[Autonarrada T1] Pasos hacia la luz [P.R]
#1
17 de Verano, Año 17

El viento del sur traía olor a sal húmeda y madera vieja. Kael permanecía de pie en la cubierta del Tempestad, con las manos apoyadas en la barandilla, observando en silencio el mar en el barco que, junto a su familia de la división setenta y cinco habían adquirido para ellos como orgullosos Marines. No era la primera vez que pensaba sobre el lugar en el que estaba, ni tampoco lo que el futuro le podría llegar a deparar, pero sí la primera desde que había comprendido que el mundo no era tan simple como lo describían los manuales.

Al desembarcar con cierta paz debido a su profundidad para adentrarse en sus propios pensamientos, el sonido de las botas contra los tablones del muelle resonó más de lo necesario. Los pescadores de la zona no lo recibieron con hostilidad abierta, pero sí con esa desconfianza silenciosa que pesa más que cualquier grito. Los pescadores evitaban el contacto visual. Las mujeres recogían a los niños con naturalidad forzada. Nadie quería problemas. A pesar de lo que el barco simboliza la gente sigue sin tener una plena confianza en la Marina. Tan solo quieren evitar el conflicto en la mayor medida posible.

Cuando Kael se presentó una nueva vez más en su base, dispuesto a recibir ordenes, no tardó mucho en volver a salir al trabajo.

El capitán al mando de la pequeña unidad asignada a la isla dio instrucciones rápidas. Habían recibido informes sobre movimientos sospechosos en los almacenes del norte. Posible contrabando. Posible infiltración pirata. Nada confirmado. Kael escuchaba, asentía y analizaba, como siempre, sin decir nada más que lo mínimo necesario y reglamentario.

Realmente el contrabando en Baterilla no era algo que se le hiciese extraño. La isla, pequeña y con escasos recursos, dependía de intercambios discretos para sobrevivir, comercio con islas menormente controladas por la Marina, o sencillamente, piratas que buscan hacerse con algo de dinero y que pasen por debajo de nuestra mirada sin ser detectados. Pero el informe mencionaba algo distinto: presencia de armas.

Esa palabra lo cambiaba todo.

El grupo se dividió en parejas para patrullar. Kael fue asignado a un sargento joven llamado Rist, nervioso y demasiado dado a hablar cuando el silencio era más útil. Mientras caminaban por las calles empedradas, Kael percibía algo fuera de lugar. No era ruido. No era movimiento evidente. Era una tensión ambiental, como si el aire estuviera demasiado quieto.

Los ciudadanos más modestos de a pie actuaban con genuina tranquilidad, pero entre ellos había quiénes se comportaban de una forma algo más extraña, distinta, y era algo que solo se llegaba a ver prestando suficiente atención.

Kael, por suerte, no es de esos que se le pasan los detalles así cómo así.

Detuvo a Rist con un gesto.

—No es contrabando común —murmuró.

Rist tragó saliva.

Se acercaron con cautela a un almacén cercano donde, de entre todos aquellas personas extrañas, una en concreto había terminado entrando, atrayendo la atención del de cabellera negra. Desde el exterior, un almacén podía parecer normal: madera desgastada, redes colgadas, olor a salmuera. Pero al atravesar la entrada con el permiso de su autoridad, aún sin llamar la atención, ambos vieron lo que realmente ocurría.

Cajas largas, reforzadas...Armas guardadas y catalogadas.

Mosquetes, pólvora y espadas envueltas en tela aceitada.

Y, entre todas esas pruebas del contrabando, había hombres con cicatrices de combate, no pescadores. No comerciantes. Piratas sin bandera visible.

Eso era lo más inquietante.

No pertenecían a ninguna tripulación conocida. No llevaban emblemas. No había insignias, y eso significaba algo peor: mercenarios.

Kael retrocedió un paso y evaluó la situación. No eran muchos, quizá quince. Pero estaban preparados. Si el grupo de marines irrumpía sin estrategia, habría heridos. Quizá muertos. Y en una isla pequeña como Baterilla, un enfrentamiento abierto dejaría cicatrices imposibles de borrar.

—Necesitamos refuerzos—susurró Rist.

Kael negó con la cabeza.

—No. Necesitamos control.

Observó a todos los hombres con cautela, adentrándose sigilosamente en el lugar sin ser visto. Por suerte para ellos, este hombre es alguien al que se le da bien adentrarse en zonas enemigas sin llamar la atención. Ahí fue cuando se dió cuenta que entre todos ellos, uno destacaba como líder individual. Quizás fuese su aura, su apariencia, o simplemente una respuesta instintiva, pero ahí estaba.

El cabecilla.

Respiró hondo.

—Escúchame—dijo a Rist—. Cuando entremos, no dispares. Pase lo que pase.

Rist lo miró con incredulidad, pero asintió, sin llegar a pensar que en realidad, él debía ser quién estuviese dando las órdenes.

Kael empujó la puerta con firmeza, una táctica poco habitual en su forma de trabajar, dispuesto a adentrarse en la boca del lobo.

El sonido de la madera golpeando contra la pared detuvo toda conversación dentro.

Quince miradas se volvieron hacia ellos.

Kael avanzó dos pasos.

—En nombre de la Marina, este cargamento queda confiscado.

Silencio.

Una risa seca rompió la tensión.

El hombre de la columna dio un paso al frente.

—¿Dos? —preguntó con burla—. ¿Eso es todo lo que envían?

Kael lo observó fijamente. Sus pupilas giraban lentamente.

