Hasegawa Shin
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04-01-2026, 10:25 PM
(Última modificación: 08-03-2026, 10:30 AM por Hasegawa Shin.)
Día 80, Invierno. Año 16.
Es habitual que el trabajo resulte agotador, especialmente en situaciones que terminan causando un aburrimiento profundo, o dan el suficiente tiempo para pensar sobre asuntos que están mejor enterrados en el pasado, y lastimosamente fue el caso para Hasegawa, quien tuvo que volver a Sorbet para iniciar una guardia en un barco lleno de suministros rumbo a la isla Samba.
Sería normal, pues en aquel mundo navegar entre mares, rutas comerciales o peligros inexplorados se tornaba en rutina, sin embargo, la curiosa situación que se terminó gestando durante aquellos días fue inusualmente tranquila, pues no sucedió nada. Ni ataques piratas, tormentas bravas o siquiera acercamientos sospechosos de otras embarcaciones.
El corazón del albino se hizo un puño, comprimido al punto de sentir que iba a estallar, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba eludirse de los gritos que le llamaban, arrastrándolo a un pasado mucho peor que su presente, en donde sencillamente debía cargar aquel peso. Nunca se iba a perdonar haber sido el líder de semejante fracaso, tan grande que se llevó la vida de todas las personas que alguna vez amó genuinamente, borrando sus sonrisas sinceras para, en su lugar, colocar una curva en dichos labios que sólo reflejaba la ironía del gesto.
Sonreír cuando quiere derrumbarse. Seguir adelante a pesar de sentir que cae por su propio peso, todo el tiempo.
Odiaba tener tiempo para pensar, y es por eso que se bajó del barco tan amargado tras finalizar la guardia. Miraba al cielo diurno, imaginando que lo tocaba a través de las nubes, con la sensación de que tan sólo conseguía rasgar estas últimas, sin llegar a nada, ni a nadie.
Aquel rejunte de emociones lo hizo actuar, decidido a quedarse un tiempo más en Samba y bajando a los lugares aledaños al río. Como buen niño mimado que era, en su interior creció un deje de rebeldía constante que incluso hasta sus días presentes ardía con intensidad, por ello decidió que si iba a mantenerse en Samba, no iría a la zona rica, buscaría sitio para dormir en los lugares más humildes, conviviendo con aquello de lo que supieron alejarlo en su crianza. Hasegawa siempre creyó que los pobres tenían una chispa particular que el dinero no podía comprar, alegrías al margen de lo material, ambientes festivos desde el alma y claro, sonrisas honestas, algo que le escaseaba aquellos días.
En su búsqueda, y sin saber cómo, acabó en un bar. Cuando menos se dio cuenta, sus ojos cerúleos se reflejaban en el dorado de la cerveza, observándola como si le costase digerirla, empezando a sentir los efectos del alcohol en la sangre, produciéndole ese estado más "alegre" de forma artificial, ahogando las penas como si aquel líquido representase el fondo del mar. De esa manera, no percibió el acercamiento de un hombre más corpulento que él hasta ser víctima del peso contrario sobre su hombro, pues el sujeto pasó el brazo alrededor del susodicho, sorprendiendo a Shin.
—Oye, niño rico, hueles a dinero. ¿Por qué no me invitas una copa? ¡O a todos aquí! No pensamos dejar que te aproveches de nuestro pueblo, con tu... sucio dinero. —arrastraba las palabras, que se escuchaban incluso entre las notas musicales animadas que ambientaban el local. Al parecer algunas personas del centro de danza Samba habían ido a disfrutar de manera extendida sus bailes en aquel bar, y no parecía que fuesen a dejar de divertirse por personas con mal genio como quien molestaba a Shin.
Así fue como se puso de pie abruptamente, desvelando su uniforme de marine mientras esbozaba una sonrisa de lado a lado. —¡Me encantaría! ¡Pero verá, buen samaritano, estoy en números rojos! Aunque si fueses una amable dama en aprietos financieros a lo mejor me pensaría el invitarte algo, hasta entonces... —algo provocativo en su accionar, le guiña el ojo y sin esperar réplica lo sujeta del brazo, impulsándolo a él mismo —¡Lo que sí puedo es enseñarle algunos pasos de baile! ¡Mire, mire y aprenda! —dicho y hecho, Shin comenzó a moverse rítmicamente y en conjunto a la música con aquel ebrio, quien sufría como si fuesen puñaladas los zarandeos.
