Un prisionero justo [AV. T2] [Presente Abs.]
#31
Prólogo parte 7/8

Un grupo de personas que comparten el mismo objetivo no necesariamente forman un equipo, a veces, lo que forman es una secta. Porque en un equipo, el objetivo es común, sí, pero también lo es el cuidado mutuo, la coordinación, el sacrificio consciente por el otro. En una secta, en cambio, todos caminan hacia el mismo punto, pero cada uno lo hace solo, no hay verdadera cooperación, no hay confianza construida desde la empatía, solo hay devoción.

Cada uno protege su propia convicción, su propia idea del propósito, su propia relación con el líder o con el ideal, si uno cae, los demás no se desvían para levantarlo, simplemente avanzan, porque lo importante no es la persona, es la causa. Esa es la diferencia, un equipo se fortalece porque sus miembros se sostienen entre sí, una secta se mantiene porque nadie cuestiona la dirección, en un equipo, si el líder cae, el grupo puede seguir adelante, en una secta, si el líder cae, todo pierde sentido.

Y ahí, en medio del enfrentamiento entre ambas divisiones, esa diferencia empezaba a hacerse visible, no en las palabras, sino en la forma en que luchaban, mientras la división 93 buscaba la forma de ayudarse entre si, aun sin decir una sola palabra, cuando con simples gestos podían entender la sinergia del otro, la división 107 peleaba sola, cada uno con su propio estilo sin unirse a sus compañeros.

Tamiel VS Enji

La risa de Douglas todavía vibraba entre los árboles cuando Tamiel dejó de sonreír, su expresión cambió, se volvió seria, densa y en el instante en que el “maestro” soltó aquella carcajada triunfal, Tamiel se impulsó hacia adelante sin previo aviso. El suelo se agrietó bajo su arranque, hojas y tierra levantándose en una explosión breve. Su puño avanzó cargado, los músculos del brazo tensándose como si arrastraran el peso de una corona invisible.

No era un golpe elegante, era un veredicto, Enji, por su parte, había tenido la decencia o la paciencia de esperar a que Tamiel terminara su discurso, no interrumpió, no atacó a traición, pero esa pausa le costó la ventaja, cuando vio venir el golpe, no retrocedió, avanzó también, su brazo se cubrió con aquella sustancia viscosa que parecía envolver su puño como una segunda piel, espesa, resbaladiza, extrañamente brillante bajo la luz filtrada de la selva y entonces ocurrió, ambos se movieron a la misma velocidad, dos siluetas cruzándose en línea recta, dos impactos simultáneos.

El puñetazo de Tamiel se estrelló contra el pecho de Enji con un sonido seco, profundo, como un tambor golpeado con furia. El aire debería haberse escapado de los pulmones del marine en un jadeo forzado, pero al mismo tiempo, los puños viscosos de Enji impactaron el torso de Tamiel, la sustancia extendiéndose ligeramente al contacto antes de comprimirse contra su carne. El choque generó una onda visible en el aire, por un segundo, ninguno retrocedió, sus frentes casi se tocaron y sus miradas chocaron con más fuerza que sus puños.

El impacto de Enji no fue menor, fue brutal de hecho, el golpe viscoso comprimió el torso de Tamiel con una fuerza que le arrancó el aire de los pulmones. Su cuerpo se tensó y luego cedió, cayó de rodillas, la tierra se hundió bajo el peso del impacto, pequeñas piedras saltando alrededor, durante un segundo eterno, el mundo pareció inclinarse para él, un hilo rojo se asomó por la comisura de sus labios, claro, era su propia sangre, sus pupilas vacilaron, desenfocadas. Un zumbido agudo llenó sus oídos, sentía desorientación, confusión incluso, tres segundos que se sintieron como una eternidad, tres segundos en los que cualquiera podría haber intervenido, pero nadie lo hizo. Megumi seguía midiendo a Juan mientras parecía alejarse. Takako mantenía su espada frente a Akira y Etsuki continuaba su enfrentamiento con Sigrid.

Ninguno se movió, ninguno gritó su nombre, ninguno rompió su propio combate para asistirlo, era extraño, casi antinatural, como si existiera una regla no dicha, esa pelea le pertenecía a Tamiel o quizá algo más profundo, quizá, en el fondo, ninguno de ellos peleaba por el otro, peleaban por Douglas, por su ideal, por su propia convicción.

Tamiel escupió sangre al suelo, el sabor metálico le devolvió claridad, sus dedos se cerraron con lentitud, sus hombros se enderezaron y, con un movimiento firme, se puso de pie nuevamente, la confusión desapareció de sus ojos, lo que quedó fue algo más peligroso. —Buen golpe, novato—murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano y sonrió, no una sonrisa divertida, una sonrisa que aceptaba el dolor como parte del ritual, si sus compañeros no intervenían era porque confiaban o porque no les importaba y esa diferencia, aunque pequeña empezaba a revelar algo inquietante sobre la llamada “justicia verdadera”.

Contenido Oculto


Off de Tamiel


Megumi VS Juan y Akira

Megumi lo vio, por el rabillo del ojo alcanzó a distinguir el momento exacto en que Tamiel cayó de rodillas, escuchó el impacto, vio la sangre, pero reaccionó, no gritó, no se movió hacia él como haria cualquier equipo, sus pies siguieron trazando su propio recorrido lateral, mente fija en Juan, como si el resto del campo de batalla fuera ruido de fondo y entonces algo le atrapó el tobillo, no fue un golpe limpio, fue rápido, bajo, sorprendente, como la mordida de una serpiente salvaje saliendo de la maleza.


Un tirón violento lo desestabilizó y su cuerpo se inclinó hacia adelante por puro reflejo, instintivamente intentó recuperar el equilibrio, pero en ese mismo segundo comprendió lo que ocurría, Juan había salido del caparazón, la embestida no era frontal esta vez, era rasante, calculada, Megumi apenas alcanzó a girar el torso cuando vio la masa del gyojin proyectarse contra él. El impacto llegó antes de que pudiera reacomodarse por completo, pero aun así, disparó, el dedo presionó el gatillo en el mismo instante del choque, el arma detonó, pero el golpe alteró el ángulo y la bala salió desviada, perdiéndose entre los árboles en lugar de encontrar su objetivo.

El retroceso del disparo, combinado con la fuerza del impacto, hizo que la pistola se le escapara de la mano, girando por el aire antes de caer varios metros más allá, Megumi rodó por el suelo, levantando polvo y hojas, cuando se detuvo, quedó de lado, con la respiración agitada, una mueca torcida dibujándose nuevamente en su rostro pese al dolor. —Heh —escupió tierra —Eso sí fue sucio maldito. — pero sus ojos ya no buscaban el arma, buscaban a Juan, porque si algo acababa de quedar claro, era que esa pelea ya no era de tirador contra fortaleza, era cuerpo a cuerpo y eso cambiaba las reglas.

