15-03-2026, 05:29 AM
(Última modificación: 15-03-2026, 05:57 AM por Maria Merlot.
Razón: Un colorcito.
)
Narrador / María Merlot
Día 2 del Verano.
Año 17.
6:38 a.m.
En algún lugar del mar, Little Garden, Paraíso.
Año 17.
6:38 a.m.
En algún lugar del mar, Little Garden, Paraíso.
¿Seguía cabizbaja?
Si.
¿Seguía evitando a Maki?
Si.
¿Cuando volvería a ser ella?
No lo sabía.
Si.
¿Seguía evitando a Maki?
Si.
¿Cuando volvería a ser ella?
No lo sabía.
María no podía evitar sentir tristeza por su hermana, por todo lo que sucedió por culpa de su imprudencia. Si nunca la hubiera llamado para ir a rescatar a unos dinosaurios bebes del comercio ilegal, su brazo estaría intacto y su hermandad seguiría igual. Esa mañana cuando despertó, fue sigilosamente al camarote que compartía con la bonita Ony, y que ahora era el refugio de la Valquiria, la mestiza le cedió su cama, su ropa, todo… menos su compañía, porque no podía verla a la cara sin sentir vergüenza y miedo al rechazo explicito que su mente conjuraba erróneamente. Tomo algunas hojas en blanco y los plumones de colores.
Sentada en el mascaron, y con un plumón color azul, empezó a escribir… le gustaba redactar, desde que llevaba su pequeña bitácora, se sentía más… confiada en lo que podía recordar del mundo, y más si pegaba las fotografías y extractos de los artículos del periódico. No tenía postales, no había nada de comercio en esa isla prehistórica, pero si tenía historias que contar, y así lo haría… hizo una promesa, y la iba a cumplir, aunque fuera una tontería, aunque tal vez terminaran en la basura. Ahora sería más sencillo, porque conocía a quien debía remitirlo, ya no era un simple marine pelirrojo. Sabía su nombre y apellido, entonces eso le daba la seguridad de que llegarían a las manos de arquero. Cuando arribaran a otra isla con civilización, y oficina postal, podría enviar las postales que había escrito… antes del incidente, porque después de este, no tuvo ánimos de hacerlo… hasta ahora.
Sentada en el mascaron, y con un plumón color azul, empezó a escribir… le gustaba redactar, desde que llevaba su pequeña bitácora, se sentía más… confiada en lo que podía recordar del mundo, y más si pegaba las fotografías y extractos de los artículos del periódico. No tenía postales, no había nada de comercio en esa isla prehistórica, pero si tenía historias que contar, y así lo haría… hizo una promesa, y la iba a cumplir, aunque fuera una tontería, aunque tal vez terminaran en la basura. Ahora sería más sencillo, porque conocía a quien debía remitirlo, ya no era un simple marine pelirrojo. Sabía su nombre y apellido, entonces eso le daba la seguridad de que llegarían a las manos de arquero. Cuando arribaran a otra isla con civilización, y oficina postal, podría enviar las postales que había escrito… antes del incidente, porque después de este, no tuvo ánimos de hacerlo… hasta ahora.
Para: Bertram Gaufrid. Esposo Rojo Granate. El mejor Marine de mi Corazón.
De: Su Esposa Ya No Azul Celeste.