No tardó demasiado en soltarse a la fuerza y comenzar a correr hacia otro lado, chocándose con todos los que tuvo delante en el proceso pues su urgencia de vomitar era bastante elevada, dejando a un Hasegawa que suspiraba tras haberse librado por poco de un posible problema. Incluso en invierno, empezaba a sentir la temperatura de su cuerpo algo elevada, y estaba más que dispuesto a volver a su sitio, inconsciente de que se había llevado la mayoría de miradas del lugar.
Lana
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30-01-2026, 01:56 AM
(Última modificación: 30-01-2026, 12:08 PM por Lana.
Razón: No se entendía algo q escribí, saludos
)
Salsita no es una isla lujosa ni silenciosa, es invierno, pero para nada hostil, el aire es fresco, pero no del todo frío como para apagar los movimientos del cuerpo. Con solo tomar alcohol hace que la temperatura suba rápido. Es uno de los grandes lugares donde no importa trabajar, no se habla de esos temas, la mente de la gente está distraída, apagada en otras cosas mucho más divertidas y eso era algo que me gustaba de Salsita, esta isla con tanta gente loca, que yo ni siquiera resaltaba, parecía ser parte del lugar, a nadie le importa si me ven con el atuendo de monja y aparte tomando de una botella de vidrio recién abierta, todos miraban lo que les llamase más la atención, y aquí en los ojos de aquellos pueblerinos de Salsita es que soy casi una don nadie.
Literalmente soy una casi don nadie, no tengo trabajo, ninguno, y lo de ser monja es una gran mentira, pero cuando digo “casi” don nadie, es que para las monjas de la iglesia de Salsita si soy alguien a quien le pide hacer pequeñas tareas, como limpiar los pasillos extensos de la iglesia, o barrer las hojas de los jardines, o salir a las calles a repartir frutas a los más vagos, o vendérselas… he ganado más monedas vendiendo que regalando las frutas a los vagos… digo… necesitados… Eso. Nunca me ha gustado tratar a las personas, porque la mayoría pide demasiado… y yo no tengo nada que cambiar, nada que dar.
Una monja de mi edad o un poco mayor, se acercó para darme una nueva tarea, esas tareas son para hacerme cambiar de actitud… porque para ellas el comer flores está muy mal, el caminar desnuda por los jardines le parece para nada normal, me preguntan también por qué me encuentran con la ropa rasgada o por qué perdí tanto dinero de las donaciones de la iglesia, muchísimas cosas les molesta de mi y aunque les digo que fácilmente podrían dejarme ir… ellas prefieren que me quede. Claro… que me quede encerrada en medio de las frías paredes hechas de rocas, donde con suerte puedo apreciar el cielo estrellado cada noche en medio del silencio, porque dentro… el ruido del exterior desaparece.
Pero mi tarea de ahora es salir a buscar a una monja de edad que también se escapo de la iglesia. Entonces una de las monjas acudió a mi para pedirme si podía por favor buscarla, que no la han pasado días y que a mi no me da miedo salir a esas calles cochinas, y no me quedó otra que aceptarlo. Me despedí de la monja con un beso en la boca, algo común que las monjas de aqui hacen… salí con la túnica blanca y con la cuestión de tela sobre en la cabeza. Amado toda tapada sí da mucho calor, sin embargo, me mantenía de alguna forma… fresca, protegiéndome la piel de… de todo lo que había en la isla Salsita.
Bajé por las calles, mis ojos recorrían cada centímetro, cada rincón, cada físico y apariencia de las personas que caminaban al rededor, sin embargo.. no había señales de aquella mujerzuela. ¿Así es como las demas monjas se la pasan buscandome a mi? Por un momento quería pasar a tomar, cuando entro a uno de esos lugares donde hay bebidas, veo a un tipo… soltarse de un anciano de cabello blanco (Hasegawa) y lo veo chocar con todos los que tiene delante… y luego vuelvo la vista a ese anciano de cabello blanco (Hasegawa) que me hizo querer tomar con más ganas.
