Un prisionero justo [AV. T2] [Presente Abs.]
#11
A pesar de la demostración incómoda de miedo por parte de los marines del buque, y de las palabras intercambiadas por la División 93, el prisionero se mantuvo en absoluto silencio, con la cabeza baja, avanzando sin oponer resistencia, llevado de un lugar a otro como un perro sujeto por una correa. A simple vista, no imponía respeto ni temor. Era un hombre delgado, de aspecto descuidado, con la ropa gastada y el cuerpo marcado por el paso del tiempo más que por la violencia. Para cualquiera que lo observara sin contexto, la escena parecía una injusticia, no un traslado de un criminal peligroso, sino el de un pobre hombre sometido por una fuerza desproporcionada.

Los murmullos comenzaron a surgir entre la gente del puerto, pescadores, comerciantes y curiosos detenían sus labores por un instante, observando con ceños fruncidos y miradas cargadas de duda. Algunos susurraban palabras incomprensibles, otros negaban con la cabeza, incapaces de entender por qué alguien así merecía un despliegue tan severo, nadie sabía quién era realmente aquel hombre y, aun así, la incomodidad crecía con cada paso que daba sobre el muelle, pero eso daba igual, pronto la división, junto al prisionero llegaron al camino que debían seguir para llegar al puerto indicado.

El bosque parecía tranquilo a simple vista, bañado por una calma espesa que envolvía cada tronco y cada hoja. Sin embargo, en ciertos momentos surgía una sensación incómoda, casi instintiva, como si la propia jungla estuviera observando cada movimiento, la quietud no era absoluta, era una quietud expectante. Para alguien como Akira, ya familiarizado con aquella isla en todo su esplendor, resultaba evidente que esa tranquilidad era engañosa, aunque el entorno daba la impresión de que no había nadie más alrededor, la realidad era distinta, no estaban completamente solos. Entre la vegetación se escuchaban ramas quebrándose sin que nadie pudiera señalar su origen. En ocasiones, el sonido sordo de un árbol hueco resonaba a lo lejos, amplificado por la humedad del bosque, otras veces, se percibían pasos, lentos y medidos, que parecían acercarse desde algún punto indeterminado solo para desaparecer antes de hacerse visibles.

Tal vez se tratara de algún animal siguiendo el avance del grupo, oculto entre las sombras y el follaje o quizá algo más, algo que conocía bien aquellos senderos y prefería mantenerse fuera de la vista. El bosque de Baterilla no atacaba ni se mostraba hostil, pero dejaba claro, con cada sonido y cada crujido, que no era un lugar vacío, y que cada paso estaba siendo acompañado por presencias invisibles. De pronto, desde un punto ciego entre la maleza, algo surcó el aire con un silbido seco, no fue más que una piedra, apenas del tamaño de un borrador de lápiz, pero el impacto fue abrumador. La roca se estrelló contra el suelo justo frente a Enji, a escasos centímetros de donde avanzaba llevando encadenado al ex sargento. El golpe levantó tierra húmeda y pequeñas astillas de roca, dejando una marca clara en el sendero. No fue un lanzamiento torpe ni accidental, la fuerza detrás de aquel proyectil era demasiado precisa, demasiado medida. La piedra no rebotó sin más, sino que se incrustó, como si quien la hubiera arrojado conociera exactamente cuánto poder aplicar.

El bosque volvió a quedarse en silencio por un momento, ni un grito, ni una advertencia, ni una figura revelándose entre los árboles, solo el eco breve del impacto y la sensación inequívoca de que aquello no parecía haber sido obra de un animal. Alguien o algo había calculado la distancia, el ángulo y el momento exacto para hacerse notar sin mostrarse. La jungla, hasta entonces inquietante, acababa de dejar claro que la escolta ya no avanzaba sin ser desafiada.

El hombre, que hasta ese momento había permanecido en silencio absoluto, sin alzar el rostro ni una sola vez, reaccionó por primera vez. Sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa extraña, fuera de lugar en medio de la tensión, no era una sonrisa nerviosa ni burlona, sino una cargada de reconocimiento, como si supiera exactamente qué había ocurrido o quién lo había provocado, entonces un sonido seco y violento quebró el aire, a la derecha del grupo, un árbol de buen tamaño cedió de golpe, partiéndose con un crujido brutal antes de desplomarse entre la maleza, como si algo invisible lo hubiese golpeado con una fuerza descomunal. El impacto sacudió el suelo y levantó hojas, polvo y fragmentos de corteza y no hubo tiempo para identificar el origen del ataque.

Y entonces, en un parpadeo, ocurrió , sin que nadie pudiera precisar cuándo ni cómo, apareció detrás del prisionero. Justo entre su espalda y sus hombros, aferrado a él con brazos y piernas, había un mono, su cuerpo era compacto y fibroso, de pelaje oscuro y áspero, con ojos brillantes que reflejaban una inteligencia inquietante, se mantenía inmóvil, abrazando al ex sargento como si aquel fuera su lugar natural, nadie lo había visto llegar, nadie había escuchado un salto. El contraste era perturbador, el prisionero, aún encadenado, permanecía erguido y tranquilo, mientras aquella criatura se aferraba a él sin mostrar miedo alguno a los marines ni a las armas. La sonrisa del hombre se ensanchó apenas, cargada ahora de algo más oscuro, algo que no encajaba con la imagen de indefensión que había proyectado hasta entonces.

[Imagen: f72IzcE.png]

Por primera vez desde su captura, habló, su voz fue baja, seca, casi afectuosa. —Gorgie.— El nombre flotó en el aire como una sentencia, el mono ladeó ligeramente la cabeza, sin apartarse de él, mientras el bosque parecía guardar silencio una vez más, no por calma, sino por expectativa.

