[Fic][Entrenamiento][Presente/Absoluto] El Buto Kaiten y la pista de un nuevo destino
#1
Día 30 de Verano, Año 17
 
El regreso de Akria al dojo del Hasshoken fue tranquilo y esperado por la maestra Matcha. No pasó ni un día y aún con un chichón en la frente, el joven marine se presentó. Su llegada era esperada, el aire olía a incienso y madera vieja y algo húmeda. Sira estaba esperándole, sentada en el centro del dojo, tomándose uno de esos tés que tanto le gustaban, mientras que el gordito seguía durmiendo. No era broma que la siesta le duraría un par de días, y probablemente para cuando el gordito Golosinas despertara, Akira ya habría partido de regreso a Baterilla junto con el resto de su división.


Parte I: El regreso al dojo de Sira Matcha

El crujido de las tablas de madera bajo los pies de Akira resonaba como aquellos días atrás. Había pasado poco tiempo desde que el crujido de sus pies descalzos resonaba en el dojo principal, un lugar donde el tiempo parecía detenerse mientras el mundo exterior se aceleraba. Y al fondo, bajo el santuario en honor a los antiguos maestros, Sira lo esperaba. No hubo abrazos ni palabras de cortesía, solo una mirada que evaluaba a Akira como la primera vez que llegó al dojo.
 
—Llegas tarde de nuevo, ¿no buscabas la perfección dentro de este estilo? Eres un tardón deberías de llevar un reloj o algo, ¿sabes? —dijo Sira, ajustándose el cinturón negro desgastado con el que se sujetaba los pantalones cortos. Su voz era tranquila, pero cortante como el filo de una katana nueva.
 
—El camino de vuelta fue... algo cansado, por no decir largo, porque menuda caminata desde el puerto hasta que se llega hasta aquí —respondió Akira, dejando sus mudas de cambio a un lado. Ya les explicó que tenía que reunirse con su amigo y poner en común sus avances dentro de los estilos que estaban aprendiendo en la isla. Pero sí que era cierto que tras tanto entrenamiento, el volver a subir a aquellas montañas para llegar al dojo le terminó de matar mentalmente, por lo que se lo tomó con total calma para llegar descansado y poder continuar con el entrenamiento como realmente debía. Esforzándose al máximo.
 
Sira no perdió el tiempo. Se colocó en el centro del tatami, señalando un punto exacto frente a ella—. Has aprendido a golpear con la cabeza y tu estilo propio te ha servido para esquivar con fluidez. Pero hoy vamos a romper tu eje. Vamos a trabajar en el Buto Kaiten, o traducido, para que lo entiendas, Cabeza Militar Giratoria. No es solo una técnica de rotación, es una distorsión del espacio personal del enemigo. O algo así… Hoy te voy a convertir un tornado.
 
Sira le explicó que el Buto Kaiten no nace de la fuerza de los hombros, sino del sometimiento del cuerpo ante la gravedad para luego desafiarla—. Tu punto de apoyo será de nuevo tu cabezón rubio. Tu coronilla debe ser el eje absoluto. Luego… la aerodinámica humana te va a permitir que, al juntar manos y piernas, se reduzca el momento de inercia, permitiéndote una velocidad de giro que el ojo humano apenas puede procesar. Y como ya sabes, la esencia propia del Hasshoken, la Ignorancia de la resistencia. Lo más letal de la técnica es que el tornado que vas a conseguir generar no golpea la armadura del oponente, la atraviesa, ignorando cualquier defensa pasiva o peso muerto.


Parte II: El primer descenso, sacrificar el equilibrio

—Planta la cabeza en el suelo, Akira. Ahora —ordenó Sira.
 
Akira respiró hondo. Se inclinó, apoyando las palmas en el suelo antes de transferir todo su peso hacia la parte superior de su cráneo. El mundo se invirtió de nuevo. La sangre comenzó a bajarle a la cabeza, y el equilibrio, ese sentido que damos por sentado, empezó de nuevo a perderse impidiendo que pudiera tener una percepción clara de la profundidad.
 
—¡Levántate! —gritó Sira—. Usa el cuello como un pilar de acero. Si doblas las cervicales, el flujo de energía se corta. ¡Acuérdate!
 
