Hasegawa Shin
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10-01-2026, 02:15 AM
(Última modificación: 10-01-2026, 03:56 AM por Hasegawa Shin.)
Día 7, Primavera. Año 17.
Sus aventuras en mitad del Reino Samba iban entre variaciones considerables, topándose con situaciones casi tan complejas y variopintas como las que lo llevaron a consumir una fruta del diablo, algo impensado desde perspectivas pasadas, en donde Hasegawa buscaría convertirse en el mejor espadachín del mundo a base de haki, sin ningún truco mágico o mitológico. Sólo él, y el confiable filo del acero proveniente de su clan.
¿Ahora? Bueno, justamente debía improvisar, y a eso se debió su viaje a un lugar con ambientes tan festivos, destacando claramente el centro de danza Samba, donde el baile y la alegría animaba a cualquiera, incluso a mentes tan dispersas como la suya. Aunque más que viajar a esta Isla por decisión propia, eligió quedarse tras una misión a la cual fue convocado como marine, tomándose unos cuántos días libres mientras se reorganizaba, lejos de varios contactos, su hogar en Sorbet y en completa aura nómade.
Era imposible no rememorar sus viejas andadas con los amigos de su antigua división, parando en cada sitio como si fuesen los reyes del mundo, rigiendo la ley honesta y ajena a cualquier tipo de corrupción. Esas aventuras, aunque breves, le enseñaron más de lo que quería representar en su oficio que cualquier lección familiar a la que fue expuesto. Ningún profesor le hizo vivir la auténtica camaradería, el apoyarse en los demás si se sentía caer, o darse cuenta cuando sus compañeros lo necesitaban, ya sea para afrontar nuevos desafíos o en enfrentamientos más personales y privados.
Esa última parte, junto a su interés por ser líder nuevamente, quedaron atrás en el tiempo, suspendida justo en el instante que los vio morir, con cada grito, cada fantasma, cada sombra que lo perseguía, recordándole lo peligroso que es abrirse al mundo en, valga la redundancia, un mundo tan salvaje, donde hay tantos piratas buenos, como malos. Tantos marines honorables, como corruptos. Un mundo en donde nunca se termina de conocer el rostro real de nadie, obligado a escudarse en la evasión de cualquier cosa que siquiera se acerque a lastimarlo emocionalmente.
Sin embargo, hay algo que jamás cambiaría en Hasegawa. Algo despierto incluso en la oscuridad mental que lo aprisionaba.
Aquella mañana paseaba por la zona pobre de Samba, entre casas de madera vieja y obreros que en muchos casos, no sabían si iban a comer al siguiente día. Con el suficiente dinero para costearse una habitación en la zona más noble de la isla, eligió mantenerse entre la gente de a pie, conocer sus vivencias y entender mejor el tipo de personas por las cuales luchaba, por quienes se jugaría el cuello en cada misión a la cual lo enviasen.
En una zona de comercio ambulante pensaba qué comprar para comer, cuando de pronto, en un puesto de frutas observó a un niño de unos nueve años escabullirse entre el gentío y sobre todo, la atenta mirada del vendedor. Se asomó, observaba a su alrededor y esperaba el momento perfecto, algo que Shin entendió de manera prácticamente automática.
Cuando la mano del infante se acercó a una manzana, intentando robarla, los dedos del albino se cerraron en la pequeña muñeca del menor, sorprendiéndolo e intimidándolo ligeramente, pues llevaba un uniforme de marine y eso significaba problemas para cualquier criminal. El pequeño parecía a punto de llorar, pero Shin llevó el dedo índice de su mano libre a los labios propios, guiñándole un ojo de forma cómplice mientras le sugería mantener el silencio. Lo soltó sólo cuando se calmó, manteniéndolo a su lado.
— ¡Oe, oe! ¿A cuánto me deja unas veinte manzanas, buen hombre? —el señor le indicó el precio, y entonces Hasegawa sacó su cartera, pagando sin problemas, volviendo a sujetar al niño de la muñeca para apartarlo brevemente del puesto. Así fue como se arrodilló frente a él, mirándolo a los ojos a través de sus gafas de sol, las cuales reacomodó para hacer notar sus iris cerúleas.
