Enfermitos de Amor [Aventura T3][Presente Relativo]
#1
Año 17
Primavera
Día 10
12:00
Llegada a los dinosaurios

La jungla de Little Garden no se abre ante ustedes, se cierra. Cada paso hacia el interior parece absorbido por una vegetación que ha tenido siglos para aprender a devorar intrusos, raíces gruesas como serpientes emergen del suelo obligándolos a avanzar con cuidado, mientras helechos gigantes rozan sus brazos y piernas dejando una sensación húmeda, casi pegajosa, como si la isla intentara marcarlos. El aire es pesado, caliente, y cuesta llenarse los pulmones sin sentir un leve ardor, acompañado de un olor extraño, una mezcla de savia, tierra removida… y algo más profundo, más agrio, que no debería estar allí. No hay cantos de aves ni chillidos de criaturas pequeñas; el silencio no es natural, es expectante, como si todo lo vivo estuviera escondido, observando.

A medida que avanzan, los signos se vuelven imposibles de ignorar. Troncos partidos por la mitad, no por fuerza limpia sino por golpes erráticos, arañazos profundos en la corteza de árboles demasiado grandes para haber sido dañados con facilidad, y huellas desiguales que se superponen unas a otras, marcadas sin rumbo ni patrón, como si quien las dejó hubiera caminado sin saber a dónde ir. En algunos puntos, el suelo está oscurecido por manchas secas que podrían ser sangre, pero su color es extraño, más opaco de lo normal, y al acercarse el olor se vuelve más intenso, casi metálico. El camino no conduce con claridad, pero algo en el ambiente empuja hacia adelante, una certeza incómoda de que retroceder ya no es una opción real.

Finalmente, antes incluso de verlos, los escuchan. Respiraciones profundas y desacompasadas, acompañadas de gruñidos bajos, no amenazantes, sino cargados de un sufrimiento animal difícil de ignorar. Al apartar la maleza, el claro se abre ante ustedes y allí están: varios dinosaurios reunidos, demasiado juntos para ser una manada normal, algunos de pie con el cuerpo tembloroso, otros medio recostados contra árboles arrancados de raíz. Sus pieles están marcadas por vetas oscuras, como venas ennegrecidas que se expanden sin orden, y sus movimientos son torpes, casi desesperados, como si cada gesto les costara un precio insoportable. No los han notado todavía, o quizás sí, pero carecen de la fuerza o la lucidez para reaccionar. En ese momento, queda claro que no han llegado a un simple encuentro salvaje: han llegado al corazón de algo que se está pudriendo lentamente, y lo que hagan a continuación será el primer paso hacia una decisión que la isla no olvidará.

Contenido Oculto

Contenido Oculto

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#2
Dolor eterno para el que pasa de largo, a pesar de sus debilidades.
Nunca dejar al maldito a su suerte, nunca desfallecer, nunca claudicar.
Amor eterno al piadoso, al puro de corazón y al que da su vida por otros.
Buscar la muerte esta mal, morir por otros está mal… eres el mal.

Había vagado mucho por la selva, corría por ella como si fuera su patio de juegos… danzando, girando y esquivando arboles y ramas como una campeona olímpica, Maki era sumamente atlética, no como otras, que se valían casi por su fuerza destructiva, ella en cambio se valía mejor por su agilidad y destreza, iba con un traje de escamas, chaqueta verde para mimetizarse entre la espesura y evitar así a los grandes lagartos. Hace unos momentos estaba en el campamento improvisado con Uker cuando recibió el diario, el pelicano aterrizo suavemente en proa y ella dándole unos berries se apoyó en la baranda del Last Whisper para leer las noticias… entre ellas, una local, de criaturas que se comportaban erráticamente. Las escenas mostraban dinos, de todo tipo masacrados por otros en una carnicería inenarrable… Maki se llevó la mano a la boca con horror mientras la manzana rodo por la cubierta. 

Su carrera era infinita, interminable pero casi llegaba a donde creyó tener indicios de donde el día anterior vio rastros de sangre, los había desestimado por que la isla era brutal y poca gente rondaba por aquí así que supuso que fue un depredador que cazaba a otro, pero sacando cuentas, la zona no era especialmente peligrosa. Desde las alturas cayo y descendió como una pluma, apenas emitiendo ruidos… miro el rastro de sangre y finalmente vio a donde llevaba.

—Una plaga desconocida es digna de estudiar… ya se…— Su den den mushi dio tonos, solo un par, el teléfono se descolgó y la persona contesto. El cabeza de chicles, amigo de Merlot y del estúpido… el era una especie de investigador creía recordar. Lo sabía porque si bien no era buena con los nombres, si con las cosas que hacían. Así que demoro un poco mas de la cuenta en explicar quién era, que hacía y a donde iba… pero lo pudo convencer… —… … … Bien… te esperare, no tardes, hay vidas en juego y por qué no, una investigación que quizás te interese carnicero de corazones.— Su voz se cortó abruptamente, una voz que intento convencer al joven para acudir a su encuentro, una melosa, apacible y amorosa… todo lo contrario a lo que era Maki.

Maki pronto avanzo un poco más y encontró árboles derribados, cosa que por gusto los dinos no hacían, zarpazos, huellas, multitud de ellas. Esperaba no encontrarse con flores venenosas ni criaturas problemáticas. Acuclillada examinaba la sangre, tenía un aroma extraño, pero eran cosas apenas conocidas para ella, era una principiante en cuanto a la medicina. Los gruñidos eran de pronto mas intensos, los golpes de garras, los bufidos de dolor, los signos eran claros, Maki tenia que esperar, pero la intriga le mataba… poco a poco de manera sigilosa avanzo hasta llegar a un claro… multitud de dinosaurios en estados deplorables, visiblemente enfermos y con poco o nada de apego por su propia vida, jadeaban y resoplaban entre dolores que Maki creía inimaginables… su corazón se partió… de inmediato… las lagrimas apunto de aflorar pero no sabia que hacer… sacrificarlos será mas o menos humano? Podría impedir que se expandiera la plaga por toda la isla?... habría un responsable? Necesitaba mas información, necesitaba al cabeza de chicle y su infinita sabiduría.

