[Pasado] Once Upon a Gem [+18]
#1
El sol, como un tesoro derretido, se hundía en el horizonte, similar a una moneda de oro que el mar había robado. La tarde en el Sur se vestía de tonos púrpuras y carmesí cuando su barco solitario rompía las aguas esmeralda mientras se acercaba a una costa desconocida.

En la proa, donde el viento parecía contar historias de piratas valientes, Ashveil se erguía con firmeza. No era capitán por título, sino por el peso de un destino que él mismo se había impuesto. Sus ojos, de un ámbar brillante, estaban fijos en la silueta que aparecía entre la bruma salina: el mítico reino de Briss.

No era la brújula la que guiaba su camino,
sino un rumor grabado en tablillas de arcilla.
Decían que en Briss, donde la sal se convertía en gema,
había un secreto que podía resolver su amargura .

El aire parecía denso, pero no por la humedad, sino por una fragancia extraña: una mezcla de sándalo y metal caliente, como un taller de herrero junto a un jardín oriental. Briss no se mostraba como una fortaleza, sino como un lugar de construcción paciente.  La calma era inquietante; un velo suave cubriendo un motor ruidoso. —No es una parada, Ashveil. — dijo Hyakhintos, que le acompañaba. —Hay algo que debo hacer aquí. — Y eso era, sin duda, algo que debía hacer solo. Se sintió hipnotizado al ver la entrada al muelle principal, cada paso le llenaba de nostalgia. Hace años, él habría estado aquí.

Bajó del tablón, sus botas resonando con una autoridad que el puerto parecía no reconocer. Las pocas figuras que se movían tenían porte noble y andares medidos, vestidas con túnicas de seda que cambiaban de color con cada movimiento, como si tejieran espejismos. No había prisa, ni risas estruendosas. El sonido más fuerte era el suave clic-clac de cuentas de jade que algunos llevaban como pulseras.

—He vuelto, Briss —murmuró más para sí mismo, observando a los habitantes moverse en un vaivén incorpóreo. Era hermoso y sutil. Ashveil disfrutó de la escena antes de dirigirse, con calma, a un lugar en particular, pero no sin hacer una parada inesperada que rompía con la imagen de guerrero sombrío que siempre había proyectado. Ahora, llevaba consigo un espectáculo botánico: un ramo de flores silvestres tan grande y abundante que cubría por completo su torso, más ancho que sus propios hombros. Se acercó a un puesto de joyas y ante su vista, ahí estaba una mujer.

—No, no soy un ramo que habla —dijo él desde abajo. Allí estaba ella, tal como la recordaba, como siempre supo que sería. Su cabello, largo y denso como lino recién blanqueado, sus ojos como diamantes y su piel canela, exótica. —Pero son para ti — Echo a reir, esforzándose por elevar el ramo hacia ella, pues era tan grande que le costaba.

Pero un ramo ordinario no le hacía justicia a la mujer de gran tamaño.

—Te traje muchas... porque cada una representa cuánto pensé en volver a verte. He extrañado un océano entero... Asherah. —
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#2
El aire de Briss me había recibido con esa aspereza particular desde que llegamos hacía unos días con mi viejo —que andaba en pleno regateo con los mineros locales por unas vetas nuevas que habían abierto cerca de la llanura pétrea. Yo, en cambio, estaba a cargo del puesto. Una “responsabilidad familiar”, decía él. Y sí, artesana de gemas y metales… es todo un tema. Pero el oficio se volvió parte de mi piel.

Esa tarde el cielo estaba teñido de un vino espeso, como si la luz quisiera esconderse entre las torres ennegrecidas de alquitrán. Yo acomodaba un lote de amatistas que habían resistido el viaje sin astillarse —milagro puro— cuando sentí algo raro. No era un presentimiento cósmico ni una sombra de mala suerte revoloteando. Era… perfume vegetal. Flores. Una fragancia que no pertenecía a Briss ni en chiste.

Levanté la vista y lo que vi no fue una persona, sino un bulto floral, enorme, torcido, casi absurdo, caminando hacia el puesto. Tuve que parpadear.

