I see red [Priv. Heras] [Pasado]
#1
2 años atrás


Rojo.

Rojo.

Rojo.

El color permaneció en su mente aun cuando despertó al día siguiente en la cama de un extraño con grandes alas negras, un lunarian.

¿Cómo había llegado hasta su cama?

A su alrededor, la habitación los envolvía con tonos terrosos y decoración bohemia qué buscaba imitar los arreglados exóticos de las islas desérticas.

Aún quedaban unas cuantas velas encendidas, aunque la noche ya había quedado atrás y el sol amenazaba con colarse por la espesa tela dorada qué cubría las ventanas, aprovechando que alguien había dejado las cortinas entre abiertas.

Tampoco es como que eso le incomodara, al contrario, le daba personalidad a la habitación en la que aun no descifraba su propia presencia.

No podía recordar porque estaba ahí.

Se removió entre las telas sedosas de la sábana, algo que lo hizo aún más consciente del hombre a su lado ¿Quién era tan exótico espécimen? En ese momento detestó su mala memoria, menos mal que su cuerpo lo ayudó a recobrar algunos de los recuerdos de la noche anterior.

Cuando su mente se hubo despejado del sueño y de esas visiones rojizas qué primaban en su cabeza, fue consciente del dolor punzante en su abdomen y, entonces, las memorias del día anterior empezaron a llegar a su cabeza tan abundantes como una lluvia en invierno.

La víctima que se defiende.

La puñalada en su vientre.

El pedir ayuda frente a un local de mala muerte.

La presencia de un "ángel de la muerte".

Y los cabellos rojos de alguien más.

¿De quién?

Fue consciente de que no estaba en posición para pensarlo demasiado, tampoco para preguntar a quién estaba a su lado, no cuando este seguía dormido y él... Él deseaba salir de aquel sitio.

Le habría agradado poder conocer más del moreno a su lado, pero el calor del día mezclado con el que le brindaba las sábanas, empezaba a sofocarlo y las gazas manchadas de sangre seca tampoco ayudaban a que se sintiera cómodo. Conocer al hombre de alas tendría que esperar... Si es que llegaban a encontrarse de nuevo... Si es que llegaba a recordarlo.

Su cuerpo, ligero y ágil se movió con cautela debajo de las alas del peliblanco y con un movimiento sigiloso se deslizó hacia el exterior de la cama, acomodó sus ropas, revisó sus bolsillos y cualquier otra pertenencia que cargara consigo, dándose cuenta de que aún conservaba todo. Sabiendo eso, se tranquilizó y, antes de salir de la habitación, dejó unos berries sobre la mesa.

¿Cuántos? Los suficientes y quizá más de lo que cobraba aquel chico... Bien, podía no haber recibido sus "servicios", pero el darle posada cuando parecía estar pasándola mal era mejor que cualquier placer carnal.

Una lástima que olvidaría su rostro.

¿Cómo supo cuánto pagar? Simple, viajó bastantes años con piratas, sabía en que servicios se gastaban su dinero y, para que mentir, en algún momento intentaron convencerlo de frecuentar esos lugares...nunca fue de su agrado, pero no podía decir que no sabía cómo funcionaban.

Salió del cuarto y el pasillo ruidoso con el movimiento de la mañana lo recibió de manera estrepitosa, los empleados limpiando el sitio, recogiendo los desechos de los clientes nocturnos y preparándose para convertir el área del bar en un simple restaurante durante el día, pero lo peor eran los borrachos tirados en las esquinas qué se negaban a dejar el local o, en peores casos, los cuartos de su compañía nocturna.

Arrugó la nariz, evidenciando el desagrado qué la escena le provocaba, ahora con mucha más razón quería salir.

Se movió rápido entre las personas y, justo antes de pisar bajo el marco de la puerta de salida, como por obra del destino, dio un último vistazo hacia atrás y entonces, lo vio.

Rojo.

Un cabello rojo como el fuego.

El mismo tono de rojo que vio cuando despertó.

Algo recordó, una conversación vaga que trajo a colación una potencial víctima.

Había perdido una la noche anterior y ahora... Ahora se obsesionaría con esta.

El rostro lozano, los músculos firmes y un tono exótico de cabello fueron suficientes para examinarlo visualmente, parecía sano... ¿Estaría igual de sano por dentro?

