❝ ¡Vamos! ¡Que ya me huelo la sal, chati! ❞ [ FIC ;Pasado. ]
#1
Día 46 de Invierno, Año 16.

Sin duda, esto es una mierda. Nunca ha sido amigo del frío y, por esa razón, ha tenido que ponerse no solo la chaqueta, sino también un jersey debajo. Es azul y no desentona con su estilo, aunque no le hace ninguna gracia, sobre todo porque siente que está aplastando al pollito de la camiseta. En cualquier caso, no queda otra; salir de la zona cómoda suele implicar cierta incomodidad, y más si se trata de comenzar una aventura que lleva demasiado tiempo aplazada.

El frío se deja notar desde el primer momento y a Shirel no le gusta ni un pelo. Cruza el umbral de la puerta y bosteza con desdén. Hay poca gente a su alrededor, un detalle que no pasa desapercibido. El paseo matinal resulta escaso en estímulos, aunque se cruza con algún animal por el camino, lo suficiente para recordarle de dónde viene. Siempre le han gustado los pájaros; le atrae esa forma de moverse sin pedir permiso. Aun así, si tuviera que elegir, preferiría ser una piraña antes que una gaviota.

Baja por la calle y, poco a poco, empieza a encontrarse con más gente. No reconoce a nadie, aunque tampoco es algo fuera de lo común; nunca ha sido bueno con las caras y jamás se ha molestado en corregirlo. El viento aparece con más fuerza y lo obliga a caminar pegado a las fachadas, buscando cierto resguardo entre edificaciones modestas, hasta que finalmente cruza hacia la derecha, con el rumbo claro hacia el bar más concurrido de la zona.
Antes de entrar, le llama la atención alguien con un sombrero amarillo que se aleja hacia la fuente. Le arranca un gesto de aprobación. Siempre le ha caído bien la gente que va a su aire y, si además viste de amarillo, mejor aún. Pues no hay dudas al respecto, señoría; el amarillo es el mejor color.

Nada más cruzar la puerta, percibe una tensión que no debería de presenciarse. El ambiente se sostiene en un silencio raro, forzado. El camarero seca un plato mientras mira de reojo hacia una mesa concreta. Shirel no tiene ni un duro, más ya había desayunado una tostada y un huevo, y no tenía hambre, pero sí esa necesidad de hablar con alguien, de empezar a moverse y, por ende, resultaba estar allí. Quiere, además, su propia banda, y no se puede aspirar a ser Capitán sin iniciativa, ni mucho menos sin un puto barco.
El camarero le dedica una mirada más amable que la que lanza al pequeño grupo del fondo, que parece de poca monta. Shirel sabe que son ladrones; no por intuición elevada, sino porque ese tipo de perfil no falla. Gente que roba porque ha metido la pata o porque no le queda otra. El problema es que están discutiendo y todo gira en torno a una partida de cartas. Shirel es un cotilla sin remedio y, como tal, empezaría a preguntar.
⸻Hola, chati⸻el movimiento nervioso con el que el hombre seca el plato es tan evidente que Shirel casi se distrae, aunque logra volver a la situación.

⸻A ver si me entero, chati. ¿Esta peña te da miedo o por qué les miras así? ¿Qué ha pasao’? Dímelo, hombre. Soy un tío enrollao, fuerte y de mar, de esos que se meten en líos grandes. Quiero ser el Rey del fresquibiris y de toda la movida marina, para que nos entendamos.
La sonrisa deja ver sus colmillos y el hoyuelo se marca solo. El camarero lo observa con cautela, planteándose si tiene delante a alguien inestable, demasiado hablador o, sencillamente, a alguien que no encaja dentro de lo habitual.

⸻¿Qué? No, miedo no me dan. Están dando mala imagen y tensan el ambiente. Parece que uno ha hecho trampa y ahora se están sacando los trapos sucios. A mí no me incumbe,⸻se encoge de hombros con honestidad⸻estoy acostumbrado, pero estas cosas siempre acaban mal.
Shirel asiente mientras encaja la información. Tres tipos alrededor de una mesa pequeña, cartas de por medio, una trampa y la convivencia sin estar presente. Con eso le basta para alejarse del mostrador y hacer lo que él considera su primer acto serio de extroversión, aunque también podría llamarse una estupidez con suerte. El camarero lo ve ir y niega con la cabeza. Probablemente piense que Shirel es tonto, y no le falta razón. No es brillante, pero tiene algo que suele jugar a su favor.

⸻¿Qué pasa, chatis? ¿Todo bien, todo correcto? Y yo que me alegro, hombre. Me han dicho que hay movida y he pensado que no podía perdérmela. Por cierto, buen tupé, te queda de puta madre.
La reacción es inmediata. Dos se levantan con intención clara de buscar problemas. El tercero, el del cumplido, se relaja lo justo como para calmar a los demás. A veces funciona.

⸻¿Quién eres tú y qué cojones pintas aquí?

⸻Shirel L. Cariban. Y, no, exactamente, no tengo ni la más remota idea de con quién estoy hablando, pero me interesa. Tienes cara de pegar fuerte y eso mola que te cagas. Quiero montar una tripulación y habrá que empezar a fichar, jé. Aunque, la verdad, no sé si esto va de hacer entrevistas o adoptar peña, pero sin la parte de tutelarla.

⸻No me suenas.
Los otros asienten. Es lógico; Shirel no es conocido por nada relevante. Su mayor logro sigue siendo un doble pedo con eructo incluido.

⸻Normal, chati… Pero, ¡eh!, que hoy me he levantado y he decidido que basta ya, que es hora de tomármelo en serio. Hoy empieza mi vida de pirata. Cero excusas, siempre cusas.
Se hace un silencio incómodo. La declaración, obviamente, les descoloca. A Shirel, en cambio, se la suda. No decir la verdad le parece peor que cualquier consecuencia.

⸻Y entonces, ¿a qué vienes? ¿A reclutarnos?
Shirel parpadea al segundo que habla, no porque sea lector de mentes, sino porque le asoma una carta desde detrás del culo, perpendicular al pantalón. ¡Ese era el que había hecho trampas!

⸻En realidad, venía a que hubiera paz, pero oye, chati, estás pariendo por el agujero, que nada lo ve pero todo lo toca, una carta. Canta bastante y te olerá a culo. Sácatela.
Los otros dos lo confirman con la vista, apartan a Shirel y comienzan a pegarse. Vaya. Bueno, al menos, no lo han metido en medio. El dueño del bar, que también hace de camarero, cierra los ojos y suspira con resignación. Shirel retrocede y observa su entorno. Estupendo, ahora él es el detonante. Los gritos y los puñetazos se escuchan tras la puerta, y a él no le resta más opción que permanecer en el epicentro de una pelea que ha iniciado sin pretenderlo.

⸻Bueno. ¿El baño dónde está? Me estoy meando, chati.
El dueño señala la puerta del fondo, recto, y Shirel se dirige hacia allí, a mear. Ese es el comienzo de su nueva vida y lo peor es que aún tiene que conseguir una mano derecha y un barco. Va regular. Cachis en la mar. Bueno. Quizá en el baño encuentre a alguien útil, pues ya se sabe el dicho y es que las mejores conversaciones siempre resultan cuando te estás sujetando el pito.
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