Una tendera un tanto peculiar [Pasado][Lázaro Esvendim]
#1
Día 59 de invierno, Año 16

Ya había pasado su primer día desde que Hiiragi había regresado a la isla donde volvio a conocer la libertad, había conseguido donde quedarse e incluso un par de días de trabajo en la tienda del hombre que le daba alojamiento, una tienda especializada en objetos de filo para las tareas cotidianas como mantenimiento de cabos, cortar caña de azucar, piedras de afilar, herramientas diversas para el mantenimiento para de los articulos que eran especialidad en aquella tienda, allí se encontraba la mujer conejo trabajando desde la mañana en un "uniforme" adecuado para llamar la atención de los hombres al establecimiento, un simple bikini con un chaleco abierto que dejaba poco a la imaginación, atrayendo así una buena clientela.

Muchos venían a mirar o entraban para apreciar a la peculiar vendedora, hasta que pasado un rato compraban algo por compromiso o simplemente se retiraban a las malas luego de que se les intentase vender el segundo o tercer pack de herramientas o el cuarto cuchillo que no necesitaban, pero que pagarían si querían seguir hablando tan de cerca mientras miraban de forma poco discimulada a la Humink. La clientela de la mañana pasó así junto al estallí de los clientes causado por el movimeinto "publicitario" de la tienda, pero un rato antes de la hora de almuerzo la gente se fue retirando y dejando el establecimiento vacio para que quien entrase pudiese ser atendido con libertad y cordialidad mientras el resto disfrutaba de sus alimentos, por parte de Hiiragi aprovecho la ocación para sacar un saco de arpillera que tenía y del interior saco una botella de jugo junto a la mitad de un gran sandwich que había preparado el día anterior para esta jornada laboral.

Pensando en quizas no perder la oportunidad de seguir atrayendo algunos clientes extra , la joven decidio sentarse en el mostrador de la tienda para que quienes pasaran por la puerta pudeiran vierla de cuerpo completo con mayor facilidad mientras tomaba ella aprovechaba a comer, no era un descanso así que tampoco era mala idea aprovechar el tiempo para intentar mejorar las posiblidades de que más personas llegasen al negocio, aunuqe para esos momentos tampoco le molestaría uqe venga alguien solo a hablar, Hiiragi apreciaba con facilidad la oportunidad de socializar con las personas que recorrian las islas y podían traer historias interesantes para que ella pudiera aprender, aunque a veces las historias precian mundanas y lo interesante eran las personas con quienes las compartia.

Así pues comenzo a comer sentada en el mostrador de la tienda dejando que la tactica de marketing siguiera funcionando mientras esperaba que el proximo individuo en cruzar la puerta fuera interesante, así tan pronto como tragó la segunda mordida de su sandwich vio una figura entrar, Hiiragi extendio los brazos dando la bienvenida y comenzó -Bienvenido sea al quinto filo, tenemos filos y de todo para cuidarlos, cuchillos carniceros, herrramientas medicas, guvias para tallar madera y todo lo qeu tenga una hoja puede encontrarse en este lugar, Soy Hiiragi y sere su vendedora en esta ocación si desea embarcarse en la oportunidad de compartir su tiempo o algo de su dinero en este encantador lugar.-

#Imagen de referencia
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Cronología
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#2
Entré aquel lugar porque ya estaba en Samba, ya me encontraba aquí.  No porque el lugar me llamara, sino porque yo decidí que merecía ser observado. La campanilla sobre la puerta sonó con un tintineo vulgar, impropio de un establecimiento que pretendía comerciar con objetos de filo, concepto que, irónicamente, parecía escapársele por completo al local. El olor a metal, madera y trabajo manual me recibió de inmediato, acompañado, por desgracia, de un aroma humano demasiado presente, sudor antiguo, uso prolongado, samba siendo Samba.
 
Me detuve apenas cruzar el umbral, permitiéndome el lujo de evaluar el entorno con calma. El mostrador, las paredes repletas de herramientas, cuchillos colgados como si fueran trofeos sin mérito, piedras de afilar alineadas con un orden aceptable. No refinado, pero funcional, todo demasiado grande para mí, como siempre, todo demasiado tosco y entonces la vi, sentada encima del mostrador.
 
