[Av T4 - Pr Rel] Casino Pegaso (Drum)
#21
Ubbe apareció en la escena como una fuerza de la naturaleza que llega tarde… pero llega justo a tiempo. Su enorme silueta irrumpió entre cuerpos, mesas volcadas y fichas pisoteadas, con el pecho aun subiendo y bajando por la carrera y la adrenalina. No necesitó más que un vistazo para entender la situación: Sigurd tenía a Pegasus atrapado como a una presa, lo cual significaba que era un enemigo, o simplemente alguien a quien había que destrozar. 
En ese momento Sigurd le llamó, le pidió que consiguiera sus martillos de vuelta. 
Los vio al instante. Manos pequeñas, sucias, temblorosas, forcejeando con armas que jamás habían sido pensadas para cuerpos así. Un grupito de ratas humanas arrastrándolos por el suelo como carroñeros que se lanzan sobre un cadáver demasiado grande para ellos. Ubbe chasqueó los dedos, el sonido seco perdiéndose entre el caos, y soltó una carcajada breve, grave.
-GAHAHAHA… mala idea, baby.
No hubo amenaza verbal ni aviso. Ubbe se movió. Y cuando un buccaneer de cuatro metros decide moverse, el mundo se aparta o se rompe. Avanzó con zancadas largas, esquivando a uno, empujando a otro con el antebrazo como quien aparta una cortina molesta. Agarró al primero de los ladrones por el tobillo y lo levantó del suelo sin frenar el paso, usándolo de contrapeso involuntario para desestabilizar al segundo. El martillo cayó al suelo con un golpe sordo que hizo vibrar las baldosas.
Ubbe se agachó, lo recogió con una sola mano… y lanzó al pobre desgraciado contra una mesa cercana, que se hizo añicos al instante.
El resto del grupo de ladrones, iban arrastrando el otro martillo, pero apenas lograron dar dos pasos antes de que una mano enorme le agarrara por la nuca al que intentaba llevarse el martillo. Ubbe lo levantó hasta la altura de sus gafas de sol, lo miró un segundo ,sin ira, sin prisa, y negó despacio con la cabeza.
-No sabes lo que tocas, man, esto te viene grande, además literalmente ¡GAHAHAHA!
Lo soltó. No hacia adelante, sino hacia un lateral, directo contra un grupo de apostadores que ya estaban enzarzados entre ellos. El cuerpo desapareció entre gritos y golpes. 
Ubbe regresó junto a Sigurd con paso firme. Le tendió uno de los martillos sin ceremonia, como quien devuelve algo que siempre ha estado en su sitio.
-Todo tuyo, hermano.
El otro lo giró una vez en la mano, sopesándolo. Luego se lo daría a su compañero. Ubbe abrió paso en la multitud usando el martillo de Sigurd, así barría un poco la gente que tenían alrededor para poder moverse con libertad. 
No necesitaba decir más. Sigurd ya estaba usando a Pegasus como escudo, como arma, como mensaje. Ubbe observó la escena con una media sonrisa ladeada mientras las bolas de billar empezaban a cruzar el aire. No hizo ademán de bloquearlas. No hizo falta. El cuerpo del dueño del casino absorbía impactos con una eficacia grotesca, y cada golpe arrancaba una reacción distinta del público. Había bolas que le daban a él, pero le daba bastante igual. 
Ubbe giró la cabeza un instante. Vio a Kaiba refugiándose tras ellos, vio a Joe y Mai descargando su furia, vio al casino terminar de romperse por dentro. Lujuria, avaricia, violencia, orgullo… todo desbordado, todo sin freno.
Y en mitad de aquello, escuchó la voz de Sigurd elevarse por encima del caos.
El anuncio. El secuestro. La amenaza. Ubbe sonrió, no porque fuera gracioso, porque era lógico.
Se colocó ligeramente por detrás y al costado de su hermano, cubriendo el flanco, el cuerpo relajado pero preparado, como un muro que camina. Sus ojos recorrieron a los guardias, evaluando quién dudaba, quién apretaba los dientes, quién aún creía que podía convertirse en héroe esa noche.
-Yo no probaría - añadió con voz grave, sin gritar, pero lo suficientemente alta para que se oyera- Hoy no es vuestro día.
Chasqueó los dedos otra vez.
-¡Baby!
La retirada comenzó. Paso a paso. Sin correr. Sin huir. Dos buccaneers avanzando entre el caos con el dueño del casino como rehén, como trofeo y como advertencia. Nadie se atrevió a cortarles el paso. Nadie quiso ser el primero en comprobar si las amenazas eran reales. Ubbe no miró atrás, confiaba en Sigurd, siempre lo hacía. Pensó por un momento en Ravena, una lástima que la noche para ellos dos se hubiera acabado de esa manera, pero ahora el Buccaneer tenía algo más que hacer que estar ligando. Aquella noche no había terminado.
Ni de lejos.