Play Me!
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#3
Silencio.

El silencio no es bueno en la selva.

Una jungla debería estar infestada de sonidos, de bramidos de animales grandes, de los cantos de las aves, del susurrar del viento entre las ramas más altas de los árboles.

Pero hoy esto no sucede.

No. Esa última frase está mal.

El silencio lleva días.

No le gusta alejarse mucho del Royal Flush ni siquiera de la costa, entiende bien que su sentido de la orientación está tan dañado como su olfato y su memoria; sin embargo, no puede desperdiciar la oportunidad de explorar en un laboratorio natural tan grande como lo es Little Garden —¡Vaya ironía de nombre! —, por eso no se ha mantenido quieto, por eso ha convencido a su compañera, María Merlot, de explorar la jungla en más de una ocasión desde que llegaron a la isla y, por eso, su observación aguda hacia su entorno le avisó, desde hace días, que algo andaba mal, solo que, había decidido ignorarlo…Hasta ahora.

Aquella mañana fue inusual. Primero porque no es alguien que guste de levantarse temprano, pero el ruido en la cubierta y el remezón que alguien le dio en el hombro fue suficiente para que casi cayera de la cama. No estaba feliz.

Cuando alzó la vista, mientras refunfuñaba improperios dichos entre dientes, se dio cuenta de que su compañero, Jensen ¿O era Jonás? —aún le costaba su nombre, pero al menos sabía que empezaba por “J” —, lo miraba desde arriba con el ceño fruncido mientras le extendía un caracol de esos que suelen usar todos para comunicarse…sí, el nombre del objeto también se le escapó en el momento. No es su culpa, simplemente, despertó con el cerebro revuelto.

—Podías dejar que sonara, nadie se va a morir si no respondo —. A pesar de sus palabras malhumoradas tomó entre sus manos el den den mushi mientras se ponía de pie y empezaba a caminar por su habitación, dando vueltas en círculos a la vez que respondía con un seco “¡Aló!”.

Al otro lado escuchó la voz de una mujer, una voz melosa que no recordaba de nada, pero que provenía de alguien que, como muchos, decía conocerlo. Frunció el ceño, casi cuelga, pero entre palabras dichas aquí y allá, menciones de acontecimientos en los que, más o menos, recordaba haber estado y, por supuesto, la aclaración sobre que ella podía transformarse en una especie de lagarto, el médico de cabellos rosas terminó cediendo a lo evidente: si la conoce.

Luego de todo un procedimiento para que supiera que estaba hablando con una conocida, vino lo importante: una investigación. Fue ahí cuando sus ojos brillaron con la emoción de un niño que recibe un juguete nuevo. No tuvo que decir más, estaría dentro.

¿Le importaba la vida de las especies involucradas? No realmente, pero la mención de una plaga digna de estudio que empieza a afectar a seres que pueden servirle como mercancía, es decir, dinosaurios, eso…eso es interesante, al menos lo suficiente como para hacerlo asearse y comer en tiempo récord para salir al encuentro de la mujer lagarto.

Ella dijo estar al sur.

Gran problema. Él no sabe hacia donde está el sur.

Por suerte le dijo a su compañero pelirrojo que lo guiara antes de alejarse de su barco, porque ahora, lejos del Royal Flush o de cualquiera de sus compañeros, ubicarse era más difícil, más aún cuando ya había empezado a adentrarse en la selva espesa.

Lo primero que sintió al adentrarse más en el follaje espeso, fue el cosquilleo de los enormes helechos rozando la piel de sus brazos que, para mala suerte, llevaba en parte descubiertos, luego notó el piso blando, cubierto de tierra húmeda, musgos y demás vegetación típica del sotobosque. Aún no se adentraba lo suficiente como para decir que la luz del sol del medio día no le llegaba, por el contrario, algunos rayos aún se filtraban en medio de las hojas de los enormes árboles que gobernaban en la dichosa isla, menos mal el cielo estaba sin un rastro de nubes, señal de que haría un buen día y el sol los iluminaría hasta bien entrada la tarde. Todo parecía normal, excepto por ese silencio que empezaba a incomodarle.

—Ugh, voy a matar a la mujer lagarto ¿Cómo no puede darme una dirección más exacta? —En honor a la verdad, la dirección no estaba mal, se supone que se encontrarían en un claro al sur del bosque, solo por eso seguía las “huellas” de luz. Más que fijarse en el suelo o en una brújula, su instinto lo guiaba hacia esas zonas en donde el sol se colaba con más descaro y, aún así, llegar al sitio le estaba pareciendo una tortura.

Respirar costaba. El aire es húmedo, denso, no puede sentir el olor de la naturaleza muerta, pero no tiene que hacerlo para que el oxígeno le dificulte avanzar con normalidad. Por un momento pensó en retirarse, en llamar a la mujer y decirle que, si quería su ayuda, lo fuera a buscar a su barco, pero se replanteó la idea cuando sus ojos lo llevaron a notar sangre seca en el follaje.

Podría haberlo ignorado. La selva es un sitio cruel, uno en donde masacres se dan día a día, pero había algo raro en la coloración de esa sangre. No...no solo era la sangre, su alrededor era distinto.

