Onizuka Jin
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16-12-2025, 03:31 AM
(Última modificación: 16-12-2025, 10:41 PM por Onizuka Jin.)
Su llegada había sido de lo más inesperado. Sí, planeaba viajar hasta allí, pero no que sus planes se tuvieran que acelerar, y más por culpa de aquella estúpida loca de las quemaduras y el cocinero que no hizo más que huir como un condenado cobarde. Lo único positivo de ese viaje, lejos de la estupidez que tuvo que tolerar, fue que al menos llegó antes de tiempo sin tener que pagar un solo berrie. Había tenido, por supuesto, que esperar a su jefe, quien lo había esperado en la isla. Había sido un día largo, estaba agotado mentalmente. Demasiadas cosas que preparar. Le asignaron una de las casas… No, en realidad eran unas tres, sin embargo, solo estaba en ese momento en una de ellas. Era exageradamente grande, no buscaba tanta elegancia como la que solía existir en los lugares en los que se reunía. Simpleza, pese al desproporcionado tamaño, omitiendo las escaleras que lo llevaban al segundo piso, que tenían cristales en los laterales y eran ligeramente curvas.
Ya llevaba unos escasos días, pero no llegaba siquiera a la semana. La noche era fresca especialmente en ese momento. Entraba, ahora retirándose la corbata, agotado por el agitado día. Los encuentros con su jefe lo agotaban mentalmente. Lo primero que hizo fue dejarla a un lado del sofá que estaba en la sala de estar. El silencio era abrumador, quizás demasiado. El cigarrillo de entre sus labios era el único alivio que parecía acompañarlo y, el único sonido, el del propio mechero que usaba, con un solo clic, para encenderse. Había informado a Tezca de su movimiento no hacía mucho tampoco. ¿Cuándo fue? ¿El día anterior? ¿O quizás hacía tres días? No lograba recordarlo del todo bien entre todas las cosas que había tenido que hacer, estando ocupado, solo regresando a casa para dormir.
Hoy era diferente. Por supuesto, el mechero que usaba no era el mismo que Tezca le había arreglado la última vez. Por lo contrario, retiró ese mismo de su bolsillo, soplando el humo del cigarro. No comprendía por qué había intentado que se diera la vuelta. Claramente, igual que él mismo, el propio rubio tenía cosas que esconder. ¿Por qué siquiera trataba ese objeto como un tesoro? Podía usarlo, le dio un mes de vida si lo usaba regularmente y, sin embargo, no quería que la llama que pudiera funcionar se apagara en un plazo tan corto. Cerró los ojos, suspirando, dejando el mismo mechero sobre la mesa de la sala, de forma despreocupada, con el cigarrillo entre sus labios.
—Qué tontería.
Sí, no era más que una tontería. Comenzó a retirar su traje, desabrochar su camisa y caminar hasta uno de los numerosos baños que había por la casa. Por fuera, el resto estaba lleno de cristales, pudiéndose ver toda la extensión de la isla y las casas iluminadas en la distancia. La ropa terminó en la cesta, entrando en la ducha y abriendo el grifo del agua. La desnudez resplandecía bajo el agua de la ducha.
![[Imagen: YiCz05d.png]](https://i.imgur.com/YiCz05d.png)
Y, en un momento, hasta que escuchó el timbre. No recordaba esperar a nadie… ¿Verdad? ¿Quizás su jefe estaba allí por algo más? No le apetecía recibirlo, no en ese momento y, sin embargo, si no lo hacía, sabía que significaba acumular más problemas. No tuvo tiempo de acomodarse algo de vestir correctamente o de secarse. Así, tal y como estaba, se acercó a un pequeño kimono que podría al menos secarlo un poco, acercándose hasta la puerta principal para poder abrirla. Podría ser su jefe y, sin embargo, al saber que no esperaba a nadie, preparó una daga a un lado de la puerta, listo en caso de que hubiera algún ataque sorpresa.