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#22
Ubbe, quien había estado ejecutando su propia misión de recuperación de armas robadas, alcanza al último de los envidiosos que había intentado escapar arrastrando uno de los martillos gemelos. Su mano se cierra alrededor del cuello del ladrón con presión que corta flujo de oxígeno instantáneamente, levantándolo del suelo mientras arranca el martillo de sus manos debilitadas con la misma casualidad con que alguien podría quitarle juguete a niño pequeño. Este se acerca hasta donde está su compañero y le tiende uno de los martillos a Sigurd, guardando el otro para sí mismo con sonrisa que promete que va a poner esta herramienta a buen uso muy pronto. El barrido que Ubbe ejecuta con el martillo de Sigurd es violento y eficiente. Un arco amplio que comienza a su izquierda y termina a su derecha, la cabeza masiva del arma describiendo semicírculo perfecto a altura que intercepta torsos, cabezas y extremidades de aproximadamente veinte personas que tuvieron la desgracia de estar dentro del radio de acción cuando el gigante decidió que necesitaba espacio operacional alrededor de su posición. Los envidiosos que habían sobrevivido el encuentro inicial, además de otros 10 apostadores que se encontraban en el camino del martillo, caen como trigo bajo guadaña, sus cuerpos lanzados en direcciones aleatorias por fuerza del impacto, algunos muriendo instantáneamente por trauma craneal mientras que otros viven lo suficiente para sentir costillas perforadas penetrando órganos vitales antes de que oscuridad los reclame.
 
A la vez que Sigurd recupera uno de sus martillos de la mano de Ubbe, y mientras Ubbe está acabando con la vida de 20 personas a un costado de Sigurd, una sonrisa malévola – misma que no pueden llegar a ver Sigurd o Ubbe dadas sus posiciones – se dibuja en la cara de Pegasus. El traje rojo profundo de Maximilian Pegasus no está simplemente diseñado como un artículo de moda excéntrica pues también ha sido cuidadosamente diseñado para guardar uno que otro secreto al igual que el casino y todo lo que rodea a su dueño. La manga izquierda, cortada con precisión que permite movimiento fluido necesario para tocar piano durante horas sin restricción, oculta una funda cosida directamente en el forro interior. Dentro de esta funda descansa pistola que es deliberadamente común y corriente en apariencia. Un modelo estándar que podría encontrarse en cualquier armería de cualquier isla, sin adornos ni modificaciones visibles. Cargada con balas igual de fáciles de conseguir en cualquier isla. Balas explosivas. Cinco de ellas cargadas cuidadosamente en el cilindro, cada proyectil conteniendo suficiente material detonante comprimido como para crear esfera de destrucción de cinco metros de diámetro cuando impacta. Cuando Sigurd alza a Pegasus hacia una posición elevada intentando usarlo como escudo humano contra bombardeo de bolas de billar que Joe y Mai continúan lanzando, el dueño del casino reconoce inmediatamente la oportunidad que acaba de materializarse. Su mano izquierda, que momentos antes había estado inmóvil, descansando al igual que sus brazos a sus costados, ahora empuñan la pistola que se deslizo suavemente desde su escondite en la manga izquierda.
 
Pegasus apunta hacia abajo, a los pies de Sigurd, pues no tiene a donde más disparar, sabiendo que el cañón del arma está posicionado a aproximadamente seis metros sobre el suelo del casino debido a altura de Sigurd quien está alzando como trofeo a Pegasus muy por encima del suelo, buscando utilizarlo como escudo humano ante las bolas de billar. El disparo resuena como trueno en espacio cerrado, el sonido cortando a través del caos circundante. La bala viaja una distancia corta en una fracción de segundo antes de impactar contra el suelo directamente bajo los pies de Sigurd, y entonces el mundo explota en esfera perfecta de fuerza expansiva que abarca cinco metros de diámetro. La detonación lanza fragmentos del suelo aterciopelado en todas direcciones como metralla textil, mientras que la onda de choque ascendente golpea las piernas y pies de Sigurd y de Ubbe – quien aun se encontraba a un costado de su hermano de armas – con violencia que hace que incluso su masa colosal se resienta del impacto. El dolor es instantáneo e imposible de ignorar. Los dedos de Sigurd se abren involuntariamente y Pegasus cae libre desde su prisión elevada a la vez que Ubbe y Sigurd reciben los ataques de las bolas de billar causados por Mai y Joe. El dueño del casino cae en el piso como acróbata que ha practicado exactamente este tipo de maniobra, sus manos dentro de su traje, quedando a menos de un metro de Sigurd y poco más de un metro de Ubbe quien está detrás de Sigurd.
 