Aún cuando estuviera seca, no se notaba de ese color chocolate rojizo, si no de un tono más oscuro, que casi rayaba en lo negro…por un momento se preguntó si eso en verdad era sangre.

No solo era la sangre, su alrededor era extraño. No había que ser muy observador para darse cuenta. Los troncos no parecían haber caído por vejez, parecían haber sido arrancados, las hojas y ramas estaban destruidas y garras se marcaban en la madera, como si la proclamaran su propiedad. Signos de una pelea o de la desesperación de algo que no sabe hacia donde dirigir su rabia o....¿dolor?

La curiosidad lo alentó y sus pasos siguieron aquel rastro sanguinolento, aunque ignoraba el olor agrio que se sentía con más fuerza con cada paso que daba; sin embargo, hay algo que no pudo ignorar.

El silencio fue reemplazado con lamentos. No eran humanos. Era el sonido reconocible de animales agonizantes. Su corazón se aceleró, sus sentidos se agudizaron y sus pasos dejaron de ser lentos. Ahora se movía con agilidad por las ramas de los árboles aun cuando llevaba una mochila, de colores oscuros y bien cerrada, en su espalda, una en la que llevaba todo lo necesario para sobrevivir en caso de perderse en la selva, tanto botiquines como herramientas que pudieran serle útiles de formas no médicas.

Su pequeña carrera lo llevó entonces a tener una vista única. Sus ojos brillaron con ilusión, pues, frente a él, un grupo de dinosaurios reunidos se comportaban de la manera más extraña que había visto en las especies que había alcanzado a estudiar en aquella isla.

No se acercó, se quedó al menos a unos veinte metros del animal más cercano. El claro era grande, como todo en la isla, por lo que no le costó mantener esa distancia. Desde su lugar podía divisar el comportamiento y la piel de los gigantescos animales, una piel que desde su ojo clínico podía percibir como anormal. No era una coloración típica en esas especies.

—Increíble… ¿Qué les hizo esto? —No era una pregunta cargada de lástima, si no de interés científico. Pensó en acercarse a ellos con discreción, pero no era suicida como para hacerlo si aún no podía encontrar a la mujer que se supone que lo había citado…O eso creyó.

Estaba tan embelesado en los dinosaurios que apenas notó el cabello verde, que para él se mezclaba con las plantas, de la persona que tenía a un metro de él, por eso, cuando se giró y la vio allí parada, tuvo que llevarse ambas manos a la boca para evitar gritar y llamar la atención de esos dinosaurios.

Sus ojos se abrieron por la sorpresa y sus músculos se tensaron. Si ella hubiera querido matarlo, habría podido hacerlo por culpa de su distracción.

—Tú —pronunció solo un par de segundos después de haberse recuperado del shock. —Fuiste la que me citó a este lugar ¿Cierto? —Se acercó a ella, aunque sin invadir su espacio personal. —¿Cuánto llevas aquí?, ¿cuándo te enteraste de esto?, ¿tienes la mínima idea de lo que es? —Porque ahora que lo ve mejor, es muy temprano para que, lo que sea que les pase a esas criaturas, sea llamado “plaga”.

Mientras dejaba caer una pregunta tras otra, el médico se ajustó bien sus guantes que, a pesar de su apariencia, eran bastante útiles en combate y, luego, miró sus botas para ver que el cordón estuviera bien ajustado, al igual que los guantes, también le servían para pelear gracias a las puntas metálicas que se escondían bajo el cuero.


Léeme, por favor
#4
El velociraptor permanece oculto entre la vegetación, su silueta apenas distinguible entre troncos y lianas, observando el claro con una atención tensa y quebrada. Su cabeza se mueve en pequeños espasmos, olfateando el aire una y otra vez, buscando un estímulo que nunca termina de llegar. No hay movimiento que lo alerte, no hay ruido humano que despierte su instinto de caza. Solo el olor familiar de la enfermedad, espeso y penetrante, que lo rodea como una llamada imposible de ignorar.

Tras unos instantes de duda, el animal emite un chasquido bajo, casi imperceptible, y abandona su escondite. Sus pasos son cautelosos al principio, pero torpes, desacompasados, como si el cuerpo ya no respondiera del todo a la voluntad. Avanza hacia el grupo de dinosaurios heridos con la cabeza baja, atraído más por el dolor compartido que por cualquier otra cosa. Al acercarse, uno de ellos intenta reaccionar, levantando apenas el cuello antes de dejarlo caer de nuevo, exhausto. El velociraptor responde con un sonido corto, quebrado, que no es amenaza ni saludo, sino una confirmación silenciosa: pertenece a ese mismo sufrimiento.

Da un par de pasos más, pero entonces sus patas flaquean. El temblor que antes recorría su cuerpo se intensifica, recorriéndolo desde la cola hasta el cuello, y su respiración se vuelve errática, violenta, como si cada bocanada de aire quemara por dentro. Intenta mantenerse en pie, clavando las garras en la tierra húmeda del claro, pero el esfuerzo resulta inútil. Finalmente, su cuerpo cede y cae de lado con un golpe sordo, levantando hojas y polvo.

El velociraptor queda allí, inmóvil salvo por el leve movimiento de su pecho, los ojos abiertos y desorientados, fijos en nada. No ha sido derrotado por un enemigo visible, ni por una lucha gloriosa. Ha sido vencido por la misma fuerza silenciosa que consume a los demás. En ese instante, el claro entero parece hundirse un poco más en la certeza de que la enfermedad no necesita atacar para ganar; solo necesita tiempo.

