[T3, P.A.] La isla que se negaba a morir
#1
La isla que se negaba a morir [T3]

[50 de Primavera,
año 17.
Little Garden, corriente Rakusei]

La tripulación de los infames Mano Vacía disfrutaba de un día de solaz en la isla de Little Garden. Cada uno de los miembros de la célebre –en el peor de los sentidos, entiéndase– tripulación había pasado los últimos días en sus propios quehaceres, algunos juntos, y otros por separado. Era otra cuestión, sin embargo, la que los reunía allí en aquel día; una reunión acordada sobre una de las zonas más altas de la zona selvática que cubría la mayor parte del lugar.

Se encontraban al sureste de la prehistórica isla, muy cerca de la playa de arena blanca que conformaba una suerte de cinturón que rodeaba toda la zona selvática, junto a la costa. En el centro de la isla, el volcán se alzaba como un titán silencioso que observaba todo cuanto sucedía en la profundidad de la jungla. A su alrededor, vegetación por todas partes. Fuera de la isla, el mar se encontraba oculto bajo una densa bruma. El cielo, de forma excepcional, estaba nublado, completamente gris, y amenazaba lluvia. De hecho, amenazaba una de esas imponentes tormentas tropicales que asolaban la isla de cuando en cuando, en las que el sofocante calor y la insoportable humedad prehistóricos se unían para dar a luz a una tempestad que inundaba grandes cuencas en mitad de la jungla en cuestión de minutos. Cuando algo así ocurría, nadie estaba a salvo. De hecho, era frecuente que, justo antes, los animales de la isla empezasen a mostrarse visiblemente inquietos,percibiendo la tormenta que se avecinaba, y a menudo era el mejor momento para ver la vida prehistórica de Little Garden en todo su esplendor. Sin embargo, de momento, todo permanecía en calma, y ni una gota caía aún del cielo. Un silencio atronador reinaba en la isla, con la excepción de los múltiples insectos, mayormente enormes avispas –parte de la sempiterna plaga que castigaba la isla– que zumbaban con rabia alrededor del grupo, probablemente poniendo nerviosos a algunos de los piratas con sus insoportables sonidos.

Repentinamente, estando los piratas enfrascados en sus asuntos, un enorme barco de aspecto oxidado hizo acto de presencia, atracando en las orillas de la isla, no demasiado lejos de allí. De sus colosales chimeneas emanaban sendas columnas de denso humo negro, que se unían con la niebla y se desvanecían en el oscuro cielo nublado. Era un enorme mastodonte de acero corroído por el tiempo y el salitre; resultaba evidente que el casco había estado pintado antaño, probablemente luciendo los colores de alguna empresa de transportes o de alguna corporación; sin embargo, todo lo que quedaba de aquello eran algunos parches, visibles aquí y allá, de pintura desconchada y agrietada, a duras penas legible, sobre la cual se habían pintado dos enormes erres rojas. Daba la impresión de que había atracado allí justo a tiempo para no terminar de destartalarse, como si simplemente mantenerse a flote hubiese sido una proeza para aquel castigado armatoste. Poco se podían imaginar los Mano Vacía que, a bordo de aquella cosa, todo había salido acorde a los planes de sus ocupantes, sin más contratiempos que la escasez de papel higiénico, acentuada por la cena en dudoso estado de conservación que los tripulantes habían ingerido la noche anterior. Pese al aspecto del navío, habían llegado exactamente a donde querían.

Imagen


Resultaba complicado saber de quién se podía tratar. Ninguno de los allí presentes había visto aquellas siglas anteriormente, ni, desde luego, aquel navío, durante sus travesías por el Grand Line. Little Garden era un lugar célebremente salvaje, carente de cualquier tipo de civilización conocida, transitado únicamente por quienes no tenían más remedio que pasar por allí en su viaje por la corriente Rakusei. Era un trámite que todo el mundo prefería pasar lo más rápido posible. El lugar, plagado de enormes insectos prehistóricos, enfermedades desconocidas, dinosaurios por doquier y quién sabe qué más, era una pesadilla logística y de supervivencia para cualquiera que no contase con los medios adecuados para enfrentarse a la naturaleza en su estado más salvaje, y eso lo sabía todo el Grand Line. Pese a que la megafauna era lo primero que llamaba la atención de cualquiera que pensase en la isla, una fracción alarmante de aventureros encontraba el final de su viaje de manos de extrañas fiebres repentinas o discretas picaduras de insectos durante la noche; eso era mucho más común que acabar enfrentándose a las enormes fauces de un dinosaurio (aunque, desde luego, también ocurría). El transporte a través de la densísima jungla era poco menos que imposible a menos que uno conociese los escasos caminos a través de la misma, algo enormemente improbable debido a que la isla no había sido cartografiada en su totalidad.

Fuera como fuere, tanto el Gobierno Mundial como los mismos piratas solían optar por no pasar más tiempo del estrictamente indispensable allí. Y tampoco es que la isla gozase, que se supiese, de ningún recurso natural excepcional que pudiese llamar la atención de compañías mineras, por ejemplo. Little Garden equivalía, para prácticamente cualquiera, a un infierno operativo, con poco o ningún incentivo para atracar en aquellas aguas.