— ¿Qué…? — empecé, pero la respuesta llegó sola después, desde abajo.

Ay, Dios. Ese tono. Esa chispa. Ese descaro vestido de humor seco, como si hubiera cruzado medio Grand Line sólo para hacer un chiste tonto que me arrancara un suspiro antes que una sonrisa.
El ramo se abrió como cortinas de teatro, y detrás apareció Ashveil.

Sí, lo recordaba. Cómo no. Esos ojos en espiral que parecían tragarse la luz y escupirla en forma de fuego ordenado. La mandíbula marcada... pero ahora no había más rango de tiempo para descripciones.

La tarde se me detuvo un instante. O yo. O todo Briss, que ya de por sí era un reloj de arena queriendo hacerse el elegante.

— Ashveil… — dije su nombre despacio, como si no quisiera que se gastara. Y la sonrisa que me salió no tenía defensa posible; me traicionó con todas las de la ley.

Él levantó el ramazo con esfuerzo, casi perdiendo equilibrio. Y ahí ya sí me reí, una risita baja, atravesada por esa ternura que odio que se me note.

— Hhh-heh-hhh... Pero mirá lo que sos… — me apoyé con los codos en el mostrador, inclinándome un poco para verlo bien entre los pétalos salvajes — Llegás así y parecés un mito mal envuelto.

Extendí las manos y tomé parte del ramo, lo suficiente para aliviarle el peso sin sacárselo del todo. Las flores se acomodaron entre mis dedos como si también estuvieran contentas de verme.

Sus siguientes palabras se me hundieron hondo. Demasiado hondo. Y la brisa que pasaba entre los callejones se mezcló con el perfume de esas flores. Y conmigo.

— Un océano entero, ¿eh? — le respondí bajito, pero firme. Lo miré directo, sin pestañear— Vos sí que no sabés medir distancias.

Me incorporé, apoyando un costado de la cadera contra el mostrador. Había algo en él distinto, como si estuviera tensado por dentro, buscando algo más que una simple visita. Ese tipo de cosas yo las huelo sin olfato fino; por algo me criaron entre gemas: aprendés a ver lo que no brilla a simple vista.

— Igual… — seguí, con una curva traviesa en los labios — si cruzaste todo eso para caer con este despliegue botánico, supongo que hiciste bien. No todos los días me vienen a ver con una selva entera bajo el brazo... es todo un tema.

Le acerqué un pétalo a la mejilla para correrle un mechón rebelde. Un gesto chiquito, pero que dijo más de lo que yo quería admitir.

— Me alegra verte, Ash. De verdad. Y si querías sorprenderme… bueno, lo lograste.

Hice un gesto hacia el interior del puesto donde las piedras reposaban como planetas quietos. En el proceso acomodaba las pulseras de una de mis manos, luego la tiara y posteriormente, jalando la blusa a la altura del pecho donde algunos pétalos se habían posado con picardía al menearse entre mis brazos.

— ¿Vas a pasar, o te quedás ahí fingiendo que las flores te sostienen la dignidad? Porque si viniste a buscar algo… — mi voz intentó volverse suave — acá estoy.

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#3
El moreno sonrió, pero era una sonrisa que no terminaba de llegar a sus ojos. En su mirar se hallaban pequeñas chispas que contrastaban con su agotamiento. Sintió un enorme alivio al ver como ella tomo las flores, alivio real, el que buscaba incesantemente... Él que solo llego con el sonido de su risa...

Sus dos orbes en espiral seguían con prisa mientras la morena se incorporaba. Podria aquel hombre jurar que el brillo etéreo de las amatistas palidecían ante el destello que atrapaban sus dedos al tocar sus pulseras.

— ¿Yo un mal calculador? — repitió en un murmullo profundo, casi retador en gran medida. O al menos podria asegurar que no habría atisbo de duda. —. Un océano no es nada si el faro está encendido en una costa que no es la tuya, ¿verdad? No se trata de medir distancias. Se trata de medirse a uno mismo. — Inclinó su cabeza ligeramente, dejo que el peso del ramo finalmente descansara en la curva de su brazo, cerca de la cadera. Sus ojos seguian vislumbrandola, el color del vino espeso del cielo parecía concentrarse tenuemente en sus pupilas.

