18-12-2025, 09:06 PM
Verano, Año 16
Si algo había aprendido Mei en sus siete años siendo libre y viajando con su padre, era que ninguna estadía era gratis. Fuese por necesidad o por querer dar una mejor impresión, pero siempre había que pagar por cualquier cama y techo que tuviesen. Claro que en ese entonces era su padre quien se llevaba el bruto del asunto, ¿quién pasaría la mano de obra de un Mink pangolín de seis metros? No era esclavitud, no realmente, al final del día la mayoría de los contactos de su padre no le pedían más que la ayuda justa para estar a mano, pero no dejaba de generar cierta amargura. Era un poco por lo que Mei pretendía volcarse completamente a la piratería en cuanto se sintiese realmente lista, la libertad que venía con ellos sonaba mucho más cómoda y tentadora que vivir de la caridad de otros. No llevaba demasiado teniendo que manejarse sola, y si muy bien los amigos y aliados de su padre tenían siempre un lugar para ella, la Mink era completamente consciente de que le tocaba a ella ser quien hiciera el trabajo duro correspondiente. Y en la Isla del Karate, donde ya llevaba quedándose unos cuantos muchos meses, eran pocos los trabajos donde una señora de cuatro metros de alto fuese especialmente útil.
Verán, el viejo contacto en Karate del padre de Mei no era más que un humilde granjero que le debía un simple favor a dicho Mink -Con simple favor, entiéndase que el Mink le había salvado la vida a uno de sus hijos-, uno de los tantos dedicados a trabajar en los gigantescos arrozales que cubrían casi toda la isla. No es que estuviese tan viejo como para no seguir trabajando él mismo, pero con sus hijos dedicándose a las artes marciales y su mujer haciéndose cargo del hogar, pues una mano con la ardua tarea era definitivamente bienvenida Entra: Mei, jovencita en excelentes condiciones físicas, también en necesidad de un lugar donde quedarse y el código de honor correcto para aceptar el trato. En retrospectiva, Mei hubiese negociado otra forma de pagar el favor si hubiese sabido en ese minuto la tortura que sería trabajar en los condenados arrozales en pleno verano, pero ya había dado su palabra y no podía venir a echarse atrás en ese punto, llevaba demasiado tiempo ya como para venir a rendirse ahora con el trabajo pesado.
- ¡Vamos Mei, deja de quejarte y levanta con las piernas! -Las palabras del hombre vendrían seguidas de un largo “Uuuuugggghhhhh…” de la Mink, quien claramente estaba un poco hasta los cojones del asunto. Mientras que el señor caminaba tranquilamente con una sola canasta colgando de su espalda para ir dejando semillas, así como protegido del sol con un clásico sombrero de paja bien amplio, Mei no corría con la misma suerte. Para empezar, tenía como cinco canas colgándole de la espalda y otras cuatro de la cadera, por no mencionar que obviamente no tenía su propio sombrero porque con su tamaño de cabeza y orejas no había alguno que le quedara. Lo peor era como estaba vestida: Pantalones largos grises en sus piernas que le llegaban a los pies, y un gi del mismo color que le quedaba un tanto holgado, pero que la cubría por completo. Entre eso y su pelaje, se estaba muriendo un poco mucho de calor, se le empezaba a notar lo sudado a su ropa y todo. Y para completa el set de tragedias y tortura, tenía tanto las patas como las manos cubiertas de lodo, el cual ya se empezaba a sacar, le tomaría un par de horas sacarlo de su blanco pelaje y un par de días que realmente no quedasen rastros.
- Ugh, me va a tomar días sacarme el fango… -Queja común y esperable de la liebre, que no estaba ayudando a su caso con su pie derecho golpeando el piso y mandando aún más lodo a volar. No era el trabajo más pesado realmente, podría ser peor, pero el calor la estaba empezando a marear- Solo… Solo digo que… Podríamos descansar… Tomar agua… -No demandaba con mucha fuerza, nada más que un simple pedido, porque al final del día sí quería pagar su deuda. No le gustaba dar problemas, y aun si su lenguaje corporal era el de una trabajadora agotada y rendida, seguiría trabajando hasta que le dijeran lo contrario. Pero claro, eso no le quitaba en absoluto el derecho a quejarse- ¡Hace mucho calor! -Simplemente era parte del asunto.
Verán, el viejo contacto en Karate del padre de Mei no era más que un humilde granjero que le debía un simple favor a dicho Mink -Con simple favor, entiéndase que el Mink le había salvado la vida a uno de sus hijos-, uno de los tantos dedicados a trabajar en los gigantescos arrozales que cubrían casi toda la isla. No es que estuviese tan viejo como para no seguir trabajando él mismo, pero con sus hijos dedicándose a las artes marciales y su mujer haciéndose cargo del hogar, pues una mano con la ardua tarea era definitivamente bienvenida Entra: Mei, jovencita en excelentes condiciones físicas, también en necesidad de un lugar donde quedarse y el código de honor correcto para aceptar el trato. En retrospectiva, Mei hubiese negociado otra forma de pagar el favor si hubiese sabido en ese minuto la tortura que sería trabajar en los condenados arrozales en pleno verano, pero ya había dado su palabra y no podía venir a echarse atrás en ese punto, llevaba demasiado tiempo ya como para venir a rendirse ahora con el trabajo pesado.
- ¡Vamos Mei, deja de quejarte y levanta con las piernas! -Las palabras del hombre vendrían seguidas de un largo “Uuuuugggghhhhh…” de la Mink, quien claramente estaba un poco hasta los cojones del asunto. Mientras que el señor caminaba tranquilamente con una sola canasta colgando de su espalda para ir dejando semillas, así como protegido del sol con un clásico sombrero de paja bien amplio, Mei no corría con la misma suerte. Para empezar, tenía como cinco canas colgándole de la espalda y otras cuatro de la cadera, por no mencionar que obviamente no tenía su propio sombrero porque con su tamaño de cabeza y orejas no había alguno que le quedara. Lo peor era como estaba vestida: Pantalones largos grises en sus piernas que le llegaban a los pies, y un gi del mismo color que le quedaba un tanto holgado, pero que la cubría por completo. Entre eso y su pelaje, se estaba muriendo un poco mucho de calor, se le empezaba a notar lo sudado a su ropa y todo. Y para completa el set de tragedias y tortura, tenía tanto las patas como las manos cubiertas de lodo, el cual ya se empezaba a sacar, le tomaría un par de horas sacarlo de su blanco pelaje y un par de días que realmente no quedasen rastros.
- Ugh, me va a tomar días sacarme el fango… -Queja común y esperable de la liebre, que no estaba ayudando a su caso con su pie derecho golpeando el piso y mandando aún más lodo a volar. No era el trabajo más pesado realmente, podría ser peor, pero el calor la estaba empezando a marear- Solo… Solo digo que… Podríamos descansar… Tomar agua… -No demandaba con mucha fuerza, nada más que un simple pedido, porque al final del día sí quería pagar su deuda. No le gustaba dar problemas, y aun si su lenguaje corporal era el de una trabajadora agotada y rendida, seguiría trabajando hasta que le dijeran lo contrario. Pero claro, eso no le quitaba en absoluto el derecho a quejarse- ¡Hace mucho calor! -Simplemente era parte del asunto.
