Onizuka Jin
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El hipo proseguía, sus palabras lo estaban divirtiendo más de lo esperado. Ahh, cómo lo estaba deseando, cada vez más. La esencia que el contrario emanaba lo estaba llenando más de lo esperado. Estaba lo suficientemente confiado para disfrutar de la situación, claramente convencido de que no se iba a deshacer de la atadura de su corbata pronto si es que lo lograba. Su rostro era una odisea, el éxtasis en sí mismo, las expresiones que dibujaba pese a que claramente peleaba con su propio orgullo. ¿Qué había mejor que romperlo? Ese ego, ese orgullo, hacerlos suplicar, sus lágrimas corriendo por su rostro. Ah, todo éxtasis. Él mismo estaba comenzando a impacientarse, una vez más, con la fantasía de poseerlo. ¿Qué tan estrecho se sentiría? ¿Qué tan caliente?
Sus dedos siguieron los movimientos, abriéndose en el interior ajeno, hurgando con impaciencia para encontrar su próstata una vez más con paciencia, pese a que por dentro ardía del deseo de solo dejarlo todo tal y como estaba y solo agarrarlo y hacerlo suyo en ese mismo instante. No quería aparentar la desesperación que en realidad sí poseía. Fue divertido escuchar las palabras que él mismo había pronunciado pero en los labios ajenos. Elevó ligeramente su mirada, sintiendo el tacto ajeno. Eso no lo hizo frenar, su lengua todavía trabajando en el tronco del hombre. Sus ojos lo miraban con esa confianza, el sudor todavía perlando su cuerpo.
—No tengo miedo.
Su voz sonó ronca, ahora sí, mostrándose la desesperación en la misma incluso si había querido evitarlo. Apretó los dientes, sintiendo cómo lo jalaba repentinamente, apartándolo del miembro que estaba estimulando. Sin embargo no estaba molesto, claramente él estaba también en esa desesperación, y se deleitaba en el gesto brusco que le brindaba. Lo que realmente no esperó fue ver que había no solo logrado desatarse, sino que ahora esa misma corbata ahora rodeaba su cuello, como una silenciosa amenaza al estrangulamiento. Su sonrisa se cargó de malicia, deseo. Oh, eso sí se estaba poniendo verdaderamente interesante. Se apartó del miembro, dejándose guiar, mas sin alejar los dedos del interior ajeno, todavía moviéndose, acelerando un poco más el movimiento de los mismos.
Volvió, de nuevo, a caer en esos labios, en su hipo cargado de placer, en su rostro cargado de súplica. El beso se volvió fogoso, más hambriento que las previas. Ni siquiera fue el roce de sus labios, sino directamente abrirlos, introducir su lengua de forma automática, su sudor cayendo por un lateral de su frente hasta su propio mentón en forma de gota, resistiéndose a caer. Ah mierda, maldición, no podía más. Retiró repentinamente sus dedos, estirando ahora su mano hasta el mueble, reconociendo con el propio tacto el tamaño exacto que debía usar. Había hecho eso muchas veces, más de las que podía contar, pero era la primera que había estado tan desesperado en una penetración.
Separó ligeramente su rostro, jadeando, elevando el preservativo hasta sus labios, rompiendo la envoltura desde un lateral.
—No te arrepientas de lo que se viene.
Oh, claro que no lo haría él. Se acomodó rápido el objeto, ansioso. Sus propias manos temblaban en la desesperación y el deseo, esperaba que lo volviera a estrangular incluso si le dejaba marca. No le importaba si era con la corbata, las manos o ambas. Lo que sí hizo fue tomar la zona inferior de la rodilla ajena, abriendo más su pierna hacia un lateral.
—No olvidarás esta noche, ni cómo será tenerme dentro de ti.