— Y sí, crucé lo que crucé — Dijo, con humor seco, trataba de no dejarse llevar por sus emociones aunque siempre fallara.  — Vine a ver si la luz de esa sonrisa sigue siendo igual de peligrosa que la última vez. Vine porque, sin importar el tema, lo nuestro nunca fue algo simple. Y si me quedo aquí fingiendo dignidad, es porque la verdad es que la perdí toda en el momento en que me alejé la primera vez. — Y aún le dolía, aquél recuerdo lejano era un fantasma que se clavaba en su pecjo en sus noches de arrepentimientos. — He cruzado demasiado para que me recibas con un "acá estoy" a la ligera... — Se acercó, rompió aquella distancia e intento cruzar un poco sus miradas, alzando su cuerpo entero para dejarse llevar por olores florales de aquel cuerpo curvilíneo.  —  Solo espero saber si eso de "acá estoy" es una promesa o solo una ubicación geográfica —. Río por lo bajo, feliz por verla, la felicidad en su rostro era inminente. Su sonrisa jovial perdida en esa belleza magistral.

— Te extrañé un montón — De repente, aquella ímpetu se volvió solo una voz casi quebrada, dulce, frágil. Un recordatorio de que nunca, por ma que surcara la crudeza de los mares, jamás dejaria de ser humano. Siempre tendrá un corazón que le hiciera sentir en cada minúsculo latido. — Aunque es feo. Es un asco extrañar. Sentir ese vacío cuando el resto del mundo sigue girando... Pero siempre supe que estarías bien. —

Y para finalizar fue mas desafiante. — ¿O sigues la niña mimada que siempre quieren comprometer con algún tonto postor? —  Dio un paso adelante, cruzando el umbral. sus manos se acoplaron a su silueta pero sin ser atrevido ni ser un tacto invasivo. —Esta vez sabes que no me importara eso... —

Huir... ya no estaba en sus planes.

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#4
El contacto me sorprendió antes de que pudiera armar una respuesta ingeniosa. Esa mano suya, firme, caliente, se apoyó en mi cintura con una seguridad que no pedía permiso pero tampoco lo imponía, como si recordara exactamente dónde había encajado antes. Un toque que quemaba, pero no lastimaba.

Lo dejé pasar —en ambos sentidos— y, con una ceja alzada y un gesto que disimulara lo que me recorría la espalda, agarré el cartelito de madera, enganchado con una cadenita oxidada, y lo di vuelta: “Vuelvo luego”.
Nadie en Briss se muere por esperar, y menos los que compran joyas.

Me reí bajito mientras cerraba la puerta corrediza detrás de nosotros —con cuidado, porque la condenada hacía un chirrido agudo que siempre me ponía de mal humor.

El interior del puesto era chiquito, angosto como un pasillo, con estanterías empotradas llenas de cajitas de cedro, piezas a medio soldar, telas negras donde reposaban gemas en proceso de corte. Había una mesa central hecha con una puerta vieja y patas desparejas, cubierta de herramientas: lima, soplete, pinzas, polvo de mineral. No era elegante, era íntimo. Un laboratorio portátil donde el caos tenía un orden lógico.

— Mirá vos, el faro y el océano — murmuré, acomodando las flores en un frasco vacío que antes había tenido ácido. — Me saliste poeta, Ash… o filósofo de puerto ebrios, no sé. Igual, a veces el faro está encendido, y no porque te esté esperando… sino porque todavía no aprendió a apagarse.

Eso, en mi casa, sería considerado un acto de soberbia. O de candidez suicida.

— Pero ojo — le guiñé, rápida, sin solemnidad — si sobreestimás mi luz, vas a terminar encandilado. Y no tengo tiempo para andar curando ciegos enamorados. Es todo un tema.

