[Entrenamiento|Privado|Pasado] Un día más
#1
Atributos Personaje

Día 59 del año 16.

Varias lunas habían pasado desde la muerte de Dong y Bai seguía afectada pese a no querer mostrar lo evidente; ya no lloraba en las noches e intentaba no crear escenas incómodas para los demás. Sí, el llanto había quedado atrás pero no porque el dolor hubiese menguado, sino porque había encontrado otro sitio donde asentarse.

Uno más soportable e invisible.

Al principio, esa entrega había sido únicamente al ejercicio del oficio que Dong había encarnado en vida. Y, aunque no se trataba de una práctica real —pues la ejecución de este era aún un abismo que aún no se atrevía a cruzar—, sino de un ejercicio puramente intelectual, pronto Bai encontró cierta paz al  escrutar los manuales, memorizar la anatomía de los mecanismos y, sobre todo, en el silencio. Lo cual, le había conducido a un segundo punto de fuga para el dolor.

Y es que, mientras eso pasaba, algo en ella se había vuelto escueto.

Por supuesto que no había dejado de hablar. Simplemente había empezado a hacerlo menos. Claro, respondía cuando era imperativo y asentía. Incluso sonreía de ser necesario. Pero rara vez añadía algo propio.

Fue entonces, en medio de aquel precario equilibrio —o quizás la gravedad de su propio mutismo— lo que se permitió, finalmente, traspasar el umbral de su propio encarcelamiento.

Y así, con una rapidez mayor a la que hubiera jamás aceptado, finalmente reclamó de nuevo su lugar entre la tripulación, consintiendo que su figura volviera a habitar los espacios compartidos y permitiendo que la luz ajena recayera sobre ella.

Aquella tarde no iba a ser una excepción.

El sol se inclinaba empezado a perder su soberanía cuando Bai salió al encuentro de Mahou; el viento se había levantado portando de tanto en cuando una frialdad acerada; y sin embargo, el firmamento se negaba a oscurecerse, extendiendo un un poco más el día prometiendo prolongar la jornada más allá de un día cualquiera de invierno.

—¡Mahou! —Bai levantó la mano para saludar a la mink y, a continuación, se tiró el cabello para atrás para que este no le entorpeciera el entrenamiento.

Su cuerpo, ungido en aceites ambarinos, refulgía entre los huecos de su ropa; áureo rito de su gente en el que, antes de todo ejercicio físico, los hombres se entregaban a la unción del óleo no solo para proteger la dermis de las inclemencias del aire, sino también para transmutar su carne en algo inasible y escurridizo.

En su izquierda llevaba su arma pese a que no la nacesitaba.



Tras ello se acercó a la adolescente  y le hizo un gesto para que la siguiera.

—Mahou —. Volvió a llamarla, haciéndo gesto para instarla a que se parara.

Después, Bai se colocó frente a ella. A su espalda quedaba el norte donde la vista se perdía en una muralla de un verde asfixiante. Allí, los helechos no eran simples plantas, sino colosos de diez metros de altura que custodiaban la entrada a lo desconocido, salpicados por flores exóticas de pétalos tan carnosos que parecían hechos de piel. En cambio, frente a ella, hacia el sur, el lejano murmullo del mar les recordaba que que estaban en una isla.

—Aquí —de nuevo la mujer alada abrió la boca, mas esta vez acompañó su palabra con un gesto para indicarle que aquella era el área en la que se moverían —Ahí no — advirtió señalando la selva —. Y cuidado con eso —finalizó haciéndo referencia a las tiendas del campamento que se alzaban como un frágil refugio de lona frente a la inmensidad de aquella selva prehistórica.

El campamento estaba a escasos tres metros hacia el oeste.

—Bien —dijo, acercándose a la mink y tomando su mano —. Tú —continuó cerrando la mano ajena para formar un puño —Golpea —. Finalizó llevándolo hasta su propio vientre para que ella lo entendiera. —Sin miedo.

