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"Y por medio de ésta elegía, se encomienda tu alma al descanso."
Primavera del Año 4 - El algún cementerio de Baquella
Había algo en los ritos fúnebres que cautivaban al joven que reposaba su mentón sobre la pala que había usado momentos atrás para ayudar a enterrar la fosa donde había depositado el ataúd que había construido con su padre y, por supuesto, donde había puesto a descansar a aquel a quien había maquillado y cuidado con tal de que su cuerpo se mantuviese brillante en su despedida. Suspiró escuchando las palabras de aquel que oficiaba la ceremonia. Podía ver la tristeza, la solemnidad, cada entierro era igual. Los respetaba, y entendía que su oficio era necesario porque alguien debía cuidar tras la vida a aquellos que en vida cuidaron. O al menos eso sería ser la norma.
Los criminales también tenían entierros, los malhechores también. Podías dimensionar la virtud de alguien en vida quizás por cómo actuaban aquellos que le daban la última despedida, o si quiera si alguien se presentaba ¿Cuántos sepelios vacíos había presenciado? Bastantes.
Suspiró entonces usando un pañuelo para secarse el sudor de la frente. Era una mañana de primavera, el mediodía estaba en su apogeo. El trabajo había terminado para él, quien ahora se disponía a juntar sus cosas y marcharse cuando notó que algunas lapidas de madera estaban torcidas, desgastadas por el tiempo. Inspiró profundamente, era inaceptable el deterioro. Entendía que aquellos enterrados con lápidas más humildes tenían menos recursos, pero todos merecían la misma dignidad en la muerte.
Tenía tiempo antes de volver a su hogar, por lo que clavo su pala en la tierra del cementerio y se dirigió hacia la lápida preparando las herramientas de su cinturón. Martillo, gubia y cincel. Los clavos también estaban a mano ¿Tenía papel de lija? Revisó antes de tomar un pequeño rollo envuelto, sería suficiente.
Se arrodilló frente a la lápida, y con cuidado comenzó a realizar el mantenimiento de la misma. Ahora ignoraba el calor, ignoraba todo que no fuese su labor pues así tuviese quince años más de la mitad de su vida se había llamado un sepulturero de vocación. — Vas a volver a estar firme, y bonita en un santiamén... Si puedo te voy a barnizar un poco... —Hablaba solo para sumar agravio a su situación, con tierra en las rodillas de los pantalones de su traje y su camisa de algodón arremangada, absorto en su labor.
Miyori Hoshino
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12-03-2026, 09:27 PM
(Última modificación: 12-03-2026, 09:32 PM por Miyori Hoshino.)
Papá dice que a veces es bueno recordar a las personas que ya no están con nosotros. Pero cuando le pregunto por mamá, él mira hacia otro lado y se queda callado, como si estuviera triste. Por eso dejé de preguntar.
Hoy fui al cementerio antes de ir al puerto a ver a mis hermanos. Llevé una canasta con sándwiches y refrescos de limón embotellados de corcho, y también un bote grande con agua, pesaba mucho. Quiero limpiar la tumba de mamá, porque hace mucho que nadie viene a verla.
Mi papá dice que hacer el bien siempre trae algo bueno. Pero cuando yo nací, mamá murió, y a veces me pregunto… si yo no hubiera nacido, ¿papá no podría esa cara triste?, ¿verdad?.
Mis hermanos siempre me hablan de mamá y de lo hermosa que fue en vida. Dicen que me parezco un poquito a ella, no por el color de mi pelo, eso lo heredé de papá, sino, por mis ojos azules como el cielo o como el mar. Me habría gustado mucho conocerla.
Caminaba por las calles empinadas del pueblo, sosteniendo la canasta de provisiones con las dos manos. Pesaba bastante, tanto que a veces mis piecitos se tambaleaba de lado a otro mientras avanzaba. La brisa del día era cálida y fresca, y el sol ya estaba alto en el cielo. Pronto sería la hora de comer… y yo tenía mucha hambre.
