Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#11
No respondí enseguida. Primero lo miré de nuevo... entero.

Empezando por los pies embarrados y pasando —inevitablemente— por ese intento de actitud despreocupada que no engañaba a nadie. Ni a él mismo.

Alcé apenas una ceja.

— "Baby"… — repetí despacio, probando la palabra como si evaluara si era comestible— No te me agrandés porque sobreviviste a tres alumnos y un árbol. Bajá un cambio — esbozando una sonrisa, eso iba medio en chiste y medio en serio.

Seguí caminando, pero esta vez más cerca suyo. No pegada pero tampoco distante: la distancia exacta donde uno puede frenar al otro sin tener que estirar el brazo.

El canto de las cigarras llenaba el aire como una olla hirviendo. El calor subía desde los arrozales y se pegaba a la piel. La humedad hacía que cada paso fuese un pequeño esfuerzo diplomático con la gravedad.

— Sí — respondí al fin, a sabiendas que fue más una frase retórica que algo que necesitara respuesta factible — hace calor. Pero eso no significa que puedas andar por la vida ventilando la dignidad.

Lo miré de reojo.

— Y menos la mía por asociación.

Cuando levantó la gorra de la marina, solté una risa corta.

— Hhh-heh-hhh ¡Mirá vos! — murmuré — Con razón esa confianza injustificada.

Me acerqué un poco más, estiré la mano y acomodé la visera apenas hacia un costado.

— Ahí está — dije airosa — Ahora parecés un irresponsable con uniforme imaginario, no un loco escapado del monte.

Retiré la mano sin dramatismo, como si no hubiera sido nada.

El camino se abrió entre arrozales inundados. El agua reflejaba el cielo naranja del atardecer y deformaba nuestras siluetas en cada paso. Por un momento caminamos en paralelo con nuestras versiones onduladas, más tranquilas que nosotros.

Respiré hondo. El aire ya no me quemaba. Ahora pesaba además de que los mosquitos comenzaban a zumbarme en la oreja.

— ¿Sabés qué pasa? — empecé, tranquila — Vos no tenés instinto de conservación. Tenés instinto de espectáculo.

Lo señalé apenas con dos dedos.

— Y en esta isla el espectáculo termina a las piñas. Siempre... es todo un tema.

Una pausa.

— No me hagas correr otra vez — añadí — Porque la próxima te dejo colgado más alto así aprendés a contemplar la vida.

Pero la comisura se me levantó apenas al decirlo. Estaba agradecida por su intervención, pero sería muy estúpido de mi parte alentar o continuar con actitudes poco adeptas en condición de supervivencia.

Cuando preguntó cuántos onigiris quería, lo miré como si la pregunta fuese profundamente filosófica.

— Mínimo cuatro — respondí rápidamente — Dos para comer y dos para compensar el estrés que me hicieron pasar.

Seguí caminando unos pasos más antes de agregar —Y uno dulce.

Lo miré de costado.

— Porque si después de todo esto encima son salados me largo a llorar ahí mismo y te hacés cargo.

El pueblo ya empezaba a olerse antes de verse: vapor de arroz, madera caliente, aceite y gente... La civilización después del absurdo.

Aflojé un poco los hombros.

— Igual… — dije más bajo — hiciste bien en no volver.

No lo miré al decirlo.

— No era pelea. Era orgullo buscando excusa. Y el orgullo en grupo siempre es más estúpido que solo.

Pasaron unos segundos. El cuerpo ya lo tenía completamente distendido, tanto que mis alas perdieron algunas plumas que se mecían en la caída con el tempo de vaivén de mis caderas.

— Además — continué — hoy ya tuve suficiente testosterona ambiental para una semana.

Volví a mirarlo.

— Así que comemos, te conseguís un pantalón… aunque sea robado de un tender… y después vemos.

Incliné apenas la cabeza.

—De todos modos, debo cumplir lo que te prometí... — ¿Se acordaría todavía de lo que le dije con tanto revuelo? A saber, tampoco es que fuese a ignorar completamente la buena predisposición de un marine.

