El robo de la semana [Aventura Tier 1][Melly Jellyfish]
#1
Hora: 01 Hs, Día 20 de Primavera, Año 17.
[i]Localización: Reino Samba, Zona lejana al rio, Alrededores de la residencia "Do Sorte"[/i]


La noche primaveral era fresca después del calor del día, había nubes pasajeras que ocasionalmente ocultaban la luna menguante del cielo y las estrellas que eran perfectamente visibles cuando aquellas ocasionales obstrucciones no se presentaban agitadas por el viento de las alturas.

Los alrededores de la mansión de la familia "Do Sorte" estaban tranquilos, nadie había causado problemas en sus alrededores en meses, las tragedias y problemas del pueblo no afectaban ni molestaban a los residentes de aquella mansión, tampoco influían en el trabajo que la guardia debía hacer alrededor de dicha mansión, patrullar y rondar simplemente para disuadir con su presencia a cualquiera que quisiera meterse en problemas con los residentes de aquel lugar.

Normalmente las rondas eran serías y estrictas pero aquella noche había mucho más espacio entre las personas del lugar, solo el ayudante del capitán del a guardia familiar, una docena y media de guardias privados eran todo lo que había para resguardar el lugar aquella noche.

La mansión se encontraba rodeada por un perímetro de murallas de tres (3) metros de altura, en el norte de la mansión estaba la entrada de suministros con una puerta de reja doble para que los carros pudieran ir y salir sin molestar a la familia, tanto al este como al oeste había puertas de enrejado simples para el personal de la mansión, finalmente al sur estaba la gran puerta de entrada principal para la familia Do Sorte y sus invitados en ocasiones apropiadas, un par de enormes puertas enrejadas reforzadas abrían un camino tan ancho que por la puerta podían cruzar dos carros nobles en simultaneo de ser necesario.

En situaciones normales cada una de las puertas tendría dos guardias apostados constantemente en cada una de ellas, sin embargo dadas las vacaciones de buena parte de los miembros de la guardia personal de la familia, en aquella noche solo había un guardia fijo en la entrada norte, las otras tres puertas eran cubiertas por dos guardias que iban del norte al este uno y el oeste el otro.

En la mansión misma solo estaban activos el sereno y el ayudante del capitán del a guardia privada, dando rondas nocturnas, el resto de todos los miembros de la guardia de la mansión estaban posicionados en distintos puntos estratégicos entre la muralla interior y el exterior, no tanto para vigilar como para poder acudir inmediatamente a ayudar en caso de que hubiera una emergencia en cualquiera de las puertas o en la mansión misma de la familia Do Sorte.

La mansión por si misma poseía dos plantas y más de cincuenta (50) habitaciones con distintos propósitos a lo largo y ancho de los dos pisos, incluyendo la cocina, los cuartos de servicio, los de los empleados, los de la familia, cuartos de vanidades, de música, un gigantesco salón, un patio interior con una fuente para la vista privada de la familia, habitaciones con piezas de arte, al menos cinco (5) oficinas donde trabajaban o guardaban diferentes bienes distintos miembros de la familia que intentaban hacer crecer la ya respetable fortuna familiar, cada uno a su modo además de los propios planes para hacerse con el control de la familia, asuntos cotidianos en esa clase de familias.
Código:
[b][color=#BF5741]-Habla-[/color][/b] / [i][color=#38A0C2]-38A0C2 Piensa-[/color][/i]
-Habla #BF5741- / -38A0C2 Piensa-
Cronología
#2
Un bonito día o eso creo. En Samba los días siempre huelen distinto, a caña, a ganado y a dinero escondido en bolsillos elegantes, y eso para alguien como yo es casi música. Samba tiene sus cosas, cosas que realmente me agradan, como las casas de los ricos, por ejemplo, tan grandes, tan brillantes y tan llenas de objetos que nadie parece notar hasta que desaparecen. Llegar aquí fue una bendición, una de esas que no vienen del cielo sino del descuido común del día a día, de puertas mal cerradas, ventanas abiertas y guardias que bostezan demasiado, todo susurrándome entra, toma, corre, y a mi me encanta escuchar cuando el mundo me habla así.
 
