09-12-2025, 09:02 PM (Última modificación: 10-12-2025, 04:20 AM por Owen Yang.)
15:00
Isla del Karate
Zona Mercante de la Isla
-¡USTEDES DOS! ¡PAR DE CABRONAZOS!-
-¡Elara! ¡Corre, que lo tenemos!-
Siempre era lo mismo en Isla del Karate; Llevaba en la misma una semana (por suerte o por desgracia) desde venir del Reino de Sorbet y, colándose en uno de los tantos barcos mercantes, accedido a unos territorios que, según los agraciados mercaderes que el pelirrojo se topó en su camino, la riqueza allí iba a resultar abundante al estar teniendo una gigantesca movilización de gente: Turistas, personas que decidían mejorar sus habilidades, ciertos estilos de combate específicos que solo se podrían aprender en estos lares y, por sobre todas las cosas, bolsillos llenos de berries para poder saquear a diestra y siniestra. Así, de una maldita vez, Owen podría acceder a tener su propio barco, contratar a sus propios mercenarios y, yendo en travesía hacia el Grand Line, poder alcanzar una de las corrientes que llevaba directamente hasta su objetivo final: Isla Tamanegi.
Owen tenía mucha fascinación con las buenas personas y, por sobre todas las cosas, empatía bestial por quienes habían vivido como él -¡MISERABLES RATAS! ¡SIEMPRE ACTUANDO COMO PARIAS!- y Elara, la cual había conocido en estos días, parecía tener exactamente el mismo objetivo que él en una primera instancia: Sobrevivir en los hostiles Blues. El pelirrojo tenía perfectamente claro "qué podía y qué no" en su territorio, su isla natal, ¿Pero aquí? Las reglas no solamente eran completamente diferentes, sino, que el filtro y densidad de las personas era absolutamente distinto al que estaba acostumbrado, simple y llanamente, porque no todo el mundo es capaz de poder pasar el Grand Line -¡Ven!- el chico corría en dirección a la arquera que estaba mucho más lejos que él pero, atrapándola y tirando de su muñeca, el ratero (Que ya se había aprendido los recovecos de buena parte de la isla) le sonrió con esa malicia tan característica con esos ojos celeste brillante, mirándola fijamente en esos turquesas y de iris tan distinguida de la chica y, con un tirón, comenzar a correr. En su mano contraria (Y desocupada) yacía una flecha, una con la que colgaba una bolsa marrón justo desde su punta y estaba atravesada de manera tan perfecta e idónea que parecía forzosamente puesta allí, pero no: Fue la muchachita, y su absurdamente buena puntería.
"El dúo pelirrojo que azotaba Isla del Karate", bueno, la chica resultaba ser muy amable, amigable y sincera, el opuesto total al que era el disparatado, mentiroso y estafador de Owen Yang, ¿Tal vez, por eso, eran una dupla tremenda?
-¡Tú solo déjate guiar!-
Porque ella debía confiar en él y en su juicio, más aún, que habían buscado enrriquecerse juntos para, así, cumplir sus sueños. Le exclamaba en voz alta mientras muchas de las personas, observando a dos chicos correr y teniendo una tonalidad de cabello tan llamativa y un aspecto tan destacable, ciertamente, fuesen dos luces dentro de un fondo negro.
Luego de correr un buen rato sin siquiera soltar a la muchachita de su muñeca, Owen se detuvo -...agh...coño, nos persiguieron más de la cuenta.- un recoveco, callejón, sin demasiado aspecto tentador, los mantenía escondidos en una oscuridad tan difusa como complicada de ser rastreada. El muchacho, con ambas manos sobre las rodillas, encorvado y jadeante, buscaba recuperar el aliento luego de haber estado saltando, esquivando, empujando a una vieja, reventando una caja y maldiciendo en varios idiomas -Eres impresionante, Ela.- porque así le decía, era más fácil; Elara hacía que la lengua pudiese trabarse. Ya enderezado y con la diferencia de altura pequeña que les dividía, a un metro de sí, sonrió con malicia mientras fruncía el ceño -¿Cómo es que tienes tantísima puntería?- preguntó con emoción, absolutamente anonadado porque, realmente, la chica de cuernos (De los cuales aún no le había preguntado la razón de los mismos) parecía tener unos ojos que todo lo ven, todo lo detectan y a todo dan en el blanco, sea lo que sea.
Alzó la flecha que yacía en su mano, colocándola justo delante de ambos. El tintineo de las monedas, ¡SHIK!, retozaba en cuanto la bolsa de alzó de repente frente a las narices de ambos -Y con esto completamos el plan A de lo que vamos a hacer.- sonrió, efusivamente, mostrando esos colmillos largos que tanto le caracterizaban. Él siempre pensó que tenía que ser de alguna raza extraña o algo diferente a la humano, principalmente, porque sus caninos resultaban ser mucho más grandes de lo habitual. Se aproximó hacia la pared, en aquel rectángulo oscuro, algo maltrecho y descuidado en el que se encontraban y, haciendo una imitación de lo que ocurrió, repitió aquel plan que habían efectuado con éxito -¿Cómo hiciste para darle desde treinta metros de lejos?- no le quitaba la mirada de encima, aunque sus ojos, llenos de luz y curiosidad, como los de un niño, iban hacia la flecha puntiaguda -Y, encima, eludiendo darle a nada más que a la bolsa. Al final, tuviste razón: "Quédate justo donde la bolsa va a quedar clavada", predijiste absolutamente todo, tía.- y, volviendo a aproximarse con esa expresión maliciosa que tanto le caracterizaba, llevó ambas manos hacia la cintura, haciendo que el ¡SHIK! de la bolsa de berries volviese a aparecer -Este fue el plan A, y acertaste de putos locos. Ahora me toca a mi el plan B.- su sonrisa, ahora, era ladina, provocadora, frunciendo solo uno de sus ceños.
-¿O acaso te vas a echar atrás con que entremos a robar en la casa de esos gilipollas elitistas? Que no se me vaya a caer una ídola, Ela.-
Atributos Personaje
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-¿Es que acaso tú no me dejarás ningún segundo de tranquilidad?-
No sabía cómo había pasado, pero Elara terminó por ceder igual. Owen siempre se las rebuscaba para meterla en problemas, algunos más sencillos que otros, pero la pobre Elara siempre terminaba buscando la manera de poder salir adelante, aunque claro, también estaba el ánimo del pelirrojo que siempre se le ocurría cada estupidez, peor que la otra, pero al menos no era algo que ella lo considerase malo. Es más, siempre teerminaba aceptándolo debido a que le gustaba muchísimo poder compartir con él. Quizás el motivo principal era poder conocer "el mundo" que siempre se le fue tapado, o al menos que lo veía de una manera distante.
Pero todo esto pasaba porque Owen tenía esa habilidad, esa muy maldita habilidad de poder arrastrarla a su ritmo como si el mundo tuviera todo el sentido del lugar cuando los dos iban juntos. Y, claro, Elara no era precisamente la persona que sabía decir que no cuando alguien la miraba con tanta determinación y también convicción. Mucho menos cuando ese alguien le sonreía con esos colmillos largos y esa malicia tan suya que, de alguna forma que ella no lograba explicar, nunca la asustaba. Todo lo contrario, siempre la motivaba a poder seguir adelante a pesar de que todo fuese demasiado complicado. Ella siempre estaría dispuesta a todo.
Mientras los dos estaban corriendo, ella apenas podía pensar y procesar todo lo que estaba pasando. Entre el dolor que le dejaba la presión en la muñeca, el sonido de los gritos de los hijos de perra que venían siguiéndoles y la pobre respiración agitada que ella estaba sosteniendo, Elara solo lograba seguirle el paso al pelirrojo, aunque sus alas de alguna manera se tensaran cada vez que doblaban por una esquina, saltando, escalando, esquivando, y un montón de maniobras que ni ella misma se imaginaba lo que había pasado. Era torpe para todo lo que estaba pasando, pero de algún modo, estaba divirtiéndose.