— Esto... —el niño no supo que hacer ante el repentino silencio y la sonrisa del albino, sin embargo, Hasegawa no se hizo esperar más, sujetando la amplia bolsa con las frutas en una mano.
— Niño, sólo se vive una vez. No tomes decisiones que arruinen tu única oportunidad en este mundo, ¿sí? —aprovechó el instante para colocar algo adicional en la bolsa antes de ponerse de pie nuevamente y dejar caer la susodicha en los brazos del pequeño. — ¿Podrás con eso? Porque mi ayuda termina aquí. —se giró, quedándose de perfil mientras le sacaba la lengua y volvía a reacomodarse las gafas, marchándose del sitio sin esperar respuesta.
Poco después, el infante se daría cuenta de que en la bolsa había otra más pequeña con algo de dinero para costear comida. Para ese entonces, Hasegawa se había alejado varios metros, simulando que nada había pasado.
Choi Hae-won
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Hay que ser una persona feliz de vez en cuando, ¿verdad? Porque no es bueno estar serio todo el tiempo. Hae-won lo sabe desde hace años. Muchos años entrenando y tomando ideas de sus superiores le han dado una perspectiva del trabajo exigente y muy dura, sin embargo, es en momentos como esos, en lugares como ese, donde puede relajarse solo un poco.
Una piruleta en la boca, el tarareo de una canción que hace acompañamiento con lo festivo del ambiente, las manos en los bolsillos de su sobretodo blanco, los zapatos elegantes y el uniforme adaptado a su gusto son todo lo que ella trae consigo como carta de presentación. Atrae más miradas de las que desearía, pero no le importa demasiado.
—... ¿Hmmmm?
Y es que su plan no está en patrullar. No. Ella quería comprar unos dulces y probar algo de la comida local antes de seguir con sus deberes, ya que había sido asignada para trabajar en el área por un siniestro. Hay demasiados puestos para elegir y ella tiene mucha hambre, ¡demasiada! En el peor de los casos entraría en mal humor y querría golpear a alguien si no ingiere su cuota de carbohidratos.
Pero no. Se tiene que calmar. Debe hacerlo por amor a su profesión y testimonio.
Ignoraría sus alrededores. Sí. Lo haría, pero una pequeña escena llama su atención de manera interesante y se roba todos sus sentidos por unos minutos. Un niño queriendo asaltar un puesto de frutas. Un marine que evita que lo haga y encima lo ayuda. Es ese típico escenario de poli bueno que endereza con un solo momento la vida de una criatura. La sola idea de que algo tan romántico sucediera le roba una sonrisa a su seriedad siempre presente.
No mide demasiado sus acciones cuando camina en esa dirección. Es un compañero de trabajo, después de todo. Espera a que el niño esté lo suficientemente lejos como para que ella pueda tomar la palabra y hablar con tranquilidad. Una vez cerca, aún rodeados por la gran muchedumbre que apenas los considera debido a los afanes de la vida, acomoda una pequeña porción de su cabello tras la oreja y se quita la piruleta de la boca para hablar con propiedad.
—Encomiable —Es la primera palabra que le dedica a ese chico… maldita sea, ¿por qué es tan alto?—. Ayudar a alguien a que no cometa un error del que podría arrepentirse es algo digno de admirarse —Sus palabras vienen acompañadas de una verdadera satisfacción—. Tenía que decirlo. Vi la situación hace unos momentos y me pareció interesante destacarla.
Porque es bueno elogiar las buenas acciones de vez en cuando, ¿no?
Le sonríe, y vuelve a degustar del dulce que
tenía en la mano.
Hasegawa Shin
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Durante breves instantes había decidido quedarse a observar los alrededores en búsqueda de la siguiente dirección a seguir, uno no esperaría que fuese suficiente para crear un encuentro fortuito particular, que no habría visto venir jamás pues estaba muy convencido de que nadie había atestiguado la hazaña de bondad que cometió. Difícilmente se le toca el corazón a Hasegawa como para interceder de esa forma en la vida de alguien.