Megumi se incorporó con rapidez, apoyando una rodilla en el suelo y empujándose hacia arriba, buscó a Juan, pero el gyojin ya se había retirado, retrocediendo con disciplina hacia su posición original, dejando el espacio libre solo por un segundo, un segundo que fue suficiente, porque quien ocupó ese vacío fue el pelirubio. Akira venía de frente, no con la brutalidad compacta de Juan, sino con una velocidad más ligera, más técnica. Su avance era limpio, directo, sin el peso arrollador del caparazón, pero con intención clara de impacto. Megumi lo vio venir y eso marcó la diferencia.

Su cuerpo aún dolía por la embestida anterior, pero su percepción no estaba dañada, giró apenas el torso y elevó el brazo derecho en diagonal, endureciendo la musculatura para absorber el golpe en lugar de recibirlo de lleno, el impacto llegó seco. La fuerza recorrió su antebrazo hasta el hombro, pero no lo tomó por sorpresa, sus botas se deslizaron unos centímetros, nada más, no cayó, no perdió equilibrio, sus dientes se apretaron mientras mantenía el bloqueo firme, sus ojos clavados en Akira a escasos centímetros. —No eres el de la casa portátil —murmuró con una sonrisa torcida — Pero tampoco eres lento.— El brazo le ardía, pero seguía en posición, la batalla parecia haber comenzado sin embargo Megumi levantó sus manos, tiró sus armas al suelo y se arrodilló con una sonrisa malévola en su rostro. —Me rindo. — fueron las palabras que salieron de sus labios mientras veía a Tamiel.

Off de Megumi


Takako VS Juan y Akira

Takako no entendió lo que pasó al principio, un instante estaba frente a Akira y al siguiente el pelirubio desapareció, no fue un retroceso táctico elegante, fue una retirada abrupta, casi grosera, lanzándose a una velocidad absurda hacia el combate de Megumi y en su lugar quedó Juan, el “amigo feo”, el reemplazo, Takako parpadeó una vez, solo una, en su mente, algo hizo clic. ¿Qué es peor que abandonar a una dama en plena cita? Irse y dejarle al amigo.

Su respiración cambió, la pacífica chica que parecía no romper un plato inclinó ligeramente la cabeza, observando a Juan frente a ella. Sus mejillas seguían teñidas por el rubor anterior, pero ahora el color no era solo vergüenza, era otra cosa, en su mente, la escena se distorsionó, no estaban en un campo de batalla, no eran marines enfrentados por ideologías opuestas, era una conversación, una interacción social, una “cita” arruinada. La lógica se quebró, Takako no estaba del todo bien, detrás de su apariencia normal y reservada, su mente a veces tejía narrativas que no existían, pequeñas historias internas que se superponían con la realidad.

Y este era uno de esos momentos, sus ojos bajaron un segundo, luego volvieron a levantarse, pero ya no miraban como antes. —¿Me cambiaste? —preguntó en voz baja, aunque Akira ya no estaba ahí, entonces el filo de su espada descendió apenas y luego se alzó nuevamente, esta vez apuntando a Juan. —¿Eso soy para ustedes?— El tono era suave, demasiado suave de hecho. La atmósfera alrededor de ella cambió sin que levantara la voz. Su postura dejó de ser simplemente defensiva, se volvió rígida, cortante, como si su cuerpo estuviera reprimiendo algo más profundo.

—¡¡¿TÚ DE VERDAD ME ABANDONAS EN MEDIO DE UNA CITA TAN IMPORTANTE?!!— El grito salió desgarrado, no fue estratégico, no fue racional, fue visceral. Todo su rostro se encendió en rojo, no de vergüenza esta vez, sino de una furia absurda y desproporcionada, sus ojos temblaban, brillando con una mezcla peligrosa de humillación imaginaria y orgullo herido. La selva quedó en silencio un segundo porque nadie esperaba eso. Ni Akira, ni Juan, ni siquiera sus propios compañeros.

Takako dio un paso firme hacia adelante y su espada descendió en un tajo limpio, horizontal, directo hacia Juan Sebastián. El movimiento fue rápido, preciso, cargado de emoción cruda, no era el corte técnico y frío de una soldado disciplinada, era un corte personal. El filo silbó en el aire con una intensidad distinta a la de antes. Su cuerpo entero acompañó el movimiento, girando la cadera para añadir potencia, como si necesitara que ese golpe llevara consigo todo el peso de su indignación inventada. —¡Y encima me dejas con él!— El acero buscó impactar con fuerza, sin medir ya la compostura inicial que había mostrado minutos atrás. En ese instante, Takako no estaba peleando por Douglas, no estaba peleando por justicia, estaba peleando contra una escena que solo existía en su cabeza y eso la hacía más impredecible que cualquier estrategia.

Off de Takako


Etsuki VS Sigrid

El choque contra Sigrid fue brutal, pero no fue el impacto lo que hizo que Etsuki perdiera estabilidad. Fue algo más pequeño, más silencioso, más traicionero. En medio del cruce de armas, cuando el metal vibraba y la fuerza recorría sus brazos, sintió de pronto un pinchazo bajo la piel. No en un punto visible, no como una herida abierta, sino como si una aguja invisible se hubiera enterrado en su carne sin previo aviso, luego otra y otra más. En cuestión de un segundo, la sensación se multiplicó hasta convertirse en una punzada generalizada, como si mil agujas diminutas estuvieran clavándose al mismo tiempo en su brazo y expandiéndose hacia el hombro.


El gemido escapó de su boca antes de que pudiera reprimirlo. Fue leve, pero audible. Sus dedos aflojaron apenas sobre el asta de la alabarda, un detalle mínimo que, en combate, podía convertirse en una grieta fatal. El dolor no era superficial, no era el ardor limpio de un corte ni la presión contundente de un golpe. Era interno, se desplazaba, avanzaba por debajo de su piel como si algo estuviera viajando a través de sus venas, dejando tras de sí una estela de calor abrasador que, de pronto, se convertía en un frío entumecedor.

Lo supo sin necesidad de verlo, era veneno. El ritmo irregular de su corazón, el hormigueo que comenzaba a nublar la sensibilidad de sus dedos, la ligera desorientación que no correspondía al esfuerzo físico, todo apuntaba a ello, pero la verdadera inquietud no era el dolor, sino la pregunta que lo acompañaba, ¿cómo? No había visto ninguna herida lo suficientemente profunda, no había sentido una cuchillada clara ni el roce evidente de algo punzante, solo el cruce de armas contra Sigrid, nada más.

Esa incertidumbre era lo más peligroso, porque no saber el origen significaba no saber la solución. ¿La hoja de Sigrid estaba impregnada? ¿Había una aguja oculta en el asta de su arma? ¿Algún mecanismo imperceptible activado en el contacto? La mente de Etsuki intentaba reconstruir el instante exacto en que todo cambió, pero el dolor insistente dificultaba concentrarse.

