Gwendolyn
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32 de Verano del año 2
¿Qué necesitas? ¿La ropa del sacerdote? ¿Para qué lo quieres? ¿Es porque hace frío? ¡No te preocupes, yo te lo traeré! Seguro le sobran muchos.
No te preocupes.
Hay que ayudar a quienes no tienen.
Y tú… no tienes padres ¿No?
Como yo, como yo, pero la iglesia es mi familia. Mi amada familia que no me abandonaría.
¿O sí loͦ hͪaͣrͬíaͣ?
No es un robo, porque en realidad es un regalo para alguien más necesitado. Le ha preguntado al sacerdote si está bien regalar cosas de la iglesia a quienes no tienen nada y le han dicho que sí ¡Por lo tanto no lo dudó! Seguramente él piensa que es comida o textos para los más desvalidos, ropa usada o lo que da la gente del pueblo, pero no es así, es algo más.
No dudó en entrar al cuarto de alguien más luego de haber preguntado. Seguramente la gente piensa que lo está buscando llena de dudas, cuando en realidad solo quiere ir a un armario y tirar de las ropas hasta hacerlas caer, para llevárselas consigo a otro sitio, mientras algunos la miran de reojo sin entender qué hace. Pero en realidad nadie lo hace.
Es la única niña en el hogar del señor.
El resto son adultos que hablan despacio, como si tan solo hablar fuese indevido ahí dentro ¿O será que en realidad solo cuentan secretos? Porque los ha oído, incluso si se supone que el confesionario es un sitio en donde se acallan los pecados, han salido de ahí y recorren los pasillos, declarando atrocidades de nombres conocidos en el pueblo.
Esperó en el patio sentada sobre el césped, a la misma hora, y el mismo sitio que se han encontrado de vez en cuando. Junto a un bastón que descansa junto a sus piernas. Cuando finalmente se encontró pasos se rió con suavidad — Llegaste — aunque no puede decir la hora, porque para ella el tiempo es relativo. No hay sombra para observar o sol que le de pistas — Traje lo que necesitabas. Me dijeron que podía dártelo.
Tomó la cesta con suavidad y buscó en su interior, sacando ropa — Dijiste que querías algo así, aunque no sé por qué — ¿Por qué querría ser un hombre de fe, cuando en realidad no lo ha sido nunca? — Debes tener cuidado, no te vayan a confundir con uno de los sacerdotes — O quizás eso es lo que quiere, el poder entrar al sitio más prohibido de todos, en donde los secretos se ahogan en cuatro paredes.
—El último que estaba desapareció… las monjas dicen que se veía muy angustiado sus últimos días y que luego de eso se fue.
¿A dónde fue un hombre lleno de secretos?
¿Importa?
Onizuka Jin
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Las calles, el frío de alrededor, uno que solo conocía en personas pese al calor abrasador del tiempo. Su cuerpo, ahora cubierto de heridas de cortes y golpes, correteaba por las calles. Le faltaba el aire, caía de bruces al suelo en algún momento que su cuerpo se estampó con uno de los contenedores. El dolor físico era algo a lo que se había habituado, no a huir. Sin embargo, estimaba todavía su vida incluso si el joven todavía no tenía idea. Todavía era doloroso, el escozor de la sangre corría en la ropa que estaba hecha jirones, una vez más. Sabía que había un solo lugar donde no lo iban a perseguir… el mismo donde se iba a encontrar con aquella extraña.
Sus pasos, que habían sido acelerados, poco a poco fueron disminuyendo de velocidad. Le estaba faltando el aire, sus manos secando la sangre que caía por la comisura de sus labios, ahora sí, más calmado. Trató de no hacer ruido, incluso si había sido citado hasta allí. Sus pasos eran sigilosos, como siempre acostumbraba, no con la misma experiencia que la de un adulto, faltaría más. En la lejanía, bajo los pasos algo inseguros y lentos, veía a la muchacha, ahora de espaldas. El cabello tan bien arreglado, largo. Recordó el primer pensamiento que tuvo en su encuentro; era preciosa. No tenía la misma mentalidad que en ese momento, no tenía siquiera ese tipo de pensamientos impuros, no bajo las circunstancias en las que vivía todavía. Solo apreció la belleza tal y como la veía realmente; pura, hermosa, única. Si existieran los ángeles, probablemente ella podría ser la personificación de una. A veces, en silencio, sí debía admitirse a sí mismo que le agradaban aquellos encuentros.
