[Presente Absoluto- Aventura T2] Los susurros en el arrozal
#1
Día 50 de Primavera, Año 17.
Isla Kárate, South Blue
10:35 de la mañana.

El calendario marcaba el día 50 de la primavera del año 17. En el South Blue, esta época solía ser sinónimo de vida y celebración, especialmente en la Isla Kárate. Los campos de arroz, que se extendían desde la gran montaña central como una alfombra de color verde brillante bajo el sol de la tarde, reflejaban el brillo en el agua que bañaba los cultivos, dándole una apriencia similar a un espejo.

La Isla Kárate era de sobra conocida en todo el Blue, tanto por sus dojos como por la disciplina de sus habitantes. Desde la distancia, se podía escuchar el eco de los gritos de entrenamiento y el golpe de los puños contra la madera y las campanas de los templos llamando a la meditación. No obstante, las risas de los estudiantes al vendarse las heridas, y las canciones de los trabajadores de los campos hacía días que habían cesado.

A lo largo de los senderos que dividían los arrozales, la estampa habitual de la naturaleza se veía interrumpida por un elemento poco habitual. Pegados con cuidado en los postes de madera, en las cercas que dividían los campos y en las paredes de los edificios en el camino, aparecían carteles que la brisa agitaba con un crujido seco. Eran dibujos hechos a mano, con trazos simples pero claros, que mostraban los rostros de tres jóvenes de la zona.

La primera había desaparecido hacía cinco días. La segunda, dos días después. La tercera, apenas hacía veinticuatro horas. Tres chicas jóvenes que simplemente se habían esfumado mientras iban de camino al mercado, o volvían de alguno de los numerosos templos de la isla. En una comunidad donde todos se conocían y donde la seguridad se daba por sentada gracias a la fortaleza de sus gentes, este misterio estaba calando hondo en los corazones de la población.

La Marina no había tardado en recibir la petición de ayuda, aunque las autoridades locales habían sido muy específicas en su solicitud. No querían grandes acorazados atracados en el puerto, ni batallones de soldados marchando con paso firme por las calles empedradas. El miedo ya era suficiente; lo que necesitaban era alguien que pudiera moverse sin llamar la atención, alguien capaz de observar, escuchar y conectar los puntos que a los demás se les escapaban. Por eso, el mando había decidido que los operativos se realizarían de manera individual, investigando de manera discreta en las calles y campos, tanto para no asustar a la población como para que, en el caso de que las chicas siguiesen vivas, no alertar a sus captores de que estaban tras su pista.

El sol empezaba a descender lentamente, bañando los arrozales en un tono anaranjado que, en lugar de ser cálido, recordaba al color del fuego. La Marina ha remarcado que el tiempo era un factor crucial. Cinco días era mucho tiempo en una desaparición, y cada hora que pasa, el rastro se volvía más difícil de seguir.

Bien Luna, aquí es dónde comienza tu aventura. Eres una de las Marines designadas para tratar de encontrar a las chicas desaparecidas. Deberás decidir por dónde empezar tu búsqueda.

Previamente a que salgas de la base, se os comunica que es probable que uno de los comerciantes del mercado fue quien vio a dos de las jóvenes por última vez. Por otro lado, los trabajadores de los arrozales tienen fama de ser muy observadores acerca de todo lo que pasa por sus campos. Por último, en una de las tabernas locales se han recibido informes de algunos altercados con varios tripulantes de un barco recién llegado a la isla.

A partir de ahora me retiro como Kibai para pasar a ser el Narrador de tu historia. Buena suerte.

La caja de Pandora
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#2
Al final las palabras de Moja habían hecho que me convenciera para unirme a la marina. Tras una pequeña adaptación en una pequeña base de la isla de Sorbet, había llegado el momento de lucirme. Me habían mandado a la isla Karate *Con suerte encontraré a Moja allí.* pensé antes de partir hacia la isla en un barco de la marina.