Se me terminaron las postales, Esposo de Mentira. Conseguiré más, pero no sé cuando partamos a un sitio con comercio. Aquí solo hay Fotosíntesis, de la literal, no de la figurativa. No me he sentido muy yo, que bueno que estas muy lejos… no sería una buena compañía para ti en estos momentos, para nadie en realidad. Me han pasado cosas, no como las de antes, sino diferentes. Tanto así que últimamente lloro mucho. ¿Increíble, verdad? Yo no lloro, Esposo de Mentira. Llorar nunca soluciono nada antes, no lo hará ahora pero no puedo evitarlo… ¡Solo salen sin permiso! algunas lágrimas cayeron sobre el papel, aunque se secarían con el tiempo Y es porque me siento muy triste, le falle a mi Unnie. Por mi culpa esta… herida. Fui incapaz de ayudarla, solo hui, no porque fuera cobarde, sino porque entendí que solo le estorbaría. ¿Crees que me pueda perdonar? No soy tan valiente como para buscar esa respuesta aún, me da miedo. Retiro lo dicho, ojala si estuviéramos cerca… ¿Me dejarías abrazarte abrazar a Rasmussen? Más te vale que sí, aunque tu tengas la custodia… yo sería su madre también ¿No? Deseo, con todo mi corazón, que estés pasándolo mejor que yo, Esposo de Mentira. Nada de tristeza, nada de lágrimas, nada de dolor, ninguna desventura. ¡Debes salvar al mundo de los tipos especialmente tritones malos! Es lo que hacen los perfectos marines pelirrojos como tu.
De: Su Esposa Ya No Azul Celeste.
Se me terminaron las postales, Esposo de Mentira. Conseguiré más, pero no sé cuando partamos a un sitio con comercio. Aquí solo hay Fotosíntesis, de la literal, no de la figurativa. No me he sentido muy yo, que bueno que estas muy lejos… no sería una buena compañía para ti en estos momentos, para nadie en realidad. Me han pasado cosas, no como las de antes, sino diferentes. Tanto así que últimamente lloro mucho. ¿Increíble, verdad? Yo no lloro, Esposo de Mentira. Llorar nunca soluciono nada antes, no lo hará ahora pero no puedo evitarlo… ¡Solo salen sin permiso! algunas lágrimas cayeron sobre el papel, aunque se secarían con el tiempo Y es porque me siento muy triste, le falle a mi Unnie. Por mi culpa esta… herida. Fui incapaz de ayudarla, solo hui, no porque fuera cobarde, sino porque entendí que solo le estorbaría. ¿Crees que me pueda perdonar? No soy tan valiente como para buscar esa respuesta aún, me da miedo. Retiro lo dicho, ojala si estuviéramos cerca… ¿Me dejarías abrazarte abrazar a Rasmussen? Más te vale que sí, aunque tu tengas la custodia… yo sería su madre también ¿No? Deseo, con todo mi corazón, que estés pasándolo mejor que yo, Esposo de Mentira. Nada de tristeza, nada de lágrimas, nada de dolor, ninguna desventura. ¡Debes salvar al mundo de los tipos especialmente tritones malos! Es lo que hacen los perfectos marines pelirrojos como tu.
Luego de escribir la carta, lleno de dibujos las partes vacías de la hoja. Un hombre de palitos pelirrojo, una sirena de palitos pelirrojada, un animal con muchos pelos lisos, estrellas, corazones, todo un festival de colores. La doblo, y guardo en un sobre, la enviaría en algún momento, si es que lograban encontrar civilización. Lejos de los curiosos, la escondió con su diario personal, y las otras postales que ya había escrito, pero aun no enviaba, por obvias razones. LITTLE GARDEN.
Cuando regreso a la cubierta, el sol ya había salido. La joven se acerco al mar. Tan tranquilo como ella nunca lo estaba. El día anterior, su querido Hyakinthos le había mostrado unas ilustraciones de su libro de medicina. Unas plantas marinas muy curiosas y coloridas. Con la paciencia que caracterizaba su trato, le hablo de cada una de ellas, y como los investigadores médicos describían que solo los habitantes del mar podían llegar a las profundidades por estas. Cuando aquellos ojos amarillos se posaron sobre ella, con su paciencia infinita cuando se trataba de la mestiza, María ya estaba derrotada. Sea lo que sea que saliera de la boca del médico ético ella lo haría sin dudarlo, él era su norte, su ancla, lo único constante en día… él le dio el regalo de la vida, ella la dedicaría solo a complacerlo, sus deseos eran órdenes para la fémina, ordenes que le encantaba cumplir.