Mientras me deslizaba entre calles y balcones, mis tentáculos se movían casi solos, tanteando el aire como si buscaran el pulso secreto de cada casa. Detrás de cada muro hay historias, y detrás de cada historia siempre hay algo que alguien no echará de menos de inmediato, eso siempre me ha parecido justo. Las mansiones son mis favoritas, no porque sean bonitas, aunque coño si que lo son, sino porque están tan llenas de cosas que una menos no se nota, anillos, monedas, frascos raros, telas suaves, pequeños tesoros que para mí valen una comida caliente o una noche sin miedo.
 
Así que sí, Samba y yo nos llevamos bien. Ella me da escondites y yo le aligero un poco el peso a sus habitantes, y mientras nadie mire demasiado de cerca seguiré caminando por aquí con una sonrisa húmeda y tranquila, como si no llevara medio botín del barrio escondido bajo mi ropa y la bufanda roja apretada contra mi cuello, recordándome que incluso las cosas frágiles pueden sobrevivir si saben cuándo moverse, pero hoy es diferente, siempre que paso por una mansión en especifica está tanteada de guardias y no era así por eso cuando por casualidad, es decir ninguna, pasé por ahí me fije en la deficiencia de estos, mi cuerpo completo se estremeció de emoción, parece ser que hoy tendré una BBCC o como mejor se aprecia una buena, bonita y cara cena.
 
Aunque mi instinto me decía que me metiera ya mismo aun tenia que buscar la forma de hacerlo por eso pasé de largo como si no me interesara en absoluto, aunque por esta entrada solamente había un guardia que rápidamente identifique antes de seguir caminando y meterme en un edificio cercano desde donde claramente podía ver la parte delantera de la mansión y el solo pensar que podía robar algo bueno hoy para mi era mas que un deleite.
 
Hoy ejecutaría un RSV o como mejor se entiende, un robo sin violencia, bueno eso espero, me gusta robar si pero no matar a nadie, por eso mientras estoy en el tercer piso de este edificio busco la cantidad de guardias exactos para saber por donde pasar realmente, si quiero entrar sin pelear debo buscar mejor antes de apresurarme a robar cualquier cosa que mis ojitos puedan ver y mis manos levantar.
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#3
El viento nocturno hacia oscilar las nubes que ocasionalmente cubrían diversas partes de la calle, el patio de la mansión, los diversos guardias deambulaban despreocupadamente o se sentaban a relajarse un poco del lado interior de la muralla de la mansión Do Sorte, mientras que sus camaradas del lado exterior padecían la ardua labor de cuidar todas las entradas a pesar de ser solo tres personas, habían sacado una mala tirada en las cartas para saber quién sufriría aquella noche tan tediosa velada laboral.

Sin embargo, la realidad de aquella seguridad privada distaba mucho de la eficiencia teórica. En la zona aledaña a la entrada de suministros, un guardia se encontraba cómodamente sentado sobre un fardo de heno que había quedado olvidado cerca de las caballerizas. Lejos de mantener la vista en el enrejado, su atención estaba cautiva por una pequeña talla de madera que intentaba perfeccionar con un cuchillo de caza, dejando que las virutas cayeran sobre sus botas pulidas mientras tarareaba una melodía popular que el viento se encargaba de dispersar hacia los jardines. Su lanza, el símbolo de su autoridad y herramienta de defensa, descansaba horizontalmente sobre sus muslos, sirviendo más como apoyo para sus codos que como un arma lista para el combate.