Desde lo profundo de la jungla, a espaldas del borde del claro, el suelo comienza a vibrar con una cadencia irregular, como un pulso desordenado que no encaja con el ritmo natural de la isla. Al principio es apenas perceptible, un temblor leve que se confunde con el rugido lejano de los volcanes, pero pronto se transforma en un sonido reconocible: ramas quebrándose, hojas arrancadas de raíz, respiraciones forzadas mezcladas con resoplidos agudos que cortan el aire húmedo.

La vegetación se abre de forma violenta y, entre troncos astillados y helechos aplastados, irrumpen cinco triceraptors. Sus cuerpos masivos avanzan sin formación, chocando entre ellos, desviándose bruscamente como si no supieran hacia dónde huir. Las placas de sus cuellos están marcadas por las mismas vetas oscuras que han empezado a volverse demasiado familiares, extendiéndose como grietas vivas bajo la piel. Sus ojos, desorbitados y brillantes, no reflejan agresividad, sino un pánico primitivo, una urgencia ciega por escapar de algo que no se ve.

La carrera no es limpia ni poderosa, sino torpe y desesperada. Uno de ellos tropieza y casi cae, levantándose a la fuerza con un bramido quebrado antes de seguir avanzando. Otro embiste un árbol sin intención, arrancando la corteza y dejando atrás un rastro de savia y sangre oscura. No cargan contra nada en particular; simplemente corren, impulsados por el terror y el dolor, como si detenerse significara aceptar un final que todavía se resisten a enfrentar.

Al alcanzar el claro, la estampida pierde cohesión. Los triceraptors se dispersan, algunos frenando de golpe, otros girando sin control, levantando tierra y hojas en todas direcciones. El silencio previo se rompe en una cacofonía de resoplidos, pisadas pesadas y gemidos ahogados. La sensación es clara y profundamente inquietante: no han llegado para atacar ni para defenderse. Han llegado porque huían, porque algo, la enfermedad, el dolor, o ambos los empujó hasta aquí con la violencia de una pesadilla de la que no se puede despertar.



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#5
Su amigo Bublegum parecía enojado por algún motivo, quizás su novio lo había dejado a la deriva o algo así, era extraño, aunque no le recordaba bien, si que recordaba su actitud, su esencia y su energía, era pasivo y calmado como quien se enfrenta a la marea de un lago dominado por suaves olas de terciopelo danzando a la orilla una y otra vez. era tan calmo que a veces a Maki le daba por bostezar, pero lo hacia sin abrir la boca para disimular, pero era obvio que lo hacia con el resto de sus músculos faciales. Era un montón de  preguntas y era obvio, más que obvio llegaría al sitio, solo se debía seguir el rastro de la enfermedad. Aunque su amigo era el mas atolondrado para seguir un mapa. Ella no parecía que dudara d que llegaría. Era impuntual pero persistente. Y…

Mierda un distraído… paso varios segundos mirándole y mirar la pasión y dedicación que les brindaba a las criaturas enfermas era algo que le encantaba ver. Pues era una maravilla hacerlo. Maki se harto entonces de mirarle y entonces sus vistas se encontraron. Ella se movió para hacerse notar, sonrió y la expresión de sorpresa de Bubblegum le lleno de alegría, últimamente nadie, casi, se alegraba de ver a Maki pues como un cuervo portador de malas noticias parecía que era evitada de manera intencional. No podía culpar a nadie pues por donde pasaba había problemas, muerte y decepción. Iba vestido de ropas de explorador, de café y Maki solo llevaba su ropa usual.

Estuvo a punto de hablar… de contarle sus aventuras, sus peripecias, pero no alcanzó a hacerlo pues un sonido en la maleza comenzó a poner nerviosa a Maki, su mano se movió a su espada, sobre ella su guitarra con dos mangos, toco el más corto de ellos y su otra mano detrás buscando su Tanto.  Pero era una falsa alarma, un animalito pequeño, en comparación a los demás cayó en el claro del bosque… Maki se llevó las manos a la boca y avanzo rápidamente unos pasos para tomarlo entre sus brazos… —Bubblegum!! Rápido ayúdame que le pasa?... ayúdalo por favor… no podemos dejarlos así a su suerte— Dijo con desesperación tomando la cabeza de la criatura… la tierra comenzó a vibrar y el oído de Maki sintió que la algarabía, el traqueteo de los animales comenzaban a ser evidentes. Los triceratops suelen ser pesados, pero cuando huyen de algo suelen traer un resonante atroz de árboles.

Parecen tener la misma enfermedad…—Bubblegum cuidado!!— Grito Maki instintivamente, deseo atrapar a su excompañero de tripulación y saltar con el sobre el tumultuoso pasar de los animales mientras enloquecidos se encaraban de arrasar con todo… Maki en su increíble testaduria tomo en sus brazos a la criatura enferma y salto sobre un árbol bajo para evitar la estampida que sin compasión avanzaba.

El árbol donde Maki se encontraba fue golpeado, pero con gran destreza vuelve a saltar en dirección desde donde venían las criaturas depositándola nuevamente en el suelo, miro desesperada a Bubblegum pero prefirió mirar en otra dirección… desde donde habían huido los pequeños gigantes de Little Garden.
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#6
Le habría gustado obtener respuestas a sus preguntas antes de que las cosas se descontrolaran, pero así eran las cosas en esa isla endemoniada, un simple descuido y ya hay algo más acechando entre la vegetación.

Chasqueó la lengua y miró hacia el lugar desde donde podía escucharse con claridad el resonar de ramas quebrándose entre la vegetación, seguido de un sonido lastimero similar al que proferían el resto de los animales en el claro. En ese momento ya no podía darse el lujo de estar distraído, así que afinó sus sentidos, justo a tiempo para darse cuenta de que otro dinosaurio, uno de menor tamaño que los que estaban en el claro, venía corriendo con desesperación para después, frenar su marcha y caer en medio del claro.

