The Changeling (Pasado — Jin)
#1
Sin importar donde estuvieses, sin importar qué hicieses, así el mar fuese del Sur o ya hubieses cruzado la Red Line para llegar a Paraíso, la única verdad del mundo era que en todos lados la gente moría ¿Verdad? Al menos esa era la verdad para Eros

33 de Otoño del Año 16


Tras sobrevivir por pura gracia del destino a la cacería de humanos orquestada en los Cabos Gemelos por manos de los Tenryuubito, Eros llegó a Whisky Peak acompañado de los Piratas del Cabaret, todavía sin caer en cuenta de cómo su vida se había tornado tan caótica en un abrir y cerrar de ojos. La travesía en el Crimson Stage desde que bajaron la segunda parte del a Reverse Mountain no había sido larga pasando apenas unos días desde que zarparon de los Cabos Gemelos pero si lo suficientemente larga para sumirlo en una situación de introspección que, llegados a éste punto, era habitual en el funebrero. La primer isla del Grand Line, conocida por sus cazarrecompensas, los recibió con el caos habitual de una ciudad que ya se había habituado cabe destacar a los recien llegados que acudían con el rabo entre las piernas o la frente en alto, pero nunca términos medios. Eros bajó del velero que tanto amaba con un andar parsimonioso en su haber, sus ojos ambarinos buscaban el suelo tratando de no dejarse llevar por el ambiente de violencia que rodeaba ésta isla, donde todos parecían cazadores al acecho o presas agazapadas.

Todos en ese mundo eran cazadores, o presas.


Gracias a las manos de Kiyoshi pese a la partida inesperada de Alana su cuerpo estaba sanado en su mayoría y quizás, gracias a esa regeneración natural que los hombres bestia como él tenían. A medida que anduvo por las calles áridas de Whisky Peak no le costó mucho pasar desapercibido entre los cazadores de recompensas, después de todo, no había un Wanted con su cara... aún. Para ellos, Eros no era más que una sombra al pasar o, por su forma de andar, un fantasma más en la Grand Line. A decir verdad no le molestaba en lo más mínimo no ser nadie, ¿o sí? Sabía el coste de la fama en su profesión, a veces te costaba el cuello y muchas veces servía para mantenerte fuera de peligro ¿Entonces por qué había cierto desazón en su haber? No lo entendía, pero muchas veces ni él mismo se entendía.

Y a veces no quería entenderse.


Uno pensaría que Eros no tendría ningún interés más que quedarse en el barco en esa ciudad árida, calurosa, peligrosa y desértica; pero eso no era del todo correcto. Con su andar meditabundo y un tambaleo casi característico de quien camina sin importancia a las apariencias, Eros terminó desviándose hacia la parte menos visitada de la isla por los que pisaban Whisky Peak como la primer isla del Grand Line. Al llegar, en cierto modo, se sintió como en casa nuevamente por primera vez desde que dejo su Baterilla natal pues lo que encontró fue verdaderamente algo conocido, algo amigo. Esbozó una sonrisa poco más que ligera cuando leyó en el cartel de entrada "Sapoten". Era un cementerio, el único cementerio de ese lugar donde proliferaba el asesinato a plena luz del día. Si algo tenían en común South Blue y la Grand Line, es que todos necesitaban un funebrero cerca pensó, pero al ver el estado de éstas tumbas y lápidas entendió que en este caso era una cuestión de necesidad más que de profesión.

Eros podía entender donde se respetaba a la muerte, donde se la veneraba, donde se la entendía y donde simplemente se la ocultaba. Este podía ser uno de esos casos, pues los cadáveres apilándose en la calle serían un problema. Las tumbas eran poco más que tablas de madera superpuestas, cruces, con algun que otro adorno o botellas de licor puestas en honor a hermanos caídos. La mayoría de las lapidas parecían ser honorificas pues no habían cuerpos enterrados ¿Cómo haberlos si todos posiblemente ya fueron entregados a la marina por un precio?

Se detuvo frente a las primeras tumbas, y casi sin quererlo, su mente las comparó con las de Baterilla. Recordó en parte todo lo que había dejado atrás, pensó en cuanta gente estaría muriendo hoy en día sin un sepulturero a mano para enterrarlos ¿Quizás los mismos familiares los estarían enterrando en sus patios? ¿O acaso lanzando los cuerpos al mar? En cierto punto se preocupaba, pero eso era en parte

Porque nadie más lo haría

A medida que sus pasos lo hacían pasear por el cementerio, ese pensamiento que lo hacía oscilar entre un deber abandonado y una sensación tácita de culpa que plagaba su pecho de manera inevitable terminaría removiendo los eventos que hace poco lo trajeron a ésta isla. No fue la exhumación de las tumbas lo que él buscaba, o quizás no tendría que buscarlo tan profundamente en los mares pero tan solo había recuperado tres de las 37 tumbas y su viaje parecía llevarlo aún más profundo. En los Cabos Gemelos cavó una tumba con sus propias manos para Uosan Sakana, un rival que no lo había respetado y, en su momento de muerte, decidió dedicarle una elegía ¿Pero había sido para el gyojin, o para su propia paz? El sepulturero aún no había encontrado una respuesta y, al llevar la mano a su pecho, se aferró con violencia a su ropaje. No era por el calor que se estaba clavando las uñas produciendo un conocido dolor contra su esternón, si no por esa sensación que aquejaba su pecho desde que había asesinado a su oponente.