Una mujer conejo, Humink, si mi ojo entrenado no fallaba, con una sonrisa ensayada, un bikini ridículamente pequeño y un chaleco que parecía cumplir más una función sugerente que práctica. Brazos abiertos, postura estudiada, voz modulada para atraer clientes, no compradores, clientes. De esos que entran con la cabeza vacía y salen con las manos ocupadas y la dignidad un poco menos intacta. Mientras recitaba su discurso, yo avancé unos pasos más, el sonido de mis zapatos perfectamente lustrados contrastando con el suelo gastado. Me subí con elegancia a una pequeña caja de madera cercana no iba a gritarle desde el suelo como un desamparado y, como correspondía, saqué mi reloj de bolsillo dorado. Lo abrí, miré la hora y lo cerré. Todo dentro de lo previsto.
 
—Detente —dije, alzando una mano con autoridad absoluta, cortando su bienvenida como si fuera un hilo mal tensado —No necesito un catálogo recitado por alguien sentada donde se supone que no debe sentarse. — La observé de arriba abajo sin ningún disimulo, con la expresión crítica y ligeramente ofendida que reservo para los objetos mal colocados o las personas que no conocen su lugar. Mis ojos ámbar se detuvieron en su atuendo, luego en sus orejas, luego en su postura.
 
—Y por los mares ¿esto es una tienda de herramientas o un burdel con inventario metálico? —añadí con sequedad —Porque si lo segundo no está indicado en la entrada, estamos ante un problema de expectativas comerciales. — Me acomodé el traje, retirando con dos dedos invisibles motas de polvo inexistentes. Mi cola purpúrea se movió con desdén detrás de mí, perfectamente visible, como debía ser.

—Antes de que continúes —proseguí —aclaremos algo no he venido a ¨compartir mi tiempo¨. Mi tiempo es caro. Mucho más que cualquier cuchillo colgado aquí y, desde luego, no he venido a ser distraído por —hice un gesto vago hacia su conjunto— tácticas visuales de dudosa efectividad. — Avancé un poco más, saltando con precisión al mostrador mismo, colocándome a una distancia segura de ella. Demasiado cerca para ignorarla, lo suficientemente lejos para evitar contacto innecesario. El olor era aceptable, perfume ligero, al menos tenía la decencia de no oler a sudor rancio, lo cual ya la colocaba por encima del promedio local.
 
—Lázaro —me presenté, sin extender la mano —No hace falta que memorices el apellido, pocas personas lo merecen. — Mis ojos recorrieron nuevamente el local, ahora con un interés más técnico. —Busco instrumentos pequeños, precisos. Hojas bien balanceadas, nada de estos —empujé con un dedo uno de los cuchillos grandes expuestos — cacharros diseñados para manos torpes y fuerza bruta. Si tu clientela habitual los necesita, explica muchas cosas. — Volví a mirarla, esta vez con una leve inclinación de cabeza, no exactamente cortesía, pero sí reconocimiento funcional.
 
—Asumo que estás aquí porque sabes vender —dije —No porque entiendas de acero, ni de filo, ni de mantenimiento real. Aun así, si eres capaz de escuchar en lugar de hablar, quizá esta interacción no sea una pérdida total de mi mañana. — Hice una pausa deliberada. El silencio era una herramienta tan válida como cualquier cuchillo bien afilado. —Y baja del mostrador —añadí, con frialdad —No necesito que me vendas nada con las piernas. Necesito que lo hagas con competencia. Si es que la tienes. — Saqué nuevamente el reloj, era inevitable sentí que hablé por demasiado tiempo. Lo abrí, lo miré y lo cerré.
 
—Tienes mi atención por ahora, Hiiragi —pronuncié su nombre con precisión, como si fuera una palabra extranjera que había aprendido por obligación —No la desperdicies. —
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#3
Hiiragi se encontraba de muy buen humor y sonriente, tanto que solo pudo sorprenderse cuando repentinamente el pequeño individuo de vestimenta pulcra que había entrado al establecimiento le ordenó que se detuviera, haciéndola cerrar la boca en el momento y ladea la cabeza con una mezcla de confusión y ternura al ver el tamaño de aquella persona que con tanta autoridad y confianza se comportaba, por una parte era un cliente así que lo trataría con tan buena actitud y la mejor de las disposiciones que pudiese, aunque por un segundo se le cruzó la idea de meterlo dentro del barril de viruta de hierro para espolvorearlo un poco, sin embargo la idea entro y salió de la mente de la chica conejo tan rápido como se había formado.

