Un día más en la oficina [AV. T1- Presente Relativo]
#1
Pueblo Baquella, Isla Baterilla.

Día 26 de Primavera, Año 17.

El amanecer en Baterilla suele ser un espectáculo de serenidad. El sol del día 26 de primavera se eleva sobre el horizonte, bañando con una luz dorada las paredes blancas de Baquella. Desde la distancia, el pueblo parece una maqueta perfecta de tejados naranjas que contrastan con el azul intenso del South Blue. Sin embargo, para quien camina por sus calles, la realidad de hoy es muy distinta a la postal idílica que ofrece el gran faro desde el acantilado.

Desde las primeras horas de la jornada, el Den Den Mushi de la patrulla no ha dejado de emitir señales de alerta. Las voces de los operadores suenan distorsionadas, pero el mensaje es claro: las tabernas de la zona portuaria se han convertido en hervideros de violencia. Varios grupos de marineros, aprovechando el escaso número de efectivos permanentes en esta zona de la isla, han iniciado una serie de altercados que ya han dejado a varios vecinos heridos y daños materiales en las fachadas de las blancas viviendas de Baquella. Se habla de una nueva pandilla, conformada por los tripulantes licenciados de una de las flotillas mercantes que ha hecho escala en la isla en la última semana, que ha decidido hacer de uno de los barrios del pueblo su nueva residencia permanente.

La orden recibida es directa y no admite interpretaciones: patrullar la zona de conflicto, disolver los posibles focos de pelea y, por encima de todo, identificar y detener a los cabecillas. Los mandos sospechan que estas bandas no están actuando de forma aislada, sino que hay al menos una figura instigadora que coordinan los disturbios para empezar a reclamar un impuesto negro de "protección".

Los informes que se han recibido son los siguientes:
- En la zona sur del puerto, la taberna El ancla rota ha sido reportada en múltiples ocasiones como un lugar de reunión para los miembros de esta nueva banda.
- Asimismo, en la zona del mercado, un grupo formado por ocho mercaderes han organizado una protesta urbana para pedir a las autoridades que actúen de una vez por todas contra los malhechores, es posible que alguno tenga información.

La caja de Pandora
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#2
Al despertar por la mañana esperaba un día agradable, era primavera, los pájaros cantaban y el sol resplandecía con un brillo y una calidez agradable. Dispuesto a hacer una ronda de patrullaje tranquila por el pueblo dejé mis guantes en la habitación y solo me llevé mi Den Den Mushi, normalmente no los necesitaba y prefería ir lo más ligero de equipaje posible. Al salir de mi habitación me encontré de bruces con uno de mis superiores, que canceló mi planificación para el día y me dio nuevas instrucciones —Menudo follón...— El marine que me dio los informes se retiró, no antes de propinarme un duro golpe en la cabeza por mis malas formas. Una vez se fue dije, murmurando para evitar que pudiese escucharme desde la distancia —Da igual lo que entrene, sus golpes son los peores jajaja—

Los planes habían cambiado, no sería un día rutinario saludando vecinos y ayudando a ancianas a cruzar la calle, al parecer hoy tocaba bronca. Unas ratas estaban perturbando la tranquilidad y la armonía del pueblo —Grupos de "Marineros" eee...— Entré rápidamente de nuevo en mi cuarto, cogí mis guantes y me los equipé, si a lo que me enfrentaba eran piratas, mientras más contundente, mejor. 

Al salir del cuartel tenía que elegir una dirección, según los informes los dos focos a tener en cuenta eran las protestas en el mercado y la taberna del puerto. Por mi parte no tenía mucho que pensar, ir al mercado implicaba involucrar a civiles en el asunto, sus protestas eran legítimas y cesarían una vez hiciésemos nuestro trabajo como se espera de los marines, sabía que era probable que tuviesen relación con los maleantes, pero aún así decidí no involucrarlos directamente. Si quería conseguir información el método era simple, entrar al bar, y golpear a esos arenques hasta que me dijesen donde se encontraban los cabecillas si es que se encontraban allí.