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#12
El camino por el bosque empezó según lo planeado, yo avanzaba a cinco metros de Enji que custodiaba al prisionero y otros cinco metros detrás de ellos se encontraban Sigrid y Akira, en una formación de ¿Torre? No sería yo el que discutiese la efectividad de la misma, pero era innegablemente gracioso ver a Akira a hombros de la vikinga, como si fuese una madre llevando a su hijo mientras hace la compra. 

La humedad de la selva me hacía sudar, y los crujidos repentinos que ocurrían a nuestro alrededor hacían que fuese imposible relajarme mientras marchábamos, no era algo a lo que le diese mucha importancia, ya había estado antes en la selva y sabía de los animales que merodeaban por aquí así que me parecía normal escuchar sonidos en los alrededores, pero saber eso no lo hacía menos tenso —¿Qué tipo de animal será el que nos está acechando? Espero que no sea un tigre o algo del estilo— Murmuré para mi mismo, era la vanguardia, así que tenía que estar alerta. Los pensamientos de inquietud se quedaron aparcados en mi mente mientras pensaba en las miradas y murmullos de los civiles en el puerto, seguramente se correría el rumor de que el hombre encadenado era un miembro de la marina, me preguntaba si casos como este harían que la gente perdiese confianza en nosotros. Era algo que me ponía triste. 

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un sonido a mis espaldas, no pude ver que había sido hasta darme la vuelta y fijarme en el suelo —¿Una piedra?— Le pregunté a Enji, que al estar detrás mío quizás pudo ver lo sucedido. Si alguien nos había lanzado una piedra entonces no podía tratarse de un animal ¿Alguien nos había seguido? ¿Por qué? Podría entenderlo si el criminal se tratase de un pirata o un revolucionario y su tripulación quisiera rescatarlo, pero se trataba de un Marine traidor, la situación era muy extraña. Después de aquello quedé en silencio, esperando el siguiente movimiento de lo que parecía ser un enemigo, pero nada ocurrió.

El sofocante silencio se vio interrumpido por un fuerte golpe y la caída de un gran árbol que se encontraba a mi izquierda (A la derecha del grupo pero me encuentro mirando hacia atrás) Al escuchar el golpe, de forma instintiva, adopté mi forma híbrida, preparándome para el combate, pero al mirar hacía allá no pude ver nada. Preocupado por perder de vista a un poderoso enemigo, miré en todas direcciones hasta que pude percatarme de algo —¿Un mono?— Un mono subido a la espalda del prisionero. El hombre dijo lo que parecía ser el nombre del simio, lo que daba a entender que le conocía ¿Cómo habrá llegado aquí? —¿El mono es amigo tuyo Douglas?— Le pregunté con franqueza y decisión a medida que me acercaba a ellos —Lamento decirlo así, pero a donde vas no puede acompañarte Gorgie, será mejor que aproveches para despedirte— Era un prisionero, pero yo tampoco era un monstruo, si el mono era importante para él lo correcto sería dejar que se despidan si eso era lo que pretendía, si no pues bueno, ya tomaríamos medidas.

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#13
El peso de la responsabilidad descansaba en sus hombros desde el puerto y la fuerza de su agarre a las cadenas, firme y seguro, lo reflejaba. Los curtidos dedos envolvían sus eslabones y mantenían una presión tensa, sin márgenes. El prisionero se movía a su lado y a una distancia fija, sometido a su voluntad en cada paso al que imponía ritmo. Lo llevaba como lo que era: un animal peligroso al que no se le podía aflojar la cadena o causaría un desastre.

—Son un montón de traga pelotas, eso es lo que son —dijo—. Se atragantan con las escamas de los huevos de esos “dragones” 

El veneno discurría por su lengua con cada palabra que abandonaba sus labios. Veneno corrosivo, añejado por años en toneles y toneles de odio hasta fermentar un podrido deseo de venganza. Un anhelo sofocante. Ese día sería la primera vez que Enji se encontraba cara a cara con un funcionario del gobierno, alguien con línea directa a la esfera de los nobles, y no sabía cómo iba a reaccionar, pero sí como debía hacerlo. Encontrarlos era una buena señal. Un primer paso en su camino. Primero tenía que conocer a los perros que guardaban la puerta de la casa donde pretendía colarse. Que reconocieran su olor.

Un pensamiento lo atravesó, y Enji miró al prisionero.

¿Ese sería algún día su destino?

—Tranquila, cariño. —Apartó la mirada cuando Sigrid lo llamó por ese peculiar apodo. Uno que se había ganado a pulso. Echó un vistazo atrás por encima del hombro y sonrió—. Mis calzones son a prueba de todo. Ya ves que pueden contener mi semejante po…

Un silbido.

El aire se curvó, apresurado en rellenar el espacio que dejaba atrás el proyectil. Impacto, tierra, polvo y tensión. Enji apretó su agarre y tiró del prisionero, asegurándose de mantenerlo cerca y con un ojo puesto en sus grilletes. Poco después, un árbol cayó.
—¡Acomoden la formación! Rubiales, bájate de ahí, te quiero a la derecha del prisionero y atento a ese árbol. ¡Cariño, toma la retaguardia! —ladró órdenes sirviéndose de su voz más seria, poco conocida para el grupo—. ¡Juan, que lindo caparazón!

Juan seguía delante suyo, así que no tenía a dónde más mandarlo.

Una sombra apareció.

—¿Qué…? —Por el rabillo del ojo, lo vio. Una figura pequeña y oscura, de pronto aferrada a la espalda del prisionero.