María se sentó sobre la baranda del estribor. Se puse su traje de baño. No necesitaba más ropa para ir a nadar, seguro se perdería todo el día entre su elemento amado. Hyakinthos le había dado una bolsa tejida con hilos de nylon, perfecta para que pasara el agua, pero no lo que ella encontrará en el fondo del mar. Esa isla parecía no haber sido tocada por nadie, estando intacta en su flora y fauna… ¿sería lo mismo en la vida acuática? Por lo poco que había visto la semisirena, así lo era. Sin perder más tiempo, se paro sobre la baranda, se dio media vuelta para ver la cubierta y al gigante durmiendo… y se tiro de espaldas al mar.
El agua la abrazo como un amante olvidado y celoso. Su cuerpo se mojo y hundió. Le encantaba la sensación de estar sumergida. El cabello rosado bailaba a su alrededor sin gravedad alguna. María cerro los ojos. No pensó en nada, solo dejo que el agua la acurrucara… como ese abrazo que pidió en su carta y que nunca llegaría, porque ellos jamás se encontrarían de nuevo. Cuando su cuerpo toco el lecho marino, sus orbes se abrieron. La superficie se veía lejana. La sombra del Flush Royal actuaria como su faro. No quería perderse otra vez como sucedió antes, cuando termino encontrarse con el Gigante Kelvin y el Príncipe Einarr.
Dio tres vueltas sobre su eje, le gustaba sentirse libre de la gravedad de la superficie, era como si volara sin alas. Dejando de jugar, se puso a observar a su alrededor, María tenia muy buena vista. Fue hacia los corales, tan coloridos y con formas… que jamás había visto, todo muy… originario.
Cuando regreso a la cubierta, el sol ya había salido. La joven se acerco al mar. Tan tranquilo como ella nunca lo estaba. El día anterior, su querido Hyakinthos le había mostrado unas ilustraciones de su libro de medicina. Unas plantas marinas muy curiosas y coloridas. Con la paciencia que caracterizaba su trato, le hablo de cada una de ellas, y como los investigadores médicos describían que solo los habitantes del mar podían llegar a las profundidades por estas. Cuando aquellos ojos amarillos se posaron sobre ella, con su paciencia infinita cuando se trataba de la mestiza, María ya estaba derrotada. Sea lo que sea que saliera de la boca del médico ético ella lo haría sin dudarlo, él era su norte, su ancla, lo único constante en día… él le dio el regalo de la vida, ella la dedicaría solo a complacerlo, sus deseos eran órdenes para la fémina, ordenes que le encantaba cumplir.
María se sentó sobre la baranda del estribor. Se puse su traje de baño. No necesitaba más ropa para ir a nadar, seguro se perdería todo el día entre su elemento amado. Hyakinthos le había dado una bolsa tejida con hilos de nylon, perfecta para que pasara el agua, pero no lo que ella encontrará en el fondo del mar. Esa isla parecía no haber sido tocada por nadie, estando intacta en su flora y fauna… ¿sería lo mismo en la vida acuática? Por lo poco que había visto la semisirena, así lo era. Sin perder más tiempo, se paro sobre la baranda, se dio media vuelta para ver la cubierta y al gigante durmiendo… y se tiro de espaldas al mar.
El agua la abrazo como un amante olvidado y celoso. Su cuerpo se mojo y hundió. Le encantaba la sensación de estar sumergida. El cabello rosado bailaba a su alrededor sin gravedad alguna. María cerro los ojos. No pensó en nada, solo dejo que el agua la acurrucara… como ese abrazo que pidió en su carta y que nunca llegaría, porque ellos jamás se encontrarían de nuevo. Cuando su cuerpo toco el lecho marino, sus orbes se abrieron. La superficie se veía lejana. La sombra del Flush Royal actuaria como su faro. No quería perderse otra vez como sucedió antes, cuando termino encontrarse con el Gigante Kelvin y el Príncipe Einarr.
Dio tres vueltas sobre su eje, le gustaba sentirse libre de la gravedad de la superficie, era como si volara sin alas. Dejando de jugar, se puso a observar a su alrededor, María tenia muy buena vista. Fue hacia los corales, tan coloridos y con formas… que jamás había visto, todo muy… originario.