—Miauu, ¿qué tal señor? , ¿como estuvo esa pelea?, ¿practicando?— Saludo al de cabello blanco y me acerco a pedir un trago en la barra y me siento en uno de las sillas con acolchado, asi no me duele el trasero —Hola, quiero un trago, por favor, uno fuerte, muy fuerte, como ese anciano que agarro al otro. Miau— Aquel que preparaba la bebida no dijo nada, solo siguió haciendo lo suyo, lavando el baso, luego secándolo y finalmente sirviendo el liquido dentro. Me deja el vaso frente a mi y cuando lo tomo lo levanto a él, como agradecimiento y le lanzo un besito —Muack—. Lista… doy un sorbito. —Miauuu esto está muy bueno… Tengo una idea… ¡Por favor! Denle este mismo trago al anciano, para que recupere fuerzas, porque a mi ya lo hizo. Wow—. Dije arrugando la nariz.
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El show fue para los afortunados que llegaron a apreciarlo desde el mero principio, y no perdió tiempo en lucirse frente a los espectadores que admiraron el modo tan limpio en que se quitó al tipejo de encima, porque lo hizo con algo que por aquellos lares se valora muchísimo: El baile.
Se ganó algo de respeto, incluso oliendo a colonias caras o representando a la fuerza militar del gobierno mundial con su uniforme, perteneciente a la marina, y pudo volver en completa calma a su sitio, de no ser porque fue súbitamente interrumpido por un nuevo personaje que no se esperaba para nada. Una túnica blanca, símbolos pertenecientes a la iglesia, el velo pulcro sobre su cabeza dejando únicamente a la vista ese rostro de facciones refinadas...
Sí, una monja, estaba clarísimo.
—¿Pelea? Oh hermana, tuve la suerte de poder resolver mis asuntos con métodos más... puros. —resaltó, sintiendo el calor del alcohol en el abdomen esparcirse al resto de su cuerpo. Claro que la siguió cuando ella decidió dirigirse a la barra, detalle que consiguió sorprenderlo, aunque fue en ese momento que se quedó pensando en lo que escuchó, ¿acaso acababa de maullar?
Llegando a su sitio, casualmente junto al de la monja, presenció la interacción, y no pudo evitar caer en que acababa de llamarlo "anciano". Automáticamente sus iris subieron al máximo de su capacidad, observando los mechones blancos caer sobre su frente, ¿era debido al color de pelo? ¿Tanto se podía confundir?
Pero decidió no interrumpirla y aceptar la invitación, con dos incógnitas claras. Primero, ¿por qué una monja se comportaba tan coqueta? Y segundo... ¿qué hacía bebiendo en un lugar como ese? Las dudas eran demasiadas como para quedarse callado. —Verá, hermana... me encantaría no tener que corregirla, pero no soy ningún anciano. Tengo veinticuatro años, y seis de servicio a la marina. El color de cabello es natural. —reafirmó, sujetando entonces el vaso que le invitaron y bebiendo un pequeño trago.
Era fuerte, sí. Normalmente esas bebidas no mermaban su aguante a los sabores potentes, pero sí le subían rápido, por ello se permitió el seguir hablando —De todas formas, ¿qué hace aquí, hermana? No es habitual ver a gente de su fe concurrir a sitios como este para beber. —se perfiló hacia ella, quien debido a su extraño comportamiento, había robado toda su atención.
—No la juzgo, para nada. Sólo me causa curiosidad. —y con un leve gesto sonriente, decidió presentarse por fin. —Ah, mis modales... mi nombre es Shin Hasegawa, encantado. —concluyó, más que dispuesto a escuchar las respuestas a sus dudas.
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Bastante normal encontrarse con peleas en los bares y la música ni se detenía, con la diferencia de que el anciano sabía moverse bien, demasiado bien para alguien al que había catalogado así con solo verlo. Pero es que era su apariencia… Aprecié un poco de su sus movimientos mientras estaba allí entre la gente y no sé como es que su cadera no se rompía o crujía ¿Estaba acostumbrado a las peleas?
Miré su figura sin pudor, subiendo y bajando con curiosidad. Igual tenía un buen culo, un gran cuerpo, se le notaba por su forma de vestir, sin embargo ignoraba completamente de qué se trataba, tampoco me interesaba investigarlo, mis ojos estaban encima de su espalda ancha, el trazo de su trasero y cuando finalmente se dio la vuelta para volver a su sitio, disimulé la vista hasta su pecho
Hasta que me vió, nos vimos.