Era casi de milagro que ella no esté chocando con las cosas, o cayéndose. Quizás era la buena suerte que traía Owen consigo.
Ella sabía que las cosas que estaban pasando eran un poco complicadas, y que cualquier error en falso podría ser sumamente perjudicial para ella, pero al menos lo vio como algo tranquilo. -¡Owen! ¡Cálmate! ¡Van a atraparnos esta vez!- Elara ni siquiera sabía si estaba hablándole por los nervios, o porque realmente sentía que iban a terminar muertos en cualquier callejón, y ella no pensaba ni mucho menos quería terminar en una situación así. Pero, como siempre, él no la escuchaba o no quiso escucharla, quién sabe, ya que él también era un completo misterio. Y al final, cuando por fin lograron detenerse en ese recoveco de oscuridad, ella quedó completamente sin aire, le costaba respirar, mientras que apoyaba una mano en la pared porque sentía que las piernas le temblaban y se iba a tropezar. Había sido todo un gran caos, pero algo que ella siempre pensaba en que no se iba a dar por vencida por mucho que fuese una situación compleja.
-…ah… dios… creo que… me voy a morir aquí mismo…-
La pobre pelirroja apenas levantaba la mirada cuando Owen comenzaba a hablar, porque él si que no parecía afectado, seguramente porque estaba más que acostumbrado a la situación de vivir al extremo en todo lo que hacía. Elara a veces lo consideraba una persona sumamente irritante, pero también lo consideraba una persona fascinante. Le escuchó llamarla con un apodo “Ela” y sintió un pequeño rubor en sus mejillas que la hizo mover sus alitas de una manera contenta, quizás por la manera de poder estar en una situación que para ella era maravillosa. Owen tenía ese algo que era difícil de explicar con palabras.
Cuando él la miró con esa convicción, Elara se sintió algo nerviosa, pero solamente por lo que él estaba pensando en hacer. ¿De verdad harían “eso”? Lo que la hizo tragar saliva un poco nerviosa. -¿T-Tanta puntería? No es para tant… yo solo… solo vi dónde iba a caer… nee~- Mentira, bueno, no mentira. Pero tampoco verdad. A ella siempre se le hacía difícil hablar cuando la halagaban, así que terminaba tartamudeando y comenzaba a mencionar aquella muletilla que a veces le costaba un poco controlar. Y la hacían ver como una chica demasiado tierna, o eso es lo que pensaba. Más cuando la halagaban de esa manera, ella si era muy buena, pero no estaba acostumbrada a que consideraran que ella tuviese una habilidad increíble.
Cuando Owen la trataba como si hubiese hecho magia pura, ella se sonrojó más, mientras que movía sus alitas intentando desviar un poco la atención. -Y-Ya… tienes tu plan A… ¿y ahora quieres… qué cosa?- Ella abrió grande los ojos al escucharlo decir “robar en la casa…” sintió un nudo grande en el estómago. Ella no era una criminal, bueno… técnicamente sí lo era, porque ya estaban huyendo por culpa de lo de la bolsa. Pero esto era más. Mucho más. Otro nivel de problema que nuevamente ella tendría que saber como lidiar con eso.
Owen la miraba como si fuese la mejor idea del mundo, mientras que ella tembló un poquito antes de hablar. -…Y-Yo.. Owen… yo no… n-nosé si sea una buena idea…- un segundo de silencio, dos, y luego inevitablemente, su rendición ante él.
-…pero… si tú dices que… que podemos hacerlo… entonces voy contigo.-
Porque ella siempre terminaba por seguirlo, debido a que él siempre la arrastraba hacia adelante. Porque siempre, siempre, hacía que su mundo se sintiera un poco más grande de lo que ella quizás en toda su vida, creía merecer.
Era impresionante lo tímida que ella podía ser, además de buena. Sí, Owen no era una buena junta, sin embargo, ambos estaban en búsqueda de lo mismo: Su propia supervivencia. El pelirrojo, desgraciadamente, había estado la mayoría de su vida realizando "lo que fuese necesario" con tal de llevarse el pan a la mesa, ¿Pero con Elara de su lado? Todo resultaba ser tan sencillo como efectivo. Su absurda puntería ayudaba a distraer, a llamar la atención y, hasta predecir, mientras que el muchacho más ratero, simplemente, actuaba en consecuencia a sus gigantescos dotes.
Aunque ella se mostraba tan tímida, reacia y asustadiza a la bravuconería y malicia que Owen sí tenía. Dos pelirrojos, uno maldito, y otro benevolente.
-¿T-Tanta puntería? No es para tant… yo solo… solo vi dónde iba a caer… nee~-
-Ela, jamás vi a nadie tan hábil como tú en el arco. No seas humilde que yo no te voy a dejar que lo seas.-
Era excesivamente genuino con ella, pese a que, realmente, él fuese un mentiroso en toda regla; Elara era una joya absoluta y, con la habilidad de ambos, iban a poder salir adelante y que mientras ella decide navegar por todo el mundo, él, cumplir la venganza que viene amasando ya hace meses. El chico le sonreía, aproximándose en esa pequeña diferencia de altura que tenían y, mientras se mostraba tan tímida como enternecedora, comenzó a sacudirle los cabellos mientras esas dos pequeñas alitas que tenía se agitaban ligeramente. La chica siempre iba tan adornada, peinada y cuidada que parecía una ninfa del bosque más que una humana, ¿Humana? Hasta ahora jamás le había preguntado su especie o raza, aunque siempre le había dado una curiosidad gigantesca con esos cuernitos enroscados y pequeñas y blanquecinas alas.
Pese a que Elara siempre resultaba ser tan tímida, la antítesis de lo que era Owen, le seguía a diestra y siniestra a sus desventuras. Él también la seguiría, porque sus sueños, esperanzas y deseos de lograr cambiar el destino que les fue impuesto desde pequeños, ciertamente, resultaba ser algo, incluso, más fuerte.
-…pero… si tú dices que… que podemos hacerlo… entonces voy contigo.-
-Nos haremos de oro Ela, ¡DE-ORO! ¡Necesitamos mucho dinero si queremos cambiar el mundo!-
Y, mientras pronunciaba aquellas palabras, le sonreía con ese entusiasmo que tanto le calificaba, y ella, con ese brillo en los ojos que representaba en un iris tan distinguido como único. Evidentemente Owen sospechaba que ella no era humana en lo absoluto, pero su nobleza era algo que despertaba un instinto enormemente protector en una persona tan tierna y timidona. Llevó su mano libre, aquella que no traía la flecha con la bolsa de berries tintineante, y comenzó a sacudirle ligeramente los cabellos mientras rozaba sin querer esos cuernos sólidos y firmes que traía, como si se tratasen de un alce o reno -¿Estás lista para disfrazarte?- y ahora...la expresión del chico se llenó de una malicia absoluta, teniéndola un metro de distancia. Sus ojos entre-cerrados, cejas levantadas, sonrisa gigante y ladina, porque estaba preparándola física y psicológicamente para la pequeña gran locura que estaba a punto de ocurrir.
-Tú tan solo sígueme el juego.-
15:30
Isla del Karate
Mansión de la dinastía Titlán
-¿Cómo que ustedes dos son las nuevas chicas de la limpieza? Tú no te ves muy chica que digamos, ¿Eres un Okama?-
-¡Para nada, mi señor! ¡Solamente tengo rasgos más masculinos porque me hicieron con mucho cariño! Mire a mi compañera, ella es tan bonita como majestuosa.-
La trampa estaba preparada. Owen, gracias a los excelentes dotes de maquillaje de Elara (Ella que siempre iba tan decorada, ornamentada y levemente pintada) ayudó a tratar de quitar todas las facciones masculinas de un Owen que, con su faldita corta de sirvienta, podían notarse sus musculados gemelos que, por mucha femenidad que pudiese representar su rostro, ciertamente, daba bastante el cante de que no era muy femenino con el concepto más básico de la palabra -Bueno, de todas maneras, al señor Titlán podría agradarle.- la sonrisa de "La Owena" se marcaba, junto con ese labial que resaltaba unos labios mucho más carnosos, sin abandonar esos largos colmillos que tenía de pura naturaleza.