¿Estaba triste por matar? No. Estaba triste porque su oponente murió sin respetarlo. Algo de él quería gritar, y sin embargo calló. Algo de él quería torturar, quería explotar, quería volver a herir con tal de ser reconocido pues no había nada peor, verdaderamente no había nada peor.

Que tener el orgullo de un guerrero, con el alma de un poeta.


Sus pies se detuvieron de golpe, inspirando con profundidad para buscar acompasar su respiración acelerada y frenar la taquicardia que su furia le había provisto. Desde joven tenía un método, una forma eficaz para calmarse y por suerte, podía hacer lo mismo en ese cementerio. Cuando Eros se sentía abrumado por la vida, se refugiaba entre los muertos. Con soltura se acercó a la tumba mas cercana, una de las cruces de madera mal construidas. Tomó sus herramientas del cinturón, la removió del suelo, separó los clavos usando sus dedos sin dificultad y comenzó a clavarla y reforzarla con ahínco. El nombre estaba casi ilegible pero para fortuna de muchos, o solamente de aquel muerto, el carpintero tenía una gubia y un cincel cerca. Con un par de golpes talló con más ahínco el nombre del difunto, y cuando terminó de reafirmar la lápida de madera, tomó un paño para limpiarla usando una botellita de barniz que traía consigo. Era algo improvisado sí, y nadie se lo había pedido, pero poco a poco comenzó a reacondicionar las lápidas de madera de aquel cementerio.

Porque alguien debía vivir por los muertos

El sol en lo alto lo hacía transpirar, sacándose el largo abrigo negro que siempre traía consigo para quedar solamente con su camiseta de algodón. Arremangó sus mangas, y siguió martillando, cincelando, puliendo y limpiando sin preocuparle nada más que la labor en si misma.
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#2
Terrible desgracia. No era solo que se tuvo que pelear con su jefe por el Den-Den Mushi al llegar a la isla, era también que el condenado barco con el que había llegado con el resto de los tripulantes que hasta entonces lo habían llevado hasta allí se había hecho añicos, pedazos, y ahora tocaba buscar otro método de transporte. Automáticamente Uker había sido una opción. Cualquiera pensaría que estaría bien… cualquiera, por supuesto, menos el propio Jin, sabiendo que era odiado por el hombre, y obviamente la sensación era recíproca, más tras el descubrimiento que se había llevado en Kárate. Nada estaba saliendo como había planeado en un inicio. Todo solo por Hyákinthos, no podía permitirse el lujo de perder a un cirujano como él cuando habían logrado un trato tan bueno, y unas manos tan expertas para conseguir mejor calidad en los “productos” gracias a él. ¿Lo peor de todo? El calor, le hacía sudar demasiado y tampoco quería revelar las heridas que todavía seguían sanando en su cuerpo.

Sí, tenía un serio problema con tomarse antibióticos, siempre había que pelear para que siquiera tomara alguno, sin embargo, pocas veces lograban el éxito, lo que conllevaba a que sus propias heridas tardaran más en sanar en consecuencia, bajo su propio pretexto de “ya se curará solo”. Ahora, además, tenía comprendido que la gente de su propio Clan iba a retrasarse después de haber actualizado la información de lo ocurrido en el viaje hasta allí. Su jefe todavía tenía reservas en su nuevo viaje hasta Little Garden, eso por no mencionar que ahora debía buscar en tiempo récord algún otro lugar donde sus hombres pudieran esconder esos… ejem. Digamos que “desechos”. Era una lástima, ya que el destrozo de la última zona de sepultura había resultado en un saqueo absoluto, todavía buscando las piezas de algunos cuerpos para no ser descubiertos. No había culpado a la familia, y el joven todavía estaba allí trabajando (o eso creía). Ahora mismo se dirigía a uno de los cementerios. Quizás para buscar pistas, o tal vez sencilla y llanamente para encontrar otro lugar al que ocultar más cuerpos.

Con el aplastante calor que estaba dando ese condenado sol, ni siquiera llevaba la corbata puesta, se había desabrochado ya varios de los botones de la camisa verde que decidió ponerse ese día y, a medida que caminaba, se iba retirando el abrigo. El sudor perlaba su cuerpo, no es que no tolerase el calor, por el contrario lo llevaba como una persona normal, pero no le gustaba. Obviamente, estaba todo posicionado de forma estratégica, incluso el desabrocharse, de modo que ninguna de sus heridas fuesen reveladas. Ninguna, por supuesto, excepto las marcas de un encuentro nocturno, algunos por un lado del cuello, otras en su propia clavícula. No había salido sin haber hecho su desahogo nocturno previamente. Por supuesto y, como buen (o mal) vicio, el cigarrillo estaba entre sus labios, el humo se desvanecía en el aire, a medida que caminaba.


Su katana reposaba sobre la funda, en un lateral de su cadera, a medida que sus pasos, lentos y seguros, se adentraban a lo que parecía ser un cementerio en mal estado. Sus vestimenta, claramente fuera de lo que una economía media podía permitirse, no parecía ser un estorbo para él siquiera si se ensuciaba. Sus oídos captaron el sonido de algo. No logró distinguirlo correctamente, pero lo oía. Reconocía quizás el sonido de algún utensilio como sus conocimientos de carpintería. ¿Quién andaba en un cementerio si no fuera por actos delictivos? No es que fuera quién por hablar, pero algo lo hizo ponerse en guardia, instinto, lo llaman.