Cuando llegué a la entrada del cementerio vi a varias personas un poco más adentro. Algunos lloraban mientras miraban la tierra abierta, donde había un hoyo grande y, dentro, una caja de madera cerrada. Me quedé mirando en silencio, ¿Por qué lloran?, me pregunté. Si alguien se va de esta vida… ¿no es porque ya era su momento?, vida o muerte… algún día a todos nos toca una de las dos. ¿Por qué papá llora todas las noches?, es mi culpa.
Di unos pasos más y avancé por el sendero entre las tumbas. Tenía que detenerme cada ratito para que no se me cayera la canasta, mis brazos ya me dolían por el peso. — Ya casi… ya casi… — me dije en voz bajita. Estaba cerca, no podía rendirme. ¡Mami espera!
Avancé un poco más hasta que, de pronto, vi la tumba de mamá, pero… había un señor allí, justo en frente. Me quedé quieta mirándolo. Tenía herramientas en la cintura y en las manos… ¿sería carpintero, como papá?
*¡Miyori, no se debe hablar con extraños!* —- Mi mirada observó el cielo en busca de esa voz que emergió de la nada en mi cabeza, era la voz de papá. Era un recuerdo de cuando una vez un señor me ofreció helado y casi me voy hacia él. Entonces mi mirada volvió hacia aquel sombrío señor azabache con pala, martillo y clavos. ¿Pronto se iría?, parece peligroso.
Me quedé quieta al verlo arrodillarse frente a la tumba. Con cuidado empezó a tocar la lápida de madera que mi papá había hecho con tanto amor. Mi corazón empezó a latir rápido. ¿Que hago?, ¿Qué hago?, ¿Que hago?, miré a los lados buscando alguien que pudiera ayudar… ¡Querían hacerle algo a Mami!
*Si ves que alguien hace algo malo a la familia, ¡defiende el honor Hoshino!* — ¿Otro recuerdo?, ah, es mi hermano Takeshi. Es cierto, debo ser valiente.
— ¡ALTO! — Grité con todas mis fuerzas, y comencé a correr en dirección de aquel mal hombre que quería hacerle algo a mami, corrí sin mirar el camino, solo con lágrimas en mis ojos cuestionando el porqué de sus acciones… y cuando menos lo esperé….
Caí a medio metro, ¿y la canasta?, rodó con todo su contenido. Solo pasó un minuto de silencio cuando levanté mi rostro hacia el frente, y mis lágrimas se convirtieron en llanto no controlado, me dolía la cabeza, ¿me raspé?
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El muchacho de casi 16 años seguía con la rodilla hincada frente a la lápida ejerciendo el mayor de los cuidados a la misma con ayuda de su cincel y gubia. Había bordes ligeramente astillados, fibras que podían ser pulidas y algun que otro clavo que no estaría mal reemplazarlo. La humedad tropical de Baterilla solía hacer eso con los arreglos de madera, pero no era nada del otro mundo pues él era el indicado para devolverse la dignidad al santo sepulcro. Con el movimiento del cincel se escuchaba un ruido de raspaje casi rítmico, era preciso y meditabundo en su accionar casi parsimonioso. Pasó la palma por la superficie para comprobar si el pulimiento ya estaba en condiciones, y usó su martillo para remover los clavos en mal estado, reemplazándolos por unos propios que no tardó en asegurar con golpes firmes. No necesitaba hacerla a nuevo, solo mantenerla pero la atención al detalle lo era todo para él.
Un grito repentino lo sacó de su trance laboral. Giró la cabeza hacia un lado y vio a al niña que arremetía hacia su ubicación para finalmente desplomarse junto con la canasta. No alcanzó a comprender qué estaba pasando antes de que ella estuviese en el suelo, y sus efectos personales desperdigados en la cercanía. Eros ladeó la cabeza levemente hacia la izquierda, contemplando la escena sin moverse aún. La pequeña parecía estar en peligro real, solo era una pequeña con una herida superficial que se había llevado un susto. Inspiró con profundad, y suspiró lentamente. El llanto de la pequeña le daba ternura, y una de las debilidades del muchacho era la ternura despues de todo. No le dijo que parase, pues respetaba las emociones ajenas por encima de todo, en cambio decidió ocuparse de lo que podía controlar.