Mientras los piratas aún centraban su atención en el enorme navío oxidado que acababa de aparecer, sin embargo, los acontecimientos se precipitaron. Tal vez alguno hubiese sido capaz de darse cuenta de lo que se avecinaba un instante antes, pero de poco hubiese servido con tan escaso tiempo de reacción. Fue cuestión de apenas un instante. Repentinamente, como si hubiesen estado esperando para pillarlos desprevenidos, pudieron oírse docenas de barritares simultáneos, el suelo comenzó a temblar como si se tratase de un terremoto, y una enorme polvareda comenzó a anegar el ambiente. Un sinfín de triceratops irrumpió en escena, corriendo a toda velocidad, sembrando el caos allá donde iban, destruyendo cuanto se ponía en su camino. Todo pareció congelarse en el tiempo para los piratas. Algunos cayeron bajo las pesadas patas de los dinosaurios; otros, en cambio, fueron capaces de mantener el equilibrio. La tierra arenosa del lugar, que se había levantado en una polvareda, era tan densa que hacía toser a todo el que intentase respirar en aquella nube amarillenta que había surgido de la nada misma. Las enormes avispas que zumbaban por el aire parecieron volverse locas también, comenzando a formar enjambres arbitrariamente alrededor de los presentes. Al paso de las enormes y majestuosas criaturas, las plantas y árboles de pequeño tamaño quedaban chafados sobre el suelo, reducidos a pedazos, como si no fuesen más que minúsculas ramitas. Cada pisada de los ejemplares más grandes de la manada hacía temblar el suelo como un movimiento sísmico, cada barritar hacía peligrar el tímpano de los allí presentes. Todo daba vueltas, y resultaba imposible orientarse en aquel caos. Algunos eran arrastrados por las cornamentas de los dinosaurios, mientras que otros huían despavoridos.

Era la bienvenida de Little Garden.



Había motivos por los que aquella isla no había sido conquistada, ni tomada, ni reclamada por nadie. Ni siquiera las más audaces y arrojadas bandas de piratas osaban pasar más tiempo del necesario en Little Garden, y ni los reinos y gobiernos cercanos parecían lo más mínimamente interesados en echarle el guante y extender su territorio por la prehistórica isla. No se trataba ya únicamente de la absoluta pesadilla logística que era aquel lugar, ni de lo recóndito de su emplazamiento, ni de su carencia de recursos naturales atractivos: la propia isla era, de alguna manera, completamente hostil, antitética al mismo concepto de civilización en la exhuberancia de su vitalidad. Parecía un milagro que los barcos siquiera pudiesen llegar hasta allí y pasar más de una noche fondeados sin caer presa de la putrefacción por la humedad, sin quedar completamente cubiertos de maleza prehistórica, o sin ser devorados por dinosaurios. La isla rechazaba a todo aquello que tuviese (o creyese tener) siquiera una posibilidad de domesticarla.

En mitad de la estampida de los triceratops, los piratas de la Mano Vacía no eran, claro, conscientes de cuanto se avecinaba para ellos en aquel lugar. De alguna manera, se acababa de desatar una serie de acontecimientos que podrían tener grandes consecuencias para la tripulación, en una de esas jugarretas que el destino tenía preparadas para quienes osaban poner su voluntad a prueba contra la de los mismos mares. Los dinosaurios y las plantas carnívoras serían, tal vez, la última de sus preocupaciones. En aquellos instantes, sin embargo, ninguno tenía tiempo de preocuparse más que del caos allí generado por la aparición de aquellos habitantes de la isla, colosales bestias de entre 4 y 5 metros de altura, y entre 9 y 10 de largo, de varias toneladas, con un único cuerno sobre el hocico y dos, tres y hasta cuatro cuernos que salían de sus cráneos, por encima de sus ojos, convirtiéndolos en verdaderas apisonadoras fortificadas.

Al mismo tiempo, un sospechoso barco ha entrado en escena, quién sabe con qué objetivos en mente. ¿Qué siglas son las de R. R.? ¿Son piratas, o son del Gobierno? ¿A qué han venido a Little Garden? ¿De dónde vienen? ¿Son amigos, o enemigos? Los Piratas de la Mano Vacía dispondrán de una oportunidad para empezar a resolver algunas de estas incógnitas, tal vez incluso antes de que llegue la tormenta.




Información
#2
Entrecerró los ojos con desagrado al ver aquel extraño barco, apague el cigarro que estaba entre mis labios con algo de duda. No me gusta, tiene pinta de un montón de cosas pero ninguna buena.

A estas alturas las cuatro locas, no vamos a negar la realidad de las cuatro mujeres que nos hemos bajado, vamos a investigar. Voy primera por costumbre, detrás mía a apenas unos pasos atrás van Lan, Bai y Mahou. Me gustaría decir que esto podía  ser un paseo por el campo, pero no vamos a engañarnos.

Esto tiene más pinta de infierno que de otra cosa, pero como yo precisamente disimulada no soy, voy como si fuera mi casa, espada a la espalda y todo.

-Como algo me pique se va a llevar una decepción, le va a saber a polo.-Arrugué la nariz con desagrado mientras íbamos caminando, al menos mis botas negras son cómodas para esto, los pantalones largos evitan que las ramas me arañen y la chaqueta hace su trabajo.

Lastimosamente, esta maravillosa aventura parece que está destinada a tener un montón de problemas…¿Espera son familiares de Larry? No, o puede que si, el caso es que quizás como me quedo pensando eso un instante, no me da miedo.

O tal vez estoy tan jodidamente empanada que no lo registro, la verdad.

Sea como sea, antes de que pueda sumar dos más dos, una oleada de bichos ha decidido que el olor a tabaco es mucho más interesante que todo lo que está pasando. No veo una mierda, no me entero de una mierda, y aun por encima de que no veo puedo notar como la boca me sabe a tierra y hago lo que toda persona hace con una boca llena de arena, bichos y agobio.

Vomitar, si, tal cual.

Menuda manera de empezar la aventura.

Total, tras casi ahogarme entre bichos y polvo hago la única cosa sensata que se me ocurre para apartar lo que me rodea, desastres y todo lo demás. Eché el cuerpo a tierra, me hice una bola escondiendo mi cabeza entre las piernas, aguanté la respiración y pasó.

¿Sabéis una cosa muy interesante sobre ser de hielo? A diferencia de otras akumas como las de Lan, que literalmente la atraviesan, yo me rompo como una estatua de hielo, si, como el que agarra un martillo y parte un enorme trozo y el resto se queda ahí.

