Onizuka Jin
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Lo último que dejó atrás una vez abandonó el lugar fue una sola cosa: la dirección del restaurante en la que iban a ir. Se sintió vacío al salir de allí, dolido. No había sido como en otras ocasiones. No solo eso, sintió ira. Ser comparado con su jefe, sentirse tan fuera de lugar... pero no poder negar que el rubio tenía razón. Cosas que hasta entonces no había querido admitir bajo ninguna circunstancia. Los recuerdos lo golpeaban a medida que sus pasos iban a... ¿A dónde? Ni él mismo lo sabía. Su jefe le había enseñado todo en cuanto sabía hasta ese momento, todo en lo que se había convertido... Todo. ¿En qué se diferenciaban? ¿Realmente merecía la pena buscar una venganza en la que posiblemente él pudiera ser también parte activa de aquella culpabilidad? Tantas cosas que se le pasaban por la cabeza, demasiadas... Todo su interior estaba hecho un caso. Su alrededor parecía lejano, fuera de lugar, lo único que existía era él, su mirada perdida, el cigarro entre sus labios.

Todo a su alrededor giraba, era un mundo que solo se le escapaba de entre sus dedos, un pensamiento que nunca antes lo había golpeado, una realidad que no había planeado en ningún momento y, en ese momento, le golpeaba de lleno, todo por un solo hombre. Elevó su mano. La compulsividad en fumar ascendía, cada vez con mayor peligrosidad. ¿Cuántos cigarrillos llevaba ya? No lo sabía. ¿Ocho? ¿Doce? Apretó su mano en el mechero que tenía en el bolsillo, cerrándose en un puño que enrojecía su ya pálida piel, marcándolo con una firmeza peligrosa.
¿Dónde debía ir? ¿A dónde pertenecía? ¿Realmente debía hacerlo todo como tenía planeado? ¿Realmente su existencia...?
“¡¡¡NUNCA DEBISTE HABER NACIDO!!!”
Las palabras de su madre regresaron, la imagen de la locura en sus ojos, las lágrimas en sus ojos, el olor a moho, el silencio después de la tormenta, los cristales rotos por los que pasaba. Su mandíbula se tensó y, por un momento, titubeó. La mano que tenía el cigarrillo se quedó entre sus labios, junto al mismo. La mano ahora temblaba con mayor violencia, de forma incontrolable.
No supo cómo, ni de qué forma, pero se encontraba en un lugar lejos, abandonado. Su espalda se pegaba en el polvo de la pared, una edificación a medio construir, con el interior destartalado, más incluso que aquella casa que contaba una historia de Tezca más allá de lo que quizás le fuera permitido. Su espalda comenzó a descender, el cigarro manteniéndose entre sus labios y sus brazos, como si tratara de ocultarse de lo que ocurría a su alrededor, solo se posicionaron sobre su cabeza.
Seguía siendo un maldito débil.
¿Realmente merecía siquiera estar cerca de Tezca? ¿O tal vez solo se estaba ablandando de una forma nada adecuada? Lo único que sabía era que poco a poco dejaba de tener el control de sí mismo, no podía... no debía mantenerse así. Sus ojos ahora cargaban con un cansancio, una mirada vacía, lejana, sin expresión alguna. Siempre había sido así, si cambiaba de objetivo ahora, toda su existencia sería en vano.
[***]
3h más tarde...
Salía de un nuevo edificio, donde hasta entonces se había hospedado. Había recibido una llamada por el Den-Den Mushi de uno de los hombres a los que olvidó mencionar que dejara de seguir a Tezca. Aparentemente había regresado a aquella casa, llena de polvo e historia. No le incumbía, él tuvo claro que, después de su partida, no era bienvenido a su vida privada más allá de lo que hasta entonces habían tenido. Su cabello ahora tenía un peinado distinto y sus ojos se veían incluso distintos. Normalmente era un hombre puntual, nunca fallaba. Sí era cierto que había hecho una reserva, no iba a incumplir una citación. Tal como dijo Tezca era solo eso; una cena. Entre ellos no había nada más... solo eran... Amantes.