— Llegaste
Su rostro se contorsionó en una leve mueca molesta, un sencillo tic con su ceja. No respiraba agitado como otras veces, no había corrido como otras veces para alcanzarla, ni siquiera había intentado hacer ruido pero siempre tenía un oído increíble esa mujer. Uno que, desde que la conoció, quiso sin lugar a dudas, aprender, desarrollar. No dijo nada, no habló, solo mantenía la mueca de sus labios, algo molesto. Ahora sí, normalizó sus pasos de modo que pudiera escucharlo mejor.
Sus ojos deberían mostrar sorpresa ante la grata e increíble amabilidad de la muchacha. Tan genuina, tan increíble. Apretó sus propios labios, ahora avergonzado de las condiciones en las que se encontraba. Preguntaba, y el único tonto consuelo que tenía era que, por lo menos, no lo veía en ese estado. No parecían existir palabras por parte del contrario, solo un silencio probablemente incómodo.
—Dudo que me confundan. Soy demasiado reconocible. — Estiró sus manos, como si el solo tocarla fuera algo prohibido. Sus manos temblaban. No existía temor, no era miedo, era la mezcla del dolor de aquellos que lo habían acorralado no hacía demasiado, acompañado del temor, sí, temor de que solo con tocarla pudiera destruir la pureza que irradiaba esa muchacha. De todos modos no se retractaba de sus palabras. A diferencia de ella, él estaba sucio, manchado y cargado de las impurezas que había visto de sus padres y las propias calles. Pero quiso dejarlo así, no quería que ella conociera ese lado del mundo. Un ángel debía mantenerse como eso; un ángel. Puro, hermoso, amable y único.
Los ojos descendieron hasta la tela que le había extendido la muchacha, sin mucha expresividad, por no mencionar que casi nula. Aún así, apretó la tela contra sí mismo, apenas susurrando en una voz tan baja que ni siquiera sabía si se le había llegado a escuchar.
—Gracias…
No era justo, obligarla a hacer algo así para que él pudiera tener atuendos para vestirse. No era justo para ella. Sin embargo elevó los ojos, ahora con un pequeño interés. —¿Otro? Parece que… está pasando mucho últimamente.
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—De nada, Jin — de nada porque sintió que en realidad no ha hecho mucho. Es tirar de ropa de alguien más y arrastrar un poco de ella por su altura. Seguro nadie dirá nada porque es un niña jugando como debería ser. Sola esta vez, porque no hay más chicos con los que hablar, por eso la llegada de Jin ha sido especial, aunque hasta ahora no lo ha tocado, sabe que está ahí.
—¿Tu crees que está pasando mucho? Yo lo siento todo igual — su rostro se ladeó con suavidad y luego sonrió, en una inocencia que solo se mantiene porque no puede ver. Porque hasta ahora no han hecho nada, no existen pesadillas que recordar, como si nadie se atreviera a hacer nada — Solo espero que el siguiente sea igual de amable, seguro que sí.
Porque ¿Podría entrar un hombre malo a la casa del señor? ¡Claro que no! No debería poder dar un paso siquiera, al menos si recuerda todo de manera literal, esos cuentos que le leen, porque ella no lo puede hacer — ¿Tienes hambre? Hoy pedí que me dieran algo más, no es mucho, creo — tomó la cesta otra vez, metiendo la mano, como si fuese un agujero negro que tiene muchos regalos, pero en realidad es tan pequeña que lo que hay dentro a penas cabía en el interior.