—¿Se te ofrece algo? —La voz gruñó y, cuando el pelirrosa alzó su mirada para mostrar sus ojos acuosos por estar aguantando el dolor de su abdomen, la persona dueña de los cabellos rojizo se ruborizó y, tanto su semblante como su tono cambiaron de un momento a otro. —Si lo que deseas es quedarte un poco más, no tendría problemas en prestarte mi habitación, mi propia cama.

El doble sentido en las palabras se hizo más evidente con la sonrisa gatuna qué la persona le dedicó después; sin embargo, el médico solo atinó a devolver la sonrisa con una más amigable y a desearle un buen día a su interlocutor.

Rojo... No perdería de vista ese tono de rojo.

Salió del local con un paso más firme del que podía permitirse, no sin antes mirar había atrás por una última vez y darse cuenta de las dos sirenas doradas qué custodiaban, inmóviles, una a cada lado del marco de la puerta que le daba la bienvenida a los incautos a un mundo en donde el placer era la principal razón de vida, una razón que hacía que muchos regresarán y el médico no sería la excepción, solo que, sus razones distaban mucho de brindar satisfacción, al menos no de la manera tradicional.

Sonrió. Definitivamente, frecuentaría ese sitio más seguido.

***

3 semanas y media después.

Siempre se perdía en línea recta, pero hacía falta preguntar a cualquiera en  Sorbet por las dos estatuas de sirenas doradas para que pudieran guiarlo hasta su lugar deseado.

Se había convertido en un hábito casi diario. Todas las noches iba a tomar un trago o dos, nunca más de eso, no cuando su tolerancia al alcohol era tan mínima y, por supuesto, no cuando las bebidas de ahí le parecían tan baratas, pero su sacrificio había valido la pena.

Ese ser de cabellos rojos no perdió el tiempo, ni la primera noche ni las que le siguieron. Pronto descubrió que era quien movía las "cuentas" con los empleados y que era dueño de la mitad de las ganancias del local, además, no menos importante, supo su nombre: Brutus.

Si le preguntaban a él, un nombre demasiado brusco para alguien tan "delicado", bueno, en apariencia, pues sus hábitos de observación lo hicieron darse cuenta de lo déspota qué el pelirrojo llegaba a ser con sus empleados... No es que le importara, él no estaba ahí para salvar a nadie, al contrario.

Ganarse la confianza del hombre no fue tan difícil, bastaba una sonrisa, unas cuantas palabras dulces y alguna que otra promesa de una caricia o dos. Algo que nunca llegó a ocurrir como el pelirrojo hubiera deseado.

Tres semanas después las cosas fueron diferentes a lo habitual. No esperó a la noche para ir al bar, se citaron antes, en un lugar mucho menos concurrido de Sorbet. Se aseguró que nadie lo siguiera y esas caricias que el pelirrojo ansiaba llegaron de la manera menos esperada. Los besos que debieron escalar a un acto más atrevido terminaron cuando una inyección entró en la piel y traspasó los músculos del pelirrojo y, de ahí en adelante para él, todo fue oscuridad…una oscuridad de la que nunca despertaría.

¿Por qué lo hizo? De nuevo las memorias de su abdomen apuñalado y la ayuda de un “ángel de la muerte” regresaron, de algún modo sabía que todo eso estaba atado, que tenía una relación…una lástima que no pudiera recordar a ese “ángel” …una lástima que no pudiera recordar la historia completa.

Suspiró.

Ese día despachó el cuerpo, tal como lo planeó desde que se obsesionó. Había encontrado un cliente para ese día, aunque era una lástima que esta vez tuviera que compartir la ganancia, pues, aunque hizo todo el trabajo para encontrar a la víctima ideal, aunque investigó y se manchó sus guantes blancos de sangre, no podía encargarse de realizar la operación…no podía desaparecer justo el mismo día en que el pelirrojo “contable” también desaparecía.

Con el caer de la noche, atrás quedó el recuerdo del líquido pegajoso en sus guantes, del interior brillante del sujeto, pues, como si nada hubiera pasado, el médico regresó al mismo burdel en donde tantas noches hablaron y, como si lo estuviera buscando, genuinamente, pasó sus ojos por el local, se paseó por el sitio con familiaridad, algo que no extrañó a los que ya lo reconocían o, al menos eso creyó, hasta que una mujer le habló.