Se había terminado dos paquetes de tabaco, tuvo que rellenar nuevamente su cajita de metal. El mechero que meses atrás le había reparado el joven ahora se encontraba oculto en un cajón, resguardado en unos recuerdos que parecía no volver a querer indagar. Pudo ver a Tezca, esperándolo, sus pasos más firmes, su cabello algo distinto, pero las ropas similares, solo teniendo un pequeño cambio al haberse ensuciado de polvo.
—Vamos. Ya tenemos una mesa reservada.
No hubo saludo, no hubo tacto, solo su mano izquierda en el bolsillo y su diestra con el cigarro entre sus dedos. Pasó de largo, entrando en el restaurante, dando solo su apellido. Tal y como mencionó, ya había una mesa reservada, una cerca de un ventanal, apartada del resto de las personas, parejas, acompañantes o lo que fuera que estuviera en ese local. Solo pidió un cenicero. —Espero que no hayas comido nada tampoco. — pronunció con naturalidad, sin atreverse en ningún momento a mirarlo directamente a los ojos.
Tezca Norova
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Ladeé la cabeza al verlo acercarse; se notaba cansado, más de lo habitual. Incluso iba despeinado, un detalle casi imperceptible para cualquiera, pero que desentonaba demasiado con su pulcritud acostumbrada. No era solo el aspecto: había algo en la forma en que caminaba, en la rigidez de sus hombros, en esa ligera demora, pues no me miraba, pero pretendía que lo hiciera en algún momento. Algo no estaba bien, y lo supe al instante. Tenía buen ojo para esas cosas… o tal vez, simplemente, ya me resultaba familiar.
Estaba reincorporándome para tomar su mano o tan siquiera sonreírle, pero el tono de su voz impidió que lo hiciera, el hombre pasó de largo, por supuesto, dando su nombre y todos los detalles correspondientes y aunque había dado un par de pasos para seguirlo… Decidí regresar a la puerta del restaurante, esperando en el exterior. La rabia y el orgullo como cimiento de alguno de las cosas que sentía en ese momento, simplemente no iba a entrar al restaurante hasta que me mirara a los ojos. Continué esperando al hombre con el que tenía una cita, aunque este ya se encontraba dentro ¿Había olvidado que no era un simple trabajador? ¿Es que algo le molestaba? Pues debería comenzar a hablar. No entiendo porque no solo podía decírmelo si ese era el caso. No leo mentes.
Estaba ligeramente molesto y eso que había sido un día extraño: Viene a mi habitación en el peor momento y ahora ni siquiera me ve ¿Debería tomármelo personal? Recuerda las palabras del viejo, Tezca “tienes que ser paciente con las mujeres, son crue… Jin no era una mujer, maldito viejo ¿Qué se hace cuando se trata de un hombre? Me quedaba suspirar y aplicar el mismo principio. Paciencia, Tezca, paciencia ¿Cuánto tiempo habría pasado? ¿Segundos? Tal vez ni siquiera se había percatado, así que regresé al restaurante, cruzándome de brazos, mirándolo. —¿Qué pasa contigo? ¿me entiendes? Te ves terrible ¿Es por que no te esperaba hace 3 horas? Yo soy— Me detuve mordiéndome el labio con fuerza, desviando la mirada mientras bajaba los brazos. —…Estoy cansado, come por ambos, creo que tengo poco apetito. —
Onizuka Jin
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Ahora quien no comprendía al contrario era él. Había reservado en uno de los mejores restaurantes, había gastado sus berries en él y no lo había seguido. Ni siquiera le había hablado. ¿Qué más podía hacer? La mano que sostuvo el cigarro tembló de nuevo, sintió el peso caerle encima, cada vez de una forma más severa. No estaba siendo un buen día. Pudo notar a la camarera acercarse, escuchar sus tacones, pero de repente solo quiso salir de allí. Pese a su falta de alimentación, su hambre parecía haberse desvanecido. —¿Necesita algo, señor?
—Cuando sepa qué ordenar, ya la llamaré. Váyase.
La mujer se mantuvo allí por unos segundos más hasta finalmente notar al rubio acercarse. Por un momento el rostro esperanzador de una joven parecía haberse desvanecido, momento en que se perdió entre las mesas para trabajar. Jin no había ni prestado atención, solo dio una última calada, apagando el cigarrillo sobre el cenicero al escucharlo hablar al fin.