Enji no se lo pensó. Olía problemas y se reflejaban desastres en la sonrisa de Douglas. Reaccionó. Cambió de mano la cadena, —de la derecha pasó a la izquierda—, y giró su cuerpo 90 grados a la derecha. Ahora estaba parado de frente al hombro izquierdo de Douglas y desde esa posición disparó su pierna derecha en una patada ascendente contra el animal, apuntando a sus patas, como una guillotina inversa. El impacto, aunque duro, no sería letal para un animal de su tamaño. Enji no quería matarlo. Quería que soltara al prisionero.

—¡Es una emboscada! —avisó a sus compañeros—. ¡El mono me importa tres carajos! Alguien nos tiene en la mira.

Exhumaba rabia por los poros. Ataques furtivos, camuflados, lo que más odiaba. No tenían el valor de aparecer de frente.

De su cuerpo empezó a brotar veneno como una masa gelatinosa que formó una mano de gran tamaño, la cual sujetó al prisionero. Los dedos de un tono violeta translúcido se cerraron en torno al torso y Enji se apartó un paso a la izquierda, conectado a Douglas por su veneno.

—¡Una broma más como esa y lo convierto en sopa, hijos de puta! Mucha paciencia no tengo y estoy que ardo de las putas ganas de acabar con esto —avisó a quien fuera que se hallaba en la selva junto a ellos—. ¡Así que vengan o huyan!



El eco de sus palabras rebotó en los árboles a su alrededor mientras el sudor goteaba de su cuerpo.

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#14
Las palabras de afirmación de su compañera Sigrid hicieron que los ojos de Akira brillaran con una intensidad poco propia de las sombras que creaban las ramas de las palmeras y las enormes raíces mohosas de los árboles de la zona. Y los pocos rayos de luz que les dejaban diferenciar que todavía era de día parecían ser absorbidos por los pendientes del artista marcial. La naturalidad de la vikinga al aceptar su propuesta dejaba claro el tipo de división que iban a convertirse, una división que tal vez no se comportaba como todos esperaban, pero que sin ninguna duda era capaz de combinar sus capacidades para dar lo mejor de sí.

Con un rápido movimiento, la chica tomo al pequeño humano por la cintura y se lo colocó en los hombros, pero más que sentado, Akira decidió permanecer de pie y en equilibrio, con la vista despejada gracias a su amiga, que ya se había encargado de ello. Con la vista pegada en el horizonte y con la falta de un catalejo, Akira enfocaba la vista en los recovecos más extraños, entre las raíces más alejadas y entre las ramas más camufladas por las sombras, manteniéndose alerta y esperando poder avisar a sus compañeros a tiempo en caso de detectar algo. Y por un momento se olvidó de que se encontraban trasladando a un delincuente.

Pero a medida que avanzaban, el cuerpo y la mente del joven rubio se sentían cada vez más tensionados, más inquietos, como si supiera que algo los observaba, pero sin ser capaz de diferenciar el qué. De pronto, su sentido del oído empezó a escuchar ramas quebrándose, sonidos lejanos, que se acercaban y se perdían entre los árboles… El sonido de ligeras pisadas en los troncos y la corteza siendo rascada por algo que parecían uñas. Sonidos que iban y venían y que generaban de todo menos seguridad. Y de pronto, una sombra.

—Nos siguen —y desapareció para el resto de sus compañeros.

Akira saltó de los hombros de Sigrid de manera vertical y ascendiendo a una de las copas de los árboles, intentando seguir aquella sombra que saltaba de rama en rama y que se balanceaba de liana en liana. Imitando a aquello que parecía ser un animal bastante familiar para el joven de Baterilla, pero que no podía llegar a afirmar a ciencia cierta que era el tipo de animal que se imaginaba. No vio la piedra que se le fue lanzaba a su compañero Enji, ya que estaba persiguiendo aquella extraña sombra, sombra que era mucho más rápida que él. Y haciendo caso omiso al resto de sus compañeros, tan pronto la sombra descendió y se dejó ver, lo hizo Akira casi al mismo tiempo, de manera instintiva. Ahora se encontraba prácticamente cara a cara con Douglas, pero este no estaba siendo su principal preocupación.

—¡¡Uh uh, ah ah!! ¡¡Hihihi, ha ha, uh uh!! ¡¡Uh uh, ha ha!! —parecía retrasado, imitando los movimientos de un mono, saltando, dando vueltas y haciendo aspavientos con los brazos. Y tan pronto el pequeño Georgie se subió encima de Douglas, Akira empezó a hablarle en su idioma de simio esperando que le entendiera, se había comunicado con muchos monos en aquella selva, y aunque no tuviera ni idea de lo que estaba diciendo, había conseguido interpretar algunos patrones en los sonidos que emitían y estaba seguro de estar diciéndole: “¡¿Por qué atacar?! ¡Tú romper árbol!”.



Info.

—Hablo —. ”Pienso”
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#15
La vikinga no tenía una mirada lo suficientemente veloz como para captar cada movimiento a tiempo, y menos aún cuando ocurrían por encima de su campo visual, pero no necesitaba ver para saber que algo había cambiado. Sintió el peso desaparecer de sus hombros en un instante y reconoció de inmediato el impulso ágil de Akira, que saltó con precisión desde su posición y se lanzó hacia un árbol cercano, continuando su avance por lo alto de las ramas con la soltura de un mono entre la maleza.
 
Sigrid alzó la vista un segundo después, siguiendo su recorrido más por intuición que por reflejos, y esbozó una sonrisa satisfecha, quizá no era la más rápida para reaccionar, pero su cuerpo y sus sentidos le bastaban para entender que el plan estaba funcionando y que cada uno en la División 93 estaba ocupando el lugar que mejor sabía desempeñar. Diría que apenas unos segundos después una piedra se estrelló contra el suelo justo frente a Enji, lo bastante cerca como para levantar tierra y hacerla saltar en todas direcciones. Sigrid se sobresaltó de inmediato, tensando el cuerpo por puro reflejo, mientras el sargento pervertido comenzaba a gritar y vociferar como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos, agitando los brazos y soltando improperios sin orden ni concierto.
 