La mitad del casino que aún mantiene suficiente instinto de supervivencia para reconocer que quedarse en un establecimiento donde explosiones y gigantes masacran multitudes es una idea terrible comienza un éxodo desesperado hacia la salida. Apostadores tropiezan sobre cuerpos caídos mientras corren hacia pasarela que conecta el Pegaso con el muelle, sus gritos de pánico mezclándose con sonidos de mobiliario siendo volcado y cristales rompiéndose mientras la estampida humana arrasa con cualquier cosa que obstaculice su ruta de escape. Pero la otra mitad permanece casi inmóvil en sus posiciones, atrapados no por barreras físicas sino por cadenas invisibles de sus propios vicios. En la barra, víctimas de la pereza continúan desplomadas en sus taburetes como si las explosiones y la muerte masiva fueran simplemente entretenimiento de fondo. En rincones oscuros y sobre mesas que minutos antes habían albergado apuestas monetarias, parejas y grupos se entregan a lujuria desenfrenada, sus cuerpos entrelazándose con urgencia que ignora completamente que podrían morir en cualquier momento, sus gemidos añadiendo capa adicional a sinfonía de caos que ha reemplazado la música de jazz que Pegasus había estado tocando antes de que todo escalara más allá de lo previsible.
 
Joe y Mai, observando desde su posición, interpretan la escena con la lógica que tiene sentido desde su perspectiva limitada. Los dos gigantes están claramente protegiendo a Kaiba quien continúa escondiéndose detrás de sus masas. Las bolas de billar continúan volando, algunas buscando encontrarse contra los músculos endurecidos de los buccaneers mientras que otras buscan encontrar puntos más sensibles como sus articulaciones, sus entrepiernas, o sus cabezas.
 

 
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#23
El estallido le llegó a Ubbe como un martillazo seco en el cuerpo.
No fue solo el ruido, ni el fogonazo, ni el aire caliente que le mordió las piernas, fue la sensación inmediata de que algo había cambiado para mal. El suelo ardía bajo sus pies, el terciopelo ennegrecido, chamuscado, y el olor a pólvora y carne quemada se mezclaba con alcohol derramado y sudor viejo. Durante un segundo, solo un segundo, Ubbe se quedó quieto. No paralizado si no, evaluando.
Alzó la vista despacio, girando la cabeza con calma, registrándolo todo como quien disecciona un cadáver demasiado grande. Gente corriendo en estampida, otros follando sin importarles nada, bolas de billar silbando por el aire como proyectiles absurdos, gritos, risas histéricas, fuego. El casino ya no era un casino. Era un desastre, y si bien es cierto que a estos dos buccaneers les gustaba más el desastre como al que más, Ubbe no estaba teniendo su mejor noche, y estaba ya un poco quemado de la situación, nunca mejor dicho. 
Bajó la mirada a su propio cuerpo. Las piernas le ardían. No un dolor incapacitante, pero sí el suficiente para saber que aquello iba a empeorar si lo dejaba pasar. Quemaduras superficiales, impacto por onda expansiva, contusiones claras. Luego miró a Sigurd, y a su alrededor. Estaba empezando a estar cansado ya de la locura en la que se estaba convirtiendo la noche. 
-Esto se está yendo a la fucking shit, man...- gruñó para sí mismo. 
Metió la mano en uno de los compartimentos de su equipo y sacó el ungüento. Lo aplicó sin ceremonia, pero a máxima velocidad, extendiéndolo sobre la piel enrojecida de las piernas con presión firme, experta. El frescor químico hizo su trabajo casi al instante, apagando parte del ardor, devolviéndole margen de maniobra. No era una cura milagrosa. Era mantenimiento de emergencia. Lo justo para seguir en pie.
Cuando volvió a incorporarse, lo hizo con el gesto serio de alguien al que se le ha acabado la paciencia. Ravena ya no estaba. La había perdido entre el caos, y por primera vez en toda la noche eso no le produjo curiosidad ni frustración, sino una molestia sorda. La fiesta ya no compensaba.
Había perdido dinero. Había perdido tiempo. Había perdido una noche que prometía otra cosa.
En ese momento, otra bola de billar pasó silbando demasiado cerca, rompiendo el pensamiento de Ubbe por un instante. 
Se giró hacia Sigurd, no había pánico en su mirada, ni urgencia histérica. Solo decisión.
-Brother -dijo, grave- esta fiesta en una shit, te guste o no nos vamos a largar, my man, estoy hasta la polla ya. 
No esperó respuesta.
Avanzó un paso, luego otro, y cuando vio que Sigurd seguía anclado al centro del desastre, hizo lo que tenía que hacer. Clavó los pies, tensó el cuerpo y tiró de él. No como una súplica. Como una orden física. Durante un instante, incluso Sigurd notó que Ubbe estaba empujando más allá de lo habitual; no por rabia, sino por pura necesidad. La fuerza extra brotó como un resorte comprimido demasiado tiempo.
- Let's go, coño -gruñó
Ubbe avanzó unos cuantos metros, arrastrando la situación fuera del punto más castigado por explosiones y proyectiles. Cada paso era una retirada táctica, no una huida. El suelo temblaba, las bolas seguían volando detrás, pero el ángulo cambiaba, el peligro inmediato disminuía.
Se detuvo lo justo para girar la cabeza, mirar atrás una vez más, pensando en el caos que había acabado sucediendo esa noche, había perdido pasta, había perdido su ligue, y ahora encima, le habían pegado una buena hostia entre la explosión y el fuego. En ese momento se fijó en la barra del casino. 
Sus labios cambiaron a una sonrisa ladeada, ocurriéndosele una idea para, al menos, llevarse algo positivo de la noche. 
- Esto no va a quedar asi, baby! -murmuró para sí