—¿Conmigo? No entiendo a qué te refieres, Tezca.
Sus ojos se elevaron. Qué bien le quedaba esa ropa, qué bello se veía con ese corsé... Pero no podía seguir alzando la mirada. Elevó su mano, frotando sus ojos con los dedos índice y corazón. —No he reservado mi estómago para luego cenar solo, Tezca.
Pero sentía que su apetito también se desvanecía. Sus manos tembaban al momento de regresar a su bolsillo, tomar su cajita de metal. Dos. Solo quedaban dos cigarrillos de su tercer maldito paquete, y se comenzó a desesperar. —Siéntate, Tezca. Por favor. Tú no has hecho nada, no hay nada mal contigo, así que siéntate y come. — tampoco sabía qué más decir, solo el clic de su mechero, uno. Dos... Tres... Mierda, había gastado el gas de todo lo que había fumado ese día. Los temblores regresaron, junto a su sudor frío. Mierda. Lo necesitaba...
Necesitaba fumar...
—Si no vas a comer, que cada uno regrese de donde ha venido, porque olvídate de que lo haga tampoco. No me gusta malgastar mi tiempo, y solo te lo entrego a ti. — sus dedos se apretaban entre sí, retirando el cigarrillo de entre sus dedos, tratando de mentalizarse. Sentía una tensión entre ellos, demasiado intensa. No poder fumar lo estaba frustrando y, dada la situación que se estaba dando, ni siquiera se atrevía a pedirle prestado un encendedor al varón.
Tezca Norova
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¿Esta sería una derrota para Tezca Norova?
No, claro que no, pero había decidido llevar a cabo una tregua justa. Estaba preocupado, el hombre frente a mí parecía sudar, temblar ¿Qué estaba pasando? ¿Se sentía mal físicamente? Mierda. Alcé la mano para llamar a la mesera y sin siquiera esperar a que hablara pedirle un vaso de agua fría, regresando la mirada al mayor. —Justo a esto me refiero ¿Qué te pasa? Si te sientes mal podemos regresar. Mira tu estado ¿Aún así quieres que me siente y coma? No lo entiendo… ¿Es por lo que hablamos temprano? ¿Tiene que ver con tu preocupación porque conoceré a tu jefe? Insistes tanto en preocupar ¿me entiendes?— A este punto miraba a la mesa y a él repetidas veces, casi como si intentara adivinar que era lo que le pasaba, soltando un suspiro mientras cubría la mitad de mi rostro con una mano, apoyando el codo sobre la misa sin poder disimular lo cansado que me sentía.
Lo miré incluso quitándome los lentes, mi voz mucho más apagada de lo que pretendía. — Comamos. Merecemos esta cena y… te la agradezco de verdad. No diré más sobre lo que sea que esté pasando aquí. Tengamos una buena cena.— volví a afirmar, sin mirarlo, mirando a los lentes que recién me había quitado ¿Por qué esta situación no se sentía tan bien como lo esperaría?
Tomé el menú al costado, tal vez lo habrían dejado antes que llegáramos, observando las letras sin realmente leer nada, ni siquiera quería tomar algo en realidad, me sentía parcialmente asqueado del evento más temprano y por supuesto, me sentía insatisfecho por lo que no pude evitar pronunciar palabra. —…¿Qué tanto me vigilaron tus trabajadores? ¿Desde hace cuanto? ¿Cómo… supieron que me hospedaba? La habitación… hay un par ahí.— De verdad no quería; planeaba dejar el tema en paz pero era una pequeña semilla creciente que no paraba de molestar, había ido a muchos lugares… había ido a ese lugar.
Onizuka Jin
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Los ojos de Jin se elevaron. Sus ojos revelando al fin el estrés, la tortura mental a la que se estaba viendo sometido y a la que lentamente iba cayendo. —Tú no sabes nada. — Se silenció de repente, su voz se había vuelto firme, serio, por un momento incluso le tembló la voz.
—El encuentro no es algo que se deba hablar en público, sé que lo sabes.