El viaje en barco no fue el más cómodo del mundo, pero la idea de volver a encontrarme con mi viejo amigo me alegró bastante el viaje. Al llegar a la isla me llevé una gran decepción, Moja hacía tiempo que había partido de aquel lugar y se había unido a una División de la marina. A mí aun me quedaba mucho para eso. Pero el primer paso para empezar mi aventura había llegado en forma de misión individual. Nos habían convocado a todos los reclutas de la pequeña base y nuestra principal misión era encontrar a unas muchachas que habían desaparecido.

Preparé mi fiel daga y la escondí por si acaso. Había que encontrar rápidamente a aquellas chicas antes de que pudieran pasarle algo. Salí por la puerta del cuartel y me dirigí a uno de los callejones más cercanos del sitio. Sin duda la mejor forma de encontrar a aquellas chicas era desde el cielo. Era el mejor momento para probar los poderes que había conseguido, aunque hubiera sido de casualidad.

Una vez en el callejón me aseguré de que no hubiera nadie cerca y tras concentrarme un poco mi cuerpo comenzó a cambiar. Mi boca se transformó en un pico de cuervo, mis manos en alas y poco a poco el resto de mi cuerpo fue haciéndose más pequeño hasta transformarme en un pequeño cuervo negro. Una vez transformada por completo agité mis alas y salí volando de aquel callejón. El cielo azul brillaba con fuerza y el mejor al que podría ir para buscar a aquellas chicas era sin duda a los arrozales. Desde el cielo podría verlo todo con claridad.

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Fruta
#3
El pequeño cuervo negro batió sus alas con fuerza, elevándose sobre los tejados de la Isla Kárate. Desde las alturas, el mundo se veía de una forma completamente distinta. Lo que para un humano era un laberinto de callejones y muros de piedra, para Luna, transformada ahora en ave, era un mapa abierto bajo el brillante sol de la mañana. El aire fresco de la primavera golpeaba sus plumas, y el graznido lejano de otras aves de la isla parecía darle una bienvenida un tanto extraña a su nueva forma.

A medida que se alejaba del cuartel de la Marina, la joven recluta pudo observar cómo la estructura de la ciudad cambiaba. Las casas apretadas y los dojos de tejados oscuros daban paso a una llanura inmensa que parecía no tener fin. Eran los famosos arrozales, el corazón de la isla. Desde el cielo, el agua que inundaba los cultivos brillaba tanto que por un momento tuvo que desviar la vista; era como si miles de espejos estuvieran colocados en el suelo, reflejando un cielo azul sin apenas nubes.

Al acercarse a los arrozales, la altura le permitió ver lo que desde el suelo era difícil de notar. Los trabajadores, que desde lejos parecían simples puntos oscuros, estaban distribuidos por los campos de una manera inusual. No estaban agrupados charlando o riendo como solía ser costumbre en época de siembra. Al contrario, cada uno parecía estar en su parcela, trabajando con una rapidez nerviosa, casi mecánica. De vez en cuando, alguno de ellos se erguía, se limpiaba el sudor de la frente y miraba hacia los lindes del un bosque cercano compuesto de troncos de bambú con una expresión de temor evidente.

De repente, algo llamó la atención de la pequeña Marine. Cerca de una de las acequias principales, donde el agua corría con más fuerza para alimentar los cultivos inferiores, un grupo de campesinos se había detenido. Eran tres hombres de aspecto rudo, con los rostros curtidas por sol y el viento, pero no parecían para nada habitantes de la Isla Kárate, salvo por sus sombreros característicos. Tras gesticular varias veces entre ellos, el trío reanudó su marcha hacia el linde del bosque.

Cuando pasaron por la última parcela de los arrozales, uno de los trabajadores, un hombre mayor con un sombrero de paja deshilachado, se secó el sudor de la frente. Sus labios se movían rápido, pero el ruido del viento y el murmullo del agua impedían que Luna escuchara las palabras exactas. Sin embargo, el gesto era universal: el hombre tenía miedo de lo que había más allá de los campos cultivados. El bosque de Isla Kárate, lleno de bambúes gigantes y árboles de copas apretadas, parecía un muro verde y oscuro que guardaba demasiados secretos.