Tezca Norova
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Regresar a Isla Karate ya era casi una rutina. Había pasado por varias cosas aquí y sus arrozales eran de los mejores para ver naturaleza, detenerse, pensar en la vida y respirar profundo… Cosa que no podía hacer ahora ya que iba tarde. Muy tarde. 2 días tarde.
Mi ahora nuevo y flamante jefe había llegado a la isla a la que acordamos reunirnos hace dos días y le dije que estaba en camino, que, de hecho, lo estaba, pero pasaron cosas: Mi cliente había peleado conmigo, traído un par de cosas a la mesa que me hicieron sentir bastante molesto, eso fue día 1 y día 2 estaba pensando en si debía ir o no. Jin me atraía, eso era obvio y si, ya había pasado por este caos mental pero las palabras que me había dicho el cliente anterior eran claras;
“Eres un amuleto de mala suerte. La desgracia te sigue a todos lados, maldito hijo de la muerte”.
Y no es algo que esperas que un cliente te diga ¿verdad? Tenía razón, obvio que sí, eso era por lo que me contrataban: Contagiar la desgracia y dispersarla como una enfermedad viral pero que me despidan por eso… Venga, ellos se lo pierden.
Si, ellos se lo pierden.
En fin ¿En qué estaba? El segundo día me emborraché, seguí pensando en ese maldito yakuza que ahora resultaba mi jefe y en la rabia me acosté con alguien pidiéndole específicamente que me dejara una muy notaria marca en el cuello y ahora me estaba arrepintiendo ¿En qué pensabas, Tezca? Ese ni siquiera era el mayor de mis males: Iba extremadamente tarde, tanto que ni siquiera me di cuenta en que momento tocaba la puerta del hombre con cierto nerviosismo.
Esperaba que notara mi fresco perfume y lo bien que me veía, acomodando la colorida bufanda que había comprado en Sorbet hace poco. Toqué la puerta, cruzándome de brazos con una ligera sonrisa: Me sentía sobrio y listo para verlo, dos cualidades que apreciaba ahora pero con la esperanza de que una se fuera en el lapso de esta reunión y entonces acomodé el cuello de mi camisa: El chupetón resaltando en mi blanquecina piel mientras esperaba a que mi jefe abriera la puerta.
—Buenas, Jin, lamento la tardanza… ¿me entiendes? Parece que esta vez cumpliste con tu parte. — Dije mientras sonreía, comiéndolo con la mirada, mierda, ahora me copiaba y le quedaba igual de bien que a mí. — ¿Me esperabas con un kimono para hacerla de parejita? Lamento decepcionarte, No suelo usarlos a menos que sea algo especial ¿Puedo pasar?—
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Los ojos de Jin se abrieron de par en par a la vez que el agarre de la daga comenzó a perder fuerza. Parpadeó repetidamente, contemplando al contrario con sorpresa. De repente sintió que la condenada ropa no era la más adecuada después de recibirlo de esa forma. Sus ojos lo analizaron de arriba abajo. El olor que emanaba, la forma de vestir. Apretó los labios. Cierto era que le había mencionado dónde se hospedaba, pero no esperaba en absoluto que se presentara, menos con un aspecto tan pulido.
—¿Tezca…?
Qué locura, preguntar lo obvio y, sin embargo, no podía evitarlo. Sentía que si no pronunciaba su nombre iba a morir en vida. Cerró los ojos por algunos segundos, tratando de mantener la compostura, abriendo un poco más la puerta, esbozando una sonrisa, esta vez sí, cargada de picardía y diversión. Ambos de sus ojos cerrándose, todavía goteando el agua de la ducha en su propio cabello.
—De haber sabido que venías, me habría puesto algo mejor que solo esto.