Con serenidad y sin mediar palabra se levantó mientras preparaba su pañuelo de tela para comenzar a juntar las cosas que estaban esparcidas por el suelo, dejándolas nuevamente una a una en la canasta que también recuperó tras quitarles el polvo con cuidadosos soplidos, y ayuda del pañuelo que traía consigo. Cada quien ayudaba como podía, se dijo a si mismo antes de depositar la canasta nuevamente frente a la pequeña en el suelo.
En su cabeza finalmente encontró los paralelismos correctos para explicar su previo accionar. —Si los panaderos se detuviesen no tendríamos pan para desayunar, si los músicos parasen no habría música con la que bailar... Si los sepultureros se detuviesen, nadie cuidaría el descanso de quienes amamos —Explicó el muchacho en respuesta a la petición, o la orden, inicial que había desencadenado esa serie de eventos desafortunados. Entonces sacudió su pañuelo, extendiéndolo hacia la pequeña por el lado que no había tenido polvo previamente. — Puedes limpiarte la raspadura con esto así no se ensucia, dolerá un poco más pero a la larga será lo mejor —Explicó. Le hablaba como si fuese una igual, pese a ser una pequeña, Eros respetaba a todos sin distinciones despues de todo.
— ¿Te sigue doliendo, o ya puedes hablar un poco? —Preguntó entonces alejándose para juntar sus herramientas una por una, volviendo las mismas al cinturón donde pertenecían.
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Dolía… mi frente ardía y molestaba un poco después del golpe, pero no era solo eso lo que me preocupaba, la canasta con la comida y el agua estaban tirados en el suelo, desparramados, y mamá… mamá estaba en peligro. Sentía que todo se desmoronaba a mi alrededor. Papá me había dicho que no hablara con extraños pero Takeshi dijo que debía defender a la familia, pero… ¿por qué siempre siento que hago todo mal?
Mis lágrimas no dejaban de brotar, logré sentarme despacio en aquel sitio rocoso, y mi cabeza permanecía agachada, gimoteando entre sollozos que escapaban sin control. Mis manos trataban de secar las amargas lágrimas, pero mi cuerpo respingaba con cada temblor de emociones, ya no podía levantarme ni enfrentarme al hombre malo. No debía mostrarme débil delante de él, pero caí, no pude hacer nada.
Pero entonces el hombre malo se acercó, dejando la canasta frente a mí. Mis ojos se enfocaron primero en la canasta, parecía limpia e intacta, solo después de eso, levanté la mirada y lo vi con mayor claridad que antes. Su apariencia era tranquila, serena, y su voz sonaba amable. No me parecía que fuera realmente malo.
Su voz logró apagar mi llanto, y traté de entender lo que decía a continuación. Si los panaderos dejaran de hacer pan, ¡Sería terrible! ¡No tendría más sándwiches para comer!, ante esa idea no pude evitar mirar la canasta sabiendo el contenido de su interior, solo un segundo en lo que nuevamente el hombre malo atrajo de nuevo mi atención. Habló de la música y eso me puso triste porque la música es lo mejor del mundo, y si no existiera más… no sabría qué hacer.
Lo miré acercarse un poco más, con algo de temor tomé el pañuelo que me ofrecía para limpiarme. Se supone que es un hombre malo, pero… me estaba cuidando. — Gracias… — susurré con la voz temblorosa y con un gimoteo que más que un sollozo escondido parecía un hipo involuntario.
Me quité un segundo el sombrero y comencé a limpiar la herida de la frente. El pañuelo apenas tenía manchas de sangre, así que solo me ardía el golpe, papá estará enojado conmigo al volver a casa. Cada roce sobre la herida me hacía respingar ligeramente por el ardor doloroso.
