12-02-2026, 11:50 PM
Día 86, Año 17, Primavera
Atributos Personaje
Personajes
Habían pasado ya dos semanas desde que llegué a la isla de Centaurea. Una semana entera explorando, observando, aprendiendo. Cada mañana me levantaba antes de que el sol estuviera alto, revisaba mis notas, preparaba mis herramientas y salía hacia la selva. El aire en la ciudad de Orchyd era cálido y húmedo, pero cruzar el límite del bosque cambiaba todo. La humedad se volvía más densa, los sonidos de la fauna más constantes, y la vegetación comenzaba a invadir el camino, obligándome a avanzar con cuidado.
La Selva Centaurea no era como los bosques que había visto antes. No era solo un conjunto de árboles altos y maleza. Era un ecosistema completo y complicado, vivo en cada rincón. Las raíces sobresalían del suelo formando obstáculos que había que esquivar. Lianas colgaban entre los troncos como cuerdas naturales, algunas tan gruesas que apenas podía rodearlas con las manos. Helechos enormes cubrían zonas enteras y formaban pequeñas sombras que servían de refugio a insectos y pequeños animales. Arbustos con espinas afiladas crecían donde menos esperaba, capaces de rasgar la ropa si no tenía cuidado.
Cada día me encontraba con algo nuevo. Aves de plumajes nunca vistos, reptiles que se camuflaban con la corteza, insectos de formas y colores que parecían salidos de otro mundo. Cada descubrimiento era una oportunidad de aprender. Dibujaba hojas, ramas, frutos; anotaba tamaños, colores, comportamientos. Observaba cómo ciertos animales se alimentaban solo de una especie concreta de fruta o semilla. Prestaba atención a las zonas con más luz y a las más húmedas, a cómo cambiaba el suelo según la lluvia y la exposición al sol. Era un aprendizaje constante, casi absorbente.
Esa mañana decidí explorar un área más profunda de la selva. No había senderos marcados, solo la vegetación y los rastros de animales que me guiaban. Avanzaba despacio, apartando ramas con cuidado y evitando pisar hojas secas que pudieran delatar mi presencia. La concentración era máxima. Cada paso, cada sonido, cada movimiento de las hojas a mi alrededor me decía que debía estar atento. Fue entonces cuando la vi. Una flor que se destacaba entre tanto verde.
Era alta y robusta, con pétalos grandes y abiertos en varias capas. Lo que más me llamó la atención fue la mezcla de colores. No era uniforme ni simple. Algunos pétalos eran rojos con blanco, otros morado y naranja, algunos rosa suave y otros completamente blancos. No había patrón repetido, cada flor parecía única, como si la naturaleza hubiera decidido crear un espectáculo en miniatura.
Me acerqué con cuidado. En el centro de la flor había un ratón pequeño, inclinado hacia el néctar. Observé su comportamiento. Era un animal normal, confiado, sin sospechar el peligro que corría. Saqué la libreta y comencé a anotar detalles sobre la interacción entre la flor y el ratón, el tamaño del animal, cómo movía las patas, cómo apoyaba el cuerpo.
De repente el ratón comenzó a temblar. Al principio pensé que era un movimiento normal, quizá por perder el equilibrio. Pero las convulsiones aumentaron rápidamente. Cayó al suelo y comenzó a moverse de manera descontrolada. Corrí hacia él.
—Tranquilo... —murmuré, tomándolo entre las manos.
El animal estaba convulsionando, su respiración era irregular, su cuerpo rígido. Intenté calmarlo, pero en segundos dejó de moverse.
Me quedé unos instantes en silencio, arrodillado, con el pequeño ratón entre las manos. La tristeza y la sorpresa me paralizaron. Entonces recordé algo que había leído en Orchyd, en un libro antiguo de botánica del South Blue. Allí había visto una flor con un aspecto casi idéntico. Su descripción indicaba que el néctar y los órganos de la flor eran mortales para animales pequeños como roedores e insectos. La muerte era casi instantánea. También había un apunte sobre cómo algunas personas lograban sintetizar un veneno a partir de esta planta, aunque los autores del texto aseguraban que hacía mucho tiempo que nadie había vuelto a hacerlo.
Recordé las palabras del librero:
—En humanos tarda más de doce horas en hacer efecto. Si alguien lo sintetiza, puede ser en cinco horas. Pero no te preocupes. Aquí cualquier médico tiene el antídoto. Y hace tiempo que no se ve a los que fabricaban esto. —
La identificación fue inmediata. Me alejé lentamente de la flor, cerré la libreta y decidí regresar a la ciudad para revisar mis notas y confirmar los detalles. La selva podía esperar; no era prudente seguir allí cerca de algo tan peligroso.
Sin embargo, no había avanzado más de unos metros cuando escuché un grito. No era un animal; era un grito humano, agudo, urgente. Me detuve. Lo seguí hasta un claro pequeño, ocultándome detrás de un tronco grueso. Lo que vi me heló la sangre.
Dos hombres adultos rodeaban a un niño. Ambos llevaban pistolas a la cintura. No eran armas comunes. El niño tenía ropa limpia, cara cuidada, y sostenía un pequeño ratón en las manos. No parecía que perteneciera a ese entorno.