Vio el microgesto antes de que ocurriera, había dado por hecho que tratarían de dispararles.

El líder iba a dar la orden.

Antes de que su brazo terminara de moverse, Kael ya estaba desplazándose lateralmente. El disparo sonó donde él había estado un instante antes.

Rist casi disparó por reflejo, pero la voz de su subordinado resonó en su interior, y entonces se dió cuenta del motivo. Demasiada pólvora en el lugar con una fuente de calor como la del mosquete haría que ellos terminasen hechos pedazos

El almacén explotó en movimientos de combatientes. Dos hombres cargaron por la derecha. Uno por la izquierda. El líder retrocedió buscando cobertura.

Pero Kael no estaba reaccionando. Estaba ejecutando.

Se preparó para los distintos estilos de combate, y no tenía miedo de ser herido. Sabía que el aguante de su propia capacidad, y la preparación de su Akuma serían sobradamente lo que le permitiría seguir sin un rasguño. Esquivó una hoja antes de que fuera levantada por completo. De un par de puñetazos, dejó en el suelo a uno de aquellos piratas armados, sin darle oportunidad de respuesta simple. Se movía con economía, sin desperdiciar energía, como si estuviera leyendo un guión ya escrito. En su cabeza, él ya lo tenía previsto, No por predecir los movimientos del rival, sino porque a sus ojos, los lobos de mar son demasiado simples, y él solo juega con ellos.

Rist, al verlo, comprendió. No era fuerza bruta. Era control del ritmo. En menos de un minuto había conseguido que cuatro hombres estuviesen en el suelo.

Los demás dudaron. El ritmo de la batalla los ponía en un juego en contra, y el marine los ponía solo contra las cuerdas.

Ese instante fue suficiente.

Avanzó directo hacia el líder. El mercenario desenvainó con rapidez, pero su respiración se aceleró apenas una fracción. Vio el temblor en sus ojos, pero no tenía intención de detenerse por ello. De una forma u otra, no tiene intención de matarlos.

Se inclinó antes de que la espada ascendiera y golpeó con precisión el antebrazo del hombre, obligándolo a soltar el arma. Un segundo golpe, medido, lo dejó sin aire. La espada cayó sobre su espalda, y su uniforme blanco recibió un corte, mientras que la piel quedó prácticamente intacta

El resto arrojó las armas.

El combate había terminado casi antes de empezar.

Cuando llegaron los refuerzos, encontraron el almacén asegurado y a quince hombres esposados.

El capitán miró a Kael con expresión difícil de descifrar.

—¿Cómo has hecho eso, soldado?

Kael tardó en responder.

Miró alrededor. Las paredes. Las cajas. El polvo suspendido en el aire.

—Soy Kael Omuyaga, líder de la División setenta y cinco de la Marina, señor. Incluso si aún se me considera un soldado raso, debo estar a la altura de mi posición, por la Marina, y por mis compañeros que me respaldan.

Esa noche, mientras los prisioneros eran trasladados, Kael caminó solo por la costa. Las olas golpeaban suavemente la arena. Baterilla dormía. Esa fue la única vez en la que Kael, finalmente decidió destacar, y aún así, no le dió ninguna importancia. Él seguía inmiscuido en sus pensamientos sobre lo ocurrido, y sabía que algo en todo eso tenía un problema, como si no terminase de encajar.

Aquellos hombres no eran simples traficantes. No traían armas para uso inmediato. Eran demasiadas para una escaramuza local. Alguien estaba abasteciendo algo más grande.

Decidió que, si quería encontrar más pistas sobre lo ocurrido, en caso de que hubiese alguna más, debía ir al puerto de Baterilla. En un mundo donde casi todo es agua, todo recurso que concibe estas tierras ha de venir por un puerto.

Investigar no debía haber sido una tarea fácil, se suponía que no encontraría nada, y de hecho, eso hubiese sido realmente lo que esperaba haber conseguido...pero lo vio.

En un pequeño barco anclado lejos del muelle principal, oculto tras redes, había más cajas. Y un símbolo grabado en el interior de una de ellas.

No era una bandera pirata conocida, sino una marca de fábrica. Un proveedor de fuera de estas tierras, y por lo que podía entender, proveniente de Kutsukku.

Alguien con recursos. Ahora todo cobraba sentido.

Baterilla no era la fábricante de aquellas armas. Era solo un punto discreto en una red mayor.

Al día siguiente informó al capitán con precisión quirúrgica: cantidades, rutas probables, tiempos estimados de envío. Toda la información que tuvo a bien aprender de todos los lugares que, hasta ahora, había sido capaz de averiguar gracias a su trabajo en todas las islas y reinos del south que había tenido la capacidad de abarcar.

El capitán lo escuchó en silencio.

—Eso es mucho para un marine raso.

Kael sostuvo su mirada.

—Es suficiente para empezar a cortar el problema de raíz.

El barco proveedor fue interceptado antes del amanecer siguiente. Sin disparos. Sin víctimas. Cuando la unidad partió de Baterilla días después, la isla parecía igual que siempre: tranquila, discreta, silenciosa. Pero Kael sabía que algo había cambiado. No en la isla, sino en los mares. Está poniendo su grano de arena para cambiar las cosas en este lugar. No puede llegar a tantos sitios como debería un hombre capaz como él, pero al menos está haciendo todo lo que en sus manos se encuentra para continuar con esta capacitación.

Off
#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

— Berries:10k + 1k (karmas económicos )

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