Un depredador. Un velociraptor…uno solitario. Ese no era el comportamiento normal en esa especie y, más aún, tampoco era normal que, entre los herbívoros, se quedaran tan tranquilos al sentir la amenaza de un carnívoro cerca.

—¡Oye! ¡Ten cuidado! No deberías acercarte así a un animal enfermo, ni siquiera sabes que los afecta o si es contagioso también para los humanos, al menos deja que te de unos guantes y mascarilla —. No era la gran cosa en cuanto a protección, pero si la mujer de verdad pensaba examinar a aquellos animales, era mejor prevenir que lamentar. —Y una cosa más, ese animal es carnívoro, un velociraptor. Estoy casi seguro de que uno como ese casi me come el otro día…Si no estuviera enfermo podría haber intentado convertirte en su almuerzo —. Achinó los ojos, como si eso le permitiera estudiar mejor al animal desde su lugar, pues, aunque había caminado hacia donde estaba la chica, se había quedado atrás de ella, guardando su distancia de seguridad mientras se mordía con fuerza su labio inferior, pensando en la mejor manera de examinar a esas cosas sin arriesgar ninguna de sus extremidades.

¿Habría querido más tiempo para pensar? Sí, pero, de nuevo, la selva le demostraba que no podía descuidarse ni un segundo. No estaba en un laboratorio de cuatro paredes, era un laboratorio vivo, demasiado.

Podía tener mal olfato, pero sus oídos funcionaban bastante bien, tanto que, cuando la mujer de cabellos verdes le gritó que tuviera cuidado, él ya se había movido, dando un salto hacia atrás para quedar a tres metros de ella.

—¡Deja al dinosaurio o terminarás muerta! —. Le gritó desde su sitio, pero fue inútil, después de todo, notó como la chica se echó al animal al hombro. El refunfuñó, pero no tuvo tiempo para decir o hacer más, pues apenas se dio cuenta de los tanques de guerra que venían hacia él, su primer impulso fue saltar sobre la rama de uno de los árboles más cercanos.

Desde su lugar pudo notar que eso no era suficiente y, antes de que sintiera el embate de uno de los animales contra el árbol, tuvo tiempo de saltar a otra rama, alejándose a unos cinco metros del triceratops más cercano a los árboles, es decir, aquel que se había encargado de embestir una de esas gigantes plantas como si no fuera nada.

Sintió que se le secó la garganta, aun a unos 7 metros del suelo, sobre la rama, podía notar como los recién llegados se quejaban tanto como los otros, lucían desesperados, apáticos.

—¿Rabia? No…si fuera rabia se estarían matando los unos a los otros, ellos solo parecen...querer un descanso —. La vista “aérea” le dio una mejor visibilidad del claro, ahí notó lo obvio: Los dinosaurios no podían ser una manada porque pertenecían a distintas especias, todas atraídas ahí por algo o por alguien. —Es casi como si vinieran a morir aquí.

Miró directo hacia el claro, también a los alrededores o, al menos, lo más que le permitía observar la espesura de la jungla, pero, lo cierto es que no había esqueletos o cadáveres en descomposición que sirvieran como referencia para decir que ese sitio podía tratarse de un “cementerio” de dinosaurios, entonces, tenía que ser algo más.

—¡Chica lagarto! Dime ¿Qué notas en ese dinosaurio que atrapaste? —Le gritó a la chica desde arriba, aunque no se fijaba en ella, si no que miraba en la dirección desde donde llegaron los animales. Dándose cuenta de toda la destrucción dejada a su paso.

No solo ahí. Cuando observó hacia otros sitios, desde la rama, pudo notar varios caminos similares. Se notaba que la mayoría de los animales habían llegado en ese mismo estado de desespero.

Suspiró. Por una vez era capaz de admitir que no tenía la más mínima idea de que causaba eso y, aunque quería investigar, temía que aquellos animales pudieran ponerse violentos de repente. No eran chihuahuas, eran criaturas que le triplicaban el tamaño a casi cualquier otro animal considerado grande.

Volvió a morderse el labio y, al final, terminó por saltar del árbol para acercarse a Maki y al velociraptor, volviendo a la seguridad del claro y, nuevamente, quedando a un metro de la criatura y de la chica de cabello verde.

—Esas manchas que tienen en su piel es casi como si sus venas intentaran salirse, lo cual no tiene sentido. Tienen pieles demasiado gruesas para que las venas se noten, de todos modos, no tienen un patrón consistente con lo que sería su sistema circulatorio…es como si estuvieran generando uno nuevo, uno que de paso debilita su piel —. Señaló los espacios huecos entre el plumaje del animal, porque sí…ese animal que debía estar cubierto de plumas tenía varios espacios en los que se notaba directamente el cuero, lo que hacía visible las vetas oscuras. —Yo también estaría desesperado en su lugar. Como sea…me gustaría poder averiguar que tienen, pero…necesito muestras y un lugar para analizarlo… ¿Crees que podríamos cargar a este animal a un lugar más seguro?

Dejó que la pregunta flotara en medio de ambos, pero sabía que eso era casi imposible, porque la selva siempre tiene algo nuevo. Debía estudiar a alguna de esas criaturas ahí y ahora,a provechando la falsa calma que había en el claro.

Léeme, por favor
#7
El eco de la pequeña estampida aún flota en el aire cuando, por el mismo sendero destrozado que dejaron los triceraptors al huir, vuelven a escucharse pasos. Esta vez no son pesados ni torpes, sino humanos, irregulares, acompañados por el chasquido de ramas quebrándose bajo botas apresuradas. Entre la vegetación abierta a la fuerza aparecen dos figuras avanzando con prisa contenida, respirando con dificultad, los ojos recorriendo el claro como quien busca desesperadamente algo que teme haber perdido.