La vikinga, sin embargo, no se sorprendió por la reacción de Enji, ya sabía que él era así y que el ruido parecía ser su estado natural. Lo que sí le llamó poderosamente la atención fue la fuerza del lanzamiento, quienquiera que hubiera arrojado aquella roca lo había hecho con tal potencia que había dejado un pequeño hoyo en el suelo, una señal clara de que no se trataba de una simple advertencia ni de un acto torpe, sino de alguien con fuerza de sobra y muy mala puntería o una puntería peligrosamente buena. —Akira, ten cuidado— Gritó la vikinga mientras miraba hacia arriba.
 
Un momento después, otro estruendo sacudió el claro, un árbol entero cayó al suelo, pero no de manera natural, sino como si algo lo hubiera golpeado con una fuerza brutal hasta partir su equilibrio y hacerlo desplomarse sin misericordia. Ese fue el instante en que Sigrid reaccionó de verdad. Sin pensarlo dos veces tomó su alabarda y se preparó, clavando los pies en la tierra y tensando el cuerpo, aunque ni siquiera sabía hacia dónde apuntar, la amenaza era real, pero invisible, y eso la inquietaba más que cualquier enemigo a la vista, pero no pasó ni un parpadeo cuando la situación cambió por completo, sobre la espalda del prisionero apareció una figura ágil y oscura, un animal que se había movido con tal rapidez que parecía haber surgido de la nada. Era un mono o más bien un chimpancé, aferrado con fuerza, los ojos brillantes y el cuerpo tenso como un resorte a punto de saltar.
 
—Oww, pero si es un animalito— murmuró Sigrid casi de inmediato, bajando un poco la guardia por puro instinto, su voz volviéndose sorprendentemente dulce ante aquella visión. Para ella, pese a todo el caos, seguía siendo una criatura viva, y su primera reacción no fue la violencia, sino la curiosidad y el impulso de acercarse, quizá incluso de acariciarlo. Sin embargo, no tuvo ni la más mínima oportunidad, antes de que pudiera dar un solo paso o decir algo más, Enji ya se había lanzado al ataque, moviéndose con una brusquedad que rompió el momento y obligó a Sigrid a tensarse de nuevo.
 
—¿Pero qué estás haciendo?— espetó Sigrid con un tono cargado de furia genuina, dando un paso al frente con la alabarda aún en mano, aunque sin llegar a interponerse del todo. Su instinto protector se había encendido de golpe, pero también sabía que quien estaba actuando era un compañero, alguien de su propia división, y por mucho que le hirviera la sangre no iba a levantar su arma contra un amigo. Aun así, su ceño fruncido y la tensión en sus hombros dejaban claro que no aprobaba en absoluto lo que veía. —No le hagas esas cosas a un animalito— añadió con voz firme, casi dolida, porque en su mente seguía sin encajar la idea de que aquella criatura tuviera relación alguna con el prisionero.
 
Había escuchado que este había pronunciado un nombre, sí, pero Sigrid lo tomó como algo casual, quizá el nombre del mono, una llamada desesperada o un vínculo simple entre humano y bestia, y no como la señal de algo más oscuro. Para ella, hasta que se demostrara lo contrario, aquello no era más que un animal asustado atrapado en medio de una situación que no comprendía.
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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#16
Todos reaccionaron de manera distinta. Enji, al ser el más veloz del grupo, fue el primero en moverse. Su cuerpo respondió antes que cualquier otra cosa, casi por reflejo. Sin embargo, quien tuvo los mejores reflejos fue Juan. Fue él quien se percató primero de la presencia de la criatura, tal vez un movimiento fugaz en su campo visual, una sombra cruzando por el rabillo del ojo, o un sonido demasiado leve para que otros lo notaran, aun así, su cuerpo no reaccionó con la misma rapidez con la que lo hizo su mente.

En contraste, el llamado ¨Sargento pervertido¨, como ya lo habían apodado en ocasiones anteriores, Enji, actuó sin titubeos. Con un impulso explosivo, avanzó y lanzó una patada directa hacia Gorgie, una acción cargada de velocidad y fuerza, el impacto levantó una nube espesa de polvo y hojas, que se expandió de inmediato por el sendero y cortó la visión del resto del grupo, durante un breve instante, nadie pudo ver con claridad qué había ocurrido, solo quedó el sonido del polvo al caer lentamente y la tensión suspendida en el aire, mientras los demás permanecían expectantes, tratando de discernir el resultado de aquel movimiento repentino en medio de la jungla.

Para refrescarles la memoria les comento que sucedió exactamente en ese momento para quienes no pudieron percatarse de la acción; Cuando la patada de Enji ascendió con violencia en dirección a Gorgie, la criatura se percató del ataque en el acto y lejos de entrar en pánico, el chimpancé reaccionó con una coordinación sorprendentemente fluida, con un movimiento conjunto de brazos y piernas, se deslizó hacia abajo, pegándose al cuerpo del prisionero y desplazándose hasta la parte inferior de este, utilizando su propia velocidad para evadir la patada por completo.