Sus pasos lo guiaron, procuró ser sigiloso, hasta donde vio a un hombre agachado, posiblemente con el mismo calor que tendría él mismo. No aparentaba ser hostil pero en su línea de trabajo sabía que eso no significaba nada. También que si amenazaba podría ponerse él mismo en riesgo, por lo que sencillamente carraspeó para dar a conocer su presencia antes de abrir su boca. No, todavía no lo reconoció, no de espaldas al menos. 

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—Debería usted tener cuidado con lo que va haciendo si no trabaja aquí.

Su semblante, como de costumbre, no mostraba amenaza, ni miedo, solo una calma característica en él. Tenía que investigar en ese cementerio también, estuviera o no abandonado. A saber, quizás sí fuera el sepulturero de esa zona, pero la familia que recordaba cuidaba mucho mejor las cosas que en ese lugar.
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#3
El funebrero continuó con su labor totalmente eclipsado por la misma sin reparar en el paso del tiempo o las personas que lo rodeasen si iba al caso, ensimismado en la faena y ajeno a todo aquello que no fuesen las tumbas que se había decidido a restaurar. El ritmo de su cuerpo parecía una maquina de relojería calibrada con ahínco por un experto, y en parte así lo era gracias al entrenamiento de su padre. Su mente estaba completamente sumergida en un mundo donde solo valían las maderas, los clavos, el nombre de cada persona que con su gubia tallaba un poquito más, un poquito mejor, y por un momento Eros Focalor dejaba de existir para todos, inclusive para si mismo. No reparó en la llegada del más alto de los dos, la presencia detrás suya bien podría ser un visitante común de aquel cementerio que venía a despedir a un camarada o recordar viejos momentos o inclusive un cazador de recompensas que buscaba aprovecharse de éstos primeros para sacar unas monedas fáciles en un momento de indefensión; nada de esas variables que muchos cotejarían parecía alterar la paz del carpintero que se mantenía atareado, pues su labor no era con los vivos, no en ese momento, sino con los difuntos.

Alguien debía velar por ellos

Cuando se dirigieron hacia él lo escucho, escuchó la voz con claridad pero de escuchar a prestar atención había un trecho. Eros no era precisamente alguien grosero, ni carecía de modales, mucho menos elegía ignorar a las personas de buenas a primeras ni le resultaría irrelevante alguien que tuviese el decoro suficiente para, al menos, reconocer su existencia: Simplemente estaba concentrado, plenamente. Pues cuando la voz de Jin llegó a sus oídos sus manos no parecieron flaquear en ningún momento, puliendo con ahínco uno de los bordes de la cruz de madera en la cual estaba trabajando, soplando y asintiendo para si mismo mientras murmuraba unas palabras que solo existían para él, pues solo tendrían sentido para él y quizás solo con suerte ese sería el caso. Alguien carraspeó, ¿verdad? Un vivo, dijo para sus adentros.

El carpintero de los piratas del Cabaret tardó tan solo unos tres o cuatro segundos tras terminar con la lápida en notar que quizás, solo quizás, le estaban hablando a él. Pues sí, solo quizás no había nadie más, y solo quizás nadie más hablaba solo como él solía hacerlo. Casi por reflejo repitió las palabras en su mente mientras su diestra elegía cual sería su siguiente arma, si siguiente herramienta, con la vista fija en su cabeza. — Si entendiese lo que estoy haciendo, sabría que estoy teniendo cuidado —No era una cuestión de ego, ni mucho menos, no tenía nada que demostrar despues de todo; alguien con suficiente perspicacia o pericia en la lectura de los tonos y las formas podría notar que las palabras del carpintero hablaban de mera certeza, la certeza de un profesional. Una verdad simple como decir el nombre, la fecha o la comida favorita de uno ¿Era pretencioso, soberbio o vanidoso? Muchos apelaban la palabra raro, loco o peculiar pero cuando en su cabeza repitió sus propias palabras sintió un golpe seco a su propia moral. Los nervios recorrieron su espalda, y finalmente se asentaron en su estomago, pues sí, había sonado pedante.

¿Pero no era la locura un síntoma de genialidad?


Súbitamente se levantó del suelo como un resorte, había sido brusco sí, pero más brusco fue el puñetazo que él mismo se dio antes de girar sobre sus talones para dirigir su atención a la persona a sus espaldas, finalmente. Un pequeño suspiro escapó de sus labios, como si tuviese que tomar aire para ganar la determinación suficiente que entablar un dialogo le requería, pero dada su penitencia por la falta de respeto ahora venía la justa explicación. — Me refiero... Trabajar ad honorem también es una forma de trabajar, así nadie me lo pida, eso es una vocación... —Ladeó ligeramente la cabeza hacia la derecha mientras posaba sus orbes ambarinos en el estoico recien llegado. Definitivamente le sonaba, le sonaba de algo ¿Se conocían? ¿Lo había visto antes? No se caracterizaba por su habilidad para socializar, ni para recordar más que nombres inscriptos en lápidas. Siempre había sido un chico que no brillaba particularmente por su intelecto, su memoria o su capacidad deductiva siendo descrito como alguien con más inteligencia física que otra cosa pero eso no lo detuvo de fruncir su ceño sutilmente tratando de recordar; era fácil ver el esfuerzo que estaba pasando por la cabeza del oriundo de Baterilla. Quizás era alguien famoso, quizás era un vecino de la ciudad que ya se había cruzado un par de veces.

Los mares los esparcen, la Grand Line los amontona.