—-Estoy mejor… —- dije al fin, mientras lo observaba colocar algunas herramientas en su cinturón de carpintero, tal como hace papá. Inspiraba profundo cada vez que sentía que mi nariz moqueaba, pero, ya no tenía ganas de llorar porque me parecía curioso aquel hombre malo.
—- Papá dijo que no podia hablar con extraños… — susurré, recordando las palabras de mi papá como una advertencia de aquel día. Luego miré el pañuelo que me prestó el hombre desconocido, aquel que me permitió limpiar el rastro de la herida. Sentía una extraña mezcla de miedo y agradecimiento. Papá dice que siempre hay que ser agradecidos con quienes nos ayudan.
—- Pero no pareces ser alguien malo… — dije, mirando la tumba de mamá a lo lejos, que parecía más limpia que antes. ¿Cómo podía alguien que se supone es malo cuidar de las lápidas de extraños de tal manera?. Miré de nuevo al desconocido señor, con cierta curiosidad de lo que me había dicho antes… — Los Shepu… —- presioné mis labios, dándome cuenta que no podía decirlo bien… — Los Shepul…. —-- sentí que mis mejillas se calentaban en señal de sonrojo, qué vergüenza, y mis ojos azulinos se desviaban en todas direcciones menos en los del hombre malo… —- Los Shepulteros son algo así como… ¿doctores para los muertos?.
Sé que nada cambiará, papá lo dijo una vez, pero… puedo intentarlo.
—-Mamá… ¿Puede volver algún día?.
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El padre de la muchacha tenía un buen punto, asintiendo con la cabeza. — Mi nombre es Eros Focalor, soy hijo de la familia de sepultureros de un pueblo al sur de Baquella. Ahora no soy un desconocido —Explicó resolviendo en ese momento las cosas, aunque finalmente levantó el pulgar como si quisiese poner un punto o hacer un inciso en la situación. — Pero tu padre tiene razón, hay que ser cautelosos con las personas de buenas a primeras pues desconocemos las intenciones de los mismos —Era correcto, el sabía que el mundo tenía mucha oscuridad, despues de todo por algo su madre se había ido de la noche a la mañana. Se negaba a pensar que fuese por voluntad propia. Ocultó un atisbo de sonrisa cuando escuchó como la más joven luchaba por pronunciar su oficio. — Algo así, también hacemos trabajos de carpintería como has visto pues construimos los ataúdes, y las lápidas —Explicó para darle más información, pues ante todo la curiosidad era el mayor motor de vida.
Ante la pregunta, no se vio impactado ni movilizado. No era falta de empatía, ni sensibilidad, pero su relación con la muerte era particular. — De momento no he sabido de nadie que haya vuelto del descanso eterno, así que no creo que sea posible —Replicó pensativo posando la diestra en el mentón, pero no le preocupaba pues para eso estaban los Sepultureros. No obstante, también entendía lo que era la perdida y la ausencia... Solo había un remedio para ello, el recuerdo.
— Nosotros mantenemos vivos a quienes amamos en el recuerdo, en el legado, teniendo en cuenta sus sueños y deseos para nosotros... Nadie sabe cuanto tiempo le queda, pero sabemos que ahora mismo aquí estamos y eso es vivir —Ocupar ese lugar en ese preciso momento, el adolescente rascó su nuca sin saber si estaba bien hablar con tanta soltura de temas trascendentales con alguien tan pequeño, pero tampoco se sentiría bien subestimándola por ser pequeña. A él nunca lo habían subestimado. — ¿Viniste a pasar el día visitando a tu madre? Es una buena idea, mi padre está enfermo así que tuve que venir a ayudar en un entierro y decidí aprovechar para darle mantenimiento a un par de lápidas. —Le contó pese a la torpeza social que lo caracterizaba, sentía que le debía una explicación por haberla asustado tiempo atrás, al menos demostrarle que no era malvado. No tenía recompensa a su nombre, ni un cartel de se busca con su cara
En ese momento
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Escuché al hombre malo decir su nombre, era un nombre raro pero también pienso que es genial. El hombre malo dijo que era hijo de una familia de shepulteros, osea que habían más personas que arreglaban tumbas. Lo miré pensativa unos minutos, era como si de pronto su cara tuviera un nombre y ya no fuera malo.