Unos metros más hacia el este, al abrigo de una de las estructuras más altas en la mansión, otros dos guardias habían decidido que la noche era demasiado monótona para pasarla en silencio. Aprovechando que la visibilidad de la mansión era limitada desde aquel ángulo por la frondosa vegetación decorativa, habían extendido una pequeña manta sobre el suelo empedrado. Allí, a la tenue luz de un farol de aceite que mantenían bajo para no llamar la atención, se encontraban enfrascados en una partida de cartas. Uno de ellos sostenía su mazo con una mano mientras que con la otra sujetaba una bota de vino de la que bebía con frecuencia, celebrando en voz baja cada vez que lograba ganarle una moneda por mísera que fuera su compañero, quien no dejaba de quejarse de su mala suerte mientras barajaba con desgano para la siguiente mano.

Cerca de la zona de los cuartos de servicio, un cuarto guardia había encontrado una distracción mucho más mundana pero igual de absorbente. Apoyado de espaldas contra la piedra fría de la muralla, se dedicaba a devorar una generosa ración de pastel de carne que probablemente había obtenido mediante algún favor de las cocineras. Comía con rapidez, haciendo pausas solo para limpiarse la grasa de los labios con el guante de cuero de su uniforme, con la mirada perdida en la estructura de la mansión de dos plantas y cincuenta (50) habitaciones. Sus ojos recorrían las ventanas de las oficinas y los salones de arte, no buscando intrusos, sino imaginando la riqueza que se guardaba tras aquellas paredes, ajeno por completo a los acontecimientos que hubiera tanto fuera del perímetro como dentro del mismo.

Mientras tanto, en el patio interior con la fuente para la vista privada de la familia, un quinto guardia se encontraba simplemente deambulando sin rumbo fijo. Había abandonado su posición asignada cerca de la puerta oeste bajo el pretexto de estirar las piernas, pero se había quedado observando los juegos de luces que la luna menguante creaba sobre el agua de la fuente. De vez en cuando, se permitía el lujo de sentarse en el borde de piedra, dejando que su mente vagara lejos de sus responsabilidades, pensando quizás en cómo los planes de los distintos miembros de la familia Do Sorte para hacerse con el control de la fortuna familiar acabarían afectando su propio sueldo a fin de mes.

La seguridad de la mansión, en teoría un anillo impenetrable, era en la práctica un conjunto de hombres dispersos y sumidos en la autocomplacencia. La paz que había reinado durante meses había oxidado sus reflejos, convirtiendo la vigilancia en un trámite burocrático y aburrido que solo interrumpían con pequeñas dosis de ocio personal, confiados en que la simple presencia de la muralla y el prestigio del apellido Do Sorte eran suficientes para mantener al mundo exterior a raya.


Off
Código:
[b][color=#BF5741]-Habla-[/color][/b] / [i][color=#38A0C2]-38A0C2 Piensa-[/color][/i]
-Habla #BF5741- / -38A0C2 Piensa-
Cronología
#4
Desde el tercer piso del edificio cercano, la mansión Do Sorte se extendía ante mí como un animal dormido, grande y confiado. Me agaché junto al borde, dejando que mis tentáculos se acomodaran contra la piedra fría mientras observaba con paciencia. No había prisa; la noche todavía era joven y los humanos, previsibles. El viento traía consigo olores claros: vino derramado, grasa de comida, aceite de farol y madera recién cortada. Cada aroma me dibujaba un mapa invisible de distracciones y descuidos. Conté pasos, escuché risas ahogadas, el roce de cartas y el chapoteo constante de la fuente interior. Ninguno de esos sonidos era de alerta, era música lenta, relajada, peligrosa solo para quien no supiera escuchar.

Mis ojos se movían de un punto a otro, siguiendo a cada guardia como si fueran peces en una pecera demasiado grande. El de la entrada de suministros estaba perdido en su tallado, tan concentrado que su lanza era poco más que un mueble incómodo. Dos más jugaban a las cartas, uno borracho de vino y el otro de mala suerte, y un cuarto devoraba pastel de carne como si el mundo fuera a acabarse antes del amanecer. El quinto vagaba por el patio interior, hipnotizado por la fuente, con la mente lejos de su puesto. Demasiados huecos, demasiados tiempos muertos, la seguridad era un dibujo bonito desde lejos, pero de cerca estaba lleno de líneas mal trazadas.