O eso es lo que se repite por dentro. La realidad es que no puede dejar a las injusticias transcurrir sin interponerse a mitad de la situación.
Son casualidades de la vida, pero se voltea en la dirección exacta para observar a su colega marine instantes previos a que ella abriese la conversación. Las primeras impresiones lo son todo, y en un paneo general de su figura resultaba imposible negar que se quedó asombrado, incluso formando una pequeña "o" con sus labios, alzando levemente las cejas, visibles a pesar de las gafas de sol negras. La piruleta le daba un pequeño punto de sensualidad extra, y el modo en que incluyó al uniforme marine tradicional las cuotas de estilo propio le resultó de lo más ingenioso.
En cualquier otra situación, tal y como suele ser, el propio Hasegawa se habría lanzado de cabeza a hablarle, más considerando el modo en que sus muslos estaban a la vista, una pequeña debilidad del hombre. Pero había algo más, sus ojos azules, de tonos violáceos parecían contar una historia propia, que lo dejó breves segundos en blanco hasta que la conversación inició, ella tomando la iniciativa.
El tópico que trató no le hizo ruido, aunque sí llegó a sorprenderlo, y supo de inmediato lo que le respondería una vez finalizase. —Eh... —un pequeño suspenso, donde rascó su zona cervical, actuando como si estuviese tímido. Sí, en Shin algo como eso era imposible. —¿De qué estás hablando? No entiendo nada de lo que dices, haha... hah... —la risa nerviosa lo delata, odiaba atribuirse buenas acciones, o directamente sacar pecho tras hacer algo desinteresado por un desconocido, y por supuesto que se haría el tonto en relación a ello.
—¿Quién es usted, amable señorita? ¿Y por qué me está hablando de cosas que claramente, yo no hice? —se acerca, rompiendo la distancia y casi que comenzando a invadir el espacio personal de ella. Le encanta hacer eso, un pequeño gusto culposo que emplea para dominar las situaciones sociales —Me quitó el placer de iniciar la conversación, porque desde luego lo habría hecho. —su tono seductor irrumpe. El dulce de su voz, grave y masculino se suma al perfume de aspecto caro, junto a la forma en que se quita las gafas para observarla directamente a los ojos con ese tono propio, color cielo.
—¡Sólo hay que verla! Es hermosa, señorita. —al decirlo, la sujetó de ambas muñecas como celebrando junto a ella el hecho de que fuese tan guapa. Y tan pronto como hizo contacto físico, se alejó. —¿¡Cómo que oferta del cincuenta por ciento!? Dios santo, esto se aprovecha. —melones, por supuesto. Otro puesto frutal y de verduras poniendo una rebaja de infarto, "distrajo" provisionalmente a Shin, aunque es algo que hizo a propósito, son pequeñas explosividades de locura.
—Ah, mi nombre es Hasegawa Shin. No presentarse es de mal gusto, ¿lo sabes? —mientras sujeta uno de los melones con una mano, la observa de perfil, guiñándole un ojo y sacándole la lengua, antes de, por supuesto, volver a centrar toda su atención en la tremendísima oferta.
Choi Hae-won
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10-01-2026, 02:53 PM
(Última modificación: 10-01-2026, 02:57 PM por Choi Hae-won.)
Adorable...
Si tiene que hacer una definición de lo que ve en este joven, no puede evitar que esa sea la primera palabra que aparezca en su mente. Al colocar su propia pierna frente a la otra en un gesto tan característico de ella, solo puede mirarlo con seriedad mientras saborea su piruleta; la sonrisa no sale, sin embargo, sus ojos brillan.
—Hmmmm...
Verlo negar los actos de servicio que realiza para la comunidad es encantador. No dice nada al respecto porque entiende que podría llegar a incomodarlo, aunque le daría completamente igual. Sí. Sabe que es un poco tonto actuar de manera tal que la confianza pueda hacer mella en el pensamiento de este caballero y su percepción hacia ella, pero si hay algo que a esta mujer le importa bien poco es, precisamente, el qué dirán.