Su sonrisa se dibujaba, dándole quizás un poco de margen a lo que pudiera hacer, o eso quiso hacerle creer. Su mano se sostenía de su propio miembro para apuntar bien su entrada, volviendo a descender sus labios hasta los ajenos, besándolo nuevamente con hambruna. No le daría tiempo a reaccionar, entró de un solo golpe, su pelvis quedándose a medio camino. Mordió inconscientemente el labio inferior ajeno por el placer que le estaba generando, al fin, estar dentro de él. Tan apretado, tan caliente. Sus ojos se perdieron por algunos segundos ante la deliciosa sensación, ni siquiera había entrado por completo. Seguía demasiado estrecho, pero no esperó, solo empujó con más brusquedad sus caderas hacia su interior, sintiendo cómo se abría paso a la fuerza. Su gemido se ahogó entre el beso, apretó la tela del sofá, arrugándolo con fuerza, casi clavando sus propias uñas. Mierda, se sentía mejor que muchas otras mujeres que hubiera podido probar. Maldita sea…
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Gemí sobre sus labios, ni siquiera sabía porque me sentía así: No era la primera que me estimulaban de esta forma, por mucho menos mi primera vez con un hombre, pero no podía evitar sentir que era el fuego mismo, electricidad: Cada acción suya provocaba de inmediato una reacción mía de la forma más salvaje que podía. Su lengua era tan hábil que apenas podía seguir su ritmo y no era una falta de habilidad, sin embargo, la desesperación misma de querer sentir aún más profundo sin saber cómo. El vacío que había dejado en mi en cuanto retiró sus dedos fue molesto, mirándolo con el ceño ligeramente fruncido, un tanto confundido ante esa invasión a mi boca, un hilo de saliva haciéndose visible como aquel último vestigio de que ese beso había existido.
Lo observé con atención, como quien mira una pintura de arte intentando descifrarla y sus palabras hicieron mi intimidad palpitar: Mierda, sentía como mi cuerpo mismo se doblegaba ante el. —Tiemblas y luces tan seguro como el carajo que me parece una contradicción ¿me entiendes? … ¿Tanto me deseas? — Irónico. No quedaba ni un ligero atisbo del orgullo; mi voz, usualmente juguetona solamente parecía cruda, tal que ni parecía poder reconocerla ¿sumisión? Tal vez, por el, era lo más seguro ¿Deseo? Desde el primer momento que lo vi, un deseo que no se apagaba ni hundiéndome en el más frio de los océanos.
No lo olvidaría, tampoco quería hacerlo: Era la primera vez que me sentía tan atrapado que lograba entender porque las mujeres y sumisos con los que me acostaba preferían ser mandados; No quería pensar, solo sentir: Que mi piel ardiera mucho más hasta no poder más: No solo quería terminar, sino que el continuara aún cuando yo ya no tuviera más que derramar. Estaba desesperado, había logrado lo que quería: Pero no era el único triunfante.
Sus labios se volvieron a posar sobre los míos y los recibí de inmediato sin dudar, como si sus besos me hicieran falta para respirar, sostuve con fuerza la corbata y entonces lo sentí dentro de mi; Ahogando mis gemidos entre sus labios mientras arqueaba la espalda y mis piernas intentaban cerrarse por inercia. Mierda, no había sentido nada tan grande dentro de mi: No solo sentía que me llenaba por completo, pero que incluso me rompería. Sentí la sangre de su mordida, la mía: combinada con nuestras salivas y solo pude cerrar los ojos en completo extasis, ni siquiera podía esperar: Ante la presión jalé con fuerza la corbata, esperando ahorcarlo con esta: Una inusual forma de comunicarle mi profunda excitación.
Derramando un par de lágrimas me separé del beso, mirándolo a los ojos mientras el agarre se volvía menos agresivo, poco a poco me acostumbraba a él, a su tamaño, relajando los músculos para poder comenzar a mover la cadera, intentando sentirlo aún más, limpié los restos de saliva de mis labios, dando un fuerte jalón a la corbata para alcanzar sin quitarle la mirada de encima. — Jin… Estoy cerca… demasiado… duele…. — Y me encantaba ese dolor tan… placentero. Me obligaba a resistir por él, mis palabras cada vez más incoherentes mientras comenzaba a murmurar algunas cosas sin sentido sobre lo bien que se sentía y gemidos que interrumpían palabras. —Más rápido…— Exigí, apretando nuevamente la corbata con fuerza.