Esperaba que con eso le hubiera entendido y, sino, bueno... Le daba igual. Suponía que la adolescente la entendería en cuanto recibiera el primer golpe.

—Vamos.

Bai se agazapó en una postura acechante que recordaba a un animal. Tronco inclinado ligeramente hacia delante, mentón escondido tras la protección del hombro —un gesto puramente boxístico— y el centro de su cuerpo expuesto, con el pecho amplio lo suficientemente abierto para no comprometer la libertad de sus brazos; sus manos en cambio estaban a medio camino de cerrarse. Recordaban a garras.


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#2
Atributos Personaje


Para Mahou, los últimos acontecimientos le sirvieron como un baldazo de agua fría para poner los pies en la tierra en un viaje que no siempre iba a ser de flores y colores, que iba a tener que enfrentar varios peligros y debía estar lista para ello, lo cual quedó demostrado que no lo estaba cuando tuvo aquel enfrentamiento con el gyojin, que de no ser por el resto de personas que la acompañaban allí, ella habría sido una víctima más junto a ese tripulante que vio cómo el mar devoraba su vida cuando intentaban pasar a la Grand Line. Ambas situaciones quedaron grabadas en su memoria como un recordatorio de que ella tuvo suerte para aún permanecer con vida, y que no posee la fuerza necesaria para protegerse a sí misma y a los demás dentro de este mar.

En su búsqueda de poder tomó como figuras de referencia a sus compañeros de tripulación quienes la superan con creces en prácticamente todos los aspectos, no se trata de un complejo de inferioridad sino de encontrar una guía para que pueda tomar el camino correcto que la convierta en una exploradora tenaz. Quiso acompañar a la tripulación allá donde se lo permitieran, ofreciendo una mano para cualquier labor, ya sea el cuidado del barco o actividades en las que pueda aprender observando a los demás. 

La isla en la que llegaron le resultó fascinante, sus plantas gigantes, sus animales gigantes, y probablemente sus frutos gigantes, todo el ambiente se prestaba para una aventura de exploración de lo más emocionante. Mahou disfruta de trepar en árboles y saltar entre sus ramas, y a las horas en las que el sol comienza a bajar ella se decide a tomar un descanso sobre una de estas plantas recostándose con la vista al cielo, hasta que escucha la voz de alguien llamando por su nombre. -¿Uki? - Mahou miró hacia abajo y allí vio a Bai acercándose, por lo que tomó su martillo enredandolo a su cola, y sujetó su Nyoiboo con la mano derecha para terminar deslizándose por el tronco del árbol hasta llegar con Bai. -¿Sí-uki?- y ante su pregunta, entendió los gestos para que la siguiera.

Lo primero que notó cuando pudo estar cerca de ella fue el olor aromático del aceite ambarino, y no lo ocultó, olisqueando el aire con algo de curiosidad. Luego se fijó en la vestimenta, un traje cómodo para las artes marciales, y por supuesto, el arma que trae en su mano. -¿Qué pasa-uki? ¿Vamos a ir a cazar un animal salvaje-uki? Yo sé cómo preparar una trampa y hacer de carnada al mismo tiempo-uki. - Y así Mahou comenzó a llenarse de fantasías en la cabeza cuando atendió al gesto de Bai para seguirla.

Ella se imaginaba que irían al interior de la isla y que se prepararían para buscar algún nido de bestias salvajes pertenecientes a la isla o algo así, pero en su lugar solo caminaron hasta separarse del campamento cuando Bai llamó a que se detuvieran, y Mahou se fijó en cada una de las indicaciones que ella le daba. — Aqui — y Mahou miró a sus pies. — Ahí no. — y miró a la selva. — Y cuidado con eso. — terminó viendo las tiendas. - ¿Significa que la bestia vendrá aquí-uki? - preguntó Mahou con incredulidad.