De camino al puerto se podía apreciar la preocupación de los vecinos en el pueblo, temían que el foco de conflicto se propagase por la isla como si de una peste se tratase, no era para menos, nadie merecen que le roben la paz y la tranquilidad que se han ganado con el sudor de su frente. Podía escuchar murmullos mientras me dirigía al bar, algunos preocupados comentando la situación, otros parecían aliviados al ver presencia de la Marina en la zona y algunos parecían quejarse de la falta de personal al ver que patrullaba solo —Es verdad que los viejos son un poco agarrados...—  Pensé mientras me rascaba la cabeza. Por mi parte caminé con paso firme y erguido mientras mantenía una sonrisa agradable, era el deber de los fuertes transmitir tranquilidad a los más débiles. 

Finalmente llegué a la taberna del sur del puerto, la sutileza nunca fue mi estilo, así que procedí como de costumbre. Abrí la puerta de una fuerte patada y entré al bar, luciendo con orgullo mi uniforme de la Marina

—Hablo—
—Pienso—

Off
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#3
El estruendo de la puerta al golpear contra la pared de piedra blanca silencia instantáneamente el caos que reinaba dentro de El Ancla Rota. El aire en el interior es denso, cargado de humo de pipa y el olor amargo del alcohol derramado. Tras la barra, el tabernero, un hombre enjuto con el rostro pálido, sostiene un paño tembloroso mientras tres hombres de aspecto rudo le exigen que "contribuya al bienestar del muelle".

La entrada de Juan Sebastián, con el sol de Baterilla recortando su imponente silueta de gyojin y el uniforme de Marine reluciendo, cambia el foco de la tensión. Con gran sorpresa, varios hombres distribuidos por las mesas comienzan a levantarse, y el murmullo que recorre la sala es una mezcla de sorpresa y hostilidad contenida.

—Vaya, vaya... parece que el servicio de limpieza ha llegado antes de lo esperado —gruñe un hombre sentado en una mesa central. Es un tipo macizo, con los nudillos vendados y una casaca descolorida que aún conserva los galones de una marina mercante de la que probablemente fue expulsado.

A su alrededor, otros cuantos individuos se levantan con lentitud, dejando sus jarras sobre las mesas de madera astillada. No son simples borrachos, tan solo aparentaban serlo, pero con la llegada de Juan Sebastián se mueven con la coordinación de quienes están acostumbrados a pelearse. En una esquina, un hombre visiblemente más anciano cierra un pequeño cofre de madera y un libro de cuentas, donde parece que estaban registrando los "pagos" y se levanta para salir por una puerta lateral.

El líder del grupo, el de los nudillos vendados, escupe un trozo de tabaco al suelo y se encara con el gyojin, ignorando —o fingiendo ignorar—  las extremidades de Juan.

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—Escucha, marisquito. Este es un pueblo pequeño y nosotros somos muchos. Si eres inteligente, darás media vuelta y dirás que aquí no pasaba nada. Este "impuesto" es para asegurar que ningún barco se hunda misteriosamente en el puerto. Es puro negocio, ya me entiendes.

Mientras habla, varios de sus subordinados empiezan a flanquear a Juan Sebastián por la izquierda. Uno de ellos desenfunda una porra de plomo, mientras el otro rompe una botella de ron contra el borde de una mesa, creando un filo irregular y peligroso.

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El tabernero aprovecha la distracción para agacharse tras la barra, dejando a Juan como el único obstáculo entre estos matones y el control total del puerto sur. El ambiente es una olla a presión. Los civiles que quedan en la taberna observan desde los rincones, esperando ver si la justicia de la Marina es tan sólida como el caparazón del oficial que acaba de irrumpir en su guarida.