Retrocedió medio paso, intentando estabilizar su respiración, negándose a mostrar debilidad. No podía permitirse titubear, no frente a Sigrid, no frente a sus compañeros y mucho menos frente al Maestro. Apretó los dientes con fuerza, obligando a su cuerpo a mantenerse firme mientras la sensación punzante continuaba expandiéndose bajo su piel, sin embargo se desplomó por la sensación, jamas habia sentido algo asi y entró en panico, al voltear a ver a su maestro y no verlo ahi sintió una gran satisfacción y simplemente se dejó caer.

Off Etsuki



Mientras el estruendo de los combates se extendía por la selva , acero contra acero, impactos secos de puños, respiraciones agitadas y gritos cargados de convicción hubo un detalle que nadie advirtió. Ni los de la División 93, concentrados en contener a sus oponentes. Ni los de la 107, consumidos por su propia idea de justicia. Ni siquiera aquellos que decían pelear por el Maestro.

Douglas dejó de reír. El cambio fue sutil. Tan sutil que se perdió entre el eco de los choques y los pasos sobre la tierra húmeda. Su expresión se relajó, y la tensión en sus brazos, hasta entonces contenida, se transformó en algo completamente distinto, decisión calculada. Las cadenas que rodeaban sus muñecas tintinearon apenas cuando flexionó los dedos. No hizo un movimiento brusco. Solo un leve giro de muñecas y el sonido opaco del metal cediendo bajo una fuerza que no parecía humana. Primero fue una fisura casi imperceptible. Luego otra, hasta que, con un crujido seco y comprimido por el ruido de la batalla, los eslabones se partieron. Los grilletes cayeron al suelo con un golpe amortiguado por la tierra y las hojas, quedando medio ocultos entre raíces y sombra.

Nadie miraba hacia él, era casi irónico, tanta devoción, tanta defensa, tanto enfrentamiento en su nombre y él ya no estaba allí. Douglas dio un paso atrás, evaluando el campo una última vez. Vio a Tamiel intercambiando golpes brutales. Vio a Megumi rodando por el suelo. Vio a Etsuki resistiendo el veneno con pura obstinación. Vio a Takako perder el equilibrio emocional que tanto intentaba sostener. No intervino, no llamó a ninguno, no dio orden alguna, simplemente giró sobre sus talones y toda la división 107 excepto Takako se dieron cuenta de esto.

El salto fue limpio, silencioso y potente. Se impulsó hacia el tronco más cercano y, como si su cuerpo pesara la mitad de lo que aparentaba, se proyectó hacia la copa de los árboles. La velocidad con la que comenzó a desplazarse entre las ramas era peligrosa, casi antinatural. Sus pies apenas tocaban la madera antes de volver a impulsarse. Cada salto lo alejaba más del claro, más del ruido, más de la supuesta “justicia verdadera” que sus seguidores defendían con sangre. Las hojas apenas se movían cuando pasaba, la selva lo absorbió y en cuestión de segundos, había desaparecido.
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#32
Me lancé al ataque con la confianza de que fuese lo bastante rápido como para impactar limpiamente mi golpe, pero el bastardo se movía con una soltura que demostraba con claridad que era un soldado entrenado, de no ser por el veneno de Enji, este habría podido evadir mi ataque con éxito. Encontrándose entre la espada y la pared, intentó atacarme de forma desesperada, pero, al mismo tiempo que presionó el gatillo, fui capaz de golpear con fuerza en el brazo que sostenía el arma, mandándola a volar y dejando vulnerable al tirador que rodó por el suelo tras el ataque. Tras su escupitajo, me limité a arquear una ceja, en un intento de provocarle. 


 Tras este fugaz intercambio de desprecios, vi a Akira aproximándose, por lo que me dirigí velozmente a cubrir su posición, Era el compañero con el que más había trabajado en mi aún corta carrera de marine, así que entendía con facilidad sus movimientos. No me paré a observar, el resultado del ataque de mi compañero, tenía plena confianza en él, sabía que no sería derrotado fácilmente, además, el campo de batalla no es benevolente, una distracción podría significar el fin, más aún al enfrentar a enemigos bien entrenados. 


Una vez cubierto el hueco que dejó Akira, me vi de frente con una muchacha espadachina que parecía algo consternada, al verla algo histérica no pude evitar responder las preguntas que lanzaba al aire —Te cambió… Eso eres si…— Tras estas tímidas preguntas el tono de la muchacha cambió de forma exagerada, como un volcán que acababa de entrar en erupción, la chica se veía dolida pero de verdad, Es verdad que Akira es guapete, pero el cambio tampoco había sido tan malo… ¿Verdad? —Espera ¿Cómo que cita?— La espadachina se había puesto colorada y ardía en furia, por lo que, siendo precavido, adopté una postura de batalla.


Al ver que se disponía a abalanzarse sobre mi, reaccioné lo más rápido que pude, introduciéndome en mi caparazón al mismo tiempo que empezaba a girar hacia ella. Mi caparazón chocó contra su tajo, haciendo que las chispas saltaran debido a la fricción, que resonó en la zona como el chirrido de una hoja que está siendo afilada. 


Tras el breve momento del impacto, ambos fuimos levemente repelidos, sin ser ninguno capaz de atravesar el ataque del contrario, por lo que aproveché la inercia del retroceso para retroceder a mi posición inicial, cayendo al mismo tiempo que salía del caparazón. —Nada… mal ¿Quieres intentarlo… otra vez?— Usar esta técnica era agotador para mi cabeza, estaba tan mareado que me resultaba difícil hablar con naturalidad, parecía un borracho ¿Cómo iba a mantener una imagen chula frente a todos de esta manera? Retrocedí un paso más por precaución, me recogí en el caparazón y sin quitarle un ojo a la chica de encima, cuyo rostro me costaba distinguir, me preparé para su siguiente movimiento. 
Contenido Oculto


—Hablo—
—Pienso—
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#33
El intercambio ocurrió en un parpadeo. Un silbido del viento, dos puños enfrentados, dos visiones colisionando en mitad de la selva. El fanático contra el egoísta. El que haría todo por el objetivo de otro y el que haría todo por su propio objetivo, su misión, su destino. Voluntades opuestas chocaron y se sacaron chispas, golpeando en el origen de sus pasiones: el pecho, dónde el corazón de cada uno galopaba al ritmo de su propia doctrina. Enji siguió de largo en su camino con la marca del puño de Tamiel en las carnes, justo sobre el plexo solar. Sus pies se arrastraron por la tierra hasta detenerse, habiendo girado en el aire para mantener en su linea de visión a toda la División 107. Los traidores.

