Ryota Miyamoto
Fuerza
Resistencia
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C. de Haki
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En un mundo lleno de batallas épicas, desafíos intensos, emociones desbordadas y clímax extremos, las situaciones cotidianas, más tranquilas o serenas, suelen quedar relegadas y enfrentarse al olvido mismo de quienes las viven. Pero, a veces, una charla, un encuentro o incluso una simple mirada pueden abrir una grieta impresionante entre lo cotidiano y lo extraordinario.
Esta historia por contar es una de ellas: un momento nacido en lo cotidiano que terminaría convirtiéndose en algo más.
Los rayos del sol caían sin clemencia sobre la isla Karate aquel día. Todos los habitantes se quejaban para sus adentros del clima abrasador que golpeaba con rudeza sus cuerpos. Algunos trabajaban, otros entrenaban o cumplían con sus tareas respectivas, pero había algo en lo que todos coincidían: hacía un calor insoportable.
La búsqueda por escapar de dicha inclemencia de la madre naturaleza iba desde abanicos, trapos mojados en la cabeza, o simplemente no atreverse a salir de la sombra para que sus cuerpos no sufrieran más de lo necesario. Todas eran buenas ideas sin lugar a dudas, pero carentes de acción. Entre las personas en uno de los poblados de la isla había un chico de cabellos castaños, mirada tranquila y elocuencia agradable que no tardó en preguntar a los pueblerinos dónde podía encontrar un río o estanque en el que sumergirse y pasar allí todo el día.
La mayoría le informó que el único lago cercano era un lugar sagrado, reservado exclusivamente para los artistas marciales, quienes se sumergían en sus aguas curativas para recuperar fuerzas. Al oírlo, el joven reaccionó con tristeza ante la negativa, aunque aun así preguntó dónde se encontraba aquel sitio, asegurando que solo quería saberlo para no cometer el error de acercarse y mancillar el honor de los practicantes marciales.
Una vez le dieron las indicaciones, aseguró que iría a descansar a la sombra del bosque. Pero en cuanto se alejó lo suficiente, no perdió tiempo en dirigirse hacia el lago.
“Lugar sagrado mi trasero, con este calor lo único que se puede hacer es buscar un buen lago para relajarse.”
Mencionó para sí mismo en tono jovial mientras avanzaba por el sendero en busca del lago sagrado del que le habían hablado. No tardó mucho en encontrar el hermoso estanque: se alzaba más allá del camino, a unos cuantos metros de ascenso entre un espeso bosque de bambú, hasta desembocar en un claro donde los rayos del sol se reflejaban en sus aguas cristalinas, creando un espacio mágico y deslumbrante que era dividido por una gran roca en medio, impidiendo la vista al otro extremo del lago.
Ante la belleza de aquel pacífico escenario, Ryota no perdió tiempo en desvestirse, dejando la ropa al borde del estanque y asegurándola bajo sus zapatos para que no saliera volando por cualquier brisa que soplara. Luego se sumergió en el agua con solo la ropa interior y nadó hasta la gran roca, apoyando la espalda contra ella mientras disfrutaba de la frescura de aquellas aguas.
“Ahhhhhhhh Bro, esto es vida, podría quedarme aquí para siempre.”
Expreso con agrado, llevando sus manos hasta la parte trasera de su cabeza para recostarse con mayor comodidad. La suave caricia del agua lo envolvía, alejando por completo el calor que hasta hacía apenas unos instantes lo había estado acosando. “Solo haría falta una buena bebida…” Se atrevió a expresar como si deseara que la suerte lo ayudara en tal petición. “Parece que los artistas marciales prefieren matarse bajo el sol que disfrutar de este lugar, qué desperdicio…” Le parecía completamente absurda la idea de “esforzarse” tanto en busca de fuerza, en lugar de disfrutar de los lujos que su posición les podía brindar. Aunque, para él, mejor que las cosas fueran así.
Alana Sahiba
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
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Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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El calor llevaba horas persiguiéndome como una mala idea que no sabes cuándo decidiste tener. Isla Kárate podía ser muchas cosas, según algunos: disciplinada, intensa, solemne hasta el extremo, pero aquel día era, sobre todo, un horno. Y yo, que mido lo que mido y tengo la tolerancia al bochorno de una piedra lanzada al sol, llevaba ya demasiado rato maldiciendo en silencio a todo aquel que hubiese decidido que entrenar bajo ese cielo era una buena filosofía de vida.