— Pero si volvés a tirarte contra tres tipos por honor marcial imaginario, te vendo yo misma al próximo dojo como saco de entrenamiento.

Una pausa corta.

— Y me voy a quedar mirando.

La sonrisa esta vez fue evidente.

El camino desembocaba ya en las primeras casas.
[Imagen: CwHBiqT.png]
  Responder
#12
La gorra marine chocaba, resaltaba, llamaba la atención sobre su cabeza, y no porque le quedase mal. Desentonaba como desentona un bloque de hielo en mitad del desierto, como lo hace una traza negra en el mármol blanco o un abrigo en la playa bajo el sol de verano. Algo que simplemente no encajaba.

—¿Eh? ¿Así está mejor? —Con la gorra torcida a un costado la imagen era otra. La rectitud que el símbolo del brazo armado del Gobierno Mundial se distendía, perdía fuerza y, con ello, abrazaba mucho mejor la energía de Enji. Ese aire despreocupado, desdeñoso y arrogante por el que se lo conocía en toda la isla. O no. En realidad, en la isla se lo conocía por ir en calzones a todos lados.

El camino de tierra crecía largo frente a sus pies, pero enredados entre palabras se atravesaba rápido.

—Yo no lo hubiera dicho mejor —señaló y se llevó las manos detrás de la cabeza—. La gente de por aquí es mooooy estirada. Parece que todo se trate de rutinas y arroz para ellos. —Hizo una pausa y después agregó—: (...)y piñas. Sí, definitivamente piñas, aunque esa parte no me disgusta.

Se encogió de hombros. Siempre era entretenido darse de golpes con alguien. En especial allí, en la Isla del Karate, dónde hasta el perro callejero que vivía en un callejón tenía nociones de artes marciales. La doctrina que pregonaban rozaba lo ridículo. ¡Juraría haber cruzado a un ratón ninja! Junto a su correspondiente gato samurai.

El pueblo se asomó tras el horizonte y Enji se miró a sí mismo. ¿Que tenía de malo no llevar pantalones?

—Me pides mucho, baby —suspiró—, aunque por tí sabes que sería Batman.

Las miradas empezaron a atravesar a la peculiar pareja nada más salir de los campos de arroz e internarse en la urbanización. Enji solía atribuirse la culpa cuando caminaba solo o acompañado de algún pueblerino local, pero nadie, absolutamente nadie, se atrevería a señalar a otra persona que no fuera Ashera a la hora de elegir cual de los dos llamaba más la atención. El nudismo del marine y su falta de vergüenza palidecían al lado de los cuatro metros de mujer morena que caminaba a su derecha.

Se le infló un poco el ego de que lo vieran junto a ella. Más de una mirada reflejaba envidia al enfocarle y no era para menos, pensaba Enji. La que caminaba a su lado era una belleza exótica.

—¡Eh! Los ojos dónde pueda verlos, putos lengua de arroz. ¿Es que nunca vieron a una mujer? —Receloso, se paró en medio y trató de cortar cada línea de visión que apuntase a ciertas zonas del cuerpo de la lunarian, aunque para ello tuviera que dar saltos debido a su diferencia de tamaños.

El puesto de onigiris no estaba muy lejos. Era pequeño, diseñado para llevarse la comida o sentarse a comer contra la barra que daba a la propia cocina. Media cortina ocultaba la mitad superior de sus comensales de la vista de la calle.

Enji miró el puesto, miró a Ashera, miró el local de nuevo y se llevó la mano al mentón.

—Hm, creo que debería entrar yo —dedujo—. ¡Vuelvo en cinco!

Y entró en el local.

Protegido por la media cortina y atravesando la calle se escucharon gritos, insultos, risas y algunos golpes, solo para que cinco minutos después saliera Enji con una orden enorme de onigiris formando una pirámide sobre su brazo derecho y un taburete de acero, que debía estar clavado en el suelo, debajo de su brazo izquierdo.

—¡Mira! Les sobraba uno.
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 2 invitado(s)