Son dos individuos extraños incluso para los estándares del Grand Line. El primero es alto y delgado, con el cabello recogido en una cola desordenada y una chaqueta llena de parches cosidos a mano, muchos de ellos con símbolos de animales. Lleva colgado del cuello un viejo silbato de hueso y sus brazos están cubiertos de arañazos recientes. El segundo es más bajo, robusto, con una sonrisa nerviosa grabada permanentemente en el rostro y un chaleco cargado de frascos, vendas y pequeños instrumentos improvisados. Ambos tienen esa mirada febril de quienes viven obsesionados con una sola idea.

Apenas pisan el borde del claro, sus rostros se iluminan al ver a los dinosaurios reunidos.

-Ahí están…- susurra el más alto, con una mezcla de alivio y devoción. -Sabía que vendrían aquí. Siempre buscan compañía cuando el dolor es demasiado.-

El otro asiente con fuerza, avanzando un par de pasos.

-Tranquilos, pequeños… tranquilos… ya estamos aquí- dice en voz alta, con un tono casi paternal, levantando las manos lentamente como si eso pudiera calmar a criaturas de varias toneladas. -Nadie más va a hacerles daño. Se los prometo.-

Sus palabras flotan en el aire cargado del claro, pero los triceraptors solo responden con respiraciones agitadas y movimientos torpes de cabeza. Uno de ellos intenta retroceder, chocando contra otro cuerpo enfermo, y el sonido provoca que el más bajo haga un gesto de angustia.

-¿Ves? Están aterrados. No saben qué está pasando…- murmura. -Siempre es igual. Primero el dolor, luego el miedo… y después vienen los carniceros.-

Entonces sus miradas se desvían. Ven a los piratas. El cambio es inmediato. Los ojos del hombre alto se endurecen, su mandíbula se tensa, y da un paso adelante colocándose instintivamente entre ustedes y los dinosaurios.

-Oigan- dice, con una voz que ya no tiene nada de suave. -No den un paso más.-

El más bajo lo imita, abriendo los brazos como si su propio cuerpo pudiera servir de barrera.

-Aléjense de ellos- añade, con un temblor contenido. -Ya han sufrido suficiente.-

La tensión crece como una marea invisible. El primero aprieta los puños.

-No sé quiénes son ni qué creen estar haciendo aquí, pero estos animales están bajo nuestra protección. Son nuestros amigos. Nuestra familia.-

Escupe la última palabra con una intensidad casi religiosa.

-¿De verdad creen que no los vemos?- continúa. -Llegan a estas islas, miran criaturas heridas y lo primero que piensan es en acabar con ellas. Siempre es lo mismo con ustedes, piratas. Siempre tan rápidos para matar.-

El segundo da un paso más al frente, señalando a los dinosaurios con una mano temblorosa.

-Están enfermos, sí. Asustados, sí. Pero siguen vivos. Siguen sintiendo. Y eso significa que aún pueden salvarse.-

Niega con la cabeza, casi desesperado.

-No tienen derecho. No tienen ningún maldito derecho a decidir quién vive y quién muere.-

El alto vuelve a hablar, ahora con un tono más duro, más afilado.

-Así que escuchen bien. Retrocedan. Ahora. Den media vuelta y váyanse por donde vinieron-

Sus ojos recorren uno a uno a los piratas.

-Porque si alguno de ustedes se atreve a tocar a uno solo de nuestros amados amigos…- hace una pausa larga, cargada de amenaza -…no vamos a quedarnos mirando.-

Detrás de ellos, los dinosaurios enfermos emiten sonidos bajos y quebrados, formando un coro de respiraciones rotas y movimientos nerviosos. Los dos animalistas permanecen firmes, plantados en el suelo como si fueran parte del claro mismo, dispuestos a proteger a aquellas bestias moribundas con sus propios cuerpos.

No parecen héroes, más bien parecen fanáticos. Y en sus miradas arde una convicción peligrosa, la de quienes están dispuestos a incendiar el mundo entero con tal de salvar aquello que aman.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#8
—No seas cobarde Bubblegum estas criaturas son un amor… míralos, con sus garras como navajas y sus dientes como puntas de flechas… no son un amor… pobrecillo apenas puede caminar. ¡¡Ablanda ese corazón!!— Maki movía al velociraptor como si fuera un jodido muñeco de trapo.

Nunca… jamás, Maki abandonaba a un animal malherido… a menos que la fuerza que se lo impida sea tan grande como un muro de acero. Ya lo había visto cuando llegaron a la Grand Line desde los cabos gemelos. Cuando descendió a tierra con delicadeza deposito al animal en el suelo. Para ella era fácil saltar de rama en rama su parte animal cada día le dominaba más, casi siendo más su fruta que ella misma. Efectivamente parecía que era una especie de cementerio de animales. Maki sintió que se le partía el alma, que le drenaban los ánimos y que la pena le resquebrajaba el corazón.

—Que? que noto…mmm… a ver… piel escamosa… a no eso no. bueno puede ser lengua seca, garras con puntas con algo de pus… puede ser fiebre o algún tipo de gripe, puede que eso afecte sus cerebros no? pero sin duda esas venas salientes… es… repugnante... quizás uno ataco a otro enfermo y así se propago que se yo. Estoy recientemente aprendiendo a sanar.— Dijo Mientras se levantaba y miraba como el animal respiraba con gran dificultad.