—¿Puedo sacar un poco? — es una pregunta inocente que la llevó a esperar una afirmación o la simple negación que no puede. Porque él quizás lo necesita más, pero fue incapaz de ver su situación — Oye Jin, puedo hacerte una pregunta… La hice a una de las novicias y me dijo que no la volviera a hacer, pero yo no sé por qué sería malo. — sus hombros subieron inicialmente, para luego terminar abajo, en un gesto que acompañó sus palabras, como si verdaderamente fuese incapaz de entender lo que ocurre.
—¿Crees que a la gente que se comporta mal hay que castigarla? En la iglesia lo hacen — pero no dijo cómo, escondió la manera que escuchó en los pasillos, solo porque cuando le ha contado a una persona inocente, ésta se ha alarmado, tapándole la boca, como si hubiese cometido un error o declarado un pecado — Pero creo que el perdón es mejor.
El perdonar a otros sin hacer nada más, como si primero se pusiera a prueba que pueden cambiar.
—Nadie tendría que sufrir si todos pudiéramos hacerlo — nadie tendría que pasarla mal, si el perdón fuese tan fácil de dar ¿No? Pero no ocurre, es una situación que seguro no puede entender, porque sus problemas son muy pequeños, diminutos, tanto como no alcanzar las cosas o chocar con los muebles — El sacerdote anterior siempre me decía que lo perdonara, pero no hacía nada malo. Era extraño, me pregunto si el nuevo lo hará también — sus manos buscaron entre la hierva flores para arrancar con suavidad, aun así ¿No las está matando de todas maneras? No importa lo amable que sea, siguen perdiendo su vida con ese acto.
—Nunca me contaste qué haces, Jin ¿Eres… una persona común del pueblo? Seguro que sí — seguro que debe serlo, porque solo existe eso. La iglesia y la gente de las casas más alejadas, no hay más, en un mundo pequeño que le han negado en expandir — ¿Cómo es allí? ¿También rezan por las mañanas? No me gusta hacerlo, es aburrido esperar también antes de la comida o las misas — sus piernas se movieron, acomodándose, mientras sus dedos siguieron buscando las flores que están cerca — Dios debe estar sordo que necesita que le pidamos tantas veces en el día ¿No?
Sí, por eso no los escucha.
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El propio Jin aprovechó para retirar, al menos por el momento, la desgarrada camisa que traía consigo. Estaba hecha jirones consecuencia de aquellos que lo habían estado persiguiendo hasta el lugar, y quería cubrir sus heridas. Se sintió extraño, por ello de vez en cuando contemplaba a la muchacha, verificando como un estúpido que realmente no lo estuviera viendo. No sabía si era vergüenza, o sencillamente que odiaba que lo vieran en ese estado, probablemente era más bien orgullo. Había conocido a más chicas, por supuesto, pero ella… Ella era diferente. Además, que alguien lo llamara por su único nombre, y el único que realmente recordaba, se le hacía de lo más extraño todavía.
—¿No lo has notado? — pronunció cuando finalmente la tela reveló su cabello, ahora algo despeinado, arreglándoselas con su propia mano para dejarlo medianamente en condiciones. No sabía si era buena idea decir más. —Hay rumores de que hay algo que algo pasa con los sacerdotes, y desaparecen cada varios años. — Pero, por supuesto, solo eran eso; rumores. Nada más ni nada menos. —Pensaba que al estar en la iglesia sabrías algo. — Dada la corta edad de la contraria, pensó que quizás no había tenido oportunidad de conocer tanto. Era una niña, después de todo.
Tragó saliva. Sintió la sensación de hambruna en la mención de lo mismo, pero no dijo nada. Solo la observó, como un animal tragando saliva por el hambre, sus ojos descendieron entonces hasta la cesta en la que la chica parecía poner su mano. No se atrevió a decir directamente que sí, su propio orgullo se lo impedía, pero al menos que preguntara sí pudo hacer que volviera la mirada en la menor. Sus ojos tenían que descender, había diferencia de altura entre ambos, ahora mucho más pronunciada. —Sí… puedes… — su rostro se desvió, en un aire tímido. Agradeció una vez que no pudiera ver que sus mejillas parecían arder, mostrando un pequeño rubor en agradecimiento. —El Señor no quiere que la comida se tire. Puedo comerla. — se acercó, curioso por lo que fuera a salir de su mano. Volvió a tragar saliva, su propio estómago traicionándole en un rugido que demostraba su hambruna.