Akira empujó y sus piernas se elevaron hacia el techo, oscilando peligrosamente. La sensación de vulnerabilidad era total. En esa posición, cualquier ataque sería fatal, pero el Buto Kaiten requería ese momento de entrega absoluta antes de la tormenta. Akira era un chico acostumbrado a hacer el pino, pero más de manera aeróbica que ofensiva. Y normalmente utilizaba las manos para apoyarse en el suelo, ¿pero la cabeza?
 
Cita:Apuntes de la técnica Buto Kaiten:
  • El mayor obstáculo del Buto Kaiten no es la fuerza física, sino el miedo instintivo a romperse el cuello (como con la anterior técnica, otra vez el miedo a romperse el cuello).
  • Para dominarlo, debo de confiar en que mi propia energía, en mi ki. Esto actuará como un rodamiento invisible entre la cabeza y el suelo (hay que girar, ser un fidget spinner).

—Estás vibrando demasiado —observó Sira, caminando alrededor de él como un animal acechando a su presa y a punto de atacar—. Si no puedes mantener el eje en estático, el tornado te destrozará a ti antes que al enemigo. ¡Esfuérzate!


Parte III: El inicio de la rotación

Tras horas de mantener la verticalidad, Sira le permitió dar el siguiente paso—. Junta las extremidades. Conviértete en una lanza, aprovecha ese pelo que tienes e imagina que es una punta afilada, aunque se te chafe contra el suelo, piensa que lo estás clavando —le guio señalándole con las manos mientras le observaba de cerca—. Ahora, inicia el giro usando solo la torsión de tu cadera y el impulso de tus tobillos antes de cerrarlos.
 
Akira cerró los ojos. Pegó los brazos a los costados y unió las piernas. Inició un movimiento de torsión violento. Al principio, era un giro torpe, una peonza mal lanzada que amenazaba con derribarlo. Pero entonces, algo hizo click. La fricción contra el suelo generó un zumbido, y l aire a su alrededor empezó a agitarse.
 
—¡Más rápido! —Sira lanzó una piedra pequeña hacia él. El aire generado por el giro de Akira desvió el proyectil antes de que tocara su ropa—. ¡Ese es el principio! La resistencia pasiva del aire ya no existe para ti. Ahora, muévete hacia mí. Tienes que intentar perseguirme
 
Akira, convertido en un cilindro humano de alta velocidad, intentó desplazar su centro de gravedad mientras giraba. Era como intentar dirigir un huracán con un hilo de seda. Bastante complicado sin utilizar el resto del cuerpo, tenía que dejar caer ligeramente su peso hacia el lugar al que quería dirigirse.-


Parte IV: El desplazamiento que termina en impacto

El objetivo final del Buto Kaiten es la expulsión. No busca herir con un corte, sino desplazar la masa del enemigo de una manera bastante violenta, sin importar cuán pesado o firme estuviera el oponente. No era un simple golpe, no era un simple tornado, era un empuje, un desplazamiento del adversario.

Sira se preparó, bajando su centro de gravedad en una postura de jinete, dando la sensación de que sus músculos ahora eran músculos de hierro—. ¡Golpéame! —le desafió a Akira. Y el marine se lanzó como un tornado que se desplazaba por el dojo. Y menos mal que tenía un pelazo denso y bien cuidado, porque sino aquello le hubiera dejado marcas de quemaduras por la fricción con el tatami.

Cuando hizo contacto con los brazos cruzados de Sira, no hubo un choque de huesos, hubo una transferencia de energía cinética pura. Y en ese mismo momento, la técnica ignoró la estabilidad de Sira, que a pesar de su técnica defensiva perfecta, fue arrastrada hacia atrás unos pocos metros. Sus pies surcaron la madera hasta que fue expulsada exactamente cuatro metros, deteniéndose justo en el borde del porche exterior. Akira cayó al suelo, mareado y con la visión borrosa, pero el silencio que siguió fue de asombro.

—Has ignorado mi resistencia —dijo Sira, limpiándose el polvo de los hombros con una sonrisa orgullosa—. Pero todavía te falta control para no terminar vomitando después de cada ejecución y lanzarme mucho más lejos. De nuevo.


Parte V: Las visiones dentro del propio eje

Akira volvió a su posición. La presión en su cráneo ya no era dolorosa, sino una pulsación rítmica que marcaba el compás de su respiración. Al cerrar los ojos y comenzar la rotación, el mundo físico, lo que era el dojo, el olor a pino, el sonido de los grillos fuera, todo, se desvaneció.