—Si estas buscando a Brutus, se fue en la tarde a encontrarse con una persona, dijo que era importante ¿No lo viste en el camino? —Con esa misma mirada perdida de siempre miró a la mujer y negó con la cabeza, su sola aura le transmitía tranquilidad, además, ese bello rostro que tenía el médico y los ojos que reflejaban tanto confusión como inocencia hacían imposibles pensar para cualquiera que atrás de esa expresión podía haber una gran mentira. —Que extraño…no suele ausentarse tanto tiempo.

Su cara de preocupación le ganó una palmada en el hombro de parte de la mujer y seguidos gestos de empatía de parte de otros… ¡Bingo! Los tenía en la palma de sus manos…Nadie sospecharía de él.

Los siguientes días también pasó por el lugar, como si esperara encontrarse de nuevo con quien se había vuelto su “amigo”, pero lo único que recibió fue varios comentarios de consuelo de las y los trabajadores del lugar…Empezaban a hablar, sabían que algo le había ocurrido a Brutus y, aunque en sus ojos parecía haber alivio por no tener que soportar los maltratos del pelirrojo, también parecía haber preocupación, más de uno mencionó en algún momento: “¿Y si somos los siguientes?”

Por supuesto que Hyak los escuchó, todo mientras bebía su primer trago de la noche, con una lentitud increíble, como si quisiera que la misma noche avanzara sin tanta rapidez.

—¿Nadie tiene una idea de lo que pudo ocurrirle? —Preguntó al aire, buscando explicaciones al primero que quisiera dárselas, cualquiera que estuviera cerca de la barra, aunque, la verdad, su mirada se centró más en el hombre de alas negras.

Algo hizo click en su cerebro. Todas estas semanas que había ido al bar lo había ignorado, pero ahora que Brutus salía de la ecuación volvió a prestarle atención… ¿Lo sería? ¿Sería ese su ángel? ¿Sería la razón por la que se obsesionó con ese hombre de cabellos rojos?

—Jmmm…oye…—Le habló al lunarian, con algo de timidez poco característica de él, pero… ¿Cómo empezar? Ni siquiera estaba seguro de si se conocían o no...solo esperaba que no lo ignorara.
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#2


Qué días tan difíciles son los que han estado pasando. Las cosas estaban demasiado movidas. Movimiento no necesariamente de clientes. Mi jefa estaba de un humor muy difícil y nadie quería dar problemas. No por nada pero hace ya un tiempo no se escuchaba nada de Brutus y las mujeres con más veteranía estaban despotricando. Parece que las deudas por saldar que él tenía ahora eran un problema muy difícil de saldar. 


Muchos de nosotros nos limitaremos a hacer lo necesario para que la jefa no estuviera enojada con ninguno. Usar lencería negra, o ropa interior muy ajustada. Pronto comenzó a sonar una música muy incitadora a la sensualidad mientras las luces se tornan de un color rojo. Una compañera del oficio entró con una ropa que dejaba poca idea a la imaginación, su silueta se ve ya que es un vestido con transparencias. Si se tiene buena vista se puede ver que debajo de ella está la lencería bien ajustada que carga. Ella inició su espectáculo de una forma atrevida entrando a aquella tarima que estaba en el medio de todo y bailó. Había un tubo que servía de apoyo para que ellas mismas pudieran hacer su espectáculo de la manera más sugerente posible.  


Los espectadores arrojan dinero a la tarima, claro que esta bastante exitados al ver una mujer de cabellos de dos colores, amarillo y porpura, maquillaje que es un poco estrambotico y un pintalabios que te incita a poner tus ojos en ellos mientras te hipnotiza con la danza de su cuerpo en movimientos donde expone pero no lo suficiente para que se vea los pequeños detalles que oculta su ropa. 


Por mi parte, había tenido las mejores semanas desde que Brutus había dado un respiro. Los clientes que había atendido estos días hasta habían repetido con mucho gusto. Lo que me ayudó mucho a relajarme porque no estaba pensando en esos detalles desagradables como el dinero y todo lo que debo ponerle a mi dueña. Mi tranquilidad emana por los poros de mi piel y hasta para ponerse a disposición se nota mucho más.  Mis pasos seguros, galantes, mi cuerpo esbelto, brillante, me había adornado esta ocasión con un poco de aceite para resaltar lo bien definido que está el cuerpo y para cuidar la figura, además de que el aceite tenía un olor suave, de canela. 