«Carajo…»

Todo el aire había abandonado sus pulmones de un solo manporrazo. Enji sintió sus piernas temblar. Su mirada desenfocada, por un instante, le perdió la pista a la realidad, embotada por el dolor. ¿Cuándo había sido la última vez que recibía un golpe de tal magnitud? Un golpe de realidad, un recordatorio de que seguía siendo un pretendiente en ese mundo de monstruos.

Apretó los dientes, afirmó los pies en el suelo y se obligó a mantenerse erguido. Forzó sus pulmones a funcionar de nuevo y, no sin dificultad, los llenó de aire con una gran bocanada.

—Te vas a cagar cuando me lo tomé en serio… —Con la mirada todavía desorbitada por el dolor, Enji clavó sus iris rojo sangre en el pelirrojo y susurró—: Aguijón.


Y el aire, arrebatado por un exabrupto, se tuvo que apresurar a rellenar el espacio que antes ocupaba el marine. La tierra bajo sus pies saltó, removida por la tracción repentina que lo impulsó y convirtió su figura en un borrón de velocidad. Difícil de percibir. Demasiado difícil, incluso para un marine entrenado y afilado en el combate cuerpo a cuerpo como lo era Tamiel. El primer paso se escuchó a la izquierda del pelirrojo, todavía alejado tres metros. El segundo se escuchó a la derecha, a dos. Y el tercero…

El tercero rompió el esquema y volvió a sentirse a su derecha, dónde Enji apareció clavando su pie en el suelo y proyectando un puño izquierdo embebido en veneno. La sustancia violáceo se había aglomerado en forma de una punta, similar al apéndice que le daba nombre. Demasiado veloz para verlo venir. Demasiado preciso como para fallar.

La punta impactó en el pómulo derecho del traidor y se desplegó, empapandola la cara, el hombro y el pecho en forma de una cruz de veneno que se pegó a su cuerpo. Pero eso no era todo. La punta se desmenuzó al chocar, y, detrás de ella, llegó el puño y conectó también. Un solo movimiento. Muchísimo dolor.

Enji apareció a la derecha de Tamiel tras impactar la técnica, con la guardia arriba después del puñetazo conectado.

—¡Los quiero a todos esposados para cuando termine con esto! —avisó a sus compañeros, a quienes veía de reojo. A sus compañeros, a los marines de la 107 y… y…

Faltaba alguien.

—¡¿Dónde mierda está Douglas?! —reclamó saber mientras su veneno, fiel al estilo de Enji, hacia su trabajo y empezaba a carcomer la ropa de Tamiel, quien más temprano que tarde se vería en la misma situación que Enji si seguía peleando: prácticamente desnudo—. ¿Y el mono?

El primate casi que le preocupaba más que el propio Douglas después de haber probado de primera mano sus capacidades de pelea, pero tenía un enemigo asignado en esa pelea y Tamiel seguía teniendo el grueso de su atención.

—Mierda… ¡El tipo ya no está aquí! Rindanse todos o peleen hasta morir… ¡Ustedes eligen, División 107!

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#34
El desgraciado de Megumi había conseguido bloquear la tremenda patada del rubio, pero lo positivo es que tanto el agarre venenoso de Enji como la brutal embestida de Juan habían impactado en el sin mucha dificultad. Un tiro al aire y un retroceso que le hizo soltar el arma dejaron al chico de mirada psicópata y convicciones poco respetables vendido en el área de combate. Pero por desgracia para Akira, había conseguido ser más rápido que él y lo había visto venir con determinación.

Con una rodilla apoyada en el suelo y todavía dolorido por la embestida del cangrejo, consiguió girar el torso y elevar el brazo, endureciendo el cuerpo y absorbiendo todo el impacto que la patada de Akira podía darle. El marine cayo de pie frente al traidor, al que había conseguido deslizar unos centímetros. Y levantó las manos, rindiéndose, pero con una sonrisa que algo escondía.

Akira le miró desde las alturas con un rostro serio, muy diferente a la expresión burlona y vacilona que había dejado que se conociera antes de lanzarse al ataque. Por el momento, escuchaba todo lo que ocurría a su alrededor, todas las conversaciones, prestando especial atención a Takako y a su desquiciada forma de lidiar con los problemas. Pero su mirada fría y seria seguía clavada en los ojos de Megumi, esa sonrisa no le gustaba nada, y esa mirada que le había echado a su compañero Tamiel mientras decía que se rendía, tampoco. Akira le dio un puñetazo en la cara con la mano izquierda, aprovechando ese momento de distracción en el que dejaba de mirarlo a él para mirar a su amigo pelirrojo, que se encontraba en su diagonal derecha.

—Maldito desgraciado, y encima sonríes… ¿De qué coño vas? ¿Ya has conseguido lo que querías? —y rápidamente se posicionó a su espalda para atarle las muñecas con las esposas y recoger las armas que había tirado al suelo, vaciándolas y atándoselas a la espalda, con las balas en los bolsillos. No iba a consentir que además de traicionarlos ensuciaran su isla.

Tan pronto lo tuvo esposado, volvió la vista al resto del campo de batalla y no pudo evitar tener que responder a aquella chica que parecía su fan número uno—. ¡Eh! ¡Guapa! El único que te ha abandonado ha sido tu “maestro” Douglas, yo sigo aquí, pero si mi amigo necesita refuerzos ahí estaré, eso algo que vosotros jamás lograréis comprender… Te has preocupado más de mi que de tus compañeros… Me dais vergüenza, ¡todos! ¡ME DÁIS VERGÜENZA! —les gritó mientras sin tiempo, la chica se lanzó a cortar a Juan, quien reaccionó rápido introduciéndose en su caparazón para evitar ser herido, era todo un tanque. Pero ahora Akira estaba serio. Se había escapado un delincuente, y no habían podido hacer nada… Y todo por culpa de esta estúpida división de fanáticos deficientes mentales.

—¡No te preocupes Enji, a uno ya lo tengo yo esposado! —respondió al Sargento Pervertido al tiempo que él también se daba cuenta de la desaparición de Douglas. Fue en ese momento en el que Akira se aproximó a Juan para sacarle del bolsillo el den den mushi y llamar al cuartel. Estaba medio mareado, así que también estar a su lado le aseguraba poder defenderlo en caso de que la cabeza no dejara de darle vueltas.

—¡Quieta! ¡Luego hablaremos tú y yo! ¡A solas! —señaló a Takako, esperando que con aquella frase se tranquilizara un poco más, a fin de cuentas, esa obsesión que tenía por Akira seguramente le venía bien y todo para tranquilizarla. “Hablaremos a solas”, si con aquello no la encendía de nuevo los colores, seguramente tendría que atacarla al igual que hizo con Megumi, a quien tenía esposado y retenido con su mano izquierda—. SOS, SOS ¿Me reciben? Aquí la división 93, hemos sido traicionados y emboscados por la división 107. El exsargento Maracai Bo se ha escapado, ¿me reciben? Maracai Bo se ha escapado. Se lleva al mono.