Sin embargo, el nombrar de su apellido es lo que hace que detenga el movimiento mecánico de sus pies y se ponga rígida casi de repente. No puede hacer mención a sus arrebatos o a la dispersión que muestra con sus acciones. No. Es ese bendito apellido el que la ancla a un recuerdo distante, una cadena cortada y una resolución que parece golpear con cierta fuerza.
Vaya... Ahora cae en la cuenta de lo mucho que se parece a la señora Kiyoko.
—Hae-won —Habla, luego de sacarse nuevamente la piruleta de la boca—. Choi Hae-won —Sonríe con el brillo en sus ojos y la tranquilidad en su mirada—. Es un placer conocer a nuevos compañeros en entornos diferentes, Hasegawa.
Si tiene que decir algo importante, es que ese chico heredó la belleza delicada de la madre y la imposición fuerte del padre. No va a evaluar demasiado; seguramente él ni siquiera sabe quién es, aunque tampoco desea sacar a luz los crímenes de los Choi, ni de lo que su apellido significa dentro del mundo criminal. No han sido pocos los pecados de su familia, pero ella fue quien decidió ponerles fin.
Ver a este chico le hace recordar todo eso. Por lo mismo, no lo aparta cuando invade su espacio personal, ni lo mira con desdén cuando hace comentarios tan directos.
—¿Quieres caminar un rato por aquí mientras tanto? Tengo que ir viendo un par de cosas y buscar un buen lugar para comer, porque muero de hambre —Sí. Es una persona a la que le encanta comer—. Yo invito. ¿Te parece?
Ya que lo quiere arrastrar por todo el bendito mercado, lo mínimo que puede hacer es invitarle a algo de comer, ¿no?
Dravenia Arclight
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El día había estado cargado, demasiadas responsabilidades y su compañera estaba ausente ¿Cómo podría poner al tanto a Choi de las ordenes de los Capitanes si no sabía dónde estaba su amiga metida? Recordaba las últimas palabras del Instructor; era imperante que volvieran a la base para recibir las ordenes específicas del teniente de su compañía, con el cual Dravenia tenía una interacción tensa, más no era algo que pudiera cambiar, él era superior y ella debía ser diciplinada y subordinada a las órdenes de aquel individuo porque es subalterna. Así que salió de la base, con la firme convicción de encontrar a Choi. Si no se equivocaba y viendo su reloj, su amiga debería estar buscando que comer…
Dravenia se desplazaba por el mercado mirando de manera fría a las personas a su alrededor. Al avanzar, las personas se apartaban de inmediato y no porque oliera mal, sino por el hecho de ir uniformada, algunos se quedaban a admirarla y ella no perdía el tiempo para presumir las condecoraciones que portaba. El porte militar de Dravenia se podía distinguir incluso si no estuviera llevando el uniforme reglamentario, era esa aura de superioridad y semblante inmutable lo que hacía que la gente rehuyera de su lado, eso y lo impecable que se veía usando el característico uniforme blanco, esto le beneficiaba, no tenía que hablar para apartar a los demás, tampoco llevaba la paciencia para eso.
—Ajá…— Contesta de manera afirmativa con una actitud algo molesta ante la pregunta de un extraño, la verdad no estaba prestando atención a lo que dijo, pero tampoco quería perder el tiempo. “¿Donde diablos es que estaba metida Hae-won?” Se preguntó con las cejas fruncidas bajo el antifaz, quizás quien la viera podría notar su incomodidad por la tonalidad del color de sus ojos. En fin…
Dobló en la siguiente esquina y el objetivo de su mirada terminaba siendo todo aquel individuo con cabellera larga de color platino. Siguió avanzando hasta que lo logró. —Bingo!— No fue difícil. Aunque… —Recuérdame no aceptar separarnos nuevamente.— La voz de Dravenia se alza tras la espalda de Choi, con un tono de frustración. Alza una ceja al tomar en cuenta al hombre que le acompaña. —¿Interrumpo?— La pregunta no es precisamente para el hombre que le saca aproximadamente quince cm de altura, pues a pesar que su mirada estaba fija en él, la pregunta era para Hae-won, aunque eso entre ellas estaba sobrevalorado, no debía esforzarse para entenderse con su amiga. —¿Se da cuenta que está demasiado cerca?— Y solo por molestar al hombre, se para entre él y Choi, esperando una respuesta, mirándole con desaprobación “¿Qué tan cerca se debe estar para interactuar con alguien?” Pensó la pelirroja.