La joven transformada recordó la información que les habían dado en la base. El tiempo corría en su contra. Ya habían pasado cinco días desde la primera desaparición. Si aquellos hombres que parecían extranjeros tenían algo que ver las jóvenes secuestradas, debía tomar una decisión.

La caja de Pandora
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#4
Al alzar vuelo me dirigí directamente a donde tenía planeado. Estuve sobrevolando la ciudad hasta llegar por fin a los arrozales. Me mantuve a una altura prudencial esperando que nadie me viera o intentara cazarme. No quería ser la comida de nadie o de algo, uno nunca sabe que puede pasar en aquellas condiciones. Además, me di prisa en llegar a los arrozales, según nos habían dicho el tiempo corría en nuestra contra.

Una vez llegue a los arrozales me di cuenta de algo bastante extraño y curioso. Los agricultores estaban separados y evitaban hablar los unos con los otros. Además, de que de vez cuando se levantaban y echaban un ojo a la linde del bosque. Algo parecía tenerlos asustados a los pobres. *¿Qué podría ser?* pensé. Al poco me di cuenta de que tres hombres bastante fuertes y rudos estaban en grupo reunidos cerca de una de las acequias por las que corría bastante agua. Tras esto. El grupo decidió internarse en el bosque. Algo que me sorprendió. *Es bastante raro que los campesinos se metan al bosque. Quizás estas personas son los culpables de la desaparición de esas chicas.* se me pasó por la cabeza.

Sin pensarlo apenas, decidí seguir a ese extraño grupo de agricultores y aunque desde el aire no era la mejor idea, decidí hacerlo volando y saltando de árbol en árbol. Me acerqué al lugar por el cual habían entrado y me posé encima de una de las ramas de un árbol cercano, intentando observar los movimientos de aquellas personas, haciendo uso de mi buena vista. En cuanto los vi alejarse un poco salí volando de nuevo en dirección hacia donde los había visto, siempre estando atenta por si algo extraño sucedía en aquel lugar y posándome de nuevo en alguna rama, intentando que no me vieran y hacer el menor ruido posible.

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Fruta
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 862 + 0 = 862
Energia: 786 - 40 = 746
Espiritu: 105 + 0 = 105
#5
El pequeño cuervo negro de plumaje brillante se lanzó hacia la espesura, dejando atrás el reflejo plateado de los arrozales. El cambio de ambiente fue inmediato. Al cruzar la linde del bosque, la calidez del sol primaveral desapareció, reemplazada por una penumbra fresca y verdosa. Los árboles de Isla Kárate no eran como los de cualquier otro lugar: los troncos de bambú gigante se alzaban como columnas naturales, tan altos que sus copas se entrelazaban formando un techo natural que apenas dejaba pasar unos pocos rayos de luz aunque sin demasiadas ramas en las que apoyarse.

Luna, en su forma de ave, observaba con sus ojos negros y atentos el avance de los tres hombres. No era una tarea fácil. A pesar de su pequeño tamaño, el batir de sus alas podía producir un sonido delatador en el silencio casi absoluto del bosque

Los tres campesinos que había divisado desde el cielo se veían mucho más imponentes de cerca. No tenían el aspecto cansado de los trabajadores que ella solía ver en los muelles o en los mercados. Estos hombres poseían espaldas anchas y brazos llenos de cicatrices, marcas que en una isla famosa por sus dojos solo podían significar una cosa: eran guerreros o, al menos, personas entrenadas en el arte del combate. Caminaban en fila india, moviéndose con una agilidad sorprendente para su tamaño, evitando pisar las ramas secas que pudieran delatar su posición.

Curiosamente, aquellos hombres no hablaban entre ellos. Se comunicaban mediante gestos rápidos y precisos, señalando huellas en el musgo o ramas rotas que a cualquier otro ojo le habrían pasado desapercibidas. Luna se mantuvo a una distancia prudencial, posándose en una rama cubierta de liquen que le permitía ver el camino que seguían. ¿Y si eran ellos quienes las habían llevado a lo profundo de la vegetación?