La caja de Pandora
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#4
Al entrar al bar lo primero que azotó mis sentidos fue el olor a alcohol, acompañado por un sonido de muchedumbre que cesó a medida que mi presencia empezaba a acaparar la atención de los presentes —Hehe, ha sido una buena entrada— Pensé, ¡Un marine tiene que actuar con presencia! ¡Con estilo! Para calmar los corazones de los afligidos. Una vez uno de los tipos se dirigió a mi, varios hombres empezaron a levantarse con caras de pocos amigos. Llamó mi atención un viejo señor que se marchó por la puerta lateral, seguramente un pobre anciano que intentaba escapar del foco de conflicto. 

El que parecía ser el líder de los maleantes, me amenazó, tratando de que hiciese la vista gorda con sus tropelías, un intento fútil, pues la justicia no se achanta, la justicia no retrocede. Antes muerto que abandonar a la gente de bien, que se esfuerza por salir adelante. Varios de sus secuaces empezaron a rodearme, mientras cogían porras o botellas rotas, era una situación que resultaba casi nostálgica, yo en un bar... Rodeado de gente... Rompiendo cosas... Mis superiores se encargaron de que aprendiese la lección, esta vez tendría cuidado con el local, o al menos lo intentaría. Además, esta vez en el bar quedan civiles, así que tenía que controlarme. 

Antes de darme cuenta ya me encontraba rodeado por veinte hombres, si es que se les podía llamar de esa manera. Soy un poco tímido, por lo que la situación me daba un poco de vergüenza, así que tomé la mejor decisión posible y empecé a arremeter contra los asaltantes. Lo primero que hice fue placar a los de mi izquierda, estampando a varios entre la pared y mi gran cuerpo, cuando los que estaban más cerca se abalanzaron sobre mi, reaccioné usando mi pinza para lanzarlos lejos, y mientras gritaba —¡¡QUITARSEE!!— estampándolos contras las mesas y las sillas del local. Con solo dos movimientos acabé con casi la mitad de ellos, y me encontraba con el hombre que llevaba la botella rota de frente, intentó clavármela en el abdomen, pero justo antes de que impactase, le agarré de la muñeca que la empuñaba e hice que se clavase a si mismo la botella en el hombro. Derrotar al resto fue más sencillo, tras ver como había acabado con sus cómplices, atacaban llenos de dudas, con miedo... Alguien que duda es débil, eran ratas de poco pelo y me encargaría de mandarles de vuelta a las alcantarillas. El último en pie aparte del jefe era el tipo con la porra, al cual levanté en alto, agarrándole del cuello para estamparlo con furia contra el suelo.

Ya solo quedaba el cabecilla de estos debiluchos así que me dirigí a el para hablarle mientras me crujía los nudillos (Y la pinza) —Conque Marisquito eee... Prepárate mono sin pelo, te voy a enseñar modales— Antes de darle tiempo para responder, me transformé en mi forma híbrida, me acerqué lo más rápido que pude teniendo el cuenta el cansancio de haber peleado con un pequeño tumulto antes, ayudándome de un pequeño salto para coger impulso y le asesté un golpe con mi pinza. 

—Hablo—
—Pienso—
Off
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#5
El interior de "El Ancla Rota" ha pasado de ser una taberna tensa a una zona de guerra en cuestión de segundos. El ímpetu de Juan Sebastián ha sido devastador. Mesas partidas por la mitad, cuerpos de subordinados gimiendo entre el serrín y el olor metálico de la sangre mezclándose con el ron derramado. La demostración de fuerza gyojin ha sido absoluta, limpiando el local de la escoria que lo infestaba.

Sin embargo, en medio del torbellino de violencia, hubo un punto de calma inquietante. El líder, el hombre de los nudillos vendados y el tatuaje del ancla espinada, no movió un dedo para ayudar a sus hombres. Apoyado en la barra, terminó su jarra con una lentitud exasperante, observando cada placaje y cada golpe de pinza de Juan Sebastián por encima del borde de peltre. Sus ojos fríos y calculadores no perdieron detalle de la técnica y la fuerza bruta del Marine, evaluándolo como quien evalúa una presa difícil.

