[T3, P.A.] La isla que se negaba a morir
#11
Grupo A (Mahou y Kayseira)
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#12
Él no me gusta, no puedo  evitarlo, mis ojos le miran fijamente mientras Mahou habla, dejando que informe al resto. Ella es inteligente, a diferencia de mi ha traído una forma de comunicarse, yo soy mucho más simple.

Pero entonces noto el cambio y me niego a que vuelva a pasar, Sargento, odio esa palabra, esos cargos, esos títulos.

Ellos tambien tenían, con sus  batas blancas, sus medallas, mientras gritaban que era por la ciencia, mientras mataban y hacían daño.

Ya pasó una vez, no va a volver a pasar.

La última vez intentaron lo mismo,ignorarme, apartarme, aislarme y no pude hacer más que rezar mientras el resto me protegía. Esta vez no sería igual, esta vez sería yo la que protegerá a los demás.

No iba a dejar que nadie más saliera herido por mi incapacidad.

En el momento en el que él se mueve, en el que su cuerpo cambia, sucede. Mis ojos se afilan, mi visión se agudiza como si la de un gato se tratase y es como si durante un instante, él se moviera más lento. Entonces pasa, sale disparado desde mi cuerpo, desde el suelo, un pasillo de veinte metros de hielo puro y cinco metros de ancho avanza hacia él hasta devorarlo por completo en una clara diagonal.

La aura helada que recorría mis venas no se calma, el frío a mi alrededor es pesado, mis piernas son de hielo, la escarcha entre mis  manos se camufla con lo blanco de mi piel, de mi pelo.

-¿Nunca te han dicho que es de mala educación ignorar a una dama y centrarte en otra? Dejame que te enseñe modales, Sargento, revolucionario o no, si pegas primero y preguntas después, espera que te reciban con la misma cortesía.-El hielo sube por el cuerpo de él, yo estoy más cerca de él, que él de Mahou, y no lo sabe, pero definitivamente mi hielo es mucho más rápido de lo que es su cuerpo. Pero claro, tampoco sabe de lo que soy capaz si hacen daño a mis amigos, a mi familia.

-¡Mahou, prepárate y sobre todo, no toques el hielo!- Se que puede sonar bastante básico, si, pero por si acaso nunca queda de más avisar, no pienso apartar la mirada de él, retroceder o dejarme intimidar.

-Definitivamente no hay cosa que más asco me de que un hombre con uniforme.-¿Qué? Tengo mala experiencia con esas cosas, hubo una vez alguien amable, pero ese pobre mío tiene que estar muerto o sobre explotado.

Cosas y paso a paso(?
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#13
La rítmico sonido de la carnosa pulpa entre sus fauces, junto al galope desbocado de su pulso, creó un vacío sensorial donde el mundo exterior pronto dejó de existir. Pues, por un instante, sólo existió el disfrute y su hambre. Pero entonces, de la nada, una descarga gélida —una suerte de transfusión de escarcha pura— invadió su tórax hasta provocarle violentos espasmos en un acelerado corazón que ya de por sí estaba por colapsar.

Y mientras tanto, a sus orejas, sólo llegaba un sordo resquicio del aire que había en ese momento sus pulmones y el ruido viscoso del alimento descendiendo por su garganta.

—¿Hm? —preguntó a Lan tan pronto como su cerebro interpretó que alguno de los selváticos sonidos le había hablado.

Varias gotas de savia espesa recorrieron su piel, cálidas en contraste con su temperatura interna, para acabar muriendo en el suelo. Acto seguido, con manos heladas y trémulas por la adrenalina que la fruta le había inyectado, Bai se limpió el mentón. Bajo su piel, la sangre fluía con la fuerza de un río salvaje; sentía sus venas como cauces demasiado estrechos para un caudal que ya no le pertenecía.