Hasegawa Shin
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La señorita Choi Hae-won, un nombre fácil de recordar dada la peculiaridad del mismo, y del que le provienen algunas memorias agrias. Por supuesto que no hizo notar las sombras de sus pensamientos en forma externa, guardándoselo en el pecho y comprimiéndolo al punto de sentir que explotaba, le resultó difícil pero al final tiñó su rostro de la misma sonrisa que ya le había mostrado instantes atrás.
¿El motivo? Sombrío. Su familia capturó a los padres de esa mujer, y su tripulación asesinó a la hermana pirata cuando los emboscaron, en un fuego cruzado que se llevó todas las vidas de sus seres queridos. No la observaba con odio, portaba el uniforme de marine así que era obvio que eligió vivir del lado correcto, incluso con la podredumbre que cargaba aquel apellido.
Viéndolo desde esa perspectiva, eran dos caras de la misma moneda, se preguntaba cuán difícil habrá sido para ella hacerse un lugar en la marina. ¿Tan complejo como encontrar el modo de contarle que él vio cómo fue que asesinaron a su hermana? Detalles semejantes no se gritaban a lo "Hey, hola, ¿recuerdas a tu familia? Tuvimos la culpa de que muriera".
Ese cruce moral le hizo mantener el silencio un pequeño puñado de segundos tras ofrecerle comer juntos. Momentos aprovechados para, en definitiva, reestructurar su postura y volver al mood habitual, mirándola a los ojos tras dejar el melón en el lugar de donde lo sacó. ¿Y cuál era la forma ideal? Sencillito, volver a recortar las distancias, al punto de colocar su rostro muy cerca del de ella, casi que sintiendo su perfume suave, el calor emitido por la respiración relajada que exhalaba y encaminado a reincidir en esa actitud tan provocativa e indiscreta.
—¿Estás coqueteando conmigo, ChoiChoi? Porque si es así, me omitiré algunos pasos y te besaré ahora mismo. —al menos en el manual de seducción de Hasegawa Shin, invitar a comer a un desconocido era para terminar rodeados de sábanas poco después, y por supuesto que iba a descargar el conjunto mental de recuerdos dolorosos y responsabilidad fallida en erotismo y atrevimientos exagerados. Claro que no la besaría, no al menos tan pronto, el estilo de vida del albino se movía entre hilos muy peculiares.
Acercarse desde la lejanía. Lucir como un amante del libertinaje, el sexo casual o las fiestas, pero internamente detestar esa vorágine de descontrol por lo solitaria que se sentía. Miraba a los ojos con gestos que parecían máscaras, perfectamente diseñadas para engañar a cualquiera, y de ese modo, eludir responsabilidades mayores, como parejas o compañías emocionales profundas.
Sólo él lo entendería, la elección de soledad por sobre abrirse a los demás.
Sólo sus recuerdos, y sus fantasmas. Las heridas que estaba obligado a cargar.
Para su suerte, se aleja levemente antes de que una tercera entre en escena. Pelirroja, con una máscara curiosa que parecía cubrirle la mitad superior de su rostro, haciendo que se pregunte el cómo demonios puede ver a los demás así, y de apariencia cercana a Hae-won, preguntándole desde su espalda si interrumpía algo para luego confrontarle, muy recta y seria. Le sacó una pequeña risa y una respuesta inmediata.
—¿Estás celosa? Porque puedo invitarla a usted también a los planes que tenía con su querida amiga. —vuelve a hacer contacto visual con la albina por sobre el hombro de la desconocida. Aunque no tardó en mirarla a los ojos nuevamente. O al menos, al lugar donde intuía que estaban los susodichos.