Escondió la daga en un mueble que estaba justo detrás de la puerta. No quería aparentar ser hostil. Miró a su alrededor, detrás del rubio, mientras lo dejaba pasar y cerró la puerta tras de sí, quedándose a medio camino cuando percibió una pequeña marca en su cuello. No le había prestado tanta atención hasta ese momento hasta que había cruzado la puerta ya que, después de la sorpresa inicial, no había podido percatarse de nada más que lo llamativo y, por supuesto, preocuparse de que nadie lo hubiera seguido. Terminó de cerrar la puerta, ahora algo más lento. Una extraña sensación lo invadió, con una mueca de disgusto. Procuró que no lo viera el contrario, pero sí se acercó a sus espaldas.
—Veo que no estabas tan impaciente por verme a mí.
Sus dedos, lentamente, se pasearon por el pecho, o al menos la parte que su ropa permitía al estar al descubierto. Mierda, quería atraparlo. Ahora quería romperle los dientes a quien le hubiera dejado algo así. Quería ser el que lo marcara, quería hacerlo él… Cerró los ojos, separándose lentamente. Su rostro, como ya era costumbre, no mostraba emoción alguna mientras se adentraba al domicilio.
—¿Tienes hambre? ¿O prefieres algo para beber?
Lo miró de reojo, volviendo a caminar hasta la sala de estar, donde el mechero todavía reposaba sobre esa mesa, ahora en su propio descuido, olvidando por un momento su propia existencia. —Si trajiste un kimono en una ocasión especial, es que no fue lo suficientemente bueno por lo que veo. — Ah, sus ojos no podían alejarse de esa condenada marca, aquella que era más grande de lo esperado, una mancha de un posible imbécil que no sabía ni cómo tratarlo.
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Debo admitir que verlo sorprendido me llenó de felicidad, casi olvidando el mal trago de hace unos días. Me adentré en su elegante hogar, acomodándome ligeramente el cabello mientras sentía como nuestra nueva intimidad me relajaba ¿Habría notado la marca en mi cuello? Quería que lo notara, de lo que se había perdido ese día. Quería su dominancia, pero no se lo diría ahora. La sonrisa que le mostré al voltearme fue mucho más altanera, alimentada por sus primeras palabras a mí. Por mi dulce nombre sobre sus labios que me hacia estremecer sin tener que ser sexual. Este hombre me hacía sentir enfermo y solo empeoraba con el tiempo.
Di un par de pasos de regreso hasta invadir su espacio, jugando con el borde de la bufanda sobre mi hombro. —Lo estaba, pero ocurrieron cosas que requerían mi total atención ¿me entiendes? — Esperaba que no notara la amargura en mi voz, mientras finalmente lo saludaba con un beso en la mejilla. —No, muchas gracias. Desayuné antes de venir, dime que ya comiste algo, te veo más delgado de la última vez que nos vimos; No puedo dejar que mi querido jefe se enferme ♪— Canturreé, colocando mi mano sobre su mejilla para acercarlo a mí, hasta sentir su aliento sobre el mío, sentía cierta urgencia, una hambruna que no era al alimento, necesitaba sentirme necesario, amado, deseado. —Te ves jodidamente increíble en esto… Así que cállate y bésame, idiota. — Murmuré antes de sellar nuestros labios en un beso de bienvenida, moviendo mis labios sobre los suyos antes de finalmente separarme, mierda, muy pronto. Pero si no me detenía no podría tentarlo más.
Terminé por abrazarlo, ambos de pie cerca de la entrada, como si no pudiéramos esperar a sentarnos para esto y no, no podía, lo necesitaba ahora: Su calor, sus palabras, solo… Todo y en ese momento me lo permitía sin segundas explicaciones, me habían despedido de un trabajo, eso era suficiente. —Supongo que es justo que te diga porque he tardado tanto… Tuve problemas con un cliente, me disculpo, soy mucho más formal que esto… a veces — Hablé formalmente mientras limpiaba sus labios de mi saliva. Incoherente. Si, así me sentía.
