13-02-2026, 09:17 AM
(Última modificación: 13-02-2026, 09:19 AM por Asherah Bel-Nadin.)
No respondí enseguida. Primero lo miré de nuevo... entero.
Empezando por los pies embarrados y pasando —inevitablemente— por ese intento de actitud despreocupada que no engañaba a nadie. Ni a él mismo.
Alcé apenas una ceja.
— "Baby"… — repetí despacio, probando la palabra como si evaluara si era comestible— No te me agrandés porque sobreviviste a tres alumnos y un árbol. Bajá un cambio — esbozando una sonrisa, eso iba medio en chiste y medio en serio.
Seguí caminando, pero esta vez más cerca suyo. No pegada pero tampoco distante: la distancia exacta donde uno puede frenar al otro sin tener que estirar el brazo.
El canto de las cigarras llenaba el aire como una olla hirviendo. El calor subía desde los arrozales y se pegaba a la piel. La humedad hacía que cada paso fuese un pequeño esfuerzo diplomático con la gravedad.
— Sí — respondí al fin, a sabiendas que fue más una frase retórica que algo que necesitara respuesta factible — hace calor. Pero eso no significa que puedas andar por la vida ventilando la dignidad.
Lo miré de reojo.
— Y menos la mía por asociación.
Cuando levantó la gorra de la marina, solté una risa corta.
— Hhh-heh-hhh ¡Mirá vos! — murmuré — Con razón esa confianza injustificada.
Me acerqué un poco más, estiré la mano y acomodé la visera apenas hacia un costado.
— Ahí está — dije airosa — Ahora parecés un irresponsable con uniforme imaginario, no un loco escapado del monte.
Retiré la mano sin dramatismo, como si no hubiera sido nada.
El camino se abrió entre arrozales inundados. El agua reflejaba el cielo naranja del atardecer y deformaba nuestras siluetas en cada paso. Por un momento caminamos en paralelo con nuestras versiones onduladas, más tranquilas que nosotros.
Respiré hondo. El aire ya no me quemaba. Ahora pesaba además de que los mosquitos comenzaban a zumbarme en la oreja.
— ¿Sabés qué pasa? — empecé, tranquila — Vos no tenés instinto de conservación. Tenés instinto de espectáculo.
Lo señalé apenas con dos dedos.
— Y en esta isla el espectáculo termina a las piñas. Siempre... es todo un tema.
Una pausa.
— No me hagas correr otra vez — añadí — Porque la próxima te dejo colgado más alto así aprendés a contemplar la vida.
Pero la comisura se me levantó apenas al decirlo. Estaba agradecida por su intervención, pero sería muy estúpido de mi parte alentar o continuar con actitudes poco adeptas en condición de supervivencia.
Cuando preguntó cuántos onigiris quería, lo miré como si la pregunta fuese profundamente filosófica.
— Mínimo cuatro — respondí rápidamente — Dos para comer y dos para compensar el estrés que me hicieron pasar.
Seguí caminando unos pasos más antes de agregar —Y uno dulce.
Lo miré de costado.
— Porque si después de todo esto encima son salados me largo a llorar ahí mismo y te hacés cargo.
El pueblo ya empezaba a olerse antes de verse: vapor de arroz, madera caliente, aceite y gente... La civilización después del absurdo.
Aflojé un poco los hombros.
— Igual… — dije más bajo — hiciste bien en no volver.
No lo miré al decirlo.
— No era pelea. Era orgullo buscando excusa. Y el orgullo en grupo siempre es más estúpido que solo.
Pasaron unos segundos. El cuerpo ya lo tenía completamente distendido, tanto que mis alas perdieron algunas plumas que se mecían en la caída con el tempo de vaivén de mis caderas.
— Además — continué — hoy ya tuve suficiente testosterona ambiental para una semana.
Volví a mirarlo.
— Así que comemos, te conseguís un pantalón… aunque sea robado de un tender… y después vemos.
Incliné apenas la cabeza.
—De todos modos, debo cumplir lo que te prometí... — ¿Se acordaría todavía de lo que le dije con tanto revuelo? A saber, tampoco es que fuese a ignorar completamente la buena predisposición de un marine.
— Pero si volvés a tirarte contra tres tipos por honor marcial imaginario, te vendo yo misma al próximo dojo como saco de entrenamiento.
Una pausa corta.
— Y me voy a quedar mirando.
La sonrisa esta vez fue evidente.