“Usa los guantes que te dí, no toques nada que parezca muy llamativo”
La mestiza recordó las palabras de Algodón de Azúcar. Saco un guante derecho del bolso de nylon y se lo puso. Lo cierto es que nada se veía como en el libro ilustrado del médico. La mestiza nado, de aquí para allá, siempre sin alejarse mucho del Flush Royal, cuando lo veía como un punto lejano regresaba.
Lo primero que llamo su atención fue un coral que la hizo pensar en cadenas, viejas, oxidadas, sumergidas, y las hubiera tomado por unas… pero se extendían formando colonias muy bien engranadas. No habían peces alrededor, eso solo podía significar que se defendían muy bien de depredadores. María nado por encima, intentando descifrar si debía llevarle de ese o no al pelirrosado. ¡Claro que sí! Ella nunca había visto nada igual. Se dejo caer a un lado, justo donde comenzaba. Primero toco con su dedo índice enguantado, luego agarro con toda la mano… ¡Estaba muy duro! Pero ella era sin dudas más fuerte, así que tiro y tiro hasta que el CRACK le dio lo que buscaba, aquellos eslabones unidos formando una cadena de corales únicos en su tipo. Muy buena cosecha, excelente diría ella. Sonrió, una sonrisa genuina que últimamente eran poco habituales en ella. Estaba siendo útil, por lo menos para su Algodón de Azúcar.
Con cuidado abrió el bolso y metió su primera recolección. Eso le dio convicción para seguir buscando. Volvió a nadar, esta vez para el este aunque realmente era el oeste del Flush Royal. En este lado habían más peces, algunos muy feos, pero quien era ella para juzgar cuando su padre cangrejo siempre fue feo de mirar, enseñándole que la belleza estaba resguardada en el interior. María se distrajo persiguiendo a un colorido pez amarillo, como el mismo sol, como los ojos del médico.
Así fue como termino encontrándose con una especie de bola de lana hecha con filamentos verdosos. Eso si, no tan perfectamente redonda, sino como un cabello mal peinado. La escena la hizo dudar por un segundo si llevarla o no, pero cuando tiro con la mano enguantada de una punta, se deshizo la esfera. Soltó un “Oh” y luego miro hacia los lados, como si hubiera hecho algo muy malo, ella no lo sabía… pero se sintió como una travesura, por eso la metió a la bolsa de nylon, seguro algo útil haría el médico con esas hebras verduzcas resistentes.
Cuando con la mirada busco al pez amarillo que perseguía, este ya se había esfumado en el infinito mar. No importaba porque otro pez, ahora azul, la hizo olvidarlo y centrar toda su atención en él. María nadaba sin pensar en nada, tanto que luego de varios minutos recordó que su misión bajo el mar era otra, buscar insumos marinos para el objeto de su adoración y devoción absoluta. Así que bajo hasta el lecho marino, esta vez viendo una especie de animalito gelatinoso ir lento, muy lento, tanto que ella llego a dudar que se movía. El color llamativo, muy morado la hizo pensar que quizás no era buena idea acercarse, pero no podía ser cobarde, no cuando prometió que sería útil para sus nakamas.
Con la vista busco alrededor, hasta que encontró algo que podía actuar como un palo. Luego regreso a donde la gelatina morada estaba… ¿Si se había movido algunos centímetros? Ella creía que sí, entonces con el palo la toco, el cuerpo se movió como una ola. Eso hizo reír a la joven semi sirena, que molesto al animal varias veces más de esa forma. ¿Por qué era un animal, no? No, parecía un alga redonda muy rara; aunque daba igual, porque con la punta del palo la levanto, dejando entrever por debajo, unas especies de raíces o patas verdes… ¡Rarísima! Sin detallar más, la metió en la bolsa de nylon.