Detrás de mi velo observaba la cara de jovencito que tenía el anciano y por tantas tonterías que me metieron en la cabeza es que me imaginé que se trataba de un anciano inmortal. Tragué saliva, impresionada al escucharlo decir “métodos más puros”, puede que estaba frente a uno de esos seres especiales que los creyentes y las monjas suelen dar su devoción y amor todos los días.
Si su color de cabello es natural, más me costaba creer que lo que me decía fuese verdad, ¿en serio veinticuatro años?. Pero al menos era todo un caballero, sonreí cuando lo ví tomar del vaso del que le había invitado. —Oh… Miau. Vaya, lo lamento, ¿no eres un anciano? Creo… creo que tienes razón, pero no lo sé, ¿en serio ese es tu pelo? No había visto un hombre tan bonito. ¿Te lo han dicho?— Mis manos se fueron a mi vaso y con las yemas de los dedos acaricié el cristal, quería acariciar otra cosa, pues luego de decir su nombre, acerqué una de mis manos hasta la cabellera blanca del hombre de uniforme desconocido.
Invadí suavemente su espacio, mientras mis dedos alcanzaron las puntas de su cabello, hundí mi mano en ellos hasta su cuero cabelludo como si estuviese tocando una suave nube y al cerrar mi mano, como un puño, lo agarré de allí, pero no con fuerza, sino que… quería saber si se deshacía al tocarlo, pero no… —Espera. Miau. ¿Será de nieve? Oh. Miau. No, no lo es, de verdad es tu cabello jisjisjis— le sonreí. Mi mano soltó cada fibra suya y bajó para acariciar el rostro ajeno.
—Mi nombre es Lana. No creo que me juzgues, Shin Hasegawa.— Me sentía comoda con el tipo, era fácil de acariciar, fácil de apreciar, pero mi mano se alejó finalmente, dejó de molestar al hombre para poder volver a donde estaba mi vaso. —Miau. Estoy haciendo un trabajo, ¿y tú que haces aquí?— Al final de todo el trabajo de buscar a la tipa que me pidieron a buscar pasó a otro plano. Me quité el velo de la cabeza dejándolo colgando entre mis hombros y tomé un sorbo, el cual estuvo rico.
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Era una sonrisa preciosa, no podía negarlo, tenía una mezcla entre la pureza del credo que sus ropajes representaban y al mismo tiempo cierta vibra traviesa, sin poder distinguir cuando empezaba una sensación y terminaba la otra. Junto a las facciones y la piel totalmente pulcra, Shin identificaba una atracción casi prohibida, pues hasta donde sabía la castidad era ley contra quienes decidiesen seguir fielmente aquellos dogmas impuestos.
Lo raro es que la chica se movía con una soltura prácticamente caótica, pues de su boca volvieron a salir esos curiosos maullidos y además, palabras que no esperaría escuchar de una persona que debería representar la santidad total. Ya tenerla en aquel local era extraño, y ciertamente Hasegawa no podía contener sus impulsos desde el lado más egocéntrico de su corazón, respondiendo al poco sutil comentario.
—Suelen hacerlo, sí. Pero es más gratificante cuando una chica igual de bonita me lo recuerda. —la sonrisa en labios del marine se torna casi galante, metiéndose en un juego que se reserva para cuando está totalmente dispuesto a seducir. ¿Era moral? En el fondo creyó que no dependía de él, entendiendo entonces que quizás el motivo por el cual se sentía tan... animado, era la propia imagen cuasi religiosa de la mujer.
Repentinamente apreció su mano acercarse, lo cual permitió, y las caricias comenzaron a brindarle una calidez muy especial, sedado por el hipnotismo que le regalaban los ojos ajenos mientras obraba sobre sus hebras albinas. Parecía no creerse el color natural de su cabello, motivo que la hacía buscar el contacto, y mientras lo confirmaba esa misma mano se dirigía a su mejilla, amplificando el calor en la piel del marine, quien mantuvo el contacto visual en todo momento.
Aquel instante vino con la presentación de la pequeña monja, quien procedió a quitarse el velo de su cabeza, descubriendo lo verdaderamente hermosa que era en realidad. Fue como encoger su corazón durante breves instantes, un confort incómodo, sensaciones particulares cuando la atracción se materializa, capando incluso el sentido a preguntar por el tipo de trabajo que una persona de sus características estaría cumpliendo por lugares semejantes, al menos durante breves instantes, donde finalmente recuperó la compostura que lo caracteriza, y la sonrisa confiada única en sus labios.