Info.

—Hablo —. ”Pienso”
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#35
El cuerpo de Etsuki se tensó de pronto, como si un hilo invisible le hubiera atravesado los músculos, y Sigrid lo notó antes de entenderlo. La firmeza en la mirada de la muchacha se quebró apenas un segundo, su respiración se volvió irregular, y el peso de su alabarda cedió lo suficiente para que el acero de ambas dejara de chocar. La vikinga parpadeó confundida, girando la cabeza lo justo para ver a Enji a unos pasos, con esa sonrisa incómoda que siempre parecía esconder algo, comprendiendo al instante que el sargento había intervenido con su maldita Akuma no Mi.
 
No fue victoria lo que sintió. Fue un vacío extraño, como si la pelea hubiera perdido sentido de golpe. Etsuki cayó de rodillas, luego de costado, el veneno haciendo su trabajo junto con los cortes que ambas se habían dado, y Sigrid apretó los dientes con fuerza, bajando su alabarda de inmediato. Aquello no era un triunfo honorable era una necesidad amarga que no le gustaba para nada. —Ero-Gunso— murmuró entre dientes, sin mirarlo siquiera, porque sabía que si lo hacía le gritaría. Se agachó junto a Etsuki, comprobando su pulso con sus manos enormes, pero sorprendentemente cuidadosas. Seguía viva y eso estaba bien, tenía que seguir viva. —No te mueras, tonta— añadió en voz baja, casi como una hermana mayor regañando, mientras arrancaba un trozo de tela para improvisar presión sobre una herida.
 
Por un momento, la imagen de la División 93 cruzó su mente, Juan gritando órdenes, Akira trepado en árboles, Enji metiéndose en problemas, todos avanzando como podían, creyendo en algo que quizá ni entendían del todo. Sigrid sintió un nudo en la garganta, no quería más marines caídos por ideales que se chocaban como olas contra roca. —Esto no termina así— dijo al fin, levantando la mirada hacia Enji y los demás, seria por primera vez en mucho tiempo. —La llevaremos al Ala médica. Responderá por lo que hizo, sí, pero viva, todos deben volver vivos— La vikinga esposó y cargó a Etsuki con cuidado, como si fuera una niña dormida en lugar de una enemiga hace segundos, y comenzó a caminar, pesada pero firme, con el casco reflejando la luz entre los árboles. Su sonrisa no volvió; solo quedó una determinación silenciosa, la de alguien que aún cree en la justicia, incluso cuando duele aplicarla.
 
Sigrid dejó escapar el aire despacio, apoyando la base de su alabarda contra el suelo húmedo mientras el silencio comenzaba a caer sobre el campo como una manta pesada. La adrenalina seguía vibrándole en los brazos, pero ya no había choque de acero ni gritos; solo el murmullo del viento y los cuerpos rendidos de quienes, hacía apenas minutos, defendían su propia idea de justicia. Miró primero a Megumi, que había bajado las armas con la mirada vacía; luego a Takako, que tarde o temprano caería ante la piel dura de Juan; y por último a Tamiel, inmóvil por el veneno de Enji. La vikinga cerró los ojos un segundo, tragándose el orgullo y la rabia mezclados, porque en su pecho lo que sentía no era victoria, sino cansancio.
 
—Douglas escapó, no tenemos nada más que hacer aquí.— dijo al fin, con esa voz suya grande y firme que aun así cargaba un dejo de tristeza. No era cobardía, era disciplina, un marine no pelea por pelear, pelea para cumplir el deber, y el objetivo ya no estaba allí. Sigrid giró el rostro hacia sus compañeros de la División 93, buscando sus ojos uno por uno, como asegurándose de que todos seguían enteros. —Amarren a los que siguen vivos como hizo Akira, revisen heridas, luego me encargaré de tratarlos y nadie remate a nadie, por favor— comentó, más suave, porque no quería otra muerte inútil cargando sobre sus hombros.

Cosas Vikingas
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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#36
Un grupo que sigue a una sola cabeza, que obedece sin cuestionar, que nunca se detiene a analizar las decisiones, los errores o incluso los demonios internos de su líder no es un equipo. Es una secta, porque en un equipo existe diálogo, existe discrepancia, existe la posibilidad de decir “estás equivocado”. En una secta, en cambio, la palabra del líder no se evalúa, se acepta, no se contrasta, se ejecuta, no se discute, se defiende.

Eso era exactamente lo que la División 107 parecía en ese momento. No eran cuatro soldados coordinándose en medio del caos. No eran compañeros cubriéndose mutuamente. Eran cuatro voluntades orbitando una sola figura, y esa era Douglas. Sus ideales no habían nacido de experiencias propias, sino de discursos repetidos. Sus convicciones no se habían templado en debate, sino en adoctrinamiento. Douglas no era solo su superior. Era su referencia moral. Su marco de interpretación del mundo. Su libro sagrado. Lo seguían como si fuera la única verdad escrita, como si cada palabra suya fuese un versículo incuestionable.

Y por eso, aunque ninguno lo sabía aún con certeza, algo ya había cambiado de forma irreversible en el campo de batalla. Si Douglas había escapado, si realmente se había desvanecido entre los árboles mientras ellos luchaban en su nombre, entonces, para la 107, el objetivo estaba cumplid, no importaba el costo, no importaba si Tamiel caía, no importaba si Etsuki sucumbía al veneno, no importaba si Megumi quedaba desarmado, no importaba si Takako perdía el control por completo, porque el propósito no era salir ilesos, era liberar al Maestro y si él estaba libre entonces ya habían ganado. Esa era la diferencia más peligrosa entre ambas divisiones. La 93 peleaba para capturar, para contener, para sobrevivir juntos. La 107 peleaba para asegurar una idea encarnada en un solo hombre. Si ese hombre escapaba, el sacrificio individual dejaba de importar. La captura personal no era derrota, era un martirio funcional.

Cada uno de ellos lo entendía, aunque no lo dijera en voz alta, si Douglas seguía respirando en libertad, entonces la justicia verdadera, la que ellos creían absoluta, también lo hacía y eso bastaba, no necesitaban salir victoriosos del enfrentamiento, solo necesitaban que su líder lo hiciera.



El segundo impacto de Enji no dejó espacio para resistencia, la sustancia viscosa se extendió por el torso de Tamiel como una marea oscura, filtrándose por la tela, impregnando su piel. Esta vez no hubo intercambio simultáneo, no hubo equilibrio, el golpe lo atravesó y su cuerpo perdió firmeza, sus rodillas cedieron y claro, luego el resto, cayó de lado sobre la tierra húmeda, el veneno extendiéndose como fuego líquido bajo su piel. Sus músculos se tensaron involuntariamente, su respiración se volvió irregular y cada intento de incorporarse terminaba en un espasmo que lo devolvía al suelo.

