[P.A] Une fois arrivés
#1


36 de Verano, año 17
Una bahía, Isla de Baterilla



El tiempo en altamar siempre pegaba bien al pelinegro, la bruma, la brisa, el olor del mar, las corrientes y la marea, regalando ese vaivén suave cuando se encuentra calmo el mar. Samba había quedado atrás, y ahora aguardaban nuevos horizontes, a la distancia la isla de Baterilla asomaba, tímida, poco a poco perdiendo la vergüenza para verse cada vez más imponente. El cielo estaba totalmente despejado, y se veía alguna que otra gaviota anunciando tierra por delante. Esos dos días allí en altamar, se había logrado sentir realmente libre, sin ataduras, sin nadie que quiera imponer formas, maneras, leyes, nada… Solo el, Miyori, y el mar. Había sido un viaje encantador, dentro de lo sacrificado y lo precario además de improvisado, pero no podía quejarse, añoraba echarse a la mar, y dejar que el viento le llevase, aunque ésta vez, le toco transpirar la gota gorda, el bote era de remos… Y claro, no iba a pedirle a Miyori que diera ni una palada, era algo que pensó desde un principio ocuparse él.

Allí en el bote, sentado en el extremo opuesto a la isla, Cill se encontraba sentado de cara a ésta. El remado ahora era más leve, más suave, contando con la gracia de que estando pronto a tierra, el oleaje hacia casi todo el trabajo, dejándole así un último aliento de relajo al pelinegro que había remado como un condenado día y noche en pleno altamar. Del opuesto del bote, se encontraba Miyori, acomodada acostada como cabía usando un alijo de provisiones como almohada y tapada con la capa de Cill cubriéndola oficiando de manta mientras dormía. En medio de ellos, descansaba Lucky Sharp, la katana de Cill, el sombrero de Miyori, como también Amphirite, su azulado violín. La observó con una sonrisa, leve, pero cargada de satisfacción y tranquilidad al contar con la compañía de ella, quien, contra todo pronóstico, le había sonreído a aquel sueño loco de un pirata que solo buscaba libertad.

Estando ya cerca del destino, una bahía un poco más alejada de los puertos principales, lugar que había elegido Cill para su llegada, para así poder evitar un poco la afluencia de gente en los puertos principales, puesto que ahora ya había carteles con recompensa siendo buscados vivos o muertos ambos dos. Acercándose a Miyori, asomándose hacia ella, tomó su sombrero con la diestra, y le retiró su capa con la otra mano y la colocó a un lado. Cill se puso el sombrero de ella un momento para no apoyarlo nuevamente en otro sitio, y con la mano detrás del hombro de ella, la movio suavemente hasta que despertara

—Miyori, vamos, es hora de despertar — le dijo amablemente sonriendo para romper contacto visual con ella y ver hacia la isla. — En breves llegaremos a Baterilla… ¿Es tu hogar no? Hace mucho tiempo no vengo aquí — le comentó volviendo a verla con una sonrisa. Y cuando ésta se incorporó un poco, le acomodó los cabellos suavemente y colocó el sombrero de su propia cabeza en la de ella. — No querrás perder tu sombrero, Miyo — espetó entre risas.

Volviendo a su lugar, ahora sí, volviendo a retomar ritmo y acompañar a la marea que les empujaba a la bahía ayudando él mismo también poniéndose a remar. Fueron unos cuantos minutos, quizás una hora, pero ya habían llegado. El bote no importaba, habían alcanzado finalmente su destino, y seguramente, el comienzo de muchas aventuras y peligros de ahí en adelante, solo faltaba encontrar a quien sabía o quería creer, ya estaría allí para encontrarse con ellos.