No habían pasado más de tres, o cuatro segundos desde que el muchacho de cabellos purpúreos se mantuvo en silencio observando al recien llegado, pero tampoco tardó mucho más en dedicarle una reverencia sentido agachando la cabeza a la par que ponía la diestra sobre su pecho con cortesía. En reverencia formal se mantuvo quizás otros dos segundos, con sus párpados cerrados y su mejor intento de una sonrisa claramente tímida, y nerviosa. — Lo lamento… cuando me concentro, verdaderamente me concentro. Mi mente solo se puede ocupar en un lugar a la vez, supongo —Era honesto y rápido para flagelarse reconociéndose humildemente imperfecto sin un ápice de vergüenza pues la verdad nunca incomodaba, o así decían.

Tras enderezarse inspiró nuevamente tratando de reunir valor para dibujar una sonrisa que, quizás, fue la parte más dificil de todo ese momento. — Pero cierto es que cuidado me sobra, al menos con estas cosas —Quiso hacer hincapié con la serena honestidad que un profesional podía brindar, tratando de correr el tupido velo que los había hecho dirigirse el uno al otro en un primer lugar, y ya con eso resuelto desde su perspectiva, se desencadenaba otra detonante ¿De donde tenía visto al mayor? Su curiosidad, propia de un hombre que buscaba entender todo aquello que tenía frente a sí, lo llevaría a con cierto recelo entregar lo único que le pertenecía honestamente: Su identidad. — Eros Focalor, recien llegado del South Blue —Aclaró al presentarse ante él, con la debida reverencia que un saludo conllevaba aunque ligeramente más calma que su disculpa anterior, más laxa en cierta forma ¿Estaba declarando que era uno de los tantos recien llegados que causaban revuelo en esa isla? Afirmativamente.

Pero bienaventurados aquellos que nada tenían que esconder
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#4

Arqueó una ceja, viendo al hombre todavía de espaldas incluso cuando había hablado. ¿Quizás no lo había escuchado? Parecía ignorarlo. No planeaba tampoco asustarlo, pero le sorprendía que alguien ni siquiera pareciera estar atento a su entorno. ¿Acaso bajaba así la guardia y no era peligroso para él? ¿O era demasiado inconsciente? Solo un civil podía estar en una guardia tan baja… O eso creía él. Retiró el cigarrillo de entre sus labios cuando al fin recibió una respuesta. Sus ojos se enfocaron en el hombre, que parecía, ahora que se fijaba mejor, estar tabajando.

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—¿Es usted el sepulturero de este lugar?

La pregunta fluyó, sus pasos se acercaron más al contrario, con seguridad, pero siempre manteniendo cierta distancia. No poseía confianzas como para abrirse de ese modo ni mucho menos exponerse al peligro… Y retrocedió al instante. Un momento, ¿se acababa de golpear? Pocas cosas dejaban perplejo al hombre yakuza, pero aquello sí estaba siendo algo nuevo. Sus ojos lo observaban, parpadeando con confusión. Luego solo arqueó una ceja. Lo increíble era que ni siquiera parecía estar afectado por ello… Pero sabía que había visto darse un puñetazo a sí mismo. ¿Se puede saber…?

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—¿Qué hace?

Pregunta seria, en serio, su confusión no hacía más que incrementar. ¿Quizás se había escapado de algún psiquiátrico y estaba confundido? No conocía tanto la isla, apenas hacía poco que había llegado después de todo lo ocurrido y el enfrentamiendo contra Uoichi. Pero hablaba de trabajar como si realmente conociera la labor. ¿Quizás solo era un joven loco que sí trabajaba allí? Y… pese a esa lluvia de pensamientos, estaba viendo al joven inclinarse. Sería tan fácil decapitarlo con la guardia baja… Y no le interesaba hacerlo. ¿Por qué? Sencillo, le mostraba lo que más le agradaba; respeto. Lo dejó hablar nuevamente, dando una última calada a su propio cigarrillo, rebuscando en su propio bolsillo el metal donde apagó el mismo con calma.

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—No se preocupe, joven. Solo venía pensando que podría intentar profanar algo, pero me equivoqué.

Y no sabía si alegrarse por ello o no. Ahora bien, pudiendo apreciar mejor su rostro, los recuerdos comenzaron a aflorar. Vagos, por supuesto, todavía resistiéndose a mostrarse de qué lo conocía, pero sospechando que el encuentro entre ambos no había sido el primero. —Viendo cómo estás centrado, está claro que sabes lo que haces… Pero el estado del cementerio debo admitir que es un poco… descuidado. — Trató de no ser brusco con sus palabras, guardando el metal en su bolsillo, ahora con ambas manos en los de su pantalón. Qué poco toleraba el calor, y sin embargo estaba siendo terrible.

Focalor.

Oh, ya, ahora sí. Ese apellido despertó la pequeña chispa en el vago recuerdo, solo que de una persona algo mayor que él. Elevó una de sus manos, en una media sonrisa maliciosa. No esperaba, desde luego, reencontrarse con el hijo en un lugar así. 

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—Oh, ya veo, con que eres tú…

Descendió la mano, inclinando su torso, al mínimo por lo menos, manteniendo la cabeza en alto. —Soy Onizuka Jin. Conocí a su padre. — la misma mano que había usado para cubrir parte de su sonrisa ahora se estiraba en su dirección. —También acabo de llegar del South Blue.
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#5
En la vida todos nacemos desnudos, y a donde vamos nada nos llevamos pero lo que alguien nunca puede perder es su nombre, su palabra y lo que ello conlleva.