Por eso puse rumbo a un famoso lago. No debería haber ido. Lo sabía. Lugar sagrado, respeto, tradición, disciplina. Todas esas palabras que pesan mucho cuando te las dicen, pero que se evaporan un poco cuando el sudor te baja por la espalda y sientes que te vas a derretir como cera barata. Así que ahí estaba yo, avanzando entre el bambú, con la cola pegajosa y el humor a medio camino entre el sarcasmo y la resignación.
Y entonces lo vi. Un tipo. Grande, aunque para mí todos sean grandes. Relajado. En el agua. Parpadeé una vez. Luego otra. Me llevé las manos a las caderas, incrédula. No solo había alguien en el lago: estaba a gusto. Espalda contra la roca, brazos tras la cabeza, como si aquello fuese una bañera privada y no un sitio reverenciado por generaciones de artistas marciales con demasiada disciplina y muy poca imaginación. Que envidia insana.
— ¿…en serio? —murmuré para mí, sin darme cuenta de que ya estaba avanzando hasta una piedra cercana al borde. Me subí a una piedra cercana para que me viera, porque gritar desde abajo siempre acaba en humillación, y me aclaré la garganta—. Oye —dije, alzando la voz lo justo—. Dime que eres un espíritu del lago, porque si eres humano, me temo que estás cometiendo un crimen capital —me crucé de brazos, la cola moviéndose despacio detrás de mí, evaluándolo con curiosidad descarada—. ¡Pero tranquilo! —añadí con animosidad, antes de que reaccionara mal—. No voy a delatarte. Bastante tengo con no derretirme yo.
Miré alrededor por puro reflejo. Nadie. Ni un monje. Ni un aprendiz. Ni un anciano dispuesto a gritarnos. El lago seguía tranquilo, brillante, casi burlón. Suspiré. Después lo miré. Y, por un segundo, pensé que quizá yo también pudiera disfrutar de esas aguas. Fue entonces cuando todo se fue a la mierda. La piedra sobre la que me había colocado, cerca del lago, estaba caliente. Demasiado. Y yo, que peso poco y confío más de la cuenta en superficies traicioneras, resbalé. Un gesto torpe, una cola mal colocada, y de pronto el mundo giró—. ¡Eh—! —no grité. No tuve tiempo. Solo sentí el vacío breve y luego el agua cerrándose sobre mí con un plof ridículo, indigno, completamente contrario a cualquier idea de dignidad.
Salí a la superficie escupiendo, empapada, con el pelo pegado a la cara y una expresión que prometía violencia—. ¡NO DIGAS NADA! —advertí a aquel desconocido, señalándolo con un dedo tembloroso.
El silencio volvió en una extraña calma. El lago seguía igual de tranquilo. Como si acabara de tragarse mi dignidad y no le importara lo más mínimo. Lo cierto es que no era todo tan tranquilo como parecía, pues el ligero chapoteo de mis manos en el agua, luchando por mantenerme a flote era perceptible, al menos para mí. Quizás el lago no era exageradamente profundo pero dada mi altura, cualquier pequeño charco, parecía el más grande de los océanos.
Ryota Miyamoto
Fuerza
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C. de Haki
C. de Akuma
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La sensación refrescante del agua que arropaba la piel del muchacho, género que sus interrogantes sobre los locales terminasen en un satisfactorio silencio. No existía razón para pensar en nada; solo debía disfrutar del momento, sin siquiera prestar atención a los ligeros murmullos que los animalitos del bosque pudieran hacer al acercarse a la laguna por algo de agua.
Aunque dichos murmullos pronto se transformaron en una voz femenina.
De inmediato, la mirada del chico se desvió con brusquedad a un costado temiendo lo peor. Quizás alguna artista marcial lo había descubierto, ¡debía inventarse algo rápido!… o ese fue su pensar, hasta que en su lugar vio una pequeñita hada del bosque hablándole.
“¿Qué carajos?”
Limpio sus ojos una vez.
La pequeña hada de no más de quince centímetros continuó hablándole, era linda y muy graciosa, ya que las palabras “crimen capital” sonaban más lindas emitidas por una carita tan tierna.
Volvió a limpiarlos, esperando que se tratara solo de la fuerte insolación. Pero cuando terminó, la pequeña hada seguía en el mismo lugar.
“¿Gracias?” Contesto, con más duda que agradecimiento en el tono de sus palabras. La pequeña hada parecía no tener intenciones de delatarlo; en realidad ella también se quejó sobre el calor y por su forma de ver el agua con tanto ahínco, sembró la idea en el castaño de tener intenciones de meterse.