Lo que pasa es que claramente no siento nada, así que el hielo se destroza entre las patas de los bichos poco a poco y va formándose de nuevo. Ahora…¿El problema? ¡Que eso no salva mi puta chaqueta de llenarse de polvo! Por eso abrazo con fuerza el tabaco y todo lo demás contra mi pecho, mechero incluido, para que el hielo lo detenga.

Necesito que esta mierda pase y ver como están las chicas, pero joder los bichos y el polvo hacen todo aun más difícil.

Una vez he dejado de ser un bloque de hielo y vuelvo a ser persona, una vez esas cosas han dejado el panorama, y los bichos y esas cosas supongo han abandonado el trozo de hielo que era, intento incorporarme, buscando a las chicas, preocupada.

Cosas
#3
Atributos Personaje

Con cada paso que daba, la atmosfera se volvía cada vez más pesada, como si una fuerza invisible cerrara sus pulmones. Era, en pocas palabras, como una especie de asedio sensorial del que  no sabría decir qué le resultaba más insultante: si la luz del sol filtrándose entre el manto gris de nubes en destellos erráticos que le herían la vista, o esa humedad omnipresente que se le enredaba en la piel como una membrana sofocante.
Definitivamente, días como aquel podían ser demasiado para ella.

Sus alas se batieron en un intento desesperado por agitar el aire estancado del lugar—un gesto tan infructuoso como agotador— y Bai entendió que, quizás, podía pararse un momento a recogerse el cabello en una coleta alta para que al menos su nuca pudiera recibir un jirón de brisa.

Como si su propio cuerpo quisiera burlarse de ella, un par de gotas de sudor recorrieron el ángulo de su mentón, deslizándose con lentitud hasta morir en su pecho, que ya relucía bajo la luz enferma del día.

«Qué asco», pensó para sí misma.

Y, tras ello, se limpió el húmedo escote con los dedos para luego retomar la silenciosa procesión. Una tortura voluntaria bajo condiciones que habrían quemado y enrojecido la piel de cualquier extraño.

Mas sin embargo, por si aquello no fuera suficiente castigo, mientras subía, su mente —siempre llena de caóticos pensamiento—, rescató un lejano recuerdo de un borroso conocido; solo esperaba que no le ocurriera lo mismo que al hombre desdichado que pasó días subiendo piedras a la cima de la montaña, para descubrir al llegar arriba que a su esposa no le gustaban.
No quería ser la desafortunada a la que le tocara bajarlas para, después, tener que volver a subir tal y como le había ocurrido a él.

—No seas así, Bai —masculló por lo bajo queriendo creer que subir hasta allí tendría algún sentido.

Después, volvió a su habitual y cómodo silencio y continuó caminando durante un rato más  hasta vislumbrar, por fin, el final de su suplicio.

Así pues, para cuando alcanzó la cima, el peso del zurrón se le anclaba en el hombro enrojecido y el cinturón, víctima del constante traqueteo, había terminado por ceder.

«Es lo que tiene que la vaina no deje de golpearse...», volvió a pensar con fastidio.

Y, mientras lo hacía, se ajustó el cinturón en un gesto automático con un movimiento seco que hizo que el metal de la espada tintineara, rompiendo por un instante el siseo de la selva. Después, dio un pequeño salto para recolocarse la mochila, sintiendo cómo todo su equipo bailaba contra su espalda antes de volver a su sitio.
Contenido Oculto

Fue entonces cuando reparó en el resto del grupo y en que sus compañeros permanecían inmóviles mirando a un punto del horizonte.

—¿Qué es? —por primera vez en toda la travesía la mujer habló para no terminar la frase y es que, tan pronto como llegó, la niebla escupió la silueta de un casco enorme, de líneas torpes y brutalmente oxidiada, que vomitaba unas últimas columnas de humo negro antes de fundirse con el cielo encapotado.

Un barco.
Una mancha de hollín en mitad del jardín colosal que era Little Garden. Aquello resultaba tan ajeno al entorno como lo eran ellos mismos; solo que era más vasto, más decrépito y, sobre todo, profundamente fuera de lugar.

—Hmmm... —meditó brevemente, emitiendo un sonido que se perdió en el aire mientras buscaba una explicación lógica.

Ya que, pensar con claridad había sido, desde su más tierna infancia, su rasgo distintivo. Un rasgo que, aparentemente, desde que su carácter se había agriado por el deceso de Dong, parecía haber entrado en declive. Por fortuna como todo buena costumbre continuaba ahí, peleando por mantenerse en pie aún cuando los kamikaces pensamientos morían incluso antes de que ella misma los manifestara de forma consciente. E, irónicamente, aquella vez no quisieron partir.

De esta forma, la conclusión lógica, llegó antes incluso de que fuese consciente de haberla formulado, asentándose en su mente y enraizando con profundidad.

—A eso no se le puede llamar barco —susurró para sí misma.

No con aquel casco deformado ni con ni con aquella estructura enferma. Aquello no había sido concebido para navegar durante largas travesías. Como mucho, lo había sido para aguantar lo justo y llegar a buen puerto. Nada más.

Y, al hilo del pensamiento, varias  hipótesis brotaron de inmediato, atropellándose unas a otras: chatarra por barco, una isla prehistorica... No parecía ser una embarcación civil. Militar tampoco.

Debía haber algo más importante tras aquel atraco.

—Creo que... —Bai estaba a punto de transmitir parte de aquello cuando, de repente, ocurrió el caos.

Un estruendo sordo nació a su espalda, una vibración que trepó por sus talones antes de convertirse en un rugido tectónico. ¿Qué estaba pasando? Antes de que pudiera procesarlo, la selva se fracturó en un alud de fósiles vivientes que se abalanzaba sobre ella. Y Bai, mujer de lógica inquebrantable, se quedó petrificada; el miedo, ese atavismo primario que no entiende de otra cosa que nonsea supervivencia, la ancló al suelo mientras sus pupilas se dilataban ante la marea de escamas y cuernos.