—Era sólo una comida, no se preocupe. Pero en verdad la entiendo, ¿quién no querría comer junto al futuro mejor marine de la historia? —entonces les dio la espalda, encogiéndose de hombros —Al fin y al cabo, es ella quien quería besarme. Yo puedo volver con mis melones si eso te molesta. —atrevido como pocos, excéntrico como ninguno. Hasegawa Shin era una bomba de relojería impredecible, y eso podía hacer que lo ames o lo odies sin un punto medio.
Choi Hae-won
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24-01-2026, 03:35 AM
(Última modificación: 24-01-2026, 03:36 AM por Choi Hae-won.)
Ah, carajo…
Trató, de verdad que trató, de dibujar la diversión en un comentario gracioso para cortar con un poco de la acidez que la propia rectitud personal le exige en momentos así. Tal vez el vínculo con el propio apellido Hasegawa podría romper un poco con esa extraña manera que ella tiene de ser. Es que no puede entenderlo; no tiene ganas de una pelea y mucho menos de abofetear a alguien así porque sí.
Sin embargo, tampoco puede ignorar la intervención de su amiga en este arrozal. Dravenia es de esas personas extrañas que son capaces de encontrarla aún en medio de una selva cubierta de árboles. Es una de esas personas a las que puede llamar su confiable absoluta y por quién sería capaz de dar la vida. Esa chica es una persona extremadamente buena, aunque todo el mundo diga que tiene carácter psicótico y un humor del infierno.
Es su hermana. Una de las dos debe tener ese carácter para equilibrar la balanza.
—Por favor, muchachos —Levanta las manos y sonríe con suavidad mientras busca mantener la calma en medio de lo que parece ser una discusión—. Somos compañeros de trabajo. Tratemos de llevar las cosas por la paz —Choi dibuja una sonrisa a su hermana—. Hermana, yo lo había invitado a almorzar algo para poder conocernos mejor, no por intereses extraños —Esta vez mira al muchacho con seriedad—, sino porque es bueno tener una relación amistosa entre camaradas. Si él acepta y tú quieres, me gustaría que saliéramos a caminar los tres por ahí y asaltar un par de puestos de comida antes de reanudar las patrullas.
Por lo mismo, la joven se pone de pie al lado de su amiga pelirroja, y extiende su diestra a la figura del caballero para presentarlo con tranquilidad.
—Este chico se llama Hasegawa Shin —La sonrisa de la joven peliblanca refleja la cortesía de quien busca, en verdad, mantener la paz—. Tiene buen gusto por las frutas y es una persona de vocación, o al menos eso es lo que quiero creer —Sabe lo que vio momentos atrás, aunque él mismo lo niegue—… Además de que tiene mucha confianza en sí mismo.
Y eso es primordial para su trabajo. Hae-won de verdad, de verdad, de verdad, quiere tener una buena relación con otros compañeros de trabajo. No es que busque realmente mostrarse demasiado complaciente, no cuando ese sujeto en verdad parecía querer burlarse de ella momentos atrás.
—Sin embargo, no quiero bersarlo, señor Hasegawa —Dibuja una sonrisa de lado con diversión—. Pero si es usted el que quiere hacerlo, tendrá que ganárselo.
Sabemos, por supuesto, que no pasará bajo ningún concepto. Solo quiere molestarlo un poquito por lo que dijo momentos atrás.
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—La verdad creo qué; es un idiota, mal educado, falto de criterio y un gran imbécil, para tratar y peor aun cortejar a una femenina. — Ese tipo si que supo ganarse el mal genio de Dravenia a la primera. No podía creer que hubiera tanto descaro en alguien que solo le sacaba algunos quince cms de altura.
Lo peor era que Hae-won quisiera que se llevaran bien. También era destacable el hecho de que le da celos que cualquier masculino se le acerque con esas intenciones tan francas a Choi, la cuidaba de que hasta el mismísimo mar no la lastime, menos soportaría que viniera un coqueto con in tenciones infames para con su única y mejor amiga.
