El festival del arrroz | Pasado | Yuqi
#1
Invierno, día 25. Año 16.
Caía nieve.

El cielo, cubierto de nubes oscuras, se desprendía de ella a regañadientes. Todo el día había nevado. La nieve caía lento, muy lento, a merced de la tenue brisa de la tarde. Tanto las calles como los tejados estaban cubiertos de una gruesa capa. Una alfombra blanca, elegante y delicada, que enmarca el apogeo del invierno en la Isla del Karate. El frío calaba en los huesos, más su gélido abrazo no parecía tener efecto alguno en los ardientes espíritus de los lugareños, que, entusiasmados, corrían de un lado a otro llevando antorchas, guirnaldas y gruesos troncos de madera. El centro del pueblo se había convertido en escenario de celebración y estaba en abullición, cobijando a la mayor parte de los locales y, por consiguiente, dejando prácticamente desierto el resto del lugar.

—¿Qué mierda pasa acá?

Enji llegó caminando desde una calle adyacente. Tenía puesta su gorra blanca con el símbolo de la marina, unos pantalones anchos fajados al abdomen y un par de sandalias. Ninguna prenda cubría su torso, plagado de cicatrices, ni sus brazos. En las manos traía lo que parecía ser una bola de tela blanca desde cuyo centro se asomaban las pequeñas orejas de un animal.

En el epicentro de la gran plaza se había erigido una torre de troncos y, a su alrededor, formando un círculo, había clavadas una docena de estacas con antorchas en sus extremos. Entre cada una de ellas, una larga mesa con mantel y muchos platos habían sido desplegados.

—¿Ford? Tú naciste aquí, cabrón, tienes que saber —dijo Enji, y miró a las orejas que asomaban de su chaleco doblado.

Ford, el pequeño gato blanco de Enji, asomó la cabeza, miró a su alrededor, después miró a Enji y, finalmente, se encogió de hombros y volvió a meterse.
«Tengo un mes de vida, cabrón. ¿Qué esperas que sepa yo?», pareció decirle.

—Tch, gato inutil.

El marine se internó poco a poco en la festividad que parecía estarse desarrollando. Las personas, que lo conocían y ya no se sorprendían por su falta de abrigo, soltaban explicaciones rápidas y al paso. Nadie se detenía, pues todos parecían apurados. Enji logró quedarse con las palabras “Invierno”, “Arroz” y “Fogata”. Hilvanar algo resultó imposible.

Después de dar vueltas en torno a la torre de troncos que ocupaba el centro de la plaza durante algunos minutos, Enji vio llegar una nueva congregación de gente, sintió curiosidad y se acercó mientras encendía un cigarrillo.

Lo que vio puso un poco más claras las cosas.

Bueno, un poco es decir mucho.

Se trataba de un séquito de quince personas que cargaban en hombros la olla más grande que hubiera visto jamás. Dentro debían caber unas cinco vacas enteras y sobrar espacio para un elefante. La llevaban en hombros, ayudándose de tablas para mantenerla en equilibrio pues su base era curva y estaba mellada y negra por los años de uso. Tenía toda la pinta de ser una reliquia reservada exclusivamente para esos eventos.

—¿Qué carajos van a cocinar ahí? —preguntó al aire mientras daba una calada a su cigarrillo.

—Arroz —dijo una mujer que estaba parada delante suyo, también admirando la llegada de la gran olla—. Es el festival de la lluvia de arroz frío. —La mujer se giró para mirarlo con los ojos llenos del brillo de la ilusión—. ¿No es emocionante?

—Ah… —Enji parpadeó, con el cigarro en la boca—. Sí… claro, claro. —Rodó los ojos—. ¿Tienen un pote de mayonesa así de grande también?
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#2
Si algo debe quedar claro, es lo siguiente: a ella no le gusta el frío. Incómodo y doloroso, nada más que decir. Ninguna otra razón necesitaba para despreciar aquella estación, así que muy contenta no estaba. Qué miserable es la estación, pero podía aceptar el sacrificio de quedarse un poco más en esa isla, pese a que el mal tiempo le hacía doler todo el cuerpo.

¿Por qué resistía? Un cuestionamiento que se hizo, hasta que vio a esa gran olla ser la protagonista de la atención de todos. Allí estaba la razón, estúpida y válida al mismo tiempo: solo por el arroz.