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06-12-2025, 06:10 PM
(Última modificación: 06-12-2025, 06:11 PM por Onizuka Jin.)
La pregunta volaba en el ambiente, el calor, la temperatura. No recordaba la última vez que tuvo a alguien así. Sencillamente era de las mejores experiencias como activo que estaba teniendo en mucho, muchísimo tiempo. ¿Siquiera hubo de hecho alguien más con semejante sintonía? Mezclar así su lado sádico y su lado masoquista, el placer de ser estrangulado mientras disfrutaba la penetración y provocarle ese dolor, esas lágrimas, la mirada en el rostro ajeno. El calor estaba en forma de rubor, el ansia de no cesar ni siquiera después de terminar. Ah no, esa iba a ser una noche de no frenar, estaba seguro de ello. Siquiera quería que se terminara, ya fuera la misma o el acto en sí. No podía enfocarse en una respuesta más lógica, siquiera en el orgullo que siempre lo acompañaba. No, todo lo que necesitaba, y lo sabía, era el éxtasis que estaba sintiendo en ese mismo instante.
—No… no puedo negar que te desee así más de una vez, Tezca.
Su voz temblaba, el sudor corriendo todavía por su cuerpo, su propio rostro. ¿Cuánto tiempo había pasado? Ni lo sabía, ni le importaba, eso en comparación era total y completamente irrelevante. Ahora mismo solo sabía que si lo dejaba escapar se arrepentiría toda la maldita noche, quizás incluso toda su condenada vida. ¿Quién iba a decirle que iba a terminar deseando tanto a alguien con quien en un inicio solo planeaba usar? Nadie, ni en sus sueños más húmedos. No se arrepentía en lo más mínimo de haberlo traído hasta allí. Solo… no quería soltarlo, no quería que se fuera.
Apretó la mandíbula, sus ojos se perdieron en el estrangulamiento de su propia corbata. El ahogo, la falta de aire, acompañado de la penetración solo lograban que su placer alcanzara un pico que no recordaba haber disfrutado de esa forma. Era demasiado, todo placentero, ambos hacían, claramente, una sintonía perfecta. Los dos parecían saber cómo complacerse el uno al otro. Tuvo que cerrar los ojos cuando sintió el aire regresar a sus pulmones, el rojo se llenaba en su rostro, los ojos se veían totalmente perdidos en el placer. Tuvo que descender su cuerpo para poder mantenerse en equilibrio. Cuanto más lo ahorcaba, mejor se sentía, quizás un sinsentido para otros, pero no para él.
Para empeorar (o mejorar) las cosas, sentía su propio pene ser apretado en el interior ajeno. Ah, maldición, no podía cesar. Incluso cuando escuchó sus palabras solo aceleró, sus movimientos más erráticos, bruscos. El sonido de los golpes se volvía más sonoro, incluso el de sus propios gemidos.
—También… cer…ca….
No podía hablar con coherencia porque nuevamente sentía la corbata ahorcarlo, su vista se nublaba, sus ojos lentamente perdiéndose en el blanco. Apenas estaba entrando, apenas los movimientos se volvían más bruscos. La mano que todavía sostenía su rodilla ahora elevaba por debajo del muslo ajeno, forzándolo a abrir más esas piernas, golpeando su pelvis con más brutalidad. Su interior se sentía exquisito, tan único y exquisito. La falta de aire por la corbata lo hacía incrementar más el éxtasis. Podía sentir la marca de la misma envolver su propio cuello, volverse loco a medida que los golpes estaban más bruscos. Podía sentirse el propio sofá temblar debajo de ellos, al ritmo que los dos se estaban brindando aquel calor… Incluso con todas esas sensaciones, su mano regresó al miembro ajeno, la misma que había hasta entonces sostenido con firmeza el sofá, para iniciar una masturbación en el miembro del rubio, ahora acelerando más el movimiento, sin esperar a ser lento. ¿Quién iba a serlo cuando los dos estaban en semejante éxtasis?