Onizuka Jin


Eros escuchó la presentación del más alto de los dos en completo silencio, no interrumpió y su mirada se mantuvo serena y reflexiva a la par que las palabras se desprendían de la boca del mafioso. Asintió ligeramente con la cabeza al escuchar cómo el otro se presentaba respondiendo con igual cortesía. Su gesto fue breve, algo nervioso por su timidez pero invariablemente cortés pues no sabía otros modos; al menos de momento. Su desconfianza natural en las personas estaba presente, no por sospechar puntualmente de aquel que frente a él venía a acompañar a los muertos, sino porque la mera presencia de un desconocido lo ponía tan alerta como una bestia salvaje lista para saltar en su defensa en cualquier momento ¿Hábitos de la fruta que había devorado meses atrás? No necesariamente, sino más bien hábitos de su ostracismo. Su diestra escarbaba el espacio entre su uña del índice y el dedo, quitándose aserrín inconscientemente mientras procuraba prestarle atención al mafioso. Podía decir que éste no era hostil, al menos de momento, y eso era algo que agradecer en una isla que pertenecía al que desenfundaba más rápido.

Ladeó su mirada hasta una de las tumbas cercanas, hubo un momento leve y casi imperceptible para todo aquel que no buscaba leer los gestos del sepulturero en el cual su mirada se entornó ligeramente al ser inundado por una ligera sensación de melancolía que no solía permitirse en frente de desconocidos, más se volvió palpable cuando su padre fue mencionado. Inesperado sin duda, aunque no necesariamente tan amargo como otro tipo de ausencias que consigo portaba. Su mente trató de hilar fechas, hacer memoria para poder traer el fantasma de aquel que ya no estaba al presente. Tanto había pasado desde su partida de Baterilla que, en cierto punto, podía asegurar que había perdido noción del tiempo y las fechas. El periódico era una buena guía: El 31 de Otoño fue la última vez que lo había leído, y de eso casi un mes había pasado sino un poco más. Sopló el aserrín de su índice, y devolvió la mirada al hombre. — Mi padre murió hace... Un año y medio, aproximadamente —Replicó, más no había dolor en su tono ni duelo alguno, no parecía lamentarse ni estar triste: Solamente le informaba como tendía a hacer con todos aquellos que habían conocido a quien le dio la vida, y un oficio, una misión, una carga.

Pues sería fácil ser santo, sin ser mártir.


Rascó su mentón pensativo, su mirada analítica se permitió medir la distancia entre ambos y el alcance del arma que consigo portaba el mayor. — Si también viene del South Blue, ha de ser por eso que su cara me suena —Supuso con naturalidad a la par que se encogía de hombros, con una serenidad inocente. — ¿O quizás podrá ser por los carteles con su cara y nombre? ¿49 millones? Es bastante alto lo que ofrecen por su cuello, dicen que cuando alguien sale de uno de los mares cardinales con una recompensa superior a 30 millones es porque seguramente van a dar mucho de qué hablar —No estaba juzgándolo de hecho, pero así bien podría parecer entonces Eros levantando la diestra para ondearla de lado a lado cual soldado rendido que flameaba en alto la bandera blanca de la paz, buscando borrar del aire las palabras que él mismo había procurado. — Sin ánimo de ofender, claro está... Yo no tengo lealtad alguna más que los difuntos, si vamos al caso —Dejó salir de su pecho un suspiro, y despues una risita tímida antes de peinar los mechones violáceos de su fleco en un movimiento que respondía más bien a un intento de no golpearse nuevamente.

— ¿Hago bien en asumir que también cruzó por los Cabos Gemelos recientemente? Este pueblo no es precisamente amigable para los piratas y criminales —Añadió girando su mirada hasta las lápidas que con ahínco se había esmerado en cuidar. Bien sabía que más pronto que tarde, volverían a hallarse descuidadas

Pero el olvido los persigue a todos, y no por eso se rinden


Entonces Eros pudo recordar que el yakuza le había preguntado qué hacía en ese lugar, y ese pensamiento fue suficiente para volver a traerlo a tierra así fuese por unos momentos. Carraspeó aclarando su garganta para recuperar el hilo de la conversación, esforzándose quizás un poco de más en esgrimir unas habilidades sociales que, verdaderamente, no venían a él naturalmente. — Ah, si, esto Pues nadie se ocupa de éste lugar, solo apilan muertos sin preocuparse por el cuidado póstumo y ya que pasaba por aquí... —Se encogió de hombros. — Nobleza obliga, supongo. Las viejas mañas, todo eso —Las personas según su padre eran animales de hábitos, y uno de los tantos del sepulturero yacían en el cuidado tanto del que vive como del que no, sin pedir a cambio porque el ejemplo de la generosidad iba a salvar el mundo un día si tan solo se replicaba como las ondas de una laguna.

O eso le gustaba decirse.