No detalló si era a su jefe, pero estaba claro a qué se refería. Todo bajo grandes precauciones. Como ya se había habituado, y ahora no deseaba en absoluto que Tezca se viera involucrado en un mayor peligro. Desde luego que no. Incluso en ese estado, la seguridad del rubio seguía siendo su máxima prioridad. Descendió su mano, viendo el agua frente a él. Lo único que quería era fumar... Solo fumar hasta toser que sus pulmones cedieran.
—Bien. Cenemos.
Elevó su mano, llamando de vuelta a la camarera. Al fin, pudo pedir un encendedor, haciendo que aquellos temblores y sudores fríos finalmente, aunque de forma leve y lenta, fueran disminuyendo poco a poco. Una calada, larga. ¿Cuántos iban ya? Ni él lo sabía. —Traiga también vino. — Ahora quien quería emborracharse era él. No prestó siquiera atención al menú, ni siquiera cuando sus ojos estaban enfocados en la hoja que estaba frente a él. Pidió lo primero que vio recomedado y lo dejó sobre la mesa, acercando el cenicero para lanzar las cenizas. Por supuesto, también tomó prestado temporalmente el mechero, que la camarera solo disfrutó con una leve sonrisa, no solo observándolo a él, sino también al rubio.
—…¿Qué tanto me vigilaron tus trabajadores? ¿Desde hace cuanto? ¿Cómo… supieron que me hospedaba?
La esperada... o no tan esperada quizás, pregunta, llegó. Sus ojos se elevaron a la altura de su pecho, donde el colgante brillaba con aquella ropa, sobre su pecho. Cerró los ojos, sentía que eso no iba a acabar nada bien.
—Más de lo que te gustaría quizás.
Sonó frío, acercando la copa de vino en el momento que la propia botella llegó, llenando solo su propia copa. Suficiente había tomado el contrario. Qué irónico. Solo que, a diferencia de él, Jin sabía tolerar mejor el alcohol. —Igual que tú no indagaste demasiado, no voy a indagar tampoco sobre tu vida. Tienes el derecho de guardar secretos. — No lo dijo directamente, no lo haría. Tampoco diría si había estado o no allí, incluso si las huellas de sus zapatos habían quedado en el polvo de aquella casa destartalada que todavía estaba registrada en documentos. Elevó su mano, con el cigarrillo entre sus labios. Abrumado, estresado, cansado... La idea de verse como su jefe lo estaba agobiando de sobremanera.
—Tú mismo lo has dicho.
Hizo una pausa, sin apartar su mano, el humo solo se elevaba por encima de su cabeza. —Solo somos amantes, y trabajas para mí. No tienes por qué preocuparte de lo que pase o deje de pasarme. Ahora mismo quien te tiene que proteger soy yo. — Por mucho que su pecho lo oprimiera al mencionar esas palabras, era lo mejor. Sí, era lo mejor. —Como te he dicho, no preguntaré ni indagaré sobre... lo que sea. — Apartó su mano de su rostro, dando una nueva larga calada. —Puedes estar tranquilo, sigues teniendo un trato preferencial.
Tezca Norova
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Fruncí el ceño en disgusto, esto no me estaba gustando; en lo absoluto. Me crucé de brazos mientras pedía la recomendación o que se yo y vino, un vino que se podría acabar si quisiera, no tenía ganas de ni una gota. Tampoco es como que me preguntara nada. El mayor lucía cansado, agotado incluso al punto que quería llevarlo de regreso a su casa o donde mierda se estuviera hospedando, yo no soy el que anda vigilando gente. — Una mierda, Jin. No me vengas con eso cuando literalmente tus hombres me siguieron, ya indagaste y esto solo me lo confirma ¿Quieres saber por qué me desaparecí? Bien, hagámoslo aquí ¿Por qué no?—
Las palabras consecuentes del hombre solo hicieron que me hierva la sangre, aunque yo era el que había afirmado que en efecto era amantes, ese acompañamiento demeritaba la palabra por mucho. Era demasiada desacreditación, moví ligeramente mi cabello antes de mirarlo con enojo. — Trato preferencial… pues vaya preferencia la que vivo ahora.— A este punto ni siquiera me importaba el escándalo que pudiera hacerse, estaba bastante irritado por la situación. — ¿En qué estaba? Por supuesto. Esa casa, en la que tus hombres observaron joderme mentalmente ¿Estaba en sus notas? ¿En qué estado me describieron? ¿Triste? ¿Al borde del colapso? ¿Trágico?