Y allí estaba, ahora apretando su propia mandíbula, sus labios lentamente abriéndose en placer, arqueando la espalda para una última embestida lo más profunda que podía. Su eyaculación, igual que el contrario, fue solo en dirección al preservativo que se hinchó. El sudor perlando su frente, los jadeos llenándolo… Trató de respirar, la corbata probablemente se lo impediría, el rojo de la marca estaba quedando clara alrededor de su cuello. Uno, sin duda, de los mejores orgasmos que había tenido en mucho tiempo. Y no, no iba a terminar solo de ese modo. Incluso si todavía lo estrangulaba con la corbata, como un adicto a esos labios, los buscaba de nuevo para besarlos. Hambre de esos labios parecía tener, imposible evitarlos incluso durante su propio orgasmo.
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Sus erráticos movimientos hicieron que apretara la tela de la corbata, gimiendo ruidosamente mientras sentía con delirio la brutalidad de sus estocadas: Dejé de moverme al no poder seguir su ritmo: Un cambio mínimo ante su fuerza apenas podía procesar que también se encontraba cerca, cada vez más sintiendo que llegaba a mi limite, gimiendo y rogando mentalmente porque no decidiera detenerse.
Al sentir la mano sobre mi miembro, sentí que había dejado de respirar por unos segundos y uso segundos fue lo que pasó antes de terminar sobre su mano en un lloriqueo que fue interrumpido por sus labios, besándolos una vez más con deseo mientras soltaba la corbata para poder abrazarlo por la nuca, profundizando aún más el beso, invadiendo su boca con mi lengua entre algunos entrecortados jadeos, mientras poco a poco bajaba del orgasmo.
Mis piernas temblaban ligeramente en esa posición, mientras me separaba del beso para ocultarme en su cuello del desastre que era: Del desastre que habíamos causado. Acaricié suavemente su cuello, sin moverme mucho, no quería que saliera de mí, me sentía lleno y sabría que el vacío que dejaría sería incomodo por uno largos momentos. — Eso fue… ah… No tengo palabras, de verdad… ¿me entiendes? — Murmuré sobre su cuello apenas recuperando la normalidad de la respiración, dejando algunos besos sobre la marca alrededor de su cuello, esperando calmarlo también, mi mano derecha bajó a su espalda, trazando inconscientemente el tatuaje al medio de esta: Me causaba curiosidad y tal vez no era mal momento para preguntar pero sentía como el cansancio me inundaba cuando estaba al borde de pedirle otra ronda… pero no, me quedaría dormido a mitad de esta y yo podré ser muchas cosas pero nunca un mal amante.
Me quejé, llevando la mano izquierda instintivamente al medallón en mi pecho, mientras me separaba un poco para mirarlo. — Debería irme— Murmuré, intentando levantarme, pero como si no fuera lo suficientemente obvio, no podría hacerlo sin que Jin se levantara y honestamente esperaba que no lo hiciera.
Esa era la regla de oro: Terminas y te vas, nunca quedarse a los mimitos de las parejas cursis porque en efecto, no éramos pareja. Tal vez era la comodidad de este sofá ya que no estoy acostumbrado a los lujos pero de verdad no quería moverme, lo miré tal y como me sentía: cansado, mierda, sería problemático ir de regreso a mi hospedaje.
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Dejó que lo besara, incluso que tomara las riendas. Había sido intenso, más de lo que recordaba en mucho tiempo. Su mano se alejó de su miembro, alejando sus caderas lentamente, retirándose de su interior. —Te entiendo perfectamente. — por una vez respondía a la muletilla, porque así lo quería. Lo sintió sobre su cuello. Sabía bien que terminar y zanjarlo allí era mejor, pero ahora no quería alejarse de esa calidez. Ni siquiera sabía si le quedaban fuerzas para ello. Se dejó abrazar, dejando que su propio cuerpo se acomodara sobre el contrario.