Todo se volvió polvo, rugidos y el impacto rítmico de decenas de pisadas que pulverizaban la tierra.

La desorientación fue absoluta.

El mundo desapareció tras una cortina de tierra en suspensión que se le metió en la garganta, robándole el aire y provocándole una asfixia inmediata. Intentó gritar, pero sus pulmones, privados de oxígeno, solo pudieron ofrecer un estertor ahogado. No podía ver, no podía oír; el universo se había reducido al tacto violento de los triceratops golpeándola en su carrera frenética.

Sentía los impactos contra sus costados, golpes secos de toneladas de carne que la desplazaban, pero su propia envergadura la mantuvo en pie. Suerte tenía de ser un peso muy pesado; de haber poseído un cuerpo más acorde a la tripulación, la marea negra y gris de los dinosaurios la habría derribado, convirtiéndola en poco más que un rastro de sangre bajo las pezuñas.

Por suerte, el dolor que le recorría los músculos era escaso y Bai pufo fijar los pies en el suelo. En pocas palabras, Bai, se había convertido en una masa de carne y voluntad resistiendo contra el tiempo, mientras el aire, cargado de tierra y el olor acre de las bestias, se negaba a entrar en su pecho.

Entonces, viendose absorbida, y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, dio un paso hacia lo que creyó que era la salida. Después, otro. Inclinó su cuerpo hacia adelante, luchando contra la inercia de la estampida y apretando la espada contra ella como si el acero pudiera servirle de ancla en mitad de aquel río de bestias. Luego, con el antebrazo derecho se cubrió el rostro, intentando desesperadamente que la tierra no terminara de cegarla mientras sus pulmones ardían por la falta de oxígeno.

Clank.

Algo golpeó la punta de su bota, haciéndole dar un traspié violento que la obligó a clavar los talones para no desplomarse. El desvío fue apenas de unos centímetros, pero en aquel caos, cada fracción de espacio era una nueva posibilidad de desorientarse.

Luego, algo pasó corriendo frente a ella. Un borrón gris, veloz y… ¿frío?

Una ráfaga helada a su izquierda que le erizó el vello de la nuca, un contraste imposible con el calor sofocante y el aire viciado de la polvareda. Debía ser Kay. Entonces, pensó en acercarse y ayudarla pero pronto recordó que alguien como ella necesitaba su ayuda. Así que continuó su camino empujando con el hombro el flanco rugoso de un triceratops que pretendía cerrarle el paso.

Él le devolvió un empujón que le recorrió los huesos. Aún así no se detuvo. Sus músculos, tensos hasta el límite, respondieron con una última descarga de adrenalina. Dio un paso más, hundiendo sus botas en el barro removido, hasta que, de repente, la presión en sus costillas desapareció y el estruendo de los dinosaurios empezó a alejarse, convirtiéndose en un eco a sus espaldas.

Para cuando salió, sus manos temblaban, cubiertas de una costra de sudor y tierra. Se arrancó el antebrazo de la cara y vació sus pulmones en una tos violenta, expulsando el polvo que le atenazaba la garganta.

Estaba hecha un desastre.

Flaquendo y helada por la adrenalina, la birkiniana miró en derredor exponiendo unos ojos inyectados en sangre por el esfuerzo. Estaba buscándo a sus compañeros.

—¿Kay? —preguntó con un hilo de voz rasposo al haber sido la única capaz de reconocer —¿¡Kai!?

Pero no estaba cerca de ella. Ni siquiera las veía pues, en el caos del río de bestias, Bai, se había desplazado en diagonal hasta bajar  parte de la ladera.

Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
#4


El humo que desprendía mi pipa volaba hacia el dosel de árboles tan altos que me hacían sentir una hormiga, la luz se filtraba a través de las hojas con pequeños halos de luz que pasaban por nuestros cuerpos al caminar, podía escuchar algunas aves y algunos animales entre los arbustos. Había vida por doquier. Y eso me obligaba a estar alerta, incluso a pesar de la hierba que llevaba desde hacía una hora consumiendo.

Miraba hacia arriba y a los lados como una niña pequeña, la isla me atraía, física, espiritual y mentalmente. Iba ligera de carga, tenía colocada la piel de lobo sin la capucha puesta, un saco al hombro para recoger cosas que quizá podrían servir de alimento para después y simplemente mis brazos y pies descalzos que se hundían en la arena a la que ahora descendían en ese momento. Definitivamente aquella isla era maravillosa.

Sentía mariposas en mi estómago, eso no había pasado desde hacía muchísimos años, y la excitación por lo desconocido no hacía más que avanzar. Aunque algo comenzaba a notar, habían nubes de insectos revoloteando alrededor, sus zumbidos cada vez eran más estridentes, sin embargo, si algo había aprendido de las selvas, era que, lo mejor sería no molestar a los insectos.

Sin embargo, eso no era lo único que pasaba; no escatimo en decir que todas lo miramos al mismo tiempo; algo comenzó a salir de la nieSin embargo, eso no era lo único que pasaba; no escatimo en decir que todas lo miramos al mismo tiempo; algo comenzó a salir de la niebla en la costa, ¿Un barco?. No podía ver bien del todo, solo la silueta entre la neblina acercándose lentamente.
El aire trajo a mis oídos entonces antes de que pudiera ver a personas voces, no podía escuchar del todo cuales eran las palabras dichas, pero sonaba como a órdenes. Traté de afinar la vista entrecerrando los ojos ¿Estaban en peligro?

Pasó en un abrir y cerrar de ojos, como un retumbar de tambores, enormes pisadas, luego el barritaje; estridente, amenazador, caí al piso de culo, pues la fuerza de las pisadas me levantó en el aire haciendome perder el equilibrio; el polvo me cegó por completó. Por inercia, mi llama se encendió. —¡PACIENCIA EN LA FORJA! ¡HUHUHYYAAHUHYAAHUHYYYAA! —el piso bajo mis pies ardió y la lava comenzó a brotar de mis extremidades, y me puse de pie lo más rapido que pude y corrí.  Cuando calor apartó a aquellas criaturas de mi, mirando por entre una apertura en mis brazos frente a mi cara, pude distinguir entrecerrando los ojos, qué eran. ¡TRICERATOPS!