El camino desembocaba ya en las primeras casas.
Empezando por los pies embarrados y pasando —inevitablemente— por ese intento de actitud despreocupada que no engañaba a nadie. Ni a él mismo.
Alcé apenas una ceja.
— "Baby"… — repetí despacio, probando la palabra como si evaluara si era comestible— No te me agrandés porque sobreviviste a tres alumnos y un árbol. Bajá un cambio — esbozando una sonrisa, eso iba medio en chiste y medio en serio.
Seguí caminando, pero esta vez más cerca suyo. No pegada pero tampoco distante: la distancia exacta donde uno puede frenar al otro sin tener que estirar el brazo.
El canto de las cigarras llenaba el aire como una olla hirviendo. El calor subía desde los arrozales y se pegaba a la piel. La humedad hacía que cada paso fuese un pequeño esfuerzo diplomático con la gravedad.
— Sí — respondí al fin, a sabiendas que fue más una frase retórica que algo que necesitara respuesta factible — hace calor. Pero eso no significa que puedas andar por la vida ventilando la dignidad.
Lo miré de reojo.
— Y menos la mía por asociación.
Cuando levantó la gorra de la marina, solté una risa corta.
— Hhh-heh-hhh ¡Mirá vos! — murmuré — Con razón esa confianza injustificada.
Me acerqué un poco más, estiré la mano y acomodé la visera apenas hacia un costado.
— Ahí está — dije airosa — Ahora parecés un irresponsable con uniforme imaginario, no un loco escapado del monte.
Retiré la mano sin dramatismo, como si no hubiera sido nada.
El camino se abrió entre arrozales inundados. El agua reflejaba el cielo naranja del atardecer y deformaba nuestras siluetas en cada paso. Por un momento caminamos en paralelo con nuestras versiones onduladas, más tranquilas que nosotros.
Respiré hondo. El aire ya no me quemaba. Ahora pesaba además de que los mosquitos comenzaban a zumbarme en la oreja.
— ¿Sabés qué pasa? — empecé, tranquila — Vos no tenés instinto de conservación. Tenés instinto de espectáculo.
Lo señalé apenas con dos dedos.
— Y en esta isla el espectáculo termina a las piñas. Siempre... es todo un tema.
Una pausa.
— No me hagas correr otra vez — añadí — Porque la próxima te dejo colgado más alto así aprendés a contemplar la vida.
Pero la comisura se me levantó apenas al decirlo. Estaba agradecida por su intervención, pero sería muy estúpido de mi parte alentar o continuar con actitudes poco adeptas en condición de supervivencia.
Cuando preguntó cuántos onigiris quería, lo miré como si la pregunta fuese profundamente filosófica.
— Mínimo cuatro — respondí rápidamente — Dos para comer y dos para compensar el estrés que me hicieron pasar.
Seguí caminando unos pasos más antes de agregar —Y uno dulce.
Lo miré de costado.
— Porque si después de todo esto encima son salados me largo a llorar ahí mismo y te hacés cargo.
El pueblo ya empezaba a olerse antes de verse: vapor de arroz, madera caliente, aceite y gente... La civilización después del absurdo.
Aflojé un poco los hombros.
— Igual… — dije más bajo — hiciste bien en no volver.
No lo miré al decirlo.
— No era pelea. Era orgullo buscando excusa. Y el orgullo en grupo siempre es más estúpido que solo.
Pasaron unos segundos. El cuerpo ya lo tenía completamente distendido, tanto que mis alas perdieron algunas plumas que se mecían en la caída con el tempo de vaivén de mis caderas.
— Además — continué — hoy ya tuve suficiente testosterona ambiental para una semana.
Volví a mirarlo.
— Así que comemos, te conseguís un pantalón… aunque sea robado de un tender… y después vemos.
Incliné apenas la cabeza.
—De todos modos, debo cumplir lo que te prometí... — ¿Se acordaría todavía de lo que le dije con tanto revuelo? A saber, tampoco es que fuese a ignorar completamente la buena predisposición de un marine.
— Pero si volvés a tirarte contra tres tipos por honor marcial imaginario, te vendo yo misma al próximo dojo como saco de entrenamiento.
Una pausa corta.
— Y me voy a quedar mirando.
La sonrisa esta vez fue evidente.
El camino desembocaba ya en las primeras casas.
![[Imagen: CwHBiqT.png]](https://i.imgur.com/CwHBiqT.png)