—Ajá ¿Y quién si querría que alguien como semejante esperpento te bese? Me opongo si quiera a que se te acerque. — Sentencia. Pero bien sabe que si Choi en algún momento y ojala fuese muy a futuro, cuando la pelirroja pudiese probar que aquel idiota era digno, quizás bajaría dos rayitas a sus celos.
Honestamente no deseaba estar junto a ese “Señor”, pero ahora no dejaría sola a Choi a menos que fuese ella quien lo pidiera expresamente. —En todo caso y para su información, Pervertido. No existe relación romántica alguna entre Hae-won y yo. Del mismo modo le pido que la trate con el mayor respeto, si es que algún día pretende que ella le mire de otra manera que no sea como: El sádico de la calle Elm. — En realidad asi lo veía Dravenia misma. Para la pelirroja Shin paso a ser un enemigo publico en cuanto a Hae-won se trataba.
En todo caso, cuando algo tenia que ver con su mejr amiga, el paso del tiempo le había enseñado que se debe ceder cuando los intereses de alguien quien te importa esta en juego y aunque Dravenia se comportaba como que ella misma era el centro del universo, cuando Hae-won llego a su vida, aprendió que ese universo se podía expandir, asi que ceder era un requisito para hacer feliz a Choi. —En fin… Dravenia Arclight. Y para nada es un placer, señor. — Le dice extendiendo una mano al chico a modo de mantener la civilidad, todo sea por Hae-won. —Podría sugerir que vayamos a comer al restaurant que vimos ayer, dijiste que deseabas ir…— Mira a su mejor amiga dispuesta a llevar la fiesta en paz, mas eso no significaba que dejaria de insultarlo.
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Fueron dos cosas las que llamaron la atención inmediata de Hasegawa, primero, la mención de la palabra "hermana" entre ambas, y luego, por supuesto que los insultos de quien se unió en último lugar a la interacción, produciéndole una pequeña risa natural al marine, suficiente como para darse la vuelta y prestarles atención nuevamente.
Choi habla con bastante respeto, un tempo casi metódico y daba la apariencia de decir en todo momento las palabras que necesitaban ser dichas, mientras que su contraparte exponía barbaridades hechas frases, mucho más franca e impulsiva. Casi que podía aplaudir ese mal genio, Shin solía hacerse festines con esas personalidades tan bruscas... y esta no iba a ser la excepción.
Cuando ambas terminaron de hablar y vio la mano de Dravenia extendida, el albino respondió con otro gesto. La palma encarada hacia las dos, como si las estuviese frenando en sus accionares súbitamente. Hasta ese momento se había quedado muy calladito en su lugar, sin decir ni "ah", pero por supuesto que iba a cambiar, era extremadamente parlanchín como para que eso fuese distinto aquel día.
—¡Un momento! —exclamó, bajando entonces el brazo, poniendo en su defecto ambas extremidades en forma de asa de taza. —Si vas a presentarme, entonces debes hacerlo bien, ChoiChoi. —se dio la vuelta nuevamente y apuntó con su brazo al cielo. —¡Yo soy el único, inigualable, absoluto y espectacular...! —en un movimiento abrupto, se giró para quedar encarado hacia ellas y con ambos brazos extendidos, justo en ese momento un halo de luz dorada iluminó el contorno de su silueta, haciendo todo mucho más digno de un auténtico showman.
—¡Hasegawa Shin! Futuro Almirante de Flota. Un gusto. —la luz desapareció, y con ello hizo una reverencia al dúo femenino, como si hubiese sido poca cosa su brote de ego. —Me sorprende que se haga semejante hincapié en cuestiones tan mundanas, después de todo, ¿quién habló sobre besar a nadie? Yo no lo recuerdo, y por ende, no estoy interesado. —contestó, haciéndose el desentendido a propósito, no por vergüenza ni mucho menos, Hasegawa amaba descolocar a las personas abruptamente.
—¡Soy un caballero! Mis modales están a la orden del día, jamás le pediría algo así a una dama. Aunque bueno, creo que tú estás exenta de ello, Niiiia. Las damas no son tan violentas... —sí, absolutamente, fue de esos momentos en donde se arrepintió de decir algo a penas las palabras salieron de su boca, y prueba de ello fue el modo en que se alejó una inmensa cantidad de metros de forma automática.