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#24
De un segundo a otro, cuando parece que lo tengo la situación bajo control, todo se me escapa de las manos, literalmente. Supongo que esa es la magia del caos, que parece que sí, que estás ejecutando las cosas con éxito, pero hay algo que se te escurre en el último segundo y ZAS, te comes tremenda cantidad de polla.
Ubbe recupera mis martillos y hace por entregármelos, pero un aluvión de pelotazos de un fuego cruzado que no va con nosotros nos alcanza. No duele mucho, pero pica. Y con ello, provocan un momento de desconexión donde bajo la guardia y el malnacido de Pegasus se zafa de mi agarre. Es en ese momento, donde Sigurd sintió el verdadero terror. El propietario del Casino Pegaso se hace con un arma oculta y sin vacilar ni preocuparse por nada ni por nadie, dispara. Su arma, que parece ser especial, conecta con tanta potencia que parece una granada de mano y colapsa en una explosión aterradora. Las llamas nos envuelven tanto a mí como a mí compañero y todo el que se encuentra cerca, causando no solo un daño masivo, sino una quemazón intensa.

Yo agarro el martillo con más fuerza que nunca, mientras una sonrisa macabra se dibuja en mi rostro. Oigo una voz lejana que parece hablar conmigo, pero estoy demasiado enfocado en mi bronca personal y el pitido de los oídos no me deja pensar con claridad. Quién quiera pelea conmigo, la va a encontrar, y con ello su final. Estoy dispuesto a morir aquí si con eso me llevo el barco por delante. -¡Vamos allá, jefe carmesí...!- gruño entre dientes, lleno de determinación y ego, mientras soporto como puedo las quemaduras y el cacao mental que llevo encima del impacto de bala. Pero antes de que me pueda abalanzar, en mitad de mi confusión irascible, aparece una mano. Es Ubbe, que me ha agarrado y está intentando decirme algo. El tirón me desconecta de la pelea y me centra en lo que dice, aunque todavía me cuesta oírle con tanto follón y la explosión todavía rondando por mis tímpanos. Pero su cara, su cara lo expresa todo. Parece agobiado, cansado de todo esto. Tira con muchísima fuerza y voluntad, así que le presento atención a él.
La verdad sobre la mesa, Ubbe es una bestia formidable, un Buccaneer de categoría. Pero no es un hijo del caos como yo. En este contexto me encuentro en mi salsa, pero entiendo que no todo el mundo puede sentirse bien con esto. Con violencia, orgias y explosiones a diestra y siniestra. ¿Y que debería de hacer ahora, morir con mis ideas o pensar en mi hermano de otra madre? Pese a la desorientación que llevo encoma, la respuesta es obvia. 

Con mala gana pero comprensión, me dejo arrastrar mínimamente hasta que por mi mismo avanzo tras el sureño. Ambos avanzamos por el medio del caos, resistiendo lo que se nos viene encima y el fuego cruzado de todo aquello. Pelotazos, balas perdidas, ladrones, adictos al sexo... Cruzamos el mar de caos para salir de esta y que el muchacho pueda respirar.
Pero no pienso olvidar esto, Pegasus. No podemos leernos la mente, pero si he aprendido algo es que nos parecemos en muchas cosas, y tarde o temprano volveré a cruzarme con este macabro infierno en la tierra disfrazado de casino ambulante. Pues los monstruos como nosotros se matan en el reino de las sombras por el trono a rey del caos. Pero hoy... Hoy conservas la corona.