Pudo sentir sus manos acariciando sus tatuajes, pero no hubo palabras, no hubo preguntas, él tampoco las haría. Sentir su respiración en su cuello era sorprendentemente relajante. Su brazo rodeó la cintura ajena, cerrando sus propios ojos, atrayéndolo ahora sin buscar nada sexual. Solo el calor de alguien. No recordaba haber buscado un calor en nadie más, quizás solo era comodidad, pero la tensión en sus músculos se iba relajando, incluso con el sudor de ambos cuerpos, con el olor que el contrario emanaba. Sus labios se posicionaron sobre la frente ajena, no llegando al beso, pero sí a un gesto que lo estaba calmando a él mismo.
—Debería irme.
¿Irse? ¿Ahora? Debía apartarse, alejarse de él y dejarlo marchar… pero no lo hizo. Solo un poco más. Que se quedara un poco más. Cualquier excusa debería servir para que se quedara, ¿Verdad? Lo que fuera… Y sin embargo no hubo palabras, no hubo respuesta, solo cerró los ojos, aferrándose más a él. ¿Debería fingir dormirse? ¿Quizás solo debería atarlo para que no escapara esa noche? Sus ojos se entreabrieron, elevando ahora su cuerpo ligeramente, observando el rostro del hombre con calma.
—Es tarde.
Pese a sus palabras, no se apartó, se mantuvo pegado a él, abrazado a él. Sus manos posicionadas en las nalgas ajenas. —Quizás te hayas ganado que te cuente algo sobre mí. — una nueva excusa, y no tan excusa. Por una parte había buscado al hombre para contratarlo y, por otra, ahora no lo quería lejos, no al menos esa noche. —Considéralo un regalo. — Estiró su brazo izquierda, rebuscando entre sus pantalones la cajetilla de metal. El whisky se había perdido por el camino, no le importaba. Solo quería una calada. Su tabaco estaba perfectamente alineado en la caja de metal. Acomodó el cigarrillo entre sus labios, mirando al contrario, extendiéndole la cajita que prácticamente nunca dejaba lejos. —¿Fumas?
Su ropa estaba por el suelo, hecho un total y completo desastre. No sabía cómo tocar el tema de la contratación sin parecer sospechoso. Quizás sí podría hablarle sobre él de verdad con tal de conseguir un motivo de que le hablara. Carraspeó, retirando de sus ya arrugados pantalones el mechero. Todo con un solo brazo, el otro se mantenía en la cintura ajena, manteniendo la corta distancia desde que habían finalizado. No se le daba bien iniciar una conversación, muchísimo menos de él mismo. ¿Cómo se iniciaba una conversación que nunca había realizado? Eso era demasiado. Se acomodó a un lado del sofá, encendiendo su cigarrillo, separando su brazo por un momento, acomodándose a su lado.
—¿Qué quieres saber?
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La calma posterior a la tormenta era extraña, se sentía… hogareño, amable, incluso entercenedor y debía admitir que eso me hacía sentir bastante alerta. Ahora quería huir, pero cuando se aferró a mí solo pude sentirme aún más vulnerable, observándolo con calma, casi como si pudiera confiar en este. Me sentía como una contradicción andante: Anhelaba quedarme, por supuesto y ese sentimiento no me daba confianza.
Si, era tarde, pero era una excusa barata, una que funcionaba muy bien. Parecía debatirme entre quedarme o irme, hasta que escuché sus palabras sobre aquel regalo y bueno, opté por la segunda; como si no fuera lo suficientemente obvio. Igual podría irme cuando esté durmiendo, era lo mejor para mi. Para ambos. Negué la cabeza, en esta situación, mientras pensaba un cigarro me sentaría mucho peor cuando incluso sentía la garganta comenzando a cerrarse ¿estaba nervioso? ¿Qué demonios me pasaba? Nunca me había enganchado con nadie. Solo es alguien de una noche y ya; Aunque dijera todo eso mientras lo hacíamos lo más probable es que solo fuera la calentura del momento.