Me acomodé la bufanda roja instintivamente y tomé aire despacio. No era el momento de saltar sin pensar, un RSV bien hecho empieza mucho antes de tocar una cerradura. Memoricé rutas, calculé sombras, conté segundos entre miradas distraídas. Si entraba por el norte, el guardia solitario sería fácil de esquivar, si lo hacía por el este, los arbustos y la vegetación cubrirían mis movimientos. El interior prometía más, pero también exigía más cuidado. No quería sangre, no esta noche, solo manos ligeras, puertas que cedieran y silencio.

—Tranquila, Melly paso a paso, glup— murmuré para mi misma. Me aparté del borde con suavidad, ya con el plan tomando forma en mi cabeza. La mansión no iba a moverse, y sus guardias tampoco parecían tener intención de hacerlo. Cuando descendiera, lo haría sabiendo exactamente dónde poner cada pie y cada tentáculo, porque robar no es correr a ciegas, es bailar con el descuido ajeno hasta que, cuando se dan cuenta, ya es demasiado tarde. Con el plan ya claro en mi cabeza, descendí del edificio con movimientos lentos y controlados, dejando que mi cuerpo se adaptara a cada saliente y sombra como si siempre hubiera pertenecido allí. El suelo me recibió sin un solo ruido cuando me deslicé entre la vegetación cercana a la muralla norte, manteniéndome agachada mientras el guardia seguía entretenido con su talla de madera. Aproveché el ritmo de su cuchillo, ese vaivén constante, para medir mis pasos, cada crujido del heno y cada golpe leve contra la madera marcaban el momento exacto para avanzar. Cuando estuve lo suficientemente cerca, mi figura ya no era más que otra sombra alargada entre las piedras, y la reja de suministros se alzaba ante mí como una invitación abierta más que como un obstáculo.

Me arrodillé junto a la cerradura, mis dedos finos y ligeros trabajando con la naturalidad de quien ha repetido el gesto demasiadas veces. El metal cedió con un clic casi imperceptible, y la puerta se abrió apenas lo justo para que pudiera colarme sin forzarla. Al otro lado, el aire cambiaba, olía a establo, a piedra húmeda y a la tranquilidad falsa de un lugar que se cree seguro. Cerré tras de mí con el mismo cuidado, asegurándome de dejar todo tal y como estaba, como si nadie hubiera pasado por allí.

Ya dentro del perímetro, me deslicé pegada a los muros, siguiendo rutas que solo existían para quien supiera leer sombras y escuchar respiraciones. El murmullo lejano de las cartas y el tintinear de monedas me guiaban lejos de los puestos más visibles, mientras la fuente del patio interior marcaba un pulso constante, casi relajante. Cada paso me acercaba más al corazón de la mansión, y con él a los tesoros que dormían tras puertas cerradas y ventanas silenciosas. No había vuelta atrás, la noche me había abierto la boca y yo estaba dentro, moviéndome con cuidado, lista para tomar solo aquello que el descuido humano ya había decidido perder.
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#5
La residencia Do Sorte permanecía tranquila mientras aquella silenciosa observadora se preparaba para acceder a la residencia familiar que en aquellos momentos no estaba perfectamente guardada a diferencia del resto de la temporada. Los olores abundantes de Samba eran arrastrados por el viento mientras que las dulces fragancias de la residencia eran diseminadas también, el crujir del asiento donde un guardia se alimentaba, los refunfuños de un desgraciado perdedor en el azar y los ocasionales pasos de quien vigilaba más su reflejo que los alrededores estaban allí presentes.

Todos los miembros de la guardia familiar estaban relajados y tranquilos a su modo, solo unos pocos en guardia o alerta por la situación pues dentro de la mansión seguía el segundo al mando de su capitán, un joven inexperto pero con hambre de progreso y miedo al regaño que pudiera caer si había algún altercado mal resuelto o peor aún, un incidente de cualquier tipo antes del regreso del capitán de la guardia de la mansión.