Sus ojos se elevaron de la cesta, pese a casi estar salivando por la sola idea de poder probar algo que no proviniera de un contenedor. Arqueó una ceja, confundido por la búsqueda de alguna respuesta. No hizo falta que respondiera si podía o no hacerla, directamente esperó a la misma. Hubo una pausa, su dedo paseando por la cicatriz de su frente, sopesando seriamente la respuesta que tenía que darle. —Yo… Creo que debería depender de qué tan mal te comportes. Si se rompe un plato no es lo mismo que golpear bien duro a alguien. ¿Entiendes? — claro, no quiso incluir que la violencia solía ser a lo que recurría para poder estar a salvo, ¿quizás él mismo debería ser castigado también por ello? Hizo una pequeña mueca con sus labios, elevando un lado de los mismos, encorvándolos con cierta duda. Su mano descendió, volviendo la mirada hacia la muchacha. —Pero… sí creo que el perdón es mejor. Todos cometemos errores, ¿Sabes? De hecho así se aprende. No conozco tanto de la iglesia desde dentro como tú, Gwenny, pero… siento que cuando crezcas, serás una de las mejores sacerdotisas que existan en todos los mares. Ojalá pueda verte entonces.
Se quedó entonces mudo. ¿Cómo contarle qué hacía? Si realmente era solo… supervivencia. Ese hombre había ido a visitarlo en tantas ocasiones que había perdido la cuenta, todo para que pudiera unirse a una especie de mafia. Pero matar estaba mal, debía estar mal, ¿verdad? Por eso había rechazado y no comprendía muchas cosas más. —S-supongo… que algo así… — no quería que ese pequeño angelito tuviera que ver ese lado tan oscuro de las calles. No es que conociera mucho más. La fortuna, en parte, era que asumía que él era alguien “común”. Decidió darle el beneficio de la certeza propia. —Creo que no todas las familias rezan a diario. En mi casa no se rezaba nunca, pero he visto a otros hacerlo. — Su estómago parecía amenazarlo de nuevo, tuvo que poner una mano sobre él para evitar que el ruido fuera tan fuerte como la primera vez. —Dios… a veces siento que… — apretó los labios. Quizás eso fuer aun sacrilegio, decir que no existía, alguien como ella… No era justo. —También siento que a veces está sordo. — Sí, era mejor así. —Por eso es bueno ayudar a otros, como tú haces. Seguro que Dios te recibiría con los brazos abiertos si te viera. — volvió a pausar sus palabras, tragando saliva por el hambre, sus ojos ahora distrayéndose de nuevo hacia la cesta. Podría haber acudido a lo habitual; robar la comida e irse. No, no podía con ella. No con ese pequeño ángel que encima era lo único que lo había tratado bien. —¿Por qué no hacemos una escapada un día? Quizás así puedas ver cómo es la gente del pueblo, y podamos pasear juntos. Yo cuidaré muy bien de ti y estoy seguro de que Dios se alegraría de verte feliz por un día.
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Escuchó su respuesta, es lo que la mayoría pensaría. Un castigo acorde al acto, aun así, se preguntó por qué debería existir en primer lugar ¿Es que hablarlo no es suficiente? Bufó despacio, tanto que fue casi imperceptible para la mayoría — Ojalá pueda verte yo también — se rió ante el comentario, no hay dolor por no ver, porque es algo que siempre ha traído consigo ¿Se sufre por el color de cabello o la forma de las manos? Y aunque esas son tonterías superficiales, es la mejor manera de enfrentar una realidad que no va a cambiar por mucho que le pida a Dios — Yo solo conozco la iglesia. La misa y los rezos de la mañana. Y conozco un poco más, hay una monja que me lee por las noches, me gustan las historias de islas llenas de misterios.
