[Pasado con Bai] Historias por aprender
#1
Día 82 de Otoño
Whisky peak, algún lugar de la ciudad 



Caminaba por las calles de esta ciudad sin dejar a un lado la desconfianza. No me parecía normal que en un mundo donde todo parecía dispuesto a destruirnos, hubiera una ciudad que acogiese a los piratas con tanta facilidad, con los brazos abiertos y dispuestos a celebrar. Además, en estos días, Rosse, Mercedes y Giyuu parecían comportarse de un modo extraño; ya no eran los mismos que nos acompañaban antes de los acontecimientos de los cabos gemelos. Parecían perdidos, y lo suyo se unía a la pérdida de Alana, la cual había decidido navegar en otro barco a partir de aquel incidente.

Las paredes de piedra se elevaban a los costados como unos guardias vigilantes. Me hacían sentir pequeño, no por su altura, pues solo se levantaban un par de plantas del suelo, sino más bien por una extraña sensación que flotaba en el aire. Un sentimiento de que aquella actitud agradable no era nada más que una careta, puesta sobre el rostro de unos cazadores al acecho, dispuestos a cernirse sobre sus presas al más mínimo descuido.

Me movía rápido, siempre por calles principales y esquivando entrar en cualquier callejón. Fui al mercado, compré un par de mazorcas de maíz, algo de carne y salí de la ciudad tan pronto como pude. Algunos de mis compañeros preferían comer en las animadas tabernas de la ciudad, pero yo no podía bajar la guardia; la última vez que lo había hecho, acabé en un pozo de piedra junto a unos desconocidos combatiendo a una lagartija. Que otros se dediquen a beber y cantar en las tabernas. Yo prefiero mantenerme a salvo.

Me alejé de la ciudad y me oculté en una zona con unos cuantos árboles. No podría llamársele bosque, pero al menos me daba una sensación de seguridad que en aquel momento necesitaba, como si estuviese arropado, oculto. Formé un círculo con algunas piedras, apilé un puñado de ramas secas y hojarasca y lo prendí haciendo uso de mi piedra de pedernal. Tras unas cuantas chispas, logré ver salir una pequeña voluta de entre las ramas y soplé con cuidado, con el mimo que lo haría una enamorada que quiere apartar el insecto que se ha posado sobre su ramo recién regalado. Esperé hasta que el fuego comenzase a prender en condiciones y entonces pinché la carne y el maíz en un par de ramas más largas y las puse al calor. 

Me senté junto a mi hoguera, mi espalda descansando contra el tronco de uno de los árboles, y saqué uno de mis libros. Uno que hablaba de historias del pasado, de batallas ganadas y pueblos perdidos. De lenguas y religiones. De mitos, de leyendas que habitaban los mares. Mis ojos se clavaron en el texto y mis pensamientos volaron lejos de allí. Me dejé ir a ese mundo con el que soñaba antes de comenzar mi viaje, un mundo libre y lleno de aventuras.
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#2
Después de lo que había ocurrido en los Cabos Gemelos, el bullicio de la ciudad que le había tendido la mano le hería. Lo había empezado a hacer en el mismísimo instante en el que, tras sentirlo palpitar en sus entrañas, se había descubierto gestando una febril montaña rusa de emociones que no entendía ni deseaba entender.

Todo y nada la alteraba. Pero, en particular, no soportaba ver cómo los más incautos se rendían a la embriaguez buscando dominar la realidad tan cruel que les rodeaba: eran débiles. Y la debilidad, cuando eres consciente, es sinónimo de muerte.

Necesitaba pensar en ello, un espacio donde el silencio le permitiera auscultar el latido de sus pensamientos.

Quizás, por eso mismo, su inconsciente la había alejado de los muros de piedra y las tabernas, las avenidas y plazas donde el olor agrio a grasa, whisky y sudor impregnaba el aire viciado de la ciudad. Quizás, por eso mismo, sus alas se movieron espasmódicas y frenéticas cuando el paseo se convirtió en una caminata entre el aroma limpio de la madera seca y… ¿maíz?

No era un olor fuerte lo que percibía. Era más bien como un perfume delicado, una nota solitaria en medio de una sinfonía de olores escasamente adulterada por los frescos aromas del ambiente.

Y eso, para la curiosa mente de Bai, era una grandísima pregunta. ¿De dónde salía?

Atravesada por el Eros —esa pulsión de abrir lo que está cerrado—, Bai avanzó con apremio haciendo crujir la hojarasca. Destreza de movimiento que contradecía su escala monumental.