En el centro del Buto Kaiten, el tiempo no fluíua de forma lineal. Mientras giraba a velocidades que desafiaban la biología humana, Akira empezó a experimentar el efecto horizonte. No veía el dojo, veía estelas de luz plateadas que representaban las líneas de fuerza de la habitación. En el centro exacto de su giro, había un punto de quietud absoluta, y Akira comprendió que para ignorar la resistencia del oponente, primero debía ignorar su propia masa. Por lo demás, las voces distorsionadas por el efecto del giro susurraban en sus oídos, como si escuchara fragmentos de combates pasados y futuros que se proyectaban en la parte interna de sus párpados. ¿Veía realmente vivencias de antiguos maestros del Hasshoken o estaba tan mareado que su mente le estaba jugando con él?
 
—No luches contra el mareo, Akira —la voz de Sira llegaba como un trueno lejano—. ¡Habita el centro del huracán! ¡Si tú eres el tornado, el tornado no puede marearte!
 
De repente, la visión de Akira se estabilizó a pesar de las revoluciones que estaba experimentando en ese momento. Ya no veía a Sira como una mujer, sino como un bloque de densidad inamovible. La técnica Buto Kaiten le permitía ver las grietas en esa densidad, los puntos donde la física del impacto podía ignorar la armadura. ¿Esas grietas eran reales o era su cabeza?
 

Parte VI: El desafío de los pilares de acero

Sira dio una palmada y tres maniquíes de entrenamiento, pesadas figuras de madera reforzadas con placas de hierro y lastradas con plomo, se deslizaron mecánicamente desde las sombras del dojo, rodeando a Akira. Otros compañeros del estilo marcial las habían colocado estratégicamente en distintos puntos del dojo, para después regresar a sus respectivos tatamis a seguir con lo suyo. Cada autómata pesaba cerca de 200 kg. Eran objetos diseñados para no moverse, para ser muros infranqueables.
 
—El Buto Kaiten no es para mover hombres, Akira. Es para mover montañas —sentenció Sira—. Estos tres pilares bloquean tu salida. Si no aplicas la técnica correctamente, chocarás contra ellos y te partirás el cuello. Ya sabes, cosas del Hasshoken.
 
—¿Cuánta gente ha muerto intentando aprender estas técnicas? Siempre con que me voy a partir el cuello... ¿Cuántos se lo han roto? —respondió Akira con vacile, pero no dudó en iniciar el descenso. Su cabeza golpeó el tatami con un sonido seco, pero su voluntad amortiguó el impacto. Sus piernas y manos se sellaron contra su torso y el silbido del aire cortado se convirtió en un rugido. Se había convertido en un tornado humano que comenzó a desplazarse, no de forma errática, sino con la precisión de un proyectil guiado.


Parte VII: Ignorando la masa, ahora llega el impacto

El primer maniquí que estaba en su trayectoria le hizo a Akira sentir la resistencia pasiva del hierro, una fuerza que debería haberlo detenido en seco. Sin embargo, al aplicar el principio del Buto Kaiten, su rotación creó una frecuencia vibratoria que anuló la inercia del objeto. 

El primer choque de sus giros impactó el centro del maniquí. La madera crujió, pero no se rompió, simplemente el objeto perdió su conexión con el suelo y salió despedido hacia atrás, recorriendo por fin los diez metros exactos que requería la técnica, hasta chocarse con la pared del fondo. Y sin detenerse, Akira usó el rebote para cambiar de ángulo y trayectoria.

El segundo y tercer pilar de hierro fueron barridos como si fueran de papel. La sus pesos y la fricción fueron totalmente ignorados por el vórtice de Akira. El dojo tembló, y los tres pesados bloques de entrenamiento estaban ahora apilados contra el muro exterior, a diez metros de su posición original. Lo había conseguido.


Parte VIII: El precio de la técnica

Cuando Akira finalmente detuvo su rotación y aterrizó sobre sus pies, el suelo bajo él estaba marcado por un círculo de madera pulida por la fricción. Su rostro estaba pálido y un fino hilo de sangre corría por su nariz. El esfuerzo de procesar las visiones del eje y de mantener unos golpes físicos contra objetos tan densos había llevado a su cuerpo al límite.
 