Justo cuando el último subordinado impactaba contra el suelo, el líder apuró el último trago.

— Con que el "Marisquito" aún está vivo a pesar de estar ya rojo, ¿eh? —murmuró para sí mismo mientras Juan Sebastián comenzaba su transformación.

El sonido del caparazón de Juan expandiéndose y reconfigurándose en su forma híbrida llenó el local, una visión imponente de poder marino y autoridad. Con un impulso que hizo temblar las tablas del suelo, el gyojin se lanzó al ataque, su pinza principal chasqueando con la fuerza suficiente para partir un mástil, buscando destrozar al cabecilla en un solo movimiento.

Pero su objetivo no se quedó quieto esperando a que lo golpease.

Para ser un hombre de complexión pesada, el líder se movió con la fluidez resbaladiza de una anguila. Con un movimiento ensayado mil veces en peleas de bar, se dejó caer y rodó por debajo del barrido de la pinza mortal de Juan. El ataque del Marine solo encontró aire y el borde de la sólida barra de roble, arrancando astillas y haciendo vibrar toda la estructura.

Una risa ronca y áspera brotó desde detrás del mostrador. La jarra de peltre vacía voló por los aires, estrellándose inútilmente contra la pared del fondo.

—¡Tienes un caparazón muy bonito, Marine! ¡Pero estás espantando a la clientela, y la sopa de tortuga y cangrejo no combina demasiado bien!

El líder emergió de detrás de la barra como un resorte, con una sonrisa salvaje en el rostro y el cigarro aún milagrosamente pegado a la comisura de sus labios.

—Asi que... lo siento, amigo... —gruñó, plantando los pies en el suelo y echando el brazo derecho hacia atrás, tensando cada músculo— ¡Pero el establecimiento está oficialmente CERRADO!

Antes de que Juan Sebastián pudiera reorientar su enorme masa híbrida tras el ataque fallido, el puño del líder envuelto en aquel amasijo sucio de vendas y cuerda para redes, salió disparado como una bala de cañón. Un golpe salvaje, pero sin embargo ejecutado con una técnica consumada y brutal, dirigido con precisión al punto donde la mandíbula del gyojin se encuentra con el blindaje natural del cuello.

¡CRACK!

El impacto resonó seco en toda la taberna. El golpe fue sorprendentemente pesado, una fuerza contundente que sacudió la cabeza de Juan Sebastián hacia atrás a pesar de su resistencia natural, dejando un zumbido momentáneo en sus oídos y probando que este hombre no es solo un matón de puerto cualquiera; sabe cómo golpear para hacer daño de verdad.

La caja de Pandora
Contenido Oculto
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#6
Me lancé a golpear a ese hombre de considerable tamaño pese a estar cansado por mi enfrentamiento con sus secuaces, no esperaba nada de él, su aspecto andrajoso y sus burdos comentarios me hacían tener la sensación de que se trataba de un palurdo sin más, un tipo que por cosas de la vida había resultado ser más fuerte que el grueso de los mediocres que le rodeaban. Pero al lanzar mi golpe, no sentí resistencia alguna hasta impactar inevitablemente contra la barra del bar, destrozando parte de esta y haciendo saltar por los aires los cubiertos colocados sobre esta. Tras mi fútil intento de tener la iniciativa en el ataque, recibí un ataque directo a la mandíbula que no pude ver venir, un ataque que para desgracia de aquel hombre, solo había servido para hacerme sentir un pitido en el oído y para enfadarme, haría falta mucho más para hacer tambalear mi determinación. 