María esta vez fue un poco más lejos, apenas y podía distinguir la superficie. En el camino iba metiendo de todo en la bolsa. Dentro del mar nada pesaba, y aunque pesará ella era muy fuerte, podía cargar muchísimos kilogramos, bueno, la ultima vez, cargo casi una tonelada. ¡Quien lo diría! ¿Si golpeaba a alguien le podría sacar un diente? No importaba, se desvirtuaba: metió mas corales, unos verdes, otros rojos, también conchas marinas blancas, marrones y azules. Todo muy acorde a su tamaño, buscado lo más pequeño, habían cosas ahí abajo muy grandes, justo como todo en esa isla.
En las profundidades encontró algo muy curioso, una especie de alga verde traslucida, que parecía inflarse y desinflarse. Eso la hipnotizo por unos minutos. Tanto que termino sentada a un lado viendo el espectáculo, que a priori parecía muy aburrido, pero a ella… la cautivo. Como inhalar y exhalar, como solo existir. Sin preocupaciones, sin dolor. ¡Quien fuera esa alga! Seguro le encantaría al pelirrosado, así que se acercó y con cuidado tomo algunos filamentos, no iba a dañar todo el “buquet”.
Con esa última adquisición el bolso quedo lleno. María podía darse por satisfecha. Ahora solo regreso nadando aleatoriamente hasta el barco. Quizás por eso ella caminaba sin rumbo fijo en la superficie, porque estaba acostumbrada a ir flotando en el mar. Cuando salió a la superficie el sol se estaba ocultando. ¿Acaso había pasado todo el día nadando? No se había dado cuenta, así que subió por la escalera marinera al barco. El agua caía por su cuerpo, empapando la cubierta. ¿Le importaba? No. Camino hasta dónde sabía estaría haciendo sus cosas el médico, en ese espacio suyo… prohibido.
Con una sonrisa tímida, entro al recinto del masculino. No estaba ahí. María dejo la bolsa en un sitio donde no mojara nada. Ya él sabría que hacer cuando regresara. Olía a menta, aspirar ese aroma la hacia recordarlo. ¿Dónde estaría? Tal vez atendiendo a Maki D. Zenin, o cenando con la Ony.
Lo primero que llamo su atención fue un coral que la hizo pensar en cadenas, viejas, oxidadas, sumergidas, y las hubiera tomado por unas… pero se extendían formando colonias muy bien engranadas. No habían peces alrededor, eso solo podía significar que se defendían muy bien de depredadores. María nado por encima, intentando descifrar si debía llevarle de ese o no al pelirrosado. ¡Claro que sí! Ella nunca había visto nada igual. Se dejo caer a un lado, justo donde comenzaba. Primero toco con su dedo índice enguantado, luego agarro con toda la mano… ¡Estaba muy duro! Pero ella era sin dudas más fuerte, así que tiro y tiro hasta que el CRACK le dio lo que buscaba, aquellos eslabones unidos formando una cadena de corales únicos en su tipo. Muy buena cosecha, excelente diría ella. Sonrió, una sonrisa genuina que últimamente eran poco habituales en ella. Estaba siendo útil, por lo menos para su Algodón de Azúcar.
Con cuidado abrió el bolso y metió su primera recolección. Eso le dio convicción para seguir buscando. Volvió a nadar, esta vez para el este aunque realmente era el oeste del Flush Royal. En este lado habían más peces, algunos muy feos, pero quien era ella para juzgar cuando su padre cangrejo siempre fue feo de mirar, enseñándole que la belleza estaba resguardada en el interior. María se distrajo persiguiendo a un colorido pez amarillo, como el mismo sol, como los ojos del médico.
Así fue como termino encontrándose con una especie de bola de lana hecha con filamentos verdosos. Eso si, no tan perfectamente redonda, sino como un cabello mal peinado. La escena la hizo dudar por un segundo si llevarla o no, pero cuando tiro con la mano enguantada de una punta, se deshizo la esfera. Soltó un “Oh” y luego miro hacia los lados, como si hubiera hecho algo muy malo, ella no lo sabía… pero se sintió como una travesura, por eso la metió a la bolsa de nylon, seguro algo útil haría el médico con esas hebras verduzcas resistentes.