Ambas puertas se abrieron, dando paso a una luz y un lujo tan absorto como impresionante, uno que Owen no había visto en muchísimo tiempo -Se ve que el señor Titlán tiene buen gusto.- mientras que los ojos celeste brillante del chico volaban en direcciones aleatorias, ubicando una atrás de otra reliquias que, esa misma tarde, vaciarían de todos y cada uno de los pisos de esa inconmensurable mansión; Las mesas gozaban de enormes detalles en dorado, con aquel aspecto asiático. Cuadros, pinturas, estatuas, todas que daban una apariencia de puro lujo provocaba, de vez en cuando, entre-cerrar los ojos solo por los destellos que se combinaban de los gigantescos ventanales y el resplandor del reflejo dorado. Una gigantesca y central escalera dividía la planta baja con el primer piso, las tonalidades oscilaban entre el rojo chillón (Igual que el de la cabellera del muchacho "no-muchacho") -Nuestro señor no permite que ingresen trabajadores masculinos a sus aposentos, solo femeninos.- y, mirándolo con el rabillo del ojo, volvió a sospechar de la muchachita pelirrojita, aunque para nada lo hacía de una Elara que calzaba perfecta con su apariencia timidona, tierna y amable con su conjuntito negro y blanco -¿Qué?- el tono de voz del muchacho que buscaba ser ligeramente más agudo de los normal, observó de manera acusadora, como si no fuese evidente la mentira -Sigh,- el amo de llaves, que parecía ser el sirviente a cargo (El único hombre, porque parecía que los hombres iban a ser los únicos "dueños de las cosas"), suspiró con mucha profundidad, inflando y desinflando su pecho -su excelencia no suele tener tapujos ni límites con sus gustos sobre las mujeres. Supongo que valdrán para ello.- porque claro, ellas vendrían a limpiar la casa y nada más, ¿No?.
¿No?
El codo de la pelirroja voló hacia la compañerita a su lado, la cual caminaba a su lado, buscando llamar su atención. Elevó las cejas mientras le guiñaba el ojo, diciéndole, sin siquiera emitir una palabra: "Tu maquillaje funcionó de locos", aunque bueno, eso era lo que estaba en la cabeza de alguien tan retorcido como Owen Yang.
Demoraron muy pocos minutos para ser dirigidas hacia lo que, en cuanto las puertas se abrieron de par en par, era un "salón común para sirvientes". Allí podían divisarse muchísimos objetos: Artefactos de limpieza, ropas, elementos varios y que se mostraban ligeramente más precarios y maltrechos a diferencia de la exuberancia y maravilla de lo que resultaba ser la mansión Titlán -Prepárense. Tomen todo lo que necesiten, su excelencia vendrá en breves para verlas, y aprobarlas.- y, luego de aquel comentario, ¡PLAF!, las puertas se cerraron justo a espaldas de ambos. Un silencio atroz invadió el lugar, uno en donde, ambas, estaban metiéndose en un problema que podría escalar hasta límites insospechados -¡Lo lograste, tía!- emocionado, sonrió, marcándose el carmesí de su labial y sentía el peso y molestia del rímel en sus pestañas al cerrar los ojos -¿Has visto que eres lo más? Tienes que confiar un poco más en ti misma, joder.- hablaba un poco bajito, porque se temía que estuviesen escuchando del otro lado, mientras atrapó una de las manos de la chica y la envolvía con ambas de él -Completamos la parte B. Ahora, queda la parte C:- otra vez, la sonrisa, REPLETA de malicia del pelirrojo, apareció -debemos distraer al Titlán ese y robarle todo.- próximos, uno delante del otro, sus orbes celeste brillante se clavaban en esos iris tan extraños y llamativos que Elara tenía -Dudo que yo le vaya a gustar, ese viejo puto y degenerado es muy baboso, ¿Le gustarán más masculinas?- como siempre, con un léxico propio de las más altas esferas del lenguaje, el chico analizaba la situación mientras llevaba la mano al mentón, reflexivo -No acepta nunca trabajadores hombres, porque necesita babosear y manosear a sus empleadas. Hoy, se le termina la fiesta, ¿Estás lista, Ela?- esa complicidad que ellos dos tenían, explosiva, les traería muchos problemas.
De verdad era demasiado increíble como él siempre estaba buscando la forma de dejarla completamente sin palabras. Owen hablaba siempre con tanta seguridad que le impresionaba bastante, era tan descarado ese hombre, tan de “yo puedo con todo y tú también” que la propia Elara terminaba creyéndole incluso cuando no sabía si debía de hacerlo, pero eso no lo veía como algo malo realmente. Aunque también tenía que pensar de que esas cosas le causaban un poco de nerviosismo, debido a que a pesar de que le emocionaba de una manera que no podía explicarse, también ella temblaba demasiado por dentro. Y eso era algo que quizás el propio Owen podía saber.
-¿Q-Qué…? ¿D-De verdad… yo hice que esto funcionara?-
Mientras él terminaba de halagarla sin ningún tipo de filtro, la pobre pelirroja sintió las mejillas quemándola como si hubiese corrido como diez mil kilómetros más de las que ya ambos habían corrido. Y cuando el retaero empezó a sacudirle su cabellito, rojo, rozándole sin querer los cuernitos y haciéndole vibrar las alitas de la espalda, Elara casi se desmaya del puro nervio. Él lo hacía tan natural que parecía olvidar que ella, básicamente, se derretía por cualquier contacto inesperado que le hicieran a ella.
-¡O-Owen no digas esas cosas tan… f-fuerte…!- Obviamente el maldito no la escuchó, o quizás no quiso escucharla. Con Owen estas cosas casi nunca estaban claras, de momento.
Lo único que ahora mismo ella sabía, es que estaban en una mansión gigantesca, llena de lujos que ella jamás en su vida había visto ni en Skypiea ni en ningún otro rincón de los Blues. Y encima tenía que ella caminar con ese traje de sirvienta que él había jurado que “era perfecto para no llamar la atención” de nadie, aunque obviamente en la mente de él habían no sé… otros pensamientos. Por eso mismo, a la propia Elara sentía que cada centímetro de su piel ardía de vergüenza… era demasiado vergonzoso. No sabia qué decir, pero ya si Owen quería hacerlo, no le quedaba otra cosa más que… intentar hacerlo.
Además de todo esto que estaban haciendo, maquillarlo a él había sido una batalla completamente absurda y también demasiado titánica. Owen pestañeaba cada dos segundos, se movía, se reía, se burlaba, y Elara tenía que andar empujándole la cara con las manos para que dejara de torcer la boca que hablaba demasiado. Que al final quedara tan convincente era un milagro que ni ella misma lograba entenderlo, pero esperaba que fuese lo convincente posible para que todo pueda resultar para mejor. O eso es lo que esperó de alguna manera.
Cuando él la miró de reojo en el pasillo, mientras que ella con un nerviosismo de todo lo que estaba pasando, se sintió un poco más tranquila cuando el maquillaje había funcionado, como si fuese una tarea que la hiciera sentir orgullosa. Elara sintió que el pecho se le apretó, aunque… si bien Owen, o más bien “Owena” se veía hermosa, sabía que la cosas se pondrían un poco más complicadas a partir de ahora.
El comentario del amo de llaves la heló obviamente, ¿cómo aprobarlas? ¿El viejo Titlán las iba a “evaluar”? ¿De qué manera, exactamente? No quería meterse en problemas, pero sabia que teniendo a Owen a su lado las cosas no iban a resultar bien, obviamente.