Apoyaba el entusiasmo de los habitantes, y se hubiera sumado, de no ser por una pregunta que entre voces escuchó. Con la mirada busca al responsable y sus pies nada tardan en moverse para cercanía buscar con el individuo.

Menos de un segundo lo ha mirado y sabe que debería alejarse de él, ignorarlo.

¿Lo hace?

—Qué pregunta tan rara haces. ¿Acaso comes el arroz con mayonesa? —Genuino interés en ella despierta, a la vez que una duda nace: —¿A qué sabe? —¿Bien? ¿Mal? ¿Debería tratar de probarlo ella misma y no confiar en la opinión de un tercero, de un desconocido? ¡De seguro! Sin embargo, ¿no sería quitarse la oportunidad de distraerse en medio de la espera? No iba a desperdiciar la situación, sobre todo cuando parecía que el tipo iba a ser de los pocos interesantes en ese lugar. Al menos, por esos momentos. —Nunca había pensado en una combinación así.

Pensamiento que en ella una confusión de sentires provoca. ¿Debería estar agradecida de que no se le ocurriera aquella abominación de sabores? ¿O sentirse decepcionada por no haberlo ideado antes? Preguntas sin sentido, ¿verdad?

Sin embargo, ¿en Yuqi qué tenía sentido?

Todo. Nada.

—No me digas que te sorprendió el tamaño de la olla —Parece ser que la incredulidad envuelve aquella frase, sin embargo, algo filoso asoma: la burla. En la forma que las comisuras de su boca se alzan se ve a la perfección. —¿Aquí, en la tierra del arroz? —Debió de ser una sorpresa gigante… o tal vez lo más obvio que en esa isla podía ocurrir. —Me pregunto cómo te pondrás cuando veas que en otra isla hacen panes gigantes.

¿Sarcasmo? Ni ponerlo en duda, pero ¿Qué otra cosa se esperaría de ella? Tal vez que fuese más discreta al tratarse de un desconocido, de un oficial justo e incorruptible de la Marina, ¡tan correcto!

¿No es eso el centro de todo, Yuqi?

¿Lo notarás pronto, Enji? La manera en que esos ojos violetas reparan en cada detalle que forma parte de ti. El símbolo que portas, la ausencia de vestimenta pese al clima… Información útil, información que no duda en almacenar como munición futura.

Aunque diminuta ahora es la sonrisa en el rostro de la fémina, no desaparece.

Lo que se hubiese esperado tras este primer encuentro e intercambio de palabras habría sido que se callase y siguiese en lo suyo, ignorando al hombre y fingir que no lo había visto más. Pero, pero, pero… ese logo en la gorra es la razón por la que se ha acercado y también es la razón por la que se queda.

¿Dónde está lo inteligente en esto? ¡En ningún lado!

Eso lo vuelve divertido.

—¿Se le perdió la camiseta acaso, soldado? ¿Se la robaron? —Ni siquiera hace el intento de ocultar la mofa. Es tan obvio, sobre todo cuando el espacio privado del otro invadido al inclinarse ella hacia él. ¿Temor, duda? En sus ojos nada de eso se refleja, incluso si la diferencia de tamaños es considerable. —¿Necesita ayuda buscándola?
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#3
La respuesta a su pregunta llegó de una voz nueva, también femenina, cuyo tono reclamó su atención. Enji alzó una ceja y la vio acercarse. Una mujer bajita y esbelta. Cabellos oscuros aplacados en una coleta reflejaban la luz de las antorchas, convertida en un destello verde. Verde musgo. Ojos violáceos, morados, venenosos. Últimamente se había amigado con ese color, y en ella se veía bien. Armonizaba.

—Por supuesto, enana —Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada, depredadora. Mostraba los dientes blancos como un cazador enseña los colmillos, flagrante de confianza y seguridad para sonreír así—. Arroz con mayonesa y un poco de atún. Es la comida de los ganadores.

Una comida barata, también. La opción predilecta en épocas de escasez, cuando el vicio era más importante que la cena y tenía los pulmones tan negros como vacía la panza. Una cosa del pasado, quería creer. Seguía siendo una chimenea, pero ahora comía cuatro veces al día gracias al sueldo de marine. Una grandísima mejora.