— sentí que las palabras se me atoraban ligeramente en la garganta, carraspeando antes de tomar la palabras una vez más. —No pudieron comunicarte lo que pensaba así que lo haré por ti. Quería quemarla, hasta cenizas. El viejo…— Retomé aire, había abierto la caja de Pandora y no sabía cómo continuar. No sabía si quería continuar; decir en voz alta lo que había pasado… habían sido años, ya lo había superado ¿verdad? Por supuesto que sí. Debe ser hasta ridículo. —Mi tutor falleció en esa casa, fue el día que asimilé que estaba hasta la puta mierda de la vida que llevaba y decidí salir al mar ¿me entiendes? Busqué pistas por tanto tiempo pero el imbecil asesino supo cómo ocultarlas. Voy… a veces, viví ahí casi toda mi vida, fue más mi hogar que la casa de mis padres biológicos, aunque no todo era tan… bonito… Tenía lo suyo, y si me tenía que ir; fue porque quería quemar la casa, pero debería investigar una vez más ¿verdad? Solo por eso no puedo quemarla todavía.— Casi fue un monólogo, bajando la cabeza exhausto mientras notaba de reojo el platillo llegar y ante mi propio silencio solo pude reír, extendiendo la mano para que me diera un cigarro. — me lleva el carajo, Jin… Las cosas que me haces decir.—
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—Ahora no, Tezca... por favor...
Fue en vano, el estallido, sus palabras, todo estalló, todo solo haciéndolo sentir incluso más culpable de la situación de por sí. Si en un inicio hubiera llegado a tener algún tipo de apetito, solo se desvaneció en el aire. Sus manos ahora estaban sobre su cabeza, sin saber bien qué responder, tratando de asimilar toda esa información. Ni siquiera le reprochó que se llevara uno de los pocos cigarrillos que le quedaban.
Información le atacaba, una tras otra, una que hubiera preferido no escuchar. Sus manos se apretaron en su propio cabella, desordenándose todavía más. No quería estar allí, de repente sintió, por primera vez en toda su vida, que todo se estaba desbordando, todo estaba saliéndose de control. Nada parecía ser controlado... y lo odiaba, le frustraba. Escuchó los platos ponerse sobre la mesa, pero ni siquiera observó a la camarera, que ahora se veía preocupada, incluso algo incómoda, dejando el pedido sobre la mesa. Algunas miradas ahora también estaban puestas sobre ellos.
—Nunca quise esto, Tezca. No era mi intención.
¿Y qué más podía hacer o decir? Ahora solo comenzaba a derrumbarse todavía más. La culpabilidad le hacía caer en un abismo desconocido, sintió su interior aplastarse, destruirse... Tezca quizás pudiera verlo detrás de Jin, alguien acercándose a ellos. ¿Preocupado? ¿Quizás solo los mandaría en silencio?
Alerta.
El instinto de Jin se disparó en un solo instante, reaccionando de forma instantánea. No se pudo ver cómo, ni cuándo, pero para entonces había una daga en el cuello de quien fuera que se había acercado a sus espaldas. Jin jadeó, su mano comenzó a temblar. Era un hombre más alto que él, con una expresión muchísimo más dura. Alguien que no esperaba en ese lugar.
—Veo que tus bienvenidas no cambian, Jin.
No... No era el momento. Ahora no. AHORA NO. Luchó internamente, sus cejas frunciéndose, buscando mantener el control mental que había perdido. Si flaqueaba frente a él, estaba todo perdido.
—Pensé que al menos un viejo como tú me avisaría antes de aparecerse de la nada.
La daga descendió lentamente, colocándose en una funda que había oculta detrás de su traje, entre su abrigo y su pantalón. Cerró los ojos, pasando su mano por su cabello, en un intento inútil de peinarse el desastre que estaba teniendo en ese momento. Los ojos del más alto buscaron la mirada entonces del rubio. —Lo sabrías, si me hubieras respondido al Den-Den Mushi hace una hora. — No pudo responder, solo se quedó quieto allí, mientras el hombre alto avanzaba unos pasos, prácticamente arrebatando el asiento donde estaba hasta entonces Jin sentado. A sus espaldas, él comenzaba a temblar, apretando los puños con tanta fuerza que incluso, pese a su pálida piel, podía verse cómo se volvía todavía más blanquecino. Entonces el hombre reveló de su diestra un cigarrillo, dando una calada, dejandolo entre sus labios y analizando de arriba abajo con una sola mirada a Tezca.