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#25
Joe y Mai cruzan por completo la zona elevada de billar buscando venganza por sus amigos, sus pasos atravesando el caos del salón mientras esquivan cuerpos en fuga. Sus ojos están fijos en Kaiba quien continúa refugiándose cobardemente detrás de las masas de Sigurd y Ubbe, las correas de Yugi y Bakura aún en sus manos como si fueran trofeos. Maximilian Pegasus, en el suelo a menos de un metro de los pies quemados de Sigurd y poco más de metro y medio de donde Ubbe comienza a aplicar ungüento sobre sus propias lesiones, observa la aproximación de las dos figuras. Su mano derecha, que luego del disparo paso a buscar entre los pliegues interiores de su traje rojo, encuentra el arma que ha estado esperando pacientemente su momento de utilidad. La daga emerge del forro interno con brillo metálico que captura luz de lámparas sobrevivientes. Joe, seguido a su costado derecho por Mai, se acerca hasta su posición primero, su trayectoria buscando dirigirse hacia donde Kaiba se esconde, pero Pegasus interpreta el movimiento de aproximación como amenaza dirigida hacia él mismo. El dueño del casino se mueve desde su posición girando sobre sí mismo en rotación completa de trescientos sesenta grados, su brazo armado extendido creando círculo letal que barre el área circundante. El alcance es suficiente para interceptar tanto a Joe como a Mai quienes han cometido el error de aproximarse lo suficiente a Pegasus. La daga traza arco perfecto cortando a través del espacio donde ambos atacantes están posicionados. La hoja encuentra carne dos veces durante la rotación. Primero Joe, cuyo torso queda expuesto cuando el filo lo alcanza en su aproximación frontal, la daga abriendo corte profundo que hace que grite sorpresa y dolor mientras su momento se detiene abruptamente. Luego Mai, atrapada en segundo cuadrante del giro cuando intenta ajustar su trayectoria, el arma cortando su brazo que había levantado defensivamente pero que no puede detener el acero afilado empuñado con fuerza considerable.
 
“Fascinante” – murmura Pegasus mientras se endereza completamente, su daga goteando sangre de Mai y Joe. Pero su atención sobre Joe y Mai significa que Sigurd y Ubbe, quienes han comenzado su retirada coordinada mientras el dueño del casino estaba distraído con nuevos objetivos, pasan completamente desapercibidos. Pegasus no gira hacia ellos, no levanta arma en su dirección, simplemente los ignora, ya se ha olvidado de su existencia. Su desinterés es tan completo que resulta casi insultante, estos gigantes que habían causado tanto caos, que habían secuestrado y amenazado, ahora son tan irrelevantes para él que no merecen ni mirada final mientras se retiran. Pero así era Maximilian Pegasus, más bipolar que un gato buscando cariño para al instante siguiente buffar contra quien se le acerque. Sin embargo, es justo este desinterés por las personas lo que permitía a cualquiera volver al casino incluso al día siguiente y la entrada le sería permitida, pues en este establecimiento nunca se ha vetado a nadie en toda su historia, salvo una persona quien… lamentablemente no viene a cuento en esta aventura.
 
Ubbe tira de Sigurd con fuerza de tal forma que busca dejar en claro que pelear aquí, ahora, no beneficia a nadie excepto a Pegasus quien claramente tiene más sorpresas escondidas, pues no es ni siquiera uno de los protectores oficiales del casino. Los dos buccaneers atraviesan el salón principal mientras proyectiles ocasionales aún silban cerca, sus pasos resonando sobre suelo dañado que cruje bajo peso combinado. Su ruta los lleva cerca de la barra donde víctimas de pereza continúan desplomadas en taburetes como si explosiones y asesinatos fueran simplemente banda sonora ambiental que no merece interrumpir su vicio. Estos apostadores han rendido completamente cualquier instinto de autopreservación, sus cuerpos flojos y ojos vidriosos observando vasos que sostienen con manos carentes de intención haciendo parecer que han desconectado sus cerebros de la realidad circundante. Sus bolsillos abultados con berries no gastados, expuestos y vulnerables como buffet quien reconozca que estos borrachos no levantarían dedo para defender sus posesiones incluso si estuvieran siendo robados directamente frente a sus narices. La sonrisa que cruza rostro de Ubbe cuando sus ojos escanean esta escena viendo la oportunidad materializada en forma de blancos completamente indefensos. El Casino Pegaso continúa su colapso detrás de ellos. Pegasus de pie sobre Joe y Mai heridos mientras evalúa si regresar a tocar el piano o mejor volver con su amada quien duerme plácidamente en uno de los rincones más recónditos de la embarcación. Kaiba aún escondido manteniendo el agarre en correas de sus esclavos humanos. La mitad del salón evacuado mientras la otra mitad permanece atrapada por vicios que valoran más que su propia supervivencia. Y, en medio de todo esto, Ubbe y Sigurd quienes tienen que decidir como terminar la noche de la forma más oportuna para ellos.
 