Y, al llegar al claro, descubrió al extraño: un mink de rasgos finos, enfrascado en un volumen cuya encuadernación le resultó dolorosamente familiar. Era una edición alterna, una versión que no hablaba la lengua de sus padres, pero que portaba el mismísimo peso de los siglos.

—No esperaba encontrarme a nadie aquí —se dijo a sí misma, sin variar el tono de voz, ya que pensó que el hurón le haría el mismo caso que la mayoría de la gente: ninguno.

Y, como si no pudiera evitarlo, presa del Eros, de esa necesidad de navegar en las profundidades ajenas, se aproximó sin ocultarse, dispuesta a romper la burbuja de seguridad del extraño.

—El… —Bai señaló el libro mientras le hablaba—. Libro —añadió con lentitud, mientras hacía un gesto con las manos como si estuviera abriendo algo imaginario—. Yo…

En ese momento su pie golpeó algo duro y sus ojos se desviaron al suelo. ¿Qué era eso? Siguió el círculo con la mirada y dio un paso atrás, tratando de mostrar respeto pues, el círculo —porque ahora estaba claro que era un círculo—, no parecía casual, y la casualidad, cuando aparecía en lugares tranquilos, solía ser una mentira con buen disfraz.

A continuación, levantó la vista despacio, lo justo para no parecer una amenaza, y volvió a hablar.

—Perdón —dijo con una voz un poco más baja de lo habitual—. No era mi intención…
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#3
Desde niño, siempre me había enfrascado en la lectura. No solía leer libros fantásticos, ni tampoco románticos. Mis lecturas se centraban más en libros históricos o de investigación. En los textos que se encontraban en la sección prohibida de la biblioteca en la que crecí. Esos mismos que los ancianos decía que solo me traerían problemas. Tal vez fuera porque nunca sentí que los libros para niños de mi edad me estimulasen, o porque leer acerca de esas cosas podía ayudarme a entender de qué hablaban mis padres tras sus expediciones, pero siempre me absorbía la lectura sobre pueblos antiguos y sus culturas. Tanto era así, que apenas pude percibir el crujir de la hojarasca que se producía al otro lado del claro.

Una enorme figura se levantaba unos metros ante mi. Desde el suelo se levantaban dos piernas gruesas, robustas, como dos columnas de músculo. Una de ellas poseía una cicatriz, lo cual me hizo pensar que el aspecto de guerrera no era solo una fachada. Poseía un torso amplio, musculoso como toda ella. Su piel, oscura, parecía reflejar la luz del sol, salvo en las zonas donde unos extraños dibujos tribales decoraban sus brazos. Mi cuerpo se estremeció al ver aparecer alguien con ese aspecto de luchadora y su estatura de unos cuatro metros. Mis músculos tensos, listos para actuar en caso de ser necesario.

La mujer continuó avanzando con ritmo lento, pero sin preocuparse por permanecer oculta. Coloqué mis pies en el suelo, como si fuese a dar un salto, pero entonces lo vi. No era una mujer común. De su espalda colgaban dos alas negras, que junto a las líneas delicadas de su rostro, me hicieron pensar si es que acaso no se trataba de un ángel. No, no era eso. Estaba seguro de haber leído acerca de gente con alas; la gente de la luna.

Habló y me hizo un gesto que me dejó claro que lo que había llamado su atención no era yo, ni nada que pudiese poseer. El fruto de su ensimismamiento no era otro que mi libro. Pese a su aspecto rudo, parecía que aquella mujer compartía más conmigo que los brutos de las tabernas en la ciudad. Me levanté despacio, con la precaución de quién se ve inferior, de quién se siente vulnerable. Ella tropezó con las piedras de mi hoguera. Las pavesas saltaron por todas partes. Por suerte, ni la carne ni el maíz, ya casi listos, acabaron en el suelo. 

Ella levantó su mirada desde el fuego. Despacio, con movimientos medidos. Y se disculpó. No fue hasta ese momento en el que me di cuenta. Ella no estaba hablando la lengua común. Ni siquiera lo hacía en otra de las más habituales. Aún así, podía entender lo que decía. Debía de haber leído sobre su lengua en alguno de mis libros. No estaba seguro. Solo sé que pedía perdón por haber tropezado con mi hoguera.

—Tranquila, no te preocupes —dije utilizando la lengua común—. Por suerte, la comida sigue intacta. Solo habrá que soplar un poco la ceniza.

