primero que me encantaba que me halagaran de esta forma, pero la responsabilidad de ser un dios para esta gente era demasiado alta. -Vale que soy muy guapo, inteligente, fuerte, como un miura, cuido de los animales y… ¿Ya he dicho que soy guapo? Pero no soy vuestro dios, además no tenéis oro que ofrecerme. -El viejo fue el primero en pronunciarse, sumado al jolgorio que se había montado alrededor mía, los tambores comenzaron a rugir de nuevo con furia, todos bailaban, en frenesí y júbilo, algunos trataban de hacer escaleras humanas para llegar a mí. -No tenemos oro pero podemos sacrificar una virgen en tu honor.
Parpadeé de sorpresa, no sabiendo si se refería a que me iban a ofrecer una virgen para que me complaciera o si la iban a sacrificar, en plan matarla y eso para mí disfrute. Siendo sinceros, no quería quedarme para averiguarlo. Con una mirada furtiva a mi pájaro le dije. -Pirémonos Travis. -Conduje rápido la galleta voladora al túnel por el cual había usado de entrada en un inicio, pues al ser recto volví a salir al exterior enseguida.
No miré atrás, no quería saber nada más de esos pequeños psicopatas devotos. Finalmente crucé las enredaderas saliendo de nuevo al exterior, respirando aire puro y aliviado. El águila me sigió detrás mía hasta volver a apoyarse sobre mi cabeza. -A la siguiente debería mostrar esto de crear galletas enormes a un grupo de chicas preciosas en bikini, te apuesto una mariscada a que también me comienzan a adorar como a un dios al igual que estos mierdecillas. -El ave batió sus alas además de asentir con la cabeza por lo que lo tomé como un si. Sonreí y puse en marcha rumbo a la ciudad, dispuesto a probar a ver si funcionaba.
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