Sira se acercó, examinando los daños en los maniquíes—. Has entendido la esencia, ¡muy bien! —le dijo con una amplia sonrisa y un tono que se suavizó ligeramente—. Has dejado de empujar con los músculos para empujar con la intención. El enemigo puede tener una armadura de diamante o la piel de un rinoceronte, pero para la Cabeza Militar Giratoria, solo es un estorbo que debe ser desplazado diez metros fuera de tu camino.
 
Akira respiró hondo, sintiendo cómo el dojo dejaba de dar vueltas—. Todavía puedo sentir el giro en mis huesos... Cuanta presión...
 
—Eso es porque ahora el tornado ahora vive en ti, como esa cancioncita del rey león —respondió Sira—. Venga, bebe un poco de agua, pero no mucha no vaya a ser que vomites. Descansa un poco y vamos a intentar hacerlo mientras yo te lanzo cuchillos reales, ¿vale? Tómate tu tiempo, mentalízate.
 
 
Parte IX: ¿Sira quiere matarme? Cuchillos y viento

El resto del día en el dojo trajo un frío poco habitual para ser verano. Sira ya no esperaba con palabras, sino con un fardo de cuero abierto sobre el tatami. En su interior, doce dagas de entrenamiento, de hoja roma pero peso real, que brillaban bajo la poca luz que entraba por los ventanales.
 
—Un tornado no solo expulsa lo que toca, Akira —dijo Sira, sujetando y haciendo filigranas con una de las dagas entre sus dedos—. Un tornado crea una barrera de presión negativa. Que expulsa. Si tu rotación es perfecta, nada puede atravesar el muro de aire que generas. Si fallas... bueno, espero que tus reflejos sean mejores que hace un rato.
 
Akira se colocó en el centro. Sus músculos todavía cansados por el esfuerzo anterior, pero el eje ya se sentía como una extensión de su columna vertebral. Y el concepto del escudo cinético le llamó bastante la atención, más por el nombre que por lo que significaba. Y entonces Sira le explicó la física detrás de esta curiosa defensa que funcionaba como ataque.
 
—El aire pegado a tu cuerpo, Akira debe girar a la misma velocidad que tú. No quiero que busques detener el cuchillo, sino cambiar su trayectoria mediante la fuerza centrífuga antes de que toque tu piel. Al alcanzar las revoluciones necesarias, se crea una zona de alta presión que actuará como un escudo bastante sólido, a pesar de ser aire y fricción. ¿Preparado?


Parte X: Duelo a muerte... ¿con cuchillos?

—¡Abajo! —ordenó Sira.
 
Akira plantó la cabeza. El mundo se invirtió y el zumbido comenzó. Esta vez, el giro fue más fluido, casi instantáneo. Y cerró sus manos y sus piernas, convirtiéndose en ese cilindro compacto de energía.
 
¡ZAS!
 
El primer cuchillo voló desde la mano de Sira. No iba al pecho, sino directamente hacia sus piernas expuestas. Akira sintió el silbido del metal acercándose. En su visión del eje, el cuchillo no era un objeto, sino una interrupción en el flujo de su tornado. El impacto del cuchillo golpeó la corriente de aire generada por aquella maravillosa técnica, la Cabeza Militar Giratoria. El resultado fue que, en lugar de penetrar, el metal fue succionado por la rotación y escupido hacia afuera, saliendo disparado contra una columna de madera con un golpe seco.
 
—Uno no es nada —dijo Sira mientras sus manos se empezaban a mover como sombras.
 
Tres, cuatro, cinco cuchillos volaron rápidamente hacia Akira desde diferentes ángulos. El marine incrementó la velocidad y el ruido en el dojo ahora era ensordecedor, el aire rugía como una turbina.
 

Parte XI: El Vórtice Impenetrable

Akira estaba experimentando una saturación en todos sus sentidos. Cada cuchillo que golpeaba su escudo de aire invisible enviaba una vibración a través de su punto de apoyo en el suelo. Era como si estuviera siendo golpeado por gotas de lluvia de plomo, pero ninguna lograba tocar su cuerpo.
 
El polvo del tatami se elevó, formando un cilindro grisáceo alrededor de Akira, y dentro de ese cilindro, las dagas de Sira rebotaban erráticamente, incapaces de romper la barrera de presión.
 
—¡Ahora, avanza mientras te defiendes! —gritó Sira, lanzando las últimas tres dagas simultáneamente.
 