El golpe de Enji cortó el aire donde Gorgie había estado apenas un instante antes, sin perder tiempo ni impulso, y aprovechando su nueva posición casi a ras del suelo, el chimpancé contraatacó, con el cuerpo bajo y estable, lanzó un puñetazo directo hacia la pierna izquierda de Enji la cual estaba apoyada en el suelo sosteniendo todo su peso, apuntando con precisión mientras este aún se encontraba extendiendo su otra pierna por la inercia de su propio movimiento, todo ocurrió en un parpadeo, demasiado rápido para tratarse de un animal común y como si aquello no fuera suficiente, una vez efectuado el golpe, el animal no se detuvo, con una potencia imposible de atribuir a una bestia común, dio un salto vertical de casi dos metros, elevándose por encima del prisionero encadenado con una agilidad asombrosa. Su silueta cruzó el aire en una fracción de segundo, pasando justo por encima de los hombros del ex sargento y el descenso fue inmediato, aprovechando la caída y la cercanía, Gorgie lanzó un cabezazo directo contra Enji, impactándolo con fuerza seca y precisa, el golpe terminó de romper su equilibrio, obligándolo a ceder y caer, mientras el polvo volvía a levantarse bajo sus pies, el movimiento fue limpio, casi técnico, ejecutado con una coordinación que no dejaba lugar a dudas, aquello no era un animal actuando por instinto, sino alguien o algo que sabía perfectamente cómo pelear.

—¡¡SHAAAASHASHASHASHA!!— La risa del exsargento se expandió por todo el bosque, rápida y estridente, rebotando entre los troncos como si la jungla misma la amplificara, no había nerviosismo en ella, ni histeria, es mas esta sonaba genuinamente divertida, Douglas Maracai Bo parecía haber disfrutado cada segundo de la escena, como si aquello confirmara algo que siempre había sabido, el animal, ahora sin lugar a dudas, le pertenecía o al menos eso daba a entender. —No golpees tan fuerte a la nueva generación, Gorgie —dijo con un tono casi despreocupado, como quien calma a un viejo conocido. —Sino quedaran tontos como los anteriores. — Acto seguido, el prisionero dio dos pasos hacia la izquierda, haciendo tintinear las cadenas al tensarlas, y sin ningún apuro se dejó caer al suelo, sentándose con las piernas relajadas. Desde allí observó la escena con total calma, como si no fuera el centro del conflicto, como si los marines presentes no tuvieran mayor importancia, los otros tres soldados parecían no existir para él.

Mientras tanto, Akira realizaba unas señas extrañas con las manos y los brazos, movimientos que recordaban vagamente a los gestos utilizados para comunicarse con chimpancés salvajes, sin embargo, había algo evidente en la postura de Gorgie, aquel animal no reaccionaba como uno común, no imitaba, no respondía por instinto, no mostraba confusión, Gorgie no era un chimpancé salvaje y Douglas Maracai Bo, sentado en el suelo con una sonrisa inquietante, parecía saberlo mejor que nadie. —¡Niño, deja de hacer esas muecas estúpidas! —soltó de pronto, dirigiéndose a Akira, antes de soltar otra carcajada —¡Shaaashashashasha!— El exsargento parecía disfrutar del momento con una naturalidad perturbadora, sus manos se movían con calma, jugando distraídamente con el barro del suelo, dejando surcos irregulares entre sus dedos como si nada de lo que sucedía a su alrededor tuviera verdadera importancia.—Gorgie no es un animal salvaje — continuó, con un tono casi nostálgico —Sí, fue mi mascota hace muchos años.— Alzó apenas la vista, lo justo para observar a la criatura antes de volver a bajar la mirada, aún entretenido con la tierra húmeda.

—Pero terminó convirtiéndose en un sargento de la Marina, igual que yo. — Sus palabras no sonaban a provocación ni a engaño, no había exageración ni intención de manipular, era la verdad, dicha con la serenidad de un hombre que ya no tenía nada que ocultar, ni nada que perder. Finalmente, levantó el rostro por completo, su sonrisa seguía ahí, torcida y peligrosa. —Gorgie podría matarlos a todos ustedes. — La frase cayó pesada, sin énfasis ni amenaza directa, solo una constatación, el bosque pareció guardar silencio una vez más, como si incluso la jungla entendiera el peso de aquellas palabras.

Gorgie realizó una serie de señas con una precisión inquietante, comenzó con su mano dominante, extendiendo el índice para apuntar directamente a su propio pecho, trazando luego un movimiento semicircular hacia los lados, incluyéndose a sí mismo y a Douglas en el gesto. A continuación, abrió ambas manos y ejecutó un movimiento simétrico, lento y medido, como si estuviera equilibrando una balanza invisible. Por último, llevó los dedos hasta la comisura del labio, tocándola con suavidad, antes de avanzar un paso al frente.

Douglas soltó una carcajada breve, casi automática, pero en un solo instante, su expresión cambió, la sonrisa desapareció, la mirada se volvió dura, firme y peligrosa. —Claro que sí, Gorgie, nosotros somos la justicia verdadera.— No había duda alguna, el animal se comunicaba mediante lenguaje de señas, y Douglas lo comprendía a la perfección. No necesitaban palabras ni explicaciones adicionales, entre ambos existía un entendimiento absoluto, forjado en algo que iba mucho más allá de una relación entre humano y bestia.