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Los ojos ajenos descendían cada dos por tres, dando la sensación de que, por la cercanía, solo se enfocaba en sus labios, pero esa condenada marca… Tenía que pelear internamente para no agarrarlo, estrangularlo y preguntar quién osó manchar semejante perfección y que no fuera él.
—No pensé que te presentarías realmente.
Pero no le disgustaba. Sintió su cercanía, su cuerpo frente al suyo. Ah mierda, incluso cuando lo estaba besando se estaba volviendo ansioso. Su cabello, todavía húmedo, probablemente gotearía hasta el contrario, por lo menos las mejillas. Sus manos se elevaron, acomodándose en las caderas ajenas, sintiendo el pantalón, el cinturón que, de repente, lo sentía molesto. Cerró los ojos, aceptando el beso, ansioso por más. Le pareció corto, demasiado breve ese condenado momento. Aún así, respiró agitado, mirándolo con los ojos entrecerrados. Las manos descendieron, retrocedieron, apretando los glúteos ajenos de modo que, al movimiento, unió ambas pelvis en un instante.
—Si tanto deseas que te bese, no te atrevas a huir.
Ah… no podía más. Lo buscaba. Él mismo regresó sus labios al contrario, dando un paso, otro. La tela rozándose, sus manos manteniéndose en la misma posición, guiándolo hasta lo que tenía más cerca; la sala de estar, aunque quedó atrapado en una pared, al lado de la puerta donde, en todo el condenado enorme domicilio no sentía que llegar a tiempo. Sus ojos se entreabrieron lentamente, fijos en el contrario. Maldición, no podía dejar de buscar más. —Y dime… — su aliento se encontraba frente al contrario, tratando de terminar de hablar. Separó una de sus manos, acariciando el cuello descubierto, al menos la zona que había sido marcada.
—¿Ese cliente es quien te hizo esto?
Porque quería matarlo. Ahh, cómo se atrevían. ¿Cómo diantres osaban siquiera en marcarlo? Él lo había pedido, él lo había dicho. Cualquier cicatriz tenía que venir de él… Eso quería incluir las marcas. No pudo más, sus labios descendieron, lamiendo la zona. Cómo le molestaba, deseaba morderlo, arrancarle esa parte, pero no quería dañarlo. Era… demasiado precioso. —No importa… lo que cuenta es que al final has llegado. — No lo esperaba en su domicilio, pero no le molestaba. Apartó sus labios de su cuello, el labio inferior temblaba, ansioso por morderlo, pero manteniendo un control prácticamente inhumano. Tenía que controlarse, pero a la vez quería golpearlo sobre la mesa, tomarlo allí mismo. Solo sonrió con clara malicia, observándolo directamente a los ojos.
—Pero si tanto te gusta cómo me queda esto, ¿qué tal si exploras si ves algo más que te guste?
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Sentí la desesperación en el segundo beso, sin resistirlo seguí su propio ritmo, completamente atrapado en este mientras sentí como un ligero jadeo se atoraba en mi garganta: Esto era lo que necesitaba. Me sentí contra la pared, como su cabello mojaba mi piel dejando rastros parecidos a lagrimas sobre mis rostro y quería que me tomara en ese preciso momento como suyo.
Cuando hizo aquella pregunta, tardé en registrarla, todavía en el deseo del beso, la emoción. Ah, bingo, finalmente lo había notado. — No… estaba muy borracho cuando pasó, siempre les digo que no dejen marcas, maldición.— Una mentira, una que me delataba al desviar el rostro al costado y acomodarme los lentes; Estaba planeado y le había pedido específicamente a ese amor de una noche que dejara una notoria marca sobre mi cuello para que Jin pudiera verla, quería esto: justo su completa y posesiva atención. Aunque debía admitir que aquel rostro era aterrador, parcialmente indecifrable ¿Estaba celoso? ¿Frustrado?