Después dijo que no todas las personas tienen buenas intenciones. Eso me hizo recordar aquella vez que un señor me ofreció dulces a cambio de hacerle compañía… ¿Por qué se enojó papá si me estaban dando dulces?, no hay nada malo en eso.
Mi mirada permanecía en él, no me ofrecía nada, solo me dio un pañuelo para limpiarme la herida, y también cuidaba de mami.
Sentí un cosquilleo en el pecho, como una verdad que acababa de ser revelada.
Su respuesta en cuanto a mi pregunta me puso un poquito triste, incluso llegué a bajar la mirada un poco… tal vez me había engañado a mí misma y esperaba que me dijera la existencia de algo posible. Conozco a la muerte desde que nací… mami no está por mi culpa.
Sus últimas palabras no las entendí del todo, porque no tengo recuerdos de ella, ni uno solo, y tampoco hay mucho que saber… En casa es prohibido hablar de mamí. Papá llora a veces… y no quiero verlo tan triste nunca.
Me levanté del suelo y sacudí un poco mi vestido, porque tenía polvo de la caída, posterior a eso acomodé de nuevo mi sombrero sobre mi cabeza, mi flequillo tapaba el golpe rojo de la raspadura. — Parece que se puede vivir aún después de la muerte… — dije algo pensativa, siempre palmeando la tela blanca de mi vestimenta. — ¡A mí me gustaría vivir para siempre! —- Sonreí emocionada hacia el señor que ya no era malo, era un señor bueno.
— Vine a ver a mami, hace mucho que nadie viene a verla… — Me acerqué a la tumba de mamá, y estaba preciosa, bueno, al menos su lápida lucía más limpia y nueva, como si los años no hubieran pasado por ella. — Papá es carpintero como tú, sólo que papá no hace atayudes.
Luego escuché que él estaba arreglando más lápidas, no solo la de mami. Miré alrededor y vi muchas otras tumbas algo sucias y olvidadas, entonces comprendí que el señor Eros era como un especie de héroe para muertos, ayudaba a que las tumbas se vieran bonitas otra vez. Eso me parece increíble, ¡Que emocionante! — ¿Yo también puedo ayudar?
Empecé a ver en todas partes, corriendo casi en todas las direcciones de donde se encontraba el señor Eros, observando como si buscara el mejor lugar para comenzar, ¡Tenía que ser la tumba más olvidada de todos! ¡El cementerio es enorme! —- ¡AAAAHHH!
Regresé, aunque realmente no estaba tan lejos, a unos cuantos pasos del señor shepultero, al estar cerca de él, extendí mi mano hacia él en señal de acuerdo. Era hacer las paces.
— Mi nombre es Miyori Hoshino … —- recordé que no había dicho mi nombre aún, y definitivamente no quería ser una desconocida para el señor Eros, aunque no luce como un señor, no tiene barba como papá.
Tio Eros, ¿Yo podría ser shepultera también?.
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Eros no pudo evitar sonreír al escuchar la última pregunta de la pequeña. — Pues claro que puedes, yo de hecho empecé a tu edad ayudando a mis papás mas o menos... Y aun no soy un adulto, así que si yo puedo diría que todos pueden —No obstante, el carpintero levantó un dedo como si quisiese poner una condición en el aire. — Pero necesitas permiso de tu familia, ¿Crees que estarán de acuerdo con que trabajes? Para ser un sepulturero hay que estudiar mucho, hay poco tiempo para jugar y es muy sacrificado —No quería arruinar la ilusión de la pequeña, pero dada su personalidad tampoco la subestimaría por ser tan solo fantasías juveniles. Creía en que todos tuviesen derecho a la verdad, y cómo tal eso implicaba poder ser plenamente conscientes de las responsabilidades que traía consigo, quizás, el perder la libertad para dedicarse una tarea que iba más allá de uno.
Aun no estaba condenado a ser libre.