—Muy bien, Lana. —afirmó, desviando la mirada de ella por primera vez en un rato largo, destinado a beber del trago que la rubia le había invitado. —Yo vine a divertirme un poco. A veces el trabajo es aburrido, lo cual es idóneo, pero requiere una descontractura adicional que sólo volver a casa y descansar. —confesó, dejando reposar el trago previo, acalorándolo desde la garganta al resto del cuerpo.
—¿Qué tipo de trabajo haces aquí? —ladeó la cabeza hacia un lateral, intentando desmenuzar el misterio de la chica rubia vestida de monja, que tantos estragos estaba causando en su cabeza al no entender ni encontrar lógica aparente en sus acciones.
Lana
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El joven uniformado no tenía arrugas y su espíritu también se le veía más animado, más tonto, pero ¿eso me importaba? Había algo que quería hacer que no se trataba de trabajar, eso podía dejarlo para después, porque de lo que no me quería perder era del hermoso muchacho. —Esta bien, te voy a creer… Asi que eres jovencito, ¿has estado con alguien mayor que tú? ¿quieres divertirte, verdad? Mi trabajo se trata de dar…— Mi cuerpo se levantó del asiento y se acercó lentamente hacia donde estaba él sentado. Él era alto, pero sentado quedaba a la altura de mis tetas y sonreí porque era lo que esperaba. Las manos se aferraron de nuevo a la cabellera ajena, tomándolo de la nuca para apegar su cara junto a mis blandas y grandes tetas. Su oido quedó sobre mi pecho donde latía mi corazón con rapidez.
Un momento me tomé para que mis manos acariciaran sus hebras constantemente como si fuese un niño especial mientras que su cabeza seguía recostada en mis blando pecho que resaltaba por la túnica apretada. No lo conocía, pero parecía que alguien con uniforme necesitaba algo de diversión y descanso, un descanso un poco… cansador, aunque la idea que tengo es que yo haga todo. —Quiero irme de aquí, ven, al lado de aquí está la casa donde me estoy quedando— Le dije colocando mi mano sobre la suya y con un pequeño roce terminé tomando de su mano y lo jalé sin usar tanta fuerza, logrando separar su trasero yo del asiento.
Lo veia de reojo, con una sonrisa dibujada en mis labios, no quería hacerle daño, todo iba a estar bien. Salimos para después llevarlo por la derecha, a unos pasos estaba la casa que le decía, era grande, tenía jardín, no era una casa millonaria, pero era una muy bien cuidada y sabía que estaba vacía —Es aquí, aqui te quiero dar toda la diversión que quieras— Al abrir la puerta lo empujé hasta el fondo de la casa, ahí estaba la habitación y una cama, pero lo que hice fue empujarlo contra la pared del pasillo.
El jadeo se escapaba de la boca, las manos presionaban con fuerza el pecho del hombre, las mejillas se me ponían calientes, rojas, como mi cuerpo, estaba en extasis, quería controlar a este hermoso hombre y tenerlo en este momento… tenerlo dentro, de alguna forma, por lo que mi rostro se acerco al ajeno, sintiendo su aroma, sin embargo sus labios no fueron besados. En este caso mi boca… mi boca… mordí mis labios y bajé con las manos encima del cuerpo, rozando hasta caer arrodillada.
Lamí los labios que había mordido, mi corazon estaba estúpido y lo miré a él mientras acercaba mi cara hasta su entrepierna. Mi nariz sentía el bulto encima de su pantalón, mi carita lo seguía viendo mientras que mis labios ahora eran los que tocaban aquella zona. Mmm… ¿qué nos ibamos a encontrar ahí abajo? Desaté su cinturón como si supiese su funcionamiento. Agarré con fuerza sus pantalones y se los bajé completamente con rápidez para que el otro no pudiese reaccionar a tiempo, se los bajé con todo incluido y vi aquel gran miembro del joven.
—Todo va a estar bien. ¿Te cuento un secreto? No soy una monja… creo que… ya lo sabes. Necesito que alguien me haga sentir bien, me siento tan sola. La quiero… quiero darte cariño— Mis ojos estaban esperando qué diria el hombre expuesto ante alguien como yo, ante una tipa que vestía de monja, pero que no lo era, solo era una mujer que había estado encerrada por tanto tiempo que deseaba alguien que la acompañara en un momento de soledad. Mis labios besaron con tal delicadeza la piel de su miembro, subía con cuidado hasta la punta y la lengua juguetona salió para lamérsela.