A medida que se internaban más en el bosque, el terreno empezaba a elevarse. El sonido del agua de las acequias había quedado atrás, siendo sustituido por el crujido de las hojas bajo las botas de los hombres y el canto lejano de algún pájaro carpintero. De pronto, el grupo se detuvo en seco frente a una zona donde el bambú crecía de forma tan apretada que parecía una muralla infranqueable.

El hombre que iba a la cabeza, un sujeto de barba corta y mirada afilada, se agachó para recoger algo del suelo. Luna, aprovechando un hueco entre las hojas de su rama, estiró el cuello para ver mejor. Era una pequeña cinta de color rosa, un trozo de tela que parecía pertenecer al adorno de un vestido o al lazo de un peinado. El hombre no mostró alegría al encontrarla, sino una mueca de preocupación que compartió con sus compañeros. Intercambiaron una mirada rápida y, con un movimiento coordinado, sacaron unos machetes cortos que llevaban ocultos bajo sus ropajes de trabajo.

Los hombres empezaron a cortar algunos tallos de bambú para abrirse paso, adentrándose en una zona donde la niebla empezaba a gatear por el suelo, como si el propio bosque intentara ocultar lo que había más adelante. Luna decidió que no podía perderlos de vista ahora. Esperó a que los hombres se alejaran unos metros y, con un planeo silencioso, se dejó caer hacia una rama más baja, más cerca del suelo.

El grupo de hombres llegó a un claro natural donde los restos de una antigua construcción de piedra se asomaban entre las raíces de los árboles. Parecían las ruinas de un pequeño templo olvidado, con estatuas de guerreros cuya piedra se había desgastado con los años hasta dejarlas sin rostro. Los hombres se detuvieron en el centro del claro y guardaron silencio, escuchando atentamente.

La situación era tensa. Los tres hombres parecían dudar si entrar en la oscuridad de la cueva mirando a su alrrededor con desconfianza. El sol, aunque seguía alto en el cielo de la isla, no llegaba a iluminar el interior de aquella gruta, que se veía como una boca negra y profunda esperando a devorar a cualquiera que se atreviera a entrar. Finalmente, los tres himbres parecieron llegar a un acuerdo, silencioso, encendieron una antorcha y se adentraron en la cueva.

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#6
Al acercarme lo suficiente pude darme cuenta de que aquellos hombres se parecían más a guerreros que a simples agricultores. Los seguí de cerca, vigilando todas las cosas que hacían, siempre intentando no ser descubierta por aquellos hombres. No hablaban, hacían gestos para comunicarse y parecían bastante bien entrenados, para ser simples agricultores. Entonces fue cuando lo vi, uno de ellos se agachó a recoger algo del suelo. Recogió una cinta de color rosa, algo que podría ser del vestido de alguna de las chicas. Y para mi sorpresa parecían preocupados por encontrar aquel trozo de tela. Algo me decía que aquellos hombres tramaban algo y no era nada bueno o eso era lo que creía.

Aquello hombres sacaron machetes y empezaron a cortar las hierbas para abrirse paso por aquel lugar, mientras avanzaban yo los seguía observando desde lo lejos, intentando no perderlos de vista. Al poco empezó a aparecer una niebla y más adelante llegamos a un claro, donde apareció una especie de pequeño templo. Me posé en una rama cerca de la entrada de aquella cueva. Y empecé a dudar de cuál era la mejor forma de seguirlos. Pues, mi forma cuervo me hacía pequeña, pero podría llegar ser descubierta por el sonido de mi aleteo. Y en mi forma humana podría pasar más desapercibida gracias al tono oscuro de mi pelaje, además de que mis ojos felinos me ayudarían a ver en aquella oscuridad.

Una vez que aquello hombres entraron en la cueva, di un salto desde aquella rama y mientras iba cayendo, fui transformándome y adquiriendo de nuevo mi forma humana. No sabía que podría encontrar en aquel lugar, así que saque mi daga y la empuñé para poder estar preparada ante cualquier ataque furtivo al entrar a la cueva. Me acerqué lentamente hacia la cueva y entré en ella, intentando perder el mínimo tiempo posible, pues no quería alejarme demasiado de aquellos hombres.