—¡HUHUHYAHUHYHUYHYAHYHUHYAAAA!
Aquello me arrancó una carcajada que casi me hace morir, tosí fuertemente. Corrí mientras que cada roce con mi cuerpo significaba un alarido de dolor para aquellas criaturas, enormes, fuertes y resistentes. Avancé riendo entre dientes, tratando de ver si a lo lejos estaban Bai, Mahou o Kay. 
“¡Mierda!”, pensé apretando la pipa con los dientes fuertemente, no era una buena idea separarnos pero aquello se había salido de control. Mi pecho latió y latió más fuerte. Todo mi cuerpo se fundió con lava, —Huhuh.
No podía mas qué reir. 
Corrí 7 metros hacia el sur frente al barco, donde yo creía que estaba el borde de la colina que antes habíamos pasado.

—¡MAHOU! ¡KAY ¡BAI! ¿DONDE ESTAN? —grité a todo pulmón al tratar de encontrar un lugar seguro junto a algunos árboles. Pero entonces; el den den mushi sonó. Y yo respondí en seguida.
—¡ALANA! ¿Están heridos? ¿Están todos bien?— grité en cuanto escuché su voz, con alivio, sintiendo un pinchazo de preocupación, pues aún no podía ver nada y apenas podía respirar, tosí de nuevo—¡Estaba con ellas, pero nos hemos separado!, ¡Una estampida de triceratops apareció de repente! ¡Nosotras estamos en la costa!—la urgencia se me sentía en la voz, incluso había apagado la pipa. Si ellos no sabían donde estaban nosotros menos, así sería dificil reunirnos de nuevo. 

—¡No sé si lleguemos al barco, buscaremos refugio si podemos, también parece que hay otro barco en esta costa! 
¡Voy a buscarlas! ¡Quedense juntos! —sugerí, con un nudo en el pecho. 



Off
[Imagen: dtilbUBl_o.gif]
Hablo #e82a1f | Pienso #E86E04 | Narro
Karmas
#5
Olisqueó el aire y arrugó la nariz de inmediato en un gesto de disgusto cuando se dio cuenta de lo contaminado que estaba, eso o alguien llevaba mucho tiempo sin bañarse, y siempre está la posibilidad de que ese alguien sea ella misma. Pero en este caso el olor era distinto, se trata de óxido y humo, una combinación para nada agradable. - ¡Uuu...kiii...! ¿De qué es eso-uki? - dijo mientras se fija en su alrededor, el cielo estaba muy feo para su gusto y anunciaba lluvia. Al ver la señal de Bai, miró hacia la enorme niebla que dejaba entrever la presencia de un barco muy diferente a los que ella conocía, pues no está acostumbrada a lo industrial, y entre sonidos de mono, expresó su preocupación. - ¡UH UH UH! ¡Ese barco está en llamas-uki!- esa fue su interpretación de lo que estaba pasando con el misterioso barco.

Pero no había tiempo para preocuparse por eso porque de repente, como una emboscada, una nube acompañada de un temblor increíblemente intenso le hizo perder el equilibrio y caer de rodillas. Oyó el crujir de plantas y árboles al caer, y la desesperación de los animales cercanos por huir. - ¡¿Qué es eso, qué está pasando-uki?! - intentó mirar, pero la enorme nube que se alzaba lo impedía, con suerte entre tanto caos solo pudo distinguir la voz de Lan anunciando que el causante de todo no era otra cosa más que... triceratops. ¿Triceratops? Triceratops.

Claramente Mahou no lo entendió al principio, pero tampoco iba a poder procesar sus pensamientos porque, tal y como dijo Lan, los triceratops ya están aquí y dispuestos a arrasar con todo a su paso, y era un paso muy pesado, Mahou lo pudo confirmar cuando el primero de ellos le pasó por encima sin cuidado alguno. Tiene que decidir rápido, esos animales eran muy numerosos formando una larga fila demasiado extensa como para esquivarlos haciéndose a un lado, además de que son altos. Es una situación emocionante, para bien y para mal, por un lado, porque tenía una idea para intentar salvarse, por el otro, porque si todo salía mal quedaría aplanada como papel en cuestión de segundos. De hecho, ya la habían pisoteado una vez, pero no podía permitirse una segunda. Entre tantos animales que corren cerca, solo le quedaba intentar algo desesperado, tomar impulso y saltar sobre alguno de los dinosaurios para montar en su lomo alzándose por lo menos a 6 metros de altur, que era lo más alto que podía alcanzar en tan poco tiempo. - ¡No tengo idea de que estoy haciendo pero haré lo mejor que pueda para estar bien-uki! - trataría de anunciar alzando la voz para sus compañeras en cuanto logre llevar a cabo su descabellado plan de emergencia, y en caso de tener éxito, se aferraría con su mano derecha, que era la única libre mientras la zurda sostenía su martillo y su cola estaba enredada al Nyoiboo.

resumen


daño recibido


inventario


karmas


posicionamiento
Mahou Chikao
¡DIVERSIÓN Y ÁNIMO!
? La Intrépida Sakura
฿ 20,000,000
?Nv.10 — Espíritu Alegre
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1205 - 88 = 1117
Energia: 1054 + 0 = 1054
Espiritu: 189 + 0 = 189
#6
Antes de continuar...





Grupo A (Mahou y Kayseira)
Grupo A





Grupo B (Bai y Lan)
Grupo B






Información
#7
¿La verdad? Esto no es lo más raro que me ha pasado y sospecho que no será lo último, a estas alturas mi vida es un chiste. El desmadre de los dinosaurios, los gritos de Bai, Lan, Mahou.