Estaba empapado, no solo por la sustancia, sino por el sudor frío que comenzaba a cubrirle la frente y aun así sonrió, con manos que apenas obedecían, metió los dedos en el bolsillo interior de su chaqueta. El movimiento fue torpe, pero decidido y de allí sacó un sobre arrugado, ligeramente manchado, y lo sostuvo frente a sí durante un segundo, como si contemplara una pieza clave de una partida ya decidida y luego lo arrojó, no lejos, apenas unos centímetros fuera del alcance inmediato de su cuerpo, lo suficiente para que no quedara debajo de él. —Esta es tu carta, novato —escupió, la voz rasgada por el dolor y el veneno, sus ojos buscaron a Enji y no había miedo en ellos, lo unico que había era satisfacción.

Aquella era la carta real, la que debía haber llegado a manos de la División 93 desde el inicio. La que describía la situación auténtica del prisionero, la que detallaba el traslado, los riesgos, las coordenadas verdaderas, la que nunca recibieron porque la División 107 se encargó de interceptarla. La falsificaron, redactaron otra, una diseñada para arrastrarlos al bosque, para alejarlos de cualquier punto estratégico real, para aislarlos en un terreno favorable, entonces el sobre en el suelo era la prueba, no de traición, sino de una manipulación calculada. Tamiel tosió, y una pequeña mancha roja salpicó la tierra junto a su mejilla. —Ustedes nunca estuvieron aquí por casualidad —murmuró con dificultad —Solo siguieron el guion equivocado.— La selva parecía observar en silencio, mientras el veneno avanzaba por su sistema, Tamiel no miraba a sus compañeros, no buscaba ayuda, no pedía auxilio, porque si Douglas estaba libre entonces, incluso desde el suelo, incluso envenenado, incluso capturado, habían cumplido su objetivo.

Notificación real


El ataque errático de Takako fue repelido con precisión impecable por las habilidades de Juan Sebastián. La trayectoria desordenada de su embestida, cargada más de furia que de técnica, chocó contra la defensa firme y calculada del combatiente, cuya postura apenas se alteró ante la violencia del impacto. El acero vibró en el aire, cortando el silencio del bosque con un sonido agudo que parecía marcar el final de aquella arremetida desesperada. Takako retrocedió apenas un paso, sus pupilas aún dilatadas, su respiración irregular, como si cada exhalación fuese una batalla distinta librándose en su interior.

Cuando la voz de Akira atravesó el campo de batalla. No fue un grito, no fue una orden cargada de autoridad marcial, fue apenas una frase que logró abrirse paso entre el caos. Probablemente, de todas las palabras pronunciadas, lo único que alcanzó verdaderamente a escuchar Takako fue aquel “A solas”. Esa breve expresión, tan ajena al estruendo metálico y a la violencia del momento, impactó en ella con una fuerza distinta, más profunda, más humana. De inmediato, el rojo comenzó a ascender por su rostro, no el rojo de la ira ni el del frenesí combativo que la había consumido instantes antes, sino el de la vergüenza, intenso y casi infantil. Sus ojos, que segundos atrás ardían con una determinación desquiciada, parpadearon confundidos, como si despertara de un sueño febril. La espada que sostenía descendió con una velocidad sorprendente, pero esta vez no para atacar, sino para envainarse con una técnica limpia, automática, aprendida a través de años de disciplina.

Sin pronunciar palabra, Takako cambió por completo su postura. Se dejó caer al suelo con una docilidad desconcertante, las rodillas primero, luego el resto del cuerpo, hasta quedar sentada sobre la tierra húmeda. Sus manos se alzaron lentamente, abiertas, los dedos extendidos hacia el cielo como una rendición silenciosa. No había desafío en su gesto, ni resistencia, ni siquiera orgullo herido. Solo una aceptación extraña, como si en ese instante hubiera decidido abandonar la lucha no solo contra sus enemigos, sino contra algo mucho más profundo que la consumía desde dentro.

Al final de cuentas, estaba totalmente loca, perdida de la razón a los ojos de cualquiera que observara la escena desde fuera. Su comportamiento carecía de coherencia lógica, oscilando entre la violencia desenfrenada y la sumisión absoluta en cuestión de segundos, pero quizás, en aquella fractura evidente de su mente, existía una forma de supervivencia. Aquella parecía ser su manera de escapar de su propia realidad, de silenciar las voces internas, de apagar el incendio que ardía tras sus pupilas, esperaba a ser esposada. No como una criminal desafiante, sino como alguien que necesitaba límites físicos para contener el caos mental que la dominaba. En el suelo, con las manos en alto y el rostro aún teñido de rojo, Takako no parecía una guerrera vencida, sino una persona rota buscando, tal vez sin saberlo, que alguien más tomara el control que ella ya no podía sostener.

Mientras el aire aún vibraba con los ecos recientes del enfrentamiento, el inconfundible chasquido húmedo del Den Den Mushi rompió la tensión. Desde el otro lado de la línea, tras un breve crujido estático que imitaba el carraspeo de una garganta humana, se escuchó una voz firme, clara, imposible de confundir con la de alguien inexperto. —Eleonor Camell, División 91, te copio. —La entonación era femenina, pero no delicada, estaba templada por la autoridad, afilada por años de mando, cada sílaba caía con precisión quirúrgica, como si incluso al hablar mantuviera formación marcial.


Hubo una pausa mínima, apenas el sonido del caracol acomodando su auricular natural, antes de que continuara —Se ordena la aprehensión inmediata de la División 107 y su traslado a la base con la mayor brevedad posible, ¿me copia, soldado? — No era una pregunta, era el protocolo, era la confirmación de que la cadena de mando seguía intacta pese al caos en el bosque. El tono de Eleonor Camell no necesitaba elevarse para imponer respeto, su autoridad no provenía del volumen, sino de la seguridad absoluta con la que pronunciaba cada orden. No había titubeo, no había espacio para interpretaciones personales, aquello no era una sugerencia estratégica, era una directriz oficial.

—Si no necesitan refuerzos, se les ordena abandonar de inmediato la escena y regresar. Se desplegarán marines por toda la isla en busca del Sargento. Repito, se ordena abandonar de inmediato la escena y regresar a la base. — El énfasis en la repetición no era casual, en situaciones críticas, las órdenes se duplican para que nadie pueda alegar confusión. La División 107 ya no era un objetivo secundario ni un asunto ambiguo, ahora era prioridad máxima y el Sargento Douglas se había convertido oficialmente en presa de una cacería a escala insular.