Akira, manteniendo su curiosa defensa de aire, comenzó a desplazarse hacia ella. Era una imagen aterradora: un tornado de polvo y aire que desviaba proyectiles mientras se abalanzaba sobre su objetivo. Las últimas dagas golpearon el vórtice y fueron desviadas con tal violencia que se clavaron en el techo del dojo. Pero Akira no se detuvo, el escudo defensivo ahora se acababa de transfor en un potente ataque.


Parte XII: La expulsión final, el empuje

Sira se quedó quieta, esperando el impacto del marine hiperactivo. Cuando Akira llegó a su posición, el aire comprimido a su alrededor golpeó a la maestra antes de que el cuerpo de Akira lo hiciera. La fuerza de empuje de la técnica se volvió a manifestar su propiedad fundamental: ignorar la resistencia pasiva del objetivo.
 
El desplazamiento de Sira, a pesar de haber clavado sus talones en el suelo, se sintió cómo si la presión del aire la levantara ligeramente. Fue empujada hacia atrás con una fuerza constante y masiva. Diez metros exactos. Sira terminó de espaldas contra la puerta principal del dojo, la cual se abrió de golpe por la presión, dejándola bajo la luz que el sol podía dejar ver entre las nubes.
 
Akira detuvo el giro y se puso en pie, tambaleándose solo un poco, sus palmas ardían y su dogi estaba cubierto de polvo y en los brazos descubiertos tenía marcas de quemaduras por el roce del aire y el polvo.
 
Sira se levantó, sacudiéndose el polvo de la chaqueta y ajustándose la goma con la que se había hecho la trenza, y con una mirada de aprobación que Akira rara vez veía, le sonrío—. El tornado y el empuje son sólidos. Has aprendido a no ser el objetivo, sino el centro del mundo. ¡¡ENHORABUENA MARINE!!
 

Parte XIII: ¡Oye, que se ha colado un intruso!

Y de pronto, un chasquido, un ruido de algo moviéndose, eran las vasijas donde Sira guardaba el té matcha, y no era un animal, era un hombre. Vestía una armadura pesada, una mezcla de placas de cerámica y malla reforzada con placas de plomo. Llevaba una maza de guerra encadenada a su muñeca, un arma diseñada para aplastar huesos a través de cualquier defensa.
 
—¿Quién eres y qué quieres? —susurró Sira, con un tono de voz cargada que Akira nunca había escuchado—. No me digas que te envía de nuevo la Federación.
 
Pero no respondió con palabras. Su sola presencia irradiaba una resistencia abrumadora. Era un hombre de casi dos metros de altura y 150 kilos de peso muerto, potenciado por su armadura, que caminaba con la confianza de quien sabe que ningún golpe convencional puede moverlo.
 
—He venido por las técnicas de rotación, señorita Sira —dijo con una voz que parecía el rugido de un desprendimiento de rocas—. Muéstrame a tus pupilos o te aplastaré contra tus propias tablas.
 
Sira miró a Akira. Estaba agotado, pero sus ojos aún brillaban con el residuo de aquella técnica que acababa de aprender—. Akira... —dijo Sira en voz baja—. Las técnicas convencionales rebotarán en él como piedras contra una montaña. Este hombre es la personificación de la inercia. Solo el Buto Kaiten puede desplazar esa enorme masa de grasa y acero. Es un pesado de la organización del torneo, siempre vienen así vestidos y les gusta molestar. Estamos en los tres dojos un poco hartos de que vengan sin avisar, si te digo la verdad.
 

Parte XIV: El giro de la supervivencia marcial

El hombre de la federación rugió y lanzó su maza. El arma atravesó el aire con una fuerza destructiva, rompiendo el suelo del dojo donde Akira se encontraba hacía apenas un segundo, obligando al joven marine a rodar por el suelo para esquivarlo. Sabía que no podía intercambiar golpes, si intentaba un bloqueo normal, sus brazos se quebrarían. Tenía que entrar en el estado de rotación, ahora sí, bajo fuego enemigo. Este hombre no era su maestro, sino un pesado encargado de fastidiar a los que querían presentarse al torneo bajo el pretexto de que "no estaban preparados".
 
Por un momento le recordó al gordito golosinas, otro obeso mórbido al que le encantaba dar golpes secos a la gente. Y con sus pesados pasos se acercó, recuperó su maza, y la lanzó de nuevo, esta vez en un barrido horizontal que Akira tuvo que esquivar saltando y aterrizando directamente sobre su cabeza en medio del movimiento.
 