—NOSOTROS SOMOS LA VERDADERA JUSTICIA. — Esta vez, el exsargento gritó. Su voz estalló en el aire con una fuerza brutal, expandiéndose por el bosque como una onda de choque, como si esperara que la selva misma lo escuchara, o cualquier cosa que se ocultara entre sus sombras, las aves alzaron el vuelo a lo lejos, el eco de sus palabras rebotó entre los troncos. —USTEDES, nuevos soldados… DÉBILES SOLDADOS—continuó, señalando al frente con desdén —TIENEN QUE FORMAR PARTE DE LA VERDADERA JUSTICIA.— En un movimiento que desafiaba toda lógica, de un solo salto, imposible para alguien encadenado, Douglas se puso de pie. Las cadenas tintinearon, tensándose, pero no lo detuvieron, su postura ya no era la de un prisionero, era la de un predicador fanático, de un líder consumido por su propia doctrina. —DEJAR ATRÁS LA MALDITA DEBILIDAD DEL MUNDO, LAS CÁRCELES NO DEBEN EXISTIR, LOS JUICIOS NO DEBEN EXISTIR.— Cada frase era un martillazo para los presentes. —TODO AQUEL QUE COMETA UN CRIMEN DEBE MORIR Y AQUELLOS QUE LLEVAMOS LA VERDADERA JUSTICIA, ACABAREMOS CON SUS VIDAS SIN PIEDAD ALGUNA. — Mientras hablaba, Gorgie lo observaba con atención absoluta. Sus ojos brillaban, cargados de una emoción casi reverencial, no había duda el animal había sido criado bajo esa misma comprensión retorcida de la justicia, era la única que conocía, la única que reconocía como válida y la única que estaba dispuesto a seguir hasta la muerte.

Douglas dio un paso al frente, las cadenas arrastrándose contra la tierra húmeda. —USTEDES. —escupió la palabra —ÚNANSE A LA JUSTICIA QUE IMPARTO… A LA QUE IMPARTIMOS. DEJEN DE PERTENECER AL GRUPO QUE CAERÁ ANTE LA NUEVA ORDEN. — Su rostro se deformó en una sonrisa amplia, desquiciada, los ojos abiertos de par en par, encendidos por una fe enfermiza.

—¡¡SHAAAAAASHASHASHASHA!!— La risa volvió a estallar, más fuerte, más rota, mezclándose con los sonidos del bosque, que ya no parecía un simple escenario sino un testigo silencioso de la locura que acababa de revelarse.

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#17
El ascenso de su patada se encontró con el aire, un destino extraño, pues, en su cabeza, se había preparado para sentir un peso en el empeine y luego el chillido de un animal herido. Nada de eso ocurrió. En su lugar, Enji sintió un impacto en la pierna, justo sobre la pantorrilla, lo que arrastró su pisada escasos centímetros a un costado. El dolor detuvo en seco sus acciones, sus palabras y todo lo que pudiera estar maquinando. Bajó la mirada, pero no encontró al responsable del impacto. Lo siguiente que sintió fue la brutal colisión de un objeto redondo contra su pecho, que lo obligó a dar unos pasos a la izquierda para recuperar el equilibrio.

—Tch…

Apretó los dientes y la mirada se le desenfocó por un segundo. Había encajado dos golpes bastante duros, uno detrás del otro y sin apenas tiempo de reaccionar. ¿Que carajos acababa de pasar? ¿Había sido Douglas? Enji dio dos pasos hacia atrás, retrocediendo dos metros, se frotó los ojos y levantó la mirada cuánto antes.

Lo que vio, o, mejor dicho, lo que escuchó, echó más tierra al asunto en lugar de aclararle las ideas. Douglas, después de un larguísimo trecho en absoluto silencio, había soltado la lengua. Y qué manera de hacerlo. El intento de Akira por comunicarse con el animal, pese a su extrema… bizarres, palideció frente a la declaración que realizó el prisionero. Algo totalmente inverosímil.

—¿El mono? —replicó Enji, recuperado de la sorpresa—. ¿Un sargento?

La marina tenía soldados de todos los tipos, tamaños y colores. La división 93 era prueba viva de ello pues entre sus filas se contaban dos humanos, un Gyojin y una Bucanera y entre los cuatro sumaban casi mil kilogramos de peso, más diez metros de altura y… ni un triste barco.

Definitivamente tenían que conseguir un barco.

En fin, podía creerse muchas cosas del alistamiento, pero ¿un mono? Ni siquiera era un humano-mono, esos famosos humink híbridos. No. Un mono, plano y llano, con su cola, sus pies-manos y su pelaje oscuro.

En fin.

—Pff… —Enji apretó los labios para no reírse en mitad del discurso. Permitió a Douglas hablar mientras lentamente se movía hacia su derecha ( a la izquierda de Douglas ), sin quitarle la mirada de encima mientras por el rabillo del ojo tenía vigilado al mono, que permanecía a la derecha de Douglas mirándolo con total admiración y absoluta devoción. Conocía ese tipo de miradas. Las había visto antes y sabía lo que podían significar.

Cuando el convicto finiquitó su discurso, Enji sonrió. Una sonrisa amplia, enseñando los dientes.

—¡Me alegro de que compartamos pensamiento, sargento! —gritó mientras su brazo derecho secretaba veneno y se convertía en una larga punta ligeramente curvada hacia adentro—. Sin juicio, sin cárcel… ¡Sólo ejecución!

Los músculos de sus piernas se engrosaron por un instante, sus pies friccionaron en la tierra y Enji salió disparado. Cortó la distancia que lo separaba de su objetivo con una carrera repentina a máxima velocidad y proyectó su técnica apuntando al rostro del arrogante Douglas Maracai Bo.

—¡Estoy que ardo, cabrón! ¡Aguijón!



El nombre de la técnica brotó de sus labios, pero una pequeña parte se quedó hormigueando en la punta de su lengua al hacerlo. Una pisca de duda en su resolución. ¿Qué tan diferentes eran Douglas y Enji?