Akira quien sostenía el Den Den Mushi con firmeza, había sido él quien, en medio del enfrentamiento, había decidido establecer contacto con el cuartel general de la Marina. Su decisión fue rápida, casi instintiva, pero estratégica y la respuesta no tardó en llegar. La eficiencia de la División 91 demostraba que la situación ya había escalado más allá de un simple conflicto entre escuadrones. El pequeño caracol replicaba las expresiones de Eleonor con sorprendente fidelidad, su ceño fruncido, la severidad en los ojos, incluso la rectitud de sus labios al pronunciar cada orden. Era como si la presencia de la oficial se hubiera materializado en miniatura, observando el escenario a través de la criatura transmisora.

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#37
Las palabras de Akira parecieron terminar el conflicto con la muchacha, que guardó la espada y se desplomó en el acto, resultó ser una chica tímida y vergonzosa. Bastaron unas palabras caramelosas para hacer que sucumbiera, el poder de una cara bonita como la de Akira sin dudas era algo aterrador… Quizás debía practicar caras seductoras por si en algún momento me veía con la oportunidad de usarlo a mi favor. Al mirar a mi alrededor parecía que todo estaba zanjado, la división no sé qué número estaba fuera de combate, el mono seguía allí, haciendo cosas de mono pero aparentemente tranquilo y Douglas… Se escapó, un desastre, era mi misión como líder y fallamos en lo único que no podíamos fallar. Volví a mi forma de cangrejo y dije  —Bueno… Pues hemos fallado.— Miré una vez más a mi alrededor para verificar el estado de mis compañeros —Al menos parece que todos estamos enteros, podría haber sido mucho peor… Aunque te han dado duro Enji Jajajaja— 

Sabiendo que todos mis compañeros estaban bien, me acerqué al mono con la cautela de un domador de bestias. El mono parecía manso ¿Este era el mismo monstruo que le dio para el pelo a Enji y que parecía que iba a matarme en cualquier momento? —Chicos, creo que nos han cambiado al mono— Dije mientras repasaba al mono de arriba abajo con la mirada —Está raro ¿Verdad? Bueno, como sea, ¡Gorgie, manos a la espalda!— El mono se mostró sorprendentemente colaborador, así que le agarré las manos con suavidad y le puse las esposas —Buen chico Georgie, te daré un plátano cuando regresemos al  cuartel— 

Llevando a Georgie con suavidad de un brazo me acerqué al cuerpo inconsciente de Megumi y lo cargué sobre mi hombro —Alehooop ¿Estamos todos listos? Regresamos al Cuartel— Y entonces emprendimos la marcha de vuelta. Nos habíamos enfrentado a oponentes muy duros y habíamos salido bien parados (Menos Enji) Lo cual de cierta manera era un logro, pero quedaba una pregunta en el aire —¿Dónde habrá ido Douglas?— Era un misterio, pero ya se había armado un dispositivo de búsqueda, la eficiencia de la Marina se haría valer encerrando a ese fanático entre rejas, o al menos eso quería creer. 

El camino de vuelta fue ligero, nos habríamos paso por la selva mientras comentábamos lo sucedido desde nuestros puntos de vista —Cuando vi como Enji atacaba al mono y al segundo le había metido una paliza… JAJAJAJAJA, fue buenísimo… ¿verdad Gorgie?... ¿No es muy hablador no?— Le pregunté retóricamente a mis compañeros. parecía bastante vivaracho cuando Douglas hablaba— Pero de golpe el peso de la realidad cayó sobre mi de forma implacable —El teniente… Hemos fallado la misión… Y yo era el líder en funciones… ME VAN A REGAÑAR— Me llevé las manos a la cabeza, haciendo que Megumi, que seguía inconsciente, se cayera al suelo de cabeza —Ups… Perdona muchacho. Entre la patada de Akira y esto igual se queda tonto…— Lo volví a cargar como quien lleva un saco de patatas al hombro y seguí contando anécdotas del combate —Y entoces la muchacha empezó a gritar y se puso rooooja rooooja, parecía un tomate…— La misión había fallado, pero al menos habíamos creado momentos que recordar como división y eso, después de todo, era lo más importante.

—Hablo—
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#38
Después del puñetazo, su enemigo cayó entre espasmos de dolor y sufriendo chuchos de frío a causa de una fiebre incipiente. El contacto prolongado con su veneno tenía ese tipo de efectos. Enji lo observó desde arriba, erguido y con la respiración acelerada por el esfuerzo. Estaba tenso, preparado para reaccionar a la primera señal de movimiento agresivo. Esperaba la jugada rastrera, el golpe furtivo, la trampa. Ese contraataque sorpresivo, sin embargo, nunca ocurrió. Tamiel había caído y no mostraba intención alguna de volver a levantarse. En otras palabras, el combate había terminado por rendición.

—¿Qué pasó, novato? —masculló Enji, en un acto de redención personal y evidencia innegable de su personalidad vengativa—. ¿Se te cayó una moneda?

El veneno corría por sus brazos, caía al suelo y formaba sendos charcos morados y humeantes a su izquierda y a su derecha. La vegetación moría a sus pies por culpa de la tóxica sustancia, pastos verdes convertidos en cintas amarillas, deshilachadas y podridas. Una alfombra apropiada, pensó Enji. Un buen marco para su retrato.

Se dejó caer encima de Tamiel y tomó asiento en su espalda para contenerlo. Lo sujetó y forzó a cruzar ambos brazos a la altura de los músculos lumbares, ejerciendo presión con su rodilla. Una vez lo tuvo inmovilizado, y tras dar un breve vistazo al derredor, recogió la carta. La supuesta directiva original para la misión. Leerla dió un poco más de contexto a la trampa que les habían tendido y arrojó un poco de luz en la conspiración. Lo que, de todas formas, no terminaba de poner todas las cosas claras. ¿Una división de cuatro personas podía llegar a ejecutar un plan así? Enji no se fiaba. Tenía que haber alguien más metido en el ajo.

Por el momento, esos cuatro y el mono seguían siendo todo lo que tenían para explicar lo allí ocurrido y estaba seguro de que asumirían la culpa, lo que dejaba a un posible sexto participante fuera de juego.

—Callate, Juancho —replicó con los ojos en blanco—. Agarra a ese mono, por favor. O le lleno de veneno las orejas.

Estaba enojado. La pelea había terminado de forma prematura, dilapidada por el escape de Douglas Maracai Bo. Tamiel, aunque debil, se rindió al saberse ganador de la pulseada general y no por ser incapaz de seguir peleando. Había cumplido su verdadero objetivo.

Enji lo levanto del suelo y se lo cargó al hombro mientras sus compañeros hacian lo mismo con el resto de miembros de la División 107. Tenían un largo camino de regreso al pueblo y desde allí, a la base, dónde les esperaría otro larguísimo rato de declaraciones, papelerío y, por supuesto, gritos de parte de sus superiores. En resumen, sería un día largo, cansado y frustrante.