El jefe de staff recorría los pasillos con tranquilidad en su guardia nocturna, ya se encontraba cansado bostezando, pero debía recorrer la casa con su farol encendido para estar atento a que cualquiera de los habitantes tuviera la mínima necesidad por la cual debiera atenderlos, al menos por una hora más, luego de eso podría darle la lámpara a una de las criadas que se levantaría para hacer el turno nocturno y estar ella atenta, los ojos del Encargado estaban entrecerrados por el agotamiento y sus sentidos aletargados, pero aún deambulaba por donde se le había ordenado.

Los pasillos eran cómodos y silenciosos, alfombras se extendían por muchos de ellos amortiguando el sonido de las pisadas de los que dentro deambulaban para impedir que los empleados que trabajaban por la noche en el mantenimiento de la mansión o se ocupaban de estar a disposición de los habitantes no fueran a incordiar a los amos que se suponía que debían servir fielmente hasta el agotamiento si querían ser recompensados adecuadamente.

El mundo estaba entre indiferente e ignorante al hecho de que una persona más se encontraba en el interior de la residencia Do Sorte, por el momento no había suficiente escandalo para alertar a nadie, las puertas parecían estar adecuadamente cerradas y las ventanas se encontraban dispuestas de la forma que todo el mundo estaba acostumbrado, parecía que sería una noche más de estar en vigilia simplemente para satisfacer los deseos de los amos que querían tener todo listo y dispuesto incluso ante la posibilidad de que ellos o alguno de sus invitados pudiera querer algo en medio de la noche.
Código:
[b][color=#BF5741]-Habla-[/color][/b] / [i][color=#38A0C2]-38A0C2 Piensa-[/color][/i]
-Habla #BF5741- / -38A0C2 Piensa-
Cronología
#6
El aire dentro del perímetro era distinto, más tibio, cargado de perfumes caros y madera pulida, tan diferente al olor crudo de las calles que por un momento casi me sentí fuera de lugar. Avancé pegada a la pared, deslizándome entre sombras que las antorchas lejanas no alcanzaban a romper, moviéndome cuando el viento sacudía hojas o cuando algún guardia cambiaba de postura y hacía ruido sin darse cuenta. Nadie miraba donde debía, todos vigilaban por costumbre, no por atención, y esa diferencia era el hueco exacto por donde yo existía.

Una ventana lateral, alta pero mal asegurada, fue mi puerta real. Trepé con cuidado, con mis extremidades encontrando apoyo donde otros solo verían piedra lisa, y me colé por la abertura con la suavidad de una corriente marina entrando en una cueva. Al otro lado me recibió un pasillo alfombrado, largo y elegante, donde cada paso desaparecía antes de nacer, cerré la ventana con el mismo cuidado con el que se guarda un secreto y me quedé quieta unos segundos, escuchando todo, respiraciones lejanas, madera asentándose con cada movimiento, el leve vaivén de una lámpara nada alarmante, era cuestión de solo estar atento.

A lo lejos vi la luz de un farol balancearse con andar cansado, seguramente el encargado nocturno haciendo su ronda por pura obligación. Esperé a que girara en la esquina antes de moverme, cruzando el pasillo en diagonal para fundirme con la sombra de una estatua decorativa. Mis ojos recorrieron puertas, marcos, posibles cerraduras prometedoras, porque las casas ricas siempre guardan sus tesoros tras madera gruesa y llaves confiadas, y yo siempre he sabido conversar muy bien con ambos. Ajusté mi bufanda sin pensarlo y avancé hacia la zona donde el olor a papel, tinta y metal viejo susurraba una palabra que me gustaba demasiado, Office.