Deshice el abrazo que tenía sobre mi libro y lo extendí hacia su dirección, pues parecía que le había llamado la atención mi lectura. 

—¿Lo conoces? —pregunté mostrando la portada—. No he visto mucha gente que lo haya leído. Ni siquiera que le parezca interesante —añadí mostrando una sonrisa.
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#4
Una súbita espurna incendió su mirada azulada; un destello de electricidad cognitiva —o quizá un chispazo de puro asombro— que recorrió su espina dorsal hasta morir en sus alas. Las cuales, movidas por un impulso primitivo, reaccionaron con un espasmo involuntario, oscilando entre un trémulo escalofrío de excitación y el aletear rítmico de la esperanza.

Y es que, en cuanto el mink articuló los fonemas propios de su estirpe, la psique de Bai se fragmentó.
Una parte de ella, siempre escéptica y analítica, se preguntaba si sus oídos la estaban traicionando; mientras la otra, su Eros hambriento, trataba de asimilar el hallazgo: alguien que no solo la escuchaba, sino que la comprendía; alguien que, como su compañera de tripulación, le hacía sentir menos sola.

Entonces, cómo si el hurón hubiera entendido la dualidad que la desgarraba en esemomento, volvió a hablar para confirmarle que su Eros no se equivocaba: había escuchado bien. Quizás por eso, o quizás por su necesidad de pertenencia a algun lugar, aquella segunda frase se sintió como el sonido de un milagro para Bai. Y sus ojos, que hasta ese momento habían vibrado como dos fragmentos de zafiro gélido, parecieron fundirse ante la realidad, adquiriendo una tonalidad cálida y profunda.

—Yo... —incapaz de decir nada, atragantada por el nuevo sentimiento que se atravesaba su pecho y garganta, Bai dejó morir las palabras por un momento dando a entender que, pese a todo, le costaba creer lo que veía.

Entonces, en un acto reflejo de su dualidad, sus alas se replegaron con fuerza, envolviéndola en un abrazo de plumas blancas; un gesto instintivo con el que buscaba confirmar, a través del tacto, que la escena no era un espejismo de su soledad.

—Me alegro de no haber echado a perder tu comida —dijo al fin tras asimilar el impacto del encuentro pero sin dejar de sentir cómo la realidad palpitaba bajo el amparo de sus propias alas.

Y ahora, habíendose impuesto la inercia de su curiosidad al torbellino emocional, necesitaba confirmar lo que, al inicio del todo, había creído que era aquel objeto.Para ello, inclinó entonces su torso, reduciendo así el abismo de estatura y quedar a la altura del libro.

Ahora iba a poder verlo bien.

—La impronta de la cubierta... — comenzó a decir sin percatarse de que poco a poco invadía el espacio personal del mink —Es muy parecida a la de un libro que leí hace ya mucho tiempo.

Sin embargo, al escrutarlo con mayor rigor, se percató de algo que le llamó la atención.

—No entiendo lo que pone —comentó de repente mientras sus dedos, que todavía temblaban levemente por la excitación previa, se acercaban al lomo del ejemplar —El grosor tampoco es el mismo — añadió —. Pero estoy casi segura de que es el mismo libro.

Cierto era que en su mente siempre cabía espacio para el error, pero aquella encuadernacion desafiaba cualquier clase de escepticismo; bajo la luz vacilante de la hoguera y la sombra que ella proyectaba, el gofrado en pan de oro revelaba unos dibujos de gran precisión: un grabado circular donde el sol, la luna y el mar se entrelazaban en un nudo infinito. Un símbolo hermoso que Bai había almacenado en su memoria por la belleza del mismo.

—Supongo que no está hecha la miel para la boca del asno —le respondió devolviéndole la sonrisa e incorporándose.

—¿Cómo se llamaba? —murmuró la birkininana llevándose la mano al mentón para acariciarlo. —Hmm —pensó mientras sus dientes apresaban su labio inferior.

—¡Ya lo recuerdo! —exclamó con satisfacción— Nosotros le llamábamos «Tratado histórico de la era antigua»

Tras decirlo, dio un pequeño paso atrás, devolviéndole a Varo su espacio vital pero sin apartar la mirada del volumen. Entonces, se dio un leve golpe en la frente con la misma mano que había estado acariciando su mentón; la pieza del rompecabezas acababa de encajar.