—Con que si...— Dije con cierto tono de burla, fue un golpe decente, pero había recibido golpes mucho peores en otros bares, por no mencionar los que me habían propinado a lo largo de mi adiestramiento mis superiores, esos si eran golpes de verdad. Sin dar tiempo al criminal a seguir golpeando o a huir y tensando con fuerza todos los músculos de mi cuerpo para acompañar el movimiento, lancé mi Smash con todas mis fuerzas, un golpe dirigido a la mandíbula, dejando tras de si un

¡¡BOOOOM!!

Que resonó como una bomba por todo el bar, dejando un breve silencio sobrecogedor en el mismo. Era una forma de devolverle la cálida bienvenida que había tenido conmigo, al mismo tiempo que le dejaba claro que, entre los dos, yo era superior, pues la justicia siempre prevalecía. Tras el impacto, di un salto hacia atrás para tomar distancia, sabía que sus ataques eran demasiado rápidos para mis ojos, así que prefería tener algo de distancia para verlo venir si es que este no desistía del enfrentamiento. —Dime inmediatamente quien está a coordinando los disturbios y que pretende si no quieres que te siga partiendo la cara— Confiaba en lo que mis superiores pensaban, seguramente había al menos una o más figuras que lo estuviesen controlando todo. Mis amenazas no eran vacías no era el tipo más listo del mundo, así que mi plan era simple, este era el cabecilla de los que se encontraban aquí, así que debía golpearlo las veces que fuesen necesarias hasta que soltase toda la información que tenga. 

Antes de recibir su respuesta, me dirigí a los presentes que quedaban en el local con una voz fuerte y serena, pero por sobre todo, amable —Por favor desalojen el establecimiento, su seguridad es lo primero— Ahora que sabía que aquel hombre era capaz de recibir uno de mis golpes, sabía que todo el bar podía convertirse en una zona de pelea y como marine, mi prioridad era la seguridad de los civiles. En ningún momento aparté la mirada de mi adversario, no era un enemigo contra el que me pudiese relajar.

Off
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1937 - 150 = 1787
Energia: 1615 - 76 = 1539
Espiritu: 360 + 0 = 360
#7
El Smash de Juan Sebastián no fue un simple puñetazo; fue una declaración de intenciones. El impacto de la pinza contra la mandíbula del líder generó una onda de choque que hizo estallar las botellas que aún quedaban en las estanterías tras la barra. El estruendo, ese trallazo ensordecedor, sacudió los cimientos de madera blanca de la taberna, levantando una nube de polvo y astillas que nubló la visión por unos instantes.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, la escena era absolutamente caótica. El líder se levantaba apoyado contra la pared del fondo, entre barriles de ron reventados. Su figura, antes erguida y despreocupada, ahora se mostraba desafiante, con la mandíbula apretada y la mirada acerada. La superioridad física del gyojin había quedado patente con el golpe

El líder tosió, escupiendo un diente y una mezcla de sangre y algo más oscuro. Levantó la vista con dificultad, viendo al Marine tomar distancia y exigir respuestas. La burla había desaparecido de su rostro, sustituida por algo parecido al respeto.

—Maldito... engendro... —resolló mientras se pasaba el dorso del puño por la boca—. ¿Crees que... esto es algo que me intimde? Yo solo soy el que recoge las migajas. Si quieres al que mueve los hilos... vas a tener que esfrozarte mucho más. El tipo... le llaman 'El Intendente'. Él es quien reparte las zonas... quien dice a quién hay que apretar.

En este instante, las puertas de la taberna se abrieron de sopetón, y una marabunta de matones entró por ambos accesos al establecimiento, sonriendo hacia el gyojin subitamente rodeado.

Con la guardia cuadrada, el Lider, soltó una risotada.

— Pero obviamente, no vas a poder encontrarlo nunca, Ka-sha-sha-sha!

Acto seguido, se abalanzó sobre Juan de nuevo, lanzando un combo de golpes. Apenas hubo conectado, retrocedió, dejando que sus hombres mantuviesen ocupado al gyojin y sltó por una ventana al lado de la puerta del fondo. 