Continué, tocando objetos por inercia, como para no quedarme quieta — Lo nuestro nunca fue simple. No estaba pensado para serlo. Nunca tuvimos manual de instrucciones, ni mapa, ni garantías. Fue más… “probemos a ver qué pasa, total si sale mal, la marea nos traga”.

Escuché ese “te extrañé” y sentí el pecho como esl granito: duro, pero con grietas antiguas.

Y en el mismo segundo que me entró, él la desalojó con lo que dijo después. Ay, Dios. “Niña mimada”. Esa vieja etiqueta, la misma que mi viejo usa cuando quiere disfrazar control de ternura. El mismo cuento que me tuvieron haciendo desde que tuve conciencia: ser moneda de cambio con forma humana.

— Si alguna vez fui “niña mimada”, fue porque me criaron para servir a otro, no a mí — le contesté, y no había veneno, pero sí filo — Y si todavía queda algún tonto que quiera comprarme, que se haga cargo del quilombo que le viene de regalo.

Me acomodé en uno de los taburetes contra el borde de la mesa, cruzando los brazos apenas. Sentí su presencia más cerca que antes, como si hubiera entrado conmigo a un territorio personal que nunca pensé volver a compartir.

Hice una pausa. Me acomodé un mechón detrás de la oreja, gesto casi automático cuando estaba a punto de decir algo grande. Algo que podía salir mal, pero que ya era tarde para tragármelo.

— En realidad… tengo algo para contarte yo también — solté despacio, bajando la vista apenas, pero sin esconderme — Estoy pensando en irme. De Briss, de mi viejo, del negocio familiar… de todo.

Respiré hondo. Fue como soltar la lengua de una daga que llevaba meses guardada.

— Quiero ver el mundo por mi cuenta. Aprender lo que no se aprende entre vitrinas. Hacer algo más que pulir lo que otros encuentran. Y sí, parece una locura. Pero ya no me alcanza quedarme acá esperando que el destino me elija la vida.

Mi sonrisa fue chica, pero honesta.

— Porque te juro que me cansé de ser parte del mobiliario de otro. Quiero ser dueña de mis pasos. Y si me caigo, que sea por mis errores. No por mandato.
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#5
Ashveil se quedó ahí, parado, sintiendo cómo el aire se volvía pesado entre el olor a metal y el encierro del taller. Fue como si le hubieran dado un golpe seco en el estómago; ella ya no era la chica que lo esperaba, era alguien con las maletas listas. La miró sobre el taburete, tan cerca que podía tocarla, pero sintiéndola a kilómetros.

— Mierda... —soltó en un susurro, soltando el aire que tenía trabado.

Se apoyó contra la mesa vieja, dejando que el borde de madera le apretara el brazo. Buscó sus ojos, pero ya no con la pose del que vuelve a reclamar algo, sino con la mirada de alguien que se da cuenta de que llegó tarde. Muy tarde.

— Lo de “niña mimada”... —empezó, y se le notó el nudo en la garganta, la voz rota y sin vueltas— No era por la plata, ni por tu viejo. Era porque te veía tan bien, tan de otro mundo, que pensaba que cualquier cosa que yo hiciera te iba a arruinar. Pero fui un tarado. Te cuidé como si fueras de cristal, cuando tú siempre fuiste la que aguantaba todo el calor del taller. Perdón, de verdad.

Acortó la distancia, no para mandonearla, sino porque necesitaba sentir que todavía era de carne y hueso. Estiró la mano y tocó la madera de la mesa, justo al lado de la de ella, temblando un poco.

— Irte. No me la esperaba, pero a la vez sí —tragó saliva y le acarició la cara con miedo, casi con vergüenza—. Siempre tuviste esa mirada de querer estar en otro lado. Y me duele, ¿sabés? Me mata saber que tardé tanto en volver a mirarte de verdad solo para darme cuenta de que ya tenés un pie afuera de este pueblo. Que pase de todo en el mar para volver, y justo llego cuando te estás yendo. Lejos de todo esto... y lejos de mí.

Se acercó más. Ya no había espacio entre los dos, solo esa tensión que te corta la respiración.