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#7
La oscuridad de la cueva no era absoluta para Luna. Sus pupilas, adaptadas a la penumbra gracias a su herencia mink, se dilataron rápidamente, permitiéndole distinguir las aristas de las rocas y el goteo constante de agua que resbalaba por las estalactitas. El aire dentro de la gruta era gélido y olía a tierra mojada. Con la daga firmemente sujeta en su mano derecha y moviéndose con la ligereza de un depredador, la joven marine se internó tras el rastro de luz de la antorcha que portaban los tres hombres.

Sin embargo, a pesar de sus sentidos aguzados, Luna cometió el error de subestimar la experiencia de aquellos "campesinos".

Justo cuando la joven cruzaba un estrecho paso natural que servía de umbral hacia una cámara más amplia, el silencio se rompió con un chasquido seco. No fue un grito, sino el sonido de una cuerda de cáñamo tensada liberándose. Antes de que pudiera reaccionar, un enorme tronco de madera de sándalo, pesado y tachonado con refuerzos de metal, osciló violentamente desde un lateral oculto en las sombras del techo.

El impacto fue brutal. El tronco golpeó el hombro y el costado de Luna con la fuerza de un martillo de guerra. El golpe la levantó del suelo, enviándola a volar varios metros hasta que su espalda impactó contra la pared rugosa de la cueva. El estruendo del choque resonó en toda la galería, y Luna cayó al suelo, mientras el aire escapaba de sus pulmones en un quejido sordo. El dolor era un incendio en su costado, y por un momento, la visión de sus ojos felinos se llenó de chispas blancas.

—Te lo dije, Hanzo. El cuervo no era un cuervo común —dijo una voz áspera que resonó con autoridad.

Tres sombras se proyectaron sobre ella. Los hombres ya no estaban de espaldas; la esperaban en un semicírculo perfecto, bloqueando cualquier salida. La antorcha, clavada ahora en una grieta de la pared, iluminaba sus rostros curtidos, que ahora mostraban una severidad implacable. Los tres habían desenvainado sus machetes cortos, y el acero brillaba con un reflejo anaranjado y peligroso.

El líder, el hombre de la barba corta, dio un paso al frente y apuntó con la punta de su arma hacia el cuello de Luna. Sus ojos eran como dos trozos de pedernal.

—Has sido persistente, lo reconozco —gruñó el hombre—. Nos seguiste desde los arrozales, cambiaste de piel en el aire y pensaste que el silencio de la cueva te protegería. Pero en esta isla, aprendemos a escuchar el latido del corazón de los que nos acechan antes de que den el primer paso.

No solo la habían detectado, sino que la habían estado observando mientras ella creía ser la cazadora. Los otros dos hombres intercambiaron una mirada rápida, manteniendo sus armas en guardia.

—Es una mink —observó el más joven del grupo, señalando con un gesto de cabeza los rasgos distintivos de la joven—. Y lleva el uniforme de la Marina. ¿Qué hace una recluta espiando en las sombras en lugar de patrullar las calles?

—Quizás trata de hacerse la valiente, Akio —respondió el tercer hombre, cuya voz era un siseo desconfiado—. O tal vez es solo una niña que juega a ser soldado y ha terminado metiendo la nariz donde no debe.

El líder, Hanzo, no apartó la vista de Luna. La presión del machete cerca de su garganta era una advertencia silenciosa de que cualquier movimiento falso sería el último.

—Habla ahora, joven mink —ordenó Hanzo con una frialdad que helaba la sangre—. ¿Quién eres y por qué nos sigues? Si buscas a las chicas desaparecidas, vamos a tener que dejarte aquí, encadenada a estas piedras, mientras terminamos lo que hemos empezado.

Luna, todavía recuperando el aliento y con el costado palpitando de dolor, se dio cuenta de que aquellos hombres no eran delincuentes comunes; eran guerreros. La misión de rescate acababa de volverse una lucha por su propia supervivencia.