— Pero deberías enfocarte en disfrutar el día que te tocó para visitar a tu madre, la mía se fue hace un par de años pero yo no se donde está... Al menos tu siempre sabrás donde encontrarla —Y eso en si mismo debía darle tranquilidad, ¿verdad? ¿O es que acaso era él quien padecía una intranquilidad constante? Aun era reciente la herida, y los métodos de los Focalor para trabajar los traumas... Cuestionables. El sepulturero tomó de su cinturón un pequeño utensilio no más grande que su mano, pues estaba plegado sobre si mismo. Era un metro de carpintero desgastado por el uso, el cual extendió hasta la pequeña. — Esto se llama metro, te lo regalo... Es útil para tomar medidas de la madera por como se pliega, te ayuda a calcular metrajes cuadrados tomando en cuenta las superficies del material para trabajar —Con la mano dibujó una L para ilustrar su punto más simplemente que con su balbuceo constante.
Sintió unas campanadas cercanas al cementerio, estaban marcando el avance de la hora. El mediodía avanzaba sin pedir permiso, para variar.
La idea de que se lastimase con un clavo, un martillo o una gubia no era atractiva para el adolescente quien pensativo rascaba su nuca mientras analizaba cómo podía hacerla ayudar. — ¿Por qué no visitas a tu mamá, comes el almuerzo y mientras tanto yo le puedo dar una mano a las tumbas? Con que llegue a casa antes de que caiga el sol mi padre no se molestará, y la compañía será suficiente ayuda mientras visitas a tu madre —¿Acaso iba a ponerse a trabajar gratis porque se lo había pedido una pequeña? Claro que sí, le había dicho Tio Eros despues de todo.
— ¿No sería aburrido vivir para siempre? Porque todos los demás no vivirían para siempre, entonces terminarías extrañando a mucha gente —No le parecía tan buen negocio, pero en cierta forma era algo que ya hacía al recordar a cada caído, cada tumba que tallaba, cada ataúd que construía. — En mi caso, saber que eventualmente dejaré de vivir es lo que me hace apreciar la vida... Porque no es eterna, pero si la marca que dejamos en la gente, en el mundo y en nuestra historia —Murmuró mientras se ponía a trabajar en una tumba cercana a la de la madre de la pequeña.
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¡Qué emoción! Podía ser Shepultera como el tío Eros. Levanté mis manos hacia el cielo y salté varias veces de alegría. ¡Si podía, sí podía, sí podía!, Incluso parecía que iba a ser igualita a él. Pero esa felicidad no duraría para siempre.
Con su dedo regañón me hizo saber que tenía que tener permiso de papá. Aunque no creo que papá se niegue a que yo sea Shepultera, él me deja hacer muchas cosas, como aprender música. —-¡Yo puedo trabajar! —- dije con el pecho inflado de orgullo, porque a veces mis hermanos mayores me dejan cuidando el puesto mientras juegan cartas en la plaza, ¡Así que sí puedo trabajar!
Ahora bien… —- ¿P-poco tiempo para juegar? — pregunté algo avergonzada, mis pulgares se movían entre ellos en pequeños círculos. Estudiar no era un problema, porque me gusta estudiar pero cuando se trata de música… Entre estudiar música y ayudar en la tienda, casi no puedo salir a juegar. —- ¿Y si estudio los domingos?
—-¿También perdiste a tu mamá, tío Eros? —- pregunté, es cierto que mami se encuentra aquí, bajo la tierra, y eso me hizo sentir algo extraña, porque nunca pensé en una realidad donde no pudiera ir a visitarla. Luego miré cómo el señor, que no era tan señor, me extendía una cajita plana con un marcador de metal en la punta inferior, se parecía a una herramienta que papá usa mucho en el taller, algo que se despliega desde el interior… ¿Cómo era?, un… un….
Tío Eros adivinó lo que pensaba.
—- ¡Un metro!