¿Qué le estaba pasando?, se quiso preguntar. Mas jamás se llegó a formar la duda en su agitada mente. Y es que, tan pronto como sus neuronas conectaron para procesarlo, otro pensamiento se atravesó: ¿Quién era esa gente?

La cáscara vacía resbaló de sus dedos, cayendo sobre la tierra con un golpe sordo. Uno, dos, tres, cuatro... Bai empezó a contar de forma automática, pero pronto desistió al comprender que la soledad del claro se había esfumado. Estaban rodeadas. Y, curiosamente, a pesar de verlos armados, no halló rastro de pánico en su interior; la adrenalina de la fruta parecía haber anestesiado su instinto de miedo, sustituyéndolo por una lucidez falsa, fría y combativa.

Entonces, al verse rodeada por una multitud que superaba con creces a sus ganas de actuar, su mano derecha actuó por puro atavismo, cerrándose con fuerza sobre la espada mientras la izquierda tomaba la vaina. Después, sin dejar de mirar al enemigo lupino, amenazó a los hombres mostrando varios centímetros del filo de su arma.

—Lan… —su voz sonó extrañamente ajena a ella—. Ahora mismo no tengo paciencia para diplomacias... ¿Son una amenaza?

Tras ello, hizo una pausa para tragar saliva, sintiendo que quizás ese el momento que tanto había esperado para sacar toda la rabia tras la muerte de Dong.

—Dile a esa… a esa gente… que se mantenga a una distancia prudencial, por favor — le pidió intentando domar al dolor que sentía y que se entremezclaba con esa falta de miedo y prudencia momentánea.

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Bai Mudan
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#14
Me brillaban los ojos con ternura, quería llevarme uno de esos huevos. Y ese fue un pensamiento que  no tuvo duda en mi mente. Di una calada fuerte para enfriar mi mente viendo a mi alrededor, enfoqué mis sentidos para inspeccionar los alrededores. Di un pequeño golpe con la planta del pie que no sostenía mi peso. Tenía las piernas abiertas, como si acechara cual ovíparo el nido.
Miré a Bai comer, ahora mismo estábamos juntas y esperaba que eso se mantuviera así pues así en esta isla tendríamos más probabilidades de llegar a salvo al barco.

Antes de que pudiera hacer nada más, escuché pasos pesados y firmes que aplastaron ramitas y patearon arbustos al pasar. “Por supuesto que no estábamos solas…”, di otro golpecito en el piso. Pronto, mi mente solo reverberó los pasos y el rebote de la fruta al caer de las manos de Bai, como si ambas cosas fueran una cuenta regresiva al inminente enfrentamiento. El silencio fue interrumpido, me puse de pie y atentamente, dedicándole una mirada de depredador. Aunque mi mente estaba calma. Me coloqué una mano en la cintura, meneando la cadera hacia la izquierda.

Miré hacia un costado en lo que el loboperro carraspear de la impresión y me tomé un momento para ir a por la fruta a dos metros frente a mí, colocándome a cinco metros de Bai mientras ella me preguntaba algo esencial. Así que, sacándome la pipa de la boca y mirándola a los ojos, le contesté en birkaniano a la par que tomaba la fruta del piso.
—Comprobémoslo querida —le dije con una sonrisa, mientras que la risa amenazaba con salirse de entre mis dientes. Me giré, la fruta que había tomado del piso ahora subía y bajaba desde mi mano al aire.

—¡Paciencia en la forja, hermanos revolucionarios! —comenté levantando la voz para que todos fueran capaces de escucharme, moviendo la pipa con mis dientes un poco. Observé como el que parecía liderar a todo el grupo uniformado miraba el nido con huevos en él. Pero miré a todos los demás, dando una vuelta en mi lugar.
—¡No es nuestra intención estorbarles caballeros, sin embargo, mi amiga en este momento me ha pedido que se mantengan a una distancia prudente de ella, no recomiendo que nos obliguen a movernos, nos quedaremos aquí, y ustedes pueden rodearnos si así lo desean —hice un ademán, como si aquella casa ajena fuera el salón de la mía propia, invitándolos a tomar curso.