-¿E-eh? ¿P-Pero qué clase de… evaluación es esa? Yo pensaba que… que sólo íbamos a limpiar, Owen… y luego robar…-
Elara seguramente sabía a qué se metía, por eso mismo ella intentaba mantenerse bien, porque le daba miedo tropezarse con una de los baldes del cuarto de los sirvientes. Sus alas estaban completamente tiesas. El corazón se le quería salir por la boca. Y por primera vez que desde que empezó la locura, pensó sinceramente que había cometido un error gigantesco al seguirlo.
Pero entonces él volvía a hablar, susurrándole casi como si el peligro fuese parte de la adrenalina del momento que tenían los dos. Y como siempre, Elara lo escuchó. Como siempre, su tono de voz la atrapó sin darle tiempo a pensar demasiado. -¿L-Lo logramos?- murmuró, sin terminar de creérselo.
Cuando Owen tomó su mano, envolviéndola entre las suyas, Elara empalideció y se sonrojó todo al mismo tiempo.
-¿L-La parte C…? ¿D-Distraer al señor Titlán? ¿YO? ¿Q-Qué quieres decir con…?- sus ojos se abrieron grandes, enormes, como si hubiera visto a un monstruo. Y tal vez sí lo había visto. El monstruo era el plan. Pero aún con el miedo recorriéndola la espalda, aún con la vergüenza asumiendo que todo podía salir sumamente mal… ella no quiso soltarle la mano.
-Y-Yo… emmm… s-sí… estoy lista… creo. O eso… espero…- cuando Owen sonreía así, como si realmente creyeran que podían cambiar el mundo… Elara no quería estar en ningún otro lugar, que no sea con él.
-¿E-eh? ¿P-Pero qué clase de… evaluación es esa? Yo pensaba que… que sólo íbamos a limpiar, Owen… y luego robar…-
-Claro, Elita de mi corazón. Pero primero, hay que seducirle un poco.-
Era impresionante con la normalidad con la que la pelirroja se tomaba el comentario, ¿Seducir a un degenerado? ¿Era la mejor de las ideas? Elara era TAN tímida, tan penosa. Owen era tan desvergonzado, tan salvaje que, pese a que sepa que corrían ciertos riesgos realizando esta maniobra y supiese que podría salir mal, necesitaban intentarlo; En esa casa existía riqueza para siete generaciones de personas y, si podían gastárselas en un navío fuerte y una tripulación decente, ciertamente, serían formidables. La chica tenía un talento desmesurado, gigantesco, era, para el pelirrojo, la mejor tiradora y la persona con mayor puntería que había visto jamás, pero resultaba ser tan tímida y nerviosa que pasaba demasiado desapercibido.
A diferencia de Owen que, bueno, era un show de fuegos artificiales, estúpido y gritón.
Le había contestado exactamente justo después de que las puertas se habían cerrado detrás de ellos. Debían seguir manteniendo la mentira hasta las últimas circunstancias, incluso, aunque esto contrariara a alguien de tan puro corazón como lo era la pelirrojita de cuernitos enroscados. La escuchaba titubear sin siquiera seguir abrazando la mano de su compañera que parecía no desear estar allí bajo ningún concepto, pero así era Owen: Arrastrando a la mayoría a sus planes que, pese a que la mayoría resultaban ser un desastre, este (En su cabeza) tenía todas las luces y papeletas para ser la mejor idea que había tenido nunca.
-Y-Yo… emmm… s-sí… estoy lista… creo. O eso… espero…-
-Ela,-
Soltándolo de una de las manos, sonrió, realizando la señal de la victoria al cerrar sus puños y elevar el dedo índice y anular formando una "V".
-Yo soy una vil rata, tú eres el talento aquí. La bolsa y el maquillaje ha sido obra tuya, el plan A y B no se podrían haber concretado sin ti.-
Tal vez, esa era la razón por la cual la chica era capaz de poder estar pegada a una compañía tan mala como Owen; Él era una bola de valentía, coraje y autoestima que le hacían parecer un chico totalmente imperturbable e indoblegable gracias a su sencillez de mente. Pese a que él era infinitamente más complejo que todo eso y estaba plagado de inseguridades, jamás demostraría ningún tipo de debilidad mental ante nada, ni nadie. Nada podría doblegarle, ni nada podría detenerle. Nadie lo haría. Nadie-De hecho, tengo demasiada suerte de que me sigas.- y, terminando por soltar esa manita que había abrazado, observó, con aquel rímel espeso y labios pintados, hacia la puerta que yacía justo a sus espaldas -Yo soy el de las ideas, y tú la del talento. Así funciona el dúo pelirrojo, ¿O no?- y, volviendo a sonreírle con la amabilidad con la que siempre trataría a la muchacha, llevó su mano hacia el picaporte. Sufrió un pequeño nudo en el estómago, inevitable, propio de la incertidumbre -Y vamos a necesitar mucho dinero para que te compres el mejor arpa del mundo.-¡IIIIIIIIK!, mientras decía aquello, el tenue rechinar de la puerta que estaba maltrecha por dentro pero excesivamente ornamentada de cara a la suprema habitación de la mansión, les hacía salir a ambas "nuevas trabajadoras" para poder darle cara a su objetivo final: "El señor Titlán".
Un silencio sepulcral invadió la totalidad de la escena, mientras que, "La Owena" sonreía con sus labios mientras mantenía los ojos cerrados y caminaba con algo más de delicadeza y ternura que con la torpeza y heterosexualidad básica que le representaba, buscando obtener una apariencia más dulce "y femenina" pese a que se pudiesen ver sus piernas bastante más cuadradas, musculadas, y gemelos gordos propios de un masculino normativo.
-Su excelencia, aquí se encuentran las nuevas incorporaciones.-
-¿Hm? ¿Con qué autorización han decidido incorporar nuevas trabajadoras?-
En cuanto se reveló aquel quien podría ser el famoso "Señor Titlán", la imagen que Owen podría tener respecto a él cambió tan drásticamente que hasta se le frunció por completo el rostro. Si bien el chico resultaba ser fuertemente heterosexual, las facciones del hombretón que le sacaba una cabeza y que simplemente se había volteado para realizar una pregunta, ciertamente, torcieron el aspecto confuso que el chico podría tener sobre él -Mierda, me lo imaginaba un gordo maldito y asqueroso. Pero su cara parece puto tallado por los mismísimos ángeles.- la boca de la muchacha pelirroja se ladeó, al igual que lo hizo ligeramente con su cuerpo para que, en su balbuceo, Elara pudiese escucharle. Nunca habían hablado sobre las preferencias sexuales de cada uno, pero aquel tipo era un adonis en toda regla, ciertamente, bien avejentado; Rondaría los cuarenta y pico años, ligeramente canoso, de hombros muy anchos y un torso triangular. Incluso, con su sencillo traje y corbata negra podía apreciarse que estaba muy trabajado muscularmente, incluso, con un pecho amplio que lo hacía ver mucho más grande e imponente -¡S-su excelencia! ¡No queríamos faltarle al respeto! Pero...las últimas do- volteó del todo, tenía una presencia abrumadora -Sólo te había hecho una pregunta, Illamo. Respóndela.- le interrumpió, con ambas manos en los bolsillos. El amo de llaves, reducido a mínimos en su aspecto debido a la timidez y el miedo a las consecuencias, se mantenía agachado y temeroso -Con ninguna autorización, su excelencia.- le miraba desde arriba, como quien mira a una cucaracha lista para pisarla -Respuesta correcta.- pero, ahora, desvió su mirada sin siquiera mover uno solo de sus músculos.