Tardé en responder, más de lo que esperaría, absorto en mis pensamientos, el hombre se movía y yo me mantenía estático, notando el subir y bajar de mi pecho, mirando hacia el dije atado a mi cuello, apretándolo con fuerza. —¿Quién mierda eres, Jin? ¿Qué le haces a mi cerebro?— No iba con medias tintas, casi en un tono acusatorio antes de sentarme y cambiar de opinión, robando el cigarrillo de sus manos para darle una calada, soltando el humo en un suspiro. —¿Un hombre de negocios puede ganar tanto? Nadie ha llamado a tu puerta en un buen rato, por lo que deben tenerte respeto o debes estar tan arriba de la pirámide que simplemente eres el que toma decisiones, tienes dos guardias de seguridad así que me atreveré a decir que tienes enemigos… Y ese es un curioso tatuaje en la espalda ¿me entiendes? — Mi voz salió un tanto… fría, analítica, mientras sonreía pesadamente y soltaba el dije. Comenzaba a sentir el frío de la habitación, la guardia que había bajado: pero era demasiado tarde, estaba casi destrozada. — Si respondes bien, puede que te cuente algo de mi también. —
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Lejos de haber una queja, dejó que le quitara el cigarrillo de entre sus dedos, y diera la que iba a ser su segunda calada. Por su lado, soltó el humo en el aire en sus pulmones, elevando su brazo, pasándolo por encima de la cabeza del contrario. En esa ocasión sin observarlo directamente.
—Dudo estar haciéndole nada a tu cerebro.
No estaba acostumbrado a ese protagonismo, no de ese modo al menos. Hizo una pausa, retomando de entre los dedos ajenos el que se había convertido el cigarro que estaban compartiendo. No estaba equivocado, desde luego que no. Solo hizo un silencio. Largo, prolongado… más de lo esperado. Invadir sus recuerdos, reaccionar a sus palabras, ¿merecía un chico como él siquiera ese atisbo de confianza? No estaba preguntando por su pasado de todos modos. Dio una calada, larga, más prolongada de lo esperado. Separó el cigarrillo de entre sus labios, elevando ligeramente su cabeza.
—Si conoces los kanjis, sabrás que es mi apellido, que es Onizuka.
Recordó que no se había presentado con el mismo, sino solo con su propio nombre. ¿Habría llegado a escuchar hablar alguna vez de su clan? Podría ser que sí, o quizás no. Esta vez no esperó a que le arrebatara el cigarrillo, él mismo estiró la mano, facilitándole el acceso. —Me lo tatué cuando me dieron un apellido hace años. O quizás sea más acertado decir que me lo tatuaron. — No estaba siendo detallista, aunque ciertamente no era algo que hubiera contado a nadie. No es que hubieran preguntado por la misma nunca antes. —No niego que no hago trabajos de lo más, digamos que “limpios”, así que sí, tengo enemigos, incluso entre mi propia gente. Nunca puedo bajar la guardia. — sus dedos se elevaron, las de su mano derecha, dando un par de toques hacia la zona inferior de uno de sus ojos, donde ya de por sí se veían con claridad, pero mostraban las ya ojeras por su propio insomnio. —A veces tengo que dormir con un arma bajo la almohada. ¿Te sirve como respuesta? — su rostro, ahora sí, se volteó en su dirección, aunque ya no lo miraba directamente a los ojos.
—¿Qué opinas de los asesinos, en tu caso?
Estaban en un mundo cargado de piratas, muertes constantes y penas capitales, posiblemente incluso hubiera visto a alguien morir. Aún así, elevó la mirada, tumbándose en una sonrisa traviesa, abrazando una almohada que estaba en el sofá, acomodándose en ella, buscando sus ojos y el otro brazo pasándolo tras la espalda ajena para volver a sentir esa calidez.
—¿Me gané entonces que me cuentes algo sobre ti?
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Onizuka… Tal vez lo había escuchado en alguno de mis viajes, pero era verdad que no me inspiraba nada, observé su fumar con cierta curiosidad y lo recibí cuando me lo dio, dándole una profunda calada: Me ayudaba a pensar, aunque intentaba dejarlo, era un vicio, algo que no esperaba que el contrario se convirtiera sobre mi: Me negaba a darle ese poder. Sus respuestas no eran directas: Como aquel que prefería describir lo que hacía para no darse la etiqueta directa, pasaba mucho, aunque siempre he preferido las etiquetas: Más fácil de identificarme, más rápido. Le di una segunda calada, apoyándome contra el sofá mientras lo miraba de reojo; El no me miraba ¿se avergonzaba? ¿me mentía? No parecía ser el caso, tal vez solo era algo difícil de decir.