Los hombres se burlaban del niño mientras uno de ellos sacaba la pistola y cargaba un dardo.
—Aléjense de él. —mi voz fue firme, pero contenida.
Salí de mi escondite, desenfundando la espada y la daga. Los hombres apuntaron al instante. Uno disparó, pero desvíe el dardo con la espada. Otro me alcanzó en la pierna. El ardor fue inmediato. No me detuve. Avancé y corté. Dos golpes precisos en los pechos de los atacantes. Ambos cayeron al suelo.
El niño me miraba con miedo y sorpresa.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Cyanus… —respondió, con voz temblorosa.
—Soy KuroVongola. —
Asintió y soltó al ratón, que corrió hacia la vegetación, a salvo por el momento. Le ofrecí llevarlo a casa. Intenté calcular la distancia, mientras avanzábamos juntos hacia Orchyd.
—Es en la otra dirección —corrigió Cyanus después de unos minutos.
Me detuve, giré y cambié el rumbo. Mientras caminábamos, el niño me habló de su interés por estudiar la fauna y flora. Sus padres eran médicos, con una clínica en la ciudad. La conversación me recordó mis propios días de infancia explorando el mundo con curiosidad.
—¿No tienes miedo? —preguntó en un momento.
—No lo conozco. Y si aparece, me encargaré. —
Dos horas de caminata intensa, y empecé a notar los efectos del veneno del dardo. Mareo, fiebre leve, dolor en la pierna. Cyanus lo notó y me miró preocupado. No quería alarmarlo. Cambié de tema, preguntándole sobre la selva, sobre los animales que había visto. Me respondió con entusiasmo, describiendo pájaros, insectos y pequeños mamíferos que había encontrado.
—Cuando mis padres se enteren... —dijo con un suspiro.— Me regañarán. No querían que viniera solo a la selva. —
Su comentario me hizo pensar en el veneno. La fiebre y el mareo coincidían con lo que había leído: la sustancia del dardo podía tardar unas cinco horas en afectar seriamente. Tenía que mantenerme estable hasta llegar a la ciudad. Por suerte, la distancia no era larga y los padres de Cyanus podían ayudar.
De repente, un hombre apareció en el camino. Ropa de camuflaje, rifle en mano. Era el cazador del que Cyanus me había hablado. Se detuvo y nos observó con desprecio.
—Vi lo que hiciste con mis hombres. Lo vas a pagar. —
Me interpuse delante de Cyanus. La fiebre y el mareo aumentaban, pero la adrenalina no me permitió dudar. Me lancé hacia él. Desvié un disparo que pasó cerca de mi cabeza. Otro impacto me alcanzó en la costilla. Dolor intenso, respiración difícil, pero sobrevivible.
—Corre a la ciudad. Busca ayuda. —grité a Cyanus.
El niño corrió mientras el cazador disparaba de nuevo. Me puse en movimiento, corriendo hacia un área más densa de árboles para dificultar su puntería. Aproveché la confusión y lancé una piedra, desviando otro tiro. Luego, usando la técnica Colmillo de Lobo Descendente (Ōkami Kiba Kudari).
Colmillo de Lobo descendente (Ōkami Kiba Kudari)
Propio
2
Información
Kuro, con su espada, propina un tajo vertical descendente destinado a realizar un corte que dañe severamente a su objetivo.
Código: okamikiba001
Derribé sus brazos junto con el rifle. El hombre gritó y cayó al suelo. Reconoció mi rostro, vio mi cartel de búsqueda y suplicó piedad.
—He visto tu cartel, perdóname, no te reconoci. —
—¿Cuántos te pidieron perdón y no les perdonaste? —pregunté con voz firme.
El cazador no respondió. Su miedo era evidente. Corté su cabeza con rapidez.
El mareo y el dolor regresaron de inmediato. Me apoyé en la espada, respirando con dificultad. Entonces escuché voces. Cyanus regresaba acompañado de tres adultos, uno de ellos claramente su padre. Explicó lo ocurrido, y el padre, médico, me aplicó el antídoto contra el veneno. Sentí un alivio inmediato al notar cómo el cuerpo respondía.
Los tres me ayudaron a caminar hacia la ciudad, hasta la clínica de sus padres. Me acostaron en una cama, revisaron la herida de la costilla y la pierna. La fiebre empezó a bajar, el dolor a ceder. Desde otra habitación, escuché a la madre de Cyanus regañarlo por ir a la selva a escondidas.
—¡Te dijimos que no volvieras a la selva! —
—Pero yo solo quería estudiar. —intentó explicar.
Más tarde, sus padres entraron a verme.
—Gracias por proteger a nuestro hijo. —dijeron con sinceridad.
—Cuídenlo. La selva puede ser peligrosa. —respondí.
Me levanté cuando pude mantenerme estable. Salí de la clínica y respiré aire fresco. Permanecí un rato observando los árboles, escuchando el sonido de los pájaros, el movimiento de pequeños animales. Volví a Orchyd, me senté en un lugar tranquilo, respiré profundo y revisé mis notas.