—Sabe a mayonesa y atún. —Se encogió de hombros, sacó el cigarrillo de su boca y exhaló mientras lo tenía bien atenazado entre índice y pulgar—. Y sin atún, sabe solo a mayonesa.

El escrutinio de cada uno sobre el otro nacía de raíces distintas, casi opuestas. Enji miraba de arriba abajo sin prestar atención a los detalles de la musculatura, la avidez de la mirada o las intenciones profundas, ocultas en la voz, los gestos sutiles, la postura. No. Enji analizaba la superficie. Lo externo. Y no se molestaba lo más mínimo en ocultarlo. Lo reflejaban sus ojos, brillantes bajo el crepitar de la madera y la resina encendida. La admiración lasciva, primitiva y animal.

En ese contexto, su sonrisa no puede hacer más que ensancharse cuando la distancia se acorta y el espacio individual se convierte en uno compartido.

—Oh, para nada. —A la provocación respondió inclinándose de la misma forma. Curvó la espalda e inclinó la cabeza, los ojos grandes y el cabello lacio cayendo entre ellos—. Está justo aquí. ¿No la ves?

Levantó el bollo de tela que sostenía en la mano izquierda. Tela blanca.

—Eh, Ford —llamó—. Sal a saludar.

Un maullido sonó mientras, de fondo, la multitud se concentraba en el movimiento del caldero, que ataron con gruesas sogas a un sistema de poleas e hicieron elevar hasta la cima del torreón de madera. El bollo se removió, temblando sobre la mano de Enji y frente al rostro de Yuqi. Se inclinó a un lado, luego al otro y finalmente se abrió, la tela cayendo a cada lado para revelar una figura pequeña, blanca y cuyos ojos azules, brillantes como pulidos zafiros, se fijaron en la desconocida con curiosidad. Las puntiagudas orejas se mantenían erguidas, atentas, y sus patitas hundidas en la tela para cubrirlas del frío.

Ford miró a Yuqi y volvió a maullar.

—¿Lo ves, enana? Mi camiseta está a buen recaudo. —Estiró las manos a los costados y alzó los hombros—. No significa que me la vaya a poner. El clima es encantador, ¿no te parece? Fresquito y seco.
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#4
No puede hacer más que alzar la ceja ante su reacción, expectante al siguiente paso.

Ha iniciado bien, ¿por qué negarlo? No ha retrocedido el hombre, y por lo mismo la sinvergüenza ha curvado su boca en menos de un pestañeo. Divertido de ver hubiese sido el que se alejase, pero la cercanía solo vuelve el encuentro más entretenido. Podría acortar más la distancia, reducirla hasta volverla cero… La tentación está, solo para un mordisco darle y saborearlo. ¿Por qué no intentarlo?

Obviamente no lo hace, ni lo hará. Hay algo más importante sucediendo, ¿no? Del rostro ajeno su mirada se ha desviado, centrándose en la tela que tan particular se mueve por sí sola… o que parece hacerlo. Curiosa mantiene la mirada, hasta que el pequeño responsable presencia hace. Entonces, la sonrisa se ensancha.

—Demasiado tierno para alguien de tu tipo, si me preguntas —Porque está claro que el hombre no lo haría. Además, llamando a la sinceridad, ¿desde cuándo Yuqi esperaba la pregunta para ofrecer su opinión? —Pero es curioso que sea tan lindo —Genuina suena su sorpresa, al igual que lo parece la leve sorpresa en su perezosa mirada. —Porque tienes unos gustos de mierda.

¿Qué tipo de loco andaba tan campante exhibiendo su cuerpo en pleno frío? Uno que fracturas no poseía, eso seguro. No juzgaba la piel a la vista (¿quién era ella para eso?), sino el escenario… y para ella, el mismo agradable a su cuerpo no le resultaba. Tiritaba, pese a que hacía el vano intento de disimularlo, y la olla que a la distancia alzada se le presentaba como la perfecta fuente de calor.