Sus ojos parecían fríos pero entre-cerrados. Sus movimientos eran estáticos, como si ser totalmente seductor fuese parte de su propio ser -Ustedes dos.- miró fijamente, con detenimiento a "la Owena" y Elara, con una profundidad y tensión que podría cortarse con un cuchillo -Soy alguien muy...- sus ojos le resultaron completamente incapaces de no dirigirse primero hacia aquellos cuernitos torcidos, luego hacia su cabellera roja, luego hacia esos iris tan extraños y estrambóticos y, por último, a aquellas pequitas que yacían justo debajo del lagrimal. Sí, sin siquiera pensarlo o planearlo, Elara se había vuelto su foco de atención -...exigente.- remató la frase -¿Qué tan exigente, su excelencia~?- la pelirroja decidió interrumpir, generando cierto tintineo femenino en su voz mientras alzaba los brazos y sonreía con esos colmillos que tanto le caracterizaban para interrumpirle; Owen era demasiado perceptivo como para darse cuenta que la atención no estaba enfocado en él, sino, ella. Le preocupaba, porque su compañera era su protegida, pase lo que pase -Cállate.- alzó el dedo índice -Oh.- y, esa expresión tan risueña y juguetona de la "chica pelirroja" se detuvo en seco, mientras se aproximaba hacia ambos y, a medida que lo hacía, la montaña de músculo le obligaba a alzar el cuello hacia arriba debido a la importante diferencia de altura -No me gustan las habladoras. Me gustan calladas.- cada palabra que emitía de su boca expulsaba seducción pura y dura, pero al chico, esto, solo le preocupaba más y más -Puedo hacer lo que usteeeeeeeeeeed me pid-¡PAF!, una cachetada que le volteó la cara al chico y le dejó completamente impresionado, conjunto a un silencio tan atroz como sorprendente -Te dije que te callaras.- la mano derecha del muchacho viajó por reflejo hacia la zona ardiente del impacto.
Cerró sus ojos y respiró con MUCHA, mucha profundidad, pudiendo escucharse la fuerte exhalación. Debía resistirse COMO SEA al impulso de abalanzarse encima de él y reventarle la cara. Si eran capaces de robarse SOLO UNA de las reliquias que allí yacían serían capaces, incluso, de pagarse una fragata en condiciones -¿Cómo te llamas, chica de los cuernos?- a ella SÍ le dedicó una sonrisa, una juguetona, buscona. También le miraba por encima, pero no con desagrado...sino, con lascivia.
-¿No soy lo suficientemente bonita? Me cago en la puta, si esto sigue así...Elara...podría...tener problemas.-
Para ella no fue solamente la pregunta, ni siquiera el tono. Fue la forma en la que ese maldito hombre la estaba mirando, como si él estuviera de alguna manera evaluando algo que no sabía que si debía existir siquiera, como si cada detalle que la propia Elara tenía, fuera algo que fuese una mentira. Estaba demasiado nerviosa, demasiado inquieta, más aún cuando escuchó la golpiza que le propinó ahora mismo el hombre a su compañero, eso la alteró demasiado. Pero demasiado. Algo que no sabía muy bien qué hacer. Cómo si no supiera realmente que estaba metida en un gravísimo problema, todo culpa de Owen, obviamente. Pero al menos intentaría tomárselo de una manera tranquila y relajada. Dentro de lo posible.
Elara comenzó a tragar saliva, intentando soltar unas palabras, pero era difícil. Más aún cuando el hombre tenía unos pectorales demasiado bien marcados. Algo que la hacía sentirse más nerviosa de lo común. Pero intentaría no alterarse, ni mucho menos. Aún tenía presente la cachetada, y ese sonido fue horrible para sus oídos. No quiso mirar directamente a Owen, porque sabía que quizás él no lo estaba pasando para nada de bien, lo que ocasionó que ella se pusiera demasiado nerviosa. No quería que nada escalara. No quería que todo se rompiera ahí mismo. No quería que él saliera herido por su culpa, por eso mismo, algo tenía que hacer.
—E…Elara…— respondió con nerviosismo, con una voz bajita.
—M-Me… llamo… E-Elara… nee~.—
La maldita muletilla salió por sí sola. ¡Estaba demasiado nerviosa! Era difícil para ella controlar ese nerviosismo que sostenía, pero al menos intentaba arreglárselas por sí sola en todo lo que ella pudiera. Sabía que Owen quizás quería hacer algo, pero al menos tendrían que estar unidos en esto. Y no sabía muy bien si su actuación sería demasiado convincente para el hombre presente. Que ella pensó que sería un desquiciado, pero terminó siendo un chico demasiado guapo. Algo que más complicaba a la pobre Elara.
Sus mejillas estaban demasiado rojas, por lo que bajó un poco la mirada, no por obediencia, si no porque ella sabía mejor que nadie que sí lo miraba mucho, terminaría tartamudeando todavía peor, y no quería tener problemas por eso. Sus alas se movían apenas, un gesto nervioso que no sabía controlar, como si su cuerpo estuviera intentando huir mientras que sus pies estaban clavados en el suelo sin poder moverse. Debido a que no podía dejar solo a Owen en esto.
El hombre se le acercó, demasiado, y eso la alteró bastante. Ella sentía como la respiración se le acortaba, mientras que su pecho se apretaba, y por un segundo pensó que quizá si había cometido un error gigante al seguir a Owen hasta ahí. Inclusive, ella estaba viendo como su vida pasaba por sus ojos. Era realmente una sensación demasiado desagradable, que ella intentaba controlar de la mejor manera que podía. Dentro de lo posible. Claramente. Pero no era algo que ella pudiera saber controlar muy bien.
—S-Somos nuevas…— agregó rápidamente, antes de quedarse muda y que la cosa se pueda poner peor.
—Solo… s-solo vinimos a limpiar… a t-trabajar bien… su excelencia…—
No sabía muy bien sí eso era lo correcto. Pero al menos intentaría tomárselo para mejor. No quería tener inconvenientes, que la cosa se pueda poner peor por solamente callada.
Aunque ella no sabía nada, en realidad. Sólo sabía que ese hombre daba miedo de una forma distinta a la que conocía ella, una que no venía con gritos ni golpes, si no con miradas largas y silencios que eran demasiado incómodos.
El corazón de la pobre Elara latía tan fuerte, que ella estaba más que segura que su corazón se sentía a los oídos de los demás. Pero aún con eso, se quedó ahí, derechita como pudo. Miró rápidamente a Owen, como si buscara sentirse acompañada en algo, mientras que estaba muerta de vergüenza, pero también estaba con mucho miedo.
—Y-yo…— añadió como pudo, intentando resolver la situación. —…Yo puedo… hacer lo que q-quiera… o lo que haga f-falta… en compensación de lo que hizo… m-mi compañera.—
No terminó la frase del todo. Porque ni ella misma sabía que significaba exactamente eso. Solo esperó… porque cualquier cosa horrible podía pasar ahora mismo.
La pregunta venía con demasiadas segundas intenciones, porque la respuesta resultaba excesivamente evidente, incluso, luego de haber lanzado una cachetada que volteó por completo la cara de "La Owena" segundos atrás. Su mirada la escaneó de arriba a abajo, observando cómo la chica, con aquel uniforme, se veía encantadoramente bonita, sumado a una timidez inusitada y repleta de vergüenza. Esa sensación de poder, de subyugación, parecía despertarle un interés inusitado en aquel peliblanco de mandíbula perfecta, marcada y proporcionada -¡S-Su excelencia! ¡Todaví- e, interrumpido, giró su cintura, una que era relativamente pequeña en comparación a sus trapecios y clavícula, los cuales eran anchos y marcados. Solo alzó el dedo índice, con esa mirada asesina, de ojos entre-cerrados -Suficiente, Illamo. No toleraré que vuelvas a abrir la boca a partir de este instante.- era atronador, avasallante, intimidaba pura y exclusivamente con una presencia que se hacía pesada en combinación a su imponente altura. El amo de llaves, avergonzado, se quedó tan pequeño como una hormiga, reverenciándolo a los pocos metros que les diferenciaban. Pero el hombretón, en cambio, solo estaba enfocado en mirar, girándose, de arriba a abajo a la muchachita de cuernitos enroscados.