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#18
Cuando me dispuse a hablar con el sargento, Enji se me adelantó y, sin titubear, se lanzó al ataque contra el mono. No pude ver lo que había sucedido, tras lo que presumiblemente era una patada de Enji, se levantó una nube de polvo que tapó mi visión y, antes de que pudiese acercarme, el sonido de dos golpes resonaron desde el interior de la polvareda. —¿Enji le ha dado una paliza al mono? Como se pasa...— Pensé fugazmente mientras la nube de polvo se disipaba. Para mi sorpresa, El mono seguía allí, intacto, impasible, victorioso... Mientras mi compañero hacía su mejor esfuerzo para mantener el equilibrio —¿Fue el sargento? No puede ser, sigue encadenado. Acaso el mono...— Si Gorgie era suficientemente fuerte como para esquivar y hacer retroceder a Enji igual teníamos un problema entre manos...

Mientras me acercaba a mi compañero el prisionero empezó a reír de forma estruendosa, reflejando u ánimo y una vitalidad que no parecía reflejar al hombre al que habíamos escoltado hasta ahora. Se sentó en el suelo y empezó a hablar con Akira, estaba completamente relajado, como si supiese que no corría ningún peligro por nuestra presencia ¿Tanta confianza tenía en aquel simio? Mientras hablaba me fui desplazando hacia la derecha de Douglas mientras trazaba un arco, manteniendo la distancia con él, no parecía vernos como . Empezó a balbucear tonterías sobre "verdadera justicia" "Cárceles" y más cosas, pero algo de lo que dijo realmente me enfadó "DÉBILES SOLDADOS" —Conque débiles eee...— Musité, de forma que nadie pudo oír lo que decía, mientras dejaba que el tipo, que no parecía estar prestándome atención en lo absoluto, divagase. 

Nos pidió que nos uniésemos a él, el tipo estaba desquiciado, en sus ojos no había justicia, solo había locura. El momento en el que comenzó a reír supe que era el momento de atacar, debía tomar la iniciativa y mi objetivo estaba claro, el mono, que en ese momento me estaba dando la espalda y miraba embobado al preso. En el momento en el que me lancé al ataque me encontraba prácticamente a su espalda, así que, velozmente acorté la poca distancia que nos separaba y le conecté un fuerte golpe con mi Smash. Al momento de dar el golpe y cuando Douglas dejó de reír Enji lanzó su ataque sobre él ¿Se había vuelto loco? En las órdenes ponía claramente que no podíamos dañar al preso. Quise impedirlo, pero con mi atención puesta en el mono no tuve tiempo para hacer ni decir nada.

Off
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#19
La patada que intentó darle al mono, un mono, recordemos, rápido y fugaz, capaz de moverse entre ellos y entre las sombras sin apenas ser visto, evidente terminó siendo una patada al aire. Aquello pilló por sorpresa a Akira, quien estaba intentando comunicarse con el simio, que acabó respondiendo con lenguaje de señas—. Mierda, de esto algo entiendo… Pero solo los “aplausos” —¿le servía? Por supuesto.

La patada del sargento pervertido provocó una humareda espesa de polvo y hojas de un color marrón oscuro casi negro, característico del terreno húmedo en el que se encontraban, cortando la vista del grupo durante un instante. Pero no había impactado, no se logró diferenciar el sonido del golpe en la carne del mono. Es más, la coordinación del mono hizo que consiguiera desplazarse por Douglas como si se tratara de un árbol, devolviéndole a su compañero el golpe en menos de un segundo.

Akira miraba la escena bastante sorprendido, ¿por qué estaban haciendo esto? Nadie había atacado a nadie, bueno sí, Enji… Pero después de que lanzaran la piedra. ¿Se había asustado tanto como para querer pegarle al mono? Al final aquel animal conocía al prisionero y podía ser una amenaza, pero claramente esa supuesta piedra que Akira no vio, no golpeó a nadie, sino conociéndolos se hubieran quejado a voces. El joven marine levanto sus dos manos y empezó a moverlas sobre si mismas hacia un lado y hacia otro, rotándolas sobre su eje, esto en lenguaje de señas significaba, lo que sabemos, “aplausos”. ¿Estaba buscando la aprobación del chimpancé? ¿Tanto le gustaban estos animales? Su amigo acababa de ser golpeado.

—Espera, ¿qué? ¿Acabamos de empezar un conflicto? ¿No se supone que este no puede recibir ni un solo rasguño? ¿Vamos a pelearnos con el mono? —y el discurso de aquel que parecía pertenecer a las SS comenzó: LA VERDADERA JUSTICIA. Sonaba bien, pero en la práctica… No del todo.

—Si me permite señor Douglas, yo también pienso que, en según qué casos, no debemos tener piedad alguna… Pero hay delitos y delitos… Más que acabar con sus vidas… ¿Un ojo por ojo? No sé… Yo que tú le daría una vuelta… Eres bastante… Umh… Radical. Sí, radical es la palabra —aquella mirada de maníaco era obvia que era imposible de apaciguar. Alguien que capaz de matar buscando justicia, en cierto sentido, se convierte en aquello que busca destruir… Maldito lado oscuro…

Y la estruendosa risa del prisionero encadenado estalló, más fuerte, más rota, haciendo que varios pájaros, entre ellos un tucán bastante familiar que les había estado escuchando desde una rama, alzara el vuelo sin mirar atrás. Este hombre estaba loco. Y a esa locura respondieron sus compañeros.

Por un lado, el sargento pervertido dio inicio a la pelea con una técnica bastante llamativa a los ojos del navegante del grupo. Convirtió su brazo en una punta de veneno y apuntó a la cara de Douglas, quien claramente tenía que llegar sin un solo rasguño. ¿Estaban a punto de ser cesados como marines? En cualquier caso, ahora eran una división, y todos iban a responder por igual. O al menos, así era como Akira entendía la amistad.