—¿Qué hace alguien de la Marina por aquí? ¿Cuidando que no se roben el arroz del pueblo? —Un par de pasos hacia atrás, una leve risa; eso es lo que da, antes de que su mirada se dirija al objeto protagonista de toda la escena. —Cualquiera podría hacerlo —Cualquiera como ella, a quien le picaban las manos por colocarlas encima—¿O simplemente perdiendo el tiempo?

Como lo hacían tantos de su facción. No le sorprendería.

Nada tardan sus ojos en volver a la silueta del hombre y delinearla sin algún signo de disimulo. Por el rostro se pasea, luego por su pecho; la curva de sus labios advierte un nuevo acercamiento. Por el paso retrocedido, ahora da dos, ¿o son tres? No vale la pena contarlos cuando el vapor de su aliento se combina con el ajeno.

Imprudente, atrevida.

—Quizá hay algo que no estás viendo, soldado —Suave lo susurra, cada vez más inclinada. Acercarse al oído ajeno es lo que busca, solo para depositar una nueva oración: —Mira más de cerca —Una invitación a algo más íntimo es lo que parece cuando borra la distancia entre ambos cuerpos y la tela de su vestido siente el pecho desnudo. —¿No se mueve muy rara esa olla?

Desequilibrada, al ojo atento. Pero, ¿quién lo está? La algarabía nubla la mirada de todos, desvía la atención de las sogas que vibran de forma extraña. La fémina puede escuchar a lo lejos un crujido que no debe existir. Y tú, Enji, ¿Qué puedes ver? Ignora la calidez del momento y observa atentamente: uno de los nudos cediendo de golpe y la olla inclinándose hacia un costado. Calor emana la olla, ahora también peligro.

Un grito, dos, tres… Todos se unen cuando el contenido se agita violento, la gente más cercana amenazada está, pero el miedo les prohíbe a sus pies retirarse. Así, la cuenta regresiva empieza, más veloz que nunca.

No pienses, querido marine. Solo actúa.

Muévete.
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#5
Lo directo de sus palabras, sin rodeos ni decoraciones, encantó a Enji un poco más. Era un hombre sencillo y complejo en niveles distintos, y le gustaba, por no decir que adoraba, que fueran sinceros con él. Crudos. ¿Que tenía un gusto de mierda? Podía ser. Después de todo, había tomado un sin fin de decisiones de mierda a lo largo de su vida. Ford no había sido decisión suya, sino una imposición que acabó aceptando por presión social, así que la teoría se mantenía.

Sí, ella tenía razón.

¿O acaso estaba poniendo la belleza de esa mujer en la balanza a favor de su argumento?

Sí, eso también tenía todo el sentido del mundo.

—Por mis gustos de mierda es que estoy hablando contigo —dijo y puso los brazos en jarra, con los puños cerrados posados en su cintura—. Tan malos no pueden ser.

Varios meses habían pasado desde su llegada a Karate. ¿Por qué estaba ahí? Rehabilitación, para ser sinceros. Sacarse vicios de encima y contagiarse de un poco de la forma de ser local, tan disciplinada y austera. Lo primero había salido relativamente bien. ¿Lo segundo? Bueno, estaba en proceso, aunque las esperanzas no eran muchas. El carácter de Enji demostró ser más fuerte que sus tentaciones.

Los artistas marciales, que eran la milicia de la isla y quiénes aseguraban el orden, lo miraban de reojo y con desprecio cuando aparecía con su gorra blanca. Pero no podían hacer nada contra él sin tener un motivo real.

—Vacaciones —se limito a contestar—. Escuché que en karate había buena comida y mujeres hermosas. Al menos una de esas cosas me consta ahora mismo.

De cerca, muy cerca, podía sentir el calor ajeno impregnando su cuerpo. Tan cerca que Ford no supo dónde esconderse y terminó huyendo. Subió por su brazo y se agazapó sobre su hombro mientras Enji, temerario como era, sonreía a escasos centímetros de esa peligrosa mujer, saboreando su respiración en los labios. Sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor y definitivamente sin ningún miedo.

Su sonrisa se torno risueña al sentir el contacto de sus cuerpos concretarse.

—Estoy viendo todo lo que… eh… —Su mirada, relajada, se perturbó. Abrió mas grandes los ojos y desenfocó por un instante a Yuqi. Se fijó en otra cosa.

Se fijó en la olla.

—Mierda.