Con un asentimiento indicando su obediencia y servicialidad o disposición al menos a escuchar al pequeño individuo, la Humink se levantó del mostrador, limpio las migajas que habían caído al mostrador, preparó el área de trabajo e incluso puso uno de los paños para trabajar con cuidado frente al exigente cliente tras haber guardado lo que quedaba de su sandwich y bajar su bebida detrás de la barra del mostrador. -Encantada de conocerle y estar a su servició señor Lázaro- dijo con seriedad respondiendo al Tonttata con tanta cordialidad como naturalmente le surgía gracias al espíritu comerciante que tenía la hacía incluso desear desafiar las expectativas de tan agrando individuo y lo haría demostrando lo excelente vendedora que era así como sus capacidades de ser más que solo una bonita atracción.

-Entiendo, hojas acorde a un profesional y no necesariamente para un trabajador de campo.- respondió al comentario de Lázaro insultando las cuchillas grandes que muchas más personas estaban acostumbradas a utilizar en aquella isla por la practicidad de poder usarlas también para trabajar con la caña de azúcar además del uso principal que le fueran a dar.

Tras un momento para acomodar la joven puso sobre el paño en el mostrador una serie de cuchillos pequeños, herramientas de filo e incluso algunos filos de reemplazo para navajas y bisturíes, no eran la especialidad de la tienda pero tenían unos cuantos y algunos de gran calidad que ella misma había vendido al dueño traídos directamente del Reino Torino.

Con un gesto tranquilo comenzó a señalar los diferentes artefactos allí dispuestos -Aquí disponemos de un aunque limitado stock, amplio abanico de herramientas y recursos que estoy segura pueden interesarle o serle de utilidad, reemplazos de cuchillas para herramientas que ya tenga y necesiten un cambio de hoja por una de mayor calidad, el metal trabajado en las hojas de afeitar y las de trabajar en madera más pequeña son mercancía importada desde el Reino Torino, un lugar conocido por su avanzado trato con los objetos de filo así que no podrá conseguirlo en cualquier establecimiento de esta encantadora localidad- explicó antes de dirigir su mano al siguiente grupo de objetos -Piedras de afilar reforzadas con viruta de acero engranado para poder soportar el trabajo de herramientas de alta calidad o densidad, para comer el metal sin que la hoja se coma la piedra al mismo tiempo.-

La peliblanca señalo un frasco y lo abrió para girarlo un poco y que se pudiera apreciar la viscosidad moderada del contenido -Aceite vegetal para trabajar con filos de mayor importancia que no quiere deteriorar usando las piedras al agua para que se desplacen con facilidad, también se puede usar para el mantenimiento de hojas particularmente delicadas como Katanas o bisturíes previo a su desinfección para el trabajo medico.- agregó antes de cerrar el frasco con suavidad para poner sus manos junto a un objeto más similar a un puñal que a una hoja regular -Metal denso y resistente pero flexible hecho para tanto sacar imperfecciones de madera como para tallar en la misma o incluso, en caso de emergencia romper y arrancar clavos de un barco que necesite mantenimiento en altamar. También se puede usar para trabajar cuero e incluso perforar cinturones o botas de para mejorar el ajuste o la cantidad de ojales.-

En caso de que nadie la detuviese, la oji rubí seguía mostrando la mejor mercancía para lo que había solicitado el Tonttata dentro de las capacidades de la comerciante y el stock de aquella tienda perteneciente no precisamente a la zona más alta ni adinerada del reino -Y si me permite la osadía, señor Lázaro, creo que le sería conveniente comprar en otra tienda un lustre distinto para sus botas, por lo que veo de su atuendo y actitud no parece ser del reino, así que déjeme advertirle que el lustre de tierras frías para botas, al interactuar con la tierra húmeda de del clima tropical de Samba, tiende a calentarse haciendo que se pegue un poco y luego sea más difícil de limpiar, lustre menos térmico pero más impermeable de aplicación más fina puede ayudarle.- comentó demostrando su conocimiento de los productos de la isla, más para ver si lograba sacarle algo de conversación real al tosco individuo -¿Podría contarme un poco de usted y que lo trae a esta encantadora isla o de dónde viene? Creo que sería útil para que una simple comerciante viajera como yo pueda ofrecerle los mejores productos y servicios que alguien de su talla pueda llegar a necesitar de forma personalizada en lugar de ofrecerle de forma un tanto genérica solo lo mejor que tenemos sin pensar en sus necesidades individuales.-
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#4
La observo moverse. No con interés, no confundamos las cosas, sino con evaluación. Como se evalúa a un sirviente competente que, contra todo pronóstico, sabe hacer su trabajo. Cada gesto suyo, desde limpiar las migajas hasta desplegar el paño con cuidado, logra algo poco común, no irritarme. Eso ya la coloca en una categoría privilegiada dentro de esta isla sofocante.
 