Por un segundo, Akira estuvo invertido, expuesto. Y entonces, el trabajador de la federación de artes marciales de la Isla del Karate vio la oportunidad y levantó su bota blindada para aplastar el cráneo de Akira contra el tatami. Pero justo antes del impacto, Akira cerró sus extremidades—. ¿Cómo cojones funcionáis en esta isla? ¿Si no te partes el cuello te lo intentan aplastar? ¿De qué va esto? ¡¡BUTO KAITEN!! —el giro comenzó con una violencia nunca antes vista y el roce de la bota del tipejo contra el hombro de Akira en rotación generó chispas.


Parte XV: El tornado contra la mole

El sonido en el dojo cambió. Ya no era el silbido del entrenamiento, era el rugido de una turbina de avión. Akira se convirtió en un borrón de movimiento plateado y marrón.
 
El de la federación, confundido por la técnica, intentó abrazar el tornado para detenerlo con su peso bruto. Fue su mayor error. En el momento en que sus manos blindadas tocaron el perímetro del Buto Kaiten, la propiedad de ignorar la resistencia pasiva se activó. Para aquel hombre, fue como si la gravedad hubiera dejado de existir. Sus 150 kilos de peso y su armadura reforzada no sirvieron de nada. La energía cinética de Akira se filtró a través de las placas de plomo, atacando directamente su centro de gravedad.
 
—¡Imposible! —rugió mientras sus pies se despegaban del suelo.

Y Akira, manteniendo el eje absoluto, dirigió su trayectoria. El tornado humano impactó de lleno en su pecho y el impacto no sonó como un golpe, sino como una explosión controlada. Fue levantado por la corriente de aire y la rotación física. A pesar de sus intentos por anclarse, la técnica lo arrastró. Atravesó el dojo, pasó por encima de Sira y, con un estruendo de madera rota y metal retorcido, fue expulsado hacia el exterior. El tipo voló los diez metros reglamentarios de la técnica, atravesando la pared de papel y madera del dojo y aterrizando pesadamente en el patio de piedra, donde su armadura finalmente cedió bajo su propio peso. 

Akira detuvo su rotación. Esta vez no cayó. Se mantuvo de pie, aunque sus pulmones ardían y el mundo seguía girando levemente. Sira miró el agujero en la pared y luego a su discípulo. Mientras tanto, el hombre intentaba levantarse fuera, pero su equilibrio interno estaba destrozado por la vibración del Buto Kaiten. No volvería a pelear ese día.
 
—Has defendido el dojo, Akira, y encima le has dado una lección a estos pesados con libreta —dijo Sira, caminando hacia el intruso caído para asegurarse de que no se moviera—. Pero mira tus manos.

—Bueno, esto cura rápido, no me preocupan... Me preocupa más él —Akira se miró las palmas. Estaban rojas, casi en carne viva por la fricción, pero sentía una fuerza nueva. El tornado no solo estaba en su cuerpo, estaba en su espíritu.
 
 
Parte XVII: El honor del acero roto

Con la armadura destrozada y la libreta a saber donde, el tipo de la federación yacía en el patio de piedra y bonsáis, rodeado de fragmentos de madera del dojo y trozos de su propia armadura de cerámica que se habían desprendido por la vibración. No estaba muerto, pero su sistema nervioso le estaba enviando señales de auxilio. Para él, el cielo y el suelo seguían intercambiando lugares cada dos segundos.
 
—Maldita sea... —gruñó, intentando apoyarse en su maza de guerra, que ahora parecía un juguete inútil—. Ese movimiento... no está aprobado para los nuevos discípulos del dojo... Hace una semana no estabas aquí, ¡cuándo te has apuntado! ¡No apareces en los registros del torneo!
 
Sira caminó hacia él con una parsimonia insultante. Se detuvo justo en el borde de los diez metros donde Akira lo había proyectado—. Por supuesto que no está en tus registros, pedazo de inútil —dijo Sira, cruzándose de brazos—. Es un marine y no le hace falta inscribirse en el maldito torneo para aprender las técnicas que a mi me de la gana enseñarle. Has venido a robar secretos del dojo para vuestras estúpidas reglas del torneo, ¿verdad? Estamos al tanto en los tres dojos de esto... ¡Y ESTAMOS HARTOS DE VUESTRO ESTÚPIDO REGLAMENTO!
 