—Heras, vino el chico que te mira todo el tiempo.— Me dijo una compañera nygyo que es mi vecina en la habitación de al lado. Mujer pez con las facciones bien estilizadas pero con un color verde oscuro que le resta un poco el atractivo, sumado a una sonrisa de dientes afilados.  Le miré y asentí, pensaba que era un cliente de los que habían hecho una relación cercana conmigo y el verme sería una pesca fácil. 


Ir a la barra y recostarme de ella y tomar asiento en una de las banquetas. Mis alas lo más recogidas posible para no estorbar la visión a los demas. Me mantuve de frente al cantinero, cuando lo ví es que me percaté de lo que decía mi compañera. Era curioso que me lo arrojara, seguro había escuchado algo en los pasillos, pero lo cierto era que desde que lo había curado no se habían hablado. No es como que no nos hubiéramos visto, pero al igual que muchos otros que pasaron por sus brazos luego se hacían la vista gorda. 


No quise inmiscuirme demasiado en la conversación que parecía ser ajena. —¿Si? Díme. Hmm… Solo son preocupaciones usuales. ¿Ya te atendieron? ¿Necesitas compañía? — No iba a permitir que mis emociones pudieran superarme. Con un ademán sencillo moviendo los dedos hice un saludo con el hombre médico. No fuí el único que saludé al chico de la barra para ordenar una copa de sake para entrar en calor. Haciendo un gesto indicando con el dedo índice. —Que sea fuerte. Así acompañó al amigo aquí.— En nuestro último encuentro no cruzamos hombres, desde entonces solo lo tenía en mi memoria cómo el señor médico. 


La copa deslizó hasta mis manos y la bebí inmediatamente que el trago caliente pasara por mi garganta casi llegando al punto de quemarla. Delicioso. —¿Estás mejor?— Mi pregunta va por la herida que yo se que tuvo, ya por el tiempo de seguro está más que bien, pero que podríamos hablar si no es eso.
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#3
¿Por qué empezó la cacería que llevó a su presa hasta el último aliento?
 
Tenía en su mente el sonido estático de sus palabras prometiendo una liberación en recompensa por su propia salvación.
 
¿A quién?
 
Alas negras. Recordaba alas negras.
 
En sus visitas al burdel de mala muerte a veces observaba al alto hombre de tez morena y grandes alas negras que iba y venía con diversos clientes cada noche.
 
En su mente estaban presente esas alas, pero cualquier interacción que hubieran tenido entre ellos parecía haberse disipado como el rocío con los primeros rayos del sol, pero, aun así, la herida en su costado, esta que ahora había sanado y de la que solo quedaba una cicatriz que, poco a poco, se estaba borrando, le recordaba que algo importante tenía que decirle a aquel hombre, algo sobre su víctima de rojos cabellos.
 
¿Podría confiar en él?
 
¿Y si se equivocaba de persona?
 
Tal vez este hombre no era su salvador, tal vez sus recuerdos de aquella noche se habían mezclados con los de alguna otra, pero…no…no podía ser, recordaba la silueta de un “ángel de la muerte” viniendo a por él…No podía ser otra persona.
 
Por eso, ahora que había captado su atención, debía ser cauteloso con cualquier cosa que dijera, debía cuidar de no revelar esa debilidad inherente en él: su poca capacidad de atención y retentiva.
 
—¿Compañía? —Alzó su trago y lo movió de forma circular, haciendo que los cristales de hielo chocaran con el vidrio y produjeran una graciosa melodía. —Esperaba recibirla del pelirrojo que siempre está en este lugar poniendo orden —. Mientras hablaba su mentón descansaba sobre la palma de una de sus manos y su mirada aburrida se posaba con pereza sobre el lunarian, sin querer mostrar interés real, por ahora, y dejar todo en el terreno de una conversación casual. —Debes conocerlo, su nombre es Brutus —Sus ojos bajaron por un momento a su bebida y se alzaron de nuevo para ver la reacción del moreno. —, pero todos dicen que no lo han visto en al menos cinco días —. Dejó escapar un suspiro que arrastraba consigo una falsa decepción. Él sabía bien lo que había pasado.
 