Cuando con la mirada busco al pez amarillo que perseguía, este ya se había esfumado en el infinito mar. No importaba porque otro pez, ahora azul, la hizo olvidarlo y centrar toda su atención en él. María nadaba sin pensar en nada, tanto que luego de varios minutos recordó que su misión bajo el mar era otra, buscar insumos marinos para el objeto de su adoración y devoción absoluta. Así que bajo hasta el lecho marino, esta vez viendo una especie de animalito gelatinoso ir lento, muy lento, tanto que ella llego a dudar que se movía. El color llamativo, muy morado la hizo pensar que quizás no era buena idea acercarse, pero no podía ser cobarde, no cuando prometió que sería útil para sus nakamas.
Con la vista busco alrededor, hasta que encontró algo que podía actuar como un palo. Luego regreso a donde la gelatina morada estaba… ¿Si se había movido algunos centímetros? Ella creía que sí, entonces con el palo la toco, el cuerpo se movió como una ola. Eso hizo reír a la joven semi sirena, que molesto al animal varias veces más de esa forma. ¿Por qué era un animal, no? No, parecía un alga redonda muy rara; aunque daba igual, porque con la punta del palo la levanto, dejando entrever por debajo, unas especies de raíces o patas verdes… ¡Rarísima! Sin detallar más, la metió en la bolsa de nylon.
María esta vez fue un poco más lejos, apenas y podía distinguir la superficie. En el camino iba metiendo de todo en la bolsa. Dentro del mar nada pesaba, y aunque pesará ella era muy fuerte, podía cargar muchísimos kilogramos, bueno, la ultima vez, cargo casi una tonelada. ¡Quien lo diría! ¿Si golpeaba a alguien le podría sacar un diente? No importaba, se desvirtuaba: metió mas corales, unos verdes, otros rojos, también conchas marinas blancas, marrones y azules. Todo muy acorde a su tamaño, buscado lo más pequeño, habían cosas ahí abajo muy grandes, justo como todo en esa isla.
En las profundidades encontró algo muy curioso, una especie de alga verde traslucida, que parecía inflarse y desinflarse. Eso la hipnotizo por unos minutos. Tanto que termino sentada a un lado viendo el espectáculo, que a priori parecía muy aburrido, pero a ella… la cautivo. Como inhalar y exhalar, como solo existir. Sin preocupaciones, sin dolor. ¡Quien fuera esa alga! Seguro le encantaría al pelirrosado, así que se acercó y con cuidado tomo algunos filamentos, no iba a dañar todo el “buquet”.
Con esa última adquisición el bolso quedo lleno. María podía darse por satisfecha. Ahora solo regreso nadando aleatoriamente hasta el barco. Quizás por eso ella caminaba sin rumbo fijo en la superficie, porque estaba acostumbrada a ir flotando en el mar. Cuando salió a la superficie el sol se estaba ocultando. ¿Acaso había pasado todo el día nadando? No se había dado cuenta, así que subió por la escalera marinera al barco. El agua caía por su cuerpo, empapando la cubierta. ¿Le importaba? No. Camino hasta dónde sabía estaría haciendo sus cosas el médico, en ese espacio suyo… prohibido.
Con una sonrisa tímida, entro al recinto del masculino. No estaba ahí. María dejo la bolsa en un sitio donde no mojara nada. Ya él sabría que hacer cuando regresara. Olía a menta, aspirar ese aroma la hacia recordarlo. ¿Dónde estaría? Tal vez atendiendo a Maki D. Zenin, o cenando con la Ony.
¿Le gustaría lo que trajo?
¿Le seria de utilidad?
¡Esperaba que sí!
¡Quería sentirse útil para sus nakamas!
¿Le seria de utilidad?
¡Esperaba que sí!
¡Quería sentirse útil para sus nakamas!
La sonrisa desapareció al recordar la triste realidad. Negando con la cabeza ella sabia que no les era útil, solo un adorno bonito, pero intentaría cambiar eso… no sabía cómo, ni cuanto tiempo le llevaría, o si tenia que sacrificar algo importante… lograría ser de ayuda para sus amigos: los viejos, los nuevos y los que estaban por venir...
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Karma Fanático: Hyakinthos.
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