Pero su comprensión de la situación llegó tarde cuando Bai se acercó a ella y la tomó de la mano izquierda para cerrar su puño y esperar un golpe de su parte. Mahou solo miraba, de hecho, tenía que levantar la cabeza para hacerlo, y esbozó una sonrisa. - ¡Ahora lo entiendo-uki! La pelea mano a mano no es mi especialidad, pero creo que será divertido aprender-uki. - Mahou asintió, a sabiendas de que ya estaba dando el primer paso incluso antes de empezar a entrenar con ese simple contacto físico que le permitiría marcar a Bai como su objetivo. Preparó sus pies con una postura firme, trató de imitar la misma que Bai aunque puede que no lo copiara a la perfección por su falta de experiencia, pero intentó hacer los mismos movimientos, finalmente retrocedió levemente el puño para darle algo de carrera, y tratando de mantener la fuerza en él, lo extendió tan rápido como pudo para dirigir un golpe directo contra su abdomen al ver que dejaba expuesto el centro de su cuerpo. -¡UKI!- grita acompañado del ataque.

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Mahou Chikao
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#3
Bai observó a la mink tras el refugio de sus puños. La postura de la joven era un reflejo rígido de la suya; funcional, pero carente de la fluidez necesaria para absorber impactos.
E iba a demostrarselo.

Bai esperó el golpe sin oponer resistencia pues, en lugar de un bloqueo seco que habría castigado sus propios huesos, dejó que su palma derecha interceptara el antebrazo de Mahou con un golpe de trayectoria corta. Y, así el impacto de la macaca se perdió en el aire, desviado por centímetros de su abdomen y abriendo un espacio para ella.

Entonces, aprovechando el vacío en la guardia, Bai soltó un gancho curvo que no buscaba la mejilla, sino la estructura ósea que protegía el ojo derecho de la adolescente. El impacto fue seco y el sonido de sus propios nudillos protestando contra el hueso de Mahou resonó en el aire.

Uno, dos segundos y el flujo de combate se detuvo de golpe tras el impacto. Bai retiró el puño y, junto a ello, la adrenalina bajó un peldaño permitiendo que la empatía recuperara el control de su cuerpo.

—Perdón —soltó Bai, rompiendo la tensión—. ¿Mahou...— preguntó al tiempo que alzaba un pulgar para preguntar si estaba bien con aquel gesto— bien?

Tras cerciorarse de que no se hubiera pasado con Mahou, le hizo un gesto intentándole explicar —sin palabras— en dónde debía pegar. Al fin y al cabo, el entrenamiento no consistía en lanzar golpes a diestro y siniestro; eso era, a todas luces,
un desperdicio de energía y tiempo.
Además, para este conocimiento, no importaba si usaba el impacto de un arma o la dureza de sus propios nudillos, la anatomía no cambiaba.
Para ello Bai hundió los dedos con firmeza bajo su propio diafragma, en el flanco izquierdo.

Ese era el bazo. ¿Cómo se diría en su idioma?
—Bazo —probó suerte con el suyo propio. Luego, desplazó la mano hacia el lado derecho, justo bajo la caja torácica, y volvió a tentar a la suerte.—Hígado.

Entonces, hizo un gesto mímico de impacto. Sabía que un golpe bien colocado ahí disparaba una respuesta de colapso instantánea.
Dos puntos, dos finales rápidos. Con que retuviera eso, sus posibilidades de sobrevivir acababan de duplicarse.

Después, volvió a adoptar la posición que inicialmente había tomado. Esta vez, siendo ella misma la que tomara la iniciativa. Quería que Mahou entendiera la regla de oro: una guardia rota es una invitación a que te lluevan golpes. Entonces, flexionó las rodillas buscando hundir su centro de gravedad para nivelarse con la adolescente, eliminando todo lo que podía de la ventaja de su altura para facilitarle las cosas.
Ya habría tiempo para una pelea a la misma altura.

Y tras ello, modulando el golpe, le lanzó un ataque. Fue un golpe descendente con el borde de la diestra, modulado en velocidad y fuera pero tan preciso como su cuerpo se lo permitió; el objetivo no era el hueso esta vez, sino el hueco blando sobre la clavícula, ese punto donde los nervios del brazo se ramifican como cables.