Gemí al sentir la humedad de su lengua sobre mi cuello, sobre la marca, cerrando los ojos mientras movía la cabeza para darle más espacio, sintiendo mi rostro arder. — No deberías ser así de permisivo con tus trabajadores ¿me entiendes? Aprenderán malos modales.— Reí ligeramente mientras esperaba a que se separar de mi cuello para poder mirarlo a los ojos con una sonrisa y entonces habló una vez más. — Oh… Creo que ya encontré que es lo que más me gusta en sorbet y karate…— No conocía la casa, pero lo guíe como si lo hiciera, llevándolo a las escaleras para sentarme en estas y jalarlo una vez más a mis labios, murmurando sobre los suyos. — Pensé en ti… Estoy seguro que gemí tu nombre en lugar del suyo, mierda, debe pensar soy un raro.— Para evitar mi risa sellé nuestros labios en un largo beso, invadiendo su boca con mi lengua mientras abría ligeramente las piernas esperando que entendiera lo que quería.
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Sus ojos mostraban mayor dureza a la confesión del hombre. —¿Borracho? — Sus manos se elevaron, tomando firmemente el mentón ajeno, con la mirada fija al contrario, a escasa distancia el uno del otro.
—Pensé haberte dicho que no te emborracharas delante de otros, o podrían aprovecharse de ti.
No olvidaba sus palabras, y no lo había dicho como algo pasajero. Su rostro ahora estaba duro, observando con fiereza al rubio, a quien ahora sintió la urgencia de mostrarle hasta qué punto odiaba esa situación. Era tan molesto, tan… ¿Cómo se atrevía alguien más a manchar esa piel? Alguien que no fuera él. Sus ojos se cerraron, descendiendo el rostro una vez más hasta el cuello. Le molestaba, le frustraba. Qué rabia que alguien más hubiera osado hacer algo así en una piel tan perfecta como la suya.
—No me provoques…
Tarde, porque para ese mismo instante sus dientes marcaron, sin cuidado alguno, en la misma marca de su cuello. No tuvo cuidado, no tuvo paciencia, solo fue, solo marcó sus dientes. ¿Lo haría sangrar? Posiblemente sí, posiblemente no, pero la frustración lo cargaba. Sus ojos se antreabrieron, con un brillo cargado de deseo. No. No iba a permitir que nadie más lo marcara de ese modo. —Así quizás aprendas modales ante tu jefe. — sus dientes ahora se marcaron más, casi hundiéndose en su piel, manteniendo exactamente dicha zona. Si antes no había sangrado, ahora posiblemente sí lo haría. Limpió, de hecho, la sangre, con su propia lengua, sin percatarse de que estaba siendo prácticamente arrastrado hasta las escaleras, ya que solo parecía un lobo marcando el territorio en su propia casa, sin soltarlo.
Su lengua fue lo siguiente que vino, aliviando quizás el dolor, quizás lo contrario, antes de observarlo de frente, con la respiración agitada. Su mano se elevaba hacia la camisa blanca, tan elegante, tan sensual como había aparecido entonces. —¿Ah sí? ¿Y qué es lo que más te gusta entonces de Sorbet y Karate? — Quería escucharlo de sus labios, en parte por la duda ya que parecía no ser él la prioridad y, por otro lado, por el deseo de sentir que sí era el caso.
—¿Mi nombre? Entonc-…
Ah, mierda, normalmente todo el que osara interrumpirlo acababa mal… ¿qué diantres pasaba con ese hombre? Solo se dejó silenciar, esos labios frente a los suyos. Sintió sus piernas y su mano descendió, desabrochando ahora la camisa ajena, dejándolo a la mitad para apretar con firmeza y seguridad la entrepierna. Quería que sintiera su tacto, su mano. El beso era más hambriento, fogoso, desesperado.
Tenía que hacerlo suyo.