De unos que no podrá vivir o conocer. Son lejanas y ella está encadenada a cuatro paredes, por un deber que aun no conoce. Una misión que nadie le ha dicho, pero que aparecerá en unos años más, cuando pueda pensar mucho más.
— ¿No lo hacías? Puedo enseñarte, es un poco difícil al inicio, porque bueno… son oraciones largas, aunque luego de mucho tiempo te acostumbras — te acostumbras a pedir, como si algo fuese a ocurrir. Pero nada pasa y por eso lo vuelves a repetir ¿No? Eso es lo que habría pensado en un futuro, pero en ese instante no lo pensó, simplemente juntó sus manos, entrelazando sus propios dedos, sin plegaria.
—Lo hará cuando llegue mi momento. Debe tener un lugar para mi allá — movió la canasta y se la cercó a él — No sé si has comido más o si queda, pero deberías sacarlo todo. Así seguro piensan que soy yo, que estoy creciendo — suena a comentario inocente, como si la cantidad de comida que le dan fuese relativa a su altura o como si pudiese engañar incluso a su propio cuerpo para subir más.
…
—No puedo salir… se supone que si salgo muy lejos, cosas malas me pasarán. Nunca me han dicho qué, pero siempre llega gente de afuera con problemas ¡Muchísimos! Así que supongo que en el exterior los consiguen — los problemas son naturales, aun así no tuvo ninguno. Porque no es normal, ha crecido como una anomalidad en la casa del señor, porque muchos se preguntan por qué está ahí ¿Hija de alguien importante? ¿Un alma al que le han tenido mucha misericordia?
—Pero si lo pones así, creo que a Dios si le gustaría que sea feliz. Quiere que todos lo seamos — se levantó, golpeando el vestido, como si se hubiese manchado de cualquier forma — Podríamos ir ahora, no veo por qué hay que esperar — extendió su mano a la nada. Él no está para allá, su oído ha tenido problemas, aun así luego de unos minutos intentó averiguar con el sonido a donde está, encontrándoselo — ¡Ah, perdón! Estuve algo enferma hace unos días.
Eso dicen y por lo tanto lo repite, como si fuese una verdad.
—No quiero ser la mejor sacerdotisa, porque no sé lo que hace una — porque la vida de novicia parece vacía ¿Mejor en qué, perdonar, cocer o cocinar? Solo la primera puede hacer.
—Pero me han dicho que puedo ser la mejor del coro, buscarán gente para armar uno ¡Podrías anotarte! Sería divertido cantar juntos, aunque seguro son canciones de la iglesia — de estar de la mano tiró de él, jugueteando con la diferencia de altura y fuerza, como si fuese una cuerda a la que ha tomado — Igual, no me interesa ser la mejor. Te puedo dejar el puesto a ti, aunque ¿Qué te gustaría ser a ti, Jin?
Porque como los demás está bien.
¿Si fuese como los otros volvería a ver?
Onizuka Jin
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Había aprovechado para comer y estaba masticando cuando la escuchó hablar. ¿Verlo? Parpadeó repetidamente, mirando a la muchacha, con cierto aire de confusión. —¿No se supone que tienes otras formas de ver a las personas? ¿O nunca has tocado a nadie? — Claro, en su mente estaba claro que usaría su propio tacto, incluso si nunca había tocado a la muchacha, ni viceversa. Oh, quizás solo se refiriera a poder alcanzarlo y saber cómo era su rostro. Se vio a sí mismo, ahora con la tela nueva en su cuerpo. —¿Te gustan las historias de islas? Tengo un par que escuché en… — se tuvo que pausar, no quería ni mencionar las calles. Carraspeó, fingiendo así que solo era por haber tragado algo mal. —En el pueblo. Hay personas que vienen de otras islas.