—¡Claro! Nuestra edición estaba escrita en dos idiomas —explicó con la misma fascinación que un niño al mostrar sus tesoros mientras sus alas, por fin, se relajaban y se replegaban contra su espalda—. Por eso recordaba un volumen muchísimo más grueso. Fue uno de los primeros textos que mi gente tradujo; lo utilizaban para enseñarnos la lengua común a través de la nuestra... —hizo una pequeña pausa y le dedicó una sonrisa cargada de intención—. Una lengua que, como habrás adivinado, no sé.

Tras ello dejó escapar una pequeña risa que contrastaba con su porte monumental; sabía que había sido un error no haberla aprendido antes y, de hecho, cada día, en su fuero interno, Bai libraba una batalla: siempre había sido demasiado orgullosa para aceptar que la cultura podía sobrevivir al margen de su lengua materna. Por eso, en un ejercicio de soberbia intelectual, se había negado a dominar otros idiomas, creyendo que el suyo era el único recipiente válido para la verdad.

—Un tremendo error porque ahora estoy muy limitada... —confesó—. Ahora mis lecturas se restringen a lo que cargo conmigo y, a este paso, acabaré aprendiéndome cada página de memoria por pura inanición mental.

De nuevo volvió a reír por su propia ocurrencia, aunque esta vez la risa parecía confesar algo más: la aceptación de su propia naturaleza contradictoria.

—Hm... —masculló, deteniéndose un instante. La indecisión bailó en sus ojos antes de dar paso a la cortesía—. Por cierto, creo que no me he presentado. Bueno, creo que es algo lógico considerando que lo primero que he hecho ha sido invadir tu fuego y después... —señaló el libro con una leve inclinación de cabeza— Hacerlo también con tu lectura.

A continuación, Bai se agachó ligeramente, reduciendo la distancia física que los separaba y , con un movimiento pausado, para no alarmar los instintos del mink, colocó una cálida mano sobre su hombro.

—Me llamo Bai.

Y acto seguido, se inclinó un poco más y presionó un breve beso en la mejilla de Varo; gesto que arrastraba su tradición y que transformaba al extraño en un conocido

—Es un placer encontrar un espíritu afín en un lugar tan como este —comentó Bai tras separarse del mink y volver a su posición natural.

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#5
En los primeros instantes, no había sido capaz de discernir qué estaba ocurriendo. En un principio, por el temor a que aquella mujer enorme que se encontraba frente a mi resultase ser un nuevo enemigo. Más tarde, por la fascinación que desde siempre me ha envuelto cuando encuentro gente con la que poder debatir acerca de historia o leyendas, o al menos gente a la que le interese. Escuché con atención las palabras de la mujer, la cual se mostraba desconcertada en un principio. Me resultó llamativo el hecho de que alguien que me doblaba la altura pudiese dar esa sensación de fragilidad. No era por su aspecto, ni mucho menos; la mujer parecía ser una guerrera fuerte y temible. Sin embargo, había algo en ella que la hacía parecer desubicada, como si algo en la situación la tuviese por completo desconcertada. 

Su voz pareció estar a punto de quebrarse. Entonces, se inclinó hacia mi, o más bien hacia mi libro y comenzó a hablar. Comentaba acerca del libro. Cada vez estaba más cerca. Mi cuerpo se volvió a tensar, no por el miedo a un ataque, pues ya había descartado que aquello fuese a acabar así, sino por aquella invasión de mi espacio vital. Nunca me había agradado que alguien se pegase a mi. El contacto físico era algo que prefería esquivar. Sin embargo, mantuve mi postura para que ella pudiera revisar aquel volumen. Y entonces, al atender de nuevo a sus palabras, fue cuando se destapó ante mi lo extraño que había oculto en aquella situación. No podía entender lo que ponía en el libro. ¿Acaso desconocía la lengua que se hablaba a lo largo y ancho de los mares? Debía ser eso, pues alguien que no fuese capaz de leer no tendría esa fascinación por un libro. Además, parecía conocerlo.