Mis ojos se posaron en los del perrolobo revolucionario fijamente, nuevamente con aquella mirada felina; señalé con mi mano derecha a los Huevos, y con la izquierda las frutas, de entre las enredaderas y lianas colgaban de las ramas del dosel encima de nosotros
—Estas frutas generan efectos adversos a quien las coma, no puedo asegurar que la integridad de mi compañera no les perjudique… –hice una pausa, y luego miré de reojo los huevos –Y estos, ¿sabe de qué especie son?




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Hablo #e82a1f | Pienso #E86E04 | Narro
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#15
En ningún momento despegó la mirada del uniformado con su placa o carnet, que había surgido aparentemente de la nada cerca de ella y Kay, mientras intentaba comunicarse inútilmente a través de su Den Den Mushi donde no recibía respuesta alguna, ya fuera por interferencias en su funcionamiento o porque, sencillamente, no tenía idea de cómo operarlo correctamente, y esta segunda opción sería la más adecuada para Mahou. Lo único que logra escuchar es la presentación del recién llegado la cual ella misma había interrumpido con sus propias palabras ruidosas. Chistó una sola vez, bajó el caracol, cerró los ojos y suspiró con resignación. — Creo que esta cosa está rot-… — se interrumpió al oír el sonido de algo cristalizándose y esparciéndose por el suelo, además, el clima comenzaba a tornarse cada vez más frío. 

Abrió los ojos y se encontró con un pasillo de hielo que se extendía desde Kay hasta el sargento Clavo o como se llame, intentando engullirlo o más bien congelarlo por su cuerpo completo desde sus pies, algo que para ella ocurrió en cuestión de un segundo o fue prácticamente inmediato, esto la llevó a desviar la mirada hacia Kay, notando su aura gélida que la rodea y escuchando sus palabras, todo esto le bastó para comprender que el ambiente acababa de volverse definitivamente más hostil. Ante la advertencia de Kay, Mahou guardó el Den Den Mushi, sujetó su martillo con firmeza entre ambas manos, y tensó su Nyoibō, aún enredado a su cola, antes de centrar nuevamente la atención en el uniformado.

Finalmente dio un salto hacia atrás, cubriendo unos doce metros y luego caminó otros cinco en la misma dirección para aumentar la distancia entre ella y el hombre, la verdad es que no le agrada dejar todo el combate en manos de Kay, pero tampoco iba a ignorar sus sugerencias. — ¡¿Qué te pasa, sargento Clavos-uki?! Si no tenemos pinta de Marines, entonces ¡¿por qué te pones así, sargento mono-uki?! ¡SEGURO FUISTE TÚ EL QUE ALTERÓ A LOS DEINONYCHUS ANTIRRHOPUS-UKI! - dijo finalmente apuntándolo con su martillo. 

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Mahou Chikao
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#16
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#17
Escuchó los pasos del sargento yendo tras ella mientras corre, le sorprendió la tenacidad del sujeto para atreverse a continuar a pesar de la increíble técnica de Kay, y se detiene cerca del precipicio, derrapando los pies sobre la tierra. Levanta la mirada, analizando su alrededor y finalmente salta hacia un árbol cercano a tan solo unos dos metros de altura, o lo que pudieran medir sus ramas desde el suelo, trepándolo con su única mano libre y ayudándose con las piernas. Allí alza la vista apreciando el cielo entre las hojas del árbol, hace temblar dos veces sus orejas y frunce levemente las cejas, intenta concentrar su oído al percatarse del temblor y el consecuente rugido que siguió de las palabras del sargento, el cual interrumpía con su esfuerzo, entonces se gira para mirarlo con una notoria molestia en su rostro al fruncir aún más su entrecejo, y espera a que termine de hablar para estallar. - ¡Cállate! ¡Eres un mono muy tonto si piensas que estoy huyendo de ti-uki! - alza un dedito señalando al cielo.