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#4
Mahou no fue consciente de su error cuando su brazo cambió de trayectoria por la intercepción de Bai, y para ella lo que siguió fue como un movimiento casi instantáneo ante el cual no tendría oportunidad cuando el puño de Bai impactó contra su cabeza, a lo que quedó paralizada por unos instantes en los que su mirada se tornó borrosa y la pausa que le continuó ayudó a que pudiera recobrar el sentido ladeando la cabeza repetidas veces.

Bajó la mirada al suelo mientras Bai daba una pequeña pausa para verificar su estado, ahí comprendió lo sucedido, repitiéndose a sí misma que no iba a tener oportunidad de responder con el mismo impacto, esto era algo que ella ya sabía y se lo podía esperar. Ante la pregunta sobre si se encuentra bien, Mahou solo volvió a conectar la mirada con Bai, esta vez entrecerrando su ojo derecho por el impacto cercano, y trató de recuperar su postura. - ¡Por... por supuesto-uki! ¡Esto solo me tomó por sorpresa, es todo-uki! - ella cree que, manteniéndose concentrada en su objetivo, no volvería a caer en otro golpe desprevenido.

Ahora al estar enfocada en ella, vio los gestos señalando bajo su diafragma y las indicaciones de sus órganos. Mahou no tiene mucho conocimiento de anatomía, así que se quedó con el siguiente gesto de impacto, entendiendo que ahí sería donde debe golpear, eso sí que lo comprendió a la perfección. -¡Bien-uki!- sonrió desafiante y se preparó para volver a intentar otro golpe, contando con que ahora ambas se encontraban a alturas similares cuando Bai flexionó sus rodillas.

Este era el momento para que Mahou volviera a dirigir otro puñetazo, y cuando estaba alzando su puño listo para atacar, la inesperada respuesta volvió a ocurrir cuando sintió otro impacto, esta vez en la parte superior de su pecho, un golpe que recorrió por sus nervios a lo largo del pecho y su brazo. Por segunda vez había caído en ot ro golpe inesperado, dándole una respuesta definitiva, pelear mano a mano iba a ser imposible.

Entonces dio un salto hacia el sur, separándose cuatro metros de Bai, en cuanto aterriza sujeta el martillo en su diestra alzándolo sobre su hombro, separa los pies a la anchura de sus hombros e inclina ligeramente el cuerpo hacia adelante, es una imitación probablemente pobre de la postura para el lanzamiento de jabalina, reemplazando la jabalina por su martillo, arma la cual finalmente lanza apuntando hacia Bai, y antes de que saliera de su alcance, Mahou salta sobre ella para apoyar los pies sobre su mango, utilizando el martillo como montura y arma al mismo tiempo.

- ¡Yù Fēi!

De esta manera, Mahou monta su martillo que volaría persiguiendo a Bai como su objetivo hasta que en algún momento logre impactar contra ella, un movimiento que traiciona la idea de un entrenamiento mano a mano, debido a que en este momento la macaca está dispuesta a mostrar su mejor movimiento desde el comienzo. 

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Mahou Chikao
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1074 - 121 = 953
Energia: 967 - 148 = 819
Espiritu: 180 + 0 = 180
#5
Sus antebrazos protegían el rostro y el pecho, pero el abdomen —pese a estar endurecido por la disciplina— quedó expuesto con gran vulnerabilidad. Fue un error de manual, una brecha tan grande y apetecible que era obvio que Mahou la iba a aprovechar. Y lo hizo bien. Pues el grito de la adolescente, junto con aquel movimiento repentino, fracturó la concentración de Bai justo antes del impacto y permitiéndole acertar de lleno en ella.