Algo que terminó ocurriendo de todas formas, puesto que, de una manera bastante caricaturesca, el pequeño cuerpo perdió el soporte y dio media vuelta para terminar en las refrescantes aguas.
“Bro… ¿en serio es un hada? o necesito urgentemente ir al doctor.”
Se preguntó, viendo en primera fila como la pequeña mujer chapoteaba en el agua, para llegar hasta la orilla nuevamente y salir del agua muy enojada.
Cerró sus labios ante la amenaza, puesto que sabía muy bien que llevarle la contraria a una mujer enojada, aunque fuese de quince centímetros podría ser un error fatal.
La mente del castaño se debatía entre reír o mantener silencio, por un lado, aquello que ocurrió fue digno de una caricatura; por otro, era la primera vez que veía algo como ella. Estaba estupefacto, nunca se imaginó que las hadas existieran, menos que tuvieran naricitas respingadas o colas abultadas.
Pasado un minuto para que la ira de la joven se apaciguara, la expresión de Ryota se relajó. “¿Ya puedo hablar?” Preguntó con un tono burlón, desplazando su cuerpo dentro del agua en dirección a ella. Luego apoyó un brazo fuera del estanque y lo usó para recostar la cabeza de medio lado, observándola.
“Es la primera vez que veo un hada. No sabía que eran tan bonitas.” Expreso con genuino aprecio, digno de un niño cuando se maravilla con algo por primera vez. “Me llamo Ryota, es un placer.” Sonrió, acercando su mano libre para extender su dedo y saludar a la pequeña de manera formal.
“Creía que tenían alas y brillaban por donde quiera que pasaran.” Compartió su ingenuidad junto con ella, mientras esperaba al “apretón de manos”
“Me alegra haber acertado con lo segundo.”
Expresó de forma coqueta, elogiando la belleza de la señorita, pues, aunque sentía una curiosidad sin malas intenciones, también sabía apreciar los rasgos atractivos de todas las especies. El hombre simplemente no discriminaba.
Después del apretón (si se daba o no) Ryota regresó la mano estanque. “Discúlpame por no ayudarte a salir, mientras chapoteabas creía que estaba alucinando.” Recordó con gracia el momento de hace unos instantes. “Pero, en vista de que ambos somos cómplices en el delito de nadar en este estanque sagrado, ¿Qué te parece acompañarme?” Sonrió tras su invitación, le animaba la idea de disfrutar del estanque con alguien más, la compañía siempre era bienvenida.
“Si te apetece, podrías subirte a mi cabeza y buscar una parte menos profunda para ti, digo, así podrías recostarte y disfrutar. Así podríamos platicar y conocernos, no todos los días se ve a alguien de una raza diferente con quien intercambiar opiniones culturales.” No quiso pecar de chismoso, pero realmente le llamaba la curiosidad.
“Por ejemplo, por pura curiosidad científica, ¿tienes novio?”
Alana Sahiba
Fuerza
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C. de Akuma
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23-12-2025, 09:44 PM
(Última modificación: 24-12-2025, 02:07 PM por Alana Sahiba.)
El agua estaba fresca, fría. Fría de verdad. De esa que te roba el aire durante medio segundo y te hace replantearte todas las decisiones vitales que te han llevado hasta ese punto. De verdad, ¿qué me ha llevado hasta ahora? Cuando conseguí llegar a la orilla, empapada, con el pelo pegado a la cara y la cola chorreando sin ningún tipo de dignidad, me quedé quieta unos segundos, respirando hondo, intentando decidir si iba a gritarle, maldecirlo, o simplemente aceptar que el universo me odiaba personalmente.
Le miré. Le miré mucho.
Ese tipo estaba ahí, tan tranquilo, metido en el agua como si no acabara de presenciar a una criatura diminuta darse el golpe de su vida delante de él. Mis ojos se entrecerraron peligrosamente cuando no dijo nada al principio, y crucé los brazos, apretando la cola contra la espalda para que no goteara más de la cuenta.
— Te advierto —empecé, señalándolo con un dedo diminuto pero cargado de intención— que lo que acabas de ver está penado con cárcel, exilio y, dependiendo del humor del día, maldición ancestral incluida.