—A ti te veo siempre aquí…te hablé porque creí que podrías saber algo de él, los demás trabajadores solo murmuran rumores extraños y sin sentidos y tu…pues parecías distinto, más atento a tus alrededores, creí que podías decirme algo sobre él —. Dio un leve sorbo a la bebida que a estas alturas empezaba a calentarse. —¿De verdad crees que desapareció? —Tragó saliva acompañada del amargo sabor del licor, como si en verdad pudiera preocuparse por alguien que solo se había convertido en su víctima. Tal vez debería ser actor.
 
Fue al final de su pregunta que notó como el alto hombre recibía una copa entre sus manos, antes de responderle, antes de hablar o de preguntar cualquier cosa. El médico solo esperó paciente a que el trago bajara por la garganta ajena y, luego, cuando lo vio abrir la boca para hablar, algo en los ojos del pelirosa brilló, quizá con la esperanza de obtener respuesta, pero solo vino una interrogación hacia él.
 
—¿Mejor? —Parpadeó un par de veces, procesando aquella pregunta que le pareció tan repentina, pero entendiendo pronto de que se trataba. Su mirada siguió a la de su acompañante no tan improvisado hasta que notó como este observaba su costado. Claro…mejor…la herida de aquella vez.
 
Entonces no se equivocó, este si era el hombre que lo había ayudado en aquel entonces.
 
—Ah…eso —. Llevó su mano, inconscientemente hacia un lado, posándola sobre el lugar en la que ahora se notaba una delgada cicatriz. —No fue nada, pude tratarla con más propiedad al llegar a mi clínica —. Dejar escapar la información sobre tener su propio lugar de trabajo no fue un desliz, fue a propósito, a fin de cuentas ¿Quién creería que un médico jugaría con la vida de alguien? Aparentar ser un ciudadano de bien, que ayudaba a la sociedad, lo alejaba del foco de cualquier rumor extraño. —La herida cerró bien y la cicatriz se desvanecerá si sigo aplicando los ungüentos necesarios sobre ella con la frecuencia suficiente.
 
Sonrió de manera inocente, casi tierna, todo mientras observaba al hombre más alto. Viéndolo así, nadie podía decir que su mente podía llegar a ser tan retorcida.
 
—Gracias por preguntar, no creí que recordaras a alguien como yo, incluso tenía vergüenza de hablarte al no saber si podías acordarte de mí —. Mentiras. Lo cierto es que era él quien apenas recordaba los sucesos de aquella noche y si no se acercó antes al moreno es porque debía lidiar antes con la obsesión adquirida por el hombre de cabellos rojos…ahora solo tenía que hacer memoria de qué es lo que dijo, con exactitud, al lunarian esa noche, pues estaba más que seguro que tenía que ver con su reciente víctima.
 
—¡Ah! Y hablando de recordar, no sé si mi memoria me falla por culpa del dolor que sentí aquel día, pero no recuerdo que me hayas dicho tu nombre en aquella ocasión…entonces… ¿Puedo saberlo ahora? Si no te molesta, claro…de hecho, creo que me harías un gran favor si puedes decirme qué pasó después de que me ayudaste —. Bajó su mirada y en su rostro se dibujó una mueca de amargura, como si en verdad lo afectara no recordar nada sobre aquel día…como si eso fuera un suceso aislado y no su diario vivir. —Creo que estaba tan concentrado en el dolor que ni siquiera sé si dije o hice algo estúpido…pero…seguro tú lo sabes ¿No es así? —Su tono de voz reflejaba tanta congoja como su rostro, por más que en su corazón no pudiera sentir nada. Fingir se le hacía tan natural.
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#4
Mis intentos por tener una interacción con él era algo curioso, solo vi curiosidad en él y bueno yo no soy bibliotecaria para estar resolviendo dudas a las personas. —Lamento decirte que hoy no esta, y es lo único que hablaremos de eso, papi, lo que él le pueda ofrecer yo se lo puedo hacer mejor. Puedo hacer que dejes de pensar en el por ratito si quieres.— Una mirada tranquila, sin brillo, sin señales de interés real, está solo buscan lo suyo, debe ser ese tipo de clientes que solo buscan a su putita de confianza. 