Me detuve frente a la primera puerta que prometía algo más que ropa de cama o vajilla fina. El olor era distinto allí, papel envejecido, cuero tratado, tinta seca y ese toque metálico suave que solo tienen las cajas fuertes y los cajones con cerradura, todo bajo la fachada de un dulce y suave olor a lavanda que quizás fue un tipo de detergente para limpiar el piso. Apoyé la oreja contra la madera, conteniendo la respiración, dejando que mi oído afinado buscara el más mínimo indicio de presencia al otro lado, por suerte para nadie, excepto para mi, no había nada. Ni pasos, ni susurros, ni el roce de tela, solo el silencio cómodo de una habitación que se sabe importante y, por eso mismo, descuidada por costumbre. Mis dedos recorrieron la cerradura con familiaridad, casi con cariño, como quien saluda a un viejo conocido.

Trabajé despacio, sin prisas, sintiendo cada diminuta resistencia del mecanismo hasta que cedió con un clic tan suave que se perdió entre los crujidos naturales de la casa, aun asi una pequeña gota de sudor tuvo el atrevimiento de posarse en mi frente porque al final de cuenta en solo unos segundos mas es muy probable que quien tenia la lampara volviera a rondar este mismo pasillo. Abrí apenas lo suficiente para deslizarme dentro y cerré tras de mí, dejando el pasillo tal y como lo encontré. La habitación estaba a oscuras, pero la luz de la luna que entraba por el balcón dibujaba siluetas claras, escritorio amplio, estanterías, un cuadro torcido, una alfombra gruesa que amortiguaría cualquier error. Mis ojos brillaron un poco más mientras avanzaba hacia el escritorio aquí no se guardaban recuerdos sentimentales, aquí dormían decisiones, secretos y cosas pequeñas, valiosas y fáciles de llevar.

Mi acuario de decisiones
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#7
La oficina de la familia Do Sorte era un santuario dedicado a la acumulación y el registro de la ambición humana, un espacio donde cada centímetro cuadrado exhalaba el aroma de la propiedad y el control. Al cruzar el umbral, la atmósfera cambiaba; el aire era más denso, cargado con las partículas suspendidas de papel envejecido y el persistente rastro de cuero tratado que revestía los volúmenes de contabilidad dispuestos en las estanterías de madera de caoba.

La luz de la luna menguante se filtraba por el balcón con una palidez quirúrgica, incidiendo directamente sobre el escritorio de roble macizo que presidía la estancia. Sobre su superficie pulida, el orden era casi militar: un tintero de cristal tallado con incrustaciones de plata, una pluma de ave cuyo mango estaba decorado con filigrana de oro y un sello de lacre con el escudo heráldico de los Do Sorte, fundido en bronce pesado. Eran objetos pequeños, destinados a la burocracia diaria, pero cargados de un valor intrínseco que cualquier tasador de los bajos fondos de Samba reconocería al instante.

En una de las esquinas del escritorio, reposaba una pequeña caja de madera de sándalo, cuya tapa estaba finamente tallada con escenas de la cosecha primaveral. Dentro, lejos de los ojos curiosos, se encontraban varios anillos de sello y un par de gemelos de esmeraldas que relucían con un fulgor verdoso bajo la luz lunar, piezas fáciles de transportar que representaban meses de sueldo para cualquier guardia de la muralla exterior.

El silencio de la habitación, que hasta entonces parecía absoluto, fue súbitamente fracturado por un sonido proveniente del pasillo alfombrado. Un estornudo seco, amortiguado pero inconfundible, resonó justo detrás de la puerta de madera gruesa. Fue seguido por el arrastrar cansino de unas botas y el leve tintineo del cristal de un farol al chocar contra el metal de su propia estructura. Era el encargado nocturno, cuyo cuerpo agotado finalmente cedía ante el cambio de temperatura de la noche. La luz del farol se proyectó por debajo de la rendija de la puerta, una línea amarillenta que barrió el suelo de la oficina durante unos segundos eternos antes de desvanecerse a medida que el hombre continuaba su tediosa marcha hacia la siguiente sección de la mansión.