Así que, para cuando golpe del martillo se amoldó a su carne, no hubo solo dolor; fue una intrusión masiva de energía. El impacto se hundió en el centro de su estómago, comprimiendo el diafragma y provocando un vacío absoluto que pronto reberberó en sus entrañas. Esto, la obligó a dar un paso atrás  al tiempo que el aire de sus pulmones salía expulsado con una mezcla de saliva. Sus brazos se abrieron, el pecho quedó totalmente a merced, y el centro de gravedad se movió como si estuviera loco.

De nuevo sus pies retrocedieron por puro instinto de supervivencia pero, esta vez, actuó como lo hubiera hecho un lobo enjaulado: atacando.

Sí, el dolor físico era una distracción bendita para el desgarro de su alma; una flagelación que buscaba con ansia. Quizás, por ese motivo, su mente masoquista actuó más rápido de lo que cualquiera pudiera contemplar y, aplicando el principio de "pegarse al agresor", Bai no permitió que la distancia creciera.

Aprovechando que aún sentía la resistencia del martillo en su abdomen, ya que, al parecer, el traspie había creado una pequeña distancia entre su cuerpo y él y, el martillo, con voluntad propia, había decidido seguirla, Bai utilizó esa misma distancia para abalanzarse sobre él y Mahou. Su mano izquierda se cerró como una garra sobre el mango del arma, bloqueando la retirada, mientras su derecha volaba hacia la rodilla derecha de la adolescente.

—O bajas o te bajo —masculló en su idioma agarrando con fuerza el martillo al tiempo que sus nudillos golpeaban el hueso.

Mientras tanto, sus dedos cerrarodos sobre el mango del martillo con una fuerza que hizo que sus propios tendones saltaran. A continuación, su pie izquierdo dio un paso atrás, tanteando el terreno, y el roce frío del metal contra su bota le envió un mensaje eléctrico al cerebro. Bajó la mirada una fracción de segundo: su espada. ¿En qué momento la había soltado? Seguramente la había dejado allí, esperando entre el musgo, durante la lección primera sobre los golpes.

La cosa se ponía interesante. Y, el dolor en su abdomen, lejos de frenarla, actuaba como un comburente.

Quería más.

Sus alas parecieron entender ese cambio de humor tan repentino y se desplegaron como un crujido de plumas. Parecía el movimiento de un pavo real, un gesto que, en el fondo, buscaba hacerla parecer más grande, más letal y más imparable ante su presa.

Tras ello, soltó el martillo empujándolo contra Mahou y aprovechó para agacharse a fin de recoger su espada.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2338 - 308 = 2030
Energia: 1846 + 0 = 1846
Espiritu: 399 + 0 = 399
#6
El ataque resultó en un impacto directo, tal como ella esperaba, ya que nada puede escapar de Mahou cuando logra marcar a su objetivo, logrando así conectar el martillo con el abdomen de Bai, forzando a que diera por lo menos un paso hacia atrás. Esta muestra de poder hizo que la mona dibujara una sonrisa en su rostro, donde expone toda la confianza que tiene en sí misma. - ¡UKIKIKI! - acompañada de una leve risa, preparó su Nyoiboo haciéndolo girar con su cola a sus espaldas para continuar con su ofensiva. No iba a detenerse hasta que ella o su oponente se cansara, a no ser que viera cómo el mango de su martillo estaba siendo sostenido por las manos de Bai.

- ¿Eh? ¿Uki? - ella miró hacia sus pies para fijarse en el mango, y luego levantó la vista hacia Bai, quien en un movimiento que para Mahou resultó instantáneo una vez más, también conectó un puñetazo directo contra su rodilla, a lo que la mona solo pudo hincarse sobre us arma con un gesto de dolor mientras la escucha hablar algo que ella no comprende, lo que la deja un poco confundida pero sabe que ahora tenía su arma en su poder, y como no puede competir con ella en fuerza, su sonrisa cambia por una expresión de disgusto, frunciendo el rostro y sacando la lengua - ¡Bleeeh! - cómo su única manera de hacerle frente, no tenía intenciones de dejar su martillo en manos de Bai, y ella la empujó liberándola de su agarre para distraerse con su mirada baja en algo a lo que la mona no le prestó atención al estar enfocada en la pelea, pero Mahou lo tomó como una oportunidad de continuar con su ataque y se decidió a aprovecharla.