Yo estoy allí para complacer, pero debe tener una lealtad. Evadí cualquier insistencia de su parte. Comenzó a hablar de su propia clínica. Los médicos son buenos clientes ya que siempre tienen mucho dinero y gustos exquisitos. Sin embargo son personas que siempre están rodeados de enfermeros y enfermeras que están dispuestos a todo. ¿Sospeche? Claro que sí. Me di otro trago de la bebida para que se sintiera una conversación natural. —No necesitas impresionarme, midoc.— Le hice una sonrisa que ya tenía tan practicada que ya yo no sabía si era mi sonrisa natural. 

Miré al hombre de cabellos rosados, mi cara de lado para apreciarlo bien mientras él me habla, no me ve, no hace ningún ademán para darme de su atención. Es raro que ahora que me tiene a su lado no me da la mínima atención. Aunque sus palabras vienen hacia mí no siento ese contacto directo. Sonrió nuevamente, pero como el árbol que cae sin gente que lo escuche es como si no ocurriera. Quien sabe qué tipo de relación tiene con Brutus que ni siquiera mira a los lados. Será su novio y por eso lo viene a buscar aquí. ¿Yo estaría desesperado si mi novio desapareciera por varios días? No. Los hombres vienen y van, no tiene sentido que yo amarre a cualquier persona no tiene ningún sentido, además que no me gusta eso tener que anclarme a un cliente. Eso hace que se ponga personal y odiaría tener ese tipo de relación personal con alguien.

Que descuidado es Brutus. Seguro alguna de las Harpías que hay aquí va a ponerle el diente. 

Mis gestos de jugar con el cabello tan invisibles como culturizar mirada que yo pudiera hacerle. —Puedo tener el nombre que tu quieras, midoc. Así que no tienes que preocuparme. Aunque no quisiera que me llames cómo cualquiera de aquí. — No tienes que guardar en tu memoria ese tipo de información. —Además de que siempre puedes encontrarme aquí. Si bueno, lo de los clientes espero no sea molestia. Siempre procuro estar limpio.— Igual esa información es para ver si cae, pero el barco de reintentar ya ha zarpado. A diferencia de mis compañeras si no tengo los incentivos que me gustan me cuesta mucho trabajar y por eso se me escapan los clientes.

—No dijiste ni hiciste nada importante. Hice lo mejor que pude pero solo necesitabas descansar.— Yo no entiendo a qué tanto interés si lo único que hicimos fue dormir. Seguro algo se le habrá perdido y buscaría con la prostituta de turno para saber si yo te robé algo. —Tómalo con calma. Yo no tengo nada de tus cosas, hice lo que necesario, deberías al menos decir gracias y ya. Se hizo lo mejor que pude resolver.—

Mirada esquiva que ya no estaba a gusto. Si me iban a insinuar ese tipo de cosas por una persona a quien le ayudé con una herida. Mal pagan a quien bien trabaja, eso dicen los ancianos y mira cuanto conocimiento en sus palabras. Un ultimo trago para dejar el vaso vacío. —Una lastima que no puedo hacer nada por ti. Otro día espero conseguir lo que buscas.— Los modales son los que hacen al hombre. No quise alargar demasiado el asunto.

Le hice un gesto al mesero para que viniera. —El amigo aquí no tiene mucho interes, pero sirvele un trago con hojas de menta. Le gustará.— Claro que la intención es dejarle algo que le gustaría. Antes de tomar un poco de espacio en retirada.
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#5
¿Dejar de pensar?

¿Impresionarlo?

¿Algo perdido?

No, nada de esas cosas.

No quería dejar de pensar, quería saber si había dejado alguna pista, pero, por lo visto, ninguna demasiado evidente, de hecho, debía alegrarse de que lo viera como un cliente y nada más, eso significaba que había hecho bien su trabajo, pero, ahora que lo pensaba… ¿Sería necesario de verdad contarle a este hombre lo que hizo? ¿Qué tal si se equivocaba? ¿Qué tal si él no quería dejar ese estilo de vida atrás?

Arriesgarse a soltar información era muy grave. Sacudió la cabeza, no podía darse ese lujo.

Tampoco buscaba impresionarlo, nunca, no quería ni necesitaba impresionar a nadie, después de todo, lo único que quería era ganar algo de confianza, pero las cosas le estaban saliendo al revés, algo que pudo notar al darse cuenta de cómo el interés del lunarian empezaba a disminuir con cada segundo de la conversación.