La caja de Pandora
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#8
Mi golpe surtió efecto en aquel criminal, pero no lo suficiente como para romperlo completamente —Es duro...— Pero sorprendentemente, haciendo caso a mis exigencias, me facilitó información sobre su líder —El intendente eee...— Susurré pensativo, ahora tenía un nombre, algo que podría presionar para poder buscar información. —Bien, ahora vas a de-— Antes de que terminase de hablar las puertas del bar se abrieron, entrando por ellas una muchedumbre furiosa con ganas de que les partiese la cara por lo que parecía al ver sus caras confiadas y amenazantes. —Cobardes de mierda— Dije sin titubeos mientras miraba a mi alrededor.

Mientras los maleantes que entraban en el local se empezaban a formar a mi alrededor, el tipo con el que me enfrentaba atacó sin miramientos, demostrando su naturaleza ruin y sucia. Tras el impacto inicial de los golpes, me dispuse a devolvérselo una vez más, sabiendo que mi fuerza era superior, pero para mi asombro, el cobarde saltó por la ventana, para dejarme en manos de sus secuaces. Esperaba demasiado de una rata, estaba claro que el orgullo y el sentido del deber con tus camaradas, era algo característico de la Marina, no eran cosas que estos tipos pudieran comprender. 

Una vez el tipo escapó me vi completamente rodeado, como una miga de pan en la playa siendo vigilada por decenas de gaviotas —Si me dais el paradero de el intendente os dejaré ir— Comenté con confianza, pero mi propuesta solo fue respondida por murmullos y risas que se escuchaban de fondo por el local, eran muchos y eso les daba confianza, una confianza que seguramente desaparecería a medida que los números bajen. Sin esperar a que me ataquen ellos me lancé rápidamente para evitar recibir golpes desde todas las direcciones lanzando a mis enemigos de un lado a otro mientras avanzaba hacia la barra del bar, la cual usé como resguardo para evitar ser abrumado por los números, forzándolos a venir poco a poco y derrumbándolos con facilidad con golpes de mi pinza intercalados con garrotazos que tiñeron la barra de un brillante rojo oscuro en poco tiempo. Sus números bajaron rápidamente, al mismo tiempo que sus voluntades empezaban a quebrarse, miradas entre ellos, dudas, algunos pasos hacia atrás... Era el momento de terminar con ello, con un golpe decisivo, me introduje en mi caparazón al mismo tiempo que empezaba a rodar, llevándome la barra, las personas, las sillas y todo lo que pillase por delante. 

Tras este ataque solo quedó uno en pie que había conseguido salir de la trayectoria del ataque, sin espíritu de pelea ninguno se lanzó a por mi, usando una pata de una silla rota como arma. Sin ningún esfuerzo le agarré del cuello con mi pinza y le exigí respuestas, respuestas que en este punto ni siquiera sabía si tenía o no, pero aquí, llegados a este punto, no negociamos con terroristas. —¡¿Donde... Está... El intendente?!— Mis palabras fueron claras y concisas, tenía dos opciones hablar, o que le partiese el cuello. Una vez más había destrozado un bar... —Quizás para la próxima les invite a salir fuera, así me evito problemas...— Mientras esperaba su respuesta pude escuchar como la puerta del  bar, que crujía mientras se abría y cerraba... se rompió, cayendo al suelo, como si el destino odiase las puertas de forma implacable 


—Hablo—
—Pienso—

Off
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1787 - 250 = 1537
Energia: 1539 - 366 = 1173
Espiritu: 360 + 0 = 360
#9
El estruendo final que sacudió los cimientos de "El Ancla Rota" no fue el de una tormenta tropical, aunque el resultado dentro del local bien podría sugerirlo. Tras el violento despliegue de Juan Sebastián, el aire en la taberna quedó suspendido en una densa bruma de polvo de yeso, astillas de madera de pino y el vapor acre de los barriles de ron que habían reventado bajo el peso del caparazón del recluta. El silencio que siguió al ataque fue súbito y pesado, solo roto por el goteo rítmico de los licores filtrándose por las grietas del suelo y el quejido sordo de casi una veintena de hombres que yacían esparcidos como muñecos de trapo entre los escombros.