 
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#26
Ubbe pensaba en el caos, el humo y los restos de una noche que se había torcido demasiado rápido. Las llamas lamían alfombras caras, los gritos se mezclaban con risas histéricas y, a su espalda, Pegasus y su circo seguían descomponiéndose en una espiral que ya no le interesaba lo más mínimo. No por miedo, ni por respeto… pura pereza.
Aquello ya no era un reto. Era ruido.
El buccaneer resopló con desdén, girando ligeramente la cabeza hacia Sigurd mientras caminaban.
- No pienso terminar esta noche así -dijo, seco, sin levantar la voz- Bastante shit ha sido ya.
No miró atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que Sigurd entendía ese tono. No era codicia desatada, ni sed de caos como la suya. Era algo más simple, más terrenal: equilibrio. Si el casino le había hecho sangrar, Ubbe pensaba llevarse algo a cambio de las quemaduras, la explosión y los berries perdidos.
Sus ojos se desviaron entonces hacia la barra.
Allí seguían. Un grupo de gente vencida ya por la codicia y el ambiente de este sitio. 
Cuerpos vencidos sobre taburetes, cabezas colgando, manos laxas sujetando vasos que ya no contenían nada. Miradas muertas clavadas en un punto inexistente, ajenos a explosiones, asesinatos o huidas masivas. Bolsillos abultados. Cinturones cargados. Bolsas medio abiertas. Nadie vigilando nada.
Ubbe chasqueó la lengua.
- Míralos… -murmuró- El mundo ardiendo y estos cabrones ni parpadean.
No se detuvo a debatirlo. Simplemente actuó.
Pasó entre ellos como una sombra gigantesca, sus manos enormes moviéndose con su común velocidad, con precisión quirúrgica. No hubo violencia, ni brusquedad innecesaria. Un tirón aquí. Un bolsillo vaciado allá. Una bolsa descolgada. Un puñado de berries que desaparecía en su chaleco. Un reloj caro arrancado con dos dedos. Un cuchillo pequeño, por si acaso.
Ninguno reaccionó. Uno incluso sonrió, creyendo que aquello formaba parte de su delirio etílico.
Ubbe terminó en segundos.
Se enderezó, ajustó el peso en su cuerpo y lanzó una última mirada indiferente al salón. Pegasus, Kaiba, gritos, gemidos, sangre… todo aquello ya no le provocaba nada. Ni rabia, ni interés.
Solo ganas de irse.
- Vámonos my man, -dijo a Sigurd, ya en dirección a la salida- ¡let's get out of here, baby!
Y sin mirar atrás, el buccaneer puso rumbo al exterior, abandonando el Casino Pegaso con paso decidido, dejando tras de sí una noche rota, bolsillos más ligeros… y la clara sensación de que, al menos, no se iba completamente perdiendo.

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#27
Siempre me he dejado llevar por mis instintos más primarios y mis propios intereses. Ese es el beneficio de ser el más fuerte, esa libertad de consecuencias que te hace el hombre más libre del mundo. Pero por una vez, Ubbe tiene razón. Aquello es demasiado, y no como algo positivo, sino como excesivo. No me voy a engañar a mi mismo, me excita y me gusta, sí. Pero no viajo solo. Y si mi compañero necesita un alto al fuego, se lo doy. Eso es innegociable.
Me retiro en silencio, pensativo y meditabundo. Pegasus realmente ha sido un cretino malnacido, pero un anfitrión a la altura de lo que propone. Por suerte, no es un sitio estanco y viajan por el mar en busca del pecado. Tarde o temprano volveré, no me cabe duda.

Avanzamos tan rápido como podemos, esquivando lujuria y avaricia en cada rincón. Y aun así, el negrito de ojos claros aún me sorprende. No una frustración casi personal, como si quisiera darle un último golpe al casino por haberle amargado la noche, decide en un acto tan honesto y digno de este lugar, hacer acopio ajeno de todo lo que se encuentra. Entre sus brazos y bolsillos, pilla riquezas y chuminadas que se va encontrando a su paso. ¿Este es tu ídolo? El mío sí. 
Lo miro desde atrás, pues corre más que yo, con los ojos de un hermano mayor orgulloso. Una sonrisa tonta se dibuja en mi cara y nace en mi un sentimiento que yo mismo enterré hace muchos años... ¿Familiaridad? Trato de eliminarlo de mi cabeza, como si fuera algo negativo en la pirateria, aunque se me queda escondido en un rincón sucio de la mente. Latente, pero avergonzado de salir. 

Ni corto ni perezoso, imito a mi compañero. Si él piensa robar riquezas y todo aquello que está a su alcance, yo pienso hacerme con lo que más me gusta... Personas. -Veamos...- miro de un lado para otro, con el ritmo frenético que me permite la huída improvisada. Por suerte para nosotros, este lugar es tan caótico que Pegasus ya está distraído con otra cosa. Y buscando y buscando... Arrastrándose como una cucaracha asustada se encuentra el comemierdas del abusón que llevaba personas como perros. Ahora que todo ha escalado y la violencia es más presente, se esconde como una rata. Y no se va a librar. 
De entre todos los que puede hacer un pirata: pelear, robar, saquear, abusar, viajar libre... Mi actividad favorita siempre es la misma, secuestrar. Que maravilla. Cuando lo veo, me acerco rápido y lo engancho de la cabeza como si fuera un complemento. Lo sacudo un poco para que no de problemas, aunque me gusta que grite y se altere. Con este hay dos opciones... O alguien lo reclama en unos días pagando una fortuna por él, o nadie le echa de menos por lo despreciable que es y me lo quedo para mí... Kira, Viva, Ameba... Han dicho su nombre, aunque no recuerdo cómo se llama.
Ayuda visual, secuestro de Kiba

Seguimos en nuestra fuga, cada uno con su respectivo botín improvisado. Ya solo queda alcanzar el barco y hacer como que esta noche no ha pasado... A todo esto, ¿Que sabor tiene un humano esclavista? 