«Tratado histórico de la era antigua», así decía llamarse para ella aquel volumen de «Leyendas del viejo mundo». Parecía que el libro que ella conocía estaba escrito en dos idiomas. Oí con atención sus siguientes palabras. Unas palabras que me hicieron correr las emociones por dentro. Por un lado, la emoción de poder compartir tiempo con alguien que venía de un mundo tan distinto, alguien que pudiese darme relatos de primera mano sobre otros reinos. Había muchas cosas que me gustaría preguntarle; ¿Eran ciertas las leyendas sobre las islas del cielo? ¿Acaso había existido alguna vez el palacio rubí? ¿Y la isla de la noche? Un sinfín de cuestiones que no atinaron a salir, pues había otra sensación que inundó mi cuerpo. Aquella mujer no podría comunicarse con nadie. Yo nunca había coincidido con otra persona que supiese hablar esa lengua desde los ancianos de mi pueblo natal. Debía ser terrible vagar por el mundo sin poder entenderte con nadie. Algo así como ser presa, como estar encerrada en tu propio cuerpo, en tu propia mente.

No me atreví a cortar su discurso, pues no sabía cuanto tiempo habría pasado desde la ultima vez que pudo dar su opinión sobre algo. Bueno, dar su opinión y que la entendiese alguien. Me sentí identificado a que ella también se viese limitada a leer una y otra vez las mismas obras, pues desde que habíamos salido de Samba, no había conseguido nuevos ejemplares para mi colección. Por suerte para mi, con los años había podido reunir una buena cantidad de ellos, que ahora podía llevar a todas partes a bordo del Crimson. 

Me dijo su nombre, Bai. Y se inclinó hacia mi, hasta posar sus labios sobre mi mejilla. Un gesto que usaban en muchas culturas para relacionarse, para dejar a un lado las barreras del desconocimiento y poner el primer ladrillo de una amistad. No pude evitar estremecerme. Tan solo un instante. Más por la extrañeza al contacto físico que por temor. Se alejó de mi. Mis dedos se dirigieron a mi mejilla, no se bien si fue para borrar el rastro del contacto o para retenerlo, pues apenas recordaba el tacto de un gesto de afecto. 

—El placer es todo mío —correspondí a su saludo agarrando el ala de mi sombrero e inclinando la cabeza en señal de respeto— Yo me llamo Varo. Yo me llamo Varo —repetí en la lengua común, como última comprobación para ver que no la entendía—. Ya veo. Entonces no puedes hablar la lengua común. Debe ser difícil navegar por estos mares sin poder comunicarte con nadie. Yo... también sé lo que es sentirse solo.

Llevé una mano a mi pecho para sentir mi colgante. Lo apreté ligeramente.

—Tal vez yo pueda ayudarte en algo. Cuéntame. ¿De dónde vienes? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Me agaché para revisar la comida. Tomé una de las mazorcas, soplé con cuidado para quitar las briznas de polvo y ceniza que la habían cubierto. En ocasiones, basta con adecentar la superficie para evadir un problema. Y tal vez eso estaba intentando hacer con mis preguntas. Había pensado que con un poco de conversación, aquella mujer vería resueltos sus problemas. Sin embargo, eso no atacaba la raíz. Si solo manteníamos un rato de charla, cuando cada uno retomase su camino su situación no sería para nada distinta. Seguiría teniendo los mismos problemas para conseguir cualquier cosa, para hacerse entender. Tal vez para una guerrera bastase con eso pero... No, ni siquiera el más bravo de los guerreros podría sobrevivir sin hablar con nadie. ¿Pero qué podía hacer yo? No era ningún maestro; nunca había tenido ningún alumno. Bien es cierto, que nadie se había parado a escucharme mucho a lo largo de mi vida.

—Tal vez yo... —comencé, levantando mi rodilla del suelo— Podría intentar enseñarte algo. Algunas palabras o frases que te sean de ayuda. Algo como carne, o tal vez maíz —dije señalando la comida a la vez que decía sus nombres en la lengua común—. Lo importante es tener las necesidades cubiertas, ¿verdad?

Una idea atravesó mi mente de manera fugaz.

—¡Ya lo tengo! Ya sé cuál debe ser la primera palabra que aprendas —alcé el volumen que aún tenía bajo mi brazo y hablé lento y marcando las sílabas—. Libro.


Nunca imaginé que aquella nueva isla me fuese a traer un nuevo propósito. 
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#6
Si Bai hubiera sido capaz de contener el ímpetu intrínseco a su naturaleza, quizás habría advertido que su excesivo entusiasmo se asemejaba más a un vendaval que a un cálido gesto; una fuerza que se cernía sobre la menuda presencia del extraño con una intensidad asfixiante y casi depredadora. Pero, para la desgracia de Varo, ella estaba tan entregada a la embriaguez de aquel hallazgo que le resultó imposible reconocer cómo el pequeño ser se sentía, abrumado, bajo el peso de su atención.