Inquisitivo su rostro nuevamente viró hacia un lado con esa curiosidad digna de aquel que todo buscaba conocerlo aunque tímido para hacer las preguntas de buenas a primeras, manteniendo su mirada fija, en demasía quizás, sobre el contrario cómo si buscase un pedazo de hilo que asomase lo suficiente para empezar a desenredar el nudo de sus dudas. Elevó su mirada para contemplar el cielo, teniendo una noción aproximada de cuanto tiempo llevaba en ese cementerio rodeado de muertos sin legado. — ¿Qué hay de usted? ¿Qué lo trae por aquí? —No había tanta desconfianza cómo uno pensaría, quizás era por el hecho de que este conocía a su padre, compartir mar de origen en esa tierra hostil para ambos o quizás el respeto y decoro con el cual el mayor se dirigía hacia él. — Llevo bastantes horas aquí, diría que cinco o seis y es la primera persona que ha visitado este lugar sin contarme —O que él haya podido notar, pero seguro ya tendría un orificio en la cabeza si cualquier otra persona hubiese ido la que lo hubiese sorprendido. Muerto no estaría, eso era seguro

Era un hueso duro de roer
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#6
Un silencio, largo. No podría decir que no era esperable teniendo en cuenta que con quien hablaba no era más que el hijo de aquel sepulturero con quien había llegado a tener pequeños y cortos tratos. No prolongados, no consecutivos, solo pequeños “favores” que pudieron ayudar a que pudieran seguir adelante.

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—Soy consciente de su fallecimiento, joven.

Porque él mismo había ido al velatorio tras su fallecimiento, había visto al joven de reojo por primera vez en esa situación, mas no le inspiró más que sorpresa la situación. Era, desde luego, una sorpresa coincidir en ese lugar… O tal vez no, ya que, a la larga, los dos posiblemente cumplieran en silencio la misma misión. Sin embargo, las palabras y la suma por la que estaba su cabeza fue algo que le hizo entornar los ojos con curiosidad. Instintivamente, su mano se posicionó en la katana, apretando la vaina con firmeza, como si estuviera preparado para lo que fuera a llegar. No buscaba ser hostil y, sin embargo, bajo su experiencia como hombre en el sector de la mafia estaba habituado a conocer los peligros de unas palabras así, incluso si no fuera la intención del contrario. Su rostro, en cambio, no había variado de expresión, como si no se estuviera preparando. Naturalidad en situaciones de tensión, algo por lo que había sido perfectamente entrenado.

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—Parece usted bien informado, joven Focalor.

Por fortuna, la señal del contrario hizo que la sujeción dirigida a la vaina de su katana se aflojara. Bajar la guardia de nuevo de ese modo, darle la espalda… ¿Estaba siendo demasiado confiado o solo un estúpido? Sus ojos descendieron a medida que volvía a revisar las lápidas. —No se equivoca, joven. Hace poco que llegué aquí y, por sus palabras, diciendo que vino de donde viene, no estaré tampoco equivocado en mencionar que también hizo dicho viaje, ¿no es así? — aunque ciertamente no es que estuviera especialmente a salvo. Todavía le quedaba otro viaje por delante. Su mano, finalmente, soltó el arma, ahora reposando con menos tensión en el propio aire. —Soy consciente de ello, por eso no planeo quedarme aquí por demasiado tiempo. Solo vine por pequeños asuntos que tengo que atender… Y por un favor que le debo a su difunto padre.

Cadáveres apilados en un lugar poco cuidado. —Si los nobles tratan así a su lugar de descanso, no quiero no saber qué harán en sus domicilios. Solo dan pie a que criminales puedan hurgar en las tumbas y aprovechar viejos o nuevos cadáveres, saqueos… Si sabe a lo que me refiero. — Sus ojos volvieron, más firmes, en el hombre, ahora caminando con las manos en los bolsillos. Esta vez optó por mantener el cigarro en todo momento en sus labios, el mismo que había estado en la misma mano que no había tenido un solo movimiento hasta ahora. Solo contempló caminó, con la misma gracia que siempre lo hacía, sus ojos fijos en un nombre ya desgastado, la lápida poco cuidada por el tiempo. No había pensado nunca en honrar a los muertos, siquiera aquellos que le dieron la vida, conociendo de sobra el destino final que les esperó.

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—Estoy buscando unos insensatos que osaron saquear algunas de las tumbas que cuidaba su padre.

Entre ellos, algunos cadáveres que había ocultado y, quizás, solo quizás, la posibilidad que más lo empujaba a estar allí; ver si los restos de sus padres habían sido enterrados allí, o en el lugar que viajó años atrás para acabar con ellos. —Cuando vi este lugar, pensé que podría ser una buena opción para esconder lo que busco, o una pista de los responsables.
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#7
El oriundo de Baterilla escuchó las palabras del yakuza con atención y sin interrumpirlo en ningún momento, manteniendo la estoica quietud solemne que portaba siempre consigo como alguien criado entre funerales. Su mirada ambarina se mantuvo atenta aunque su rigidez notoriamente más laxa, no estaba a la defensiva pese a la distancia clara que marcaba entre ambos, pero no fue hasta que el mafioso mencionó el saqueo al cementerio de Baterilla que los ojos de Eros mostraron un interés, un destello de emoción. Si este nombre estaba al tanto de su búsqueda, entonces podría tener nuevas pistas, pero no podía adelantarse a tener un juicio aún, pues bien podría ser uno de los culpables de las mismas. Cómo tal, Eros se calzó sus guantes con la meticulosidad de un tanatopraxista experto. La profanación de tumbas para Eros no era solamente un delito, sino un insulto personal.

Dichoso aquel que no arrastre cruces a sus cuestas.