Aterrizó plantando los pies en su lugar frente a Bai, y pese a estar a una distancia prácticamente para un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ella sabe que no era lo ideal, por lo que ajustó el agarre del martillo, tensó la cola alrededor del Nyoiboo, y se preparó para un segundo lanzamiento.  - ¡UKIKIKIKIKI! - suena como una risa maliciosa. - ¡Dejaste la guardia baja-uki! ¡Esta es mi oportunidad de atacar-uki! - clásico de ella no poder mantener la boca cerrada cuando el momento más lo amerita, y a pesar de que esto exponga sus movimientos está dispuesta a continuar. Esta vez agranda la distancia con un impulso hacia atrás, desplazándose al menos 2 metros de distancia al mismo tiempo en el que arroja su martillo, esta vez enfocado en dar con la cabeza de Bai a modo de devolución por aquel puñetazo cercano al ojo que ella recibió.

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gastos


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Mahou Chikao
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 953 - 123 = 830
Energia: 819 - 8 = 811
Espiritu: 180 + 0 = 180
#7
Sus manos se cerraron en torno al mango de la espada con firmeza justo cuando la mona parecía decidirse, por fin, a saltar.

Y, en aquel momento, pese a que durante todo aquel tiempo había sido consciente de que Mahou no era la amenaza que necesitaba, Bai aceptó —casi con resignación— que era lo único que tenía a mano. Así que, tan pronto como la escandalosa risa dio paso a un breve diálogo, la decisión se le impuso sola: supo qué era lo que debía hacer.

Pero se excedió.

Había dejado que sus tendones saltaran por la fuerza y sus nudillos empadilecieran cuando, al atacar, logró que el acero trazara un arco ascendente, un relámpago de plata tan brutal y violento como el embate de un jabalí herido; el filo mordió el aire desde los muslos, hasta los hombros en un parpadeo, y en su ascenso también recorrió el torso de Mahou hasta llegar a su cénit y desplomarse de nuevo en un tajo de vuelta.

Pero, ¿realmente había sido demasiado? ¿O quizá era exactamente lo necesario?

Al fin y al cabo, debía alimentar algo. Motivar a la adolescente. Pues Bai pese a que no quería reconocerlo, sentía que su cuerpo necesitaba satisfacer su masoquista placer del dolor físico y que, por desgracia, no había estímulo más eficaz que la desesperación ajena. Ese era el papel de Mahou. El único que le correspondía: alguien capaz de golpearla con la fuerza suficiente como para que el vacío de Dong y Cao se desplazara, al menos por un momento, hasta acallar el silencio de los que ya no estaban.

Y ahora que había comprendido que ella iba con todo, no pensaba ponérselo fácil a la mink. Porque, para que el dolor valiera la pena —para que realmente la hiciera sentir viva de nuevo—, Mahou tendría que ganarse el derecho a golpearla.

Después, cuando la punta del arma volvió a su posición inicial, Bai aprovechó ese breve margen para alzarse y moverse en un semicírculo, barriendo el suelo a su paso y dibujando una semiluna precisa e indiferente a lo que estaba ocurriendo por encima de sus pies. Todo para situarse un metro por detrás de Mahou.

Esperando a que la mona se sintiera alentada a lanzarle su mejor golpe.

Mas pese a suponer que la adolescente sentiría su presencia a la espalda, Bai, dejó caer la espada haciendo un ruido seco para llamar su atención. Ajustó apenas el agarre, aflojó la postura lo justo como para parecer vulnerable y movió las alas invitándola a acercarse.

Porque si Mahou iba a golpearla, debía hacerlo convencida de que podía. Como cuando le había asestado el golpe en el estómago.
Y si iba a doler, debía merecerlo con todas las letras de la palabra.

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