—Debes de ser tú. El hombre del que Hakes me habló.
Jin se volteó, mirando casi con súplica a Tezca. No podía haber peor momento. —No puedo creerme que estés perdiendo mi tiempo, Jin. ¿En serio? ¿Una cena? Los dos arreglados, me has hecho perder el tiempo llamándote por una estúpida cena.
—Es una formalidad.
La voz de Jin parecía imperturbable, sus ojos de repente habían cambiado, como si todo aquel ser que conocía Tezca hubiera muerto en sus ojos ahora vacíos. —Hablaba con el señor Norova de nuestro futuro encuentro... ¿No es así? — Sus ojos se elevaron, deseando que en silencio le siguiera la corriente. Era... demasiado complicado, demasiado en ese momento. —Él es el líder Onizuka, Te-... Señor Norova. Raigo Onizuka.
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Aunque había escuchado su súplica, no podía detener las palabras, como si fueran vómito: amargas, cansadas, difíciles incluso de escuchar. En el instante en que aquello salió de mi boca supe que, de verdad, no era el momento. Demasiado tarde. La culpa me cayó encima con un peso seco y repentino, obligándome a callar de golpe, a cerrar las manos en puños hasta sentir la presión en las palmas, como si así pudiera retener lo que ya había dicho.
Maldita sea. Había hablado de más, otra vez. Sentí el calor subir por el pecho, una mezcla de vergüenza y frustración que me tensó la mandíbula. Aparté la mirada, concentrándome en cualquier punto fijo para no enfrentar de inmediato la reacción ajena, para darme un segundo en el que recomponerme. Respiré hondo, despacio, forzando el aire a entrar y salir como si eso bastara para poner orden al desastre.
Estaba más en control que esto. Siempre lo estaba. O al menos eso me repetía, como un mantra aprendido a golpes y hierbas raras, como una verdad que necesitaba creer incluso cuando se resquebrajaba. Pero en ese momento, con el silencio instalado entre ambos y mis propias palabras aún resonando en mi cabeza, el control se sentía frágil, casi una ilusión sostenida por pura costumbre.
No dije nada más. Me limité a quedarme ahí, rígido, esperando que el nudo en el pecho cediera y que el daño no fuera tan profundo como temía.
Estaba tan atrapado en mí mismo que no pude evitar voltear tarde ¿Qué tan tarde? Lo suficiente tarde para notar que Jin estaba a punto de matar a alguien, me alarmé, por supuesto, pero al escuchar las palabras del hombre desconocido supe que la obra había comenzado. No era un comensal molesto ni un sicario o algo parecido. Mi tutor había dicho que puedes conocer mucho de una persona con solo mirarla y olerla. Este hombre olía a muerte, no a ese tipo de muerte, el normal que todos conocen de alguien que tal vez comete actos atroces o que los ha vivido. Olía a finalidad, a “Más allá de este punto no encontrarás nada, excepto tu propio final” Peligro. Mi sentido de supervivencia rápidamente pateó y no pude evitar regresar a mi usual manía, ya sea por adrenalina, empatía o algún otro sentimiento que no podía descubrir.

Y así como el hombre lo hizo, lo miré de abajo hacia arriba con una sonrisa seductora en el rostro, cerrando ligeramente los ojos mientras volvía a colocar mis lentes con elegancia, levantándome del asiento con una ligera y cordial reverencia. —Tezca Norova, es un placer, le agradezco por cuidar al señor Onizuka por tanto tiempo. — El tono de mi voz era dulce, juguetona, el tono de un comerciante que confiaba más en como vendía el producto que el producto en si mismo.