Ella muy obediente con sus camaradas se dispuso a cargar a la criatura. Sentía que era una responsabilidad y aunque era muy pesada, seguro que podría por que su cariño por estas bestias era inmenso, palabras detuvieron sus acciones, dos hombres emergieron desde la espesura. Maki desconfiada de cojones. Puso su rostro mas alegre y sin dudar un segundo llevo su mano a su cinto. Su daga oculta y acaricio el cuerpo de su guitarra, donde descansaba la hoja de los mil recuerdos rotos. Pero cuando descubrió sus primeras palabras. Decidió que no lucían ni parecían peligrosos.

Maki en lugar de ponerse a la defensiva, en lugar de cargar su ataque, en lugar de preguntar quienes eran. En lugar de interrogar, decidió solamente avanzar. —Oe Oe Oe… Que dices… no somos cazadores… yo soy Maki… él es… el… bubblegum… estamos investigando todo esto, no queremos…dañarlos. Bobo.— Maki avanzo sin miedo mientras se ajustaba los guantes de acero. Para ir con los investigadores. Obvio toda respuesta pues no sabia nada de nada, de facciones, de enfermedades ni demás cosas. Tampoco prefirió hablar pues era una hija de puta y a veces solo empeoraba las cosas con el solo echo de dar su opinión…

Sin embargo, estaba atenta, presta a su alrededor… esculcando el linde del claro pues podría haber algún responsable detrás de todo, el rápido análisis del Mano Muerta siempre era eficaz. Maki recordaba claramente que era lo que hacía, su rostro era inconfundible solo no recordaba su cara y su nombre exacto. Pero sin duda era un gran medico… Maki deja que Hyak, o Cherry o Bubblegum o como sea que se llame en realidad. Interactúe con los exploradores, que para ella no parecen ser peligrosos… ella en cambio comienza a caminar con las manos detrás de su espalda aparentemente despreocupada, rodeando al par, como si quisiese descubrir todos los secretos que guardan.


Play Me!
[Imagen: Maki_NNM.gif]
[Imagen: mikiocheja.png]
#9
—Un corazón blando no sirve para sobrevivir en la jungla y tampoco en el mar. Deberías saberlo, chica lagarto —dijo con voz cansada casi aburrida mientras observaba como la misma mujer que le sugería ser más empático con los animales, movía al velociraptor enfermo como si se tratara de un muñeco. Suspiró, era tan contradictorio. —De todos modos, no sacudas al animal como si fuera un trapo viejo, está enfermo y queremos descubrir que tiene, no matarlo ¿Recuerdas? —Escuchó como el animal emitió un jadeo lastimero, algo que le hizo creer que, aparentemente, cualquier movimiento brusco podría ser sinónimo de dolor, pero, nuevamente, no tenía como comprobarlo de buenas a primeras.

Se acercó un poco más a Maki y al dinosaurio, esta vez agachándose a un lado de la criatura, específicamente, a su cabeza, para poder comprobar que, tal como decía la “chica lagarto”, el animal tenía una lengua seca que permanecía afuera, como si buscara regular su respiración. ¿Le costaba respirar? No sería extraño en su condición. También, desde su lugar, pudo comprobar el estado de las garras, notó como desde el nacimiento de estas salía un viscoso líquido verdoso…sí, era pus.

—No creo que sea gripe, pero sí, puede que tenga fiebre y eso indicaría algún tipo de infección, tal vez una inflamación o podría ser la respuesta a la intoxicación con alguna sustancia, lo cual no sería raro en esta selva llenas de plantas venenosas…solo que…como dije antes, su especie es carnívora, así que, si es una intoxicación, debió obtenerla al comer la carne de algún otro animal afectado —. Tantas variables lo volverían loco si no hacía ninguna prueba pertinente en ese mismo momento. —Sea como sea, lo más probable es que lo que los afecte si sea contagioso, al menos entre ellos.

Estaba a punto de dejar de lado su prudencia y sacar de su mochila una jeringa para tomar muestras de la sangre del dinosaurio, pero antes de si quiera sacarse la mochila de la espalda, escuchó unos pasos que lo dejaron alerta, haciendo que se colocara de pie en ese mismo momento. No sonaban como dinosaurios, si no como criaturas más peligrosas: seres pensantes. Para su mala suerte, no se equivocó.

Su cuerpo se tensó y sus ojos se mantuvieron alertas en cuanto vio emerger de la espesura al par de desconocidos, dos sujetos que le parecieron tan embelesados en los dinosaurios que parecía que aún no reparaban en su presencia y, aún así, el médico no podía evitar subir su guardia. Incluso ajustó bien los guantes de combate que siempre llevaba consigo como si fueran una segunda piel. No importa que tan indefenso se vea alguien, no puede confiar, porque sabe que aquellos que no parecen monstruos son los que más retorcidos suelen ser.

Por eso estaría atento para cuando ambos hombres se dieran cuenta de que no eran los únicos humanos en ese claro, algo que pasó más temprano que tarde.

—¿Familia? —El pelirrosa soltó un bufido que ocultó una risa, la manera en la que el hombre hablaba sobre aquellos animales enfermos se le hizo graciosa, aún así, no vio motivo para interrumpir el discurso de ambos. Nada le resultaba más reconfortante que los desvaríos de personas ajenas a él, porque siempre traían algo interesante para alegrar su día; sin embargo, eso no haría que bajara la guardia y, por lo que pudo notar, su compañera tampoco lo haría. Eso era un alivio.