Por otro, su buen crustáceo y amigo Pinza Roja tomó la iniciativa por el flanco de la derecha para atacar al mono con su pinza, que en este momento le estaba dando la espalda. Y muy a su pesar, Akira se mantuvo callado y esperó a que el mono recibiera el golpe. Por un momento se le cruzó por la cabeza gritar, “no, al mono no”, o algo así como “simio no mata simio”, pero es que Juan era un cangrejo.

Akira estaba viéndolo todo como si se tratase de una película, tenía en frente toda la escena, como en el cine, le faltaban las palomitas. Y atrás de los cuatro mareones, Sigrid—. Nada… Que no me queda otra… —suspiró—. Yo al mono me lo quiero quedar de mascota… —y dicho esto, acompaño al sargento pervertido en su ataque al prisionero. No podía pegarle al mono y esperaba que con aquella frase Juan tuviera algo de piedad con el pobre animal, realmente quería quedárselo y que se le subiera a la espalda como una mochila.

Frente a frente con Douglas, más todavía después de que diera ese paso al frente con la vena hinchada y predicando su idea de justicia, Akira estaba perfectamente posicionado para soltarle una buena patada al estómago. Su compañero le estaba atacando al rostro, así que, si por un casual decidiera esquivarlo agachándose, se comería la patada de Akira. Y si por otro no recibía ninguno de los golpes, Akira se cubría las espaldas al ser una técnica en la que podía recoger la pierna fácilmente y así evitar ser alcanzado por el veneno de su compañero. Dio un ligero salto vertical y—. ¡PATADA PISTÓN! —recordad chicos: sin marcas visibles de abuso ni daños colaterales que puedan comprometer la transferencia. Nada de esto comprometía a la transferencia. Seguimos jugando.



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—Hablo —. ”Pienso”
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#20
En cuestión de segundos todo se salió de control de una manera absurda y caótica. Sigrid se quedó quieta, apenas respirando, tratando de procesar la escena que se desplegaba frente a ella como si alguien hubiera volcado una mesa llena de piezas que ya no encajaban. El mono chillaba y se movía con una agilidad imposible, Enji estaba primero en el suelo vociferando y al instante siguiente lanzándose con furia desmedida, Akira aparecía y desaparecía entre movimientos erráticos, casi antinaturales, y de pronto Juan golpeaba al animal sin titubear, como si eso no fuera suficiente, Akira también atacaba al prisionero, ignorando por completo la orden directa que habían recibido de no herirlo.

La vikinga apretó los dientes. Sus manos se cerraron con fuerza alrededor del arma, la madera crujió levemente bajo la presión de sus dedos, aquello ya no era una escolta, era un desastre. —¿Pero qué demonios están haciendo?— murmuró entre dientes, más para sí misma que para los demás. No gritó, no intervino aún, pero su postura cambió, los pies firmes sobre el suelo, el cuerpo inclinado hacia adelante, lista para actuar si aquello escalaba un poco más, por primera vez desde que habían recibido la misión, Sigrid sintió que algo iba terriblemente mal y que, si nadie ponía orden pronto, serían ellos mismos quienes arruinarían todo.

Sigrid entendió en ese instante que ya no había mucho que pudiera hacer sin empeorar la situación. Todo había estallado en cuestión de segundos y sus propios compañeros seguían atacando como si la misión ya no importara, como si el prisionero fuera un simple saco de golpes y no la razón por la que estaban allí, tambien habia visto como el prisionero parecia perder la cordura gritando cosas que realmente le daban igual, pero que preocuparian a mas de uno en la ciudad. La vikinga dio un paso atrás, no por miedo, sino por pura estrategia. Su mente trabajaba rápido: si lo herían, aún podría intervenir después, cerrar heridas, mantenerlo con vida, pero si lo mataban, no habría fuerza en el mundo que pudiera arreglarlo.

Un nudo pesado se le formó en el pecho al pensar en las consecuencias. No solo perderían la misión, perderían su estatus, su nombre, su futuro, ser destituidos sería lo más suave, lo otro, bueno, lo otro era acabar como Douglas. Esa palabra no necesitaba explicación, bastaba con recordarla para que un escalofrío le recorriera la espalda. Sigrid apretó la mandíbula, los ojos clavados en el prisionero mientras el caos seguía girando a su alrededor. —Por favor Nika, que no lo maten— pensó, porque sabía que, en el momento en que la vida de ese hombre se extinguiera, también se apagaría algo para todos ellos.

El corazón de Sigrid latía con fuerza mientras tomaba la decisión. Ya no bastaba con observar ni con confiar en que el caos se disipara solo. Sus dedos se cerraron con más firmeza alrededor de la alabarda y giró el arma con cuidado, alineando la parte trasera del asta. No iba a cortar, no iba a derramar sangre; eso no. Aquello sería un golpe seco, contundente, lo justo para frenar a quien estuviera a punto de cruzar la línea. Respiró hondo, tensando los músculos de brazos y espalda. En su mente repasó el objetivo una última vez —Una contusión, un aturdimiento, nada que deje marcas evidentes— Era una apuesta, y lo sabía, pero era mejor que quedarse de brazos cruzados esperando lo peor.

Con un movimiento rápido y controlado, Sigrid se lanzó hacia adelante, descargando el golpe con la parte trasera de la alabarda. No había rabia en ese ataque, sino urgencia y responsabilidad, el impacto resonó seco, brutal, lo suficientemente fuerte como para cortar la escalada de violencia sin convertirla en algo irreversible. La vikinga se mantuvo firme tras el golpe, lista para reaccionar de inmediato, con la esperanza de que ese instante ganado fuera suficiente para que todos recordaran por qué estaban allí y lo cerca que habían estado de perderlo todo. —Para que te cayes el hocico. — Terminó diciendo cuando dirigió el golpe hacia la cabeza del prisionero. 

Cosas Vikingas
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