Él olía el miedo. Owen había conocido a gente así, mucha, demasiada. Gente con un poder económico, social o de contactos tan abrumador que a todo el que no se considere parte de esa "élite" eran considerados como menos. Esos individuos tenían un fetiche muy particular: Gente que sucumba a sus deseos, que se vean forzados a seguir sus anhelos simple y llanamente para tener una-trillonésima parte de lo que tienen. La pelirroja carecía de este, nunca lo había sentido, ya que vivía con él en sus venas desde que tenía uso de razón. Jamás temió las consecuencias de sus actos, los peligros que podría correr, ¿A él? No le importaba lo que le pasase, ¿A Elara? Ahí si no iba a permitirlo. Ella se notaba excesivamente tensa, el rostro del "chique" ardía sin control producto de una bofetada que sonó con fuerzas, y, mientras ella aclaraba la condición de ambas de "ser nuevas y venir a limpiar", el hombretón se regocijaba -Hm. No dudo que vayas a hacer un buen trabajo.- Parecía ignorar olímpicamente a Owen, ¿Acaso sabía que no le temía? ¿O será que los grandes gemelos masculinos del muchacho no despertaban ninguna pasión en el adonis?
-Oye, estoy aquí.-
El hombretón se arqueó, llevando ambas manos en la cintura e invadiendo el área de espacio personal de una Elara intimidada, tan nerviosa y envuelta en el pánico que, eso, parecía tentarle al tipo cada vez más.
—…Yo puedo… hacer lo que q-quiera… o lo que haga f-falta… en compensación de lo que hizo… m-mi compañera.—
-Si quieres compensar a la reventada y desagradable de tu compañera,-
-¡OYE!-
-deberás acompañarme, ahora mismo.-
Su mano, como si fuese una serpiente, viajó hacia la de la derecha de una Elara completamente envuelta en un velo de pánico. El corazón del pelirrojo sufrió un vuelco en el instante que observó la situación -¡!- y, desviando su mirada llena de rímel, fue hacia la mano libre de su compañera, la derecha, intentando tirar de ella un poco -¡AY! ¿No deberíamos volver al cuarto donde están todos los artículos de limpieza primero?- tiró de ella, en un forcejeo donde su ceño se frunció y mostró parte de la verdadera faceta de Owen Yang, esa desafiante, prepotente y territorial -...- y la expresión que parecía querer volverse cada vez más poderosa del hombretón, el señor Titlán, se desvaneció en una seriedad inusitada, casi la misma que tuvo al inicio. Soltó a Elara y, girándose, observó a la pelirroja con amplio desafío -Suéltala a la una,- ambas miradas, profundas, en combate, se amenazaban mutuamente -a las dos,- pero Owen, en el fondo, sabía que necesitaban seguir con su plan. Jamás permitiría que le ponga un dedo encima a Elara, bajo ningún concepto...pero debían seguir con el plan, y él lo sabía -A las- y antes de que siquiera pudiese pronunciar el número final, la muchacha menos agraciada soltó del agarre a la chica con suavidad. En el proceso, no le quitó ni un solo ápice de segundo la mirada a un sujeto que no le movía ni un solo pelo, porque NADIE iba a doblegar a Owen Yang.
-Menos mal que no terminé de contar. Tú no me interesas. Elara sí. Vete por donde viniste, ahora.-
-No me gusta este putísimo gilipollas.-
Parecía que ser hermoso no significa ser sinónimo de buena persona, y eso, Owen, lo sabía perfectamente. Ya no le importaba ser descubierto, así como al señor Titlán, para nada, revelar la trampa en la que habían intentado meterle (Y que se notaba a leguas que la había descubierto y estaba usando a su favor) -Ven conmigo.- y, con un tono sereno, firme pero decidido, comenzó a arrastrar a la chiquilla de cuernos torcidos hacia los interiores de sus dominios. Aquel muchacho maquillado y disfrazado de sirvienta observaba cómo las distancias entre ambos se iban ampliando, alejándose mientras ella era arrastrada con algo de fuerza, atrapando su muñequita en esas varoniles manos y sus trapecios, viéndole la espalda, se movían acompasados. Los ojos celeste brillante indicaban una sola cosa: "Iré a buscarte.", solo quedaba proseguir con...la locura en la que se habían metido.
Luego de unos escasos minutos, el señor Titlán y Elara, con Owen desaparecido de la escena, habían llegado a dos puertas de madera oscura, surcando un extenso pasillo con la misma tonalidad y tenuemente iluminado por ventanas no demasiado grandes. Era una puerta visible, notoria, pero difícil de alcanzar por lo intrincado que había sido el camino hasta ella, como si no todo el mundo pudiese acceder a la misma con normalidad. Llevo ambas manos hacia cada picaporte y, empujando, el adonis empujó las mismas para permitir que la iluminación dejase ver qué se encontraba del otro lado.
-Tendrás que hacer una limpieza exhaustiva.-
Una pregunta curiosa podría pasar por la mente de cualquiera que pudiese un solo pie en aquel lugar, ¿Dónde habría que limpiar, si el lugar, de hecho, se veía limpio, pulcro y perfectamente acomodado? Tanto que hasta parecía haber sido recientemente limpia...ah, pero en su frase, el señor Titlán jamás aclaró "sobre qué habría que hacer limpieza". Él buscó empujarla hacia adentro del recinto y, pudiendo escucharse el ¡CLICK-CLACK! de cada una de las puertas, quedaron, ambos, dentro de la misma -Como te comentaba,- comenzó a acercarse a la cama, llevando ambas manos hacia la corbata y ladeando el cuello, como quien intenta liberarse del ludo del mismo -no me gustan habladoras, aunque depende del contexto.- mientras le daba la espalda, seguía con su charla -No te preocupes por tu amiga, mi amo de llaves se encargaré de ella,- y, girándose, se vio cómo los botones de su camisa blanca se estiraban, producto del movimiento de buscar sacarse aquel traje negro que le envolvía el cuerpo y, así, marcándole de forma más erótica unos pectorales que, de primera instancia, podían notarse -y yo me encargaré de ti.- parecía que no iba a aguantarse en lo absoluto, mientras el sonido de la tela del abrigo golpeaba golpeaba el viento y caía, aproximándose, con lentitud, hacia ella -Así que harás lo que haga falta para evitar que a tu compañera le pase algo, ¿No?- y, con sus fornidas y marcadas manos, alzó el mentón suave, fino y marcado de la muchachita de tres pecas debajo del ojo izquierdo, alzándoselo -Tendrás que empezar desde ahora.- porque, efectivamente, parece que "el servicio de limpieza" era una fachada para los morbos, como es costumbre, de los que tienen más poder -¿Qué se dice?- aquello sonaba a una orden, una que parecía querer responder a una frase concreta: "Sí, su excelencia" -Como te portes bien,- y, con un poco de fuerza, movió su cabeza, pudiendo observarle la arteria carótida marcarse al igual que los tendones del cuello -tendrás mucho más trabajo de limpieza. Todo el que quieras. Jamás había probado a una Skypean.- porque, al parecer, el sujeto, incluso, tenía el conocimiento de la raza de la chica que ni el mismísimo Owen sabía.
Con un sutil movimiento, se giró, empezando a invadir el espacio personal de la muchachita y, de espaldas a la puerta, comenzar a empujarla hasta llevarla a aquel mullido colchón colorido y de sábanas rojizas. Estiró su mano izquierda y, con fuerzas, buscó derrumbarla sobre el mismo, teniendo su abrigo negro de lado. En el proceso, empezó a desabotonar los botones de sus muñecas, evidenciando, aún más, sus intenciones -Y parece que querré probarte aún más.-.
-Te vas a enterar...puto gilipollas.-
Una voz, muy suavemente, pudo escucharse desde el patio. No debía ser nada, probablemente los vientos del norte.
El corazón de la pobre Elara estaba a todo dar en estos momentos, debido a que se angustió demasiado cuando escuchó aquella orden. Estaba demasiado preocupada sí es que Owen estaría bien, o si esto sirviera para ganar un poco más de tiempo, pero… pero… la situación estaba escalando a algo que ni ella misma pensó en primer lugar. No lo sabía. Pero de algún modo, ya estaba allí, sin saber que tenía deparado su destino para ella. Elara se encontraba demasiado indefensa, debido a que Owen ya no estaba. Tenía terror, y también tenía culpa. Él estaba allí por ella, y ella no podía hacer absolutamente nada.