Dejó que fuera ella quien se moviera primero, que intentara aclarar las cosas, que dijera que no estaban ahí para matar a nadie, al menos no aún, pero sus palabras lo hicieron rodar los ojos, eran demasiado escuetas para convencer a los dos hombres. El médico suspiró y, aún desde su lugar, a una prudente distancia de cinco metros de ambos sujetos, decidió que, lo mejor sería intentar negociar con ambos tipos, por más fanáticos que le parecieran, aunque, primero que nada…

—¡Oh! ¡Maki! ¡Claro! Gracias por recordármelo —. No tenía que especificar que le recordaba, estaba más que seguro que la mujer entendía que se refería a su nombre y, los otros dos, no tenían que saber de que hablaban. Sacudió su cabeza después de eso y ahora sí que se centró en los recién llegados.

—Ella tiene razón, no somos cazadores y tampoco somos piratas —dijo con una convicción que haría que cualquier pudiera creerle, una simple mentira para variar. —Pueden llamarme Hyak —. No le diría su otro apodo a unos raritos. —Y mi compañera tiene razón, solo estamos investigando la razón por la cual estos dinosaurios actúan de esta manera —. Esta vez si se movió, justo a la dirección contraria a la que caminó antes la chica de cabello verde, casi parecía como si rodearan a los sujetos, como un cazador a su presa. Eso le daba más seguridad.

—Soy médico —. No veterinario, pero eso no tenía que especificarlo. —Y Maki está aprendiendo el oficio, por lo que hoy es mi asistente —. Improvisó y esperó que la chica le siguiera el juego. —Así que no podemos irnos de aquí hasta tomar muestras de la sangre y otros fluidos de algunos de esos animales, ya saben, para encontrar el motivo por el cual sus “amigos” están tan enfermos…Eso no lo haría un pirata ¿o sí?

Se detuvo cuando estuvo a la izquierda del sujeto más alto y delgado al que miró de arriba a abajo antes de cruzarse de brazos y mirarlo directo a los ojos, aunque aún guardando una distancia de al menos unos dos metros.

—¿Quiénes son ustedes? Por sus vestimentas, parecen investigadores ¿O tal vez exploradores? —Analizó las chaquetas que llevaban puestas, así como los posibles instrumentos que llevaran con ellos y estuvieran a la vista. —Y también parecen conocer que sucede con estos dinosaurios… ¿Saben qué los enfermó? —Desde su lugar se fijó en los frascos que el más bajito llevaba en su chaqueta amarilla y eso le recordó el propio frasco de esencia de menta que llevaba en su bolsillo, el cual sacó para poder inhalar algo de la menta, buscando en aquel olor picoso algo de calma para lidiar con la situación. —¿Y eso que traen con ustedes son remedios? ¿Tienen una cura para su enfermedad o…acaso es algo más?

El médico se mantuvo atento a cualquier gesto o movimiento de parte de los recién llegados, después de todo, por esa manera tan peculiar que tuvieron de “saludar”, no podía relajarse ante ellos.

Léeme, por favor
#10
La tensión, que hasta ese momento se había sostenido como una cuerda demasiado estirada, termina por romperse sin previo aviso. No hay señal clara, ni una palabra concreta que marque el punto de no retorno; basta una mirada mal interpretada, un paso de más hacia los dinosaurios, el simple hecho de que los piratas sigan allí, respirando el mismo aire que esas criaturas moribundas. Para los animalistas, eso ya es una amenaza intolerable.

El hombre alto es el primero en perder cualquier rastro de cordura aparente. Sus ojos se inyectan de furia y la devoción enfermiza que antes mostraba hacia los dinosaurios se transforma en algo más violento, más primitivo. Aprieta los dientes y retrocede un paso solo para impulsarse mejor, mientras sus manos buscan con movimientos rápidos y seguros un par de guantes de combate sujetos a su cinturón. Se los coloca con brusquedad, ajustando las correas hasta que los nudillos quedan bien firmes, como si ese simple gesto lo separara definitivamente de cualquier posibilidad de diálogo.

-¡No les crean nada!- gruñe, con la voz rota por la rabia. -¡Mienten! ¡Todos mienten antes de matar!-

Sin dar más advertencias, se lanza hacia adelante con una velocidad sorprendente para su complexión, el suelo temblando bajo sus pasos. Su objetivo es claro desde el primer instante: Maki. El puño viaja directo hacia ella con toda la fuerza de alguien que no busca disuadir, sino romper, castigar, eliminar la amenaza que cree ver frente a sus “amados amigos”. En su mente no hay dudas, solo la certeza absoluta de que está haciendo lo correcto, de que cualquier golpe es justificable si sirve para salvar a esas criaturas.

Casi al mismo tiempo, el segundo animalista, el más bajo y corpulento, reacciona con un pánico distinto, pero igual de peligroso. Sus manos se mueven con torpeza nerviosa hacia su espalda, hasta sacar un rifle que brilla brevemente bajo la luz filtrada de la jungla. Sus dedos tiemblan, pero no dudan. El miedo se ha transformado en una decisión desesperada.

-¡Aléjate de ellos! ¡ALÉJATE!- grita, con la voz quebrada, mientras apunta a Hyákinthos.

El primer disparo estalla rompiendo el silencio del claro como un trueno seco. Las aves invisibles huyen en estampida y algunos de los dinosaurios enfermos reaccionan con bramidos agónicos, moviéndose sin control. 

El claro se convierte en caos. Golpes, disparos, rugidos de dolor y miedo se mezclan en un instante que parece eterno. Los animalistas ya no razonan, no escuchan explicaciones ni miradas calmadas. En sus cabezas solo existe una verdad torcida y peligrosa, los piratas han venido a acabar con los dinosaurios, y ellos están dispuestos a matar para impedirlo.

La violencia se desata no como una elección, sino como una consecuencia inevitable de la obsesión. Y mientras la jungla observa, indiferente y antigua, queda claro que este enfrentamiento no nace del odio… sino de una devoción tan absoluta que ha dejado de ser humana.

Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]


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