- ¿Escuchas eso-uki? Deben ser tus revolucionarios a punto de ser devorados por más dinosaurios, mientras tú pierdes el tiempo amenazándome-uki. - baja la mano, fijándose en el sargento para darse un momento a sí misma para explicar. - ¡Incluso mis nakama deben estar en peligro, y yo no pienso hacer lo que tú-uki! ¡Mi plan es ayudarlos! Pero si tanto quieres que te patee el culo, lo haré después de asegurarme de que todos estén a salvo-uki. - se señala con el pulgar a sí misma, en ese todos incluye tanto a los hombres del sargento como a sus propios compañeros de tripulación. Sin esperar una respuesta por su parte, se palma el bolsillo donde guardó el Den Den Mushi. - Si tan solo esta cosa funcionara-uki... ¡Como sea! ¡Kay, iré a ver cómo están las demás-uki! - volvió a mirar al sargento - ¡Tu haz lo que quieras, sargento Calvo-uki, pero no me interesa golpearte en este momento-uki! 

Una vez dejó sus intenciones claras, volvió a concentrarse en su oído esperando, aunque sea un segundo rugido, o por lo menos, trata de recordar en que dirección provino, por lo menos sabía que era desde el interior de la jungla, y eso ya era un indicio por lo menos. Saltó entre los árboles, cubriendo al menos unos diez metros hasta aterrizar sobre otra rama, que se balanceó usando su mano, y allí descendió al suelo para recorrer otros seis metros a pie, todo bordeando por el precipicio, que trata de calcular que tan extenso es para saber si era posible cruzarlo, aunque sea con alguna alocada idea suya. 
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Mahou Chikao
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#18
Al principio, Bai permaneció estática, fundida en expectante silencio.

Desde su desventajosa posición —demasiado alejada de su líder y peligrosamente expuesta a los revolucionarios que las cercaban—, escudriñó aquel océano de cuerpos en busca de una sola chispa de resistencia que justificara su impulso de desenvainar el acero.

Nada.

Ninguno parecía dispuesto a moverse ni un ápice de dónde estaba, y esa parálisis le terminó arrancando un chasquido de fastidio.

Sin embargo, cuando su compañera tomó la palabra, la atmósfera cambió. Desconocía el porqué —y aunque suponía el motivo— lo que más le crispaba era notar cómo las miradas de los soldados oscilaban entre ellas y el hombre lobo; quizás fuera la impotencia de no comprender el discurso, quizás su búsqueda infatigable por una justificación o su propio ánimo errante, pero, al final, se empujó a observar más allá de lo que veía por si le tocaba pelear.

Y entonces lo vio. No estaban rodeadas por un círculo perfecto, pues los megalíticos árboles, auténticos protectores de la selva, fracturaban las líneas de tiro y obligaban a los revolucionarios a serpentear entre lianas y raíces que se enroscaban como ofidios en letargo en medio de una geometría caprichosa que definía quién estaba cerca y quién permanecía a una distancia prudencial.

De nuevo, Lan volvió a tomar la palabra.

Aprovechando ese momento, Bai pivotó sobre sus talones para comprobar si también había soldados a su espalda. Efectivamente, ahí estaban. Distando apenas unos catorce metros.

Entonces, amenazándolos también a ellos, con un gesto de muñeca logró que el acero asomara un poco más de su vaina. Sin embargo, había uno que no la dejaba de mirar y, en respuesta, Bai extendió sus alas emulando el gesto de un ave de presa amenazada en un intento por ensanchar su presencia. Pero, como si aquello hubiera servido de comburente para su instinto, en medio del primer silencio que dejó Lan, Bai tomó la decisión de dar un salto potente en el que usó de nuevo sus alas en un despliegue intimidante, como un depredador que eriza su pelaje para reclamar su espacio en medio de una pequeña jaula.

Y aun así trataba de controlarse para no ser ella quien empezara la pelea.