— No hubo una sola noche allá afuera en la que no me muriera por darte un beso. En el silencio de las guardias, me imaginaba tus manos, soñaba con el calor de tu cuerpo al desnudo sobre el mío, fundiéndonos en una sola pieza de carne y pulso, sin nombres, sin pasados... como si el mundo se detuviera y solo existiera esa hoguera que encendemos cuando nos tocamos.

Ash no esperó a que ella le dijera que sí. Se inclinó y la besó. No fue un beso lindo de película; fue un beso desesperado, con gusto a sal y a mucha tristeza. Fue su forma de decirle todo lo que no pudo escribir en una carta, un intento último de recordarle que, aunque ella se fuera, sus cuerpos todavía se entendían mejor que nadie.
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#6
El beso me agarró desprevenida. No porque no lo hubiera imaginado —sería mentirme— sino porque llegó con un peso distinto, cargado de despedidas que todavía no habían ocurrido. No fue suave ni prolijo; fue torpe, apurado, con esa desesperación de quien sabe que algo se le está escapando entre los dedos. Y aun así… lo recibí. Porque hay gestos que no se niegan sin traicionarse a una misma.

Mis manos reaccionaron antes que mi cabeza: una se le prendió de la chaqueta, arrugándola a la altura del pecho; la otra buscó su nuca, como si necesitara confirmar que estaba ahí, entero y real. El taller desapareció por un segundo, quedando ese latido compartido que siempre fue nuestro idioma secreto.

Cuando me separé de él no fue por falta de ganas, fue porque el aire hacía falta. Apoyé la frente contra la suya, respirando hondo, con los ojos cerrados, dejándole el tiempo justo a mi corazón para acomodarse de nuevo en el pecho.

— Ash… — lo dije bajito, como se dicen las cosas importantes cuando no querés echarlas a perder — No sabés lo que me hace sentir eso. Y no te voy a mentir: una parte de mí quisiera quedarse acá, congelar este momento, hacer como que el mundo no empuja...

Abrí los ojos despacio. Los suyos seguían ahí, incendiados y frágiles a la vez. Eso siempre me desarma: que sea fuego y miedo en la misma mirada.

— Pero justamente por esto… — seguí, separándome apenas lo suficiente para mirarlo bien — no puedo hacerme la distraída. Porque si me quedo solo por vos, mañana voy a despertarme preguntándome qué hubiera pasado si me animaba. Y no quiero que seas un ancla... Ni quiero serlo yo para vos.

Apoyé la mano en su pecho apartando la tela, no para frenarlo, sino para marcar un punto firme y sentir el calor de su piel.

— Lo que dijiste… eso de llegar tarde — negué despacio— No llegaste tarde. Llegaste justo cuando tenía que decir esto en voz alta. Y capaz suena cruel, pero también es sincero.

Me giré un segundo hacia la mesa, tomé una pequeña piedra sin pulir —una que había quedado olvidada entre limas y polvo— y la hice rodar entre mis dedos. Opaca, irregular, con potencial escondido.

— ¿Ves esto? — se la mostré — Así me siento. No terminada... No lista para vitrinas. Y si me quedo acá, me van a pulir otros. Siempre otros. Y yo quiero aprender a hacerlo sola… aunque me lastime las manos.

Volví a mirarlo. La voz me salió más suave, pero no menos firme.

— Y no, no te extrañé poco — confesé — Te extrañé en esas cosas boludas: cuando no había nadie a quien contarle el día, cuando veía el mar desde lejos y pensaba si andarías por ahí, si seguirías vivo, si todavía te acordarías de mí. Extrañar es un asco, tenías razón y es todo un tema... Pero también te recuerda que estamos vivos.

Con la mano que había quedado sobre su pecho le acomodé la chaqueta, gesto mínimo, casi doméstico, como si estuviéramos ensayando una vida que no existe todavía; y la subí hacia su cuello con la misma parsimonia.

— Lo que siento por vos no desaparece porque me vaya. No funciona así. — sonreí apenas — Y lo que vos sentís tampoco tiene que convertirse en una despedida amarga. Capaz… — suspiré, dejando la idea flotar en el aire entre nosotros — capaz esto no es un final. Capaz es el principio de algo menos cómodo, pero más verdadero.