¿Acaso Elara no podría hacer nada? ¿O podría hacer algo? Esto era un misterio que ni ella misma sabía como descubrirlo. Pero sea como sea. Intentaría de alguna manera seguir adelante.
Las palabras de Owen le llegaron profundamente. Sabía que su compañero no la dejaría sola, no la dejaría abandonada, sobre todo cuando él siempre se caracterizó por ser de las personas que nunca abandonaban a sus amigos. Podrá ser un criminal, sí, pero es alguien que siempre está para defender lo que es injusto. Pero Elara no sabía sí tenía la capacidad de poder hacer algo para poder ganar un poco más de tiempo. Ella tenía que pensar lo más rápido posible, sin cometer ningún tipo de error. O algo que pueda llegar a perjudicarla.
La rabia de Owen era justificable. Mientras que sentía la mano firme de ese hombre llevársela a un lugar que no sabía si podría volver a mirar la luz del sol nuevamente. Elara ya no oponía resistencia, sintiendo cualquier movimiento que ella hiciera, o al menos buscara el poder intervenir, para pedirle ayuda a Owen, sabía que eso terminaría por perjudicarlo.
Pero Elara no sabía qué es lo que podía hacer para solucionarlo. Para poder resolverlo.
Mientras caminaban por el pasillo, sus alas temblaban incontrolablemente, y su mente era un torbellino de ansiedad. Las puertas de madera oscura se abrieron, revelando una habitación que, irónicamente, se veía impecable.
—T-Tendré que...hacer una limpieza... ¿exhaustiva?— pensó para sí misma, con la voz apenas un susurro inaudible. La puerta cerrada la hizo alterarse bastante, no sabía qué es lo que podía pasar. Si bien se sentía completamente avergonzada, debido a su debilidad hacia el sexo masculino… pero ella estaba demasiado asustada, estaba con pánico al procesar las palabras de Titlán, salvo por las últimas.
Sentir su mentón alzado con la presión de aquellos dedos tan fuertes que tenía el hombre, escuchar la mención de su raza, la hacía sentirse demasiado expuesta y también vulnerable. ¿Acaso él tenía “ese” tipo de intenciones con ella? Se alteró demasiado, su pecho estaba demasiado apretado… demasiado… era horrible su sentir. La vergüenza y el miedo estaban combatiendo internamente en su mente, lo que hacía que ella no supiera como reaccionar a tiempo. ¡Tenía que hacer algo! Tenía que… de algún modo, hacer algo. Ganar algo de tiempo. Lo que hacía que Elara intentara de algún modo, escabullirse de ello.
Ella era malísima mintiendo, pero al menos tenía que hacer algo creíble. —Y-Yo...y-yo... s-sí, su e-excelencia...— Logró musitar, las palabras temblándole en los labios, los ojos aguándose, incapaz de mirarlo directamente a los ojos. Estaba muy asustada, pero al menos sabía que quizás podría ser algo más creíble esto. Estaba claro que lo sería.
Cuando él la empujó hacia la cama, ella se paniqueó muchísimo. Estaba sintiendo que todo se iba a ir a la misma mierda, por eso no podía quedarse ahí. ¿Dónde estabas, Owen? Se angustió, mientras que buscando la manera de ganar algo de tiempo, Elara extendió la mano hacia el hombro de Titlán, como si fuese un intento inútil de poder detenerlo.
—N-No... n-no, por f-favor... yo... yo... ¡Yo l-lo hago! ¡L-lo que quiera, pero d-déjeme l-limpiar! ¡L-Le prometo que l-lo dejaré r-reluciente, nee!—
Su voz se quebró al final, y las lágrimas de la impotencia y el miedo comenzaron a resbalar por sus mejillas. Estaba temblando incontrolablemente, sus alas plegadas y muy tensas. No sabía si sus palabras tendrían algún efecto, pero era lo único que se le ocurrió. Tenía que detenerlo. De como de lugar.
—Y-Yo sé... ¡Yo sé dónde e-está lo s-sucio!— exclamó, con un hilo de voz, señalando con la cabeza el traje negro que yacía en el suelo. —S-Su t-traje, su excelencia... t-tiene que estar... ¡p-pulcro! ¡L-Le prometo q-que lo d-dejaré perfecto!— sentía el cuerpo de él encima. Era demandante… pero no podía. No podía dejar que ese hombre la tocara.
La expresión de terror de la mujercita era algo que el señor Titlán estaba adorando, casi babeando, saboreando cada milímetro de aquella mujer que poseería en muy breves instantes; Era un degenerado con los pensamientos más atroces que uno podría ocurrírsele. Un tipo que, debido a su poder económico y ligera influencia, se creía estar un peldaño por encima de una cantidad abrumadora de personas como lo podía ser Owen o la propia Elara. Ellos no podían tener deseos, aspiraciones, potestad y su aspecto, pese a ser abrumadoramente bello, escondía una pútrido ser humano que solamente quería probar la carne, incluso, de alguien tan hermosa como lo era la pelirrojita disfrazada de sirvienta.
—N-No... n-no, por f-favor... yo... yo... ¡Yo l-lo hago! ¡L-lo que quiera, pero d-déjeme l-limpiar! ¡L-Le prometo que l-lo dejaré r-reluciente, nee!—
-Esa...esa es la cara que me gusta, esa misma.-
El rostro de terror de Elara parecía generarle ciertas reacciones en su cuerpo, imponiéndose aún más, invadiendo el espacio personal de una chica que, tumbada en la cama, él se ponía delante de la misma, incluso, bloqueándole cualquier tipo de salida posible. Su cuerpo, agazapado, comenzaba a trepar sobre la cama mientras la iba arrastrando hacia atrás, colocando primero la rodilla izquierda, y luego, la derecha. La veía llorar, suplicar por perdón, por buscar cómo detenerle. Esa sensación de subyugación, de imposición forzada, aquello estaba haciendo que el señor Titlán explotara con un gusto azotador -Todavía no sabes dónde está lo sucio.- susurró, clavando esos orbes tan apagados, seductores y algo atroces sobre ella, pensando en lo peor sin ninguna consecuencia moral -Tú serás lo que quede sucio. La sucia.- y, mientras su cuerpo se arrastraba y llevaba con fuerza su mano derecha hacia el cuerno izquierdo de la muchachita, liberaba su cuello, haciendo que este se relama los labios -Tu trabajo de limpieza comienza aho-
¡¡CRASHH!!
-¡AQUÍ ESTOY, PUTÍSIMO GILIPOLLAS!-
La ventana que yacía a la derecha de Elara y a la izquierda del señor Titlán, repentinamente, se había cubierto con una sombra negra, blanca y roja que fue incrementándose hasta impactar contra los cristales de la misma, generando un fuertísimo y sonoro estruendo donde volaron trozos de vidrio en direcciones aleatorias, empapando el entorno rojo y dorado en reflejos provocados por el creciente sol radiante de Isla del Karate -¡¿Q-QUÉ COJONES HACES?!- el hombretón, sorprendido en demasía, llevó su brazo izquierdo para intentar protegerse de cada trocito resplandeciente y que este no le dañase y esto, evidentemente, no evitó que el cuerpo del pelirrojo se abalanzase hacia el de él, derribándolos a ambos y comenzando a rodar. Owen, al mismo tiempo, parecía tener algo en su mano derecha y sostenía su falda blanca y negra con la izquierda, evitando que la misma se le quedase enganchada ya sea en los trozos restantes del ventanal o en cualquier elemento de la habitación -¡AGH!- y, rodando unos metros y sufriendo varios de los punzantes trozos de cristal clavándose en su brazo y pierna, el pelirrojo (Owena), aún en el suelo, alzó la cabeza con fiereza.