Con hojas aún flotando en el aire por el batir de alas, Bai se obligó a mirar hacia atrás por encima del hombro, manteniendo la mano firme sobre el hierro de su espada en un intento por confirmar que habían entendido sus intenciones; Lan volvió a hablar y ella, de reojo, se aseguró de tener a todos localizados por si a alguno se le ocurría disparar.

Y en ello estaba, atenta a cualquier movimiento que alguno de aquellos hombres ejerciera, cuando se percató de que algo pasaba con el líder perruno. Pues este, al parecer, había desenfundado su arma y alzaba el brazo con la pistola entre las garras. Ese era el símbolo de hostilidad absoluta que hizo que sus pupilas se dilataran de golpe, al tiempo que sus músculos —casi igual de rápidos que su cerebro— se tensaran, forzándola a tomar una postura donde su cuerpo se inclinaba hacia adelante.

¡Bang!

El disparo del líder fue el heraldo del caos, pues, tan pronto como desgarró el aire, Bai echó a correr en diagonal hacia el hombre más cercano y la tierra respondió con un fuerte latigazo.

Flush.

La espada quedó desembainada tan pronto como dio la segunda zancada. Dio un salto y, aprovechando la inercia, hundió la punta de su acero en la fosa de la clavícula del hombre que le cerraba el paso hasta aquel momento.

Gotas de sangre le salpicaron cuando el revolucionario se desplomó frente a ella, derribado por la brutalidad de la estocada. Y, por un momento, Bai creyó que el peligro había desaparecido.

Satisfecha por lo que había pasado, la birkiniana miró hacia Lan con una sonrisa que nació muerta; el gesto se le congeló en el rostro al advertir que los soldados ya no estaban.

—Qué... —Su voz murió mientras sus orbes miraban nerviosos en todas direcciones. ¡Mierda! —añadió al toparse con lo imposible: una piel grisácea que se resquebrajaba como piedra milenaria y un ojo enorme, fijo, que la observaba sin pestañear.

En ese momento, el pulso que había sentido hasta entonces se transformó de euforia a un pavor primigenio y, pronto, el miedo se volvió parálisis. Bai estaba petrificada, espada aún en mano, sintiendo cómo la vibración del acero —aún hundido en el herido— ascendía por su muñeca como una advertencia.

—Quieto —murmuró pisándole la rodilla, amenazando con partirsela y sin dejar de mirar al dinosaurio.

Después, bajó la vista hacia el hombre a sus pies, empezando a sentir cómo toda la sangre se le iba al cerebro; su mente, una máquina de vapor que trataba de procesar la realidad a una velocidad vertiginosa, analizó rápidamente la herida.

Era grave, pero no definitiva.

Entonces, un aliento pútrido emergió de la criatura, un aire de tumba que la hizo reaccionar. Arrancó la espada con un tirón seco, trastabillando ante la resistencia de la carne. La sangre caliente le salpicó los pies, pero su juicio ya era frío como el hielo. Aquel hombre era su única salida. Si quería huir, necesitaba un sacrificio, una distracción que saciara momentáneamente a la bestia o que, al menos, le permitiera ganar unos segundos vitales.

Sin dudarlo, apuntó a la ingle del caído y volvió a estocar, buscando con precisión el gran canal donde la vida fluye con urgencia. Era una decisión cruel, pero dictada por la lógica de la supervivencia: un hombre desangrándose era un ancla para el enemigo y una oportunidad para ambas.

—¡Corre, Lan! —gritó Bai, su voz compitiendo con el rugido que acababa de sacudir la selva.

Sin mirar atrás, rodeó al moribundo y emprendió una carrera desesperada, buscando la silueta de Lan entre la frondosidad, mientras el instinto le gritaba que el tiempo de la diplomacia y estudio había terminado para dar paso a una cacería donde ambas eran la presa.