—Fue una broma, ¿okey?
De golpe, volvió a la posición inicial, intentando recobrar un poco de seriedad, o sería difícil construir un vínculo de camarería genuino con las dos, incluso aunque Hae-won estuviese mediando entre ambos. —Si quieren ir a ese restaurante, yo invito. De paso me pueden contar un poco más que hacen por esta Isla, pensé que era el único marine en la zona. —porque claro, lo que los rodeaba era la parte más pobre del Reino Samba, Shin rondaba esa área adrede, renunciando a los placeres y comodidades de las inmediaciones del palacio.
Pequeños gestos que decían mucho más sobre él que las actitudes casi infantiles que reinaron en su comportamiento.
Choi Hae-won
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Ohmmm…
Ahora mismo desea sentarse en posición digna de alguien que ansía meditar. Es ese extraño peso de realidad lo que hace que ella, como miembro del cuerpo de marines, mantenga la tranquilidad y el porte en medio de las circunstancias más adversas. Si algo tiene que elogiar de sí misma, es que en verdad tiene una paciencia titánica y una manera extraña de ver las cosas. Sí. Es verdad que quiere hundir la cabeza de Hasegawa en el barreño más cercano y que allí se quede, pero no va a hacer eso.
—Usted, Hasegawa, sí que es temerario.
¿Por qué le hablas así a mi amiga? ¿Qué no ves que va a usar esos melones que dejaste momentos atrás como nueva decoración para tu cabeza?
Hae-won respira una vez, dos, tres, cuatro. Solo mantiene la tranquilidad teniendo en cuenta que están en un lugar público atrayendo miradas extrañas en su dirección.
Mantiene la civilidad por esa extraña manera que tiene de ser. No puede decir demasiado. No cuando tiene que lidiar con dos chiquillos de parvulario. Sin embargo, no puede quejarse de ninguno de ellos por simples razones: Dravenia es su mejor amiga y siempre ha tenido forma de detectar a las personas extrañas; Shin es un compañero de trabajo al que acaba de conocer, pero su apellido tiene un peso simbólico importante para la propia Hae-won al ser su familia la que le inspiró a seguir ese camino.
Sin los Hasegawa, ella no habría podido conocer a Dravenia. Sin Dravenia, no podría reírse internamente de la situación que está viviendo con Shin. Sin los dos, Hae-won no estaría tan extrañamente relajada ahora mismo. Supone, entonces, que es un buen día porque, justamente, puede compartir un espacio común con este par... Aunque parece que se van a matar en cualquier momento.
—Oiga —No me trate de loca, iba a decir, pero prefiere calmarse—... Hmmmm… Olvídelo. Ya que se ofrece a pagar, entonces iremos a ese puesto de comida.
Porque en sí, no quiere tomar ningún tipo de mala represalia contra nadie. Se lleva ambos brazos a la espalda y mira con más ilusión el cielo claro del mediodía. Luego de eso, se acerca a su amiga para tomarla del brazo y sostenerse un poquito de ella, como la hermana menor que siempre es, entre las dos.
—En lo que a mí respecta, me gusta transitar estos parajes, porque aquí sí se puede encontrar un poco más de trabajo, en el buen sentido —No quiere decir que estas sean zonas conflictivas o peligrosas—. Es bueno ver a los civiles de aquí para allá, trabajando en este tipo de entornos. Una persona aprende mucho de ellos cuando se detiene a observar en detalles.
Además, es en ese tipo de lugares donde Hae-won pasó gran parte de su adolescencia hasta ingresar a la marina. Desde que enterró a sus padres en el fango de la deshonra por sus crímenes, Choi no tuvo demasiado para comenzar, así que pulió sus habilidades lo mejor que pudo en lugares que se veían así, como esos en los que ahora transita.
—¿Y usted? —No, no dirá nada del nuevo apodo que ese hombre le puso, porque ChoiChoi le es tan ajeno como divertido—. ¿Por qué le gusta patrullar por estos lugares?
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