Solo ese pensamiento afloraba en su mente, una idea firme que no planeaba romper bajo ninguna circunstancia. No supo si sentirse agradecido consigo mismo o solo afortunado ya que ahora mismo el problema que pudiera suponer un pantalón no existía. Su kimono no le provocaría más que el roce de la tela a medida que el miembro fuera creciendo. Sin aviso alguno, separó sus manos, mas no sus labios, tomando de nuevo los glúteos ajenos, levantándolo a la fuerza del suelo, subiendo las escaleras. En todo momento, los besos se mantenían por todo el recorrido. Lo que normalmente era corto ahora parecía un camino sin fin. Ni siquiera abrió la puerta con la mano, sino que la misma fue abierta por su propio pie, siendo esta corredera y fácil de abrir. El interior una habitación oscura, igual que la entrada, cargada de ventanales enormes que mostraban, incluso en la oscuridad del cuarto, las luces del exterior, su armario, escritorio, mesita de noche y, por supuesto, a donde quería llegar.
No hace falta describirlo, sino decir hacia dónde fue lanzado ahora el rubio. El colchón de una cama grande, demasiado para una sola persona. La cama estaba cómoda si no fuera por la situación. Solo entonces separó sus labios, jadeando, tomando el aire. Su mano izquierda ahora a un lado del rostro ajeno, sin apartar la mirada de los ojos… Ah mierda. Sus condenadas gafas. Su mano se elevó, tomando un lateral de las mismas, retirándolas sin pedir permiso alguno, buscando con ellas la mirada que le fuera a regalar.
—Piensa en mí cuando estás conmigo, sigue haciéndolo cuando estás con otros.
Sus palabras sonaban suaves, incluso cuando se sentía excitado ante el deseo. —Porque no permitiré que olvides mi nombre, mi cara ni mi cuerpo. Te lo dije la última vez; quiero ser el primero en dejar una cicatriz en tu cuerpo, no acepto a nadie más. — Era suyo. Tezca era suyo. De nadie más. No podía tomarlo nadie más que él. Su lengua descendió esta vez hasta la parte al descubierto sobre su clavícula, paseando su lengua ahora con urgencia. Su cabello todavía se mantenía húmedo, las gotas ahora descendiendo más lentamente, pero todavía perlando la piel del contrario.
—Más te vale no atreverte a olvidarlo.
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Los dientes sobre mi piel se sentían como el cielo, dolía, por supuesto: Se clavaba en mi cuello con posesividad, pero me gustaba ese dolor, sobre todo cuando sangraba y entonces pude sentir que le pertenecía: Nunca había estado tan agradecido con un chupetón. —Los malos hábitos tardan en morir, querido…— Jadeé al sentir su cálida saliva sobre la herida, acariciando su nuca para indicarle que estaba bien, que podía continuar y oh, anhelaba que lo hiciera; Podría dejar tantas marcas como quisiera y yo solo le agradecería, podía ponerme un collar como un perro obediente y me lo dejaría por el tiempo que el quisiera. Todo mi ser estaba atado a su vil voluntad, solo faltaba que abusara de aquella autoridad que ejercía sobre mí.
Pero solo en este caso, podía joderse con aquella pregunta tan tonta, sobre todo cuando la respuesta no salía en forma de palabras, pero de besos, caricias, sumisión y deseo. Me molestaba cuando la gente actuaba estúpidamente cuando no lo eran.
Honestamente no me di cuenta cuando ya estaba sobre su cama, el cómodo colchón contra mi espalda: La habitación olía a él, me sentía como un invasor en su espacio, como si me consumiera y no podía evitar el mareo de su beso. Mierda. Lo necesitaba tanto que mi entrepierna palpitaba de deseo mientras el hombre me quitaba las gafas, mirándolo con completo deseo.