Terminó de comer, en su caso usando las manos por costumbre y solo se limpió en la tela que acababa de retirarse, rota y resquebrajada. No quería manchar a la muchacha, ni siquiera por casualidad, no cuando se estaba mostrando extrañamente amable con él. —No había pensado antes en rezar, quizás si me enseñas algo podría intentar hacerlo más habitualmente. Dios seguro será comprensivo conmigo. — La vio acercarse de nuevo, sus cejas elevándose en sorpresa, elevándose hacia la muchacha. ¿Cómo una niña tan joven podía tener tanta bondad? Observó la canasta en silencio y luego a la muchacha, apretando sus propios labios. No estaba acostumbrado y, sin embargo… estaba tan, pero tan profundamente agradecido de que alguien como ella existiera. Tenía que mantener esa pureza bajo la máxima protección. —Gracias… Muchísimas gracias Gwenny. — Deseó, por un momento, haber pertenecido a la misma iglesia que ella. Tomó el resto de la comida, guardándola en los bolsillos que pudo, comiendo todo lo que le fue posible terminar en ese momento.
[***]
Sus manos ahora estaban en su abdomen. No recordaba haberse sentido tan lleno. ¿Se había pasado, quizás? No pasó desapercibidas las palabras de la chica, pero sí que tenía un punto. Su mano se elevó, paseando sus dedos índice y corazón por su cicatriz, con aire pensativo, en un acto involuntario al leve recuerdo que lo recibió. —Es cierto que la gente tiene problemas, pero creo que es lo normal. Eso no significa que todo sea malo o cruel… creo. — Porque él solo sabía vivir en la miseria más absoluta, era su supervivencia. Sus ojos lo siguieron, al menos parecía aceptar. Ahora tendría que buscar la forma de encontrar algunos berries. ¿Quizás robarlos era una buena opción? ¿O deberí-…? ¿Eh? Pudo ver que su mano se dirigía a la nada. Apretó sus labios, evitando una risita. No podía reírse de su condición pero, ¿a quién engañar? Era una situación divertida. Carraspeó. —¿Enferma? ¿Has tenido un resfriado? ¿Por eso no viniste estos días? — Se volvió a limpiar, como si ahora fuera un parástito. Por dios, una mano limpia con alguien así. No podía dejar que se manchara. Estiró su brazo, con cuidado, hasta la ajena. Un tacto suave, leve, muy dudoso. Notó la piel de su mano, tan suave y cuidadoso, delicado como ninguno.
—No he cantado en mi vid-…aaaa¿Aaah? — Notó el tirón, obligándolo a interrumpirse, alargar involuntariamente la última palabra. Ahora la cercanía era mayor. Trató de concentrarse, pese a que sus ojos no podían verlo a él, de repente se sintió demasiado observado. ¿Estaba demasiado sucio? ¿Se veían sus heridas? Oh, mierda, claro que se veían. Ah, no, es cierto, que no veía. ¿QUÉ DIABLOS LE PASABA? No era capaz de pensar con claridad. Elevó nerviosamente la mirada, desviándola e intentando no verla directamente. Un momento. ¿¡AHORA!? ¿¡DE DÓNDE IBA A SACAR LOS BERRIES PARA INVITARLA A ALGO!? El sudor frío recorrió su frente. No podía rechazarla, era imposible. ¿Quizás…? Iba a improvisar algo, lo que fuera. Era su culpa por no pensar en eso.
—¿A mí? — ¿Ser algo? Ni siquiera se lo había planteado. Todavía recordaba aquel hombre que con insistencia parecía buscarlo, insistirlo a entrar en un lugar claramente peligroso. —Yo… — Sus ojos descendieron, el sudor frío desapareciendo a medida que sus pasos la comenzaron a guiar, con cuidado, siempre manteniendo los ojos sobre los pies de ella, para evitar que se golpeara contra una piedra o cualquier cosa que estuviera por el camino. —Yo quiero llegar a lo más alto, ser grande, poderoso, tener el poder de demostrar al mundo que no soy un don nadie. Es un sueño algo egoísta. — De hecho, la oferta se cimentaba en abrirle las puertas a ese sueño. No iba a ser pisoteado de nuevo, él quería demostrar que podía ser mejor que como lo educaron. No volvería a la inmundicia.
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