Eros mantuvo el silencio, e inhalo como si estuviese tomando carrera para hablar. — Lo cierto es que por ese motivo me he dado a la mar —Su tono de voz era honesto, y pese a que no era un hombre de pocas palabras por la velocidad con la que hablaba su voz no se dejaba oír por mucho tiempo. — O algo menos ese era el plan en un principio, pero una cosa llevó a la otra y no podría volver al oficio —Pues ahora que era un pirata no podía volver a Baterilla para entregar lo robado, no aún, y tras hacerlo tampoco es que podría seguir cumpliendo sus funciones como el tanatopraxista del pueblo pues sería ponerlos en riesgo constante de convertirse en un campo de batalla. Ahora era un hombre buscado, y cómo tal había adecuado su vida a eso así tuviese que renunciar al mundo que conocía pero lo cierto era que el honor es el honor.

Pues solo tenía su nombre, y su palabra.

La voz del funebrero, y su misma presencia aparecieron en un parpadeo atrás del mafioso, a unos tres metros por su espalda levantando un de sus herramientas que habían quedado en el suelo, frente a una de las criptas. — No obstante... —Caminó un par de pasos nuevamente hasta el mayor, guardando el pequeño martillo en su cinturón de herramientas levantando un pulgar en señal de aprobación. — Voy a necesitar un par de documentos que fueron entregados cuando enterramos a sus seres queridos, es la declaración jurada patrimonial —Era curioso que trajese si se quería la burocracia administrativa a ese momento, pero en su cabeza el chico no daba puntada sin hilo. Eros era una persona un tanto lenta para la lógica que escapaba una disciplina mecánica y repetitiva, sin demasiada proactividad más que lo que tiene en frente pero entendía que, para poder hacer los inventarios correctos, necesitaba toda la información posible de los robos.

Ladeó su rostro pensativo mientras contemplaba al mafioso, más no lo estaba viendo a él sino que yacía absorto de sus pensamientos. Su índice rascó su mejilla de forma casi involuntaria y ansiosa, y suspiró ofuscado. — Y no creo poder volver a enterrarlos en el cementerio de Baterilla, necesitaré un cementerio móvil para el traslado... Pero de eso me puedo encargar en Drum —Pues ignorante era Eros aún del trágico naufragio que a futuro experimentaría.

— Pero soy un hombre de palabra
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#8
Ciertamente, conocía de su búsqueda y estaba convencido de que solo iba a viajar con esa motivación, mas le sorprendió ver que se estaba adaptando. El movimiento del contrario lo hizo voltear los ojos. Pudo sentir su presencia, era veloz, sabía moverse. ¿Era una amenaza? No parecía buscar ser hostil, o habría aprovechado el movimiento directamente para atacarlo. Además, con las recientes heridas que había adquirido en los Cabos Gemelos, un enfrentamiento directo no era la mejor de las ideas en ese instante. Solo siguió mirando al frente, pero su mano no se alejaba de la vaina, solo que aparentemente parecía calmada, en pausa, como si solo dejara su brazo sobre el arma para reposar el mismo, no dando la sensación de hostilidad mientras inhalaba una segunda calada, expulsando el humo de su cigarro poco después. —Mire, joven Focalor, creo que su padre no querría que esos cuerpos siguieran esparcidos por los mares. — Sus ojos se voltearon en su dirección, de donde provenía su voz.

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—Y dudo que planee abandonar del todo esa idea, incluso con las circunstancias actuales.

El humo viajaba al lado de su rostro, a medida que se volteaba para poder verlo, de nuevo, directamente a la cara. “Seres queridos”, así los mencionaba la gente, cierto, si es que existiera algún vínculo en ellos. Retiró el cigarro de entre sus labios, con el mismo temple calmado, en una pausa quizás más larga de lo esperado, sin sospechar los pensamientos que pudiera tener el contrario. —Verá, joven. Estoy seguro que, con su experiencia, tendrá conocimientos más que amplios respecto al tema. — hizo una pausa, descendiendo la mano de su cigarro. Había una pequeña diferencia de alturas, siendo que el mayor lo superaba, aunque no le fue necesario descender la mirada para alcanzar directamente sus ojos.

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—Los 2X1.

Lo expuso como algo insignificante, algo que solo personas como él, o sepultureros bajo ya una larga experiencia podían saber qué significado tenían. —Así que comprenderá que, incluso si quiere esa documentación, será algo… complicado. Al menos el de todos ellos. — Mas no imposible, aunque sí hubo algunos con nombres de sus hombres. Podría haber evitado aquel detalle, pero la sinceridad la consideró más óptima que solo engañarlo para engatusarlo. Quería ver hasta qué punto su ética tenía límites. —Por supuesto, para conseguírselo, deberé pedir los documentos en la otra isla, viajar después de que pusieran precio a mi cabeza no es lo más sensato actualmente, pero tengo personas que pueden traerlo. — Pero no quería escuchar hablar de “seres queridos”. Eso solo eran cosas que tenían los débiles y él no iba a mostrar ese afecto si no quería que lo usaran en su contra.