Me incorporé una vez finiquito la estampida, empezando a sacudirme todo el polvo que tenía encima, mirando a mi alrededor para ver quién estaba conmigo.

A simple vista, la única parecía ser Mahou.

-Cariño, ¿estás bien? No se donde ha terminado el resto, menudo desastre.-No puedo ver gran cosa, en  general, pero también es cierto que yo me pierdo en una línea recta. Las huellas en el barro, todo lo que nos rodea, a mi me suena a chino.

Menos las pisadas claro, eso puedo escucharlo pero al ver al hombre no puedo evitar fruncir suavemente el ceño. No tengo ni idea de quién es, claramente, pero no me fio de nadie que va enseñando y haciendo gestos con su arma de esa manera.

Mientras el tío se acomodaba la gorra yo empecé a moverme, caminando tres metros en diagonal, con calma. Su pregunta me hizo alzar una ceja, mientras me paraba en mi lugar, podía notar el frío de mi cuerpo vibrar con calma.

-Las normas de cortesía básicas indican que debes de presentarte primero antes de preguntar quien es alguien, nosotras andamos de paso, simplemente…¿Y tú? No tienes pinta de turista.- Bueno, realmente yo no tengo ni idea de cómo se ven los turistas, pero el tío tiene pinta de estar uniformado y de no ser muy simpático. Lo que menos me apetece ahora mismo es tener que meterme en un conflicto con Mahou algo magullada.

Moví mis manos con calma, el frío entre mis dedos chocaba con aquel ambiente, mientras miraba al hombre de manera atenta. Lo importante es mantener una distancia prudente entre él, mi amiga y yo.

Soy consciente de mis capacidades y de que nuestra querida Mahou ha entrenado durante todo este tiempo en el barco, pero estoy preocupada por donde puedan andar Lan y Bai en aquel momento.

Si, se que es un poco irónico preocuparse por ellas dos cuando son dos tremendas guerreras pero no puedo evitar sentir ese pellizco en la boca del estomago. Da igual lo baja que esté mi temperatura corporal o lo concentrada que esté en ese momento en lo que pueda pasar, no puedo evitar pensar en mis compañeras.

cosas
#8
En mitad del caos, cuando el instinto de supervivencia toma el mando, el mundo se reduce a una sucesión de impulsos ciegos que obligan al cuerpo a ignorar sus propios límites. Por eso resulta tan sencillo acabar en un paraje extraño tras huir de una marabunta de fósiles megalíticos hacia lo que uno percibe como un refugio.

Bai no es una excepción. Al contrario pues, en ese instante, es la viva ejemplificación.

Y es que, tras plantar cara a la estampida, terminó alejándose del estruendo tan rápido como sus largas y firmes piernas se lo permitían hasta desembocar en un paraje nuevo. Un sitio tan verde y vívido que, ante sus ojos deformados, la explosión de amarillos cálidos y rojos de las frutas se aplanaba en una escala monótona de verdes apagados y marrones turbios.
Quizás, si la selva hubiera conservado su amplitud natural, el paisaje no se habría sentido como una mancha cromática uniforme; pero allí, la falta de contraste robaba a lo salvaje su señal de advertencia.

Tal vez, por esa falta de peligrosidad, resultó que pronto la adrenalina que recorría su cuerpo se retiró y, el zumbar de sus oídos juntl al galope del corazón, se fundieron en  la inquietante quietud de la zona.

Fue entonces cuando se permitió bajar la guardia, apoyar las manos  sobre los muslos y toser. Toser hasta sentir cómo el aire se abría paso a empeñones en unos pulmones medio asfixiados con una tos, terca e insistente que, al final, no tardó demasiado en transformarse en el espasmo amargo de una náusea fallida.

Un hilo de saliva corrió por la comisura de sus labios y, en acto reflejo, se lo limpió con un brazo pegajoso de sudor, saboreando el rastro salino de su propia secreción.

—Mierda —masculló, alzando la vista.

Estaba rodeada de una vegetación tan densa que el espacio, aunque amplio, que se le antojaba opresivo.

—Joder —jadeó de nuevo.

Ni una brizna de aire movía las jugosas frutas que colgaban, vibrantes y ajenas, a unos quince metros, sobre su cabeza. Se irguió con esfuerzo, sintiendo que el pecho le estallaba y, entonces, el hambre reclamó su lugar. No era un buen momento para la ansiedad, pero la punzada física exigía atención.

Uno.
Dos.
Tres.

Tras tres espasmos gástricos casi seguidos hicieron falta para que decidiera que, antes de dar un paso más, debía escucharse a sí misma.

Con la mano sobre el estómago y el rugido de sus tripas por bandera, Bai decidió buscar en su zurrón algo de comer. Pero al hacerlo, para su asombro, en medio de las manchas terrosas que eran los frutos de la selva, descubrió que quizás había algo más que llevarse a la boca.
Además, así se ahorraría previsiones por si las moscas.

Entrecerró entonces los ojos, calculando cuánta distancia habría hasta ellos y, a su vez forzó a su mente — a esa biblioteca que archivaba datos con mecanicismo— a rescatar algún fragmento de conocimiento perdido; aquellas formas le recordaban a la Fruta de la Belleza Interior y a su hermana, la Fruta del Príncipe. Incluso creyó recordar que eran comunes en Little Garden, pero ante aquella caótica variedad de formas que se burlaba de su visión, se sintió incapaz de discernir cuál era cuál, o si incluso alguna de ellas era realmente una de esas.

Y en ello estaba, diseccionando la fruta con la mirada desde la distancia, cuando de repente Bai fue sorprendida por un sonido que parecía brotar de todas partes y de ninguna a la vez; un crujido amortiguado por la densidad de la selva.

—¡Lan! —exclamó gratamente sorprendida —Pensé que estaba sola...