Rodeé la mesa, acercándome a Jin como si del primer dialogo de la mejor obra de los Blues se tratara, con elegancia señalándole la silla que había dejado libre. —Señor, por favor. — Y de la misma forma le hablé al pelinegro, mirándolo de reojo esperando que pudiera detectar mis intenciones. Yo me encargaría de esta situación, posando mi mano sobre su hombro intentando darle seguridad antes de llamar a la mesera y pedirle otra silla.
¿Mediador? Lo había sido antes, convencer a las personas era mi talento natural, por lo que coloqué la silla en medio de los lugares de ambos hombres, todavía con la sonrisa y seguridad plasmados en el rostro, entregándole uno de los menús al hombre. — Mi recomendación personal es una exquisita reserva de Hakail ¿me entiendes? El señor Jin estaba tomando ese más temprano. Espero que no sea una molestia, señor pero tienen el mismo apellido, necesito comunicar a quien me estoy refiriendo. — Miré a Jin, bajando las manos a mi regazo, antes de regresar la mirada al otro Onizuka. —Por favor, señor Onizuka, no sea tan estricto. Debe usted saber, tanto como su humilde comerciante que las cenas de trabajo son imprescindibles para una relación laboral idónea, la gente necesita hablarse para saber que quieren ¿verdad? Es un honor que nos acompañe esta noche...
¿Qué otra noche podría ser? — Había un ligero veneno en la voz, sin dejar esa suavidad y seducción en la voz, llevando la mano a mi cabello para acomodarlo, mirando de reojo a Jin solo para saber como se encontraba.
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Los ojos de Jin se volvieron a Tezca. El cambio había sido radical, pero el miedo no era ese, no al menos en ese momento. No. Había algo mucho peor... También sabía qué tenía que hacer, solo fingir que no había ocurrido, deseando que fuera el caso. No contestó a Tezca, miró la silla que acababa de vaciar y caminó hacia ella. El toque en su hombro, afortunadamente, le hizo retomar la compostura, volver a ser el mismo de siempre frente al hombre frente a él. Por otro lado, el que era llamado “Gran Jefe” observaba con mayor detenimiento a Tezca, viendo que la cercanía era mayor, elevó su mano, sin siquiera apartar el cigarrillo de entre sus labios en ningún momento.
—Veo que tiene buen gusto con el vino, joven Norova.
Sus palabras salían despacio, como si una amenaza fuera a transcurrir en cualquier momento, pese a aquella media sonrisa que iba a atacar directamente al rubio de cabello largo. Hizo una pausa, ahora observando al propio Jin en un aire más divertido.
—No se preocupe, escuché que lo llama por su nombre.
Ahora sí, apartó el cigarro de entre sus labios, dejando caer las cenizas sobre el cenicero que apenas hacía unos segundos había estado utilizado Jin. —Aunque tiene un punto, las cenas son una buena conexión, más cuando se hablan de negocios. — Retrocedió su espalda en el asiento, elevando sus manos con una paciencia calculada. —Sin embargo... Parecía bastante molesto... — Descruzó sus brazos, solo para cruzar sus piernas, volviendo la mirada, ahora más firme y segura, hacia Tezca.
—Porque claro, parece que su tutor fue importante para usted, señor Norova.
Jin apretó su puño, claro que lo escuchó, Tezca había descargado todo, eso era malo. Malo. MUY MALO. Al fin tomó el valor de hablar, inclinando su espalda, acomodando sus codos sobre la mesa.
—¿Acaso eso es relevante?
—Oh, desde luego que lo es, teniendo en cuenta que escuché que te estás ablandando, Jin. — Hizo una pausa, tomó el paquete que tenía, lanzándolo sobre la mesa. Jin lo observó, un silencioso símbolo. —No olvides a dónde perteneces, Jin. — Su rostro se veía más serio. El pelinegro tomó miró el paquete, con aire serio, manteniendo la firmeza inicial.
—¿Por quién me tomas? No sé qué diantres te dijo Hakes, pero siento que estás teniendo ideas erróneas.