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Bai Mudan
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#19
Sonreí de oreja a oreja mientras veía las reacciones del lobo perro.
"Ah."
"Entonces su tarea tiene que ver con los huevos o tal vez algo que está en este mismo lugar." Pensé, sacando mis propias conclusiones mientras daba un golpecito con la planta del pie en el piso.
Lo miré, dandome cuenta de como evitaba la pregunta y casi fingía demencia, vi cómo sus subordinados a la espera de órdenes lo observaban.
Mis pupilas casi demostraron asco junto a la comisura de mis labios, no por ellos, sino por sus comportamientos; y ese sentimiento era algo nuevo para mi. Tal vez solo tenia mucho la mente.
Se me apretó un poco el pecho.

Mi sonrisa de oreja a oreja se transformó en una mueca lobuna. “Es incluso un poco tierno”, pensé, colocando en mi semblante algo de sorna, dando una calada a la pipa entre mis dientes y soltando después el humo de las hierbas mágicas mientras cambiaba mi peso entre mis piernas.
El perro lobo se desesperó; disparó una bala al cielo que me hizo cambiar el semblante, se acabó la diplomacia. Bai no fue indulgente.

Mis ojos se abrieron de par en par al ver la sangre sobre su espada. Mi giré hacia el lobo perro, pero entonces en sus fauces abiertas, no encontré enojo por lo que mi amiga había hecho. No.
"¿Los amedrentó?", me pregunté, pero ese no era el caso.

A mi oeste, una respiración, un ligero sonido de movimiento. Me petrifiqué.
El crujir de la roca que estaba ahora frente a mí terminó por revelar algo más. La miré directamente al ojo; ella me estaba viendo y yo la veía a ella. Pero en ese momento, solo me pasó un pensamiento por la cabeza:

“Qué animal más hermoso”.

Pero mi instinto no me permitió quedarme allí parada. Y mucho menos me dejó lo que seguiría:
El grito del hombre al ser desmembrado me despertó del trance. El grito de Bai y el rugido que vino después se quedarían clavados en mi memoria durante muchos días y muchas noches.

Di un salto hacia el nido con huevos, cubriendo los tres metros que me separaban de él al mismo tiempo en el que Bai lanzaba aquel retazo de humano a la madre dinosaurio. No podía sentir mi corazón de lo rápido que iba.

Aterricé a un lado del nido, casi derrapando, mientras tomaba uno de los huevos con la mano derecha y activaba mi akuma no mi en mis extremidades. Salí disparada de allí, corriendo a toda la velocidad que me daban las piernas, manteniendo el lado derecho de mi torso con la temperatura baja para asegurarme de que el huevo estuviera a salvo por algún tiempo.

La adrenalina se hizo una con mi ser y una carcajada se me escapó por fin:
—HUHUHYHUHAYHUAHYAHUHYAHUHAYAA—
Llevando el huevo como un balón debajo de mi brazo, corrí hacia la dirección por la que se habían ido los revolucionarios, prendiendo mis piernas en fuego y mi brazo izquierdo convertido en magma, dejando un rastro de quemado en la vegetación a mis pies con cada zancada que daba, desprendiendo rocas incandecentes hacia atrás, dejando un camino que tenía mi nombre y firma. 

Traté de ubicar a Bai con la vista, aunque mi mente estaba concentrada solo en escapar del radar de aquella madre furiosa.

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Hablo #e82a1f | Pienso #E86E04 | Narro
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#20
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Aventura T3: NO Completada

Recompensas Narrador (Stroud)

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10

— Berries: 15k


Recompensas Users (-)

— Puntos Mugiwara: nada

— Reputación: nada

— Atributos: nada

— Berries: nada

STAFF DE NAKAMA NO MI
Debido al abandono por parte de los usuarios de esta aventura y a petición de Stroud, la aventura NO ha sucedido, se le conceden a Stroud las recompensas de una T1 como narrador por numero de post y a los usuarios nada al pedir ellos la cancelación de la misma.


Salto de foro:


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