Mientras hablaba trató de dirigirse  hacia su compañera, pero el aire pareció oponer resistencia. ¿Era eso acaso posible? Varias hebras de un verde irreal, lianas furtibas que colgaban de los cielos, se le adhirieron a su piel desnuda logrando que el contacto le provocara un sobresalto eléctrico que le recorrió el brazo y le erizó el vello de la nuca.

—¿Qué es esto? —susurró, deteniéndose en seco.

Y luego giró sobre sí misma con lentitud, olvidándose por un instante del hambre que le atenazaba el estómago e incluso de la presencia de Lan.

Estaba atrapada en una arquitectura fractal donde las lianas, pese a mezclarse con otros colores, se entrelazaban formando hermosas simetrías geométricas y lazos perfectos que desafiaban el caos natural de la isla. Una belleza geométrica que, para la erudita, era como un imán.

—Uh —dijo, saliendo del ensimismamiento al escuchar de nuevo ruido que creyó provenir de Lan —Perdona, es que... me parece bellisimo —, comentó mientras bajaba la mirada hacia la liana que todavía rozaba su antebrazo.

—Jamás pensé que algo tan plano pudiera ser así de bonito —añadió mientras las palpaba con dos dedos disfrutando de su textura y sorprendiéndose de su fresca  temperatura.

Y, a continuación, la siguió con la mirada hasta percatarse de que incluso abrazaban las ramas.

Las abrazaban...

Su estómago rugió de nuevo y, sin querer, sus ojos se abalanzaron sobre una rama gruesa hasta encontrsr el punto donde el fruto colgaba, pesado y tenso, sostenido por un entramado de fibras que no parecían dispuestas a romperse sin protestar.

—Hmmm —murmuró masticando una idea tan tentadora como absurda mientras se acercaba a la rama hasta quedar justo bajo ella.

Después, envolvió entre sus manos las fibras de las lianas que pasaban sobre la rama del fruto y comenzó a tirar; primero calculó la resistencia con pequeños tirones: la rama apenas cedió. Aplicó una fuerza más bruta, sintiendo cómo la madera se balanceaba y se doblaba bajo su peso. El fruto se bamboleó, pero se resistió a caer, aferrado a su tallo con una terquedad admiranle.

—Interesante... —volvió a murmurar mientras soltaba la liana y la observaba restallar hacia su posición original con un siseo.

Se llevó la mano al mentón, analizando la estructura sin dejar de mirar a lo alto al tiempo que su estómago apremiaba.

Ahí fue cuando se decidio.

Pues, en lugar de tirar a ciegas, tomó las lianas y las anudó entre sí a la altura de su estómago, creando un punto de anclaje firme. Enredó su brazo derecho y empezó a tirar poco a poco, permitiendo que la planta se adaptara a la presión que ejercía birkiniana. Espero un momento, aún manteniendo la presión y, cuando la vió acomodarse, continuó bajando la rama milímetro a milímetro hasta que, de pronto, el silencio se desgarró con un crack seco.

—Ahora —masculló.

Se hizo a un lado lo justo para que el proyectil vegetal no le aplastara el cráneo. Tiró de nuevo.  El crujido se intensificó en lenta agonía y se partió dejando expuestas las fibras que, al final, no resistieron más y fueron vencidas.

A Bai le hubiera gustado ser rápida y evitar así que la fruta golpeara el suelo pero... con un sonido duro y seco rebotó al tiempo que la madera lo golpeaba. Y entonces, plac. Unos restos de liama y savia resbalaron por la rama y cayeron sobre su cabeza, manchándola de un rastro pegajoso.

Se pasó la mano por el cabello, limpiando como pudo aquel rastro de selva y habló.

—Ya me quedo yo con esa —le dijo a Lan, acercándose hacia el botín.

Luego, bajó la mirada para sacudirse la suciedad y tomó la fruta con delicadeza. La observó un instante, rotándola para verla bien y, al final, clavó sus uñas en ella y separar la piel de la carne.

—Perdona... Es que tengo mucha hambre — comentó tomando parte de la carne jugosa y llevándosela a la boca. —Ahora te bajo una para ti —añadió dándosela para que se la aguantara.

Y dicho esto se fue hasta otra rama de frutos más pequeños, una que estaba a unos escasos dos metros de su compañera donde, de una sola sentada, caerían dos.


Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
#9


Parecía como si el polvo, la arena y aquellos animales despotricando giraran formando un gran tornado, arrastrándome con ellos; mi sentido de la orientación quedó deshecho, mi rostro se ensanchó en una sonrisa que se convirtió en carcajada cuando el estruendo por fin terminó de pasar. —¡HUHUHYAAHUHYAHUHYA! — “Así son las cosas fuera de casa”, deduje, apoyándome en la corteza de un árbol mirando hacia mis pies descalzos y llenos de tierra. No podía parar de reír.
Una lágrima salió de mi ojo derecho, dándome cuenta de que estaba sola en medio de la jungla y aún corriendo tratando de sobrevivir.

Respiré hondo disipando la carcajada lentamente, sujetándome el estómago tratando de componer un rostro serio, poniendo una sonrisa en la comisura de mis labios. Mi rostro entonces adquirió un seño  peculiar “Que bien se siente estar vivo”.
Todo mi instinto floreció y me encantaba, pero debía ser más consciente. 
Tomé el cuenco que colgaba de mi cintura con la hierba y con la punta de los dedos comencé a colocarla en la pipa, enderezando mi espalda y por fin respirando.
—Paciencia en la forja, veamos... un barco, una estampida, niebla, el aire huele a lluvia y se avecina una tormenta.
Enfoqué mis sentidos, mis pupilas se abrieron, tratando de captar más luz.
Calenté el cuenco metálico con un dedo y di algunas caladas; el humo comenzó a diluirse en el aire nuevamente. Miré hacia arriba, cerrando por un segundo los ojos. Parece que el mar estaba hacia el este, pero no podía decirlo con toda certeza.