Resoplé, de nuevo con una amenaza que no llegaría nunca a nada y pasándome una mano por la cara mientras escurría un mechón de pelo. El calor anterior ahora se sentía como una burla cruel. Cuando habló, ladeé la cabeza, observándolo con desconfianza. Ese “¿gracias?” suyo me sonó tan sincero como perdido, y por un segundo dudé. No parecía burlón. Más bien… confundido. Muy confundido.
— De nada —respondí al final, con sequedad, no porque él hubiese hecho o dicho nada, sino porque caerme al agua había sido una pérdida de mi propia dignidad.
Chapoteé como pude, tragando agua, braceando con furia hasta llegar de nuevo a la orilla. Salí hecha una furia, empapada, con la respiración acelerada y una expresión que prometía violencia—. No soy un hada —dije, llevándome las manos a las caderas—. Pero soy real. Tengo cuerpo, me mojo, me enfado y si sigues mirándome así, te muerdo.
Respiré hondo. Una vez. Dos. Poco a poco, la rabia fue bajando, sustituida por algo más cercano a la vergüenza… y a la curiosidad. Porque, vale, no había gritado. No había salido corriendo. No había intentado atraparme en un frasco ni nada parecido. Eso jugaba a su favor, demasiado. Cuando preguntó si ya podía hablar, le lancé una mirada de reojo—. Puedes… —dudé un segundo—. Pero como te pases de listo, te quito un ojo. Avisado quedas.
Mentira zafia. Me acomodé en la orilla, sentándome con las piernas recogidas, la cola rodeándome como una manta mojada. Le observé. Parecía tan tranquilo. Era extraño. Más extrañas eran sus palabras. ¿Bonita? Parpadeé—. ¿Bonita? —repetí esta vez en voz alta, arqueando una ceja—. ¿Así, sin anestesia?
Le estudié con más atención ahora. No parecía peligroso. Ni agresivo. Tenía esa expresión de niño curioso que ve algo nuevo por primera vez, y eso… desarmaba—. Me llamo Alana —respondí finalmente—. Y soy una tontatta, por cierto.
— Aunque entiendo la confusión por la altura, bosque… todo muy de cuento infantil. Pero no brillo, no tengo alas, no concedo deseos y desde luego no llevo una varita.
Observé su dedo cuando lo extendió hacia mí, ladeando la cabeza.
— ¿Me estás ofreciendo… eso? —pregunté, divertida pese a mí misma. Me levanté y avancé un paso, apoyando ambas manos sobre la yema de su dedo con un gesto exageradamente solemne, dándole un apretón de yema.
— Encantada —dije, inclinando un poco la cabeza—. Ahora oficialmente nos conocemos y ya no puedes fingir que fue una alucinación.
Sonreí, de lado, cuando comentó lo de las alas y el brillo. Cuando se disculpó por no ayudarme, tan solo me encogí de hombros, restándole importancia—. Bah. He salido de sitios peores que un estanque. Aunque normalmente con menos testigos.
Y entonces llegó la invitación. Le miré. Miré el agua. Miré mi tamaño. Miré su cabeza—. ¿Sabes? —murmuré—. Esto es probablemente una idea horrible.
Pausa—. Pero ahora mismo me apetece mucho hacer cosas horribles.
Me acerqué un poco más al borde, observándolo con cautela—. Si intento ahogarte accidentalmente, no es personal —añadí—. Y si me resbalo otra vez, juro que esta vez sí será personal.
Y entonces, entonces, soltó la pregunta. Parpadeé despacio. Incrédula. Extrañada. Sorprendida. Boquiabierta.
— ¿…perdona?
Le miré fijamente, con una sonrisa peligrosa formándose poco a poco tras una expresión de perplejidad. Nunca nadie había tenido tanto descaro.
— Acabamos de conocernos, estoy mojada, acabo de caerme y tú ya estás preguntando por mi vida sentimental —negué con la cabeza, divertida—. Tienes valor, Ryota.
Me deshice de las joyas y de toda tela innecesaria que pudiese impedirme flotar cómodamente en el lago. La ropa mojada, por alguna razón, pesaba y era incómoda. Me quedé con el mínimo indispensable para poder disfrutar del agua sin temores. Después de eso, di un pequeño brinco hasta su cabeza, aprovechando sus cabellos para sujetarme. Hasta entonces todo fue silencio por mi parte.
— Pero no —respondí—. No tengo novio. Y ahora dime tú —añadí—. ¿Siempre haces preguntas “científicas” tan rápido o es que te caigo "especialmente" bien?
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