Lo primero que hice al tenerlo en mis manos fue sonreír sin poder contenerme, ¡Era un metro de Shepultero, y era mío! Luego escuché lo que intentaba explicarme sobre cómo usar el metro, aunque ya había visto a papá hacerlo, muchas veces, pero nunca imaginé que ahora también lo usaría yo. —- Los carpinteros y los Shepulteros parecen ser iguales. —- murmuré mientras miraba aquel metro, que se miraba algo viejo, pero era genial, y era mío.
Las campanas del templo empezaron a sonar, ¿Era la hora del almuerzo?, mi pancita reconoció el sonido y sentí que rugía con fuerza. Entonces la idea del señor no tan señor me pareció buena, así que asentí con mucha energía. Guardé el metro entre los bolsillos de mi vestido y tomé la canasta del almuerzo, me acerqué a la tumba de mamá, procurando no pisar sobre su shepultura, solo por los lados. Aproveché y me senté en el suelo donde comenzaba a crecer el pasto verde.
—-¿Tío Eros, quieres un sándwich? — dije mientras sacaba uno de la canasta. Era mis favoritos —¡Yo los hice!, son de crema de maní, chocolate…uhmmm, jalea de fresa, ¡Y queso! — Con el hambre que tenía di el primer mordisco, estaba delicioso, si, súper delicioso.
Pensé un momento en lo que él me había preguntado, eso de vivir para siempre… que podría volverse aburrido y que terminaría extrañando a todos porque me quedaría sola. Ante esa idea, miré el cielo despejado entre mordidas a mi sándwich, tratando de imaginar cómo sería yo de grande y cómo sería él también, ya más grande, más viejo.
Otra mordida, sentí algo húmedo resbalar por mis mejillas, era la jalea. Al terminar de masticar, intenté limpiar un poco mi cara… ¿Jalea de fresa o chocolate?
—- Pero dijiste… que las personas que amamos son eternas si viven en nuestros recuerdos… — miré la lápida de mamá, me habría gustado haberla conocido, seguramente la recordaría con mucho amor, o con mucha tristeza por extrañarla. Entonces comprendí lo que él decía.
—- SI no viviera para siempre… ¿Quién recordaría a papá, a mis hermanos, al señor de la pastelería, al señor Maeda, al señor Koto, mi maestro de música, a la señora del puerto, la señora Raquel? —- Intenté contar con los dedos de mi mano, eran muchas personas que no quería olvidar jamás, personas que quiero mantener eternas en mi memoria. Luego levanté la mirada hacia el héroe de los muertos.
—- ¿Quién recordaría a Tio Eros?
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La pregunta era buena, válida de hecho. Eros se mantuvo en silencio, sereno mientras contemplaba a la pequeña meditabundo no obstante el tenía su perspectiva. — Bueno, ahí entramos un poco en el terreno de los deseos y los ideales. Nuestros amigos, nuestra familia, la historia misma... Hay gente que cambia la vida de quienes tiene cerca, hay gente que cambia la vida del mundo entero con sus acciones —Explicó dando su perspectiva, para él era muy simple: Seguiría toda su vida siendo un sepulturero, quizás algún día se casaría, quizás tendría hijos, quizás serían sepultureros y quizás esos hijos tendrían hijos. Era algo poco ambicioso para muchos, pues no debía hacer nada más que seguir viviendo la vida tal cual la estaba viviendo ¿Pero cuales eran las probabilidades de que algo lo hiciese cambiar el estilo de vida que había sido decidido para él desde su nacimiento? Ser hijo de su padre, nieto de su abuelo... Todo eso implicaba una responsabilidad.
No es como si se hiciese a la mar y se volviese un pirata en un futuro, solo debía seguir viviendo su rutina hasta el fin de los días de su cuerpo. — También debe haber gente que prefiere ser olvidada, cada persona es un mundo —Caminó hasta la pequeña recibiendo el sandwich tras asentir con la cabeza. — Gracias, si tengo un poquito de hambre —Le dio un bocado, que llevó a otro bocado. Se terminó el emparedado sorprendentemente rápido, era dulce para su sorpresa pero estaba bueno. Con su pañuelo de tela se limpió la comisura de los labios, tragó y asintió nuevamente. — Estaba muy rico, la combinación de tantas cosas dulces era inesperado —Esbozó su mejor intento de una sonrisa para la pequeña en el lienzo de su rostro de inexpresiva porcelana monótona.