El hombre de la federación escupió un poco de polvo y asintió a regañadientes—. Me dijeron que en el dojo de Sira se guardaba una técnica que ignoraba la masa. Pensé que era un mito... una exageración de los viejos. Pero ese chico... —miró a Akira con una mezcla de miedo y respeto— ...me movió como si fuera una pluma.

—¿Eres nuevo? —respondió Sira entre risas. Sin duda acababan de contratarlo y desconocía tanto el Hasshoken como el sentido del estilo marcial.


Parte XVIII: La lección del Buto Kaiten

Akira se acercó, regulando su respiración. Sus manos todavía temblaban, pero la sensación permanecía sólida en su pecho—. Yo no se a qué os dedicáis, pero podría haber pensado que eras un intruso o un criminal. El dojo no busca sangre, sino disciplina, y si siempre venís a molestar es normal que estén hartos en los tres... No creo que ningún dojo quiera un reglamento estricto para el torneo, dejad que cada uno luche como quiera y pueda, si con no herir de gravedad ni matar o amputar miembros o algo así, ya estaría —dijo Akira. Su voz sonaba extrañamente calmada a pesar del agotamiento—. Aunque si eres uno de esos espías que no tiene ni idea de anda e intantas usar lo que acabas de ver en el torneo, sin práctica, fracasarás.
 
—¿Por qué? He visto cómo lo haces. El apoyo en la cabeza, el giro, la compactación... Y tampoco llevas aquí mucho tiempo...
 
—Porque el Buto Kaiten no se copia con los ojos —interrumpió Sira, señalando el centro del tatami, que estaba destrozado—. Se siente en la rendición del ego. Tú viniste aquí confiando en tu peso y en tu armadura. Akira te derrotó porque se convirtió en nada para poder moverlo todo.
 
Sira le hizo una seña a Akira para que ayudara al intruso a levantarse. Akira extendió una mano. Y el hombre, tras un momento de duda, la aceptó. La diferencia de tamaño era cómica, pero el respeto era mutuo.
 

Parte XIX: El pacto de silencio

—Vuelve con tu maestro, aunque no creo ni que seas de esta isla —ordenó Sira mientras el tipo se sacudía los restos de su equipo—. Dile que el dojo del Hasshoken sigue con lo suyo. Y dile también que si envía a otro espía o alguien de la federación, no lo lanzaremos diez metros hacia el patio, sino diez metros hacia el abismo de los acantilados. Pesados, que sois muy pesados...
 
Y el hombre hizo una reverencia profunda, algo torpe debido al mareo residual—. Entendido. Guardaré silencio... no por lealtad a ustedes, sino porque nadie me creería si digo que un muchacho me lanzó por los aires usando su cabeza como eje. O bueno si... Aquí sois bastante famosos... Pero me gustaría aprender estas técnicas... No diré nada para que no os fastidien con el reglamento... Pero volveré... Como aprendiz... Si me lo permitís...
 
El torpe de la federación se retiró cojeando, dejando tras de sí un rastro de piezas de armadura y una lección aprendida. El silencio regresó al dojo, solo interrumpido por el sonido del viento filtrándose por el agujero que aquel enorme animal había dejado en la pared.
 

Parte XX: El descanso del guerrero

Akira se dejó caer sentado en el suelo, finalmente permitiendo que el cansancio lo invadiera. Sira se sentó a su lado, contemplando el daño en su templo—. Tendrás que ayudarme a arreglar esa pared, Akira —dijo con un rastro de humor en su voz—. La Cabeza Militar Giratoria tiene un coste colateral bastante alto en carpintería.
 
—Suerte que soy carpintero —respondió Akira entre risas, mirando sus manos, que empezaban a sanar bajo el flujo de su propia energía—. Me siento mucho más ligero, como si el mundo ya no fuera tan pesado como antes.
 
Sira asintió. Había completado su entrenamiento. El Buto Kaiten ya no era una técnica en un pergamino, era parte de la esencia de Akira. Había aprendido a ignorar la resistencia, tanto la del enemigo como la de sus propios límites físicos.
 
—Si quieres, podemos empezar con la meditación de reconstrucción —concluyó Sira—. Pero ahora mismo... Te has ganado el derecho a comer y descansar sin que el mundo dé vueltas. Ahora te traigo algo para que llenes el estómago.
 