Me tardé en responder, como cuidando lo que diría. — No mucho… No estás siendo directo ¿me entiendes? Pero voy a suponer que eres alguien peligroso. — Había tantas profesiones en el mundo y no pensaba jugar adivina quien en esta situación: Si me iba a dar el mínimo de información por el momento que así fuera, al menos ya no era un lienzo en blanco ¿podría tratarse de un sicario? ¿un cazador? Ah… que molesto era pensar. — Los asesinos… Esa es una pregunta. — Señale lo obvio al no estar seguro que responder, no me complacía mentir, estaba cansado y el parecía ser… mínimamente honesto. Ah, podía escuchar al señor Okiomi desde el más allá regañándome por bajar la guardia. — Depende a quien mataron… Estoy seguro que he provocado un par de muertes por ahí que en mi total defensa se lo buscaron ¿Quién los mandó a meterse conmigo o mis patrocinadores? Aunque no soy un asesino, no me dedico a ello al menos — Bufé, mirándolo acomodarse mientras me preparaba para hacer lo mismo.
Sostuve el cigarro en lo alto, dejando que se consumiera, buscando espacio en su torso y piernas para acurrucarme, empujándolo ligeramente con el trasero para que me diera más espacio, apoyando mi cabeza contra su brazo, el sería mi almohada ahora y no quería ni un solo comentario: Necesitaba estar cómodo para contar mis cosas. — Ando por… todos lados, soy más un nómada que nada: trabajo para quien me necesite, no hay más, mis clientes solo son personas que me conocen desde hace mucho tiempo… Así que ten cuidado con quien enojas. — Sonreí ligeramente con eso último, intentando distraerlo de que había sido tan críptico como el y como si fuera karma, solté un leve quejido de dolor al sentir como la ceniza del cigarro había caído sobre mi palma. —Y si… ahora que lo pienso: Si te ves como alguien que dormiría con un arma bajo su almohada ¿Qué es lo que parezco? Carajo, déjame escuchar una caracterización. —
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Ciertamente no, no estaba siendo directo, y no es que quisiera hablar demasiado de sí mismo a alguien con quien solo acababa de compartir cama, y que tenía otro tipo de planes adelante. Aún así, no pareció molesto por ello.
—Sí, soy alguien peligroso. ¿Eso no te asusta?
Otro pequeño detalle que quizás muchos ya darían por sentado, excepto quienes no sabían quién era, como estaba pareciendo ser el caso de Tezca. A veces era mejor dejar las cosas tal y como estaban. Quizás si fuera bueno, podría llegar a obtener más información, pero eso era un detalle más bien privado. Su brazo no se apartó cuando lo vio acomodándose en él, solo lo observaba, dándole el espacio que parecía estar buscando, y pasando su otro brazo por la cintura, pegando su mentón sobre la cabeza del contrario. Debía admitir que estaba sorprendentemente cómodo, cosa que no iba a mencionar en voz alta.
Desafortunadamente, sus ojos se volvieron vacíos a la respuesta de Tezca. Claro, matar para sobrevivir. No podía decir que él hiciera especialmente lo mismo, y más sin tener en cuenta a dónde pertenecía. ¿Lo odiaría si supiera a qué se dedicaba realmente? No quiso imaginar la situación, prefirió mantener esa idea en otra parte. —A veces es necesario para sobrevivir. Te guste o no. Parece que sabes un poco más de lo que esperaba. Aún así, como ves, no te juzgo por ello. — otra pequeña pista; su propia supervivencia. No le agradaba mencionar su pasado, pero qué diablos, quizás solo un poco de pistas no hacía ningún daño.