Dió un paso al costado, sorteó a la mujer de cabellos pistacho y dejó caer a Ford en la nieve.

—¡Cuídalo! —pidio u ordenó, la línea era muy fina, mientras corría hacia la olla.

Enji se acercó dando cuatro rápidas zancadas. El tiempo a su alrededor pareció ralentizarse, viendo con detalle y segundo a segundo como la soga se deshilachaba y el caldero temblaba, deslizándose sobre su base esférica en un equilibrio delicado. Corría el tiempo y pronto caería. En una, dos, o tres milésimas de segundo. Tiempo de sobra.

—¡Muevanse!

Flexionó las rodillas y los músculos de sus piernas se inflaron de golpe. Las venas se remarcaron entorno a los muslos y las pantorrillas. Empujó, su salto detonó y la nieve explotó alrededor de su punto de apoyo justo después de que su figura desapareciera. Velocidad, en eso se había convertido. Un proyectil. Atravesó el aire como una saeta y pasó junto a la olla, asiandola del filo de su apertura para arrastrarla con él. Se la llevó, como un ladrón en pleno vuelo, y aterrizó sobre la torre de tablones de madera.

Y resbaló.

—Mierda…

El frío y la nueve confabularon en su contra. Su pie pasó y su cuerpo cayó. En el último segundo logró aferrarse a una tabla y quedarse colgando de la torre, sosteniendo con una mano la gran olla.

Le crujieron los huesos al estirarse forzosamente las articulaciones.
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#6
—Qué gran amigo —De sus labios se resbala veloz la oración en cuanto ve al pequeño ser abandonado, pero más palabras no puede dirigirle. La situación amerita que tome del pellejo a aquella tierna bola de pelos y disfrute de la escena que ante ella se desarrolla. Sus orbes violetas persiguen la silueta del marino, cada mínimo movimiento…

¿No es hipnótica la manera en la que se mueve? No puede apartar la vista de él, y eso la obliga a avanzar. Pasos no es lo que da, sino uno, dos y, pronto, tres saltos. Ligeros y delicados son sus movimientos, mas rastros de gentileza no quedan en la expresión que carga.

De aplausos se llena el lugar y el vitoreo por el héroe del día son un conjunto de todas las voces del lugar, excepto la de la peliverde. No es que molesta se encuentre por el buen accionar o por el accidente frustrado, solo que algo falta… Algo no cuadra, algo no se muestra todavía. ¿Qué podría ser?

Buscar un responsable se vuelve complicado si el acto heroico irrumpido se ve, ¿cierto, Enji? Todos te observan, y unos pocos actúan. ¿Cómo lo sabrías, de todas maneras? Si escondido un invitado especial entre la multitud se mueve y el brillo de una daga opacado queda tras los gritos de terror que claman auxilio para ti.

—¿Necesita ayuda de una humilde civil como yo, mi querido soldado? —Como si fuese otra la situación es que la fémina pregunta. La seriedad no es parte de su voz, lo es la burla, la cual hasta a sus brazos llega y despacio mece al pequeño gato en sus manos, como si se tratase de la olla que carga el hombre. —Solo si lo pides de por favor.

Y ni así estaba asegurada su ayuda, sin embargo, ¡él no lo sabía! Así eran los marinos al final, fingiendo saber todo e ignorando tantos detalles… Por supuesto, Yuqi, hay cosas que tú también ignoras: no eres la única que quiere ver a Enji caer. Llegar a esa conclusión es demasiado fácil (¡y obvia!) cuando un arma con filo sale disparada en primer lugar en dirección al brazo con el que se sostiene el muchacho y, para su buena suerte, no acierta.

—Deberías dejar caer esa olla de una vez. Muchos dirán que lo intentaste —Y otros muchos también comentarían que no había dado la talla para su deber: el proteger a un par de muchas personas unas cuantas quemaduras graves. —Decide rápido.

Si quiere confiar en su fuerza no eterna o en la desconocida, quien los segundos ha aprovechado para escalar la plataforma ayudándose de las cuerdas que sueltas quedaban y ahora le extiende la mano.

Los gritos son tan desconcertantes.

Y apostamos que esa segunda daga lanzada y que apenas roza la cuerda también.
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Salto de foro:


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