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#28
El último vestigio de orden en el Casino Pegaso se desintegra completamente cuando Ubbe y Sigurd ejecutan su retirada final, atravesando el salón con la búsqueda de un saqueo oportunista a los perezosos demasiado perdidos en sus propios vicios como para defenderse. El humo de las explosiones previas flota en capas visibles bajo las luces supervivientes de las lámparas, creando atmósfera neblinosa. La barra, que había servido como refugio para los perezosos, ahora se convierte en el cofre del tesoro abierto para los buccaneer. Los apostadores desplomados sobre taburetes permanecen en sus posiciones de rendición total ante la extraña realidad. Sus ojos vidriosos siguen fijos en puntos inexistentes mientras el casino literalmente se desmorona alrededor de ellos. Ubbe se mueve entre ellos, sus manos ejecutando un ballet de robo que podría llevarse a un teatro como la obra magna de algún artista de poca monta. Los bolsillos de los perezosos son vaciados extrayendo billeteras gordas sin despertar a sus dueños, cinturones cargados son aligerados de bolsas que contienen miles de berries. Uno de los borrachos sonríe vagamente cuando los dedos masivos del buccaneer extraen objeto tras objeto de sus bolsillos, su cerebro intoxicado interpretando el saqueo como el toqueteo de una moza más que forma parte del entretenimiento proporcionado por el establecimiento. Nadie levanta la mano para detener el robo. El botín se acumula rápidamente en los múltiples compartimentos del equipo de Ubbe.
 
Sigurd observa la demostración de robo de su compañero con expresión que evoluciona desde aprobación hacia algo más complejo. Un sentimiento que roza aquel territorio emocional que normalmente mantiene enterrado bajo capas de violencia. Orgullo, quizás. Reconocimiento de que este gigante no es simplemente un aliado por conveniencia sino alguien que se aproxima peligrosamente al concepto de familia. La sonrisa tonta que se dibuja en su rostro es involuntaria. Pero Sigurd no es Ubbe, y donde su compañero busca compensación monetaria, el guerrero tiene apetitos de otra calaña. Sus ojos escanean el salón buscando tipo diferente de premio, y los encuentran arrastrándose patéticamente entre escombros y cuerpos. Kaiba, ahora reducido a una cucaracha asustada está buscando escapar de la violencia que se desata en el casino. Las correas que había sostenido con tanto orgullo han sido abandonadas en algún punto durante el caos, Yugi y Bakura probablemente habiendo aprovechado la distracción de su captor para escapar hacia la libertad para afrontarlo en el futuro. Sigurd se aproxima, su mano descendiendo para agarrar la cabeza de Kaiba como si fuera melón en un mercado. Los gritos de Kaiba son música para los oídos de Sigurd. Protestas indignadas sobre cuánto dinero tiene su familia, amenazas de consecuencias legales e ilegales que vendrán cuando su familia descubra este ultraje. Todo el repertorio estándar de ricos que nunca han experimentado verdadera impotencia y que creen que estatus social es una armadura que los protege de las consecuencias físicas de sus acciones.

Los dos buccaneers avanzan hacia la salida con sus respectivos botines. Ubbe cargado miles de berries y Sigurd arrastrando a aquel humano que grita como un cerdo siendo llevado al matadero, ambos satisfechos a su manera, excepto de Kaiba cuyo futuro es tan incierto como cierto es el odio que cierta semioni de nombre Ravena empieza a sentir por Ubbe al haber sido completamente olvidada e ignorada tras los acontecimientos evocados en el casino. La pasarela que conecta al Casino Pegaso con el muelle del Reino de Sakura permanece intacta a pesar del caos interno. Los guardias que originalmente controlaban acceso han abandonado sus posiciones. Ubbe y Sigurd cruzan la pasarela sin resistencia, sus figuras recortándose contra las luces del puerto. Detrás de ellos, el Casino Pegaso permanece impasible, como si todo lo que sucedió en las últimas horas hubiese pasado en una dimensión paralela.
 