— Si, mi mamá se fue pero no se donde está —Aclaró, si bien era un motivo de angustia recurrente tampoco hacía falta dar un rodeo por ello. No sabía por qué, ni a donde se fue, pero sabía que a diferencia de la pequeña que al menos podía darle cierre a un duelo que nunca tuvo que transitar el aun debía vivir con la incertidumbre, y la incertidumbre podía hacer añicos el espíritu mientras que, la certeza, podía romper el alma limpiamente permitiendo que sane con el debido cuidado.
Sin más, Eros siguió trabajando en las lapidas cercanas con un suspiro pesado. — A veces pasan cosas en la vida que van más allá de nuestro control, al menos de momento... Angustiarse por lo que no podemos controlar solamente nos dará una mala lección de cómo enfrentar los problemas, creo yo —Pero tampoco era dueño de la verdad, solo un chico más.
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Tío Eros tenía razón… hay personas que cambian el mundo entero. Cuando conocí al señor Koto sentí que un mundo nuevo se abría frente a mí, como si una puerta silenciosa se iluminara de repente. La música es como respirar, entra despacito y hace que el corazón se sienta liviano, no hay nada mejor que la música. ¿El tío Eros tendrá a alguien así de maravilloso cerca de él?, ¿Qué clase de amigos tendrá el tío Eros?, ¿Reirán juntos?, ¿Tío Eros ríe?, muchas preguntas, como una canción que no termina de componerse.
—- ¡Ese es el secreto!, demasiadas cosas dulces hasta que funcione. —- Me sentí feliz cuando dijo que el sándwich estaba rico, lo sabía, ¡También soy buena cocinando!, sonreí abiertamente de felicidad, aunque algo me llamó la atención, o mejor dicho, me di cuenta de que el Tío Eros no es muy expresivo, es más bien como… ¿Un gato?.
Pero no cualquier gato, sino de esos que son muy esquivos, como el gato de la señora Raquel. Nunca logro alcanzarlo, ni se deja tocar la panza.
—- ¿Quieres que te ayude a buscarla?, dos son mejores que uno. —- Una vez me perdí cuando fui a las cascadas con mis hermanos, ¿Su mamá podría estar perdida ahora también?, El pueblo es gigantesco… muchas veces yo misma termino perdiéndome entre las calles rocosas de Baquella. — Quizás no sabe como volver.
—- Pero…¿Y si preocuparnos significa que algo nos importa mucho? —- Miré al cielo de nuevo, notando cómo las hojas eran traídas por la brisa del mediodía desde un frondoso árbol cercano. — Hay cosas que duelen, aunque no podamos controlarlas… y está bien que duelan, porque así… algún día… dejarán de doler y sanarán. — Espero que algún día papá sane.
—Tal vez no se pueda hacer nada en ese momento, pero es mejor que reprimirlo todo y soportarlo en silencio. — Bueno, papá dice eso, que nunca debo ocultar mis sentimientos, que siempre sea sincera o al final me abrumaría el dolor.
—Tio Eros… —- Miré las tumbas a mi alrededor, a las personas que caminaban llevando flores y pequeños regalos a las tumbas. Había expresiones tristes en sus miradas… y otros niños, como yo, tenían rostros sombríos, llenos de silencio. Incluso tío Eros parecía alguien oscuro como ellos. Luego me miré a mí misma… vestida de blanco.
—- Si algún día llegase a morir, me gustaría descansar en una cama de flores… —- Luego lo miré, sonriente, aunque yo deseaba vivir para siempre, posiblemente también podría morir. — Morir no debería ser triste, creo que hay que vivir bellamente hasta el final, y yo miré un cuento donde una princesa moría en una cama de flores, y su atayud era de cristal.
—- Por cierto, ¿Alguna vez has visto un fantasma?.
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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