Retorné la piedra a la mesa y mis dedos buscaron los suyos. No los entrelacé; solo los rocé, dándole la opción de acercarse o no.

— No sé a dónde voy a ir primero. Ni cuánto va a doler. Ni si voy a tener miedo — vil mentira: iba a tenerlo — Pero sí sé una cosa: este paso… este momento… — lo miré directo — es el primero de mi aventura. Y vos sos parte de eso, aunque no sepas todavía de qué manera.

El cuerpo no siempre acompaña a las decisiones limpias, y el mío llevaba demasiado tiempo aprendiendo a callarse. El vértigo seguía ahí, pero ahora tenía pulso, tenía calor... y antes de que la razón pudiera intervenir, mis labios regresaron a él. No como pedido sino como elección.

Busqué su boca otra vez, esta vez sin apuro, sin disculpas. Era un beso distinto: más lento, más hondo, cargado de todo lo que no nos dijimos cuando todavía creíamos que habría tiempo. Mi cuerpo se acomodó contra el suyo como si siempre hubiera sabido la forma exacta, como si la memoria no viviera solo en la cabeza.

Sentí su calor atravesarme la piel, y ahí entendí que no todo lo que se termina tiene que romperse.

Mis dedos bajaron despacio, explorando sin ansiedad, marcando territorio no por posesión, sino por despedida consciente. El taller volvió a existir alrededor nuestro, pero ya no importaba: la mesa áspera, el olor a metal, las sombras largas contra las paredes… todo se volvió cómplice. Me apoyé en él con el peso justo a sabiendas de nuestras diferencias corporales, y dejé que mi respiración lo delatara todo.

— No me estoy quedando... — susurré contra su boca, apenas audible — Te estoy eligiendo ahora para este instante.

Porque había cosas que no podían seguir postergándose. Porque el deseo también es una forma de verdad. Porque irse no siempre significa huir, y a veces entregarse por completo es la manera más honesta de decir adiós… o de decir hasta después.

Mis labios bajaron, recorriendo su cuello con una lentitud deliberada, aprendiendo cada reacción, cada temblor mínimo. No había prisa, pero tampoco marcha atrás. Mi cuerpo hablaba por mí, diciendo lo que las palabras ya no podían sostener: que lo quería, que lo deseaba, que ese fuego no era una promesa vacía sino una llama real, viva, presente.

Me dejé llevar por esa cercanía, por ese punto exacto donde la tristeza y el deseo se mezclan hasta volverse indistinguibles. Donde tocar no es poseer, sino grabar un recuerdo en la piel. Donde el futuro todavía no existe, y el ahora arde lo suficiente como para merecerlo todo.

Me aferrararía a este instante con el cuerpo entero, sabiendo que, pasara lo que pasara después, este encuentro sería parte del inicio.

Una chispa.

De esas que no se olvidan jamás.
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#7
lE taller se había transformado en un refugio de sombras y el frío aroma del hierro, donde lo único que parecía cobrar vida era la respiración compartida de ambos. Ashveil permaneció inmóvil, asimilando el peso de esas palabras que dolían tanto como liberaban. Sentía el rastro de los labios de ella en su cuello, como una marca ardiente, una quemadura que no tenía intención de sanar.

Cuando ella bajó las manos, él finalmente exhaló el aire que había estado reteniendo. No hubo movimientos bruscos ni intentos de retenerla a la fuerza. Simplemente dejó que sus manos encontraran su cintura, apoyándolas allí con una mezcla de firmeza y temor, como quien sostiene algo valioso que sabe que está a punto de romperse.

— Eres un caso — murmuró él, y su voz sonó quebrada, despojada de la armadura que solía llevar —. Llegas, me desarmas por completo, me dices que te vas para poder ser tú misma... y luego me besas así, como si quisieras quedarte a vivir en este instante.