 
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#29
Ubbe cruzó la pasarela sin mirar atrás.
Notaba el peso del botin tirando de los bolsillos; berries robados a gente que ni siquiera sabría decir cuándo los perdió. Miles. Suficientes como para justificar el desastre… y, aun así, completamente incapaces de arreglar cómo había acabado la noche.
El casino ardía a su espalda, literal y figuradamente, pero ya no le importaba. Pegasus, Kaiba, los gritos, el humo, las orgías, la violencia… todo aquello se había convertido en ruido de fondo. Un espectáculo que había empezado con risas, bebida y miradas prometedoras, y que había terminado como siempre terminaban los excesos: feo, sucio y cansado.
Caminó junto a Sigurd, firme, sincronizado, no habia reparado si quiera en el secuestro que había hecho su hermano, tenía la cabeza en otro sitio. Ravena.
La imagen le cruzó la mente de manera fugaz. El vestido rojo, la presencia aplastante, la chispa compartida entre apuestas y peligro. La noche había apuntado a algo distinto, a algo divertido… incluso interesante y sugerente. Y había acabado perdiéndola entre explosiones, fuego cruzado y locura.
Chasqueó los dedos con fastidio, su tic seco habitual resonando en el aire salado del puerto.
- Vaya shit de noche baby… -murmuró- Bueno, al menos nos hemos llevado some money's GAHAHAHA
Avanzó un par de pasos más y se ajustó el equipo, sintiendo el peso del botín.
Oyó los gritos del humano que Sigurd arrastraba, pero no reaccionó. No era su problema. Esta noche ya había tenido suficientes movidas como para cargar con alguna más.
No hubo despedidas.
No hubo promesas.
Solo dos buccaneers alejándose de un infierno flotante que había decidido devorarse a sí mismo.
Detrás de ellos, el Casino Pegaso siguió brillando, intacto en apariencia, como si nada hubiera pasado.
Pero Ubbe lo sabía.
Algunas noches empiezan bien…y aun así terminan siendo una absoluta locura.
Con el botín asegurado y la paciencia agotada, siguió caminando.
La aventura había terminado.

off
#30
Que la noche se había descontrolado era un hecho irrefutable. Lo que prometía ser una noche tranquila y de juegos, se ha convertido en un caos de perversión y pecados reducidos entre cuatro paredes y oculto de un mundo ignorante que prefiere mantener los ojos cerrados ante lo evidente. ¿Cuanto poder se oculta entre esas cortinas rojas que no voy a cruzar jamás? ¿Cuantas víctimas hay sufriendo tras bambalinas? ¿Que se esconde más allá de lo evidente? Tal vez, por mi imprudencia violenta nunca lo sabré. O quizás el mismo acto homicida ha llamado la atención de más de uno y más de dos. He tenido las puertas del bajo mundo frente a mis narices, pero como si fueran las propias del tártaro, no he sido capaz de derrotar al guardián que las custodia. ¿Ha sido un fracaso? En absoluto 

Ubbe, tal vez ajeno a todo el mal o saneando una mente que aún no se acostumbra a la crueldad del infierno terrenal, ha sido el más inteligente y se lleva un botín que nos va a venir bien a futuro. Y yo... Yo me quedo con la fuente de información más precisa de lo que se esconde en mitad del caos. La cucaracha adinerada llora, grita, amenaza. Lo que no entiende es que me está dando bazas para sacarle toda la información y poder sumergirme en esa red profunda que esconde tantos placeres más allá de la compresión y la ética. Esto no va de dinero, ni de abuso. Va de contactos. Pronto sabremos quién es este tipo y con quien se relaciona. Y por cada silencio, un miembro menos en el cuerpo. La jugada es tan sencilla como esa. 

Cruzamos el barco y la pasarela hasta llegar al exterior. La mole negra se ve agotada mentalmente y yo, para ser sincero, también lo estoy. -Lo siento tío...- me disculpo entre bramidos y zarpazos del secuestrado. Hacía años que no decía esas palabras, pero mi hermano las merecía. -Tal vez no tenía que haberlo agarrado...- sigo con la disculpa, pero -... Tenía que haberle pegado un hachazo directamente en el cráneo, ¡JARUL JUL JUL JUL...!-

Por supuesto que no me arrepiento. Bueno sí, de no haberle matado de primeras. Ese mamón carmesí me la ha jugado pero bien y he pecado de confiado. Lección aprendida contra tiradores: esta gente explota en las manos. No sé porque tengo esa sensación de DejaVu, como si en una vida pasada me hubiera pasado lo mismo. Mejor aprender la lección. ¿Y cuál es la lección? No agarres, pega hachazos y pregunta después, Jarul Jul Jul Jul...
Con todo lo pasado y vivido, es momento de alcanzar un barco o una posada, comer algo caliente y esperar a un nuevo día de aventuras. -Por cierto...- voy charlado con Ubbe mientras nos retiramos como si nada hubiera pasado, ajenos al peligro del mundo. -... ¿Te has fijado en esa camarera? Yo creo que me tiraba la caña.... ¿Es cosa mía o tú también lo has notado?... ¿Te entra un karaoke? A mí sí...-
Continuará... 

Final


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