Su brazo se apretó alrededor del abdomen ajeno, apegándose más a él incluso en su desnudez, ahora sin buscar nada sexual, sino más bien el calor ajeno que parecía relajarlo tanto como su aroma. —Con que sí tienes clientes exclusivos… — apenas lo murmuró en voz baja, descendiendo la mirada hasta los ojos descubiertos del contrario. Se incorporó ligeramente, con una mano posicionándose sobre su mejilla para mantener así el equilibrio en la postura. Sus ojos se fijaban en el rostro ajeno, su mano ascendiendo lentamente hasta que alcanzó su cabello, apartando algunos de los flequillos rebeldes que se encontraban allí. Ahora sí, sonreía con cierta diversión, encontrando al fin el flanco que buscaba para no solo contratarlo, sino acercarlo más, verlo más. ¿Por qué? Porque se sentía extrañamente cómodo con ese hombre y, con semejante actividad, quería tener más de un encuentro, por supuesto.
—¿Qué me dices si yo te contrato, querido nómada? Por supuesto, no sería gratis.
De sus dedos se iban deslizando los largos cabellos del hombre, con cuidado, delicadeza, sus ojos fijos en él cuando lo escuchaba formular la pregunta. —No suelo pensar en lo que uno parece… — más que nada porque solía investigar antes, pero eso lo dejaría como un secreto. Sin embargo, se tomó un capricho, descendiendo su rostro, besando ahora un lateral de su frente, donde podía alcanzarlo. —Pero si tuviera que elegir, te diría que pareces alguien que normalmente está preparado para lo peor, y eso me gusta.
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Quería reír un poco, pero no era justo: El sabía muy poco de mi como para que supiera que esa pregunta está de más. Por lo que solo pude negar ante su pregunta, colocando mi brazo sobre el suyo. — No, no lo hace. — Y le sonreí ligeramente, alzando el mentón para poder mirarlo. — Si me asustara el peligro hubiera rechazado tu invitación ¿me entiendes? — Suspiré, antes de regresar a mirar al frente, un tanto pensativo ¿Cómo es que lo que sería un simple deseo terminó en esto?
—En realidad no me importa si me juzgas… Lo hecho está hecho y nada va a cambiar. — Solté con cierta amargura, soltando su brazo, pero sin moverme de su cercanía, cerrando ligeramente los ojos. Odiaba este sentimiento, como si algo fuera a romperse pronto: Si el fin de mi suerte, de la calma, se disipara en medio segundo. Mi propio fin respirándome en la nuca. Algo de lo estaba seguro que pasaría pronto, pero en el que no anhelaba arrastrar a nadie… Me quitarían el momento de gloria y soy el único que merece la luz por mis propios pecados.
Hasta que, su cercanía me sacó de mis pesados pensamientos, volviendo a concentrarme en el hombre: Incluso podría decir que disfrutaba su compañía sin relación a lo sexual… ay no. Me incliné un poco más al sentir su tacto sobre mi rostro, solo volviendo a concentrarme en sus palabras cuando escuché su propuesta ¿Contratarme? ¿Cómo qué? ¿Para qué? No era un prostituto ¿Tal vez había concluido ello? —¿Contratarme? Si… bueno, No me dedico a la prostitución, aparte ¿Te hubiera cobrado antes si ese fuera el caso? ¿Qué mierda dices? Podemos hacerlo gratis, imbécil, también lo disfruté, es un trueque justo… ¿Por qué pagarías para metérmela… para que te la meta… ambas? — Sentí mis mejillas arder con clara “molestia” Claramente precipitándome cuando ni siquiera dijo que en qué consistía el trabajo.
Rápidamente me vi distraído por sus encantos, oh, pero que tritón: Usando sus palabras como arma, por suerte yo sabía jugar sucio; Giré el rostro en su dirección, dejando un suave beso sobre sus labios esperando a que se alargara. Si esta noche iba a terminar pronto, al menos que terminara como la mejor de todas. Al terminar el beso lo abracé, bostezando. —Puede ser… ¿sabes? Tal vez eso… o tal vez soy peligroso… Tal vez cometes un error y tal vez desaparezca con una de tus botellas de alcohol mientras duermes…— Murmuré bastante cansado, mierda, no quería ser el primero en quedarme dormido.
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