Navegación
#2
Recuerdo que, cuando era niña, corría por las calles del pueblo con el corazón anhelando un ferviente deseo, corría como si el viento supiera mi nombre. Las paredes blancas, pulcras, humildes, de tamaños y formas diferente, las recuerdo que se alzaban como guardianes silenciosas, brillando bajo el sol en sus tejas naranjas, y el olor que emite el bosque a su alrededor. Eso era Baquella.

Ese recuerdo, todo parecía latir en una sola armonía, la madera, las piedras en las estructuras, la húmedad proveniente del bosque, todo eso creado por las personas del pueblo que sostenían a manos el arduo trabajo del altamar y la pescadería. No conocía hombres tan dignos y trabajadores como los de Baterilla. Civilización pequeña pero se merecían el respeto de cualquier visitante.

No sé por que, en este instante, regresó a mí el recuerdo de mi primer instrumento. La primera vez que un sonido dulce me envolvió en una melodía sublime. La inspiración venía de un misceláneo del pueblo que tocaba la flauta con una belleza serena, como si el aire mismo obedeciera a sus dedos. Tenía experiencia en otros instrumentos como la guitarra, el violín, el piano, el banjo, pero… siempre recordaré ese día donde la melodía de la flauta me despertó un curiosidad llena de inquietud, algo nuevo ante mis ojos.

Cada tarde, después de ayudar a mis hermanos con los cargamentos de pesca, corría por Baquella en busca de una pequeña casita de tejas naranjas, igual a tantas otras, y sin embargo, era distinta al de las demás. Había en ella algo mágico, no por su forma ni por sus muros, sino por el hechizo músical que escapaba de su interior. El canto cristalino de la flauta dulce fue capaz de transformar mi camino lleno de polvo de monotonía en un sendero de ensueño.

Mi padre siempre fue indulgente con mis gustos, pero cuando me vio tan ilusionada por la música, tarareando melodías aprendidas al vuelo, decidió tallar en madera una pequeña flautina para mí, y así nació mi primer tesoro, sencillo en su forma pero con un inmenso significado. Aquel hombre del pueblo, mi maestro, a veces se diluye en la neblina de mi memoria, pues cuando lo conocí era una niña muy pequeña, ni siquiera puedo recordar bien su rostro, sin embargo, sus canciones permanecen intactas, tan vivas como en ese entonces, y recuerdo con absoluta nitidez la manera en que me envolvió en ese mundo invisible donde el aire se transforma en música, un mundo que ahora me permito habitar, disfrutar y con el sueño de gobernarlos.

Por alguna razón, volver a casa despertaba en mí el eco de aquellos días en que di mis primeros pasos en la música, si, era regresar al inicio, pero con un rostro distinto y un sueño que ahora podía palpar con certeza. Ya no era la misma niña ensoñadora y temerosa, pues en mí habitaba una confianza más firme y serena. Deseaba, con todo el corazón, que mi familia, mis amigos y quieres me vieron crecer siguieran creyendo en la pureza de mi moralidad, aunque mi espíritu se hubiese expandido hacia horizontes más audaces, porque si algo había cambiado no era mi esencia, sino, la valentía con la que ahora me atrevía a abrazar el mundo.


Un toque suave, ligero y tierno me anclaba de nuevo a la realidad,así como también identifiqué su presencia cerca de la mía, abrí los ojos tras aquel largo viaje, dejando atrás las memorias que me habían transportado a los días de mi infancia. Recuerdos que se habían sentido eternos y maravillosos mientras dormía cobijada por la capa de Cill. El suave roce de su mano sobre mi cabeza me despertó casi por completo, y pude admirar su sonrisa serena y confiada, me hizo saber que habíamos llegado a salvo. Aún adormilada y algo desorientada, logré devolverle una sonrisa llena de gratitud, sin él, sin Cill, nunca habría podido regresar a casa.

Sostuve mi sombrero antes de que la corriente de la brisa costera me la arrebatara de la cabeza, y miré hacia la bahía, ahí estaba la isla que tanto amaba. — Estoy en casa.
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
#3
✘
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