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#8
Decidí entrar en aquella cueva confiando en mi instinto, pero para sorpresa mía todo aquello no era más que una trampa hecha por unos rufianes que me habían tendido. A pesar de mis buenos sentidos, no pude evitar aquel enorme tronco golpeándome en el costado. El golpe me dejó por un momento sin respiración, lo que me hizo percatarme de que me habían pillado en aquel lugar.

-¡Ah! Malditos, eso me ha dolido mucho- dije mientras soltaba un par de lágrimas por tremendo golpe. Eran unas lágrimas de rabia, ¡porque estaba súper enfadada! -¿Qué habéis hecho con las chicas, malditos?-

-¡Soy un soldado de la Marina y mi misión es atraparos, malhechores!- les grité con todas mis fuerzas.

Eran tres hombres feos y con cara de malos, pero no sabían que yo soy una mink gata negra y que soy súper rápida. Apreté con fuerza mi daga y, aunque me dolía el costado, me puse en posición de ataque.

El primero vino corriendo hacia mí con un palo enorme. Yo di un salto mortal hacia atrás, ¡parecía que estaba volando! En el aire hice un giro súper guay y, antes de que él pudiera reaccionar, caí detrás de él. ¡ZAS! Con un movimiento rápido de mi daga lo dejé en el suelo. ¡Uno menos! Luego, los otros dos se pusieron nerviosos. Uno intentó agarrarme, pero yo soy como el agua. Me deslicé por debajo de sus piernas y le hice un corte en la bota con mi daga para que se tropezara. Mientras se caía, usé su espalda como trampolín y salté hacia el tercer rufián, que era el más grande. Él sacó una espada, pero yo era mucho más ágil. Esquivé todos sus ataques moviendo mi cintura de un lado a otro (¡parecía que estaba bailando!). Cuando se cansó, aproveché el momento: le di un zarpazo y luego usé mi daga para desarmarlo. ¡Los tres acabaron derrotados y llorando como bebés!

Resumen

Fruta
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 862 - 150 = 712
Energia: 746 - 300 = 446
Espiritu: 105 + 0 = 105
#9
La caverna quedó en un silencio repentino. El humo de la antorcha que yacía en el suelo estiraba las sombras contra las paredes rugosas de la cueva, dándole a la escena un aire casi irreal. Luna, se mantenía erguida, con la daga firmemente apretada y la mirada fija en los hombres que acababa de derrotar con una velocidad pasmosa.

El rudo líder, el hombre de barba afilada que había intentado atacaarla el primeroo, estaba ahora tirado sobre el suelo de piedra, quejándose sordamente mientras se sujetaba el costado. Al intentar moverse, un objeto metálico se deslizó de su cinturón, tintineando contra la roca húmeda antes de quedar quieto bajo un rayo de luz. Era una llave dorada, que brillaba con un fulgor sospechoso en la oscuridad, y de su anilla colgaba una pequeña etiqueta de madera que, a pesar de estar algo manchada de barro, mostraba claramente unas letras toscamente talladas: "JAULA nº 1". La llave parecía demasiado valiosa para pertenecer a unos simples campesinos asustados, y la palabra inscrita en la etiqueta no presagiaba nada bueno.

Cerca de él, el tercer rufián, el más corpulento, estaba de rodillas, con su espada tirada a varios metros de distancia, mirando sus manos vacías con una mezcla de sorpresa y miedo, asombrado por la facilidad con la que la joven gata lo había desarmado tras esquivar sus ataques como si estuviera bailando.

Fue el segundo hombre, el más joven de los tres, quien rompió el tenso silencio. Aquel al que Luna le había cortado la bota para que tropezara, se había quitado el sombrero deshilachado y, ignorando el dolor de su tropiezo, se había arrodillado completamente, agachando la cabeza hasta casi tocar el suelo húmedo de la cueva en un gesto de total rendición.