—No seas estúpido, Jin… Sabes que eres lo único en lo que puedo pensar. Me destrozaste para todas mis futuras parejas. — Era lo que pensaba en ese preciso momento al menos, no era una mentira o una táctica de coqueteo; El hombre había logrado llenarme de formas que nunca había imaginado, podía reír de felicidad — He pensado en ti… que solo pude tocarme pensando lo que me harías cuando vieras la marca que tenía en el cuello ¿Realmente creíste que me dejaría marcar? Vuelves a subestimarme… Tal vez debería ser peor, quiero que pierdas la cabeza ¿Me entiendes? —Busqué el hilo que ataba su kimono para poder desatarlo, subiendo una de mis manos a su mejilla para acariciar esta. — Eres tan lindo… No te preocupes, sé exactamente lo que sueñas…—
—Y sé exactamente como dártelo, amor…— Alcé su mejilla para mirarlo a los ojos, necesitaba mirarlo, que me mirara, quería que… No, solo era deseo, por supuesto . — Recuerda, todo lo que hago es solamente por ti. Para provocarte. —Bajé mi mano a sus pectorales, acariciando el blanco lienzo con cierto cariño, mordiendo mi labio inferior. —Voy a… desgraciarte, deberías alejarte de mi. Soy… un amuleto de mala suerte. Esta debería ser la última vez que hagamos esto, así que déjame adorarte, Jin. Prometo... que será un gran cierre.—
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Debería estar molesto, indignado y, sin embargo, escuchar sus palabras solo hacía que lo buscara más. Sus dedos se alejaron, sus ojos se enfocaban en su rostro, con el rojo en sus mejillas acompañado de la propia excitación. Sintió cierta satisfacción sabiendo que parte de la mente en la que pensaba era él mismo, pero odiaba la idea de obligarlo a hacerle creer que prefería olvidarse. Su sonrisa se ampliaba, con malicia, divertido.
—Te lo dije, soy inolvidable. Una vez me pruebas, no me olvidarás nunca más.
Sus dedos índice y corazón ahora paseaban por la zona de su mordisco. Su posesión. Sí, era suyo… Se sintió, en parte, halagado por buscar su ira, su desesperación. No muchos lograban ese efecto. Sus pectorales se vieron al descubierto al sentir que retiraba la zona del cinturón de su kimono, la tela revelando su cuerpo y su desnudez, a la vez que utilizaba sus propias manos para desabrocharle el pantalón. Sus labios fueron recorriendo un camino de besos, desde el cuello hasta la tela de su camisa, la cual quedaban a lo sumo un par de botones para desabrochar. No, quiso enfocarse un poco más abajo, descendiendo los bóxers ajenos, revelando la sacudida del miembro que parecía estar esperándolo.
Frenó al sentir la mano contraria sobre su mejilla, ahora observando los ojos contrarios de forma más directa. Elevó su mano, acariciando la misma que lo atrajo desde su mejilla, cerrando los ojos por algunos segundos, volviendo a abrirlos para contemplarlo. Incluso con la escasa luz de la habitación, podía apreciar a la perfección la belleza del contrario.
—Ya me provocas solo con verte. No hacía falta llegar tan lejos para mi atención.
O tal vez sí. ¿Lo era? Saber que dijo su nombre en la cama de otro… ¿cómo se pudo perder semejante deleite? No, de hecho era mejor así, o probablemente quien lo hubiera marcado estaría bajo tierra en algunas horas… o menos. Emitió un jadeo al mordisco de sus labios, su mano ahora sujetando el falo contrario, apretándolo, uniendo ambos en uno solo para mover sus propias caderas en él… Pero frenó en seco. Sus ojos se volvieron más duros, casi amenazantes, elevando la mirada hasta donde se encontraba el contrario.
—¿Última vez?