El rostro de Raigo se elevó, sus ojos firmes, fijos en el contrario, como una silenciosa amenaza, un amo domando a su mascota, a punto de pisotear una hormiga. Jin, sin embargo, no se veía amenazado ni amedrentado, tomó un cigarrillo del paquete que le fue ofrecido, encendiéndolo con la misma calma y eficacia que cuando trataba con un negocio. —Eso imaginaba. — Volvió la mirada a Tezca, aprovechando para elevar su brazo libre hasta su mentón, tomándolo sin agresividad. Sus dedos se paseaban por donde se encontraba el contrario. —Y tú, si tan bueno eres sabiendo de vinos, estoy seguro de que serás mejor en otros asuntos. — El tono era coqueto, divertido. Jin apretaba la mandíbula, ardiendo por dentro, disimulándolo fumando. —Pero escúcheme bien, jovencito. No olvide que puedo aplastarlo en un segundo, entregarle al asesino y que disfrute recordándole qué le pasó a su tan ansiado tutor... — Ahora los dedos cambiaron de posición, apretando los laterales de la mandíbula de Tezca con más firmeza.
—Espero que tenga en cuenta que en este trabajo no tolero errores, mucho menos faltas de respeto.
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“Porque claro, parece que su tutor fue importante para usted, señor Norova”
¿Qué tanto habría escuchado el hombre? Mi sonrisa ladina flaqueó por un segundo, apenas, solo apenas, distrayéndolo inmediatamente con un ligero asentir, mierda, mierda… Esta situación no era ideal.
Mi mente empezó a correr más rápido que mis labios, repasando cada palabra dicha, cada silencio que tal vez había sido demasiado elocuente, cada gesto que podría haber delatado más de la cuenta. Sentí cómo la tensión se me deslizaba por la espalda, fría y pegajosa, mientras sostenía aquella expresión calculadamente relajada, esa que tantos problemas me había evitado… y que, con suerte, volvería a salvarme ahora.
Incliné levemente el rostro, como si evaluara algo trivial, dándome un segundo para recomponerme. No podía permitirme parecer nervioso; el nerviosismo era un lenguaje universal, uno que incluso el más torpe sabría interpretar. Inspiré despacio, permitiendo que el aire llenara mis pulmones antes de dejarlo escapar con la suavidad de quien no tiene absolutamente nada que ocultar.
Mis dedos se movieron con naturalidad, acomodando un pliegue inexistente en mi ropa, un gesto automático, casi elegante, pero que en realidad era una excusa miserable para mantener mis manos ocupadas. Lo observé de reojo, tratando de descifrarlo sin parecer que lo hacía. Su postura, su respiración, la dirección de su mirada… cualquier pista serviría. Necesitaba saber si estaba jugando con cartas abiertas o si aún tenía margen para mentir con gracia.
—Bueno… —dejé escapar, con un tono tan despreocupado que hasta a mí me resultó sospechoso, pensé en demostrarle quien era en realidad, como una victoria de la guerra más sangrienta que podría pero la situación no era aquella. El hombre me observaba, con atención, ni siquiera me inmuté cuando sus manos pasaron por la piel de mi rostro, solo lo observé, analicé, sin darle espacio a la incertidumbre. Mi sonrisa regresó, esta vez un poco más afilada, más medida. Si había escuchado algo, lo descubriría pronto. Y si no… bueno, no sería la primera vez que me preparaba para apagar un incendio que tal vez ni siquiera existía. Pero, por si acaso, ya podía sentir el humo rozándome la garganta. Su apretón solo hizo que lo mirara con cierta curiosidad, no hubo quejido, era como una pequeña luz que se encendía, no lo moví, no hice que me soltara, solo continué sonriendo… ¿Este hijo de puta se creía tan especial? —¿Y cuando es que aquellas faltas han sido cometidas? Una advertencia sin sustento no es más que expectativa. Un sueño, en el más vulgar de los casos ¿Usted sueña, lord Onizuka? Sabe… las prevenciones para un desastre natural, solo se hacen cuando existe un peligro, aunque debo admitir que muchos confunden peligro con oportunidad. Lord Onizuka ¿Tiene tan poco trabajo que mis metas personales son de su completo interés o es que cree que mi trabajo ha sido tan poco recompensado que pretende hacer algo de valor por mí? Usted que es tan… atento, señor. — Continué, bajando ligeramente la cabeza, intentando que tuviera que hacer más fuerza con la mano para mantener la postura o al menos que sus cortas uñas se clavaran en mi piel. — No olvide que he sido una bendición, amable jefe ¿me entiendes? —
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