La luz del sol de primavera, que seguía brillando con una calma indiferente sobre los tejados naranjas de Baquella, entraba ahora por el enorme boquete de la ventana por la que el antiguo cabecilla se había escabullido. Aquella retirada cobarde había dejado una marca clara en el ambiente: el rastro de sangre y el olor a miedo de quienes no conocen el peso del deber. Mientras tanto, en el centro de aquel epicentro de destrucción, la figura del gyojin destacaba como una mole de justicia inamovible. Las paredes blancas de la taberna, que antes lucían inmaculadas, mostraban ahora las cicatrices de la refriega; salpicaduras de sangre y marcas de impactos profundos que contaban la historia de una resistencia que superó con creces lo que cualquier maleante de puerto esperaba de un simple recluta.

Bajo la presión de la pinza de Juan Sebastián, el último hombre en pie sentía cómo el mundo se estrechaba. El resto de sus compañeros eran poco más que bultos gimiendo entre los restos de la barra del bar, la cual había servido de escudo y ahora era solo madera astillada teñida de un carmesí oscuro. El sujeto, que apenas unos minutos antes reía amparado por la falsa seguridad de la masa, ahora temblaba con tal intensidad que la pata de silla que sostenía cayó al suelo con un chasquido seco. Sus ojos, desorbitados por el terror, buscaban desesperadamente una salida que ya no existía. El rostro del recluta, imponente en su forma híbrida, era lo último que esperaba ver un criminal en una isla tan supuestamente tranquila como Baterilla.

—¡No... no me mates, por favor! —balbuceó el hombre, con la voz quebrada y el aliento entrecortado por la presión en su cuello—. ¡Yo solo soy un mandado! ¡El Intendente no perdona los fallos, por eso el jefe se largó!

La mención de ese nombre pareció enfriar aún más la temperatura del local. Fuera, en las calles de Baquella, el eco de los disturbios parecía haber amainado, como si el estallido dentro de la taberna hubiera servido de advertencia para el resto de las pandillas. A lo lejos, el gran faro de la isla se alzaba sobre el acantilado, una columna naranja que vigilaba el mar embravecido, ajeno a la suciedad que intentaba echar raíces en el puerto. El volcán inactivo de dos mil metros, rodeado de su manto de palmeras, proyectaba una sombra alargada sobre el pueblo, recordando a todos que la estabilidad es frágil y que la violencia puede estallar en cualquier rincón.

—¡El Intendente debería estar en los almacenes de la zona sur! —gritó finalmente el sujeto, ante la insistencia silenciosa pero letal de la pinza—. Almacén número cuatro... el que tiene el techo de zinc negro y las puertas reforzadas. ¡Llegó hace dos días en una goleta sin bandera! Está coordinando la recogida de los pagos de "protección" de todos los comerciantes... Se supone que hoy es el último día antes de que se marchen de esta isla...

Justo en ese momento, el crujido final de la puerta principal anunció la llegada de una nueva marabunta de gente. Los restos de la entrada se desplomaron hacia dentro, levantando una última nube de serrín. Por el umbral aparecieron cinco infantes de marina, jadeando y con los mosquetes en mano, seguidos por un oficial de bajo rango que se detuvo en seco al procesar la carnicería. El oficial miró los cuerpos, miró la barra desaparecida y luego clavó la vista en el recluta que aún sostenía al informante.