Ahora ambas manos se posicionaron en ambos lados del rostro ajeno, elevando así parte de su cuerpo, observándolo fijamente. Sus ojos se fruncieron ligeramente, con clara molestia. —Me amenazaste de la misma forma la última vez, e igual que entonces, no me está gustando lo que dices. — agachó su cuerpo de nuevo, especialmente su rostro, juntando su frente con la del contrario. —No entiendo por qué diablos estás diciendo eso ahora, pero si fueras un amuleto de la mala suerte, no te habría conocido nunca. — Su propia vida había sido una desgracia, un encierro de su propio ser. Elevó su mano ahora hacia la mejilla ajena, acercando sus labios hacia los ajenos. —No va a ser la última, o te aseguro que no saldrás nunca de aquí. No va a haber ningún cierre. — su pulgar ahora se movía en la mejilla contraria. Algo había pasado. No sabía el qué, ni por qué, pero estaba claro. Que apareciera sin avisar, que ahora de la nada pareciera mostrarse así… Algo… Había pasado algo. Ahora ambas manos fueron a las mejillas ajenas, sin dejar de contemplarlo directamente a los ojos.
—Si te vas, quizás sí deje de tener la suerte que he ganado desde que te conozco.
Una nueva pausa, silenciosa, algo prolongada. No podía ser así con nadie más. ¿A quién más encontraría que lo comprendiera de ese modo? —Dime qué ha pasado, Tezca. Si es necesario hacer pedazos a alguien, lo haré.
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Entre gemidos expresaba el placer de sentir su tacto sobre mi miembro, abriendo un poco más las piernas para incitar a continuar, a tocarme más, moviendo ligeramente la cadera para poder seguir sintiéndolo: Profundo y firme. A diferencia de la última vez, ni siquiera podía fingir orgullo o soberbia, me estaba derritiendo en sus manos como la arcilla; Tan manejable, tibio al tacto solamente para él.
Hasta que se detuvo y sentí el frio del aire volviéndome vulnerable, su mirada bajaba todo lo nublado que me sentía, preocupándome apenas por su nueva reacción. Entendía, debía ser frustrante escucharme decir eso una vez más pero simplemente esa frase seguía dándome vueltas, el hombre frente a mi no merecía la desgracia que podría traerle, la mala suerte. Pero el dolor y la muerte eran las recompensas por estar cerca de mí. Sentí su calor, su cariño y todo dolía muchísimo más: Alejarme, quedarme, todo parecía imposible y posible al mismo tiempo. —Eso me gustaría ¿Me entiendes? No salir de tus brazos otra vez, pudrirme aquí. Pudrirnos aquí; Así te mantendré a salvo. — Murmuré eso último, escondiendo la mitad de mi rostro en la palma de su mano, mirándolo con cierta culpa.
No sabía si decirle, pero ese rostro… esos ojos: No podía negarme, a nada. —Me peleé con uno de los clientes de mi tutor; Envió a dos incompetentes para apoyarme con una extracción… Nos atacaron, estoy ileso, pero ellos, bueno, murieron. — No le diría que salí ileso porque podía convertirme en arcilla y aguantar los golpes, no era momento para eso. — Al parecer eso le frustró y como fui el sobreviviente la culpa recayó en mi… El tiene un punto; El que pasa el suficiente tiempo conmigo: Muere. Por eso me contratan ¿sabes? Es tan fácil matar cuando la muerte te ama… Es tan fácil llevar la desgracia: quemar, destruir, romper… y la muerte es tan celosa, no voy a permitir que te haga nada, aunque tenga que noquearte justo ahora y desaparecer. — Hablé con cierto dolor, subiendo mi mano a su nuca, acariciando suavemente esta, como pensando en la locura de atacarlo. —Ese… imbécil… Le serví como un perro leal por tanto tiempo y me despide por algo que ni siquiera fue mi culpa. Maldita sea, como si no me hiciera falta el dinero y las conexiones. — Mascullé con enojo claramente distrayéndome de la situación actual, apretando el agarre de su nuca. Ya ni siquiera lo miraba, solo observaba el costado. A la nada.
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