-¡Como le roces el coño a Elara te arranco la polla y te la meto en el culo, imbécil!-
Como siempre, con un lenguaje de letrado propio de las más altas esferas del lenguaje y para nada denotando su enorme estilo barriobajero, Owen, aún con un rímel que le hacía denotar una pestañas largas y decoradas, exclamaba la protección de su amiga mientras buscaba ponerse de pie -¿Qué...has hecho- mientras decía estas palabras, la bola de músculos y pectorales del señor Titlán, progresivamente, iba poniéndose de pie. Podía notarse frustración en su mirar, enojo, tomando uno de los cristales que volaron para aplastarlo con una mano, ¡CRISH!, volviéndolo, incluso, trozos más pequeños sin siquiera sufrir un solo corte, casi como si tuviese las manos excesivamente curtidas. Una gran vena se marcó en su frente, de esas que hacen que el ceño fruncido parezca, incluso, aún más fuerte -con mi amo de llaves?- y, mientras terminaba con sus palabras, una sonrisa provocadora salió de la boca de una Owena absolutamente desafiante, mostrando esos colmillos que tanto le caracterizaban y frunciendo su ceño, de igual manera -Digamos que quedó bien atadito.- y, con un pequeño recuerdo del pelirrojo, podríamos ver cómo el amo de llaves se encontraba atado con algunas de las cortinas de la casa, incapaz de poder pedir ayuda al, también, estar amordazado.
[Flashback]
Owen tuvo, en los minutos posteriores a haberlo atrapado, tiempo suficiente para realizar una mínima exploración en varias de las salas contiguas y escondidas, habiéndole robado el manojo de llaves al sujeto que había amordazado anteriormente. Con una gran velocidad, revisó sala tras sala, hasta encontrarse con una tan ridícula como absurda:
-Creo que sé cual es el premio mayor.-
Aquello era un arpa, una enorme pero excesivamente decorada. Era extraño, muy, mucho, ¿Cómo es posible que exista una diferencia de colores tan gigantesca y nadie la hubiese notado? Era sumamente destacable y evidente y los bolsillos de Owen no podían aguantar semejante avaricia. Tocaba quedarse con uno, y el mejor -Te vienes conmigo.-.
Colgado en su hombro izquierdo, aquella extraña harpa verde se columpiaba hacia los lados y él, a pura fuerza, lo cargaba. No era para nada pesado, tampoco demasiado robusto, era...extrañamente aerodinámico, casi como si tuviese algún secreto detrás. Corrió en múltiples direcciones en búsqueda de dónde podría encontrarse Elara, pero las habitaciones, ciertamente, resultaban ser tan intrincadas como complejas. No podía llamar la atención de parte del personal de la mansión, ya que podría ser detenido antes de tiempo; Aprovechó para, metiéndose en el cuarto de limpieza, observase cómo existía otra puerta más que daba al exterior, típica para poder salir y, por ejemplo, colgar ropa sobre tenderos a secarse. Allí miró hacia arriba, una voz que reconoció de manera total e inminente gracias a su excelente oído. Aplacada y vuelta mucho más grave, producto de las distancias, pudo escuchar perfectamente a la pelirrojita de cuernos enrroscados envuelta en un pánico atroz -Te vas a enterar...puto gilipollas.- y, mientras decía esto, el muchacho, gracias a haberlo hecho infinidad de veces para poder entrar a hurtar en casas en su isla natal, escaló los dos pisos que llevaban hasta lo que parecía ser "una habitación del amor", aunque aquello rozara...lo criminal a toda regla.
[Fin del flashback]
-¡PUTA MISERABLE!-
Y, sin siquiera poder esperarlo, la corpulenta mano del señor Titlán agarró del cuello al pelirrojo que, intentando zafarse de su agarre, apretaba hacia afuera sobre unos dedos que parecían no querer dar pleitesía alguna. La mirada del hombretón, fría y asesina, alzó el cuerpo delgado del chico disfrazado de personal de limpieza -¡Agh! ¡Suelg...joder!- apretando uno de sus ojos y dejando caer aquel harpa verde que, dando algunos rebotes, quedó desplegada en el suelo sobre diversos trozos de cristal de diferentes tamaños -¿Te piensas que voy a perdonar que una miserable como tú haya roto MI ventana?- a cada segundo que pasaba, la estrangulación era mayor, al igual que lo marcado del físico del hermoso hombre macabro -Las putas como tu, ¿Saben como están mejor?- y, repentinamente, apretó muchísimo más, marcando las venas de su mano -¡HIJO DE-AGH!- y, luego del gemido de dolor del pelirrojo, prosiguió:
Elara sabía que estaba en una situación caótica. Eso le dio muchísimo miedo. Ese hombre de alguna manera sabía lo que quería, y la pobre pelirroja se encontraba en una situación que jamás pensó que iba a vivir. Ella cerró sus ojos, buscando quizás olvidar lo que estaba pasando, mientras que su corazón y su mente, mencionaban el nombre de Owen: “Por favor… sálvame…”. Porque la verdad, ella no quería morir bajo ningún motivo.
Pero escuchó el vidrio rompiéndose, mientras que ella abrió los ojos completamente sorprendida. Por un segundo, ella pensó que iba a morir, pero por lo pronto, lo escuchó y lo vio, con esa manera de ser y esa voz que lo hacía hablar tan… “especial”.
— ¡O-Owen! — el grito que hizo Elara, la hizo sentirse segura. ¡Owen había venido para salvarla! Mientras que sentía un poco de alivio, pero también tenía un poco de terror. Porque no sabía que estaba pasando.
El hecho de que Owen interviniera, la hacía sentirse tranquila. ¡Él siempre aparecía en los momentos que más se necesitaba gente! Y eso la hacía sentirse segura de sí misma. Sin embargo, esa ilusión duró nada. El señor no era un degenerado solamente, también era un demonio. Elara vio con horror como ese hombre, que hace un momento quería hacerle cosas asquerosas, ahora levantaba a Owen del cuello como si nada.
El sonido de la estrangulación, ese “agh” ahogado de su amigo, hizo que algo dentro de Elara hiciera click. Ya no era solo el miedo de ella, era el horror de ver a la única persona que se había jugado el cuello para sacarla de allí. Y eso era algo que la propia Elara no podía soportar. Quería hacer algo, no podía quedarse así sin hacer absolutamente nada.
— ¡Déjalo! ¡P-por favor, suéltalo! ¡Nee~! —suplicó, intentando moverse para poder separarlo. No podía permitir que su amigo muriese así como así. No lo iba a soportar.
Tenía que ver como salvarlo. Mientras que analizó todo el lugar, algún objeto, o algo, tenía que hacer algo, cualquier cosa. Pero por lo pronto, su mirada se posó en un arpa verde, extraña… que brillaba… y parecía ¿un arco? Eso le sorprendió. Ese arco como si estuviese llamándola, se sentía… algo extraño. Elara no sabía de dónde sacó las fuerzas, pero se lanzó fuera de la cama para poder caer encima de los cristales, se lastimó y comenzó a salirle sangre, mientras que soltó un gemido de dolor por ello.
Pero ignoró el dolor. Sus manos se cerraron sobre el marco de aquella harpa verde. El tacto era frío, casi eléctrico, mientras que se paró, extendiendo sus alas como si fuera un ángel salvador.
— ¡He dicho que lo s-sueltes! —gritó, aunque su voz seguía temblando.
Se puso de pie como pudo, mientras que su instinto y rabia no querían derrumbarse. No sabía como usar esa cosa, pero era un instrumento y la música de la supervivencia era algo que Elara entendía en este mundo cruel. Sin pensarlo, tiró una de las cuerdas y las flechas que habían, con todas sus fuerzas, buscando que el sonido, la vibración o lo que fuera que tuviera ese objeto, distrajera a Titlán, antes que le rompiera el cuello a Owen.
— ¡N-no dejaré que le hagas daño, Titlán! —exclamó, con las mejillas llenas de lágrimas, pero con la mirada fija en los dedos de ese monstruo que apretaban la vida de su gran amigo.