—Recluta... —el oficial tragó saliva, ajustándose la gorra mientras observaba una mesa incrustada en el techo—. Se le ordenó patrullar y disolver altercados, no demoler un edificio... El capitán va a tener palabras muy serias sobre este... presupuesto de reparaciones.

A pesar del tono de reproche, los otros soldados no pudieron evitar intercambiar miradas de asombro. Habían llegado esperando una riña de borrachos y se habían encontrado con una taberna destrozada al punto de ser irreconocible, y a su compañero gyojin en medio. Mientras los refuerzos comenzaban a maniatar a los delincuentes inconscientes y a despejar el local de los algunos civiles que se habían quedado agazapados tras los barriles.

Juan Sebastián, aún con la adrenalina recorriendo su sistema y la fatiga empezando a reclamar su lugar tras el esfuerzo físico, atesoró con alegría aquella pieza en su rompecabezas personal. Seguramente la zona sur tendría más secretos que revelar... 

La caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
#10
El criminal suplicó por su vida previamente a soltar información, recordándome cómicamente a lo que pasó la vez anterior en "El Bar Sin Pelo" Aquellos se jactaron de su lema "Leales siempre, traidores nunca" Pero solo bastó con romper unos huesos aquí y allá para obedecer tranquilamente. En este caso fue similar, pero en lugar de sentir desprecio, esta vez me dio penilla, no era un grupo fuertemente organizado, se sentía como si fuese un pobretico al que han engañado con la promesa de ganar dinero fácil, un cordero descarriado. —Bien, gracias por su colaboración— Dije, una vez le aflojé el agarre permitiéndole respirar con normalidad. —Pero esperarás aquí a que lleguen los refuerzos de la Marina, no te haré daño, pero debes pagar tus crímenes jajaja—  Era lo justo, creía de corazón en la justicia amable, el lugar de los criminales es la cárcel, no el cementerio, aunque a veces no se puede evitar.

Lo que quedaba de la puerta crujió una vez más de forma estridente, un chirrío que chocaba de bruces con el silencio implacable que asolaba el bar en ese momento. Me giré velozmente, preparado para enfrentar a más enemigos, estaba fresco y listo para la acción, pero para mi sorpresa eran los refuerzos, que no se hicieron tardar en llegar, no esperaba menos de los cuerpos de la Marina, siempre preparados, siempre eficientes, listos para auxiliar en nombre del bien y  la justicia. 

Lo primero que hice al percatarme de que eran cuerpos de la Marina fue mirar al hombre que tenía agarrado del cuello, miré al hombre y miré a mis compañeros, repitiendo dos veces la misma acción. El oficial recriminó mi forma violenta de actuar, estaba claro, aún me faltaba mucho por mejorar... Solté al momento al piltrafilla, dejando que cayese al suelo con suavidad, cancelé mi transformación y me cuadré en una postura de saludo militar, saludando llevándome mi pinza a la frente. —¡Mis disculpas señor! Se me complicaron las cosas... Jeje— Mientras hablaba, mi recta postura cedió a una más relajada y mi pinza que efectuaba el saludo, pasó a rascar mi cabeza justo bajo mi gorra haciendo visible la vergüenza que me daba mi falta de habilidad. Mientras los reclutas aseguraban a los criminales, compartí la información de lo sucedido con el oficial, tanto los detalles del altercado, como la información que uno de ellos me facilitó. Mientras discutíamos los detalles le pedí consejos para salir con vida de la charla con el capitán, el presupuesto de reparaciones no era ninguna broma, y las broncas de los superiores menos.

Una vez todos los detalles amarrados salí del bar y me encaminé al cuartel, donde mi cama me esperaba, lista para recibirme después de un largo y duro día de trabajo. Mi adrenalina bajaba a medida que me ponía cada vez más contento, al ser consciente de que había podido completar con éxito la misión y con el objetivo claro de ir a por el líder de los delincuentes en cuanto me diesen luz verde desde el cuartel. 

Off
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