Permanezco en silencio mientras expone los cuchillos, las hojas, las piedras, el aceite. No porque me falten comentarios, me sobran, sino porque interrumpir a alguien que, por fin, demuestra conocimiento técnico sería improductivo. Mis ojos ámbar recorren cada objeto con atención clínica, sin tocarlos todavía, no me apresuro, nunca me apresuro. Saco el reloj de bolsillo, lo abro, miro la hora y lo cierro.
 
—Hm. —Un sonido breve, grave, suficiente para indicar que sigo presente. —Torino —murmuro —Al menos no estás vendiendo basura local pulida con optimismo. — Camino con cuidado entre los objetos dispuestos, mi cola purpúrea balanceándose detrás de mí como un estandarte de buen gusto. Paso junto a los bisturíes, ignoro las hojas de afeitar, son demasiado vulgares y me detengo ante la piedra de afilar reforzada. Inclino la cabeza, evaluando la densidad con la mirada.
 
—Aceptable —concedo —Para mantenimiento, no para creación, pero aceptable. — Entonces ella habla de mis botas. La miro lentamente, muy lentamente de hecho. El tipo de mirada que normalmente precede a una corrección verbal devastadora, pero, no, no esta vez, porque no ha hablado desde la ignorancia. Ha hablado desde la observación.
 
—Veo que, además de vender, miras —digo al fin —Un rasgo raro, más raro aún en alguien que se gana la vida rodeada de miradas ajenas. — Meto una mano dentro de mi abrigo con absoluta calma, no es un gesto dramático, pero lo controlo con precisión, no saco dinero, no saco un arma o herramienta convencional.
 
Saco el hacha y la deposito sobre el paño con cuidado exquisito, como si estuviera colocando una reliquia. El metal oscuro atrapa la luz del local de inmediato, la hoja curva, refinada, con grabados sutiles que evocan colas, máscaras y líneas fluidas, no propias de un arma brutal sino de una herramienta pensada. El mango, perfectamente equilibrado para alguien de mi tamaño, está envuelto en cuero trabajado a mano, gastado solo donde mis dedos lo han exigido. —Se llama Nogitsune —digo, sin mirarla aún — Y antes de que hagas alguna pregunta innecesaria, no está a la venta, no necesita reemplazo y no ha sido empuñada jamás por nadie que no sea yo. —  Paso un dedo sin tocar el filo a lo largo de la hoja, marcando su forma.
 
—No es un hacha de leñador, tampoco de guerra abierta, es una herramienta de precisión con intención letal si la ocasión lo exige. Corte limpio, penetración controlada, resistencia a la humedad, a la sal y al uso prolongado en entornos tropicales —alzo la vista hacia ella —Samba incluida. — La observo ahora directamente, midiendo su reacción, no espero admiración, solo espero comprensión.
 
—Quiero mantenerla —aclaro —No cambiarla, no ¨mejorarla¨. Quiero asegurarme de que su filo se conserve exactamente como está, que el metal no sufra microfracturas por métodos incorrectos, y que el cuero del mango no se deteriore con el clima de esta isla ni con los viajes que aún me quedan. — Me cruzo de brazos.
 
—Tus piedras podrían servir. El aceite quizá, pero solo si no altera el balance ni deja residuos que atraigan humedad o, peor aún, olores. — Mi nariz se arruga apenas, detesto tener que aclararlo.
 
—Y no —añado —No voy a contarte mi vida solo porque lo pidas con una sonrisa comercial, pero puedo concederte esto, navego. No persigo tronos, ni banderas, ni ideales grandilocuentes, persigo mares distintos, rutas nuevas y lugares que aún no me hayan decepcionado del todo. — Doy un pequeño golpe seco al reloj de bolsillo con el pulgar.
 