El dosel era tan frondoso que el sol poco se filtraba. Solté una calada grande, el silencio de aquel lugar ensordecía; podía escuchar pequeñas patitas, cosas arrastrándose y sonidos entre los arbustos. Sin saberlo, ya estaba caminando, mis objetivos eran claros; debía encontrar a las chicas.
Pero algo me daba mala espina.

Traté de pisar lo más suave y silencioso que pude, cuando sonó: —PEREPEREPEREPERE —casi reverberando contra las enormes hojas verdosas y gruesas, bajé los ojos hacia el den den mushi en el bolsillo de la piel mientras aún andaba, todo mi cuerpo estaba tenso.
La voz de Zhang salió del otro lado. Sonreí de oreja a oreja entonces, pero no emití la carcajada de siempre —Me alegro saber que están bien y que estás con Alana, antes no hubo respuesta —dije, con la voz más calma que pude, —Estoy bien, me separé de las chicas, también las estoy buscando, les encargo a Han —dije, demasiado escueto, demasiado sin tiempo, un nudo comenzó a formarse en mi estomago —Cuidense, maestro. Nos vemos en el barco.

Colgué y tras dar unos pasos más, levanté algunas lianas que colgaban frente a mí, escuchando la voz de Bai. Siempre fue un placer ver a aquella mujer.
—¡Bai! —me apresuré hacia ella dando algunos brinquitos cual gacela sobre las raices que hacian de tapete en el suelo; —¡Estábamos muy cerca! —le dije, mientras que veía las lianas a su alrededor y luego la observaba a ella, sonriéndole y soltando una pequeña risita, mi corazón respiró por un momento —Huhuhyah
—Concuerdo contigo, querida.

“Parece que está bien”, al llegar a su lado, di un pequeño golpecito con mi planta del pie en el suelo, observando lo que ella veía. Mis ojos brillaron, y me relamí los labios arrugando las cejas hacia arriba.
—Se ven tan jugosas… —Aquella algo llegó a mi mente entonces, una fotografía en un libro; —Si no mal recuerdo, una de estas tiene que ser la Fruta del Príncipe, la otra, la de la Belleza Interior. —comenté, lo suficientemente alto como para que Bai me escuchara, pero, la Birkaniana se había puesto manos a la obra, y como ella, no podía quedarme quieta pues solo una rápida mirada bastó para verlos.
Tuve que voltear la cabeza dos veces e inclinarme un poco, di pasos largos con las puntas de mis pies, flexionando hasta avanzar casi a cuatro patas, para llegar al borde del abismo, un abismo en el que habían huevos.

El hueco era enorme —¿Puedes ver esto desde donde estás? —me puse en cuclillas mientras levantaba la voz para que ella fuera capaz de escucharme.
Cinco huevos amarillentos con pigmentación en manchas negras y amarillentas. Eran grandes y pesados.
—Aquí hay huevos… no es figurativo el comentario —dije, mientras soltaba otra calada de humo y señalaba hacia el enorme agujero con los huevos en él, casi soltando una risita.
Me senté en mis talones y extendí las manos suavemente para tocar los huevos, sintiendo la estructura calcárea en la yema de mis dedos, suavecita y calentita al tacto. —HUHUHYAHUHYA
—Estamos en la casa de alguien, Bai.

Off
[Imagen: dtilbUBl_o.gif]
Hablo #e82a1f | Pienso #E86E04 | Narro
Karmas
#10
Mahou cayó al suelo de golpe con la cara plantada directamente en la tierra y la cintura elevada con las piernas apoyadas sobre sus rodillas. Permaneció así por unos instantes, respirando polvo, hasta que alcanzó a escuchar la voz de Kayseira preguntandole si se encuentra bien. Con un resoplido, despegó el resotro del suelo dejando al descubierto la marca embarrada que se le había quedado en la cara y asintió repetidas veces. -¡Si, si estoy bien-uki! ¡¿Lo viste?! ¡Me subí a un dinosaurio-uki, quiero intentarlo de nuevo-uki! 

Mientras hablaba sus ojos se desviaron hacia el suelo removido por la estampida, las enormes marcas profundas aún estan frescas en el barro y Mahou se inclinó ligeramente para observarlas con atención, gracias a esos momentos donde aprovechó para explorar la isla, pudo reconocer a que especie de dinosaurio se le puede llegar a asimilar. - ¡Mira, mira-uki! ¡Eran Deinonychus antirrhopus-uki! - señala como una nerd apasionada de los dinosaurios. 

Pero en ese entonces alzó la cabeza y miró a su alrededor, se dio cuenta de que no había nadie mas salvo ellas dos. - Oye, Kay... ¿y los demás-uki? - no tuvo mucho tiempo para pensarlo cuando escuchó el sonido de unos pasos distantes. Mahou solo se volteó a mirar, y casi al instante percibió un segundo aroma a cigarrillo, ya sabía que uno provenía de Kay ya que antes de todo este caos habia terminado de fumar, pero este era uno nuevo. - ¿Quien es este mono-uki...?

Se incorporó finalmente poniendose de pie, y vio a Kayseira tomar un poco de distancia, aún asi Mahou decidió quedarse donde estaba, se aseguró de llevar todas sus cosas con ella, sujetando el martillo en la mano y comprobando que su bastón siguiera firmemente atado a la cola. Luego metió la mano en el bolsillo y sacó su Den Den Mushi acercándolo a la boca. -¿Hola? ¿Alguien me escucha-uki? - sin despegar la mirada del desconocido.

Lo estaba analizando, no sabía quién era ni qué quiere, y aunque notó el bate que trae consigo, le daba menos miedo que otra posible estampida de dinosaurios. -¿Como funcionan estas cosas-uki? ¡¿Hola-uki?!

resumen


bélico


karmas
Mahou Chikao
¡DIVERSIÓN Y ÁNIMO!
? La Intrépida Sakura
฿ 20,000,000
?Nv.10 — Espíritu Alegre


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)