[Aventura T2][P. Absoluto] - Los piratas del Látigo
#1
ISLA CENTAUREA - SELVA - INVIERNO, DIA 70, AÑO 16.

La Selva Centaurea descendía hacia la costa de forma irregular, como si el verde se resistiera a entregar el terreno al mar. Los árboles se abrían poco a poco, dejando atrás los troncos más gruesos y dando paso a palmeras inclinadas, arbustos densos y raíces expuestas que se retorcían sobre un suelo húmedo, oscuro, cargado de hojas en descomposición. El aire era cálido y pesado, saturado de olores: sal marina, savia reciente, y barro removido.
El clima se mantenía estable, propio de una estación templada tropical. El sol brillaba alto, filtrándose entre copas abiertas y proyectando manchas de luz verdosa sobre la arena clara de una pequeña cala natural, protegida por rocas y vegetación cerrada. Las olas rompían con suavidad en la orilla, produciendo un murmullo rítmico que contrastaba con los sonidos de la selva: insectos ocultos, aves lejanas y un crujir ocasional de ramas movidas por algo que no se dejaba ver.

Shirel había llegado hasta ese punto de la costa, casi sin darse cuenta, siguiendo senderos que no eran tales y dejándose llevar por la curiosidad más que por un destino concreto. La selva se había ido abriendo poco a poco ante él, cambiando de densidad y de sonido, hasta desembocar en aquella franja de arena húmeda donde el mar respiraba tranquilo. Fue entonces, al avanzar un poco más entre la vegetación baja, cuando algo rompió la monotonía natural del lugar.
En el punto exacto donde la selva cedía ante la playa, había más presencia humana que resultaba imposible de ignorar.

A pocos metros de la orilla, un barco pirata de tamaño reducido aguardaba anclado con las velas recogidas. El casco, de madera oscura bien cuidada, mostraba señales de uso y reparaciones recientes. No era una nave ostentosa, pero sí claramente funcional, pensada para operaciones rápidas. En el mástil ondeaba una bandera negra con un emblema bien definido: una calavera con sombrero vaquero y, tras ella, en lugar de huesos cruzados, un látigo. 
Entre la sombra de los árboles y la arena trabajaba un destacamento de varios piratas. No había gritos ni risas. Se movían con coordinación silenciosa, pasándose cargas de mano en mano, atentos a no generar ruido innecesario. Desde la espesura de la selva emergían jaulas de madera reforzada, de tamaño medio, con barrotes gruesos y cierres metálicos. No parecían improvisadas: estaban bien construidas, pensadas para contener algo vivo que podía resistirse.
Dentro de las jaulas se agitaban crías de cocodrilo, ejemplares jóvenes de una especie local adaptada tanto al agua como a la selva. Sus cuerpos eran aún pequeños, de escamas verdes y brillantes, con ojos grandes y atentos que seguían cada movimiento exterior. Emitían sonidos bajos, húmedos, casi ahogados entre el vaivén del mar. 

Supervisando la operación se encontraba un hombre fuerte, de nombre Baker, parecía ser el líder del destacamento. Destacaba incluso sin necesidad de alzar la voz. Alto, corpulento, de cabeza rapada y rasgos duros, vestía un abrigo largo, oscuro abierto sobre ropa funcional. Una hacha de gran tamaño descansaba sujeta a la espalda mediante una correa cruzada, y un látigo enrollado colgaba de su cinturón, al alcance de la mano. Su postura era firme, ligeramente adelantada, como si el cuerpo anticipara movimiento incluso en reposo. Observaba cada detalle con expresión severa, midiendo tiempos y gestos.
- Con cuidado -indicó en tono bajo en un momento dado- No dañéis la mercancía, ya sabéis lo que pasa si no llegan perfectas. Las escamas son muy sensibles a esa edad y es lo que más nos importa. 
La orden fue suficiente. Los piratas continuaron trabajando, respondieron más o menos al unísono, siendo ya algo habitual enter ellos este trabajo.
Más adentro de la selva, fuera de la cala, pero lo bastante cerca como para sentir su olor por alguien con buen olfato, había más de una bestia. La selva seguía viva, atenta, envolviendo la escena como un testigo silencioso.
Tras asegurarse de que las jaulas más cercanas al agua estaban bien cerradas, Baker lanzó una última mirada a la playa.
- Terminad de cargar y subid en cuanto acabéis -ordenó- No os entretengáis.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y avanzó hacia el barco. Subió por la pasarela con paso firme, desapareciendo poco después en la cubierta. La bandera negra siguió ondeando sobre el mástil, marcando su presencia incluso cuando él ya no estaba a la vista.
En la cala quedaron los diez piratas restantes, repartidos entre la selva y la orilla, continuando la carga de las jaulas bajo el sol tropical.
La operación seguía en marcha.
La selva observaba.
Y la calma aparente de la cala ocultaba una tensión a punto de romperse.

INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
#2
El mundo no es bueno ni malo; es una gradación de grises que expone situaciones que, en ocasiones, resultan heroicas y sostienen la fe en la humanidad y que, en otras, revelan aquello que no sólo desborda nuestra comprensión, sino que se presenta como profundamente deleznable; tan incomprensiblemente atroz que ya no despierta una simple intolerancia hacia la ignorancia, sino una reacción violenta frente a lo impresentable. Ese sentimiento, no de impotencia, sino de furia ante algo que rebasaba su margen de tolerancia, se hizo presente incluso de forma fisiológica en su propia carne. Sangre hervía y bombeaba en sarna; venas más densas y superficiales marcarían su cuerpo al son del casi estuviera al borde del ataque. ¿Cómo era posible que, en un mundo así, con la vastedad de oportunidades que ofrece la mar o el mero valor de existir como individuo, se separase a crías de su madre por una compensación económica insignificante, mientras mismas vidas eran mermadas a su inexistencia cuan objeto inútil?

Shirel era alguien animalista, y no por adhesión ideológica ni por una convicción impuesta; lo era porque había vivido rodeado de una fauna salvaje que, lejos de rechazarlo, le abrió sus puertas y le enseñó los principios más básicos de la supervivencia. Uno de esos valores era claro: nunca te aproveches del débil y defiende a quien no puede hacerlo. No se detuvieron a justificar el porqué, pues el propósito no era racionalizar el valor, sino inculcarlo con independencia del fin que él persiguiera; ya fuera altruismo o mera compensación social, el acto seguía siendo justo, y eso era lo único que importaba. Defender. De ahí el gran relieve de venas en su sien, garganta y en manos; de ese hervir interno al que ya se había dado nombre.
Cabía destacar que jamás imaginó que aquel día, apenas un par de horas después de haber llegado a la isla deseada como estreno en la mar, estaría enfrentándose a algo más grave que un acto pirata convencional, quizá un robo o un desacato a la ley; nunca al tráfico de animales. Aun así, lo haría, por supuesto, porque si algo definía a Shirel era su cabezonería natural y su convicción de que la libertad no es una moneda de cambio ni una herramienta para construir caminos contra otros, sino por y con los demás.

El ambiente resultó fructífero, eso era indudable; fructífero según sus gustos personales, claro. Aquel aire tropical y salvaje se colaba por sus fosas nasales (las suyas, para ser fieles a la biología común), percibiendo una amalgama de estímulos que volvía casi adictiva la presencia de la madre naturaleza. Frunce el gesto con desagrado al observar a aquel líder corpulento, como si los sollozos y el llanto de las crías fueran mero ruido de fondo; parecía habituado a tal oficio. Tal vez una paliza le haría replantearse lo que estaba hacien… ¿haciendo? La pregunta se formula casi al unísono, mientras su cabeza queda resguardada por una barrera vegetal y el cuerpo adopta una postura de emboscada. Percibe un olor a lo lejos, una presencia orientada hacia esos piratas malnacidos; ¿podría ser alguien con un pensamiento afín? ¿Acaso su próximo compañero en el camino hacia su sueño? Las preguntas se agolpan en su mente más la realidad es otra: el más fuerte ya no hace presencia y ahora son diez los que acatan una nueva orden, idéntica a la anterior. Eso implicaba actuar antes de que se consumara; o, al menos, antes de que la atrocidad se completase.

⸻Serán hijos de puta, chati… malnacidos, imbéciles… les voy a dar para la tunda⸻gruñe entre dientes, empuñando el martillo a su espalda y saliendo disparado del matorral que hasta entonces ocultaba su presencia. El acto se desarrolla cuan resta de primaria. Y, sí, quizá Shirel no posee una experiencia de combate… decente, pero domina el martillo, y eso basta para convertirlo en un arma capaz de hacer puré a los huesos de otros organismos vivos.

Avanza a toda velocidad con el arma a su diestra, sujetándola con ambas manos hasta irrumpir entre la horda de diez hombres. Mantener la conciencia del entorno resulta complicado, la superficie abarcaba unos doce metros, pero lo consigue, neutralizándolos de dos en dos hasta completar el número total. Apenas lograron tocarlo, ya sea por la longitud del arma así como la trayectoria perpendicular y descendente.

Cuando deja fuera de combate a los diez palurdos que trabajaban para quien verdaderamente importaba, es entonces cuando, sin advertirlo, le da la espalda a la criatura. No se percata; Shirel es un ser de estímulos e impulsos y olvida su entorno en cuanto fija un objetivo definido.
⸻Tú, chati, el capitán de la mierda esa que seas, que menuda calavera me llevas. Te voy a reconfigurar las neuronas de un martillazo para que, a la próxima, si es que la tienes, te plantees si es buena idea coger crías de putos cocodrilos, ¿¡eh!?
Miti Mati es alzado al frente, teñido en carmín y restos de carne desgarrada por el impacto contra cuerpos corpulentos y moldeados hasta quedar planos. En cuanto a Shirel y su expresión, es otra historia aparte. Oscuridad en su mirar; rojizo más denso y acentuado por la escasa luz que alcanza su rostro al darle la espalda al sol, y, bueno, por una brisa marina que no hacía sino subrayar que su presencia no tenía nada de hospitalaria. De su garganta escaparía un gruñido gutural, cuasi animal; el ceño y nariz fruncidos, y, por último, la boca trazaría una curva cóncava.

Está encarando al capitán, cerca de la zona de desembarque, a unos tres metros considerando también el desnivel entre tierra y mar.

BOCATA DE JAMÓN IBÉRICO.
#3
✘
TEMA: CERRADO

STAFF DE NAKAMA NO MI
Por abandono de personaje y a petición de narrador. Tema sin recompensas.


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