—¡Rubiales! ¿Que carajos le dijiste al mono? —preguntó a mitad de camino, próximos a salir del bosque de una buena vez—. Pega duro el condenado…

De los cuatro, el que peor parado había salido era él, aunque todos bailaron al ritmo que marcó la 107. Les faltaba mucho camino por delante.

—El veneno se les pasará en un rato. Si no se mueren antes, claro —dijo a sus prisioneros—. Traten de aguantar hasta el interrogatorio.

Resumen

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#39
La recepción del mensaje fue clara desde el cuartel, la tensa voz de la oficial de la sala de mandos, Eleonor Camell, se lo hizo entender junto con las expresiones que el den den mushi de Juan le dejaba reconocer a medida que hablaba. Y al parecer de Akira, esto no era la primera vez que pasaba. La autoridad era algo evidente, pero ese tono de voz y esa seguridad al joven marine le hacían entender que desde arriba se esperaban que alguna de las divisiones de novatos intentara entrometerse en esta misión.

—Chicos el den den… Sus caras… Creo que contaban con que Douglas escapara… —expresó mientras le devolvía a Juan el caracol una vez finalizo la transmisión, asegurándose de que le habían copiado desde central.

Acto seguido acompañó al resto de sus compañeros a abandonar la escena, dejando sobre el hombro de su amigo al pistolero inconsciente y atándole las manos a la espalda a Takako, quien apenas opuso resistencia al navegante mientras le hacía un sencillo nudo de marinero con el cinturón para sujetarle las muñecas, un nudo que se apretaría más y más si ejercía cualquier tipo de fuerza. Akira seguía serio.

Enji y Sigrid cargaron a sus respectivos rivales también a hombros dado que estaban inconscientes, y el mono había cambiado totalmente su actitud. Ahora parecía un mono amigable, juguetón, como cualquier mono, y eso que también estaba esposado. Ya casi de vuelta, a Akira no paraba de darle vueltas en la cabeza aquella corta conversación con la oficial Camell. Aquella calma con la que les transmitió la recepción del mensaje había sido profesional, pero ¿y si ella también estaba implicada en estas insurgencias dentro del cuerpo? Akira tenía claro que en llegar le transmitiría el reporte de la información a otro superior, por si acaso.

La información del comunicado real del teniente era muy diferente al de la carta de unos simples novatos, era difícil que supieran escribir un comunicado mayor con tanto detalle sin ayuda de alguien que ya se había dedicado a ello… Y a pesar de eso habían caído en la trampa. Douglas no había podido ser porque no estaba en la isla, así que en Baterilla debía de haber más fanáticos de ese tipo de justicia que defendía el exsargento.

—No creo que te vayan a regañar Juanito, además, si caes tu caemos todos, somos un equipo —le intentó animar con una sonrisa, aunque parecía bastante animado ya de por sí. Habían capturado a la división 107, que estaban casi con un pie en el otro lado, y se les había escapado un delincuente peligroso y ahí estaba, riéndose y haciendo bromas—. Pero Juan, ¡que esta chica todavía está consciente!, ¡Que te escucha! ¡ Tchakikikikiyah! —refiriéndose a Takako, que parecía en una nube al estar siendo escoltada por Akira.

—¡Y TÚ, DEJA DE LLAMARME RUBIALES O TE PEGO COMO HIZO EL MONO! ¡Lo que le dije fue que por qué nos ataca y que ha roto un árbol! —respondió de forma agresiva a Enji mientras le pegaba la frente a la suya, realmente odiaba que le llamara “Rubiales” y ya se lo había dicho en alguna otra ocasión—. ¡Dime rubio, o rubito, pero ¿rubiales?! —apretó los dientes.

—Tienes bastante trabajo cuando lleguemos Sigrid… La verdad, esperaba que esa chica de brazos ortopédicos aguantara un poco más, se la veía muy convencida de su estupidez… —si no llegaban a morir por el veneno, que realmente esperaba que no, la médica de la división iba a tener bastante trabajo, más todavía siendo ella quien había estado presente en el combate, así que seguramente le tocaría a ella dirigir la toma de pruebas médicas y todo eso que hacían los médicos.

—Para la próxima, debemos estar más alerta… Aunque he de reconocer que nos he visto bastante bien coordinados —sonrió.



Info.

—Hablo —. ”Pienso”
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#40
Había pasado demasiado rápido para el gusto de Sigrid. El combate, los gritos, el polvo, la sangre, todo se había comprimido en unos minutos que parecieron eternos mientras ocurrían, pero que ahora, camino a la base, se sentían como un mal sueño que se deshacía con el trote constante hacia la base. La vikinga iba caminando rígida, la alabarda apoyada en su espalda como si fuera una compañera más del equipo, mirando el horizonte con esa seriedad poco común en ella. Akira ya había hablado por den den mushi con la base y la orden había sido clara, regresar de inmediato. Sin persecución, sin refuerzos, sin preguntas urgentes.
 
Sigrid frunció el ceño, confundida, rascándose la nuca bajo el casco. —¿Tan normal es que se escape un tipo así?— murmuró, más para sí misma que para los demás. No entendía, para ella, cada criminal era un deber personal, cada fuga una espina clavada en el orgullo de la Marina, pero al parecer, para los superiores, Douglas escapando era casi rutina, como si esperaran que volviera a aparecer tarde o temprano. Eso le incomodaba mucho. Miró a sus compañeros de la División 93 uno por uno, buscando en sus caras alguna respuesta, alguna pista de que aquello tenía sentido, pero solo encontró cansancio y silencio.
 
Aun así, la vikinga no dejó que la duda le robara la determinación. Se golpeó el pecho con el puño, firme. —Bueno, si escapó hoy, lo atraparemos mañana.— dijo con esa sonrisa enorme que siempre regresaba, como si fuera su forma de desafiar al mundo. —La justicia tarda, pero llega, ¿sí o no? NAAATATATATA.— Su risa tronó fuerte, tratando de levantar el ánimo del grupo, aunque por dentro sentía un nudo raro, uno que no quería nombrar.
 
Mientras cargaba a su contrincante, cerrando un momento los ojos, imaginando el cuartel, el ala médica, el olor a vendas limpias y sopa caliente. Pensó en los enemigos que habían dejado vivos, en Douglas corriendo en algún lugar, en la próxima misión que seguro llegaría antes de que pudieran descansar de verdad y aun así, en medio del cansancio, la vikinga se permitió un susurro testarudo, casi infantil —La próxima vez no se me escapa.— Porque Sigrid podía dudar de órdenes, de superiores, incluso de la forma en que la Marina hacía las cosas, pero jamás de su propio deber. Y mientras la todos avanzaban hacia la base, su mano se cerró con más fuerza sobre la alabarda, como jurando en silencio que ese nombre, Douglas, volvería a cruzarse en su camino y cuando ocurriera ella estaría lista.

Cosas Vikingas
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
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