—Si quieres venderme algo, Hiiragi, no lo hagas intentando conocerme —digo con frialdad elegante —Hazlo demostrándome que entiendes a Nogitsune. —Me inclino un poco hacia adelante, lo justo para dejar claro que, pese a mi tamaño, no estoy pidiendo. —Ahora dime —concluyo —¿qué de todo lo que has mostrado merece siquiera acercarse a ella? —
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#5
La coneja de ojos carmesí estaba bastante sorprendida de que su demostración de lo mejor de la tienda hubiera sido suficiente relevancia para el exigente Tonttata como para que escuchase y juzgase de forma silenciosa en lugar de directamente interrumpir o comentar despectivamente respecto a los artículos que no fuera de su agradado o carecieran de la calidad que él estaba dispuesto a utilizar como mínimo, pues era evidente que usaba una vara de medir mucho más alta que su propia altura según la percepción de la siempre sonriente tendera que no se sorprendió al entender que ni siquiera la mercancía traída desde Torino estaba libre de ser Juzgada. El hecho de que el hombre de peluda y tierna cola emitiera un juicio de valor positivo respecto a las oportunidades que tenía la mercadería para realizar mantenimiento era sin lugar a dudas ya una sorpresa positiva para Hiiragi, sin embargo se limitó a mantener su sonrisa afable y asentir mientras aceptaba el juicio provisto por aquel individuo de tan altos estándares.

-Una no aprende a dejarse rodear por miradas si no ha sufrido primero por ellas normalmente, así que es natural aprender a distinguir las buenas miradas de las problemáticas.- comentó en parte para su interlocutor y en parte para sí misma, como un recordatorio de que su habilidad y autoestima no estaban fraguadas con un calor magro sino con las llamas ardientes de años de sufrimiento, abuso y miradas que a chicas más blandas podrían hacerlas vomitar.

Sin embargo la peliblanca rápidamente desvió su mente de tan lúgubres derroteros para evitar afectar su capacidad profesional y prosiguió con la observación del "encantador" cliente o más bien de Nogitsune, se acercó sin tocar el valioso objeto de su cliente, no se atrevía a arreglarla directamente sin que el amo de la exótica arma diera su consentimiento explícito -Una hermosa hoja y maravilloso acabado... pero...- la joven se quedó en silencio mientras pensaba como proseguir.

Tras un silencio no tan largo pero superior a un suspiro Hiiragi bajó a la parte trasera del mostrador y rebusco una pequeña caja de dónde sacó dos lupas de diferentes tamaños, un establecimiento de mayor índole o más cercano al palacio tendría alguna de esas bonitas lentes múltiples como las que utilizan los joyeros, sin embargo esto era lo mejor que aquella pequeña tienda podía ofrecer, pero sería suficiente para lo que quería apreciar la -...Perfecto, no hay fisuras que estén dentro del rango visible con estas herramientas, no hay mellas por mal uso pero si desgaste apropiado para una herramienta bien cuidada pero mantenida por alguien... que no se dedica en oficio al cuidado de espadas, yo no podría hacerlo mejor...- aclaró para asegurarse de no ofender al poseedor del filo oscuro.

Tras un momento breve como un parpadeo de meditar, la oji rubí dictamino un juicio -El dueño de esta tienda podría realizar el arreglo usando sus mejores herramientas solamente, pero para el nivel que pides eso será mejor a que usted o yo intentemos nada más con Nogitsune en este caso.- afirmo antes de suspirar y seguir revisando el asta de arma así como la empuñadura -Una madera de excelente calidad y el mango está en casi perfectas condiciones, con una sola capa fina de barniz  vegetal de buena calidad podemos dejarla en condiciones óptimas, no tendrá olores pero si quiere podemos darle una segunda capa de barniz fragante de menta para garantizar que ningún olor se impregne sin antes superar el aroma agregado en el mango o asta durante mucho tiempo...

Basándonos en el uso que he podido notar hasta ahora del arma por supuesto, sí decide empezar a usarla todos los días como un maniático para trocear carne y grasa, le pido que no asuma que nada de lo dicho hasta ahora se mantendrá en pie tan fácilmente.-
dijo bromeando mientras guardaba las lupas del dueño en su lugar y separaba las cosas que podrían llegar a ser consideradas “elegidas” por el Tonttata para ser mantenidas en la mesa tan siquiera.
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