Cuando el eco de los pasos se perdió y la quietud regresó a la oficina, la gyojin tendría una vez más la oportunidad de centrarse en los bienes de valor que más pudieran convenirle llevarse del lugar. Junto al tintero, un pequeño monedero de seda bordado con hilos de plata yacía entreabierto, dejando ver varias piezas de papel, billetes de Berries “baja” denominación que no habían sido guardadas en la caja fuerte principal. Eran objetos que el mundo de los Do Sorte consideraba minucias, herramientas cotidianas de su estatus listos para desaparecer en la noche sin dejar más rastro que un hueco en la opulencia de la habitación.


Off
Código:
[b][color=#BF5741]-Habla-[/color][/b] / [i][color=#38A0C2]-38A0C2 Piensa-[/color][/i]
-Habla #BF5741- / -38A0C2 Piensa-
Cronología
#8
La oficina me envolvió con ese silencio espeso que solo existe donde se guarda demasiado. Avancé despacio, dejando que mis dedos rozaran apenas la superficie del escritorio, reconociendo texturas antes que formas, plata, oro, cristal, objetos hechos para manos que firman destinos, no para manos que tiemblan de hambre. La caja de sándalo fue la primera en abrirse bajo mi toque paciente, dentro, los anillos y los gemelos brillaron como ojos pequeños bajo la luna, sonreí apenas, pequeños, valiosos, fáciles de esconder, justo mi tipo de compañía.
 
No fui codiciosa, nunca lo soy cuando quiero salir entera. Tomé dos anillos de sello los más sobrios, los que tardarían más en notarse y los gemelos de esmeralda, que envolví en un pañuelo antes de guardarlos con cuidado entre los pliegues interiores de mi ropa. El monedero de seda también encontró sitio conmigo, el peso suave de los billetes era discreto, útil, tranquilizador. Dudé un instante ante la pluma de oro y el sello de lacre, pero los dejé donde estaban, eran demasiado reconocibles, demasiado fáciles de extrañar y muy difíciles de vender, robar bien es saber qué no tocar.
 
Antes de irme, deslicé la mirada por la habitación una vez más, asegurándome de que todo pareciera intacto a simple vista. Cerré la caja, acomodé apenas un papel que había movido sin querer y apagué cualquier rastro de mi presencia salvo el vacío diminuto que aún nadie sabía que existía. Luego volví a la ventana, al pasillo de sombras y alfombras mudas, moviéndome al ritmo de la casa como si fuera otra corriente de aire nocturno. Cuando por fin crucé la muralla y la mansión quedó a mi espalda, no corrí, caminé tranquila, con la bufanda roja rozándome la barbilla y una calma tibia en el pecho, esta vez, la noche me había dado de comer sin pedir sangre a cambio.
 
El camino de vuelta fue un espejo del de entrada, pero con el pulso un poco más vivo bajo la piel. Crucé el jardín interior cuando una nube cubrió la luna, dejando que la oscuridad hiciera de manta mientras bordeaba los setos y evitaba las líneas de visión más abiertas. El guardia de la fuente seguía perdido en sus pensamientos, y los de las cartas discutían en susurros ásperos que tapaban cualquier roce accidental. Esperé el momento exacto en que el tallador de madera sopló las virutas de su figura para deslizarme tras el fardo de heno y alcanzar la reja de suministros. La cerradura volvió a encajar con un suspiro metálico casi cariñoso, como si agradeciera que la trataran con delicadeza.
 
Ya fuera del perímetro, trepé el muro bajo la sombra de un árbol inclinado y me dejé caer del otro lado con la suavidad de algo que nunca pesó demasiado. No miré atrás enseguida, primero caminé un trecho, mezclándome con las calles silenciosas de Samba hasta que la mansión fue solo otra silueta más contra el cielo. Entonces sí, me permití una última mirada breve, una media sonrisa y el ajuste automático de mi bufanda roja.
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#9
✓
Aventura TX: Completada

Recompensas Narrador (Hiiragi)

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10 

— Berries: 15k


Recompensas User (Melly)

— Puntos Mugiwara: 2

— Reputación: 1 (karmas)

— Berries: 7,5k (bono robo)

STAFF DE NAKAMA NO MI

Notas importantes de la moderación


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)