Ahora, al fin, separó su mano del arma, acomodándola en el bolsillo. Su dedo dio toques en el cigarrillo, dejando caer algunas de las cenizas que solo amenazaban por caer y lo hacían más largo. —Pero puedo conseguirle un cementerio móvil si eso es lo que busca. No quiero perder la oportunidad de dar con los saqueadores que osaron manchar lo que estaba en ese cementerio. Por mi parte, le garantizo que planeo dar con ellos, vivos o muertos, y darles el debido castigo. Seré algo insensible, pero tengo un mínimo respeto hacia los muertos. — De no ser así, ni se molestaría en enterrarlos.
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#9
Eros observó silencioso mientras arrastraba los pies de aquí para allá terminando con las lapidas, pensaba que era suficiente. El estado de ese cementerio se podía dar como "Atendido" por parte de la lista de tareas mental del sepulturero que ahora podría abandonar Whiskey Peak tranquilo. — Claro, sí, entiendo... Bueno, si me vas a regalar dinero no me negaré... Si quieres que te regale dinero tampoco —Buscó en su bolsillo su bolsita de arpillera, contando su contenido. 1.000 berries. Sonrió de lado y lo extendió hacia el mafioso con serenidad en su porte. — Me imagino... Pero bueno, nada que con un den den mushi y buena caligrafía no se solucione... O por correo con un pájaro mensajero —Podía ser una broma, pero había seriedad en el rostro del menor de los dos que ahora preparaba sus cosas con cuidada diligencia listo para marcharse del cementerio.

Caminó por las parcelas alejándose un par de metros del mafioso, tras unos momentos de introspección, rascó su mejilla llevando su mirada ambarina nuevamente hacia la del ajeno.— Me sorprende que venga a pedirme que mate gente cómo si nada —No le molestaba, pero si le llamaba la atención. Lo que empezó como un juicio terminaba siendo una propuestas de negocio por debajo de la mesa. La idea de matar era algo que no le preocupaba, si es que acaso se sentía cómodo por el nulo tabú que la muerte representaba en su vida pero los términos del sepulturero eran firmes.

No lo meditó demasiado antes de encogerse de hombros. — Si voy a arriesgarme, voy a evaluar la situación... Siempre necesito un motivo, y la plata tampoco es que me mueva mucho en lo que a deseos refiera —Inspiró, tensando sus musculos casi inconscientemente ante la idea de pelear. — Entenderá que ahora que tengo una libertad inusitada, el volver a abrazar un código ético y profesional de hermetismo absoluto es... Complejo —Sus palabras flotaron como un mar en calma, antes de que el joven acomodase su flequillo para mantener concentrado en la charla sin ponerse nervioso.

— No obstante soy un guerrero, si se me señala un objetivo digno y estoy motivado seguramente termine muerto y enterrado cómo corresponde —Quizás hasta se ganaban una elegía como Uosan Sakana ¿Que tan fuerte sería Jin? Se preguntó en un rapto de curiosidad, ¿Aguantaría sus golpes? ¿Podría con su hambre de violencia? Con una sonrisa serena, trató de desvanecer esos pensamientos... Quizás cuando hubiese confianza entre ambos. — Y eso le pasará también a cualquiera que se cruce en mi camino —Aclaró con soltura, no era vanidoso sino estúpidamente honesto.
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#10
¿Regalar dinero? Sin duda era una forma inesperada de buscar un método de pago, aunque no iba a rechazarlo. Nunca estaba de más tener manos extras… O quién sabe, tal vez con tan solo un buen aliado. Alguien que supiera fácilmente cómo deshacerse de cuerpos en silencio, algo que sabía bien gracias a su padre. Sin embargo, fue inesperado. 1.000 Berries. Un momento, ¿Ese joven iba en serio? El arqueo de su ceja se volvió incluso más pronunciado, incrédulo por la situación que acababa de darse.

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Tuvo que asumir que no estaba bromeando con él, porque su rostro sereno no mostraba burla alguna.

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—¿Tengo pinta de necesitar dinero?

No pudo evitar soltar semejantes palabras. Ah condenados fueran sus recuerdos que lo llevaban viajando en esas calles con su ropa resquebrajada. Odiaba esa condenada sensación, tan humillante, silenciosa. Aún así, pareció sorprendido. Por supuesto, no aceptó el dinero, solo negó con la cabeza, retirando la caja de metal y su propio cigarrillo, el cual ya se había estado consumiendo a lo largo de la conversación, y lo apagó en el propio metal, evitando así ensuciar ese lugar de descanso de a saber cuántos más.

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—Creo que se ha confundido, joven Focalor.

Acomodó su mano en el bolsillo, sus ojos firmes, fijos en el contrario. —Aunque si quiere recompensa por terminar con un par de vidas, no lo voy a rechazar. Obviamente, nunca permito que ese tipo de labor sea gratuito, por lo que sería recompensado. — Sus pasos volvieron a acercarlo al contrario, siempre cuidando de que sus pies no pisaran alguna lápida. No mentía cuando decía que respetaba a los muertos, incluso con la montaña de cadáveres que cargaba tras su espalda. —Lo que realmente busco es encontrar lo que fue perdido. ¿Quién sabe para qué lo usarían los saqueadores? Si allí había pequeños “regalos” en algunas tumbas. Podría ser problemático si se descubriera, ¿comprende?

Oh, podía notarlo. Ese aura desafiante, la búsqueda de una prueba de fuego, una pelea. ¿Cuánto hacía que no peleaba con nadie? ¿Cuánto hacía que no disfrutaba de un buen combate? Ah, quería controlarse, y más en un lugar como ese, pero el desafío estaba tan claro, tan fortalecido… Retiró la mano de su bolsillo, apretando la vaina de su katana, su dedo pulgar listo en la tsuba, preparada en caso de desenvainar. —¿Quiere acaso ponerme a prueba? — Quizás sonara a amenaza, brusquedad, pero en realidad lo disfrutaba. Su interior temblaba de adrenalina. ¿De qué sería capaz? ¿Qué tipo de habilidades tendría? ¿Siquiera tendría más experiencia lejos de aquel cementerio en el que se crió? Quería verlo, probarlo también.
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