Se alejó lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Sus ojos, siempre una mezcla contradictoria de rabia y vulnerabilidad, estaban fijos en ella. La metáfora de la piedra sin pulir le había calado hondo; podía verla ahí, frente a él, hermosa en su caos y en su decisión de no dejarse moldear por nadie más.

— No voy a ser tu ancla — dijo él, con una seguridad que le costó encontrar —. Si te quedas aquí por mí, te marchitarás, y yo no podría soportar la culpa de haber apagado tu luz. Pero no esperes que esto sea fácil. Porque lo que acaba de pasar... — su mano subió por la espalda de ella, atrayéndola un poco más, dejando que el calor de sus cuerpos borrara el frío del taller — esto no es una despedida cualquiera.

La acercó un poco más, dejando que el calor de sus cuerpos fuera lo único que importara en ese taller frío. Correspondió a su beso con delirio, sentía su lengua como un elixir divino.

— Dijiste que este es el primer paso de tu aventura — murmuró él, con la voz más ronca, casi quebrada, mientras sus dedos buscaban el botón de su prenda —. Entonces deja que sea algo que no puedas borrar de tu memoria.

Sus dedos, rudos y marcados por el trabajo con metal, se movieron con una torpeza tierna, con cuidado de no lastimarla. Cuando la prenda finalmente resbaló de sus hombros y cayó al suelo con un sonido seco, él se detuvo. No dijo nada. Simplemente la miró, recorriendo cada detalle de su cuerpo bajo la luz amarillenta de las lámparas, como quien intenta memorizar un paisaje antes de que se haga de noche.

Dio un paso adelante, eliminando el poco aire que los separaba. Sus manos volvieron a ella, buscando el calor de su espalda, subiendo despacio por su columna. No la tocaba como si fuera algo frágil que se pudiera romper, sino con una mezcla de respeto y un deseo que ya no podía esconder. La sentía real, firme, tal como ella se había descrito.

— Si me eliges para este momento — le susurró al oído, y el roce de sus labios le provocó a ella un escalofrío que no pudo ocultar —, prepárate. Porque no voy a dejar ni un rincón de ti sin conocer antes de que cruces esa puerta.

Le agarró la nuca con una mano, obligándola a echar la cabeza hacia atrás mientras buscaba su cuello. No hubo delicadeza, solo una necesidad que le quemaba. Le dio un par de besos pesados, calientes, y escuchó cómo ella soltaba el primer suspiro real.

— Son increíbles... — soltó él en un susurro, casi para sí mismo, mientras sus ojos bajaban a su pecho —. No tengo derecho a tocarte, pero no me importa una mierda.

Bajó la cabeza y dejó que su barbilla le rozara la piel, buscando hacerla temblar. La sujetó con fuerza de la cintura y rodeó uno de sus pezones con los labios. Empezó a succionar con calma, sin prisa, dejando que su lengua jugara con ella hasta que sintió que ella se olvidaba de dónde estaba.

— Me da igual si está mal — dijo él, con la voz rota y la respiración agitada contra su piel —. Voy a hacerte mía. Aquí y ahora.

Sin dejar de succionar uno de sus pezones, bajó una mano hacia el muslo de ella y tiró con fuerza hacia arriba, obligándola a enredar una pierna alrededor de su cintura para quedar más expuesta. Se separó de su pecho solo para subir a su boca, dándole un beso hambriento, de esos que no piden permiso, metiendo la lengua y reclamando el espacio como si todo en ella le perteneciera.

Mientras la besaba, bajó la mano directo a donde ella más lo necesitaba. No dudó. Empezó a presionarla por encima de la ropa, moviendo los dedos con un ritmo que él mismo controlaba. La mantuvo firme contra la mesa de metal, dominando cada reacción de su cuerpo.

Bajó de nuevo a sus senos, esta vez con más hambre. Mordisqueó la piel sensible de la base y luego volvió a atrapar el pezón con la boca, succionando con fuerza mientras sus dedos empezaban a buscar el borde de su ropa interior.

— Si esto me va a destruir — murmuró él, buscando sus ojos un segundo —, que así sea. No quiero estar en ningún otro lado.
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