Lo volví a agarrar con fuerza, de sus caderas, de su trasero, medí con mi boca hasta cuanto podía abrirla y sin ninguna verguenza alguna, solo me la metí completamente dentro de la húmeda, apretada boca, con unos pequeños movimientos con la lengua para saborear y mojarlo más…
Hasegawa Shin
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¿Era impresión suya o la temperatura de aquella interacción aumentó súbitamente? Algunas cuestiones inician tan sólo con una pregunta bien pronunciada, y el tono juguetón de la pequeña monja activó sensores que no creía que fuese a necesitar ese día, no bajo el contexto de su vida, especialmente por lo mucho que estaba priorizando el trabajo y las escapadas nocturnas repletas de soledad.
—Seguramente. —respondió a si estuvo con mujeres mayores en edad. En principio no se le vinieron rostros, ni tampoco nombres, pero Hasegawa cambió por completo tras perderlo todo, perdiendo la inocencia romántica y entendiendo los propósitos detrás del sexo sin compromiso, el concepto de liberar estrés, heridas o ira acumulada entre gemidos y esa energía tan embriagadora.
Lana empezaba a transmitirle eso. Si su trabajo se trataba de dar, ¿acaso estaba vinculada al negocio de lo carnal? Sin embargo no quería mal interpretarla, especialmente porque ese tipo de mujeres evitaba el contacto hasta ver el dinero sobre la mesa, y ella lo estaba aprisionando contra sus pechos. Fue instintivo, Shin colocó una de sus manos en los muslos ajenos, rodeado del aroma a lluvia de la chica, más agradable de lo que habría imaginado si tan sólo le describieran la esencia que la perfumaba.
Las caricias sobre su cabello cesaron, y no tardó en ser tironeado bajo la promesa de abandonar el lugar para ir a donde ella se estaba quedando. Esto podía acabar de dos formas posibles, una estafa o el día más afortunado de su vida considerando la reacción sexual inmediata que encontró junto a Lana, y las preguntas se iban respondiendo a medida que era guiado —Me gustan las mujeres que no temen reclamar lo que quieren. —insinuó, no perdiendo detalle alguno de la casa, ni del jardín, mucho menos los espacios del interior que iba recorriendo, hasta bueno... ser estampado contra la pared del pasillo poco antes de llegar a la habitación.
La rubia en su vestimenta casta se acerca peligrosamente, pero no se concreta ningún beso. Al contrario, las manos se deslizan por su cuerpo mientras se va dejando caer, acercando el rostro a su propia entrepierna mientras Shin sigue sin creerse del todo lo que ocurre. Pero lo permite, ella le atrae físicamente, su actitud llena de libertinaje llama su atención, y a pesar de lo que le confiesa poco después, el morbo lo consume.
No le hace falta reaccionar al modo en que le baja los pantalones, pues lo permite, y de esa forma empieza a jugar con el cabello de Lana. —Me encontré a una monja ninfómana... que divertido. —confesó, sintiendo los primeros retazos del cosquilleo eléctrico al sentir la humedad de su lengua, y posteriormente, el abrazo de toda su boca sobre la parte más sensible en su cuerpo.
Hasegawa no se dejó doblegar, a pesar de que estaba disfrutando con la sorprendente destreza de la rubia, mantenía una sonrisa soberbia y autoritaria, dándole a entender que quitarle el control no era nada fácil, y por si aún con esa pista faltaban pruebas, pronto se lo demostraría con muchísima más claridad.
Mientras acariciaba sus hebras rubias, enredó el cabello de la monja entre los dedos y tironeó hacia atrás, arrancándola del contacto. Si creía que por edad o cuestiones similares podría reclamarle sin que reaccionase se equivocaba, y su voz acompañaría la dominancia que pensaba ejecutar —Abre la boca. —reclamó, acto seguido, sujetando su propio falo, empezó a chocarlo contra el rostro de la mujer, manchándola de su propia saliva, impactando contra su lengua nuevamente y arrastrando su intimidad por zonas como el mentón y las mejillas, antes de volver a meterlo en la boca de la monja.
—Continúa. Para vestirte de esta forma, lo haces bien. —se relamió los labios, disfrutando cada segundo del momento, sin ceder ni un poco en su postura autoritaria.
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