Sin embargo, hubo un detalle que logró filtrarse a través de su excitación: la galantería con la que el mink manejó su sombrero. Fue una pequeña liturgia de etiqueta —una danza de cortesía inesperada— que prendió inconscientemente en la birkiniana una chispa de coquetería hasta entonces sepultada por su imposibilidad de comunicación.

O al menos así lo sintió ella.

Pues, en un sutil despliege de feminidad, sus alas, aquellas vastas extensiones de algodón, se agitaron apenas expandiéndose un milímetro antes de volver a recogerse al mismo tiempo que una magnética sonrisa aparecía ligeramente curvada para suavizar sus facciones.

Mas poco duró aquella esencia en el ambiente.
Y es que, la chispa que apenas un segundo atrás había empezado a prenderse, se extinguió con la violencia de una vela sofocada por un soplo gélido debido a la explicación de Varo —a esa confesión de soledad — cayendo sobre la birkiniana como un manto de ceniza.

—No, yo nunca… —Logró articular poco antes de que esas mismas  palabras se marchitaran en sus labios con la fragilidad de una flor estival ante el primer aliento del invierno.

Después, rápido, se interrumpió a sí misma buscando escuchar al mink. Y quizás habría sido mejor que la conversación no hubiera avanzado más allá ese momento. Porque, en cuanto Bai comprendió que la soledad de hurón era un reflejo exacto de su propia orfandad, una fuerte de pesadumbre empezó a desbordar dentro de su pecho.

—Lo lamento mucho… —dijo al tiempo que sentía cómo esa punzada de empatía palpitaba en su garganta.

Entonces, decidió hacer una pausa para que ambos pudieran respirar.

—¿Yo? —preguntó mientras lo veía recoger lo que ella había tirado —Soy de Ohara.

En ese momento Bai trató de agacharse para ayudarlo a recoger el desaste pero, para  cuando reaccionó, Varo ya se había adelantado.

—Oh, eso… eso es una larga historia —comentó mientras lo observaba soplar la mazorca—. Pero podría decirse que todo fue gracias a un felino amigo mío.

Bai estaba casi segura de que cualquier otro habría dado la historia por terminada en ese punto. Sin embargo, ella —que se había vuelto parca en palabras a la fuerza y que poseía una honestidad sin espacio para la mentira, salvo cuando mediaban errores lógicos o creencias falsas— decidió explicar un poco más aquella vivencia inusual.

—Él me bendijo con su presencia y me presentó a unos amigos suyos en Sorbet, quienes, a su vez, se ofrecieron a llevarme de isla en isla si, a cambio, me unía a ellos.
Y aunque la piratería nunca ha despertado mi interés académico, y los objetivos de mis compañeros me resultan a menudo ajenos, acepté. Porque, al fin y al cabo, necesitaba, por encima de todo, conocer qué había más allá de ese mar.

Cuando terminó su breve explicación, se dio cuenta de que él no había esperado nada de ella. Había actuado, simplemente. Mostrando que el desorden provocado no le había supuesto ningún fastidio real.

Fue entonces cuando Varo habló de enseñar.
De palabras.
De poder comunicarse con el mundo.

Sus ojos vibraron con fuerza y sus alas se estiraron como nunca antes lo habían hecho.

¿De verdad iba a poder comunicarse con los demás?

Bai tragó saliva, intentando no reaccionar, tratando de no ilusionarse en exceso. Se limitó a escuchar, a encajar sonidos que, de algún modo, empezaban a tener sentido. Después, asintió apenas por pura inercia, hasta que —en un gesto que la pilló por sorpresa— el mink alzó un poco la voz y pronunció aquella última palabra con un cuidado que la invitaba a repetirla.

—Li… —empezó, sin demasiada dificultad. La primera parte no suponía un problema. La segunda sílaba, en cambio, lo fue—.
…vo.

El sonido fricativo unido al bilabial se le antojó exageradamente complicado en ese primer intento.

—Li… —volvió a intentarlo— …v’ro.

Usó los dientes para forzar el sonido, pero sintió de inmediato que lo que decía no tenía nada que ver con lo que él había pronunciado.

—¿Podrías repetirla? Hay algo que se me escapa —le pidió—. Y, si no es mucho pedir, ¿podrías enseñarme también a dar las gracias? Últimamente he tomado la costumbre de inclinarme para eso y… —hizo un gesto vago con el hombro— me está empezando a doler la espalda de tanto hacerlo.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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