Eso no es lo que deseaba.

Y, por último, no se le había perdido nada… ¿Por qué pensaría eso? No lo estaba acusando de llevarse ninguna de sus cosas, de hecho, de ser así, es algo que habría preguntado semanas atrás y no tanto tiempo después. ¿Debía aclarárselo? Sí, tal vez era lo mejor.

—¿Y cómo te llaman aquí? Si se puede saber —. Empezó de nuevo a hablar a la vez que su mano jugaba haciendo bailar el vaso de licor, dándole movimientos circulares que hacían que la bebida se moviera peligrosamente cerca del borde, pero sin llegar a derramarse. —Al menos quisiera saber el nombre de la persona que salvó mi vida, si eso no es mucho pedir —dijo con la esperanza de retomar aquel interés que pudo haber o no existido en algún punto de su encuentro.

—Y, por cierto, nunca insinué que me hubieras quitado algo esa noche, aunque si eso entendiste con mis palabras, pido una disculpa —. No sabía porque se disculpaba, pero sintió que era mejor hacerlo si quería seguir manteniendo al hombre sentado a su lado ¡Ah! De verdad era una lástima que un espécimen como él estuviera confinado a un prostíbulo ¿Por qué no podía ser más “libre”? Así al menos se quitarían de en medio las formalidades y las probabilidades de estudiar a los de su especie estarían más elevadas. —Si quieres un gracias, pues, agradezco que me hayas recogido de la calle aquella noche, lo digo en serio. Como dije antes, mi memoria sobre aquel día falla —Siempre falla. —, así que, ahora que lo pienso, ni siquiera sé si te recompensé por las molestias.

Frunció el ceño cuando escuchó entonces las palabras de despedida del más alto. Chasqueó la lengua, las cosas habían salido mal. Aquel hombre había interpretado todo como un falso interés, nada más alejado de la realidad. Estaba interesado y mucho, simplemente, que no en lo que solía trabajar él, si no en aspectos más…científicos.

—Espera…yo no…

El vaso con licor de menta se situó frente a él, lo habría ignorado, pero la hoja bailando en medio del líquido le hicieron tragar saliva antes de que sus ojos viajaran entre el cuerpo que se alejaba de él y el motivo de su adicción. Levantó el vaso y llevó el contenido a su boca, saboreó el licor y, por consiguiente, el fuerte aroma llegó a su nariz, haciendo que el médico cerrara los ojos y aspirara con fuerza para llenar sus pulmones con ese característico olor que tanto le agradaba.

Por un instante, prefirió quedarse en su sitio saboreando aquel vaso que había sido cortesía de la casa, una excelente distracción de parte del moreno, pues cuando no hubo más contenido y el médico regresó a la realidad, el otro hombre había desaparecido de su lado.

Suspiró.

Las cosas no habían ido como quería.

Ahora no podría contarle, al menos no hoy, que sí había hecho algo para agradecerle por su servicio, aunque, por lo visto, matar al hombre de cabellos rojos que atemorizaba a los trabajadores del prostíbulo con las deudas que tenían a nombre de la casa, no había servido de mucho, después de todo, parecía que el lugar seguía como siempre…al menos por ahora, después de todo, tal vez pasarían unos días más antes de que el caos empezara a reinar a falta de un contable torturador.

Quiso acercarse por una última vez al hombre de alas negras y; sin embargo, se detuvo a medio camino ¿Qué estaba haciendo? No tenía que contarle cuál había sido su manera de pagarle por salvarlo, no…eso podía asustarlo…Definitivamente estaba pensando con la mente nublada y eso no era nada conveniente. ¿Era el licor o era impulsado por la curiosidad de ganarse la confianza de un lunarian? Volvió a sacudir su cabeza de lado a lado. No podía contarle su crimen a nadie, no podía delatarse por un simple favor que él mismo decidió hacer. Suspiró y prefirió salir del lugar antes de que soltara todo.

Estaba consciente de que su memoria era pésima, de que quizá, en una semana olvidaría todo y el hombre de cabellos rojos solo sería una cifra más en su libreta, pero, si por algún motivo antes de que todo se borrara de su mente tenía que contarle al lunarian lo que había pasado, lo haría…solo que…no se arriesgaría a hacerlo en un sitio tan concurrido. La próxima vez pensaría con la cabeza más fría.
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