—¡Por favor, por favor, ten piedad! ¡No nos hagas más daño, te lo ruego! —exclamó el joven, con las manos juntas frente a su rostro en señal de ruego.— No somos más que pobres diablos, no sabíamos contra qué nos enfrentábamos. A mí... a mí solo me pagaban por vigilar esta entrada. Me prometieron un buen dinero, más del que podría ganar en diez cosechas en los arrozales. Dijeron que solo tenía que asegurarme de que nadie ajeno a la isla se acercara a este templo olvidado y a la cueva. ¡Te lo juro por mi vida, yo no quería hacer daño a nadie! Pero... pero el Jefe... él es muy malo. Si no hacíamos lo que nos decía, si no ayudábamos a los otros a mantener el secreto, nos amenazó con hacernos daño a nosotros y a nuestras familias.

El joven levantó una mano temblorosa, señalando hacia la oscuridad que se abría más allá de ellos, donde el camino de la cueva se adentraba en las profundidades de la montaña central.

—Si... si de verdad estás buscando a esas chicas...entonces debes seguir adentrándote en la caverna. El Jefe suele pasar la mayor parte del tiempo allí abajo, supervisando... supervisando sus asuntos. Él lo sabe todo lo que pasa aquí, nada se mueve sin su consentimiento.


Hizo una pausa dramática, mirando a Luna a los ojos.

—Pero ten cuidado, Marine. El Jefe no es como nosotros. Él no tiene piedad ni miedo. Es fuerte y poderoso. Te he dicho la verdad, todo lo que sé, a cambio de tu perdón. Pero lo que encontrarás allí abajo será un desafío para ti, eso seguro.

El joven volvió a agachar la cabeza, esperando la reacción de la joven Mink.

La Caja de Pandora
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#10
Me quedé allí quieta, tratando de respirar bien porque el golpe del tronco aún me escocía un poco, pero me hacía la fuerte para que no me vieran débil. La cueva estaba súper silenciosa y las sombras se movían de forma rara por culpa de la antorcha. ¡Parecía una peli de miedo! Pero yo soy una Marine y las Marines no pueden salir corriendo.

Miré al hombre de la barba que estaba en el suelo. Se quejaba un montón, pero de repente vi algo que me llamó la atención: ¡una llave dorada! Brillaba muchísimo entre el barro. La cogí con cuidado y leí lo que ponía en la etiqueta: "JAULA nº 1". Se me puso la piel de gallina, bueno, ¡la piel de gata!, porque eso significaba que de verdad tenían a las niñas encerradas como si fueran animalitos. ¡Qué malos son!

Luego miré al chico joven que estaba de rodillas pidiéndome perdón. Me dio un poco de pena porque parecía que tenía mucho miedo, pero estaba enfadada con él por ayudar a ese tal "Jefe".

-¡Vale, vale! ¡Deja de llorar, que pareces un bebé!- le dije, intentando que mi voz sonara súper seria y mandona. -Si de verdad te obligaron, ya veremos qué dice la justicia, pero ahora lo importante es sacar a esas chicas de allí.-

Me guardé la llave dorada en mi cinturón, apreté bien el mango de mi daga y miré hacia la oscuridad del fondo de la cueva. Ese "Jefe" del que hablaba el chico sonaba como el malo final de un videojuego: fuerte, sin piedad y súper peligroso. Pero yo no le tenía miedo... bueno, solo un poquito, pero mi instinto de gata me decía que tenía que ser valiente.

-Si ese Jefe cree que puede asustarme, ¡está muy equivocado!- exclamé, dándome ánimos a mí misma. -Soy Luna, la Queen, la mink más rápida de la Marina, ¡y voy a patearle el trasero!-

No perdí ni un segundo más. Dejé a los tres rufianes allí tirados, total, con lo que les dolía todo no iban a ir a ningún lado y me adentré por el túnel. El suelo estaba húmedo y resbaladizo, pero mis patitas se agarraban súper bien a las rocas. Mientras caminaba hacia lo más profundo, solo pensaba en una cosa: "Aguantad, chicas, ¡ya voy a por vosotras!".

Cada paso que daba me acercaba más a ese Jefe misterioso, y aunque mi corazón latía súper rápido, mi daga estaba lista para la acción. ¡Nadie se mete con mis misiones y sale ganando!

Resumen

Fruta


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