El sol comenzó a ocultarse tras las montañas, tiñendo el dojo de un naranja profundo que hacía que las virutas de madera en el suelo parecieran chispas de oro. Akira permanecía en silencio, contemplando el vacío dejado por su empuje en direcicón a la pared. No sentía la euforia de la victoria, sino una extraña y vibrante paz. Y mientras tanto, Sira se levantó y caminó hacia el edificio próximo al dojo, donde tenían las camas y el comedor, para empezar a preparar la cena y coger los materiales necesarios para arreglar la pared.
 

Parte XXI: El ancla en el tornado

—La técnica del Buto Kaiten tiene un secreto que no te dije antes —comenzó Sira, mientras le entregaba una bandeja con varios platos de comida, con arroz, pollo, verduras, sopa... Un menú bastante completo—. Muchos creen que el poder está en el giro, pero el verdadero poder está en el momento en que decides detenerte.
 
Akira tomó la bandeja con gusto y empezó a comer mientras la escuchaba. Entendió que el tornado es caos, pero el artista marcial es el orden que lo contiene. El entrenamiento no solo le había dado un arma devastadora capaz de ignorar cualquier escudo físico, sino que también le había dado la capacidad de ser el centro firme en un mundo que siempre está rotando. El cuerpo de Akira ahora poseía la densidad del acero y la fluidez del viento. Las visiones de su propio eje le permitían ver el mundo no como obstáculos, sino como flujos de energía que podían ser redirigidos. Y la posibilidad de lanzar a un enemigo a una distancia de diez metros es fácil, pero saber cuándo no hacerlo es la verdadera maestría.
 

Parte XXII: Descanso bajo las estrellas

Esa noche, Akira no se durmió de inmediato, se quedó en el patio, bajo la inmensidad del cielo nocturno, observando las estrellas y, por primera vez, no las vio como puntos distantes, sino como gigantescos cuerpos en rotación perpetua. El universo mismo era un Buto Kaiten masivo, un baile de fuerzas que ignoraban la resistencia del vacío.
 
Se llevó la mano a la cabeza, al cogotillo, sintiendo la dureza de su nuevo punto de apoyo. Había regresado al dojo buscando fuerza, y se marchaba siendo parte de algo mucho más grande. Sira lo observaba desde la sombra del porche, con una pequeña sonrisa de orgullo que el joven no pudo ver.
 
—El camino es largo, Akira —susurró ella para sí misma—. Pero hoy, has aprendido a caminar sobre tu propia cabeza para alcanzar ese cielo que estas mirando.

—Por cierto... Tu no has llegado aquí de casualidad, ¿verdad? ¿A quién buscabais tu y tu amigo?

—Con sinceridad, maestra, a un tipo llamado Diosdado, parece ser un terrorista del South Blue... ¿Sabes algo? 

—Me quiere sonar... ¿Un tipo calvo?

—¡Justo! Es calvo, algo rechonchete, habla con mala gana y le da igual vender a los suyos.

—Me llegaron noticias de antiguos alumnos, pero... ¿No había marchado hacia el Grand Line?

—La última vez que supe de él me dijeron que vendría a esta isla...

—Y estuvo... Pero de paso... Creo que no llegó a pisar Karate... Mandó la Marina una alerta para que los maestros vigilásemos los puertos... Terminaron enviando una flota tras una especie de lancha rápida y le perdieron la pista en los Cabos Gemelos... Al menos, esa es la última información que nos llegó sobre él.

—¡SIRA, TE QUIERO! —y velozmente Akira se puso en pie y le cogió de la cara para darle un beso en la cabeza, tras eso, le hizo una profunda reverencia—. ¡Muchísimas gracias por todo! —y después hizo otra hacia el altar de los maestros y luego hacia el agujero en la pared que él mismo repararía al amanecer. El entrenamiento había terminado, pero su leyenda acababa de empezar a girar. Una vez dejara todo a punto, estaba dispuesto para regresar a Baterilla y encontrarse con su división. Próxima parada: el GRAND LINE.


 
Info.
—Hablo —. ”Pienso”
#2
✓
Entrenamiento Hasshoken Completado


Akira Raito obtiene la técnica Buto Kaiten, lista para entrenar.
STAFF DE NAKAMA NO MI


Salto de foro:


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